Viernes, 20 de abril de 2012

Reflexión a las lecturas del domingo tercero de Pascua- B, ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el  epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 3º de Pascua B 

Realmente, los discípulos eran torpes para creer… Lo constatamos  una vez más en el Evangelio de este Domingo: Ante la presencia de Cristo Resucitado, el primer día de la semana, se  llenan de miedo por la sorpresa y creen ver un fantasma. Jesús les habla, les explica, les enseña sus manos y sus pies y come delante de ellos…, para ayudarles a comprender que había resucitado, que no podía ser un fantasma… que era el mismo que había convivido con ellos, que estaba vivo…  S. León Magno, Papa en el siglo V, decía que “el Espíritu de la Verdad nunca hubiera permitido que los discípulos dudaran si no hubiera sido a favor de nuestras dudas”. Hemos de tener una fe firme, segura, convencida, más allá de toda duda… Eso tiene su proceso. Por eso, es normal que hasta que no se llegue a una cierta madurez, surjan dudas y dificultades  para creer… Cualquier cristiano, en efecto, pudiera decir: “¿Cómo puedo saber que Cristo realmente ha resucitado? ¿Y los apóstoles lo habrán constatado todo? ¿Habrán visto realmente a Jesucristo Resucitado o habrá sido todo una ilusión óptica, o una visión, o una sugestión colectiva? ¿Habrán sido ellos los testigos de todo o será más bien que otros se lo contaron y ellos les creyeron y se dedicaron a anunciarlo?

¡Cuántos interrogantes!

Cuando contemplamos en los cuatro evangelios cómo Jesús va deshaciendo las dificultades de los discípulos para creer, se van deshaciendo también las nuestras. Y se va acrecentando la firmeza y seguridad de nuestra fe. Es lo que sucede este Domingo. Y todo este proceso llega a su punto culminante en la tercera aparición según el cómputo de Juan, que escribe: “Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor” (Jn 21,12). Por otro lado, una de las realidades que más repite el Señor en sus Apariciones es ésta en la que insiste en el Evangelio de este Domingo: “Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse”.

Y dice el Evangelio que “entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras…”. ¡Qué importante es esto! ¡Qué necesario es también para nosotros! Hace falta que Jesucristo, por el Espíritu Santo, abra nuestro entendimiento para comprender cada vez mejor las Escrituras… Podemos recordar aquí la célebre oración del Papa Pablo VI implorando el don de la fe, en la que le pide al Señor, entre otras cosas, una fe cierta. Y dice: “Cierta por una exterior congruencia de pruebas y por un interior testimonio del Espíritu Santo…”

La Muerte y Resurrección de Cristo es, además, el comienzo de todo, el punto de partida de la obra de la salvación, obtenida con su Muerte y Resurrección. Falta ahora llevarla a cada ser humano de cada lugar y de cada tiempo… Por eso, nos advierte el Señor que “en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”.

¡El perdón de los pecados! Entonces, cuando se hablaba del perdón de los pecados, se refería siempre al Bautismo. Pero S. Juan, en la segunda lectura de hoy, apunta un perdón de los pecados que está más allá del Bautismo… Y constituye una joya de la doctrina sobre el sacramento de la Reconciliación: “Dice, en efecto: “Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre, a Jesucristo, El Justo…” Cuando leemos la primera lectura nos damos cuenta hasta qué punto los apóstoles habían captado y acogido el mensaje de las Apariciones de Cristo Resucitado: Pedro, el duro pescador de Galilea, lleno ahora del Espíritu Santo, habla a la gente con  una autoridad, una firmeza, una claridad y una valentía que se hace  humanamente, incomprensible.

La Liturgia de este Domingo, tercero de Pascua, constituye un nuevo reto ilusionante para un cristiano…, y nos anima a continuar extrayendo del Misterio insondable e inenarrable de la Pascua del Señor y de sus consecuencias, abundantes frutos de vida.

 

                   ¡FELIZ DOMINGO! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 23:57  | Liturgia
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