Domingo, 29 de abril de 2012

Estudio pastoral para la Jornada de Vocaciones Nativas 2012 publicado en la revista ILUMINARE n. 385  - ABRIL 2012, recibida en la parroquia con los materiales para su celebración en nuestra diócesis de Tenerife el 13 de Mayo.

 

LA VIRGEN MARÍA ALIENTA LAS VOCACIONES NATIVAS EN LA MISIÓN 

Por D. Ángel Castaño
Universidad Eclesiástica San Dámaso

 

PRINCIPIOS GENERALES 

Bajo un doble aspecto ha de ser considerado el título que encabeza este estudio pastoral para no reducirlo a una consideración meramente devocional. Los principios generales del culto litúrgico a la Virgen María y que el Concilio Vaticano II inspiró para la mariología en el capítulo VIII de Lumen gentium encuentran siempre especial aplicación en la vida concreta de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares.

En el Nuevo Testamento la Virgen María es presentada en contextos bien definidos: atenta a la escucha de la Palabra de Dios y acogiendo en su corazón y en su seno al Salvador (Lc 1,26-38), con diligente preocupación por su Hijo y su bienestar (Lc 2,48; Mc 3,20-21), como orante solícita por las necesidades de los hombres (Jn 2,3), invitando a acoger las indicaciones de Cristo (Jn 2,5), siendo imagen de la Iglesia que persevera en las pruebas asociada a su Señor (Jn 19,25) y, como prolongación del misterio de su maternidad divina y su fidelidad inquebrantable en la asociación a Cristo, siendo entregada como Madre al discípulo amado que, al pie de la cruz, representa a todos los discípulos (Jn 19,26-27). Finalmente, en Pentecostés, aparece como en el corazón de la Iglesia naciente; la que, sin pertenecer ni al grupo de los apóstoles ni al de los otros discípulos, tampoco es mencionada como integrante del grupo de las mujeres, puesto que es la única mencionada por su nombre (Hch 1,14)... En la espera del Espíritu, Ella está en el centro de la Iglesia naciente, como madre que reúne a sus hijos para que, dirigiendo junto con ellos su oración al Señor, puedan recibir el Espíritu Santo para anunciar el Evangelio a todas las naciones.

El capítulo VIII de Lumen gentium aglutina todos estos momentos de la vida de la Virgen María en una doble relación: respecto a Cristo es Madre y discípula. Es “feliz porque ha creído” (Lc 1,45), de modo que por su fe y su obediencia llega a ser la Madre del Señor (Lc 1,43); como Madre lo cuida y acompaña, como discípula se asocia a su misión y entra con Él en la oscuridad de la prueba y de la tentación para llegar a ser, por voluntad del Padre que el Hijo lleva a cumplimiento, imagen y Madre de la Iglesia.

De este modo, el Señor ha estado siempre en cierto modo acompañado por su Iglesia, prefigurada en María; en Ella se ha realizado anticipadamente –primera Iglesia– el misterio que revela la esencia íntima de la Iglesia: como María, la Iglesia es Madre virgen que engendra a sus hijos por el poder del Espíritu Santo; como María, la Iglesia es discípula que vive acogiendo la palabra del Señor y poniéndola por obra; como María, la Iglesia acoge a todos sus hijos, los alimenta y los hace crecer; y como María, también la Iglesia invita a los suyos a cumplir la voluntad de Cristo. Igualmente unida a María orante, y tomándola como figura, la Iglesia implora el Espíritu Santo.

Fecundidad de María

Estas ideas inspiran, como es lógico, la oración de la Iglesia, que a su vez se convierte en norma para la fe. Así reza el prefacio de una de las misas votivas de Santa María Virgen del Misal Romano, que ha sido incorporada al Misal de las Misas de la Virgen María: “Ella, al aceptar tu Palabra con limpio corazón, mereció concebirla en su seno virginal, y, al dar a luz a su Hijo, preparó el nacimiento de la Iglesia. Ella, al recibir junto a la cruz el testamento de tu amor divino, tomó como hijos a todos los hombres nacidos a la vida sobrenatural por la muerte de Cristo. Ella, en la espera pentecostal del Espíritu, al unir sus oraciones a las de los discípulos, se convirtió en el modelo de la Iglesia suplicante. Desde su asunción a los cielos, acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina, y protege sus pasos hacia la patria celeste, hasta la venida gloriosa del Señor” (Prefacio de la Misa 25: Misas de la Virgen María, vol. I, p. 128).

Aquí se expresa de modo admirable la impronta mariana de la Iglesia. Por eso la Iglesia se mira en María, y a la vez contempla a la Madre del Señor en el seno de la Iglesia y como Madre.

En las Orientaciones Generales de las Misas de la Virgen María se presentan –de modo bien sintético– los principios básicos que rigen el culto litúrgico a la Virgen María, que iluminan a la vez la relación de la Iglesia con María en lo cotidiano de su historia: “En íntima comunión con la Virgen María, e imitando sus sentimientos de piedad, la Iglesia celebra los divinos misterios, en los cuales Dios es perfectamente glorificado y los hombres son santificados:

asociándose a la voz de la Madre del Señor, bendice a Dios Padre y lo glorifica con su mismo cántico de alabanza;

con ella quiere escuchar la palabra de Dios y meditarla asiduamente en su corazón;

con ella desea participar en el misterio pascual de Cristo y asociarse a la obra de la Redención;

imitándola a ella, que oraba en el cenáculo con los apóstoles, pide sin cesar el don del Espíritu Santo;

apelando a su intercesión, se acoge bajo su amparo, y la invoca para que visite al pueblo cristiano y lo llene de sus beneficios;

con ella, que protege benignamente sus pasos, se dirige confiadamente al encuentro de Cristo” (Misas de la Virgen María, Orientaciones Generales, pp. 15-16).

Lo dicho hasta ahora nos permite entender que la relación de la Iglesia con María tiene varios niveles: por un lado, alaba y bendice al Señor por los dones y gracias que Ella ha recibido y a los que ha respondido con fe y obediencia ejemplares; como consecuencia de ello, la Iglesia contempla a María como una figura perfecta de lo que la Iglesia es y está llamada a ser; a la vez, contempla en su historia concreta que, en y con Cristo y dependiendo de Él, la Madre del Señor está presente en la vida de la Iglesia y de cada una de las Iglesias y actualiza permanentemente su maternal solicitud. Por ello, las comunidades cristianas que, obedientes al Señor, acogen a María en su vida y en su fe, se ven enriquecidas en su más íntimo ser y en sus obras y presencia en medio del mundo.

María, figura perfecta de la Iglesia, presente de su historia

Cuando la Iglesia, sin olvidar que el único mediador entre Dios y los hombres es Cristo el Señor y siguiendo sus indicaciones, acoge a María y se contempla en Ella, es llevada inmediatamente a entrar en su más íntimo misterio, iluminada por el Espíritu Santo.

En María, descubre la Iglesia la figura perfecta del discípulo. La Iglesia es siempre –o deja de ser Iglesia– la convocada por el Señor para hacer de ella un pueblo que escucha a su Dios y que pone su palabra por obra, hasta el final. En María contempla la Iglesia cómo la perfecta virginidad del corazón, es decir, la fe que se mantiene limpiamente, dócil al Espíritu Santo, atenta a su voluntad más que a intereses particulares o estrategias puramente humanas, es fuente de una misteriosa y riquísima fecundidad. En la pura obediencia de la fe de una virgen –una estéril por voluntad propia– se muestra la exuberancia de la fecundidad espiritual.

La Iglesia solo puede ser madre si es, primeramente, discípula virginal de Cristo, si vive de Él y para Él.

La fecundidad de María es signo del poder de Dios. Como signo de este poder, en el relato lucano de la Anunciación, el ángel subraya cómo la que no podía tener hijos está ya en su sexto mes (Lc 1,36). De la esterilidad, de la pobreza de las fuerzas humanas, de los medios escasos, de las dificultades que atraviesa la Iglesia a lo largo de su historia –también las nuevas y jóvenes Iglesias–..., surgen una fuerza y una fecundidad del todo inexplicables por el mero poder humano.

Por eso, la maternidad de la Iglesia, su generar hijos a la vida nueva, su capacidad de engendrar a Cristo en los corazones, es ante todo un don, el Espíritu Santo, fuente de fecundidad y de comunión...

Un aspecto evidente de la fecundidad maternal de las Iglesias particulares es la capacidad de suscitar, como precioso don de Cristo, conversiones a la fe y vocaciones al servicio de la gloria de Dios y de la predicación del Evangelio. También aquí en María se ilumina, en cierto modo, este misterio: el Hijo enviado por el Padre entró en el mundo por medio del “sí” de María, y porque este “sí” se mantuvo en el tiempo, el Hijo del Padre, el enviado y el ungido por el Espíritu, pudo crecer, ser alimentado... Este Hijo, en cuanto hombre, fue también introducido en la relación con Dios Padre con la singular colaboración de su Madre virgen y santa. Lo que ella hizo con Jesús es modelo y ejemplo para lo que la Iglesia ha de hacer con todos sus hijos y, en particular, con aquellos que por una vocación singular se configuran a Cristo para participar de su misión. Una Iglesia es madura y fecunda cuando es capaz, no solo de originar, sino de conservar, cuidar, hacer crecer y madurar las vocaciones que nacen de su propia historia, de su propia tierra.

La legítima promoción del culto mariano (que es siempre culto a la Trinidad, como no puede ser menos) debe tener como efecto para la Iglesia la imitación de esta maternidad, de esta fecundidad. No es solo imitación; la celebración litúrgica de la Madre del Señor y las devociones adaptadas a la historia y a la cultura de cada pueblo son también un modo de hacerse presente... Ella sigue presente en la vida de los hombres y de los pueblos y sigue ejerciendo su maternidad: facilitar, por medio del culto mariano, el encuentro con el Señor será, sin duda, fuente de fecundidad... Es como enriquecer y proteger el seno materno, la matriz de la que nace la vida.

Aliento de las Vocaciones

La madre no solo engendra: acoge en la vida, inicia en ella, vela con su trabajo por la salud material y espiritual de sus hijos. Una Iglesia que acoge a María despliega también esta solicitud maternal, con la riqueza de detalles y delicadeza, con la concreción propia del amor materno.

La maternidad espiritual lleva consigo la preocupación por todos los hijos, con independencia de su condición, de su lengua, de su raza... Todos ellos, en el hogar materno, tienen la misma dignidad, las mismas posibilidades, los mismos derechos. Al pie de la cruz, María es, en cierto modo, presentada como la Mujer (Iglesia-María) que reúne a los hijos dispersos de Dios y los incluye en la comunión de un único hogar. Ella, como imagen de la Iglesia, llena del Espíritu Santo, es también consuelo de los afligidos, auxilio de los cristianos, Madre de todos, que se dirige a los que más tienen para que lo pongan al servicio de los que más necesitan.

Cuando la Iglesia se pone a la escucha de María, oye de nuevo estas palabras: “Haced lo que Él os diga”, y, colaborando con el Señor, mediante la súplica y la obediencia, en el envío del Espíritu Santo, participa de este impulso vital, este “soplo” divino que es el ruah, el aliento del Padre, fuente de fecundidad.

En definitiva, una Iglesia más mariana será más de Cristo y también más del Espíritu Santo, más Madre común... Que por impulso del Espíritu todos nos sintamos –como personas singulares y como comunidades– vinculados por esta maternidad: no somos solo hermanos unos de otros, somos también –en Cristo y el Espíritu y con María– “madres” para los otros. María nos enseña que cada Iglesia particular tiene un papel maternal para las demás, y que los seminarios, centros de formación, universidades eclesiásticas tienen también una función “materna” para los seminarios y noviciados de las Iglesias jóvenes.

Que María, Madre de la unidad, nos ayude a sentir que las necesidades de las Iglesias más jóvenes son también las de las Iglesias más consolidadas.


Publicado por verdenaranja @ 19:17  | Misiones
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