Lunes, 23 de julio de 2012

Reflexión de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el programa "Claves para un Mundo Mejor" (21 de julio del 2012) (AICA)

El problema: ¿Quién es el hombre?

Es admirable comprobar cuánto se ha avanzado en el conocimiento de la realidad humana, de lo que es el hombre.

Si nos fijamos, por ejemplo, en el desarrollo que han adquirido en el siglo XX las que se llaman las ciencias humanas veremos que, en efecto, disponemos de conocimientos con los cuales no contaban nuestros antepasados.

Me refiero, por ejemplo, al conocimiento de la biología humana, a las aplicaciones médicas del mismo, o al conocimiento que brinda la psicología, por ejemplo la penetración en la profundidad del inconsciente, a los datos sociológicos, de la historia de la cultura y de la civilización.

Es decir que desde distintos enfoques hoy, al parecer, tenemos un conocimiento vastísimo acerca de lo que es el hombre.

Digo al parecer porque a pesar de aquellos datos en el pensamiento contemporáneo, sobre todo el de los últimos años, ha surgido lo que se llama la cuestión antropológica. Se habla de la emergencia de la cuestión antropológica. Ese título parece un poco solemne y misterioso. ¿Qué quiere decir? Que a pesar de todos aquellos conocimientos parciales de los que disponemos acerca de la realidad humana, nos desconocemos a nosotros mismos, no sabemos en el fondo qué es el hombre, quién es el hombre. Lo que está en juego en numerosas cuestiones concretas de máxima actualidad es la idea del hombre, incluso en la problemática social contemporánea. Por tanto, hay que volver a afianzar la verdad sobre el hombre. ¿Cómo se llega a ella?

De esos estudios parciales que hemos mencionado, ofrecidos por las ciencias humanas, habría que llegar al planteo filosófico propiamente tal acerca de la naturaleza de la persona humana, de su actividad, de su proyección, en la cultura, de su destino. Conocemos muchas cosas sobre el hombre pero en el fondo no sabemos quién es él. Sobre todo no sabemos de dónde viene y adónde va. ¿No sabemos? ¡Nosotros, los cristianos, si lo sabemos! Lo sabemos no solo por la fuente racional, sino que lo sabemos también por la revelación divina.

Un camino para conocer quién es el hombre es el ejercicio de la razón. Se abre al fundar todos aquellos conocimientos parciales que nos brindan las ciencias humanas en un conocimiento filosófico acerca de la esencia del hombre, de su naturaleza corporal y espiritual.

Pero nosotros, los creyentes, tenemos otra fuente que es la revelación de Dios. Abrimos la Biblia y en las primeras páginas nos encontramos con que Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza. Y es claro que el hombre emerge entre todas las criaturas con esta imagen y semejanza de Dios impresa en su ser y manifestada en su acción.

¿En qué consiste esta condición? Consiste en que es un ser inteligente y libre, que puede conocer a su Creador y por tanto puede conocer también su fin. Y si no conoce esto, si no conoce su origen, si no se reconoce como criatura y si no conoce su fin no advierte que su vida personal y la trayectoria entera de la historia llevan a Dios. Entonces no sabe cómo ordenarse en las cosas más elementales. Podrá conocer muchas cosas pero no podrá dirigir su vida. Ha perdido el sentido de la existencia.

Entonces desde esa doble vía, la de la razón, tomando en cuenta incluso los adelantos que nos brindan las ciencias humanas, o por esta otra vía, la de la revelación, la de la fe, el hombre puede conocerse a sí mismo. Las dos vías son complementarias, y la fe completa y perfecciona el conocimiento racional.

Hay que subrayar como conclusión: ¿quién es el hombre? El hombre ha sido creado por Dios como un ser inteligente y libre a imagen y semejanza de Dios. Tiene en Dios su origen y tiene en Dios su fin.

Esto que parece tan teórico tiene que ver con cuestiones concretas de máxima actualidad. Por ejemplo, cuál es la causa de que hoy día se hayan aprobado en la Argentina, y en tantos otros países, leyes inicuas que alteran la concepción de la vida humana y la esencia del matrimonio y de la familia, tiene que ver con que se ha perdido, se ha borrado, el sentido auténtico de la existencia. Los legisladores que han aprobado esas leyes, y sus asesores, no reconocen que exista una naturaleza de la persona humana y un orden que rija su acción. De allí la urgencia de la “cuestión antropológica.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


Publicado por verdenaranja @ 23:18  | Hablan los obispos
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