Mi?rcoles, 31 de octubre de 2012

Mensaje de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario, para el Día de todos los santos y conmemoración de los fieles difuntos.(AICA)

“Para los que creemos en ti esta vida no termina sino que se transforma”(Pref).                 


A los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos:
La próxima semana celebraremos dos fechas importantes para nuestra vida de fe, que aún cuando sean días laborables, estamos invitados a vivirlas con mayor intensidad y fervor. El Año de la fe también es un motivo para hacerlo e este modo, y “con las lámparas encendidas” (Lc 12,35-36).

El próximo jueves 1º de noviembre es el día de Todos los Santos. Es una fiesta de acción de gracias por quienes ya están junto a Dios y han sido reconocidos como testigos heroicos de la fe. Por eso también es un día de dicha y de alegría; y un motivo de esperanza, caminando por el sendero que nos señalan los santos, ya que la santidad a la que Cristo nos llama, es para ser felices, y que lo seamos eternamente.

Para ello necesitamos vivir la bienaventuranzas, que son, como decía Juan Pablo II “como el retrato de Cristo, un resumen de su vida; y por eso se presentan también como un «programa de vida» para sus discípulos.... Toda la vida terrena del cristiano, fiel a Cristo, puede encerrarse en este programa, en la perspectiva del reino de Dios” (Cf.. ibid.) (Homilía a los jóvenes, 2.II.1985).

Renovamos en las celebraciones de ese día el deseo de llegar a ser santos, tomemos a Cristo como modelo de nuestra vida, que nos invita a seguirlo, pidamos en nuestras parroquias y capillas por la santificación del pueblo argentino y por la glorificación de sus beatos, venerables y siervos de Dios.

El 2 de noviembre es el día de Todos los difuntos. El lema elegido en el Año de la Fe para reflexionar en esta conmemoración proviene de la liturgia: [c] “Para los que creemos en ti esta vida no termina sino que se transforma” (Pref).

En nuestra experiencia, frecuentemente queremos aferrarnos a esta vida, y nos entristece la certeza de su término. Sin embargo, desde la fe tenemos la certeza que esta vida no termina, sino que va a alcanzar su valor más pleno cuando sea transformada. Por esto toda nuestra vida puede ser una preparación para la eternidad, recordando la spalabras del salmo: “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo llegaré a ver su rostro?” (Sal 41, 3).

Esta sed de Dios puede alimentar nuestra esperanza, y la debemos transmitir a quienes más necesitan de ella. Es una sed que nos hace más cercana la vida del cielo.

Desde aquí ya podemos empezar a construir esta morada. Nuestra vida personal y familiar puede ser vivida como una dimensión de amor, y de ofrenda a Dios. Todos sus momentos pueden contribuir a la construcción del Reino, asociados al Señor, que nos enseñó que Él es el camino la verdad y la vida (cfr. Juan 14,6). Y este es el camino de la esperanza: la resurrección y la vida eterna.

Tenemos la esperanza de que nuestros queridos difuntos viven. Por esto rezamos por ellos, ofrecemos oraciones y sobre todo la Misa, para que ya estén junto a Dios.

Con esta esperanza, los invito ese día a acercarse a los cementerios de sus pueblos y ciudades, para recordar a nuestros seres queridos que ya han partido a la Casa del Padre, rezando por ellos, como un testimonio visible de fe y esperanza en la eternidad; y acompañando a quienes más lo necesitan.

Confío que los decanos, los párrocos y sacerdotes de la Arquidiócesis junto con sus comunidades, vivan con dedicación esta jornada que nuestra gente espera y necesita, y puedan celebrar la Misa, bendecir y rezar por quienes ya no están aquí, y brindar el consuelo que proviene de su Palabra: “Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud” (Juan 10,10).

Que cada parroquia y capilla puede culminar este día con la celebración de la Misa ofrecida por todos los difuntos, así como también pidiendo especialmente la intercesión de nuestra Madre del Rosario.

Los saludo en Cristo Nuetsro Señor.

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario


Publicado por verdenaranja @ 21:21  | Hablan los obispos
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