S?bado, 02 de marzo de 2013

Texto del micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT9 (23 de febrero de 2013). (AICA)

La transfiguración del Señor y la dignidad de la persona

Este domingo leemos el evangelio de la Transfiguración del Señor en presencia de los apóstoles Pedro, Juan y Santiago. ¿Qué significa este hecho que vieron los apóstoles? Ante todo es una revelación de la divinidad de Jesús que se les manifiesta, pero también un anticipo para ellos, y para nosotros, de la verdad del hombre como ser creado con un destino de eternidad.

Estamos llamados a participar de su misma condición gloriosa, como nos dice san Pablo: “Él transformará nuestro pobre cuerpo mortal haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso” (Flp. 3, 21). La vida de Jesucristo no es ajena a la vida y destino del hombre, por el contrario, es revelación de su dignidad. En Cristo descubrimos el sentido y plenitud de nuestra vida. La vida eterna, es decir, la vida más allá de la muerte ya no es una utopía, sino una realidad desde Jesucristo.

Ser cristiano, por ello, no es sólo creer en Dios como un principio superior, sino creer en lo que Jesucristo nos ha revelado y ya participar de su vida. Su misión, precisamente, es hacernos conocer nuestra condición de hijos de Dios y, al mismo tiempo, ser el camino que nos conduce a nuestra plena realización. Con claridad nos dice el Concilio Vaticano II: “el misterio del hombre sólo se esclarece a la luz de Jesucristo” (G. S. 22). Esto significa que lo que acontece en Cristo es verdad y fundamento para el hombre.

En su transfiguración él nos muestra la apertura y la vocación del hombre a la trascendencia. El hombre es peregrino de lo absoluto, tiene sed de Dios. Por otro camino, algunos filósofos ateos decían que el hombre es un ser absurdo, porque tiene, en cuanto ser espiritual, una apertura a lo trascendente, a Dios, y ello no existe. El hombre es como una pregunta, concluyen, sin respuesta.

Esto significa que el hombre no se confunde con la naturaleza, no es una planta o un animal; es un ser único e irrepetible con un horizonte trascendente. Existe como: “un yo capaz de autocomprenderse, autoposeerse y autodeterminarse” (C.I.C. 131). Esto, que fundamenta su grandeza y dignidad exige respeto, especialmente de las instituciones políticas y sociales, e implica su promoción y desarrollo integral.

En este sentido, el cuidado por su dimensión espiritual no es una concesión generosa de la sociedad, sino un acto de verdad y de justicia para con el hombre. Sólo es justa, por lo mismo, una sociedad cuando tiene en cuenta la dignidad integral de la persona humana, que incluye su dimensión espiritual y religiosa. La transfiguración del Señor al revelarnos el sentido último del hombre, ilumina el presente y compromete una actitud.

Reciban de su obispo en este camino de la Cuaresma, mi cercanía y afecto, junto a mis oraciones y bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


Publicado por verdenaranja @ 23:24  | Hablan los obispos
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