Mi?rcoles, 06 de marzo de 2013

Texto del micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT9 (3 de marzo de 2013) (AICA)

El Deseo de conversión es signo de la presencia del Espíritu


El evangelio de este 3° domingo de Cuaresma nos habla de la conversión, como de una actitud necesaria en el camino de nuestro crecimiento espiritual. La conversión no es cambiar por cambiar, esta puede ser una actitud que carece de consistencia y que tiene, incluso, algo de superficial, un cambio de “look”. La verdadera conversión tiene un objetivo y una mirada al interior de la persona, como lugar donde nacen las motivaciones e intenciones que definen el nivel y rectitud de una vida.

Frente a la preocupación de los fariseos por lo exterior, Jesús les dice: “Es del interior, del corazón de los hombres, de dónde provienen las malas intenciones, los robos y homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, el orgullo…. Todas esta cosas, concluye, provienen del interior y son las que manchan al hombre” (Mc. 7, 21-23). El Año de la Fe es una invitación, nos dice el Santo Padre: “a una auténtica y renovada conversión al Señor” (P. F. 6).

Ahora bien, es importante saber cómo nos acercamos a nuestro interior, con qué ideales y valores vamos a revisar nuestra vida. No hay conversión posible si no partimos de un proyecto de vida en el cual creemos y lo aceptamos como un camino a seguir. Una de las mayores crisis, y que tiene graves consecuencias en la vida humana, cultural como espiritual del hombre, es la ausencia de valores e ideales que la orienten y le den sentido. Esta situación genera su mayor orfandad. ¿Cuál es la fuente de nuestros proyectos e ideales, en última instancia de nuestra verdad? ¿Dónde descubrimos el sentido de nuestra vida?

Llegados a este punto debemos preguntarnos con sinceridad: ¿qué significa para mí hoy Jesucristo y su evangelio? ¿Es él una referencia central para mi vida o sólo alguien más? El camino de la conversión cristiana pasa, necesariamente, por un encuentro y una decisión ante él y su Palabra. Si no llegamos a decirle: Si, Señor, tú eres mi camino, mi verdad y mi vida, corremos el peligro de hacer de él un referente más, pero que no ha llegado a ocupar un lugar único y decisivo en mi vida.

Para san Pablo la conversión es: “despojarse del hombre viejo que se va corrompiendo y revestirse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en justicia y santidad” (Ef. 4, 22-24). Estas palabras del apóstol marcan el contenido de la vida y la vocación cristiana. Ante todo, diría, debe estar el anhelo, el deseo de ser un “hombre nuevo”. Esto no lo podemos presuponer, cuántas veces nos acostumbramos a nuestros defectos, incluso nos podemos sentir seguros con ellos y justificarlos. Luego es necesaria una auténtica disposición de cambio para librarnos de las ataduras del “hombre viejo”. A esta disposición san Pablo la expresa diciendo: “Señor, dime qué quieres, que yo lo haré”.

Esto habla de esa madura “fluidez” que nos permite una auténtica conversión; ello no se opone a la solidez y estabilidad de una vida, sino que es expresión de una profunda continuidad. En este sentido la “fidelidad” es una continua respuesta a la verdad y valores alcanzados, y no el cómodo conservadurismo que es más una actitud de pereza interior al cambio. En la tarea de nuestra conversión el grado de fluidez es, por ello, un signo claro de la presencia del Espíritu Santo, que viene a completar e interiorizar en nosotros la obra del hombre nuevo en Jesucristo.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.


Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


Publicado por verdenaranja @ 23:11  | Hablan los obispos
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