S?bado, 22 de junio de 2013

Reflexión a las lecturas del domingo doce del Tiempo Ordinario - C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 12º del T. Ordinario C 

La vida y la actuación de Jesucristo despiertan numerosos  interrogantes. Por eso, cuando Jesús pregunta a sus discípulos qué dice la gente de Él, le contestan: “unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas”. Después les pregunta: ¿y vosotros quién decís que soy yo? Entonces “Pedro tomó la palabra  y dijo: El Mesías de Dios”.

Era normal que les advirtiera que no podían decírselo a nadie. Porque el Mesías era aquel personaje que esperaban con fuerte anhelo los judíos, aquel en quién tenían puestas todas sus esperanzas, porque iba a ser su liberador. Y fuerte conmoción se hubiera originado si lo dicen por todas partes... Lo que nadie podía admitir ni siquiera imaginar era que el Mesías tuviera que padecer y morir. ¿Aquel personaje glorioso, que esperaban iba a terminar como un fracasado, como un perdedor? ¡Imposible! ¡Inadmisible!

Pero hay más, el que quiera seguirle, ser su discípulo, nada de primeros puestos y buena vida... Tiene que seguir el mismo camino: “que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo”. ¡Lógico era que, a continuación, fuera la Transfiguración! (9, 28-36).

Ya la primera lectura de hoy anuncia llanto y luto en Jerusalén, porque el hijo único ha sido traspasado.

Estamos acostumbrados a ver que, cuando hay una campaña electoral y los candidatos presentan sus programas, señalan principalmente los puntos más atrayentes para los electores y tratan de ocultar o disimular los aspectos menos agradables. Así piensan que ganan al electorado. Jesús lo hace casi al revés: señala el verdadero programa de su seguimiento, con sus ventajas y sus inconvenientes, y nos invita a pensarlo bien, como el que quiere construir una torre o dar la batalla a un enemigo. (Lc 14, 28-32).

Por eso, Juan Pablo II escribía  a  jóvenes que se iban a reunir con él  en Santiago: “el descubrimiento de Jesucristo es la aventura más importante de vuestra vida”. ¡Es ciertamente un don muy grande de Dios!

En la segunda lectura S. Pablo nos advierte que seguir a Jesucristo es estar incorporado a Él, haber sido revestidos de Él. Y, como partícipes de un mismo Cuerpo, “ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús”.

 

¡FELIZ DOMINGO! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR! 


Publicado por verdenaranja @ 10:25  | Espiritualidad
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