Viernes, 28 de junio de 2013

Reflexión a las lecturas del domingo trece del Tiempo Ordinario ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 13º del T. Ordinario C 

La segunda parte del Evangelio de S. Lucas está estructurada como un camino hacia Jerusalén. El libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito también por San Lucas, se estructura al revés: de Jerusalén a toda Judea, a Samaría y hasta los confines de la tierra, como había dicho el Señor (Hch 1, 8).

Domingo tras domingo, iremos contemplando los “hechos y dichos” de Jesús, en medio de este caminar hacia la Ciudad Santa.El seguimiento de Cristo se plantea en este contexto.

Nosotros no conocemos con exactitud la naturaleza de las exigencias concretas de Cristo que contemplamos en el Evangelio de hoy. Algunos dicen, por ejemplo,  que “enterrar al padre” puede significar cuidarle hasta que muera, para  seguir después a Jesucristo. No lo sabemos. Lo cierto es que están situadas en medio del caminar hacia Jerusalén y, por tanto, se necesita una respuesta rápida y radical. De esta manera, se quiere subrayar que el Reino de Dios está por encima de todo, también de los deberes familiares y personales. Pero usar la fuerza, la violencia, la venganza, aunque sea del cielo, como quieren los hijos de Zebedeo, no entra en los planes de Jesús. Por eso, les regaña y se marchan a otra aldea.

Nosotros tenemos que seguir a Jesucristo con la libertad, recta y madura, que nos enseña S. Pablo en la segunda lectura.

        En otro contexto, se sitúa la lectura del libro de los Reyes: Elías llama a Eliseo un seguimiento radical, pero le da ocasión de despedirse de su familia y resolver sus asuntos más urgentes, antes de seguirle.

A nosotros puede sorprendernos todo esto, porque no estamos acostumbrados a poner a Jesucristo y a su Reino en el lugar que le corresponde. Si somos sinceros, cuántas veces lo dejamos para el último lugar. Primero nosotros, nuestras cosas, nuestros intereses, y después, si es posible, si hay tiempo, si queda algo…, Cristo y su Reino.

        También debemos retener aquellas palabras del Señor: “El que echa la mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios”.

Decía el domingo pasado, que Jesús habla de su seguimiento con toda claridad, para que no haya engaños. Por eso, cuando le dice aquel “te seguiré adonde vayas”, Jesús le advierte: “las zorras tienen madriguera y los pájaros, nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”.

Más elaborada está la doctrina de S. Pablo que nos anima a un seguimiento de Cristo, viviendo según el Espíritu y renunciando a los deseos de la carne. 

Les deseo todo lo mejor a lo largo del camino hacia  Jerusalén. Ojalá que, a cada paso, podamos repetir al Señor la expresión  de aquel que le dice: “te seguiré adonde vayas”.

 

                                 ¡FELIZ DOMINGO! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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 Comentario al evangelio del Domingo 13° del T.O./C por Jesús Álvarez SSP (Zenit.org)

Exigencia contra intransigencia

Por Jesús Álvarez SSP

"Como ya se acercaba el tiempo en que sería llevado al cielo, Jesús emprendió resueltamente el camino a Jerusalén. Envió mensajeros delante de él, que fueron y entraron en un pueblo samaritano para prepararle alojamiento. Pero los samaritanos no lo quisieron recibir, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto sus discípulos Santiago y Juan, le dijeron: - Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que los consuma? Pero Jesús se volvió y los reprendió. Y continuaron el camino hacia otra aldea. Mientras iban de camino, alguien le dijo: - "Maestro, te seguiré adondequiera que vayas." Jesús le contestó: - Los zorros tienen cuevas y las aves tienen nidos, pero el Hijo del Hombre ni siquiera tiene donde recostar la cabeza. Jesús dijo a otro: Sígueme. El contestó: - Señor, deja que me vaya y pueda primero enterrar a mi padre. Jesús le dijo: - Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú véte a anunciar el Reino de Dios. Otro le dijo: - Te seguiré, Señor, pero antes déjame despedirme de mi familia. Jesús le contestó: - El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios" (Lc. 9, 51-62).

Jesús sube hacia Jerusalén decidido a morir por la salvación de todos los hombres, por ti y por mí; incluidos los samaritanos, que le niegan hospedaje.

Los discípulos fomentan la intransigencia y el ancestral desprecio mutuo entre los judíos y los samaritanos. Su actitud violenta no tiene nada que ver con Cristo ni con su misión redentora y de misericordia.

Jesús ha venido para salvar, no para condenar; para abatir las barreras que separan a los hombres, no para destruir a los hombres; para ser exigente, pero no intransigente; para promover el perdón y la paz, y no la violencia. Ha venido para usar el poder de Dios en favor de los hombres, no en contra de ellos.

También nosotros, como cristianos, imitadores de Cristo, estamos invitados a usar misericordia como Jesús, y no a condenar, como solemos hacer fácilmente, cerrándonos al perdón de Dios: “Si ustedes perdonan, serán perdonados (Mt. 6, 14); “Como ustedes juzguen, serán juzgados” (Mt. 7, 2).

Jesús es indulgente incluso con sus enemigos, pero es exigente con sus seguidores: “Si alguien quiere ser discípulo mío, que tome su cruz cada día y me siga” (Mc. 8, 34). “No pueden servir a dos señores: a Dios y al dinero” (Mt 6, 24). “Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí” (Mt. 10, 37).

El Maestro no es exigente por gusto, sino porque quiere para los suyos lo mejor: “El ciento por uno en la tierra y luego y la vida eterna” (Mt. 19,29); y eso tan solo con la exigencia se puede alcanzar. Quiere que lo sigan al calvario, porque ese es el camino real de la resurrección y de la gloria eterna. No hay otro.

El “discípulo” no puede ponerle condiciones al Maestro: “Déjame primero enterrar a mi padre…, despedirme de mi familia”. Las condiciones de su seguimiento las pone Él: “Si alguien quiere seguirme...”

Pero no se trata de que el cristiano piense y viva solo en el tormento de la cruz, sino sobre todo de una vida pascual gozosa con Cristo Resucitado, que alivia la cruz y da a nuestro calvario el esplendor de la resurrección y de la gloria eterna. Así vale la pena cargar tras Él la cruz de cada día.


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DOMINGO 13º DEL TIEMPO ORDINARIO C 

MONICIONES

 

 

PRIMERA LECTURA

        La primera Lectura nos presenta la vocación de Eliseo.¡Con qué prontitud lo deja todo y sigue al profeta Elías!

 

SEGUNDA LECTURA

        Escuchamos estos domingos la Carta a los Gálatas. S. Pablo nos presenta hoy el sentido de la libertad cristiana. Escuchemos con atención la Palabra de Dios.

 

TERCERA LECTURADO

        El Evangelio nos presenta hoy el comienzo del camino de Jesús a Jerusalén. Seguir a Jesucristo lleva consigo una actitud exigente y decidida.

 

COMUNIÓN

        Jesús alimenta a los que le siguen con su mismo Cuerpo para que tengan la fuerza necesaria para seguirle con prontitud y decisión.


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Mi?rcoles, 26 de junio de 2013

ZENIT nos ofrece el texto íntegro de las palabras del santo padre Francisco  en la Audiencia General del miércoles 26 de Junio de 2013 dirigidas a los fieles reunidos en gran número en la Plaza de San Pedro.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy me gustaría hacer una breve referencia a una imagen más que nos ayuda a ilustrar el misterio de la Iglesia: la del templo (cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 6.).

¿Qué nos hace pensar en la palabra templo? Nos hace pensar en un edificio, en una construcción de este tipo. En particular, la mente de muchos se dirige a la historia del pueblo de Israel narrada en el Antiguo Testamento. En Jerusalén, el gran templo de Salomón era el lugar del encuentro con Dios en la oración; en el interior del Templo estaba el Arca de la Alianza, signo de la presencia de Dios entre la gente; y en el Arca estaban las Tablas de la Ley, el maná y la vara de Aarón: un recordatorio de que Dios siempre había estado en la historia de su pueblo, que lo había acompañado durante el viaje, que había guiado sus pasos. El templo recuerda esta historia: también nosotros, cuando vamos al templo, debemos recordar esta historia, la historia de cada uno de nosotros, el modo en que Jesús me encontró, cómo Jesús anduvo conmigo, cómo Jesús me ama y me bendice.

Aquí, lo que fue prefigurado en el antiguo templo, se hace, por el poder del Espíritu Santo, en la Iglesia: la Iglesia es la "casa de Dios", el lugar de su presencia, donde podemos encontrar al Señor; la Iglesia es el templo en el que habita el Espíritu Santo que la anima, la guía y la sostiene. Si nos preguntamos: ¿dónde podemos encontrar a Dios? ¿Dónde podemos entrar en comunión con Él por medio de Cristo? ¿Dónde podemos encontrar la luz del Espíritu Santo para que ilumine nuestras vidas? La respuesta es: en el pueblo de Dios, en medio de nosotros, que somos la Iglesia. Aquí encontraremos a Jesús, al Espíritu Santo y al Padre.

El antiguo Templo fue construido por manos de hombres: se quería “dar una casa" a Dios, para tener un signo visible de su presencia en medio del pueblo. Con la encarnación del Hijo de Dios, se cumple la profecía de Natán al rey David (cf. 2 Sam. 7,1-29): no es el rey, no somos nosotros quienes "daremos una casa a Dios", sino que es el mismo Dios quien "construye su casa" para venir a habitar en medio de nosotros, como escribe san Juan en su evangelio (cf. 1,14). Cristo es el Templo viviente del Padre, y Cristo mismo edifica su "hogar espiritual", la Iglesia, no hecha de piedras materiales, sino de "piedras vivas" que somos nosotros. El apóstol Pablo dice a los cristianos de Éfeso: "Ustedes están edificados sobre los apóstoles y los profetas, que son los cimientos, mientras que la piedra angular es el mismo Jesucristo. En Él, todo el edificio, bien trabado, va creciendo para constituir un templo santo en el Señor. En Él, también ustedes son incorporados al edificio, para llegar a ser una morada de Dios en el Espíritu”. (Ef. 2,20-22).

¡Esto es algo hermoso! Somos las piedras vivas de Dios, profundamente unidos a Cristo, quien es la roca de apoyo, y también un apoyo entre nosotros. ¿Qué quiere decir esto? Esto significa que el templo somos nosotros, somos la Iglesia viva, el templo vivo, y cuando estamos juntos, entre nosotros está también el Espíritu Santo, que nos ayuda a crecer como Iglesia. No estamos aislados, sino que somos el pueblo de Dios: ¡esta es la Iglesia!

Y es el Espíritu Santo, con sus dones, que armoniza la variedad. Esto es importante: ¿qué hace el Espíritu Santo en medio de nosotros? Armoniza la variedad que es la riqueza de la Iglesia y une todo y a todos, a fin de constituir un templo espiritual, donde no ofrecemos sacrificios materiales, sino a nosotros mismos, nuestra vida (cf. 1 Pe. 2,4-5).

La Iglesia no es una mezcla de cosas e intereses, sino que es el templo del Espíritu Santo, el templo por medio del cual Dios obra, el templo del Espíritu Santo, el templo en el que cada uno de nosotros, con el don del bautismo, es una piedra viva. Esto nos dice que nadie es inútil en la Iglesia y si a veces, alguien le dice al otro: "Vete a tu casa, eres inútil", ¡esto no es cierto, porque nadie es inútil en la Iglesia, ¡todos somos necesarios para construir este templo! Nadie es secundario. Ninguno es el más importante en la Iglesia, todos somos iguales ante los ojos de Dios.

Alguno de ustedes podría decir: 'Fíjese, señor papa, usted no es igual a nosotros’. Sí, soy como ustedes, todos somos iguales, ¡somos hermanos! Nadie es anónimo: todos formamos y edificamos la Iglesia. Esto también nos invita a reflexionar sobre el hecho de que si faltara el ladrillo de nuestra vida cristiana, le falta algo a la belleza de la Iglesia. Algunas personas dicen: ‘No tengo nada que ver con la Iglesia’, por lo que cae el ladrillo de una vida en este hermoso templo. Nadie puede irse, todos tenemos que ofrecerle a la Iglesia nuestra vida, nuestro corazón, nuestro amor, nuestro pensamiento y nuestro trabajo: todo junto.

Así es que me gustaría que nos preguntemos: ¿cómo vivimos nuestro ser Iglesia? ¿Somos piedras vivas, o somos, por así decirlo, piedras cansadas, aburridas, indiferentes? ¿Han visto lo feo que es ver a un cristiano cansado, aburrido, indiferente? Un cristiano así no es bueno, el cristiano tiene que estar vivo, feliz de ser cristiano; debe vivir esta belleza de ser parte del pueblo de Dios que es la Iglesia. ¿Nos abrimos a la acción del Espíritu Santo para ser parte activa en nuestras comunidades, o nos cerramos en nosotros mismos, diciendo: "tengo tantas cosas que hacer, no es mi obligación”?

Que el Señor nos conceda a todos su gracia, su fuerza, para que estemos profundamente unidos a Cristo, que es la piedra angular, el pilar, la roca de apoyo de
nuestra vida y de toda la vida de la Iglesia. Oremos para que, animados por su Espíritu, siempre seamos piedras vivas de su Iglesia.

Traducido del original italiano por José Antonio Varela V.


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Lunes, 24 de junio de 2013

ZENIT nos ofreces el texto íntegro del discurso del santo padre a una treinta miembros de la delegación del Comité Internacional Judío para Consultas Interreligiosas, el 24 de Junio de 2013.

DISCURSO DEL SANTO PADRE ANTE EL COMITÉ INTERNACIONAL JUDÍO PARA CONSULTAS INTERRELIGIOSAS

Queridos hermanos mayores,

Shalom!

Con este saludo, también muy querido en la tradición cristiana, me complace dar la bienvenida a la delegación de los líderes del "Comité Judío Internacional para Consultas Interreligiosas" (International Jewish Committee on Interreligious Consultations).

También dirijo un saludo cordial al cardenal Koch, así como a los demás miembros y colaboradores de la Comisión para las Relaciones Religiosas con los Judíos, con la que se mantiene desde hace más de cuarenta años, un diálogo regular.

Las veintiún reuniones celebradas hasta la fecha, sin duda han contribuido a mejorar la comprensión mutua y los lazos de amistad entre los judíos y católicos. Sé que se está preparando la próxima reunión, que tendrá lugar en octubre en Madrid con el tema: "Los desafíos a la fe en las sociedades contemporáneas". ¡Gracias por su compromiso!

En estos primeros meses de mi ministerio he tenido la oportunidad de conocer a ilustres personalidades del mundo judío, pero esta es la primera oportunidad de conversar con un grupo de representantes oficiales de las organizaciones y de la comunidade judía; y por esto no puedo dejar de recordar lo que se afirmaba solemnemente en el numeral 4 de la Declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II, que representa para la Iglesia católica un punto de referencia fundamental en lo que respecta a las relaciones con el pueblo judío.

A través de las palabras del texto conciliar, la Iglesia reconoce que "los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya, según el misterio divino de la salvación, en los patriarcas, en Moisés y en los profetas". Y en cuanto al pueblo judío, el Concilio recuerda la enseñanza de san Pablo, según el cual "los dones y la llamada de Dios son irrevocables", y condena enérgicamente el odio, las persecuciones y todas las manifestaciones de antisemitismo. Por nuestras raíces comunes, ¡un cristiano no puede ser antisemita!

Los principios fundamentales expresados en la Declaración mencionada han marcado el camino para un mayor conocimiento y comprensión recíprocos, recorrido en las últimas décadas entre judíos y católicos, camino al que mis predecesores han dado un gran impulso a través de gestos particularmente significativos, o a través del desarrollo de una serie de documentos que tienen una profunda reflexión sobre los fundamentos teológicos de las relaciones entre judíos y cristianos. Es un camino por el que debemos dar gracias sinceramente al Señor.

Sin embargo, esto es solo la parte más visible de un vasto movimiento que se hizo a nivel local un poco en todo el mundo, del cual yo mismo soy testigo. A lo largo de mi ministerio como arzobispo de Buenos Aires --como informó el señor Presidente--, tuve la alegría de mantener relaciones de sincera amistad con algunos miembros del mundo judío. A menudo hablamos de nuestras respectivas identidades religiosas, la imagen del hombre contenida en las Escrituras, la forma de mantener vivo el sentido de Dios en un mundo secularizado en muchos lugares. Me he confrontado con ellos en varias ocasiones sobre los desafíos comunes de judíos y cristianos. Pero lo más importante, como amigos, disfrutamos de la presencia del otro, nos hemos enriquecido mutuamente a través del encuentro y el diálogo, con una actitud de aceptación mutua, y esto nos ha ayudado a crecer como seres humanos y como creyentes.

Lo mismo sucedió y sucede en muchas otras partes del mundo, y estas relaciones de amistad son en cierto modo la base del diálogo que se desarrolla en el plano oficial. No puedo, por lo tanto, hacer otra cosa que animarlos a continuar su camino, buscando, como lo están haciendo, la participación en esto de las nuevas generaciones. La humanidad necesita de nuestro testimonio común en favor del respeto a la dignidad del hombre y de la mujer, creados a imagen y semejanza de Dios, y en favor de la paz, sobre todo que es un don suyo. Me gusta recordar aquí las palabras del profeta Jeremías: "Porque conozco los designios que abrigo sobre ustedes –oráculo del Señor--. Son designios de paz, no de desgracia; de darles un porvenir cuajado de esperanza" (Jr. 29,11).

Con esta palabra: paz, shalom, me gustaría terminar también mi discurso, pidiéndoles el don de vuestras oraciones y asegurándoles las mías.

Traducido por JAVV


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Domingo, 23 de junio de 2013

ZENIT nos ofrece el texto de las palabbras del papa Francisco, en el Angelus del  domingo 23 de Junio de 2013, dirigidas a los fieles reunidos en la plaza de San Pedro.  

¡Queridos hermanos y hermanas!

En el evangelio de este domingo resuena una de las palabras más incisivas de Jesús: "El que quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mi causa, la salvará" (Lc. 9,24).

He aquí un resumen del mensaje de Cristo, y se expresa en una paradoja muy eficaz, que nos hace conocer su forma de hablar, casi nos hace sentir su voz ...

Pero ¿qué significa "perder la vida por la causa de Jesús"? Esto puede suceder de dos maneras: ya sea explícitamente confesando la fe, o defendiendo implícitamente la verdad. Los mártires son el mejor ejemplo de perder la vida por Cristo. En dos mil años, son una legión inmensa los hombres y las mujeres que sacrificaron su vida para permanecer fieles a Jesucristo y al evangelio.

Y hoy en día, en muchas partes del mundo, hay muchos, más que en los primeros siglos, muchos mártires que dan su vida por Cristo, que son llevados a la muerte por no renegar de Jesucristo. Esta es nuestra Iglesia. ¡Hoy tenemos más mártires que en los primeros siglos!

Pero también existe el martirio cotidiano, que no implica la muerte pero eso también es un "perder la vida" por Cristo, cumpliendo con su deber con amor, según la lógica de Jesús, la lógica del don y sacrificio. ¡Pensemos en la cantidad de papás y mamás que cada día ponen en práctica su fe, ofreciendo concretamente la propia vida por el bien de la familia! ¡Pensemos en todos ellos! ¿Cuántos sacerdotes, frailes y religiosas desarrollan con generosidad su servicio por el Reino de Dios? ¿Cuántos jóvenes renuncian a sus propios intereses para dedicarse a los niños, a los discapacitados, a los ancianos..?. ¡Estos también son mártires! ¡Mártires cotidianos, mártires de la vida cotidiana!

Y luego hay tanta gente, cristianos y no cristianos, que "pierden la propia vida" por la verdad. Y Cristo dijo: "Yo soy la verdad", por lo tanto, quien sirve a la verdad sirve a Cristo.

Una de estas personas, que dio su vida por la verdad, es Juan el Bautista: propiamente mañana, 24 de junio, es una gran fiesta, la solemnidad de su nacimiento. Juan fue elegido por Dios para preparar el camino delante de Jesús, y lo ha presentado al pueblo de Israel como el Mesías, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (cf. Jn. 1,29). Juan se dedicó por completo a Dios y a su enviado, Jesús.

Pero al final ¿qué fue lo que pasó? Murió por la causa de la verdad, cuando denunció el adulterio de Herodes y Herodías. ¡Cuántas personas pagan un alto precio por su compromiso con la verdad! ¡Cuántos hombres justos prefieren ir contra la corriente, para no negar la voz de la conciencia, la voz de la verdad! ¡Personas rectas, que no tienen miedo de ir contracorriente! Y nosotros, ¡no debemos tener miedo!

Y a ustedes jóvenes, les digo: No tengan miedo de ir contracorriente, cuando les quieran robar la esperanza, cuando les propongan esos valores dañados, que son como una comida descompuesta, y cuando una comida está descompuesta nos hace mal; estos valores nos hacen mal. ¡Debemos ir contracorriente! Y ustedes jóvenes, sean los primeros: vayan contra la corriente tengan esa altura de ir contra la corriente, ¡Adelante, sean valientes y vayan contracorriente! ¡Y siéntanse orgullosos de hacerlo!

Queridos amigos, acojamos con alegría esta palabra de Jesús. Es una regla de vida propuesta a todos. Y que san Juan Bautista nos ayude a ponerla en práctica. En este camino nos precede, como siempre, nuestra Madre, la Santísima Virgen María: ella ha perdido su vida por Jesús, hasta la Cruz, y lo recibió en plenitud, con toda la luz y la belleza de la Resurrección. Que María nos ayude a hacer siempre nuestra la lógica del evangelio.

Recuerden bien: ¡No tengan miedo de ir contra la corriente! ¡Sean valientes! Y así, como no queremos comer una comida en mal estado, no carguemos con nosotros estos valores que están deteriorados y que arruinan la vida, y que quitan la esperanza. ¡Vamos adelante!

Traducido por José Antonio Varela V.


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Texto completo del discurso del Papa Francisco a los 400 participantes de la 38 sesión de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), recibidos en audiencia el  20 de Junio de, publicado por la Radio Vaticano (Zenit.org)

En continuidad con una larga y significativa tradición, que comenzó hace ya sesenta años, me alegra recibirles hoy en el Vaticano a todos ustedes, participantes en la 38 Conferencia de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. Doy las gracias al Señor Presidente Mohammad Asef Rahimi, y a los representantes de muchos países y culturas diversas, unidos en la búsqueda de respuestas adecuadas a necesidades primarias de tantos hermanos y hermanas nuestros: tener el pan de cada día y sentarse dignamente a la mesa.

Saludo al director general, el profesor José Graziano da Silva, a quien he tenido ocasión de encontrar al comienzo de mi ministerio como obispo de Roma. En aquella ocasión me manifestó que la situación mundial es especialmente difícil, no sólo a causa de la crisis económica, sino también por los problemas ligados a la seguridad, a demasiados conflictos abiertos, al cambio climático, a la conservación de la diversidad biológica. Todas estas son situaciones que requieren un compromiso renovado de la FAO para hacer frente a los múltiples problemas del mundo agrícola y de cuantos viven y trabajan en zonas rurales.

Las iniciativas y las soluciones posibles son muchas y, no se limitan al aumento de la producción. Es bien sabido que la producción actual es suficiente y, sin embargo, hay millones de personas que sufren y mueren de hambre: esto, queridos amigos, constituye un verdadero escándalo. Es necesario, pues, encontrar la manera de que todos puedan beneficiarse de los frutos de la tierra, no sólo para evitar que aumente la diferencia entre los que más tienen y los que tienen que conformarse con las migajas, sino también, y sobre todo, por una exigencia de justicia, equidad y respeto a todo ser humano.

Creo que el sentido de nuestro encuentro es el de compartir la idea de que se puede y se debe hacer algo más para dar vigor a la acción internacional en favor de los pobres, no sólo armados de buena voluntad o, lo que es peor, de promesas que a menudo no se han mantenido. Tampoco se puede seguir aduciendo como coartada, la crisis global actual, de la que, por otro lado, no se podrá salir completamente hasta que no se consideren las situaciones y condiciones de vida a la luz de la dimensión de la persona humana y de su dignidad.

La persona y la dignidad humana corren el riesgo de convertirse en una abstracción ante cuestiones como el uso de la fuerza, la guerra, la desnutrición, la marginación, la violación de las libertades fundamentales o la especulación financiera, que en este momento condiciona el precio de los alimentos, tratándolos como cualquier otra mercancía y olvidando su destino primario. Nuestro cometido consiste en proponer de nuevo, en el contexto internacional actual, la persona y la dignidad humana no como un simple reclamo, sino más bien como los pilares sobre los cuales construir reglas compartidas y estructuras que, superando el pragmatismo o el mero dato técnico, sean capaces de eliminar las divisiones y colmar las diferencias existentes.

En este sentido, es necesario contraponerse a los intereses económicos miopes y a la lógica del poder de unos pocos, que excluyen a la mayoría de la población mundial y generan pobreza y marginación, causando disgregación en la sociedad, así como combatir esa corrupción que produce privilegios para algunos e injusticias para muchos.

La situación que estamos viviendo, aunque esté directamente relacionada con factores financieros y económicos, es también consecuencia de una crisis de convicciones y valores, incluidos los que son el fundamento de la vida internacional. Este es un marco que requiere emprender una consciente y seria obra de reconstrucción, que incumbe también a la FAO.

Quiero evidenciar, quiero señalar, la palabra: obra de reconstrucción. Pienso en la reforma iniciada para garantizar una gestión más funcional, transparente y ecuánime. Es un hecho ciertamente positivo, pero toda auténtica reforma consiste en tomar mayor conciencia de la responsabilidad de cada uno, reconociendo que el propio destino está ligado al de los otros. Los hombres no son islas, somos comunidad.

Pienso en aquel episodio del Evangelio, por todos conocido, en el que un samaritano socorre a quien está necesitado. No lo hace como un gesto de caridad o porque dispone de dinero, sino para hacerse uno con aquel a quien ayuda: quiere compartir su suerte. En efecto, tras haber dejado dinero para curar al herido, anuncia que volverá a visitarlo para cerciorarse de su curación. No se trata de mera compasión o tal vez de una invitación a compartir o a favorecer una reconciliación que supere las adversidades y las contraposiciones. Significa más bien estar dispuestos a compartirlo todo y a decidirse a ser buenos samaritanos, en vez de personas indiferentes ante las necesidades de los demás.

A la FAO, a sus Estados miembros, así como a toda institución de la comunidad internacional, se les pide una apertura del corazón. Es preciso superar el desinterés o el impulso a mirar hacia otro lado, y prestar atención con urgencia a las necesidades inmediatas, confiando al mismo tiempo que maduren en el futuro los resultados de la acción de hoy. No podemos soñar con planes asépticos. Hoy no sirven. Todo plan propuesto nos debe involucrar a todos. Ir adelante de manera constructiva y fecunda en las diversas funciones y responsabilidades significa capacidad de analizar, comprender y entregar, abandonando cualquier tentación de poder, o de poseer más y más, o buscar el propio interés en lugar de servir a la familia humana y, en ella, especialmente y sobre todo a los indigentes y los que aún sufren por hambre y desnutrición.

Somos conscientes de que uno de los primeros efectos de las graves crisis alimentarias, y no sólo las causadas por desastres naturales o por conflictos sangrientos, es la erradicación de su ambiente de personas, familias y comunidades. Es una dolorosa separación que no se limita a la tierra natal, sino que se extiende al ámbito existencial y espiritual, amenazando y a veces derrumbando las pocas certezas que se tenían. Este proceso, que ya se ha hecho global, requiere que las relaciones internacionales restablezcan esa referencia a los principios éticos que las regulan y redescubran el espíritu auténtico de solidaridad que puede hacer incisiva toda la actividad de cooperación.

A este respecto, es sumamente expresiva la decisión de dedicar el próximo año a la familia rural. Más allá de un motivo de celebración, se ha de reforzar la convicción de que la familia es el lugar principal del crecimiento de cada uno, pues a través de ella el ser humano se abre a la vida y a esa exigencia natural de relacionarse con los otros. Podemos constatar tantas veces cómo los lazos familiares son esenciales para la estabilidad de las relaciones sociales, para la función educativa y para un desarrollo integral, puesto que están animados por el amor, la solidaridad responsable entre las generaciones y la confianza recíproca. Estos son los elementos capaces de hacer menos gravosas hasta las situaciones más negativas, y llevar a una verdadera fraternidad a toda la humanidad, haciendo que se sienta una sola familia, en la que la mayor atención se pone en los más débiles.

Reconocer que la lucha contra el hambre pasa por la búsqueda del diálogo y la fraternidad comporta para la FAO el que su contribución en las negociaciones entre los Estados, dando un nuevo impulso a los procesos de toma de decisiones, se caracterice por la promoción de la cultura del encuentro; promocionar la cultura del encuentro y la cultura de la solidaridad. Pero esto requiere la disponibilidad de los Estados miembros, el pleno conocimiento de las situaciones, una preparación adecuada, e ideas capaces de incluir a toda persona y toda comunidad. Sólo así será posible conjugar el afán de justicia de miles de millones de personas con las situaciones concretas que presenta la vida real.

La Iglesia Católica, con sus estructuras e instituciones, les acompaña en este esfuerzo, que busca lograr una solidaridad concreta, y la Santa Sede sigue con interés las iniciativas que la FAO emprende, alentando todas sus actividades. Les agradezco este momento de encuentro, y bendigo el trabajo que desempeñan a diario al servicio de los últimos. ¡Muchas gracias!


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S?bado, 22 de junio de 2013

Reflexión a las lecturas del domingo doce del Tiempo Ordinario - C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 12º del T. Ordinario C 

La vida y la actuación de Jesucristo despiertan numerosos  interrogantes. Por eso, cuando Jesús pregunta a sus discípulos qué dice la gente de Él, le contestan: “unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas”. Después les pregunta: ¿y vosotros quién decís que soy yo? Entonces “Pedro tomó la palabra  y dijo: El Mesías de Dios”.

Era normal que les advirtiera que no podían decírselo a nadie. Porque el Mesías era aquel personaje que esperaban con fuerte anhelo los judíos, aquel en quién tenían puestas todas sus esperanzas, porque iba a ser su liberador. Y fuerte conmoción se hubiera originado si lo dicen por todas partes... Lo que nadie podía admitir ni siquiera imaginar era que el Mesías tuviera que padecer y morir. ¿Aquel personaje glorioso, que esperaban iba a terminar como un fracasado, como un perdedor? ¡Imposible! ¡Inadmisible!

Pero hay más, el que quiera seguirle, ser su discípulo, nada de primeros puestos y buena vida... Tiene que seguir el mismo camino: “que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo”. ¡Lógico era que, a continuación, fuera la Transfiguración! (9, 28-36).

Ya la primera lectura de hoy anuncia llanto y luto en Jerusalén, porque el hijo único ha sido traspasado.

Estamos acostumbrados a ver que, cuando hay una campaña electoral y los candidatos presentan sus programas, señalan principalmente los puntos más atrayentes para los electores y tratan de ocultar o disimular los aspectos menos agradables. Así piensan que ganan al electorado. Jesús lo hace casi al revés: señala el verdadero programa de su seguimiento, con sus ventajas y sus inconvenientes, y nos invita a pensarlo bien, como el que quiere construir una torre o dar la batalla a un enemigo. (Lc 14, 28-32).

Por eso, Juan Pablo II escribía  a  jóvenes que se iban a reunir con él  en Santiago: “el descubrimiento de Jesucristo es la aventura más importante de vuestra vida”. ¡Es ciertamente un don muy grande de Dios!

En la segunda lectura S. Pablo nos advierte que seguir a Jesucristo es estar incorporado a Él, haber sido revestidos de Él. Y, como partícipes de un mismo Cuerpo, “ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús”.

 

¡FELIZ DOMINGO! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR! 


Publicado por verdenaranja @ 10:25  | Espiritualidad
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DOMINGO 12º DEL TIEMPO ORDINARIO C

 MONICIONES

 

 

PRIMERA LECTURA

El profeta Zacarías dirige nuestra atención hacia el misterioso Siervo doliente de Yahvé, que prefigura a Cristo muerto en la Cruz, traspasado por la lanza del soldado.

 

SEGUNDA LECTURA

S. Pablo nos recuerda nuestra condición de hijos de Dios, incorporados  a Cristo, revestidos de Él. Esta realidad que disipa todas las desigualdades humanas.

 

TERCERA LECTURA

          En el Evangelio Jesús, reconocido por Pedro como el Mesías de Dios, anuncia a sus discípulos su Pasión e invita a todos a seguirle negándose a sí mismo y cargando con la cruz de cada día.

          Aclamémosle ahora con el canto del aleluya.

 

COMUNIÓN

          En la Comunión recibimos a Jesucristo, a quien S. Pedro reconoce como el Mesías de Dios y le sigue hasta las últimas consecuencias.

          Que El nos ayude a tomar conciencia cada vez más de nuestro deber de trabajar sin desfallecer, para que todos le conozcamos más, le amemos y le sigamos de verdad.


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Reflexión de JoséAntonio Pagola al evangelio del domingo doce del Tiempo Ordinario - C

¿QUIÉN ES PARA NOSOTROS?

               La escena es conocida. Sucedió en las cercanías de Cesarea de Filipo. Los discípulos llevan ya un tiempo acompañando a Jesús. ¿Por qué le siguen? Jesús quiere saber qué idea se hacen de él: “Vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Esta es también la pregunta que nos hemos de hacer los cristianos de hoy. ¿Quién es Jesús para nosotros? ¿Qué idea nos hacemos de él? ¿Le seguimos?

        ¿Quién es para nosotros ese Profeta de Galilea, que no ha dejado tras de sí escritos sino testigos? No basta que lo llamemos “Mesías de Dios”. Hemos de seguir dando pasos por el camino abierto por él, encender también hoy el fuego que quería prender en el mundo. ¿Cómo podemos hablar tanto de él sin sentir su sed de justicia, su deseo de solidaridad, su voluntad de paz?

        ¿Hemos aprendido de Jesús a llamar a Dios “Padre”, confiando en su amor incondicional y su misericordia infinita? No basta recitar el “Padrenuestro”. Hemos de sepultar para siempre fantasmas y miedos sagrados que se despiertan a veces en nosotros alejándonos de él. Y hemos de liberarnos de tantos ídolos y dioses falsos que nos hacen vivir como esclavos.

        ¿Adoramos en Jesús el Misterio del Dios vivo, encarnado en medio de nosotros? No basta confesar su condición divina con fórmulas abstractas, alejadas de la vida e incapaces de tocar el corazón de los hombres y mujeres de hoy. Hemos de descubrir en sus gestos y palabras al Dios Amigo de la vida y del ser humano. ¿No es la mejor noticia que podemos comunicar hoy a quienes buscan caminos para encontrarse con él?

        ¿Creemos en el amor predicado por Jesús? No basta repetir una y otra vez su mandato. Hemos de mantener siempre viva su inquietud por caminar hacia un mundo más fraterno, promoviendo un amor solidario y creativo hacia los más necesitados. ¿Qué sucedería si un día la energía del amor moviera el corazón de las religiones y las iniciativas de los pueblos?

        ¿Hemos escuchado el mandato de Jesús de salir al mundo a curar? No basta predicar sus milagros. También hoy hemos de curar la vida como lo hacía él, aliviando el sufrimiento, devolviendo la dignidad a los perdidos, sanando heridas, acogiendo a los pecadores, tocando a los excluidos. ¿Dónde están sus gestos y palabras de aliento a los derrotados?

        Si Jesús tenía palabras de fuego para condenar la injusticia de los poderosos de su tiempo y la mentira de la religión del Templo, ¿por qué no nos sublevamos sus seguidores ante la destrucción diaria de tantos miles de seres humanos abatidos por el hambre, la desnutrición y nuestro olvido?

José Antonio Pagola

Red Evangelizadora BUENAS NOTICIAS
23 de junio de 2013
12 del Tiempo Ordinario C
Lc. 9, 18-24      


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Viernes, 21 de junio de 2013

Comentario al evangelio del Domingo 12º del T.O./C por Jesús Álvarez SSP

Y para ustedes, ¿quién soy yo?

Por Jesús Álvarez SSP

"Un día Jesús se había apartado un poco para orar, pero sus discípulos estaban con él. Entonces les preguntó: - Según el parecer de la gente, ¿quién soy yo? Ellos contestaron: -Unos dicen que eres Juan Bautista, otros que Elías, y otros que eres alguno de los profetas antiguos que ha resucitado. Entonces les preguntó: - Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Pedro respondió: - Tú eres el Cristo de Dios. Jesús les hizo esta advertencia: - No se lo digan a nadie. Y les decía: - El Hijo del Hombre tiene que sufrir mucho y ser rechazado por las autoridades judías, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la Ley. Lo condenarán a muerte, pero tres días después resucitará. También Jesús decía a toda la gente: - Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga. Les digo: el que quiera salvarse a sí mismo, se perderá; y el que pierda su vida por causa mía, se salvará". (Lc 9,18-24).

A los discípulos, y a nosotros, les resulta más fácil creer lo ventajoso que lo costoso. El Maestro sondea si la fe de los discípulos se centra en un reino mesiánico terreno, o bien en la misión salvadora del Mesías a favor de ellos y de la humanidad mediante la cruz.

Resulta fácil creer en Jesús como profeta, líder, amigo que nunca falla…; pero no tanto cuando nos propone las condiciones para compartir su misión salvadora: “Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga” (Lc. 9, 23). Entonces, ¡cuánta incredulidad, cuántos abandonos y seguimientos aparentes!

Sin embargo, tiene que llenarnos de alegría el saber que estamos obrando nuestra salvación y la de otros si cargamos nuestra cruz unidos a Jesús. “Quien está unido a mí, produce mucho fruto” (Jn. 15, 5). Frutos de salvación para nosotros mismos y para nuestra parcela de salvación.

Es fácil buscar excusas y componendas a la hora de emprender el único camino que lleva a la gloria eterna: la cruz salvadora de cada día, cargada tras Él con fe, amor y esperanza, convencidos de que “la cruz es el camino; la resurrección, el destino”.

Tener ante los ojos su resurrección y la nuestra, le dio a Jesús el coraje para cargar la cruz y entregar su vida por nosotros. Lo mismo les sucedió a todos los que se han salvado, se salvan y se salvarán. Centrémonos más en la resurrección y la gloria, que en el sufrimiento y la muerte.

El éxito total de nuestra vida está en ponerla en manos de Dios por nuestra salvación y la de muchos otros, y así asegurarla para la eternidad. Pero si nos encerramos en el egoísmo, esquivando la cruz salvadora de cada día, perderemos la vida para siempre.

La pregunta de Jesús: “¿Quién dice la gente que soy yo?”, es tan actual para nosotros como lo fue para sus discípulos. ¿Qué representa Jesucristo en mi vida, trabajo, sufrimientos, familia, alegrías? ¿Creo en su promesa: “Estoy con ustedes todos los días”? (Mt. 28, 20). ¿Le dirijo la palabra como a persona viva y presente a mi lado y en mí?


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La Congregación para el Culto Divino ha decretado que el nombre de San José se añada en diversas plegarias eucarísticas del misal romano. Lo indica  una nota publicada, el 20 de Junio de 2013, por la Sala de Prensa del Vaticano, en la que el prefecto de dicha Congregación, el cardenal español Antonio Cañizares, indica que ha sido decretado en virtud de las facultades concedidas por el papa Francisco. (Zenit.org)

A continuación el texto del documento:

"En el paterno cuidado de Jesús, que San José de Nazaret desempeñó, colocado como cabeza de la Familia del Señor, respondió generosamente a la gracia, cumpliendo la misión recibida en la economía de la salvación y, uniéndose plenamente a los comienzos de los misterios de la salvación humana, se ha convertido en modelo ejemplar de la entrega humilde llevada a la perfección en la vida cristiana, y testimonio de las virtudes corrientes, sencillas y humanas, necesarias para que los hombres sean honestos y verdaderos seguidores de Cristo. Este hombre Justo, que ha cuidado amorosamente de la Madre de Dios y se ha dedicado con alegría a la educación de Jesucristo, se ha convertido en el custodio del tesoro más precioso de Dios Padre, y ha sido constantemente venerado por el pueblo de Dios, a lo largo de los siglos, como protector del cuerpo místico, que es la Iglesia.

En la Iglesia católica, los fieles han manifestado siempre una devoción ininterrumpida hacia San José y han honrado de manera constante y solemne la memoria del castísimo Esposo de la Madre de Dios, Patrono celestial de toda la Iglesia, hasta tal punto que el ya Beato Juan XXIII, durante el Sagrado Concilio Ecuménico Vaticano II, decretó que se añadiera su nombre en el antiquísimo Canon Romano. El Sumo Pontífice Benedicto XVI ha querido acoger y aprobar benévolamente los piadosos deseos que han llegado desde muchos lugares y que ahora, el Sumo Pontífice Francisco ha confirmado, considerando la plenitud de la comunión de los santos que, habiendo peregrinado un tiempo a nuestro lado, en el mundo, nos conducen a Cristo y nos unen a Él.

Por lo tanto, teniendo en cuenta todo esto, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en virtud de las facultades concedidas por el Sumo Pontífice Francisco, gustosamente decreta que el nombre de San José, Esposo de la Bienaventurada Virgen María, se añada de ahora en adelante en las Plegarias Eucarísticas II, III y IV de la tercera edición típica del Misal Romano, colocándose después del nombre de la Bienaventurada Virgen María, como sigue: en la Plegaria eucarística II: «ut cum beáta Dei Genetríce Vírgine María, beáto Ioseph, eius Sponso, cum beátis Apóstolis»; en la Plegaria eucarística III: «cum beatíssima Vírgine, Dei Genetríce, María, cum beáto Ioseph, eius Sponso, cum beátis Apóstolis»; en la Plegaria eucarística IV: «cum beáta Vírgine, Dei Genetríce, María, cum beáto Ioseph, eius Sponso, cum Apóstolis».

Por lo que se refiere a los textos redactados en lengua latina, se deben utilizar las fórmulas que ahora se declaran típicas. La misma Congregación se ocupará de proveer, a continuación, la traducción en las lenguas occidentales de mayor difusión; la redacción en otras lenguas deberá ser preparada, conforme a las normas del derecho, por la correspondiente Conferencia de Obispos y confirmada por la Sede Apostólica, a través de este Dicasterio.

No obstante cualquier cosa en contrario.

Dado en la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el día 1 de mayo del 2013, memoria de San José Obrero".

Antonio, Card. Cañizares Llovera
Prefecto

Arturo Roche
Arzobispo Secretario


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Jueves, 20 de junio de 2013

ZENIT nos ofrece las palabras del Papa Francisco en la Audiencia del miércoles 19 de junio de 2013

 Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy me centraré en una expresión con la que el Concilio Vaticano II indica la naturaleza de la Iglesia: aquella del cuerpo, el Concilio dice que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo (cf. Lumen Gentium, 7).

Quisiera partir de un texto de los Hechos de los Apóstoles, que conocemos bien: la conversión de Saulo, quien luego se llamará Pablo, uno de los más grandes evangelizadores (cf. Hch. 9,4-5). Saulo era un perseguidor de los cristianos, pero mientras está en el camino que conduce a la ciudad de Damasco, de repente una luz lo envuelve, cae en tierra y oye una voz que le dice: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Él pregunta: "¿Quién eres, Señor”, y la voz le responde: "Yo soy Jesús a quien tú persigues" (v. 3-5). Esta experiencia de san Pablo nos dice cuán profunda es la unión entre nosotros los cristianos y el mismo Cristo. Cuando Jesús ascendió al cielo, no nos ha dejado huérfanos, sino con el don del Espíritu Santo, la unión con Él se ha vuelto aún más intensa. El Concilio Vaticano II dice que Jesús "comunicando su Espíritu, constituye místicamente como su cuerpo, a sus hermanos, llamados de todos los pueblos" (Const. Dogm. Lumen Gentium, 7).

La imagen del cuerpo nos ayuda a comprender este profundo vínculo Iglesia-Cristo, que san Pablo ha desarrollado sobre todo en la primera Carta a los Corintios (cf. cap. 12). En primer lugar, el cuerpo nos llama a una realidad viva. La Iglesia no es una asociación benéfica, cultural o política, sino que es un cuerpo vivo, que camina y actúa en la historia. Y este cuerpo tiene una cabeza, Jesús, que lo guía, lo alimenta y lo apoya. Este es un punto que quiero destacar: si la cabeza está separada del resto del cuerpo, la persona no puede sobrevivir. Así es en la Iglesia, debemos permanecer asidos cada vez más profundamente a Jesús. Pero no solo eso: como en un cuerpo, es importante que pase la linfa vital para que, así podamos permitir que Jesús obre en nosotros, para que su palabra nos guíe, que su presencia eucarística nos alimente, nos inspire, que su amor dé fuerza a nuestro amor al prójimo. ¡Y esto siempre! ¡Siempre, siempre!

Queridos hermanos y hermanas, estemos unidos a Jesús, confiemos en Él, orientemos nuestra vida según su evangelio, alimentémonos con la oración diaria, la escucha de la Palabra de Dios, la participación en los sacramentos.

Y aquí voy a un segundo aspecto de la Iglesia como Cuerpo de Cristo. San Pablo dice que a medida que los miembros del cuerpo humano, aunque diferentes y numerosos, forman un solo cuerpo, así todos nosotros fuimos bautizados en un solo Espíritu, en un solo cuerpo (cf. 1 Cor. 12,12-13). En la Iglesia, por lo tanto, hay una gran variedad, una diversidad de tareas y de funciones; no hay una uniformidad aburrida, sino la riqueza de los dones que el Espíritu Santo otorga. Y está la comunión y la unidad: todos están en relación los unos con los otros y todo confluye para formar un solo cuerpo vital, profundamente conectado con Cristo.

Recordemos bien: ser parte de la Iglesia es estar unidos a Cristo y recibir de Él la vida divina que nos hace vivir como cristianos, significa permanecer unidos al papa y a los obispos que son instrumentos de unidad y de comunión, y también significa aprender a superar personalismos y divisiones, para entenderse mejor, para armonizar la variedad y la riqueza de cada uno; en una palabra, para querer amar más a Dios y a las personas que están junto a nosotros, en la familia, en la parroquia, en las asociaciones. ¡Cuerpo y extremidades para vivir, deben estar unidos! La unidad es superior a los conflictos, ¡siempre! Los conflictos si no se resuevlen bien, nos separan entre nosotros, nos separan de Dios.

El conflicto puede ayudarnos a crecer, pero también nos puede dividir. ¡Nosotros no vamos por el camino de la división, de las luchas entre nosotros! Todos unidos, todos unidos con nuestras diferencias, pero unidos, siempre: este es el camino de Jesús. La unidad es superior a los conflictos. La unidad es una gracia que debemos pedir al Señor para que nos libere de las tentaciones de la división, de la lucha entre nosotros, de los egoísmos del chisme. ¡Qué tanto mal hacen los chismes, cuánto mal! Nunca hables mal de los demás, ¡nunca! ¡Cuánto daño causan a la Iglesia las divisiones entre los cristianos, parcializarse, los intereses mezquinos!

Las divisiones entre nosotros, pero también las divisiones entre las comunidades: cristianos evangélicos, cristianos ortodoxos, cristianos católicos, ¿pero por qué divididos? Debemos tratar de lograr la unidad. Les cuento una cosa: hoy, antes de salir de casa, estuve cuarenta minutos, más o menos media hora, con un pastor evangélico y oramos juntos, he buscado la unidad. Y tenemos que orar entre nosotros los católicos y también con otros cristianos, orar para que el Señor nos conceda la unidad, la unidad entre nosotros. ¿Pero cómo vamos a tener la unidad entre los cristianos, si no somos capaces de tenerla entre nosotros los católicos? ¿De tenerla en la familia? ¡Cuántas familias luchan y se dividen! Busquen la unidad, la unidad que hace la Iglesia. La unidad viene de Jesucristo. Él nos envía el Espíritu Santo para lograr la unidad.

Queridos hermanos y hermanas, pidamos a Dios: que nos ayude a ser miembros del Cuerpo de la Iglesia siempre profundamente unidos a Cristo; que nos ayude a no hacer sufrir el Cuerpo de la Iglesia con nuestros conflictos, nuestras divisiones, nuestros egoismos; que nos ayude a ser miembros vivos vinculados entre sí por una sola fuerza, la del amor, que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones (cf. Rom 5,5).

Traducido por José Antonio Varela V.


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Mi?rcoles, 19 de junio de 2013

 

Y como no hay hora ni momento en mi vida

en el que no esté sostenido por tus beneficios,

así no debe haber momento alguno

en el que no deba tenerte delante de los ojos de mi memoria

y no deba amarte con todas mis fuerzas.

Pero yo no soy capaz de tanto si tú no me ayudas,

porque tuyo es todo don bueno

y toda dádiva perfecta desciende del Padre de las luces,

en quien no hay cambio ni sombra de vicisitudes.

Pues el amarte, oh Señor, no es de quien quiere

ni de quien se afana,

sino de quien tú te compadeces.

Tuyo es ese don, Señor,

porque todo bien viene de ti.

Me mandas que te ame;

dame lo que mandas y manda lo que quieres.


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Todos los momentos de la vida estamos ante tus ojos, Dios mío,

mucho más cerca, mucho más íntimamente

que podemos estarlo con cualquier ser humano en el coloquio más íntimo...

No solamente estás cerca, estás en torno nuestro y estás en nosotros;

tú nos envuelves y nos llenas; no sólo conoces nuestras palabras y nuestras acciones,

sino hasta nuestros más secretos y fugaces pensamientos...

Dios mío, que piense yo sin cesar en estaverdad bendita:

si un momento sólo de la compañía de quien se ama parece tan dulce

y es más precioso que la tierra toda...

¿cuál será entonces nuestra felicidad infinita,

cuando todos los momentos de nuestra vida gozamos de tu presencia?. 

Dios mío, dame a sentir esa presencia, dámela a gozar pensando en ella

incesantemente, y así, gracias a ella, ser perfecto. (C. de Foucauld)

 


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ZENIT nos ofrece las palabras del papa Francisco al introducir la oración mariana del Angelus, al finalizar la santa misa celebrada por la Jornada del Evangelium Vitae, el domingo 16 de Junio de 2013.

¡Queridos hermanos y hermanas!

Al finalizar esta eucaristía dedicada al Evangelio de la Vida, estoy contento de recordar que ayer, en Carpi, fue proclamado beato Odoardo Focherini, esposo y padre de siete hijos, periodista. Capturado y encarcelado por el odio a su fe católica, murió en el campo de concentración de Hersbruck en 1944, a los 37 años. Salvó a numerosos judíos de la persecución nazi. Junto con la Iglesia que está en Carpi, damos gracias a Dios por este testigo del Evangelio de la Vida.

Doy gracias de corazón a todos vosotros que habéis venido a Roma de tantas parte de Italia y del mundo, en particular las familias y los que trabajan directamente con la promoción y la tutela de la vida.

Saludo cordialmente a los 150 miembros de la Asociación Gravida, de Argentina. Muchas gracias por lo que hacéis. Ánimo y adelante.

Para finalizar saludo a los numerosos participantes del encuentro de motociclismo Harley-Davidson y también al Motoclub Policía de Estado.

No dirigimos ahora a la Virgen, confiando cada vida humana, especialmente la más frágil, indefensa y amenazada a su protección materna.


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Lunes, 17 de junio de 2013

ZENIT nos ofrece el artículo de nuestro colaborador monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, sobre la importancia de la formación en la fe.

Católicos ignorantes
La importancia de la formación en la fe

Por Felipe Arizmendi Esquivel

SITUACIONES

No; no quiero ofender a mis hermanos que profesan la misma fe que un servidor. No me estoy uniendo al coro de quienes consideran la religión como un catálogo de dogmatismos sin sentido, fruto de la ignorancia y del fanatismo. Sólo quiero resaltar un hecho innegable: que muchos católicos desconocen los fundamentos de su fe; pocos estudian y profundizan la Sagrada Escritura, aunque cada día son más quienes están superando esta carencia. Algunos aducen que no cambian su religión católica sólo porque es la que recibieron de sus padres, no porque estén plenamente convencidos de la coherencia y de la plenitud de verdad que posee internamente nuestra fe.

Muchos católicos dejan su catolicismo sólo porque no lo conocen bien. Por ejemplo, no saben por qué bautizamos a los niños, siendo que Jesús fue bautizado en torno a los treinta años. No conocen los textos bíblicos para interpretar adecuadamente la prohibición de Exodo 20,4-5 de no hacer imágenes ni darles culto, y se dejan convencer cuando con ésta y otras citas bíblicas les hacer creer que somos idólatras y que estamos desobedeciendo el mandato divino. No toman en cuenta Ex 25,18 cuando Dios ordena a Moisés hacer imágenes de querubines, y Números 21,8 donde le ordena hacer la imagen de una serpiente. Tan no está prohibido hacer imágenes, que Dios mismo nos hizo “a su imagen y semejanza” (Gén 1,26-27).No hay contradicción en las órdenes de Dios, pero hay que saber interpretar la Biblia; de lo contrario, cada interpretación genera una nueva religión, y es cuento de nunca acabar. De estos y otros temas, muchos son incapaces de dar razón; les siembran dudas y luego se hacen indiferentes, o se refugian en sus costumbres religiosas.

ILUMINACION

Hablando a un grupo de obispos franceses, el Papa Benedicto XVI les dijo: “Uno de los problemas más serios de nuestra época es el de la ignorancia práctica religiosa en la que viven muchos hombres y mujeres, incluso algunos fieles católicos. Por este motivo, la nueva evangelización se presenta con una urgencia particular. Ella pide a todos los cristianos que den razón de su esperanza (cf 1 Pedr 3,15), consciente de que uno de los obstáculos más temibles de nuestra misión pastoral es la ignorancia del contenido de la fe. Se trata en realidad de una doble ignorancia: un desconocimiento de la persona de Jesucristo y una ignorancia de la sublimidad de sus enseñanzas, de su valor universal y permanente en la búsqueda del sentido de la vida y de la felicidad. Esta ignorancia provoca además en las nuevas generaciones la incapacidad de comprender la historia y de sentirse herederos de esta tradición que ha modelado la vida, la sociedad, el arte, la cultura” (30-XI-2012).

Esto lo dijo a obispos que atienden pastoralmente a franceses, que se consideran muy cultos, muy preparados y modernos, tanto que nos desprecian a los de otros países. Pues si entre ellos hay ignorancia de la fe católica, ¡qué no decir de nuestros ambientes!

Ante esta realidad, ¿qué ofrecemos? Dice el Papa: “La Buena Nueva que tenemos la tarea de anunciar a los hombres de todos los tiempos, de todas las lenguas y de todas las culturas, se puede resumir en pocas palabras: Dios, creador del hombre, en su Hijo Jesús nos da a conocer su amor por la humanidad: ‘Dios es amor’ y quiere la felicidad de sus criaturas, de todos sus hijos. La constitución pastoral Gaudium et spes (No. 10) afrontó las cuestiones clave de la existencia humana, sobre el sentido de la vida y de la muerte, del mal, de la enfermedad y del sufrimiento, tan presentes en nuestro mundo. Recordó que, en su bondad paterna, Dios ha querido dar respuestas a todos estos interrogantes y que Cristo fundó su Iglesia para que todos los hombres pudieran conocerle”.

COMPROMISOS

Este Año de la Fe debería ser ocasión propicia para generar creativamente muchas iniciativas que nos ayuden a consolidar la fe. Cada creyente debería sentirse motivado a profundizar más su conocimiento de la Biblia, del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica. Cada agente de pastoral debería ofrecer a su comunidad más alternativas en este sentido.


Publicado por verdenaranja @ 19:26  | Hablan los obispos
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ZENIT publica la homilía de la misa que el Santo Padre  celebró en la plaza de San Pedro, el domingo 16 de Junio de 2013, XI domingo del Tiempo Ordinario, por la Jornanda del Evangelium Vitae, en ocasión del año de la fe.

Queridos hermanos y hermanas

Esta celebración tiene un nombre muy bello: el Evangelio de la Vida. Con esta Eucaristía, en el Año de la fe, queremos dar gracias al Señor por el don de la vida en todas sus diversas manifestaciones, y queremos al mismo tiempo anunciar el Evangelio de la Vida.
A partir de la Palabra de Dios que hemos escuchado, quisiera proponerles tres puntos sencillos de meditación para nuestra fe: en primer lugar, la Biblia nos revela al Dios vivo, al Dios que es Vida y fuente de la vida; en segundo lugar, Jesucristo da vida, y el Espíritu Santo nos mantiene en la vida; tercero, seguir el camino de Dios lleva a la vida, mientras que seguir a los ídolos conduce a la muerte.

La primera lectura, tomada del Libro Segundo de Samuel, nos habla de la vida y de la muerte. El rey David quiere ocultar que cometió adulterio con la mujer de Urías el hitita, un soldado en su ejército y, para ello, manda poner a Urías en primera línea para que caiga en la batalla. La Biblia nos muestra el drama humano en toda su realidad, el bien y el mal, las pasiones, el pecado y sus consecuencias. Cuando el hombre quiere afirmarse a sí mismo, encerrándose en su propio egoísmo y poniéndose en el puesto de Dios, acaba sembrando la muerte. Y el adulterio del rey David es un ejemplo. Y el egoísmo conduce a la mentira, con la que trata de engañarse a sí mismo y al prójimo. Pero no se puede engañar a Dios, y hemos escuchado lo que dice el profeta a David: «Has hecho lo que está mal a los ojos de Dios» (cf. 2 S 12,9). Al rey se le pone frente a sus obras de muerte, - realmente lo que hizo es una obra de muerte, no de vida - comprende y pide perdón: «He pecado contra el Señor» (v. 13), y el Dios misericordioso, que quiere la vida y siempre nos perdona, le da de nuevo la vida; el profeta le dice: «También el Señor ha perdonado tu pecado, no morirás». ¿Qué imagen tenemos de Dios? Tal vez nos parece un juez severo, como alguien que limita nuestra libertad de vivir. Pero toda la Escritura nos recuerda que Dios es el Viviente, el que da la vida y que indica la senda de la vida plena. Pienso en el comienzo del Libro del Génesis: Dios formó al hombre del polvo de la tierra, soplando en su nariz el aliento de vida y el hombre se convirtió en un ser vivo (cf. 2,7). Dios es la fuente de la vida; y gracias a su aliento el hombre tiene vida y su aliento es lo que sostiene el camino de su existencia terrena. Pienso igualmente en la vocación de Moisés, cuando el Señor se presenta como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, como el Dios de los vivos; y, enviando a Moisés al faraón para liberar a su pueblo, revela su nombre: «Yo soy el que soy», el Dios que se hace presente en la historia, que libera de la esclavitud, de la muerte, y que saca al pueblo porque es el Viviente. Pienso también en el don de los Diez Mandamientos: una vía que Dios nos indica para una vida verdaderamente libre, para una vida plena; no son un himno al «no» - no debes hacer esto, no debes hacer esto, no debes hacer esto: ¡no! Son más bien un himno al «sí» a Dios, al Amor, a la Vida. Queridos amigos, nuestra vida es plena sólo en Dios, porque sólo Él es el Viviente.

El pasaje evangélico de hoy nos hace dar un paso más. Jesús encuentra a una mujer pecadora durante una comida en casa de un fariseo, suscitando el escándalo de los presentes: Jesús deja que se acerque una pecadora, e incluso le perdona los pecados, diciendo: «Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco» (Lc 7,47). Jesús es la encarnación del Dios vivo, el que trae la vida, ante tantas obras de muerte, ante el pecado, el egoísmo, el cerrarse en sí mismos. Jesús acoge, ama, levanta, anima, perdona y da nuevamente la fuerza para caminar, devuelve la vida. Vemos en todo el Evangelio cómo Jesús trae con gestos y palabras la vida de Dios que transforma. Es la experiencia de la mujer que unge los pies del Señor con perfume: se siente comprendida, amada, y responde con un gesto de amor, se deja tocar por la misericordia de Dios y obtiene el perdón, comienza una vida nueva. Dios el Viviente es misericordioso ¿están de acuerdo? ¡Digámoslo juntos: Dios el Viviente es misericordioso! ¡Dios el Viviente es misericordioso! Otra vez: ¡Dios el Viviente es misericordioso!

Esta fue también la experiencia del apóstol Pablo, como hemos escuchado en la segunda Lectura: «Mi vida ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Ga 2,20). ¿Qué es esta vida? Es la vida misma de Dios. Y ¿quién nos introduce en esta vida? El Espíritu Santo, el don de Cristo resucitado. Es él quien nos introduce en la vida divina como verdaderos hijos de Dios, como hijos en el Hijo unigénito, Jesucristo. ¿Estamos abiertos nosotros al Espíritu Santo? ¿Nos dejamos guiar por él? El cristiano es un hombre espiritual, y esto no significa que sea una persona que vive «en las nubes», fuera de la realidad (como si fuera un fantasma), no. El cristiano es una persona que piensa y actúa en la vida cotidiana según Dios, una persona que deja que su vida sea animada, alimentada por el Espíritu Santo, para que sea plena, propia de verdaderos hijos. Y eso significa realismo y fecundidad. Quien se deja guiar por el Espíritu Santo es realista, sabe cómo medir y evaluar la realidad, y también es fecundo: su vida engendra vida a su alrededor.

Dios es el Viviente, es el Misericordioso, Jesús nos trae la vida de Dios, el Espíritu Santo nos introduce y nos mantiene en la relación vital de verdaderos hijos de Dios. Pero, con frecuencia – lo sabemos por experiencia - el hombre no elige la vida, no acoge el «Evangelio de la vida», sino que se deja guiar por ideologías y lógicas que ponen obstáculos a la vida, que no la respetan, porque vienen dictadas por el egoísmo, el propio interés, el lucro, el poder, el placer, y no están dictadas por el amor, por la búsqueda del bien del otro. Es la constante ilusión de querer construir la ciudad del hombre sin Dios, sin la vida y el amor de Dios: una nueva Torre de Babel; es pensar que el rechazo de Dios, del mensaje de Cristo, del Evangelio de la vida, lleva a la libertad, a la plena realización del hombre. El resultado es que el Dios vivo es sustituido por ídolos humanos y pasajeros, que ofrecen un embriagador momento de libertad, pero que al final son portadores de nuevas formas de esclavitud y de muerte. La sabiduría del salmista dice: «Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos» (Sal 19,9). ¡Recordémoslo siempre: el Señor es el Viviente, es misericordioso! ¡el Señor es el Viviente, es misericordioso!

Queridos hermanos y hermanas, miremos a Dios como al Dios de la vida, miremos su ley, el mensaje del Evangelio, como una vida de libertad. El Dios vivo nos hace libres. Digamos sí al amor y no al egoísmo, digamos sí a la vida y no a la muerte, digamos sí a la libertad y no a la esclavitud de tantos ídolos de nuestro tiempo; en una palabra, digamos sí a Dios, que es amor, vida y libertad, y nunca defrauda (cf. 1 Jn 4,8, Jn 11,25, Jn 8,32). A dios, que es el Viviente y el Misericordioso. Sólo la fe en el Dios vivo nos salva; en el Dios que en Jesucristo nos ha dado su vida y, con el don del Espíritu Santo, y hace vivir como verdaderos hijos de Dios, con su misericordia. Esta fe nos hace libres y felices. Pidamos a María, Madre de la Vida, que nos ayude a recibir y dar testimonio siempre del «Evangelio de la Vida». Así sea


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S?bado, 15 de junio de 2013

Odoardo Focherini fue declarado beato hoy en Italia. Un periodista laico que salvó a 105 judí­os de la deportación. Murió con 37 años en un campo de concentración. (zenit.org)

Por H. Sergio Mora

El sábado 15 de junio, miles de fieles participaron a la solemne beatificación de Odoardo Focherini, periodista laico que durante la segunda guerra mundial salvó a 105 judíos de acabar deportados en los campos de concentración. La celebración se realizó en la 'Piazza dei Martiri' en su ciudad natal, Carpi, situada en el norte de Italia.
La celebración fue presidida por el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, que leyó una carta del santo padre: "El papa Francisco ha definido a Focherini como un testimonio ejemplar del evangelio", dijo.

Nació en 1907, casado, siete hijos, era periodista del diario L'Avvenire d'Italia. El actual director de dicho medio, considera que Odoardo es el primer periodista beatificado y que aporta a los comunicadores de hoy un gran ejemplo. En realidad, no es el primero. Este honor le corresponde al beato Manuel Lozano Garrido (Lolo), beatificado el 12 de junio de 2010, en Linares, España.

Focherini trabajó también como asegurador y fue presidente diocesano de la Acción Católica.

Durante la persecución a los judíos por parte de nazis y fascistas, organizó una red de fuga de los judíos hacia Suiza, hasta que fue descubierto. Internado primero en los campos de concentración italianos de Fossoli y Gries, en Bolzano, acabó deportado en Alemania en el de Hersbruck, subcampo de Flossenburg, donde murió en 1944, a la edad de 37 años, muy probablemente cremado en los hornos.

Desde allí escribió muchas cartas, a la esposa María, algunas de estas conservadas por la famila. En 1969 fue inscrito en el libro de los "Justos entre las naciones" en el Yad Vashem de Jerusalén.

"María queridísima (...). Nada de nuevo sobre mí, y si por una parte no se explicarme esta espera vil si no pensando en posibles indagaciones que no podrán sino ser favorables a mi inocencia, por otra, cada día espero ser liberado, cierto como estoy que nada de nada se me puede adeudar por ninguno. te repito que las condiciones generales desaconsejan tu venida para un coloquio, agravada por el deber traerte a la pequeñina y dejar a los otros seis en espera... Esperemos volver a vernos pronto en casa. Muchos besos y abrazos a todos", escribía a su esposa.

Carta a sus hijos, del 15 de agosto de 1944: "Queridísimos hijos: como veis esta carta mía es toda para vosotros y será escrita en modo que deberéis adivinra la ciudad donde está escrita. A mi vuelta, habrá un premio para quien haya adivinado. Sobre todo os digo que estoy muy bien en salud en esta bella ciudad de origen romano, rodeada de tantos montes llenos de color, de bosques, de prados (...). ¿Cuál será el premio? Llevaré un saco grande lleno de... curiosidades... lleno de lo veréis, y de lo que elegiré. se entiende que Carla, Gianna y Paola tendrán el premio aunque no hayan adivinado. Saludos y besos a todos".

Francesco Manicardi, nieto de Odoardo Focherini, explica: “Olga, su hija mayor, tenía trece años cuando su padre fue asesinado. Lo recuerda como un padre amoroso que jugaba con sus hijos. También era un marido cariñoso que compartía con su mujer la preocupación por transmitir los valores cristianos, ambos eran de Acción Católica, y los valores civiles, como demostró cuando tuvo la oportunidad de ayudar a los judíos perseguidos”.

Marco Tarquinio, director de Avvenire, afirma: “De la misma forma que Odoardo Focherini supo mirar a los judíos, que entonces eran los perseguidos, nosotros debemos tener la mirada atenta para descubrir a aquellos que se quedan 'fuera de plano'. Tenemos que enfocar a quienes no se consideran de 'interés periodístico', como se suele decir”.

El padre Giovangiuseppe Califano, postulador de la causa de beatificación, señala: “Odoardo Focherini es un ejemplo de fe pura, ardiente y luminosa. En sus últimas palabras, según recordaron los que fueron testigos de su muerte, dijo ofrecía su vida por la Iglesia, por el papa, por la fe y su propia familia”.

La alianza nupcial es la reliquia oficial elegida por la Diócesis de Carpi para el beato Odoardo Focherini. Es la original que el joven Odoardo recibió de su esposa en 1930, como prenda de amor eterno el día del matrimonio. Fue sacada de la cárcel y entregada a su mujer tras el arresto del periodista por los nazi-fascistas.

 


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Viernes, 14 de junio de 2013

Reflexión a las lecturas del domingo undécimo del Tiempo ordinario - C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 11º del T. Ordinario C 

Si algo constatamos con frecuencia en la Palabra de Dios, es que Él nos perdona siempre, que en el pecado, da lugar al arrepentimiento y que nos llama constantemente a la conversión porque quiere perdonarnos siempre.

Es el tema de este domingo.

La primera lectura nos presenta el pecado de David, su arrepentimiento ante el profeta Natán, y su perdón.

El Evangelio nos presenta el perdón de “la mujer pecadora” en casa de Simón el fariseo, que le ha invitado a comer.

De la segunda lectura extraemos la idea de que el perdón cristiano viene del Sacrificio Redentor de Cristo. S. Pablo concluye diciendo: “Si la justificación fuera efecto de la Ley, la muerte de Cristo sería inútil”.

El Evangelio nos presenta tres tipos de personas con relación a Jesucristo: Simón el fariseo, la mujer pecadora y los convidados.

Simón es el clásico fariseo orgulloso, que se siente justificado por cumplir la Ley y desprecia a todo el que falla. Para él no cuenta la debilidad humana. ¡Si peca es porque quiere! Por eso no puede comprender la actitud de Jesús, que “acoge a los pecadores y come con ellos” (Lc 15, 1).

No sabemos cómo la mujer es capaz de entrar en la casa y acercarse tanto al Señor. 

Es una pecadora, objeto del desprecio de Simón. A los pies de Cristo llora y derrama un perfume, que seca con su pelo.

En la parábola que propone a Simón, se pone al descubierto “el pecado del fariseo”, que consiste en su falta de amor. “Porque al que poco se le perdona poco ama”, mientras que a la mujer se le perdona todo, porque tiene mucho amor.

Simón es la imagen del cristiano que dice que “no tiene pecados”.

Jesús, que conoce el corazón de cada uno, no niega el pecado de la mujer. Sencillamente constata que ama mucho y por eso le dice: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”.

Con su perdón, Jesucristo no humilla a la mujer. Al contrario, le ensalza, le dignifica y le libera de toda postración y de toda marginación. Le reintegra a la vida social y religiosa de Israel.

¿Y los convidados?

Ellos, que están a la expectativa, se escandalizan de  que Cristo pueda perdonar pecados. No le reconocen como el Mesías, como el enviado de Dios.

Nos recuerdan a tantos cristianos que dicen: “el sacerdote es un hombre como yo” y se niegan a la reconciliación con Dios.

¡Demos gracias al Señor por su misericordia!

                   

                    ¡FELIZ DOMINGO! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 21:03  | Espiritualidad
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DOMINGO 11º DEL TIEMPO ORDINARIO C  

  MONICIONES

 

 

PRIMERA LECTURA

        En la primera Lectura, escuchamos cómo el profeta Natán pone al descubierto el pecado de David que, arrepentido, alcanza el perdón del Señor.

 

SALMO

        También nosotros somos pecadores, necesitados del perdón del Señor. Por eso decimos en el salmo: “Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado”.

 

SEGUNDA LECTURA

        S. Pablo nos enseña ahora que el hombre no se santifica y se salva por cumplir las normas caducas de la Ley de Moisés, sino por adherirse a Jesucristo por la fe. De lo contrario, la muerte de Cristo sería inútil.

 

TERCERA LECTURA

        S. Lucas es el evangelista de la misericordia. En el Evangelio contemplamos cómo Jesucristo perdona a la mujer pecadora.

        Aclamémosle con el canto del aleluya.

 

COMUNIÓN

        La santa Misa es el banquete que el Padre del Cielo ofrece a sus hijos reconciliados con Él, por medio de Jesucristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

        ¡Demos gracias al Señor! ¡Dispongámonos a recibirlo!


Publicado por verdenaranja @ 20:59  | Liturgia
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Comentario al evangelio del Domingo 11 del T.O./C por Jesús Álvarez SSP

A quien mucho se le perdona, mucho ama

Por Jesús Álvarez SSP

- "Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Una mujer pecadora, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. Se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!» Pero Jesús le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». «Di, Maestro», respondió él. «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados. Por eso demuestra mucho amor. Pero aquél a quien se le perdona poco, demuestra poco amor». Después dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados». Los invitados pensaron: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?» Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz»" (Lc 7, 36---8, 3).  (Zenit.org)

La pecadora se presenta sorpresivamente en el banquete y se comporta con toda libertad frente al “qué dirán”, y eso da a entender que ya conocía a Jesús y había tenido con él un encuentro de conversión, perdón y liberación. Jesús establece una relación nueva con los pecadores, a quienes las autoridades religiosas consideraban indignos de ser amados, acogidos, y hasta los consideraban malditos. Por eso Jesús aclara: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

Los escribas y fariseos se consideran “justos”; y se escandalizan porque Jesús acepta aquellas atenciones “fuera de lugar”. Pero la pecadora, por el arrepentimiento y el gran amor a Jesús por haberla perdonado, ya está limpia. Es ya una “pecadora buena”, convertida. En verdad que no hay motivo más grande para amar a Dios que el perdón incansable de nuestros pecados. Perdón que merece una inmensa y eterna gratitud, porque nos devuelve el derecho a la vida eternamente feliz en la Casa del Padre; derecho que habíamos perdido por el pecado.

Sin embargo, Dios también se siente feliz perdonando: “Hay más fiesta en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos” (Lc. 15,10). Y desea que también nosotros gocemos la gran felicidad de perdonar al prójimo como él nos perdona. El perdón es la obra del amor más puro, pues no está contagiado de egoísmo.

Que Dios nos dé el gozo de perdonar “setenta veces siete”. La mejor señal de que amamos a Dios y al prójimo es el perdón que damos a quienes nos ofenden. Y la mejor señal de que Dios nos ama, es el perdón que nos concede.

Por otra parte, sería fatal ligereza creer que Dios perdona todo sin condición alguna, y que la salvación la tenemos asegurada por más que nos aferremos al pecado, negándonos a volver a Él. Jesús mismo nos lo dice bien claro: “Si ustedes no perdonan, no serán perdonados” (Mt. 6, 15).

¡Danos, Señor, la gracia y el gozo de saber perdonar, para que tú puedas tener el gozo de perdonarnos!


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Jueves, 13 de junio de 2013

ZENIT nos ofrece el texto completo de sus palabras del Papa Francisco en la audiencia del miércoles 12 de Junio de 2013,  en la Plaza de San Pedro abarrotada de fieles y peregrinos.

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy voy a referirme brevemente a otro de los términos con los que el Concilio Vaticano II definió a la Iglesia, aquel de "Pueblo de Dios" (cf. Const. dogm. Lumen Gentium, 9; Catecismo de la Iglesia Católica, 782). Y lo hago con una serie de preguntas, sobre las que cada uno podrá reflexionar.

1. ¿Qué quiere decir ser "Pueblo de Dios"? En primer lugar, significa que Dios no pertenece solamente a un pueblo; porque es Él quien nos llama, nos convoca, nos invita a ser parte de su pueblo, y esta invitación es abierta a todos, sin distinción, porque la misericordia de Dios "quiere que todos los hombres se salven" (1 Tim. 2,4). Jesús no le dice a los apóstoles y a nosotros para formar un grupo exclusivo, un grupo de elite. Jesús dice: Vayan y hagan discípulos a todas las naciones (cf. Mt. 28,19). San Pablo dice que en el pueblo de Dios, en la Iglesia, "no hay judio ni griego... porque todos son uno en Cristo Jesús" (Gal. 3,28). Me gustaría decirle incluso a aquellos que se sienten lejos de Dios y de la Iglesia, a quienes tienen miedo o son indiferentes, a los que piensan que ya no pueden cambiar: ¡el Señor también te está llamando a ser parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor! Él nos invita a ser parte de este pueblo, el pueblo de Dios.

2. ¿Cómo se convierte uno en miembro de este pueblo? No es a través del nacimiento físico, sino por un nuevo nacimiento. En el evangelio, Jesús le dice a Nicodemo que hay que nacer de lo alto, del agua y del Espíritu para entrar en el Reino de Dios (cf. Jn. 3,3-5). Y es por el bautismo que somos incorporados a este pueblo, a través de la fe en Cristo, don de Dios que hay que cuidar y cultivar durante toda nuestra vida. Preguntémonos: ¿cómo hago crecer la fe que he recibido en mi bautismo? ¿Cómo puedo hacer crecer esa fe que he recibido y que el pueblo de Dios conserva?

3. La otra pregunta. ¿Cuál es la ley del pueblo de Dios? Es la ley del amor, amor a Dios y amor al prójimo, según el mandamiento nuevo que el Señor nos ha dejado (cf. Jn 13,34). Un amor, pero que no es un sentimentalismo estéril o algo vago, sino que es el reconocimiento de Dios como único Señor de la vida y, al mismo tiempo, el aceptar al otro como un verdadero hermano, superando divisiones, rivalidades, incomprensiones, egoísmos; las dos cosas van de la mano. ¡Cuánto camino nos falta recorrer para vivir de manera concreta esta nueva ley, la del Espíritu Santo que actúa en nosotros, la de la caridad, del amor! Cuando vemos en los periódicos o en la televisión tantas guerras entre cristianos, ¿cómo puede suceder esto? En el interior del pueblo de Dios, ¡cuántas guerras! En los barrios, en los lugares de trabajo,¡cuántas guerras a causa de la envidia y de los celos! Incluso en la misma familia, ¡cuántas guerras internas! Debemos pedirle al Señor que nos ayude a comprender esta ley del amor. ¡Qué hermoso es amarnos unos a otros como verdaderos hermanos¡ Hagamos algo hoy. Tal vez todos tenemos gustos y pocas simpatías; tal vez muchos de nosotros estamos un poco enojados con alguien; entonces digamos al Señor: Señor, estoy enojado con este o esta; te pido por él y por ella. Orar por aquellos con los que estamos enojados es un buen paso en esta ley de amor. ¿Lo hacemos? ¡Vamos a hacerlo hoy mismo!

4. ¿Qué misión tiene este pueblo? Aquella de traer al mundo la esperanza y la salvación de Dios: ser un signo del amor de Dios que nos llama a todos a una amistad con Él; ser la levadura que hace fermentar toda la masa, la sal que da sabor y preserva de la corrupción, ser una luz que ilumina. A nuestro alrededor, basta abrir un periódico -lo dije-y vemos que existe la presencia del mal, el Diablo actúa. Pero quiero decirlo en voz alta: ¡Dios es más fuerte! ¿Ustedes creen en esto, que Dios es más fuerte? Entonces lo decimos juntos, lo decimos todos juntos: ¡Dios es más fuerte! ¿Y saben por qué es más fuerte? Porque Él es el Señor, el único Señor. Y yo añadiría que la realidad a veces sombría, marcada por el mal, se puede cambiar, si nosotros somos los primeros que llevamos la luz del evangelio, sobre todo con nuestras vidas. Si en un estadio --pensemos en el Olímpico aquí de Roma, o el de San Lorenzo en Buenos Aires--, en una noche oscura, una persona enciende una luz, apenas se puede ver.., pero si los más de setenta mil espectadores encienden cada uno su propia luz, el estadio se ilumina. Hagamos que nuestra vida sea una luz de Cristo; juntos llevaremos la luz del evangelio a todas las realidades.

5. ¿Cuál es el fin de este pueblo? El fin es el Reino de Dios, que se inició en la tierra por Dios mismo, y que debe ampliarse hasta el cumplimiento, cuando se manifestará Cristo, nuestra vida (cf. Lumen Gentium, 9). El objetivo es, pues, la plena comunión con el Señor, la familiaridad con el Señor, entrar en su misma vida divina, donde viviremos la alegría de su amor sin medida, una alegría completa.

Queridos hermanos y hermanas, ser Iglesia, ser pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre, quiere decir ser el fermento de Dios en nuestra humanidad, quiere decir proclamar y llevar la salvación de Dios en este nuestro mundo, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, dando nueva fuerza en el camino.

Que la Iglesia sea el lugar de la misericordia y de la esperanza de Dios, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado, animado a vivir la vida buena del evangelio. Y para que el otro se sienta acogido, amado, perdonado, alentado, la Iglesia debe estar con las puertas abiertas, para que todos puedan entrar. Y nosotros tenemos que salir de aquellas puertas y anunciar el evangelio.

Traducido del original italiano por José Antonio Varela V.


Publicado por verdenaranja @ 23:45  | Habla el Papa
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Lunes, 10 de junio de 2013

Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo once del Tiempo Ordinario - C.

DEFENSOR DE LAS PROSTITUTAS 

Jesús se encuentra en casa de Simón, un fariseo que lo ha invitado a comer. Inesperadamente, una mujer interrumpe el banquete. Los invitados la reconocen enseguida. Es una prostituta de la aldea. Su presencia crea malestar y expectación. ¿Cómo reaccionará Jesús? ¿La expulsará para que no contamine a los invitados?

        La mujer no dice nada. Está acostumbrada a ser despreciada, sobre todo, en los ambientes fariseos. Directamente se dirige hacia Jesús, se echa a sus pies y rompe a llorar. No sabe cómo agradecerle su acogida: cubre sus pies de besos, los unge con un perfume que trae consigo y se los seca con su cabellera.

        La reacción del fariseo no se hace esperar. No puede disimular su desprecio: “Si este fuera profeta, sabría quién es esta mujer y lo que es: una pecadora”. El no es tan ingenuo como Jesús. Sabe muy bien que esta mujer es una prostituta, indigna de tocar a Jesús. Habría que apartarla de él.

        Pero Jesús no la expulsa ni la rechaza. Al contrario, la acoge con respeto y ternura. Descubre en sus gestos un amor limpio y una fe agradecida. Delante de todos, habla con ella para defender su dignidad y revelarle cómo la ama Dios: “Tus pecados están perdonados”. Luego, mientras los invitados se escandalizan, la reafirma en su fe y le desea una vida nueva: “Tu fe te ha salvado. Vete en paz”. Dios estará siempre con ella.

        Hace unos meses, me llamaron a tomar parte en un Encuentro Pastoral muy particular. Estaba entre nosotros un grupo de prostitutas. Pude hablar despacio con ellas. Nunca las podré olvidar. A lo largo de tres días pudimos escuchar su impotencia, sus miedos, su soledad... Por vez primera comprendí por qué Jesús las quería tanto. Entendí también sus palabras a los dirigentes religiosos: “Os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que vosotros en el reino de los cielos”.

        Estas mujeres engañadas y esclavizadas, sometidas a toda clase de abusos, aterrorizadas para mantenerlas aisladas, muchas sin apenas protección ni seguridad alguna, son las víctimas invisibles de un mundo cruel e inhumano, silenciado en buena parte por la sociedad y olvidado prácticamente por la Iglesia.

        Los seguidores de Jesús no podemos vivir de espaldas al sufrimiento de estas mujeres. Nuestras Iglesias diocesanas no pueden abandonarlas a su triste destino. Hemos de levantar la voz para despertar la conciencia de la sociedad. Hemos de apoyar mucho más a quienes luchan por sus derechos y su dignidad. Jesús que las amó tanto sería también hoy el primero en defenderlas.       

José Antonio Pagola 

Red Evangelizadora BUENAS NOTICIAS
16 de junio de 2013
11 Tiempo ordinario (C)
Lucas 7,36-8,3


Publicado por verdenaranja @ 21:27  | Espiritualidad
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Domingo, 09 de junio de 2013

ZENIT  nos ofrece el artículo de nuestro colaborador Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, México, que aborda el problema de la seguridad de los migrantes.

Protección a los migrantes
Un problema al que hacer frente

Por Felipe Arizmendi Esquivel

SITUACIONES

Es una vergüenza internacional que nuestro país no brinde mayor protección y seguridad a tantos migrantes que pasan por aquí, huyendo de la pobreza y de la violencia de sus países. Muchos son ultrajados, explotados, secuestrados, extorsionados; varias mujeres son violadas; algunos son asesinados por bandas de delincuentes y narcotraficantes. A unos los obligan a sumarse a esas bandas; si no lo hacen, los matan. Sufren un verdadero calvario, que nos avergüenza y nos duele.

En días pasados, a orillas de Pakal Na, una colonia de la ciudad de Palenque, dos mujeres hondureñas fueron macheteadas y asesinadas por criminales que iban en el mismo tren, donde se suben los migrantes que carecen de recursos para atravesar el país sin pagar este transporte, en su ilusión de pasar a Estados Unidos. Esas mujeres habían denunciado, dos días antes, las extorsiones de que eran objeto; de alguna forma se enteraron los de la banda criminal, las identificaron, hicieron que se detuviera el tren, las bajaron y a sangre fría les machetearon el rostro y con un tiro las mataron.

La gente no viaja por curiosidad o por turismo, sino por necesidad. En sus países de origen, no encuentran formas de mejorar sus condiciones económicas, sufren la violencia de los “maras”, tienen deudas enormes que no pueden pagar, y en su desesperación, a pesar de que saben los peligros a que se exponen al pasar por territorio mexicano, se arriesgan y muchos no llegan a su destino.

Otra cara del problema son los migrantes nativos de nuestro Estado que salen a Playa del Carmen, a Cancún, en Quintana Roo, o al norte del país y al extranjero, buscando alternativas a su pobreza, porque los recursos locales les son insuficientes. Son personas muy trabajadoras, pero el café, el maíz, el frijol, el campo en general y la pequeña ganadería no les rinden tanto como para cubrir sus necesidades básicas. ¡Cuánto sufren ellos y sus familias; muchas se desintegran! Se pierde la cultura rural e indígena, con toda su riqueza de idioma, costumbres, religión, vivencia familiar y comunitaria. Se hacen individualistas, interesados más que todo en el dinero; se prostituyen, se contagian de actitudes y criterios destructivos, y varios también de sida. Cuando regresan a sus comunidades, se sienten extraños; critican a sus mayores y a sus paisanos; quieren contaminar a otros jóvenes de costumbres inmorales; se quieren hacer aparecer como grandes y triunfadores sólo porque usan celular, aretes, peinados extravagantes, playeras con letreros en inglés, y se drogan para sentirse fuertes. Muchos cambian de religión, o se alejan totalmente de Dios.

ILUMINACION

Dijimos en Aparecida: “Es expresión de caridad, también eclesial, el acompañamiento pastoral de los migrantes. La Iglesia, como Madre, debe sentirse a sí misma como Iglesia sin fronteras, Iglesia familiar, atenta al fenómeno creciente de la movilidad humana en sus diversos sectores. Considera indispensable el desarrollo de una mentalidad y una espiritualidad al servicio pastoral de los hermanos en movilidad, estableciendo estructuras nacionales y diocesanas apropiadas. Entre las tareas de la Iglesia a favor de los migrantes, está indudablemente la denuncia profética de los atropellos que sufren frecuentemente, como también el esfuerzo por incidir, junto a los organismos de la sociedad civil, en los gobiernos de los países, para lograr una política migratoria que tenga en cuenta los derechos de las personas en movilidad” (Nos. 411-414).

COMPROMISOS

Desde hace tiempo se ha propuesto que se dé a los migrantes algún documento que les permita pasar por el país de una forma segura, sin estar expuestos a los polleros y a las bandas del crimen organizado. Es urgente un trabajo de inteligencia de las corporaciones de seguridad, para detectar a los delincuentes. Que el ejército acompañe a los trenes, dando protección a los migrantes. La autoridad civil debe hacer mucho más para resolver este problema; por nuestra parte, no dejaremos de atenderles humanitariamente, con la solidaridad propia de la mayoría de los mexicanos.


Publicado por verdenaranja @ 21:22  | Hablan los obispos
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ZENIT nos participa de las palabras del papa en el rezo del Angelus el domingo 9 de Junio de 2013 ante la multitud congregada en la plaza de San Pedro, desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico.

 

¡Queridos hermanos y hermanas!

El mes de junio es dedicando tradicionalmente al Sagrado Corazón de Jesús, la máxima expresión humana del amor divino. Justamente el viernes pasado hemos celebrado la solemnidad del Corazón de Cristo y esta fiesta le imprime el tono a todo el mes. La piedad popular valoriza mucho los símbolos, y el Corazón de Jesús es el símbolo por excelencia de la misericordia de Dios. Pero no es un símbolo imaginario, es un símbolo real, que represente el centro, la fuente de la cual brotó la salvación para toda la humanidad”.

En los evangelios encontramos diversas referencias al Corazón de Jesús, por ejemplo el pasaje en el que Cristo mismo dice: “Vengan a mí todos ustedes que están cansado y opresos, y yo les daré reposo. Carguen con mi yugo y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,28-29).

Fundamental es la narración de Juan sobre la muerte de Cristo. Este evangelista de hecho da testimonio de lo que vio en el Calvario. O sea que un soldado, cuando Jesús ya estaba muerto, le atravesó el costado con la lanza y de esa herida fluyeron sangre y agua (Cfr. Gv 19,33-34). Juan reconoce en este hecho, aparentemente casual, el inicio de las profecías: del corazón de Jesús, como un cordero inmolado en la cruz, viene para todos los hombres el perdón y la vida.

Pero la misericordia de Jesús no es solamente un sentimiento, es mucho más. ¡Es una fuerza que da vida, que resucita al hombre!. Lo dice también el evangelio de hoy, en el episodio de la viuda de Nain (Lc 7,11-17).Jesús con sus discípulos está llegando justamente a Nain, un pueblo de Galilea, en el momento mismo en que se está realizando un funeral: cargan a un joven para enterrarlo, hijo único de una mujer viuda. La mirada de Jesús se fija en seguida sobre la madre en lágrimas.

Dice el evangelista Luca: “Al verla el Señor fue tomado de gran compasión por ella” (v.13). Esta “compasión es el amor de Dios por el hombre, es la misericordia, o sea la actitud de Dios hacia la miseria humana, hacia nuestra indigencia, en el sufrimiento, en la angustia. El término bíblico “compasión” llama a las vísceras maternas: la madre de hecho, tiene una reacción particular delante del dolor de los hijos. Así nos ama Dios, dice la escritura.

¿Y cuál es el fruto de este amor? ¡Es la vida! Jesús le dijo a la viuda de Nain: “¡No llores!”, y entonces llamó al joven muerto y lo despertó como de un sueño(cfr vv. 13-15).

La misericordia de Dios le da la vida al hombre, lo resucita de la muerte. El Señor nos mira siempre con misericordia, nos espera con misericordia. ¡No tengamos temor de acercarnos a Él! ¡Hay un corazón misericordioso! Si le mostramos nuestras heridas interiores, nuestros pecados, ¡Él siempre nos perdona. Es pura misericordia!

Dirijamonos a la Virgen María: su corazón inmaculado, su corazón de madre ha compartido al máximo la 'compasión' de Dios, especialmente en la hora de la pasión y muerte de Jesús. Nos ayude María a ser mansos, humildes y misericordiosos con nuestros hermanos.

A continuación el santo padre rezó la oración del ángelus y después dirigió otras palabras.

Hoy en Caracovia son proclamadas beatas dos religiosas polacas: Sofía Czeska Maciejowska que en la primera mitad del siglo XVII fundó la Congregación de las Vírgenes de la Presentación de la Bienaventurada Virgen María. Y Margarita Lucia Szewczyk, que en el siglo XIX fundó la Congregación de las Hijas de la Bienaventurada Virgen María de los Dolores. ¡Con la Iglesia que está en Cracovia, demos gracias al Señor!

Saludo con afecto a todos los peregrinos hoy presentes: grupos parroquiales, familias, escolares, asociaciones y movimientos. Saludo también a los fieles venidos de Mumbay (India).

Saludo al Movimiento del Amor Familiar de Roma; a las confraternidades y a los voluntarios del Santuario de Mongiovino, en Perusa; a la Juventud Franciscana de Umbria; a la Casa de la Caridad, de Lecce; a los fieles de la provincia de Módena, a quienes animo a la reconstrucción; y a aquellos de Ceprano. Saludo a los peregrinos de Ortona, en donde se veneran las reliquias del apóstol Tomás, quienes realizaron un camino de 'Tomás a Pedro'. ¡Gracias!

El santo padre entonces improvisó unas últimas palabras: “Hoy no nos olvidemos del amor de Dios, del amor de Jesús. Él nos mira, nos ama, nos espera. Es todo corazón, toda misericordia. Vamos con confianza hacia Jesús, Él nos perdona siempre. ¡Buen domingo y buen provecho!


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S?bado, 08 de junio de 2013

Reflexión a las lecturas del domingo décimo del Tiempo Ordinario - C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 10º del T. Ordinario C

 

Cuando Pedro quiere resumir la vida de Jesucristo, dice que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él” (Hch 10, 38). Cuando nos acercamos al Evangelio, nos da la impresión que donde está Jesús, no puede haber sufrimiento ni muerte ni mal alguno. Él no soporta el mal. Parece que no puede convivir con el sufrimiento. Con razón reconocemos en Él al Hijo de Dios que, al principio, creó el mundo, y, a cada paso, fue viendo que “todo era bueno”. Esto es lo que constatamos en el Evangelio de este domingo: Jesús sigue recorriendo pueblos y ciudades, anunciando la Buena Noticia del Reino.

Al entrar en la ciudad de Naín, se encuentra con una caravana de sufrimiento y de muerte: sacan a enterrar al hijo de una mujer viuda. Es el signo del mal, la impotencia y la desesperanza: ¿Qué sería de aquella mujer sin marido y sin el único hijo que tenía? Con razón lloraba. Tenía que llorar… Y Jesús no puede ser insensible ante aquella realidad. “Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: no llores”. Pero no se queda el Señor en un sentimiento de pesar parecido al del gentío que la acompañaba. Él puede hacer algo más. Y lo hace: por eso, se acercó al ataúd y dijo: “muchacho a ti te lo digo, ¡levántate!”. ¡Y así sucede!

Era normal que la gente, sobrecogida, aclamara la grandeza y la misericordia del Señor.

Mis queridos amigos y amigas: el que sigue a Jesucristo ha de compartir sus mismos sentimientos y ha de pasar por la vida haciendo el bien y luchando contra el mal.

No podemos ser insensibles al sufrimiento de los demás. No podemos acostumbrarnos “a ver a la gente sufrir”. “Que el corazón no se me quede desentendidamente frío”, rezamos en la Liturgia de las Horas.

El mal tiene que dolernos y molestarnos como a Jesús. Y como Él tenemos que decir al que sufre: “no llores”. Y al que yace caído, ¡levántate!

Ya Jesús nos advirtió que el que creyera en Él, haría los signos que Él hacía y aún mayores (Jn 14, 12).

 

                              ¡FELIZ DOMINGO! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

 


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DOMINGO 10º  DEL T. ORDINARIO C

 MONICIONES

 

PRIMERA LECTURA

Escuchamos ahora un pasaje del Antiguo Testamento, que nos dispone para escuchar el Evangelio. Elías, dando vida al hijo de la mujer viuda que le hospeda, acredita la autenticidad de su misión profética. Escuchemos con atención.

 

SEGUNDA LECTURA

          Durante algunos domingos, escucharemos fragmentos de la Carta de S. Pablo a los Gálatas. Hoy el apóstol nos recuerda su antigua vida de perseguidor, su conversión y los comienzos de su vida cristiana y apostólica. Escuchemos.

 

TERCERA LECTURA

          Nuestro Dios es el Dios de la vida. Por eso Jesús no puede insensible al sufrimiento y la muerte. Es lo que contemplamos en el Evangelio en el que se nos narra la resurrección del hijo de la viuda de Naín.

          Aclamemos a Jesús, el Señor de la vida con el canto gozoso del aleluya.

 

COMUNIÓN

          Comulgar es compartir los sentimientos de Jesucristo. El cristiano, que se alimenta con su Cuerpo, está llamado a luchar en favor de la vida y contra todo lo que signifique sufrimiento y muerte en los hermanos.


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Viernes, 07 de junio de 2013

Comentario al evangelio del Domingo 10° del T.O./C por Jesús Álvarez SSP

Mujer, no llores"

Por Jesús Álvarez SSP

SANTIAGO DE CHILE, 06 de junio de 2013 (Zenit.org) - "Jesús se dirigió poco después a un pueblo llamado Naím, y con él iban sus discípulos y un buen número de personas. Cuando llegó a la puerta del pueblo, sacaban a enterrar a un muerto: era el hijo único de su madre, que era viuda, y mucha gente del pueblo la acompañaba. Al verla, el Señor se compadeció de ella y le dijo: «No llores». Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Dijo Jesús entonces: «Joven, yo te lo mando, levántate». Se incorporó el muerto inmediatamente y se puso a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre. Un santo temor se apoderó de todos y alababan a Dios, diciendo: «Es un gran profeta el que nos ha llegado. Dios ha visitado a su pueblo». Lo mismo se rumoreaba de él en todo el país judío y en sus alrededores" (Lc. 7, 11-17).

San Lucas es el evangelista de la misericordia. Él narra la parábola inigualable del hijo pródigo. Y hoy presenta a Jesús que se compadece de la pobre viuda de Naím. Muchos la acompañan hacia el cementerio, mas nadie puede aliviar su pena y su pérdida irremediable. Le espera un futuro muy triste y de soledad sin la única esperanza que le quedaba: su hijo.

Jesús se le acerca y le pide lo imposible: “No llores”, luego toca el féretro y, como si el niño estuviera vivo, le ordena: “Yo te lo mando: levántate”. La viuda cambia el llanto de tristeza por sollozos de alegría, y abraza a su hijo vivo mirando a Jesús con inmensa gratitud. Entonces comprende y acepta la invitación de Jesús: “Mujer, no llores”.

El cortejo fúnebre se cambia en fiesta de júbilo y alabanza, y con la resurrección física del niño muchos resucitan a la fe en Jesús, viendo en él al “Dios que visita a su pueblo”.

En la actualidad, los velorios o velatorios y las procesiones hacia el cementerio, se aprovechan en buena parte para parloteos ajenos al dolor de los familiares del difunto, con lo cual, en lugar de acompañarlos, más bien los hieren, aumentando su dolor.

Son pocos, si los hay, que sepan decir una palabra de esperanza, hacer un gesto de cercanía y consuelo en la perspectiva de la resurrección, mediante la cual Jesús mismo nos devolverá vivos a nuestros difuntos, como devolvió vivo al hijo a la viuda de Naím.

He comprobado cómo se serenan las personas creyentes cuando se les dice que “la muerte no es el final de la vida, sino el principio de la vida sin final”.

El máximo bien que podemos hacer a nuestros difuntos, consiste en orar, ofrecer los sufrimientos y aplicar misas por ellos, pues la Eucaristía es el sacramento universal de salvación, tanto para los difuntos como para los vivos, y en ella se realiza la máxima unión salvífica con quienes nos dejaron, gracias a la Comunión de los santos, actualizada en cada Eucaristía.

Por lo demás, toda partida de familiares hacia la eternidad, es una llamada a convertirse al Dios de la vida y vencedor de la muerte, el único que puede transformar nuestros sufrimientos, y los de los nuestros, en felicidad eterna, hacer eternas nuestras alegrías y convertir nuestra muerte en resurrección, tras la cual nos reuniremos a nuestros difuntos vivos por toda la eternidad.


Publicado por verdenaranja @ 23:24  | Espiritualidad
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Desde la Delegación de Vocaciones de la diócesis de Tenerife nos animan a la oración personal y comunitaria en el día  del Sagrado Corazón en que también se celebra la Jornada Mundial 2013 de Oración por la Santificación de los Sacerdotes.

Se proponen algunas sugerencias para un momento de oración para el Obispo y el presbiterio, que se puede organizar como Vigilia de preparación a la Jornada, o bien, hacer durante el mismo día.

ADORACIÓN EUCARÍSTICA

Canto de entrada

Saludo litúrgico del Obispo. Sigue la oración.

Oremos.

Padre santo y misericordioso, Tú que hiciste fieles a los apóstoles en la confesión de tu nombre, confórtanos con la gracia de tu Espíritu y concede a tus siervos permanecer arraigados en la integridad de la fe y resplandecer por sabiduría y santidad de vida en el servicio asiduo a tu Iglesia. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

EVANGELIO (Se puede elegir entre los siguientes pasajes: Mc 16, 15-20; Lc 5, 1-11; Lc 10, 1-9; Jn 10, 11-16; Jn 15, 9-17; Jn 21, 1-14).

Homilía

Renovación de las promesas sacerdotales como en la Misa crismal.

* * *

Sigue la exposición del SS. Sacramento. Canto (Adoro te devote)

Adoración silenciosa. Durante la oración personal se pueden meditar algunos pasajes como los que se citan a continuación.

CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Decreto «Presbyterorum Ordinis» acerca de la vida de los presbíteros, n. 3.

Los presbíteros en el pueblo de Dios

Los presbíteros, tomados de entre los hombres y puestos a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para que ofrezcan sacrificios por los pecados, viven con los demás hombres como hermanos. Así también, el Señor Jesús, el Hijo de Dios, hombre enviado por el Padre a los hombres, vivió entre nosotros y quiso ser semejante a sus hermanos en todo, pero sin pecado. Ya le imitaron los santos Apóstoles, y san Pablo, doctor de las gentes, “escogido para el Evangelio de Dios” (Rom 1, 1), testimonia que se hizo todo a todos para salvar a todos. Los presbíteros del Nuevo Testamento, por su vocación y ordenación, en cierto sentido están segregados en medio del pueblo de Dios, no para estar separados de él o de cualquier hombre, sino para consagrarse totalmente a la obra 9 para la que el Señor los ha elegido. No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y administradores de la vida de esta tierra, pero tampoco podrían servir a los hombres si fueran ajenos a la vida y condiciones de los mismos. Su mismo ministerio les exige de una forma especial que no se identifiquen con este mundo. Al mismo tiempo, sin embargo, requiere que vivan en este mundo entre los hombres y, como buenos pastores, conozcan a sus ovejas y busquen atraer incluso a las que no son de este redil, para que también ellas oigan la voz de Cristo y haya un solo rebaño y un solo pastor. Para poder conseguir esto, ayudan mucho las virtudes que con razón se aprecian en el trato humano, como son la bondad de corazón, la sinceridad, la fortaleza y constancia de ánimo, la preocupación constante por la justicia, la amabilidad y otras que recomienda san Pablo, cuando dice: “Todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta” (Flp 4, 8).

PAPA FRANCISCO, Homilía de la S. Misa crismal (28 de marzo de 2013)

Queridos hermanos y hermanas:

Celebro con alegría la primera Misa Crismal como Obispo de Roma. Os saludo a todos con afecto, especialmente a vosotros, queridos sacerdotes, que hoy recordáis, como yo, el día de la ordenación.

Las Lecturas, también el Salmo, nos hablan de los «Ungidos»: el siervo del Señor de Isaías, David y Jesús, nuestro Señor. Los tres tienen en común que la unción que reciben es para ungir al pueblo fiel de Dios al que sirven; su unción es para los pobres, para los cautivos, para los oprimidos... Una imagen muy bella de este «ser para» del santo crisma es la del Salmo 133: «Es como óleo perfumado sobre la cabeza, que se derrama sobre la barba, la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento» (v. 2). La imagen del óleo que se derrama, que desciende por la barba de Aarón hasta la orla de sus vestidos sagrados, es imagen de la unción sacerdotal que, a través del ungido, llega hasta los confines del universo representado mediante las vestiduras.

La vestimenta sagrada del sumo sacerdote es rica en simbolismos; uno de ellos, es el de los nombres de los hijos de Israel grabados sobre las piedras de ónix que adornaban las hombreras del efod, del que proviene nuestra casulla actual, seis sobre la piedra del hombro derecho y seis sobre la del hombro izquierdo (cfr. Éx 28, 6-14). También en el pectoral estaban grabados los nombres de las doce tribus de Israel (cfr. Éx 28, 21). Esto significa que el sacerdote celebra cargando sobre sus hombros al pueblo que se le ha confiado y llevando sus nombres grabados en el corazón. Al revestirnos con nuestra humilde casulla, puede hacernos bien sentir sobre los hombros y en el corazón el peso y el rostro de nuestro pueblo fiel, de nuestros santos y de nuestros mártires, que en este tiempo son tantos.

De la belleza de lo litúrgico, que no es puro adorno y gusto por los trapos, sino presencia de la gloria de nuestro Dios resplandeciente en su pueblo vivo y consolado, pasamos ahora a fijarnos en la acción. El óleo precioso que unge la cabeza de Aarón no se limita a perfumar su persona sino que se derrama y alcanza «las periferias». El Señor lo dirá claramente: su unción es para los pobres, para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos. La unción, queridos hermanos, no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio el aceite... y amargo el corazón.

Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo; esta es una prueba clara. Cuando la gente nuestra anda ungida con óleo de alegría se le nota: por ejemplo, cuando sale de la misa con cara de haber recibido una buena noticia. Nuestra gente 10 agradece el evangelio predicado con unción, agradece cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, «las periferias» donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas. Y cuando siente que el perfume del Ungido, de Cristo, llega a través nuestro, se anima a confiarnos todo lo que quieren que le llegue al Señor: «Rece por mí, padre, que tengo este problema...». «Bendígame, padre», y «rece por mí» son la señal de que la unción llegó a la orla del manto, porque vuelve convertida en súplica, súplica del Pueblo de Dios. Cuando estamos en esta relación con Dios y con su Pueblo, y la gracia pasa a través de nosotros, somos sacerdotes, mediadores entre Dios y los hombres. Lo que quiero señalar es que siempre tenemos que reavivar la gracia e intuir en toda petición, a veces inoportunas, a veces puramente materiales, incluso banales —pero lo son sólo en apariencia— el deseo de nuestra gente de ser ungidos con el óleo perfumado, porque sabe que lo tenemos. Intuir y sentir como sintió el Señor la angustia esperanzada de la hemorroisa cuando tocó el borde de su manto. Ese momento de Jesús, metido en medio de la gente que lo rodeaba por todos lados, encarna toda la belleza de Aarón revestido sacerdotalmente y con el óleo que desciende sobre sus vestidos. Es una belleza oculta que resplandece sólo para los ojos llenos de fe de la mujer que padecía derrames de sangre. Los mismos discípulos —futuros sacerdotes— todavía no son capaces de ver, no comprenden: en la «periferia existencial» sólo ven la superficialidad de la multitud que aprieta por todos lados hasta sofocarlo (cfr. Lc 8, 42). El Señor en cambio siente la fuerza de la unción divina en los bordes de su manto.

Así hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las «periferias» donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones. No es precisamente en autoexperiencias ni en introspecciones reiteradas que vamos a encontrar al Señor: los cursos de autoayuda en la vida pueden ser útiles, pero vivir nuestra vida sacerdotal pasando de un curso a otro, de método en método, lleva a hacernos pelagianos, a minimizar el poder de la gracia que se activa y crece en la medida en que salimos con fe a darnos y a dar el Evangelio a los demás; a dar la poca unción que tengamos a los que no tienen nada de nada.

El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco —no digo «nada» porque, gracias a Dios, la gente nos roba la unción— se pierde lo mejor de nuestro pueblo, eso que es capaz de activar lo más hondo de su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor «ya tienen su paga», y puesto que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes, sacerdotes tristes, y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con «olor a oveja» —esto os pido: sed pastores con «olor a oveja», que eso se note—; en vez de ser pastores en medio al propio rebaño, y pescadores de hombres. Es verdad que la así llamada crisis de identidad sacerdotal nos amenaza a todos y se suma a una crisis de civilización; pero si sabemos barrenar su ola, podremos meternos mar adentro en nombre del Señor y echar las redes. Es bueno que la realidad misma nos lleve a ir allí donde lo que somos por gracia se muestra claramente como pura gracia, en ese mar del mundo actual donde sólo vale la unción —y no la función— y resultan fecundas las redes echadas únicamente en el nombre de Aquel de quien nos hemos fiado: Jesús. 11 

Queridos fieles, acompañad a vuestros sacerdotes con el afecto y la oración, para que sean siempre Pastores según el corazón de Dios.

Queridos sacerdotes, que Dios Padre renueve en nosotros el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos, también a las «periferias», allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora. Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, sienta que estamos revestidos con sus nombres, que no buscamos otra identidad; y pueda recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido. Amén.

BENEDICTO XVI, Homilía en la conclusión del Año Sacerdotal (11 de junio de 2010)

Queridos hermanos en el ministerio sacerdotal; queridos hermanos y hermanas:

El Año sacerdotal que hemos celebrado, 150 años después de la muerte del santo cura de Ars, modelo del ministerio sacerdotal en nuestros días, llega a su fin. Nos hemos dejado guiar por el cura de Ars para comprender de nuevo la grandeza y la belleza del ministerio sacerdotal. El sacerdote no es simplemente alguien que realiza un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar en nombre de Cristo las palabras de absolución de nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acción de gracias de Cristo, que son palabras de transubstanciación, palabras que lo hacen presente a él mismo, el resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando así los elementos del mundo; son palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a él. Por tanto, el sacerdocio no es un simple «oficio», sino un sacramento: Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor. Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar; esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra «sacerdocio». Que Dios nos considere capaces de esto; que por eso llame a su servicio a hombres y, así, se una a ellos desde dentro, esto es lo que en este año hemos querido considerar y comprender de nuevo. Queríamos despertar la alegría de que Dios esté tan cerca de nosotros, y la gratitud por el hecho de que él se confíe a nuestra debilidad; que él nos guíe y nos ayude día tras día. Queríamos también, así, enseñar de nuevo a los jóvenes que esta vocación, esta comunión de servicio por Dios y con Dios, existe; más aún, que Dios está esperando nuestro «sí». Junto con la Iglesia, hemos querido destacar de nuevo que tenemos que pedir a Dios esta vocación. Pedimos trabajadores para la mies de Dios, y esta plegaria a Dios es, al mismo tiempo, una llamada de Dios al corazón de jóvenes que se consideren capaces de eso mismo para lo que Dios los cree capaces. Era de esperar que al «enemigo» no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo. Y así ha ocurrido que, precisamente en este año de alegría por el sacramento del sacerdocio, han salido a la luz los pecados de los sacerdotes, sobre todo el abuso a los pequeños, en el cual el sacerdocio, que lleva a cabo la solicitud de Dios por el bien del hombre, se convierte en lo contrario. También nosotros pedimos perdón insistentemente a Dios y a las personas afectadas, mientras prometemos que queremos hacer todo lo posible para que semejante abuso no vuelva a suceder jamás; que en la admisión al ministerio sacerdotal y en la formación que prepara al mismo haremos todo lo posible para examinar la autenticidad de la vocación; y que queremos acompañar aún más a los 12 sacerdotes en su camino, para que el Señor los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida. Si el Año sacerdotal hubiera sido una glorificación de nuestros logros humanos personales, habría sido destruido por estos hechos. Pero, para nosotros, se trataba precisamente de lo contrario, de sentirnos agradecidos por el don de Dios, un don que se lleva en «vasijas de barro», y que una y otra vez, a través de toda la debilidad humana, hace visible su amor en el mundo. Así, consideramos lo ocurrido como una tarea de purificación, un quehacer que nos acompaña hacia el futuro y que nos hace reconocer y amar más aún el gran don de Dios. De este modo, el don se convierte en el compromiso de responder al valor y la humildad de Dios con nuestro valor y nuestra humildad. La palabra de Cristo, que hemos entonado como canto de entrada en la liturgia de hoy, puede decirnos en este momento lo que significa hacerse y ser sacerdote: «Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29).

Celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y con la liturgia echamos una mirada, por así decirlo, dentro del corazón de Jesús, que al morir fue traspasado por la lanza del soldado romano. Sí, su corazón está abierto por nosotros y ante nosotros; y con esto nos ha abierto el corazón de Dios mismo. La liturgia interpreta para nosotros el lenguaje del corazón de Jesús, que habla sobre todo de Dios como pastor de los hombres, y así nos manifiesta el sacerdocio de Jesús, que está arraigado en lo íntimo de su corazón; de este modo, nos indica el perenne fundamento, así como el criterio válido de todo ministerio sacerdotal, que debe estar siempre anclado en el corazón de Jesús y vivirse a partir de él. Quiero meditar hoy, sobre todo, los textos con los que la Iglesia orante responde a la Palabra de Dios proclamada en las lecturas. En esos cantos, palabra y respuesta se compenetran. Por una parte, están tomados de la Palabra de Dios, pero, por otra, son ya al mismo tiempo la respuesta del hombre a dicha Palabra, respuesta en la que la Palabra misma se comunica y entra en nuestra vida. El más importante de estos textos en la liturgia de hoy es el Salmo 23 — «El Señor es mi pastor»—, en el que el Israel orante acoge la autorrevelación de Dios como pastor, haciendo de esto la orientación para su propia vida. «El Señor es mi pastor, nada me falta». En este primer versículo se expresan alegría y gratitud porque Dios está presente y cuida del hombre. La lectura tomada del Libro de Ezequiel empieza con el mismo tema: «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro» (Ez 34, 11). Dios cuida personalmente de mí, de nosotros, de la humanidad. No me ha dejado solo, extraviado en el universo y en una sociedad ante la cual uno se siente cada vez más desorientado. Él cuida de mí. No es un Dios lejano, para quien mi vida no cuenta casi nada. Las religiones del mundo, por lo que podemos ver, han sabido siempre que, en definitiva, sólo hay un Dios. Pero este Dios era lejano. Abandonaba aparentemente el mundo a otras potencias y fuerzas, a otras divinidades. Había que llegar a un acuerdo con ellas. El Dios único era bueno, pero lejano. No constituía un peligro, pero tampoco ofrecía ayuda. Por tanto, no era necesario ocuparse de él. Él no dominaba. Extrañamente, esta idea ha resurgido en la Ilustración. Se aceptaba no obstante que el mundo presupone un Creador. Este Dios, sin embargo, habría construido el mundo, para después retirarse de él. Ahora el mundo tiene un conjunto de leyes propias según las cuales se desarrolla, y en las cuales Dios no interviene, no puede intervenir. Dios es sólo un origen remoto. Muchos, quizás, tampoco deseaban que Dios se preocupara de ellos. No querían que Dios los molestara. Pero allí donde la cercanía del amor de Dios se percibe como molestia, el ser humano se siente mal. Es bello y consolador saber que hay una persona que me quiere y cuida de mí. Pero es mucho más decisivo que exista ese Dios que me conoce, me quiere y se preocupa por mí. «Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen» (Jn 10, 14), dice la Iglesia antes del Evangelio con una palabra del Señor. Dios me 13 conoce, se preocupa de mí. Este pensamiento debería proporcionarnos realmente alegría. Dejemos que penetre intensamente en nuestro interior. En ese momento comprendemos también qué significa: Dios quiere que nosotros como sacerdotes, en un pequeño punto de la historia, compartamos sus preocupaciones por los hombres. Como sacerdotes, queremos ser personas que, en comunión con su amor por los hombres, cuidemos de ellos, les hagamos experimentar en lo concreto esta atención de Dios. Y, por lo que se refiere al ámbito que se le confía, el sacerdote, junto con el Señor, debería poder decir: «Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen». «Conocer», en el sentido de la Sagrada Escritura, nunca es solamente un saber exterior, igual que se conoce el número telefónico de una persona. «Conocer» significa estar interiormente cerca del otro. Quererle. Nosotros deberíamos tratar de «conocer» a los hombres de parte de Dios y con vistas a Dios; deberíamos tratar de caminar con ellos en la vía de la amistad con Dios.

Volvamos al Salmo. Allí se dice: «Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (23, 3 s). El pastor muestra el camino correcto a quienes le están confiados. Los precede y guía. Digámoslo de otro modo: el Señor nos muestra cómo se realiza de modo justo nuestro ser hombres. Nos enseña el arte de ser persona. ¿Qué debo hacer para no arruinarme, para no desperdiciar mi vida con la falta de sentido? En efecto, esta es la pregunta que todo hombre debe plantearse y que sirve para cualquier período de la vida. ¡Cuánta oscuridad hay alrededor de esta pregunta en nuestro tiempo! Siempre vuelve a nuestra mente la palabra de Jesús, que tenía compasión por los hombres, porque estaban como ovejas sin pastor. Señor, ten piedad también de nosotros. Muéstranos el camino. Sabemos por el Evangelio que él es el camino. Vivir con Cristo, seguirlo, esto significa encontrar el sendero justo, para que nuestra vida tenga sentido y para que un día podamos decir: «Sí, vivir ha sido algo bueno». El pueblo de Israel estaba y está agradecido a Dios, porque ha mostrado en los mandamientos el camino de la vida. El gran Salmo 119 es una expresión de alegría por este hecho: nosotros no andamos a tientas en la oscuridad. Dios nos ha mostrado cuál es el camino, cómo podemos caminar de manera justa. La vida de Jesús es una síntesis y un modelo vivo de lo que afirman los mandamientos. Así comprendemos que estas normas de Dios no son cadenas, sino el camino que él nos indica. Podemos estar alegres por ellas y porque en Cristo están ante nosotros como una realidad vivida. Él mismo nos hace felices. Caminando junto a Cristo tenemos la experiencia de la alegría de la Revelación, y como sacerdotes debemos comunicar a la gente la alegría de que nos haya mostrado el camino justo.

Después viene una palabra referida a la «cañada oscura», a través de la cual el Señor guía al hombre. El camino de cada uno de nosotros nos llevará un día a la cañada oscura de la muerte, a la que ninguno nos puede acompañar. Y él estará allí. Cristo mismo ha descendido a la noche oscura de la muerte. Tampoco allí nos abandona. También allí nos guía. “Si me acuesto en el abismo, allí te encuentro”, dice el Salmo 139. Sí, tú estás presente también en la última fatiga, y así el salmo responsorial puede decir: también allí, en la cañada oscura, nada temo. Sin embargo, hablando de la cañada oscura, podemos pensar también en las cañadas oscuras de las tentaciones del desaliento, de la prueba, que toda persona humana debe atravesar. También en estas cañadas tenebrosas de la vida él está allí. Señor, en la oscuridad de la tentación, en las horas de la oscuridad, en que todas las luces parecen apagarse, muéstrame que tú estás allí. Ayúdanos a nosotros, sacerdotes, para que podamos estar junto a las personas que en esas noches oscuras nos han sido confiadas, para que podamos mostrarles tu luz. 14

 

«Tu vara y tu cayado me sosiegan»: el pastor necesita la vara contra las bestias salvajes que quieren atacar el rebaño; contra los salteadores que buscan su botín. Junto a la vara está el cayado, que sostiene y ayuda a atravesar los lugares difíciles. Las dos cosas entran dentro del ministerio de la Iglesia, del ministerio del sacerdote. También la Iglesia debe usar la vara del pastor, la vara con la que protege la fe contra los farsantes, contra las orientaciones que son, en realidad, desorientaciones. En efecto, el uso de la vara puede ser un servicio de amor. Hoy vemos que no se trata de amor, cuando se toleran comportamientos indignos de la vida sacerdotal. Como tampoco se trata de amor si se deja proliferar la herejía, la tergiversación y la destrucción de la fe, como si nosotros inventáramos la fe autónomamente. Como si ya no fuese un don de Dios, la perla preciosa que no dejamos que nos arranquen. Al mismo tiempo, sin embargo, la vara continuamente debe transformarse en el cayado del pastor, cayado que ayude a los hombres a poder caminar por senderos difíciles y seguir a Cristo.

Al final del Salmo se habla de la mesa preparada, del perfume con que se unge la cabeza, de la copa que rebosa, del habitar en la casa del Señor. En el Salmo esto muestra sobre todo la perspectiva del gozo por la fiesta de estar con Dios en el templo, de ser hospedados y servidos por él mismo, de poder habitar en su casa. Para nosotros, que rezamos este Salmo con Cristo y con su Cuerpo que es la Iglesia, esta perspectiva de esperanza ha adquirido una amplitud y profundidad todavía más grande. Vemos en estas palabras, por así decir, una anticipación profética del misterio de la Eucaristía, en la que Dios mismo nos
invita y se nos ofrece como alimento, como aquel pan y aquel vino exquisito que son la única respuesta última al hambre y a la sed interior del hombre. ¿Cómo no alegrarnos de estar invitados cada día a la misma mesa de Dios y habitar en su casa? ¿Cómo no estar alegres por haber recibido de él este mandato: «Haced esto en memoria mía»? Alegres porque él nos ha permitido preparar la mesa de Dios para los hombres, de ofrecerles su Cuerpo y su Sangre, de ofrecerles el don precioso de su misma presencia. Sí, podemos rezar juntos con todo el corazón las palabras del Salmo: «Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida» (23, 6).

Por último, veamos brevemente los dos cantos de comunión sugeridos hoy por la Iglesia en su liturgia. Ante todo, está la palabra con la que san Juan concluye el relato de la crucifixión de Jesús: «Uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua» (Jn 19, 34). El corazón de Jesús es traspasado por la lanza. Se abre, y se convierte en una fuente: el agua y la sangre que manan aluden a los dos sacramentos fundamentales de los que vive la Iglesia: el Bautismo y la Eucaristía. Del costado traspasado del Señor, de su corazón abierto, brota la fuente viva que mana a través de los siglos y edifica la Iglesia. El corazón abierto es fuente de un nuevo río de vida; en este contexto, Juan ciertamente ha pensado también en la profecía de Ezequiel, que ve manar del nuevo templo un río que proporciona fecundidad y vida (Ez 47): Jesús mismo es el nuevo templo, y su corazón abierto es la fuente de la que brota un río de vida nueva, que se nos comunica en el Bautismo y la Eucaristía.

La liturgia de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, sin embargo, prevé como canto de comunión otra palabra, afín a esta, extraída del evangelio de san Juan: «El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba. Como dice la Escritura: De sus entrañas manarán torrentes de agua viva» (cfr. Jn 7, 37 s). En la fe bebemos, por así decir, del agua viva de la Palabra de Dios. Así, el creyente se convierte él mismo en una fuente, que da agua viva a la tierra reseca de la historia. Lo vemos en los santos. Lo vemos en María que, como gran mujer de fe y de amor, se ha convertido a lo largo de los siglos en fuente de fe, amor y vida. Cada cristiano y cada sacerdote deberían transformarse, a partir de Cristo, en fuente que comunica vida a los demás. Deberíamos dar el agua de la vida a un mundo sediento. Señor, te damos gracias porque nos has 15 abierto tu corazón; porque en tu muerte y resurrección te has convertido en fuente de vida. Haz que seamos personas vivas, vivas por tu fuente, y danos ser también nosotros fuente, de manera que podamos dar agua viva a nuestro tiempo. Te agradecemos la gracia del ministerio sacerdotal. Señor, bendícenos y bendice a todos los hombres de este tiempo que están sedientos y buscando. Amén.

* * *

Los ritos de reposición eucarística pueden ir precedidos de la Oración universal.

C – Queridos hermanos, unidos en oración como los Apóstoles en el Cenáculo, pedimos a Dios Padre, por medio de su Hijo Jesucristo, que acoja nuestras súplicas, por nosotros, por la santa Iglesia y por el mundo entero. Por esto digamos con fe: Padre, haz que seamos testigos auténticos y solícitos de tu amor.

1. Por el Santo Padre Francisco, nuestro Obispo N. y por todos los Pastores de la Iglesia: para que la guíen con bondad y sabiduría, y firmes en la fe ante todo el mundo den testimonio heroico de fidelidad a la Palabra de salvación que recibieron de los Apóstoles. Oremos.

2. Por todos los sacerdotes: para que las dificultades de su ministerio no los desanimen, sino que los impulsen a mantener la mirada siempre fija en Aquel que hizo de la Cruz el instrumento de amor de la misericordia divina que transforma el corazón de todo hombre. Oremos.

3. Por todos aquellos a quienes Jesús llama a seguirlo para continuar su obra de salvación en el mundo: para que sean fuertes frente a las seducciones del maligno y respondan con generosidad a la invitación del divino Maestro, aprendiendo, como los Apóstoles en el Tabor, a saborear la belleza de estar con Él. Oremos.

4. Por los Rectores de los Seminarios y por quienes son llamados a forman a los candidatos al ministerio sagrado: para que desempeñen siempre su tarea con amor paterno, alentando y ayudando a cada joven a crecer en sabiduría, edad y gracia, y a sacar fruto de los buenos talentos que Dios ha puesto en su corazón en beneficio de todos. Oremos.

5. Por todos los fieles cristianos: para que, en espíritu de comunión y colaboración con todos los ministros, sepan ver en ellos la misteriosa presencia de Jesús Buen Pastor, que llama continuamente a sus ovejas, y los sostengan constantemente con la oración, a fin de que sean para ellos cada día un ejemplo y un punto de referencia seguro para vivir de modo auténtico la fe en el Hijo de Dios. Oremos.

6. La sagrada unción sacramental hace que el sacerdote sea tal eternamente: para que todos los sacerdotes difuntos continúen, junto a Cristo ascendido a la derecha del Padre y en unión con Su santo Sacrificio, la ofrenda de amor de sí mismos, y preparen así un lugar junto a Él en la gloria a todos aquellos que escuchan su voz. Oremos. 

C - Padre, tu obra de salvación, llevada a cabo a través de tu Hijo, por medio del Espíritu, es reflejo del misterio trinitario, que es misterio de amor. Acoge nuestras oraciones y ayúdanos a mantenernos siempre fieles a ti. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén. 16 

Se canta el Tantum ergo, y después, antes de las Aclamaciones habituales, se puede utilizar el esquema de las Letanías de Nuestro Señor Jesucristo, Sacerdote y Víctima (tomadas del libro Don y misterio de Juan Pablo II)

Kyrie, eleison Kyrie, eleison

Christe, eleison Christe, eleison

Kyrie, eleison Kyrie, eleison

Christe, audi nos Christe, audi nos

Christe, exaudi nos Christe, exaudi nos

Pater de cælis, Deus, miserere nobis

Fili, Redemptor mundi, Deus, miserere nobis

Spiritus Sancte, Deus, miserere nobis

Sancta Trinitas, unus Deus, miserere nobis

Iesu, Sacerdos et Victima, miserere nobis

Iesu, Sacerdos in æternum

secundum ordinem Melchisedech, miserere nobis

Iesu, Sacerdos quem misit

Deus evangelizare pauperibus, miserere nobis

Iesu, Sacerdos qui in novissima cena

formam sacrificii perennis instituisti, miserere nobis

Iesu, Sacerdos semper vivens

ad interpellandum pro nobis, miserere nobis

Iesu, Pontifex quem Pater

unxit Spiritu Sancto et virtute, miserere nobis

Iesu, Pontifex ex hominibus assumpte, miserere nobis

Iesu, Pontifex pro hominibus constitute, miserere nobis

Iesu, Pontifex confessionis nostræ, miserere nobis

Iesu, Pontifex amplioris præ Moysi gloriæ, miserere nobis

Iesu, Pontifex tabernaculi veri, miserere nobis

Iesu, Pontifex futurorum bonorum, miserere nobis

Iesu, Pontifex sancte,

innocens et impollute, miserere nobis

Iesu, Pontifex fidelis et misericors, miserere nobis

Iesu, Pontifex Dei

et animarum zelo succense, miserere nobis

Iesu, Pontifex in æternum perfecte, miserere nobis

Iesu, Pontifex qui per proprium

sanguinem cælos penetrasti, miserere nobis

Iesu, Pontifex qui nobis

viam novam initiasti, miserere nobis

Iesu, Pontifex qui dilexisti nos

et lavisti nos a peccatis in sanguine tuo, miserere nobis

Iesu, Pontifex qui tradidisti temetipsum

Deo oblationem et hostiam, miserere nobis

Iesu, Hostia Dei et hominum, miserere nobis

Iesu, Hostia sancta et immaculata, miserere nobis

Iesu, Hostia placabilis, miserere nobis

Iesu, Hostia pacifica, miserere nobis

Iesu, Hostia propitiationis et laudis, miserere nobis

Iesu, Hostia reconciliationis et pacis, miserere nobis 17 

Iesu, Hostia in qua habemus

fiduciam et accessum ad Deum, miserere nobis

Iesu, Hostia vivens in sæcula sæculorum, miserere nobis

Propitius esto! parce nobis, Iesu

Propitius esto! exaudi nos, Iesu

A temerario in clerum ingressu, libera nos, Iesu

A peccato sacrilegii, libera nos, Iesu

A spiritu incontinentiæ, libera nos, Iesu

A turpi quæstu, libera nos, Iesu

Ab omni simoniæ labe, libera nos, Iesu

Ab indigna opum

ecclesiasticarum dispensatione, libera nos, Iesu

Ab amore mundi eiusque vanitatum, libera nos, Iesu

Ab indigna Mysteriorum

tuorum celebratione, libera nos, Iesu

Per æternum sacerdotium tuum, libera nos, Iesu

Per sanctam unctionem, qua a Deo Patre

in sacerdotem constitutus es, libera nos, Iesu

Per sacerdotalem spiritum tuum, libera nos, Iesu

Per ministerium illud, quo Patrem tuum

super terram clarificasti, libera nos, Iesu

Per cruentam tui ipsius immolationem

semel in cruce factam, libera nos, Iesu

Per illud idem sacrificium

in altari quotidie renovatum, libera nos, Iesu

Per divinam illam potestatem, quam

in sacerdotibus tuis invisibiliter exerces, libera nos, Iesu

Ut universum ordinem sacerdotalem

in sancta religione conservare digneris, Te rogamus, audi nos

Ut pastores secundum cor tuum

populo tuo providere digneris, Te rogamus, audi nos

Ut illos spiritus sacerdotii tui

implere digneris, Te rogamus, audi nos

Ut labia sacerdotum scientiam custodiant, Te rogamus, audi nos

Ut in messem tuam operarios

fideles mittere digneris, Te rogamus, audi nos

Ut fideles mysteriorum tuorum

dispensatores multiplicare digneris, Te rogamus, audi nos

Ut eis perseverantem in tua voluntate

famulatum tribuere digneris, Te rogamus, audi nos

Ut eis in ministerio mansuetudinem,

in actione sollertiam et

in oratione constantiam concedere digneris, Te rogamus, audi nos

Ut per eos sanctissimi Sacramenti

cultum ubique promovere digneris, Te rogamus, audi nos

Ut qui tibi bene ministraverunt,

in gaudium tuum suscipere digneris, Te rogamus, audi nos

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, parce nobis, Domine

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, exaudi nos, Domine

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis, Domine 18 

Iesu, Sacerdos, audi nos

Iesu, Sacerdos, exaudi nos

OREMUS

Ecclesiæ tuæ, Deus, sanctificator et custos, suscita in ea per Spiritum tuum idoneos et fideles sanctorum mysteriorum dispensatores, ut eorum ministerio et exemplo christiana plebs in viam salutis te protegente dirigatur. Per Christum Dominum nostrum. Amen.

Deus, qui ministrantibus et ieiunantibus discipulis segregari iussisti Saulum et Barnabam in opus ad quod assumpseras eos, adesto nunc Ecclesiæ tuæ oranti, et tu, qui omnium corda nosti, ostende quos elegeris in ministerium. Per Christum Dominum nostrum. Amén.

Bendición eucarística, Aclamaciones y reposición del Santísimo. Canto: Laudate Dominum.

Al término de la celebración se reza el Acto de consagración de los sacerdotes a la Santísima Virgen, según la fórmula que utilizó Benedicto XVI en la conclusión del Año Sacerdotal.

Madre Inmaculada, en este lugar de gracia,

convocados por el amor de tu Hijo Jesús,

sumo y eterno Sacerdote,

nosotros, hijos en el Hijo y sacerdotes suyos,

nos consagramos a tu Corazón materno,

para cumplir fielmente la voluntad del Padre.

Somos conscientes de que sin Jesús

no podemos hacer nada (cfr. Jn 15, 5)

y de que, sólo por Él, con Él y en Él,

seremos instrumentos de salvación para el mundo.

Esposa del Espíritu Santo,

alcánzanos el don inestimable

de la transformación en Cristo.

Por la misma potencia del Espíritu que,

extendiendo su sombra sobre ti,

te hizo Madre del Salvador,

ayúdanos para que Cristo, tu Hijo,

nazca también en nosotros,

y, de este modo, la Iglesia

sea renovada por santos sacerdotes,

transfigurados por la gracia de Aquel

que hace nuevas todas las cosas.

Madre de misericordia,

ha sido tu Hijo Jesús

quien nos ha llamado a ser como él:

luz del mundo y sal de la tierra (cfr. Mt 5, 13-14).

Ayúdanos, con tu poderosa intercesión, 19 

a no desmerecer esta vocación sublime,

a no ceder a nuestros egoísmos,

ni a las lisonjas del mundo,

ni a las tentaciones del Maligno.

Presérvanos con tu pureza, custódianos con tu humildad

y rodéanos con tu amor maternal, que se refleja en tantas almas consagradas a ti

y que son para nosotros auténticas madres espirituales.

Madre de la Iglesia, nosotros, los sacerdotes, queremos ser pastores

que no se apacientan a sí mismos, sino que se entregan a Dios por los hermanos,

encontrando en esto la felicidad.

Queremos repetir cada día humildemente

no sólo de palabra sino con la vida, nuestro «aquí estoy».

Guiados por ti, queremos ser apóstoles de la Misericordia divina,

llenos de gozo por poder celebrar diariamente el santo sacrificio del altar

y ofrecer a todos los que nos lo pidan el sacramento de la Reconciliación.

Abogada y Mediadora de la gracia, tú que estás totalmente unida

a la única mediación universal de Cristo, pide a Dios para nosotros

un corazón completamente renovado, que ame a Dios con todas sus fuerzas

y sirva a la humanidad como tú lo hiciste.

Repite al Señor esas eficaces palabras tuyas:

«No tienen vino» (Jn 2, 3), para que el Padre y el Hijo

derramen sobre nosotros, como una nueva efusión, el Espíritu Santo.

Lleno de admiración y de gratitud por tu presencia continua entre nosotros,

en nombre de todos los sacerdotes, también yo quiero exclamar:

«¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? (Lc 1, 43)

Madre nuestra desde siempre, no te canses de «visitarnos», consolarnos y sostenernos.

Ven en nuestra ayuda y líbranos de todos los peligros que nos acechan.

Con este acto de ofrecimiento y consagración,

queremos acogerte de un modo más profundo y radical,

para siempre y totalmente, en nuestra existencia humana y sacerdotal.

Que tu presencia haga reverdecer el desierto de nuestras soledades y brillar el sol

en nuestras tinieblas, y haga que vuelva la calma después de la tempestad,

para que todo hombre vea la salvación del Señor,

que tiene el nombre y el rostro de Jesús, reflejado en nuestros corazones,

unidos para siempre al tuyo. Así sea.

Canto final: Salve Regina


Publicado por verdenaranja @ 23:14  | Espiritualidad
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Desde la Vicaría General de la diócesis de Tenerife nos remiten la carta de la Congregación para el Clero en la JORNADA MUNDIAL 2013 DE ORACIÓN POR LA SANTIFICACIÓN DE LOS SACERDOTES

Sacratísimo Corazón de Jesús

7 de junio de 2013

JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN
POR LA SANTIFICACIÓN DE LOS SACERDOTES

Queridos hermanos en el sacerdocio y amigos:

Con ocasión de la próxima solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús, el 7 de junio de 2013, en la cual celebramos la Jornada Mundial de Oración por la santificación de los Sacerdotes, os saludo cordialmente a todos, a cada uno de vosotros, y doy gracias al Señor por el don inefable del sacerdocio y por la fidelidad al amor de Cristo.

La invitación del Señor a «permanecer en su amor» (cfr. Jn 15, 9) vale para todos los bautizados, pero en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús resuena con renovada fuerza en nosotros, los sacerdotes. Como nos ha recordado el Santo Padre en la apertura del Año Sacerdotal, citando al Santo Cura de Ars, «el sacerdocio es el amor al Corazón de Jesús» (cfr. Homilía en la celebración de las Vísperas de la Solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús, 19 de junio de 2009). De este Corazón —y no lo podemos olvidar nunca— brotó el don del ministerio sacerdotal.

Hemos hecho experiencia de que «permanecer en su amor» nos impulsa con fuerza hacia la santidad. Una santidad —lo sabemos bien— que no consiste en llevar a cabo acciones extraordinarias, sino en permitir que Cristo actúe en nosotros y hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos. El valor de la santidad está en la estatura que Cristo alcanza en nosotros, en cuanto, con el vigor del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida.

Los presbíteros hemos sido consagrados y enviados para hacer actual la misión salvífica del Hijo Divino encarnado. Nuestra función es indispensable para la Iglesia y para el mundo y requiere nuestra plena fidelidad a Cristo y nuestra incesante unión con Él. Así, sirviendo humildemente, somos guías que llevan a la santidad a los fieles encomendados a nuestro ministerio. De ese modo, se reproduce en nuestra vida el deseo que expresó Jesús en su oración sacerdotal, después de instituir la Eucaristía: «Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que Tú me diste, porque son tuyos (…). No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno (…). Santifícalos en la verdad (…). Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad (Jn 17, 9.15.17.19). 2 

En el Año de la Fe

Estas consideraciones asumen una importancia especial en relación a la celebración del Año de la Fe —que el Santo Padre Benedicto XVI convocó con el Motu proprio Porta Fidei (11 de octubre de 2011)— que comenzó el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y que terminará en la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo, el próximo 24 de noviembre. La Iglesia con sus Pastores debe seguir en camino, para sacar a los hombres del “desierto” y llevarlos hacia la comunión con el Hijo de Dios, que es la Vida para el mundo (cfr. Jn 6, 33).

En esta perspectiva, la Congregación para el Clero dirige la presente carta a todos los sacerdotes del mundo, para ayudar a cada uno a renovar el compromiso de vivir el evento de gracia al que estamos llamados, de modo particular a ser protagonistas y animadores diligentes para un descubrimiento de la fe en su integridad y en todo su atractivo; por tanto, estimulados a considerar que la nueva evangelización está orientada precisamente a la trasmisión genuina de la fe cristiana.

En la Carta Apostólica Porta Fidei el Papa interpreta los sentimientos de los sacerdotes de no pocos países: «Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas» (n. 2).

La celebración del Año de la Fe se presenta como una oportunidad para la nueva evangelización, para superar la tentación del desánimo, para dejar que nuestros esfuerzos se muevan cada vez más bajo el impulso y la guía del actual Sucesor de Pedro. Tener fe significa principalmente estar seguros de que Cristo, venciendo la muerte en su carne, hizo posible también para quien cree en Él compartir ese destino de gloria, y satisfacer el anhelo, que alberga en el corazón de todo hombre, de una vida y un gozo perfectos y eternos. Por esto, «la Resurrección de Cristo es nuestra mayor certeza, es el tesoro más valioso. ¿Cómo no compartir con los demás este tesoro, esta certeza? No es sólo para nosotros; es para transmitirla, para darla a los demás, compartirla con los demás. Es precisamente nuestro testimonio» (PAPA FRANCISCO, Audiencia General, 3 de abril de 2013).

Como sacerdotes debemos prepararnos para guiar a los demás fieles hacia una maduración de la fe. Sentimos que nosotros somos los primeros que tenemos que abrir más nuestros corazones. Recordemos las palabras del Maestro en el último día de la fiesta de las Cabañas en Jerusalén: «Jesús, en pie, gritó: “el que tenga sed, que venga a mí y beba, el que cree en mí. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán ríos de agua viva”. Dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado» (Jn 7, 37-39). También del sacerdote, alter Christus, pueden manar ríos de agua viva, en la medida en que él beba con fe las palabras de Cristo, abriéndose a la acción del Espíritu Santo. De su “apertura” a ser signo e instrumento de la gracia divina depende en última instancia, no sólo la santificación del pueblo que se le ha encomendado, sino también el orgullo de su identidad: «El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco —no digo “nada” porque, gracias a Dios, la gente nos roba la unción— se pierde lo mejor de nuestro pueblo, lo que es capaz de activar lo más hondo de su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor “ya tienen su paga”, y puesto que no se juegan ni la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes, sacerdotes tristes, y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con “olor a oveja” — esto os pido: sed pastores con “olor a oveja”, que eso se note—, en vez de ser pastores en 3 medio de su rebaño y pescadores de hombres» (PAPA FRANCISCO, Homilía de la S. Misa crismal, 28 de marzo de 2013).

Transmitir la Fe

Cristo encomendó a los Apóstoles y a la Iglesia la misión de predicar la Buena Nueva a todos los hombres. San Pablo siente el Evangelio como «fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rom 1, 16). Jesucristo mismo es el Evangelio, la “Buena Nueva” (cfr. 1Cor 1, 24). Nuestra tarea es ser portadores de la fuerza del amor inconmensurable de Dios, que se manifestó en Cristo. La respuesta a la generosa Revelación divina es la fe, fruto de la gracia en nuestras almas, que requiere la apertura del corazón humano. «Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios» (Porta Fidei, n. 7). Que tras años de ministerio sacerdotal, con frutos y con dificultades, el presbítero pueda decir con San Pablo: «He completado el anuncio del Evangelio de Cristo» (Rom 15, 19; 1Cor 15, 1-11; etc.).

Colaborar con Cristo en la transmisión de la fe es una tarea de todo cristiano, dentro de la característica cooperación orgánica entre fieles ordenados y fieles laicos en la Santa Iglesia. Este dichoso deber implica dos aspectos profundamente unidos. El primero, la adhesión a Cristo, que significa hacer un encuentro personal con Él, seguirlo, ser sus amigos, creer en Él. En el contexto cultural actual, resulta particularmente importante el testimonio de la vida —condición de autenticidad y credibilidad— que hace descubrir que por la fuerza del amor de Dios su Palabra es eficaz. No debemos olvidar que los fieles buscan en el sacerdote al hombre de Dios y su Palabra, su Misericordia y el Pan de la Vida.

Un segundo punto del carácter misionero de la transmisión de la fe se refiere al hecho de aceptar con gozo las palabras de Cristo, las verdades que nos enseña, los contenidos de la Revelación. En este sentido, un instrumento fundamental será precisamente la exposición ordenada y orgánica de la doctrina católica, anclada en la Palabra de Dios y la Tradición perenne y viva de la Iglesia.

En particular, tenemos que comprometernos a vivir y a hacer vivir el Año de la Fe como una ocasión providencial para comprender que los textos que los Padres conciliares nos dejaron como herencia, según las palabras del beato Juan Pablo II: «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia [...]. Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia que la Iglesia ha recibido en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza» (JUAN PABLO II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 6 de enero de 2001, 57: AAS 93 [2001], 308, n. 5).

Los contenidos de la fe

El Catecismo de la Iglesia Católica —que el Sínodo de los Obispos extraordinario de 1985 indicó como instrumento al servicio de la catequesis y se realizó mediante la colaboración de todo el Episcopado— ilustra a los fieles la fuerza y la belleza de la fe.

El Catecismo es un auténtico fruto del Concilio Ecuménico Vaticano II, que hace más fácil el ministerio pastoral: homilías atractivas, incisivas, profundas, sólidas; cursos de catequesis y de 4 formación teológica para adultos; la preparación de los catequistas, la formación de las distintas vocaciones en la Iglesia, especialmente en los Seminarios.

La Nota con indicaciones pastorales para el Año de la fe (6 de enero de 2012), ofrece un amplio abanico de iniciativas para vivir este tiempo privilegiado de gracia muy unidos al Santo Padre y al Cuerpo episcopal: las peregrinaciones de los fieles a la Sede de Pedro, a Tierra Santa, a los Santuarios marianos, la próxima Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro en el inminente mes de julio; los simposios, congresos y reuniones, incluidos los de nivel internacional y, en particular, los dedicados a redescubrir las enseñanzas del Concilio Vaticano II; la organización de grupos de fieles para la lectura y la profundización común del Catecismo con un compromiso renovado de difundirlo.

En el actual clima relativista parece oportuno poner de relieve cuán importante es el conocimiento de los contenidos de la auténtica doctrina católica, inseparable del encuentro con testigos atractivos de la fe. De los primeros discípulos de Jesús en Jerusalén se narra en libro de los Hechos que «perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2, 42).

En este sentido el Año de la Fe es una ocasión especialmente propicia para escuchar con más atención las homilías, las catequesis, las alocuciones y las demás intervenciones del Santo Padre. Para numerosos fieles, tener a disposición las homilías y los discursos de las audiencias será una gran ayuda para transmitir la fe a otros.

Se trata de verdades que nos dan vida, como dice san Agustín cuando, en una homilía sobre la redditio symboli, describe la entrega del Credo: «Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón, y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis; algo en lo que mantengáis despierto el corazón, aun cuando vuestro cuerpo duerme» (AGUSTÍN DE HIPONA, Sermón 215, sobre la Redditio Symboli).

En Porta Fidei se traza un recorrido para ayudar a comprender de modo más profundo los contenidos de la fe y el acto con el cual nos encomendamos libremente a Dios: el acto con el que se cree y los contenidos a los que damos nuestro asentimiento están marcados por una profunda unidad (cfr. n. 10).

Crecer en la fe

El Año de la fe representa, por tanto, una invitación a la conversión a Jesús único Salvador del mundo, a crecer en la fe como virtud teologal. En el prólogo al primer volumen de Jesús de Nazaret, el Santo Padre escribe acerca de las consecuencias negativas si se presenta a Jesús como una figura del pasado de quien se sabe poco de cierto: «Semejante situación es dramática para la fe, pues deja incierto su auténtico punto de referencia: la íntima amistad con Jesús, de la que todo depende, corre el riesgo de moverse en el vacío» (p. 8).

Vale la pena meditar muchas veces estas palabras: «la íntima amistad con Jesús, de la que todo depende». Se trata del encuentro personal con Cristo. Encuentro de cada uno de nosotros, y de cada uno de nuestros hermanos y hermanas en la fe, a los que servimos con nuestro ministerio.

Encontrar a Jesús, como los primeros discípulos —Andrea, Pedro, Juan— como la samaritana o como Nicodemo; acogerlo en casa propia como Marta y María; escucharle leyendo muchas veces el Evangelio; con la gracia del Espíritu Santo, este es el camino seguro para crecer en la fe. Como escribía el Siervo de Dios Pablo VI: «La fe es el camino a través del cual la verdad divina entra en el alma» (Insegnamenti, IV, p. 919). 5 

Jesús nos invita a sentir que somos hijos y amigos de Dios: «Os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca. De modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé» (Jn 15, 15-16).

Medios para crecer en la Fe. La Eucaristía

Jesús nos invita a pedir con plena confianza, a rezar con las palabras “Padre nuestro”. Propone a todos, en el discurso de las Bienaventuranzas, una meta que a los ojos de los hombres parece una locura: «Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48). Para ejercer una buena pedagogía de la santidad, capaz de adaptarse a las circunstancias y los ritmos de cada persona, debemos ser amigos de Dios, hombres de oración.

En la oración aprendemos a llevar la Cruz, esa Cruz abierta al mundo entero, para su salvación, que, como revela el Señor a Ananías, acompañará también la misión de Saulo, recién convertido: «Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre» (Hch 9, 15-16). Y a los fieles de Galacia, san Pablo hará esta síntesis de su vida: «Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gal 2, 19-20).

En la Eucaristía se actualiza el misterio del sacrificio de la Cruz. La celebración litúrgica de la Santa Misa es un encuentro con Jesús que se ofrece como víctima por nosotros y nos transforma en Él. «Por su propia naturaleza, la liturgia tiene una eficacia propia para introducir a los fieles en el conocimiento del misterio celebrado. Precisamente por ello, el itinerario formativo del cristiano en la tradición más antigua de la Iglesia, aun sin descuidar la comprensión sistemática de los contenidos de la fe, tuvo siempre un carácter de experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos. En este sentido, el que introduce en los misterios es ante todo el testigo» (BENEDICTO XVI, Exhort. Ap. Sacramentum caritatis, 22-II-2007, n. 64). No sorprende entonces que en la Nota con indicaciones pastorales para el Año de la fe se sugiera intensificar la celebración de la fe en la liturgia y, en particular, en la Eucaristía, donde se proclama, se celebra y se refuerza la fe de la Iglesia (cfr. n. IV, 2). Si la liturgia eucarística se celebra con gran fe y devoción, los frutos son seguros.

El Sacramento de la Misericordia que perdona

La Eucaristía es el Sacramento que edifica la imagen del Hijo de Dios en nosotros, mientras que la Reconciliación es lo que nos hace experimentar la fuerza de la misericordia divina, que libera el alma de los pecados y le hace saborear la belleza de volver a Dios, verdadero Padre enamorado de cada uno de sus hijos. Por esto, el sagrado ministro en primera persona debe estar convencido de que «sólo comportándonos como hijos de Dios, sin desalentarnos por nuestras caídas, por nuestros pecados, sintiéndonos amados por Él, nuestra vida será nueva, animada por la serenidad y la alegría. ¡Dios es nuestra fuerza! ¡Dios es nuestra esperanza!» (PAPA FRANCISCO, Audiencia general, 10 de abril de 2013).

El sacerdote debe ser sacramento en el mundo de esta presencia misericordiosa: «Jesús no tiene casa porque su casa es la gente, somos nosotros, su misión es abrir a todos las puertas de Dios, ser la 6 presencia de amor de Dios» (PAPA FRANCISCO, Audiencia general, 27 de marzo de 2013). No podemos, pues, enterrar este maravilloso don sobrenatural, ni distribuirlo sin tener los mismos sentimientos de Aquel que amó a los pecadores hasta el culmen de la Cruz. En este sacramento el Padre nos ofrece una ocasión única para ser, no sólo espiritualmente, sino nosotros mismos, con nuestra humanidad, la mano suave que, como el Buen Samaritano, vierte el aceite que alivia las llagas del alma (Lc 10, 34). Debemos sentir como nuestras estas palabras del Pontífice: «Un cristiano que se cierra en sí mismo, que oculta todo lo que el Señor le ha dado, es un cristiano... ¡no es cristiano! ¡Es un cristiano que no agradece a Dios todo lo que le ha dado! Esto nos dice que la espera del retorno del Señor es el tiempo de la acción —nosotros estamos en el tiempo de la acción—, el tiempo de hacer rendir los dones de Dios no para nosotros mismos, sino para Él, para la Iglesia, para los demás; el tiempo en el cual buscar siempre hacer que crezca el bien en el mundo. […] Queridos hermanos y hermanas, que contemplar el juicio final jamás nos dé temor, sino que más bien nos impulse a vivir mejor el presente. Dios nos ofrece con misericordia y paciencia este tiempo para que aprendamos cada día a reconocerle en los pobres y en los pequeños; para que nos empleemos en el bien y estemos vigilantes en la oración y en el amor. Que el Señor, al final de nuestra existencia y de la historia, nos reconozca como siervos buenos y fieles» (PAPA FRANCISCO, Audiencia general, 24 de abril de 2013).

El sacramento de la Reconciliación, por tanto, es también el sacramento de la alegría: «Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su Hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies. Traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y comenzaron a celebrar el banquete» (Lc 15, 11-24). Cada vez que nos confesamos encontramos la alegría de estar con Dios, porque hemos experimentado su misericordia, quizás muchas veces cuando manifestamos al Señor nuestras faltas debidas a la tibieza y la mediocridad. Así se fortalece nuestra fe de pecadores que aman a Jesús y saben que son amados por Él: «Cuando a uno le llama el juez o tiene un juicio, lo primero que hace es buscar a un abogado para que le defienda. Nosotros tenemos uno, que nos defiende siempre, nos defiende de las asechanzas del diablo, nos defiende de nosotros mismos, de nuestros pecados. Queridísimos hermanos y hermanas, contamos con este abogado: no tengamos miedo de acudir a Él para pedir perdón, bendición, misericordia. Él nos perdona siempre, es nuestro abogado: nos defiende siempre. No olvidéis esto» (PAPA FRANCISCO, Audiencia general, 17 de abril de 2013).

En la adoración eucarística, podemos decir a Cristo presente en la Hostia Santa, con santo Tomás de Aquino:

Plagas sicut Thomas no intúeor

Deum tamen meum Te confiteor

Fac me tibi semper magis crédere

En Te spem habére, Te dilígere.

Y también con el apóstol Tomás podemos repetir con nuestro corazón sacerdotal, cuando tenemos a Jesús en nuestras manos: Dominus meus et Deus meus!

«Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). Con estas palabras Isabel saludó a María. Recurramos a aquella que es Madre de los sacerdotes y que nos  precedió en el camino de la fe, a fin de que cada uno de nosotros crezca en la Fe de su divino Hijo y así llevemos al mundo la Vida y la Luz, el calor, del Sacratísimo Corazón de Jesús.

CARD. MAURO PIACENZA

Prefecto

Celso Morga Iruzubieta

Secretario


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Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo décimo del Tiempo ordinario - C

EL SUFRIMIENTO HA DE SER TOMADO EN SERIO

        Jesús llega a Naín cuando en la pequeña aldea se está viviendo un hecho muy triste. Jesús viene del camino, acompañado de sus discípulos y de un gran gentío. De la aldea sale un cortejo fúnebre camino del cementerio. Una madre viuda, acompañada por sus vecinos, lleva a enterrar a su único hijo.

        En pocas palabras, Lucas nos ha descrito la trágica situación de la mujer. Es una viuda, sin esposo que la cuide y proteja en aquella sociedad controlada por los varones. Le quedaba solo un hijo, pero también éste acaba de morir. La mujer no dice nada. Solo llora su dolor. ¿Qué será de ella?

        El encuentro ha sido inesperado. Jesús venía a anunciar también en Naín la Buena Noticia de Dios. ¿Cuál será su reacción? Según el relato, “el Señor la miró, se conmovió y le dijo: No llores”. Es difícil describir mejor al Profeta de la compasión de Dios.

        No conoce a la mujer, pero la mira detenidamente. Capta su dolor y soledad, y se conmueve hasta las entrañas. El abatimiento de aquella mujer le llega hasta dentro. Su reacción es inmediata: “No llores”. Jesús no puede ver a nadie llorando. Necesita intervenir.

        No lo piensa dos veces. Se acerca al féretro, detiene el entierro y dice al muerto: “Muchacho, a ti te lo digo, levántate”. Cuando el joven se reincorpora y comienza a hablar, Jesús “lo entrega a su madre” para que deje de llorar. De nuevo están juntos. La madre ya no estará sola.

        Todo parece sencillo. El relato no insiste en el aspecto prodigioso de lo que acaba de hacer Jesús. Invita a sus lectores a que vean en él la revelación de Dios como Misterio de compasión y Fuerza de vida, capaz de salvar incluso de la muerte. Es la compasión de Dios la que hace a Jesús tan sensible al sufrimiento de la gente.

        En la Iglesia hemos de recuperar cuanto antes la compasión como el estilo de vida propio de los seguidores de Jesús. La hemos de rescatar de una concepción sentimental y moralizante que la ha desprestigiado. La compasión que exige justicia es el gran mandato de Jesús: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”.

Esta compasión es hoy más necesaria que nunca. Desde los centros de poder, todo se tiene en cuenta antes que el sufrimiento de las víctimas. Se funciona como si no hubiera dolientes ni perdedores. Desde las comunidades de Jesús se tiene que escuchar un grito de indignación absoluta: el sufrimiento de los inocentes ha de ser tomado en serio; no puede ser aceptado socialmente como algo normal pues es inaceptable para Dios. Él no quiere ver a nadie llorando       

José Antonio Pagola 

Red Evangelizadora BUENAS NOTICIAS
9 de junio de 2013
10 Tiempo Ordinario (C)
Lucas 7, 11-17


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Mi?rcoles, 05 de junio de 2013

ZENIT nos  ofrece el discurso del papa en la Audiencia General del miércoles 5 de Junio de 2013 en la plaza de San Pedro, dondese ha encontrado con grupos de peregrinos y fieles provenientes de Italia y de otros países.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quiero centrarme en el tema del medio ambiente, como ya he tenido ocasión de hacerlo en varias ocasiones. Me lo sugiere también el Día Mundial del Medio Ambiente, patrocinado por las Naciones Unidas, que lanza un fuerte llamado a la necesidad de acabar con los residuos y el desecho de los alimentos.

Cuando hablamos de medio ambiente, de la creación, mi pensamiento se dirige a las primeras páginas de la Biblia, al libro del Génesis, donde se dice que Dios puso al hombre y a la mujer en la tierra para que la cultiven y la custodien (cf. 2,15). Y me surgen unas preguntas: ¿Qué significa cultivar y custodiar la tierra? ¿Realmente estamos cultivando y custodiando la creación? ¿O la estamos explotando y olvidando?

El verbo "cultivar" me trae a la mente la atención que el agricultor tiene por su tierra, para que dé fruto, y este sea compartido: ¡cuánta atención, pasión y dedicación! Cultivar y custodiar la creación es una indicación de Dios dada no solo al principio de la historia, sino a cada uno de nosotros; es parte de su proyecto; significa hacer crecer el mundo con responsabilidad, transformarlo para que sea un jardín, un lugar habitable para todos.

Benedicto XVI ha recordado en varias ocasiones que la tarea confiada por Dios Creador a nosotros requiere captar el ritmo y la lógica de la creación. Pero a menudo nos dejamos llevar por la soberbia de la dominación, de las posesiones, del manipular, de aprovecharnos; no la "custodiamos", no la respetamos, no la consideramos como un don gratuito que debemos cuidar. Estamos perdiendo la actitud de la admiración, de la contemplación, de la escucha de la creación; y por lo tanto ya no somos capaces de leer lo que Benedicto XVI llama "el ritmo de la historia de amor entre Dios y el hombre". ¿Por qué sucede esto? Porque pensamos y vivimos de una manera horizontal, nos hemos alejado de Dios, no leemos sus signos.

Pero el "cultivar y custodiar" no solo incluye la relación entre nosotros y el medio ambiente, entre el hombre y la creación, tiene que ver también con las relaciones humanas. Los papas han hablado de ecología humana, estrechamente vinculada a la ecología ambiental. Estamos viviendo en una época de crisis; lo vemos en el medio ambiente, pero sobre todo lo vemos en el hombre. La persona humana está en peligro: eso es seguro, la persona humana hoy está en peligro, ¡de allí la urgencia de la ecología humana! Y el peligro es grave porque la causa del problema no es superficial, sino profundo: no es solo una cuestión de economía, sino de ética y de antropología. La Iglesia ha insistido en varias ocasiones; y muchos dicen: sí, es justo, es verdad... pero el sistema sigue como antes, porque lo que domina es la dinámica de una economía y de unas finanzas carentes de ética.

Quien hoy dispone no es el hombre, es el dinero, el dinero, la plata manda. Y Dios nuestro Padre ha dado el encargo de custodiar la tierra, y no el dinero, sino a nosotros: a los hombres y a las mujeres. ¡Nosotros tenemos esta tarea! En cambio a los hombres y a las mujeres se les sacrifica ante los ídolos del lucro y del consumo: es la "cultura de lo descartable". Si se rompe un ordenador es una tragedia, pero la pobreza, los necesitados, los dramas de tantas personas terminan siendo normales. Si una noche de invierno, cerca de la via Ottaviano (en Roma ndr), por ejemplo, una persona muere, eso no es noticia. Si en muchas partes del mundo hay niños que no tienen nada que comer, eso no es noticia, parece normal. ¡No puede ser así! Sin embargo, estas cosas forman parte de la normalidad: que algunas personas sin hogar mueran de frío en la calle, no es una noticia. Por el contrario, una reducción de diez puntos en las bolsas de algunas ciudades, es una tragedia. El que muere no es noticia, ¡pero si se reducen en diez puntos las bolsas es una tragedia! Así es como las personas acaban siendo descartadas, como si fueran residuos.

Esta "cultura de lo descartable" tiende a convertirse en la mentalidad común que nos contagia a todos. La vida humana, la persona ya no se percibe como valor primordial que debe ser respetado y protegido, especialmente si son pobres o discapacitados, si todavía no sirve --como el niño por nacer--, o no sirve más, como los ancianos.

Esta cultura de los residuos nos ha hecho insensibles incluso a los desechos alimentarios, que son aún más desechados, cuando en todas las partes del mundo, por desgracia, muchas personas y familias sufren hambre y desnutrición. En tiempo de nuestros abuelos se ponía mucho cuidado en no tirar nada de los restos de comida. El consumismo nos ha hecho acostumbrarnos a un exceso y desperdicio cotidiano de la comida, a la cual a veces ya no somos capaces de darle el justo valor, que va más allá de simples parámetros económicos. Recordemos, sin embargo, ¡que la comida que se desecha es como si fuese robada de la mesa de los pobres, de los hambrientos! Invito a todos a reflexionar sobre el problema de la pérdida y el desperdicio de los alimentos, para que se identifiquen las vías y los mediosde evitarlo, de manera que enfrentando seriamente este problema,ustedessean vehículo de la solidaridad para compartir con los más necesitados.

Hace unos días, en la fiesta del Corpus Christi, habíamos leído la historia del milagro de los panes: Jesús alimenta a la multitud con cinco panes y dos peces. Y la conclusión del relato: "Comieron todos hasta saciarse y recogieron los pedazos que habían sobrado: doce cestas" (Lc. 9,17). Jesús les pide a sus discípulos que nada se pierda: ¡ningún desperdicio! Este es el hecho de las doce cestas: ¿Por qué doce? ¿Qué significa? Doce es el número de las tribus de Israel, simbólicamente representa a todo el pueblo. Y esto nos dice que cuando la comida se comparte de manera justa, con solidaridad, no se priva a nadie de lo necesario, cada comunidad puede ir al encuentro de los más pobres y necesitados. Ecología humana y ecología ambiental caminan juntos.

Me gustaría que tomemos en serio el compromiso de respetar y proteger la creación, de estar atentos a todas las personas, para contrarrestar la cultura de los desperdicios y descartes, a fin de promover una cultura de la solidaridad y del encuentro.

Traducido del original italiano por José Antonio Varela V.


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Martes, 04 de junio de 2013

ZENIT nos ofrece el texto del saludo del papa a los participantes en la Peregrinación de la Diócesis de Bérgamo con ocasión del 50 aniversario de la muerte del beato papa Juan XXIII, el 3 de Junio de 2013.

Queridos amigos de la Diócesis de Bérgamo:

Estoy feliz de darles la bienvenida aquí, en la tumba del Apóstol Pedro, en este lugar que es la casa de todo católico. Saludo con afecto a su Obispo, monseñor Francesco Beschi, y le agradezco por las gentiles palabras que me ha dirigido a nombre de todos.

Hace exactamente cincuenta años, precisamente a esta hora, el Beato Juan XXIII dejaba este mundo. Quien, como yo, tiene una cierta edad, mantiene un vivo recuerdo de la conmoción que se difundió por todas partes en aquellos días: la Plaza de San Pedro se había convertido en un santuario a cielo abierto, recibiendo día y noche a los fieles de toda edad y condición social, en trepidación y oración por la salud del Papa. El mundo entero había reconocido en el Papa Juan un pastor, un padre. Pastor porque era padre. ¿Qué cosa lo había convertido en tal? ¿Cómo había podido llegar al corazón de personas tan diversas, incluso de tantos no cristianos? Para responder a esta pregunta, podemos recordar su lema episcopal, Obedientia et pax: obediencia y paz. «Estas palabras - anotaba monseñor Roncalli en la víspera de su consagración episcopal - son un poco mi historia y mi vida» (Diario del Alma, Retiro de preparación para la consagración episcopal, 13-17 de marzo 1925). Obediencia y paz.

Quisiera partir de la paz, porque este es el aspecto más evidente, aquello que la gente ha percibido en el Papa Juan: Angelo Roncalli era un hombre capaz de transmitir paz; una paz natural, serena, cordial; una paz que con su elección al Pontificado se manifestó al mundo entero y recibió el nombre de la bondad. Es tan bello encontrar un sacerdote, un cura bueno, con bondad. Y esto me hace pensar a una cosa que San Ignacio de Loyola -ah, non hago publicidad eh- san Ignacio decía a los jesuitas, cuando hablaba de las cualidades que tiene que tener un superior. Decía: tiene que tener esto esto esto esto, una lista larga de cualidades, pero al final decía: y si no tiene estas virtudes que al menos tenga mucha bondad. Esencial. Es un padre, un sacerdote con bondad. Fue esto indudablemente una característica distintiva de su personalidad, que le permitió construir en todas partes sólidas amistades y que resaltó de manera particular en su ministerio de Representante del Papa, desempeñado por casi tres decenios, a menudo en contacto con ambientes, mundos tan lejanos de aquel universo católico en el que él había nacido y se había formado. Justamente en aquellos ambientes él se demostró un eficaz constructor de relaciones y un válido promotor de unidad, dentro y fuera de la comunidad eclesial, abierto al diálogo con los cristianos de otras Iglesias, con exponentes del mundo judío y musulmán y con tantos otros hombres de buena voluntad. En realidad, el Papa Juan transmitía paz porque tenía un ánimo profundamente pacificado, él se había dejado pacificar por el Espiritu Santo. Y este ánimo pacificado fue fruto de un largo y comprometido trabajo sobre sí mismo, trabajo del que ha quedado abundante rastro en el Diario del Alma. Allí podemos ver al seminarista, al sacerdote, al obispo Roncalli empeñado en el camino de progresiva purificación del corazón. Lo vemos, día a día, atento a reconocer y mortificar los deseos que provienen del propio egoísmo, a discernir las inspiraciones del Señor, dejándose guiar por sabios directores espirituales e inspirar por maestros como san Francisco de Sales y san Carlos Borromeo. Leyendo aquellos escritos asistimos verdaderamente al tomar forma de un alma, bajo la acción del Espíritu Santo que actúa en su Iglesia, en las almas. Ha sido Él, decisivamente, que con estas buenas disposiciones, les ha pacificado el alma. Y aquí llegamos a la segunda y decisiva palabra: “obediencia”. Si la paz ha sido la característica exterior, la obediencia constituyó para Roncalli la disposición interior: la obediencia, en realidad, fue el instrumento para alcanzar la paz. Ante todo ella tuvo un sentido muy simple y concreto: desenvolver en la Iglesia el servicio que los superiores le pedían, sin pretender nada para sí, sin sustraerse a nada de aquello que le era pedido, incluso cuando eso significó dejar la propia tierra, confrontarse con mundos a él desconocidos, permanecer por largos años en lugares donde la presencia de católicos era escasísima. Este dejarse conducir, como un niño, construyó su recorrido sacerdotal que ustedes bien conocen, de secretario de monseñor Radini Tedeschi, padre espiritual en el Seminario diocesano, a Representante pontificio en Bulgaria, Turquía y Grecia, Francia, hasta Pastor de la Iglesia veneciana y finalmente a Obispo de Roma. A través de esta obediencia, el sacerdote y obispo Roncalli vivió también una fidelidad más profunda, que podremos definir, como él habría dicho, abandono a la divina Providencia. Él ha constantemente reconocido, en la fe, que a través de aquel recorrido de vida aparentemente guiado por otros, no conducido por los propios gustos o sobre la base de una sensibilidad espiritual propia, Dios iba diseñando su propio proyecto. Era un hombre de gobierno, era un conductor, pero un conductor conducido, por el Espíritu Santo, por la obediencia. Aun más profundamente, mediante este abandono cotidiano a la voluntad de Dios, el futuro Papa Juan vivió una purificación, que le permitió desprenderse completamente de sí mismo y de adherir a Cristo, dejando así emerger aquella santidad que la Iglesia ha después oficialmente reconocido. «Quien perderá la propia vida por mí, la salvará» nos dice Jesús (Lc 9,24). Aquí se encuentra la verdadera fuente de la bondad del Papa Juan, de la paz que ha difundido en el mundo, aquí se encuentra la raíz de su santidad: en esta su obediencia evangélica.

Y esta es la enseñanza para cada uno de nosotros, pero también para la Iglesia de nuestro tiempo: si sabemos dejarnos conducir por el Espíritu Santo, si sabemos mortificar nuestro egoísmo para hacer espacio al amor del Señor y a su voluntad, entonces encontraremos la paz, entonces sabremos ser constructores de paz y difundiremos paz a nuestro alrededor. A cincuenta años de su muerte, la guía sapiente y paterna del Papa Juan, su amor por la tradición de la Iglesia y la consciencia de su constante necesidad de actualización, la intuición profética de la convocación del Concilio Vaticano II y la ofrenda de la propia vida por su buen término, quedan como piedras miliares en la historia de la Iglesia del siglo XX y como un faro luminoso por el camino que nos espera.

Queridos bergamascos, ustedes están justamente orgullosos del “Papa bueno”, luminoso ejemplo de la fe y de las virtudes de las enteras generaciones de cristianos de su tierra. Custodien su espíritu, profundicen en el estudio de su vida y de sus escritos, pero sobre todo, imiten su santidad. Déjense guiar por el Espíritu Santo. No tengan miedo de los riesgos, así como él no ha tenido miedo. Docilidad al Espíritu, amor a la Iglesia y adelante. El Señor hará todo. Que desde el Cielo él continúe acompañando con amor a su Iglesia, que tanto amó en vida, y obtenga para ella del Señor el don de numerosos y santos sacerdotes, de vocaciones a la vida religiosa y misionera, como también a la vida familiar y al compromiso laical en la Iglesia y en el mundo. ¡Gracias por su visita al Papa Juan! Los bendigo a todos de corazón.

Texto facilitado por Radio Vaticana


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Lunes, 03 de junio de 2013

Zenit nos  ofrece el artículo de nuestro colaborador monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, México. En este artículo reflexiona sobre una actitud pastoral abierta a las “periferias existenciales”.

Homofobia, no; la verdad, sí
Una pastoral abierta a las ''periferias existenciales''

Por Felipe Arizmendi Esquivel

SITUACIONES

En nuestra reciente asamblea diocesana sobre la familia, se insistió mucho en esforzarnos por reflejar en la pastoral la actitud comprensiva y samaritana de Jesús hacia quienes viven en situaciones calificadas como irregulares. Se pidió tomar en cuenta los nuevos modelos de familia, incluso a quienes conviven como pareja siendo del mismo sexo, aunque en nuestro ambiente no son muchos estos casos. Podemos no estar de acuerdo con su estilo de vida, pero se repetía que no debemos caer en actitudes homofóbicas y excluyentes, sino pastoralmente abrirnos a esas periferias existenciales, que muchas veces desconocemos y condenamos. En las comunidades indígenas prácticamente no hay casos de homosexualidad; sólo acontece cuando alguien sale a otros ambientes. Si fuera algo connatural a la naturaleza humana, en todos los pueblos originarios deberían darse siempre estos casos, y no es así.

Nosotros también podemos contagiarnos por los criterios de este mundo, en que no importa la moral evangélica; en que da lo mismo ser fiel en un matrimonio entre hombre y mujer, unidos para siempre, que romper este vínculo sagrado e iniciar otra relación, aunque sean del mismo sexo; en que el modelo tradicional de familia cristiana no cuadra con estos tiempos y se ridiculiza; en que hay que aceptar las nuevas realidades como “normales”, aunque estén contra la “norma” que de Dios hemos recibido. Es la llamada dictadura del relativismo, en que todo se vale y todo se puede.

En los libros oficiales de Biología de 5º. y 6º. año de Primaria, así como en Secundaria, se afirma que el sexo no es algo fijado por la naturaleza humana, sino producto de las formas de pensar y actuar de la sociedad; que por tanto, cada quien es libre de escoger su género como quiera. Esto es lo que se enseña a todos en las escuelas del país.

ILUMINACION

El Papa Benedicto XVI es muy profundo en este tema: “Hoy se presenta el género como una nueva filosofía de la sexualidad. Según esta filosofía, el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino un papel social del que se decide autónomamente. El hombre niega tener una naturaleza pre-constituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano. Niega la propia naturaleza y decide que ésta no se le ha dado como hecho prestablecido, sino que es él mismo quien se la debe crear.

Según el relato bíblico de la creación, el haber sido creada por Dios como varón y mujer pertenece a la esencia de la criatura humana. Esta dualidad es esencial para el ser humano, tal como Dios la ha dado. Esta dualidad como dato originario es lo que se impugna. Ya no es válido lo que leemos en el relato de la creación: «Hombre y mujer los creó» (Gén 1,27). No, lo que vale ahora es que no ha sido Él quien los creó varón o mujer, sino que hasta ahora ha sido la sociedad la que lo ha determinado, y ahora somos nosotros mismos quienes hemos de decidir sobre esto.

Hombre y mujer como realidad de la creación, como naturaleza de la persona humana, ya no existen. El hombre niega su propia naturaleza. Ahora bien, si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, entonces tampoco existe la familia como realidad prestablecida por la creación.

Allí donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo; con ello, el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su ser. Y se hace evidente que, cuando se niega a Dios, se disuelve también la dignidad del hombre. Quien defiende a Dios, defiende al hombre” (21-XII-2012).

COMPROMISOS

Respetemos y tengamos un amor paterno y fraterno como el de Jesús hacia quienes son condenados, excluidos y no comprendidos, pero ofrezcámosles también la Verdad del Evangelio. Dios nos ha enseñado un camino, una luz para distinguir la verdad de la mentira. Para nosotros, su Palabra, no las modas del mundo, es el criterio definitivo para saber qué es bueno para la humanidad y qué le perjudica. Más allá de todo está el amor pastoral, que nos hace hermanos de todos.


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Zenit  nos ofrece el texto completo de la reflexión del Papa, el domingo 2 de Junio de 2013, en la reflexión previa a la oración del Ángelus que rezó con los peregrinos venidos a la plaza de San Pedro de Italia y de otros países.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!:

El jueves pasado celebramos la fiesta del Corpus Domini, que en Italia y en otros países se ha trasladado a este domingo. Es la fiesta de la Eucaristía, Sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo.

El Evangelio nos propone la narración del milagro de los panes (Lucas 9, 11-17); yo quisiera detenerme sobre un aspecto que siempre me impacta y me hace reflexionar. Estamos en la orilla del lago de Galilea, la noche se acerca; Jesús se preocupa por la gente que desde hace tantas horas está con Él: se cuentan por miles y tienen hambre. ¿Qué hacer? También los discípulos se plantean el problema y le dicen a Jesús: «Despide a la multitud», para que vaya a los pueblos y caseríos de los alrededores y encuentre comida. Pero Jesús dice: «Denles de comer ustedes mismos» (v. 13). Los discípulos se quedan desconcertados y responden: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados», como diciendo: sólo lo suficiente para nosotros.

Jesús sabe bien qué hacer, pero quiere implicar a sus discípulos, quiere educarlos. La actitud de los discípulos es la actitud humana, que busca la solución más realista, que no provoque demasiados problemas: Despide a la gente, que cada uno se las arregle como pueda, por otra parte ya hiciste tanto por ellos: has predicado, has curado a los enfermos...

La actitud de Jesús es completamente distinta y está dictada por su unión con el Padre y por la compasión hacia la gente, pero también por su voluntad de dar un mensaje a los discípulos. Ante a esos cinco panes, Jesús piensa: ¡he aquí la providencia! A partir de este poco, Dios puede hacer salir lo necesario para todos. Jesús confía totalmente en el Padre celestial, sabe que para Él todas las cosas son posibles. Por lo tanto le dice a los discípulos que hagan sentar a la gente en grupos de cincuenta - no es una casualidad: esto significa que ya no son una multitud, sino se vuelven comunidades, alimentadas por el pan de Dios. Y luego toma los panes y los peces, levanta los ojos al cielo, pronuncia la bendición - es una clara referencia a la Eucaristía - y después los parte y comienza a darlos a los discípulos, y los discípulos los distribuyen... ¡y los panes y los peces no se acaban! He aquí el milagro: más que una multiplicación es un compartir, animado por la fe y la oración. Comieron todos y sobró: es el signo de Jesús, pan de Dios para la humanidad.

Los discípulos lo vieron, pero no comprendieron bien el mensaje. Quedaron prendados, como la multitud, por el entusiasmo del éxito. Una vez más, siguieron la lógica humana y no la de Dios, que es la del servicio, del amor y de la fe. La fiesta del Corpus Domini nos pide que nos convirtamos a la fe en la Providencia, que sepamos compartir lo poco que somos y que tenemos, y que no nos encerremos nunca en nosotros mismos. Pidamos a nuestra Madre María que nos ayude en esta conversión, para seguir verdaderamente, cada vez más, a ese Jesús que adoramos en la Eucaristía.

Traducción al español de Radio Vaticana


Publicado por verdenaranja @ 19:29  | Habla el Papa
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Domingo, 02 de junio de 2013

ZENIT nos ofrece la meditación del santo padre al final del rezo mariano al concluir el mes mariano, ante los miles de fieles y peregrinos reunidos la tarde del viernes 31 de Mayo de 2013 en la plaza de San Pedro.

Queridos hermanos y hermanas,

Esta tarde hemos rezado juntos el Santo Rosario; hemos recorrido algunos acontecimientos del camino de Jesús, de nuestra salvación y lo hemos hecho con aquella que es nuestra Madre, María. Aquella que con mano segura nos conduce a su Hijo Jesús.

Hoy celebramos la fiesta de la Visitación de la Beata Virgen María a la pariente Isabel. Querría meditar con ustedes este misterio que muestra como María afronta el camino de su vida, con gran realismo, humanidad, concreción.

Tres palabras sintetizan la actitud de María: escucha, decisión, acción; palabras que indican un camino también para nosotros frente a lo que nos pide el Señor en la vida.

1.-Escucha. ¿De dónde nace el gesto de María de ir a su pariente Isabel? De una palabra del ángel de Dios: "También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez"… (Lc. 1,36). María sabe escuchar Dios. Atención: no es un simple "oír" superficial, sino es “la escucha”, acto de atención, de acogida, de disponibilidad hacia Dios. No es el modo distraído con el cual nosotros nos ponemos delante del Señor o ante los otros: oímos las palabras, pero no escuchamos realmente. María está atenta a Dios, escucha a Dios.

Pero María escucha también los hechos, es decir lee los acontecimientos de su vida, está atenta a la realidad concreta y no se para en la superficie, sino que va a lo profundo, para captar el significado. La pariente Isabel, que es ya anciana, espera un hijo: éste es el hecho. Pero María está atenta al significado, lo sabe comprender: "porque no hay nada imposible para Dios"(Lc. 1,37).

Esto también vale en nuestra vida: escucha de Dios que nos habla, y también escucha de la realidad cotidiana, atención a las personas, a los hechos, porque el Señor está en la puerta de nuestra vida y golpea en muchos modos, pone señales en nuestro camino; está en nosotros la capacidad de verlos. María es la madre de la escucha, escucha atenta de Dios y escucha también atenta de los acontecimientos de la vida.

2. Decisión. María no vive "de prisa", con preocupación, sino, como subraya san Lucas, " María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón" (cfr. Lc2,19.51). Y también en el momento decisivo de la anunciación del ángel, Ella pregunta: “¿Cómo sucederá esto?” (Lc 1,34). Pero no se detiene ni siquiera en el momento de la reflexión; da un paso adelante: decide. No vive de prisa, sino sólo cuando es necesario "va sin demora". María no se deja llevar por los acontecimientos, no evita la fatiga de la decisión. Y esto sucede sea en la elección fundamental que cambiará su vida: María dijo entonces: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Cfr. Lc 1,38), sea en las decisiones más cotidianas, pero ricas también ellas de sentido. Me viene en mente el episodio de la bodas de Caná (cfr. Jn 2,1-11): aquí también se ve el realismo, la humanidad, lo concreto de María, que está atenta a los hechos, a los problemas; ve y comprende la dificultad de aquellos dos jóvenes esposos a los que viene a faltar el vino de la fiesta, reflexiona y sabe que Jesús puede hacer algo, y decide dirigirse al Hijo para que intervenga: "Ya no tienen vino" (cfr. v. 3).

En la vida es difícil tomar decisiones, a menudo tendemos a posponerlas, a dejar que otros decidan en nuestro lugar, a menudo preferimos dejarnos arrastrar por los acontecimientos, seguir la moda del momento; a veces sabemos lo que tenemos que hacer, pero no tenemos el coraje o nos parece demasiado difícil porque quiere decir ir contracorriente. María en la anunciación, en la Visitación, en las bodas de Caná va contracorriente; se pone a la escucha de Dios, reflexiona y busca comprender la realidad, y decide confiarse totalmente en Dios, decide visitar, aun estando embarazada, a la anciana pariente, decide confiarse al Hijo con insistencia, para salvar la alegría de la boda.

3. Acción. María salió de viaje y “fue sin demora”(cfr Lc 1,39). El domingo pasado subrayé este modo de hacer de María: a pesar de las dificultades, las críticas que habrá recibido por su decisión de partir, no se detuvo delante de nada. Y aquí parte "sin demora". En la oración, delante de Dios que habla, en reflexionar y meditar sobre los hechos de su vida, María no tiene prisa, no se deja tomar por el momento, no se deja arrastrar por los acontecimientos. Pero cuando tiene claro qué cosa Dios le pide, lo que tiene que hacer, no tarda, no retarda, sino que va "sin demora". San Ambrosio comenta: "la gracia del Espíritu Santo no comporta lentitudes" (Expos. Evang. sec. Lucam, II, 19: PL 15,1560). El actuar de María es una consecuencia de su obediencia a las palabras del ángel, pero unida a la caridad: va a Isabel para hacerse útil; y en este salir de su casa, de sí misma, por amor, lleva cuanto tiene de más precioso: Jesús; lleva a su Hijo.

A veces, también nosotros nos paramos a escuchar, a reflexionar sobre lo que deberíamos hacer, quizás también tenemos clara la decisión que tenemos que tomar, pero no pasamos a la acción. Y sobre todo no nos ponemos en juego a nosotros mismos moviéndonos "sin demora" hacia los otros para llevarles nuestra ayuda, nuestra comprensión, nuestra caridad; para también llevar nosotros como María, lo que tenemos de más precioso y que hemos recibido, Jesús y su Evangelio, con la palabra y sobre todo con el testimonio concreto de nuestro actuar.

Escucha, decisión, acción

María, mujer de la escucha, abre nuestros oídos; haz que sepamos escuchar la Palabra de tu Hijo Jesús entre las mil palabras de este mundo; haz que sepamos escuchar la realidad en la que vivimos, cada persona que encontramos, especialmente aquella que es pobre, necesitada, en dificultad.

María, mujer de la decisión, ilumina nuestra mente y nuestro corazón, para que sepamos obedecer a la Palabra de tu Hijo Jesús, sin titubeos; dónanos el coraje de la decisión, de no dejarnos arrastrar para que otros orienten nuestra vida.

María, mujer de la acción, haz que nuestras manos y nuestros pies se muevan "sin demora" hacia los otros, para llevar la caridad y el amor de tu Hijo Jesús, para llevar, como tú, en el mundo la luz del Evangelio. Amén.

Traducción del italiano de Radio Vaticano


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Zenit nos ofrece  un extracto de la homilía pronunciada por monseñor Javier Martínez, arzobispo de Granada, con motivo de la celebración ayer jueves en Granada del Corpus Christi.

 

Hoy es un día especialmente grande para nuestra con unidad cristiana, para el pueblo cristiano de Granada. Y es un día grande porque expresa, como expresa la fiesta del Corpus Christi, en un solo gesto, en una sola celebración, todo el misterio del designio salvador de Dios, todo el fruto de esa historia de salvación, de esa historia de amor, que culmina en la buena noticia de la encarnación del hijo de Dios, la buena noticia del Evangelio que sigue siendo buena noticia para nosotros hoy en estos comienzos del siglo XXI.

¿Cuál es esa buena noticia?: Que Dios está con nosotros. (…) Dios ha querido abrazarnos en nuestra pobre humanidad, en nuestra humanidad tantas veces mezquina, miserable, calculadora, manipuladora… esta humanidad nuestra tan pequeña, tan condicionada por nuestra realidad mortal y pecadora. Sin embargo, el Señor no se ha avergonzado, como decía un Padre de la Iglesia, como un médico limpio de bajar hasta nuestras llagas, besarlas, mancharse con ellas, curarlas…, con su abrazo. Y ese abrazo ha querido el Señor que permanezca para siempre. El pan de vida, que es el centro de nuestra celebración, es, justamente, el signo de la fidelidad de Dios. Le llamamos pan de vida (…) porque el pan es el alimento básico con que los hombres nos alimentamos cuando no hay otra cosa; el pan es tan necesario como el aire, y resumimos en la palabra pan lo que significa nutrición, alimento, tan necesario como el aire o el agua para vivir. (…)

Vida de nuestra vida

Celebrar el pan de vida es celebrar que sin tu Presencia, Señor, sin tu compañía, sin el don que Tú nos haces de tu vida, nuestras vidas se secan, se empobrecen, se mueren. Y llamarlo pan de vida indica que ese alimento es la vida de nuestra vida. ¿Y cuál es la vida de nuestra vida?: el amor. ¿Qué es lo que realmente nos sostiene en la vida -también en nuestra experiencia-, hace la vida digna de ser vivida, hace las fatigas de la vida dignas de ser afrontadas, hace los dolores de la vida dignos de ser soportados?: el amor. (…)

El amor verdadero es una condición tan indispensable para la vida humana, para la convivencia humana, para la construcción de una civilidad humana, de una ciudad humana, como el pan, el agua, o el aire. Una sociedad sin amor es una sociedad que se muere. Y nosotros tenemos el secreto del amor, el don del amor. Cuando vamos a sacar el Santísimo Sacramento por nuestras calles lo que estamos acercando a nuestras casas, a nuestras vidas, a nuestras ciudades, a nuestros hermanos ciudadanos -incluso no creyentes, que, a veces, se acercan por curiosidad a ver qué es lo que hacemos, qué es lo que vivimos o celebramos-, entenderán lo que entiendan, pero podrían tal vez ver que en torno a Cristo nos sentimos todos una sola familia, nos sentimos todos hermanos. Como nos hemos sentido, hace muy pocos días, con la Peregrinación María Reina de Granada, desde la Catedral a la Basílica de las Angustias; en torno al Señor y a Su Madre el amor crece.

Por eso, el pan de vida es pan de vida porque sostiene nuestra vida en su humanidad más grande; porque es de una manera misteriosa: diréis, pero cómo en ese pequeño trozo de pan puede estar algo tan grande como el amor de Dios por nuestra humanidad miserable, tan pobre, tan pequeña, tan numerosa que sería imposible para nosotros imaginar un amor que pudiera abrazar a todos los hombres. Eso es un reflejo de la dificultad que tenemos para imaginar la trascendencia y la infinitud de Dios, porque el amor de Dios nos ama a todos, pero no a todos como un conjunto del que tocamos a una parte, sino que nos ama a todos con un amor infinito para cada uno y ese amor no disminuye. Eso significa que Dios es Dios, eso significa la infinitud del amor de Dios.

Yo puedo pasarme la vida eterna bebiendo de ese amor hasta saciarme, y tal y como estamos hechos jamás me saciaré del todo, podré estar la vida eterna bebiendo y el océano del amor de Dios no habrá disminuido ni en una sola gota. Ése es el Dios que nosotros conocemos, el Dios que es no sólo poder, ni principalmente poder, sino el Dios que es amor, y capaz por lo tanto de transformar una vida humana necesitada de amor justamente en un pueblo que tiene por ley nada más que eso. Cuando el Señor quiso resumir en una sola expresión qué es lo que Dios espera de nosotros: que amemos a Dios con todas nuestras fuerzas -sean muchas o pocas-, con todo nuestro ser y que nos amemos unos a otros como a nosotros mismos, como Él nos ama a nosotros. Porque también nuestro amor es capaz de crecer siempre.

Celebramos por lo tanto, al adorar el pan de vida, el secreto de la vida humana, que es imagen de la vida divina, el secreto de nuestra vida, que nos es posible vivir y realizar en nuestro modo de ser pequeño justamente porque el amor infinito de Dios permanece con nosotros, todos los días hasta el fin del mundo (…), sin que mis pecados, y mis torpezas, y mis limitaciones sean obstáculo para que ese amor pueda entregarse a mí, darse a mí con la misma frescura que el día primero de la creación. (…)

Quisiera que todos fuéramos conscientes de que la presencia eucarística, esa fidelidad de Cristo, está vinculada también al ministerio sacerdotal, al ministerio apostólico. Y que le pidamos al Señor no sólo que nos dé sacerdotes, sino que nosotros los sacerdotes podamos aprender del Sacramento de la Eucaristía que también la regla de nuestra vida es justamente la que recordamos cada vez que consagramos el pan y el vino: el dar nuestra vida por la vida del pueblo.

El Sacramento de la Eucaristía y el Sacramento del Orden Sacerdotal son dos caras de un mismo sacramento: de la fidelidad del Señor, del amor y de la misericordia del Señor. Pero el sacerdote tiene que hacer de su vida, de su persona misma, el don que para el pueblo cristiano y para el mundo significa el Sacramento de la Eucaristía. En la Eucaristía está de una manera absolutamente fiel. Aunque un sacerdote indigno me diera a comulgar, cuando yo comulgo recibo el Cuerpo de Cristo, de una manera indefectible.

El sacramento del sacerdocio es un sacramento, en cambio, que cuenta con la libertad del hombre, necesita la liberad del hombre para realizarse. Cristo perdona siempre que un sacerdote perdona, y el pan y el vino se consagran cada vez que un sacerdote consagra, aunque sea indigno. Pero el pueblo cristiano tiene necesidad de ver en el sacerdote lo mismo, sólo que hecho humanidad, hecho carne, hecho humanidad tangible, lo mismo que ve, lo mismo que adoramos esta mañana en la Eucaristía. Son dos caras de la misma fidelidad de Dios.

El sacerdote está hecho para gastar su vida por este pueblo que es lo más bello que hay en la tierra, por la Iglesia de Dios que es el germen de la ciudad del cielo, por la Iglesia de Dios, que sois vosotros, que es el fruto de la redención, y de la muerte y resurrección de Cristo, que es la criatura más bella que ha existido jamás. A esa criatura nosotros le debemos la vida. (…)

Esta homilía puede escucharse también en internet: http://www.ivoox.com/homilia-mons-martinez-eucaristia-del-audios-mp3_rf_2090652_1.html.


Publicado por verdenaranja @ 21:43  | Espiritualidad
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S?bado, 01 de junio de 2013

Reflexión a las leturas de la solemnidad del Corpus Christi - C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

Solemnidad del “Corpus” C 

Desde antiguo, los cristianos acostumbramos a considerar en la Eucaristía tres cosas: Presencia sacramental de Cristo, Sacrificio Pascual del  Señor y Banquete de los cristianos.

La Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, que celebramos este domingo, trasladada del jueves, centra su atención en estas tres realidades.

Desde el origen de esta Fiesta, se ha querido subrayar, de un modo especial, la presencia de Cristo en la Eucaristía, también fuera de la Santa Misa. En la procesión con el Santísimo, tan característica del Corpus, se hacen todos los esfuerzos para conseguirlo. Y los cristianos veneramos y adoramos constantemente la presencia de Cristo en el Sagrario y en las demás celebraciones eucarísticas.

Esta presencia de Cristo tiene su origen en  el “memorial” de la Cena Pascual que se renueva, se actualiza, en el altar cada vez que se celebra la Santa Misa. Es lo que escuchamos en la segunda lectura de hoy: “Cada vez que coméis de este Pan y bebéis del Cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”.

El sacrificio de pan y vino que ofrece Melquisedec (1ª lect.) prefigura el Sacrificio de Cristo bajo las especies de pan y de vino. Es el Cuerpo “que se entrega”,  es la Sangre “que se derrama” para el perdón de los pecados.

Pero al tratar de la Eucaristía, nunca podemos olvidar que este Misterio es siempre comida y bebida, la más grande, sabrosa y sagrada, del pueblo cristiano.

          En el Evangelio de hoy contemplamos cómo los discípulos están preocupados por la comida de aquel inmenso gentío y van a decírselo al Señor. Hace falta que vayan a los lugares cercanos donde puedan  encontrarla. Nosotros como ellos, constatamos  que sin alimento no hay vida. Y cuando Jesús se decide a darles de comer a todos, pronuncia una bendición que recuerda la de la Última Cena.

Hoy y siempre deben resonar en nuestros corazones las palabras del Señor de aquella noche: “Tomad y comed…” “Tomad y bebed…”

          Ya sabemos que la solemnidad del Corpus es Jornada Nacional de Caridad. Es normal que sea así, porque la Eucaristía es signo y fuente de amor. Y después de la comunión eucarística, el cristiano “tiene que demostrar con obras de caridad, piedad y apostolado lo que ha recibido por la fe y el sacramento”.

          Cristo, con aquel milagro, nos manifiesta que el Reino de Dios no consiste sólo palabras, sino también en pan y salud. Por eso Él proclama: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás vendrá por añadidura”. (Mt 6, 33).

          Por eso, en medio de tantas necesidades de todo tipo, que la crisis económica acrecienta y acentúa, los cristianos hemos de considerar también dirigido a nosotros lo que dice Jesucristo a los discípulos en el Evangelio de esta gran Solemnidad: “Dadles vosotros de comer”.

       ¡FELIZ DOMINGO! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!      


Publicado por verdenaranja @ 11:49  | Espiritualidad
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SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (C) 

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

        El pan y el vino que ofrece Melquisedec prefiguran el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, que ofreció en la Última Cena y se actualiza en la celebración de la Eucaristía.

 

SEGUNDA LECTURA

Escuchemos ahora el testimonio más antiguo que conocemos, de la Institución de la Eucaristía, como “memorial” de la Muerte y Resurrección del Señor. “Memorial”, es decir un recuerdo que se hace presente.

 

TERCERA LECTURA

        La Iglesia contempla en la multiplicación de los panes, de la que nos habla el Evangelio, un anuncio de la Eucaristía: "Comieron todos y se saciaron y recogieron las sobras..."

        Acojamos al Señor que nos habla en el Evangelio, con el canto del Aleluya.

 

OFRENDAS

        El Día Nacional de Caridad que celebramos, pone delante de nuestros ojos una serie inmensa de necesidades, problemas, tragedias humanas... "Dadles vosotros de comer" nos dice el Señor. Seamos generosos en la colecta.

 

COMUNIÓN

        En la Comunión recibimos el "Corpus Christi", el Cuerpo de Cristo, como alimento y fuerza de nuestra vida cristiana. Ojalá sepamos alimentarnos con este Pan del Cielo cada vez mejor preparados.

 


Publicado por verdenaranja @ 11:44  | Liturgia
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