Lunes, 15 de julio de 2013

Reflexión a las lecturas del domingo quince del Tiempo Ordinario - C, ofrecida por el sacerdote don Juan Manuel Pérez Piñero bajoel epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 15º del T. Ordinario C

 

La pregunta que aquel escriba le hace a Jesús, con mala intención, pone delante de nuestros ojos la cuestión  fundamental y decisiva de nuestra existencia: ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Por eso, tendríamos que comenzar nuestra reflexión, haciendo una profesión de fe “en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro”. Y Jesucristo le responde: “¿qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”  De este modo, se nos recuerda la importancia y trascendencia de la Ley, de la Palabra de Dios. Recuerda la afirmación de Pedro: “¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

        El escriba le contesta con la formulación del primer mandamiento y del segundo. Y Jesucristo le responde: “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida”. Todo parece un eco de la primera lectura: “El precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable”. No está en el cielo ni más allá del mar… “El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo”.

        ¡Qué importante, qué trascendental es todo esto!

        El escriba quiere justificarse, como nosotros tantas veces, y le dice: “¿y quién es mi prójimo?”

        Entonces Jesús le cuenta la parábola impresionante y hermosa del buen samaritano, para explicarle que lo fundamental no es saber quién es el prójimo, sino comportarnos como prójimo de los demás. En definitiva, ¿de qué vale saber quién es mi prójimo si, a la hora de la verdad, doy un rodeo y paso de largo, como el sacerdote y el levita?

        Y Jesucristo es el verdadero buen samaritano de la parábola, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal; que, compadecido de la humanidad herida por el pecado, se hizo hombre y murió por nosotros; que también hoy “se acerca a todo hombre que sufre en su cuerpo o en su espíritu, y cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza”.

Y nosotros, los cristianos, lo reconocemos también, misteriosamente presente, en todo hombre herido, al borde del camino de la existencia.

¡Jesucristo!  Él es, por tanto,  el buen samaritano, Él es el herido, su Iglesia es la posada, Él, por su Espíritu, es el aceite y el vino, Él es el Maestro y el Señor. A Él la gloria ahora y siempre y por todos los siglos. Amén.       

                

¡FELIZ DOMINGO! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 20:32  | Liturgia
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