Lunes, 29 de julio de 2013

Zenit nos ofrece las palabras del Papa Francisco en la vigilia de la Jornada Mundial de la Juventud, en la playa de Copacabana.

Queridos jóvenes

Hemos recordado hace poco la historia de San Francisco de Asís. Ante el crucifijo oye la voz de Jesús, que le dice: «Ve, Francisco, y repara mi casa». Y el joven Francisco responde con prontitud y generosidad a esta llamada del Señor: reparar su casa. Pero, ¿qué casa? Poco a poco se da cuenta de que no se trataba de hacer de albañil y reparar un edificio de piedra, sino de dar su contribución a la vida de la Iglesia; se trataba de ponerse al servicio de la Iglesia, amándola y trabajando para que en ella se reflejara cada vez más el rostro de Cristo.

También hoy el Señor sigue necesitando a los jóvenes para su Iglesia. Queridos jóvenes, el Señor los necesita.  También hoy llama a cada uno de ustedes a seguirlo en su Iglesia y a ser misioneros. Queridos jóvenes, el Señor hoy los llama, no al montón, a vos, a vos, a vos, a vos, a cada uno. Escuchen en el corazón que les dice.  Pienso que podemos aprender algo de lo que pasó en estos días. Como tuvimos que cancelar por el mal tiempo la realización de esta vigilia en el Campus Fidei en Guaratiba. ¿No estaría el Señor queriendo decirnos que el verdadero campo de la fe, el verdadero Campus Fidei no es lugar geográfico sino que somos nosotros? Sí es verdad, cada uno de nosotros, cada uno de ustedes, yo, todos. Y ser discípulo misionero significa saber que somos el campo de la fe de Dios. Por eso, a partir de la imagen del campo de fe pensé en tres imágenes que nos pueden ayudar a entender mejor lo que significa ser un discípulo misionero. La primera imagen el campo como lugar donde se siembra, la segunda el campo como lugar de entrenamiento y la tercera el campo como obra de construcción.

1. El campo como lugar donde se siembra. Todos conocemos la parábola de Jesús que habla de un sembrador que salió a sembrar en un campo; algunas simientes cayeron al borde del camino, entre piedras o en medio de espinas, y no llegaron a desarrollarse; pero otras cayeron en tierra buena y dieron mucho fruto (cf. Mt 13,1-9). Jesús mismo explicó el significado de la parábola: La simiente es la Palabra de Dios sembrada en nuestro corazón (cf. Mt 13,18-23). Hoy, todos los días, pero hoy de manera especial, Jesús siembra. Cuando aceptamos la palabra de Dios entonces somos el campo de la fe. Por favor, dejen que Cristo y su palabra entren en su vida. Dejen entrar la simiente de la palabra de Dios, dejen que germine, dejen que crezca. Dios hace todo, pero ustedes déjenlo hacer, dejen que Él trabaje en ese crecimiento.

Jesús nos dice que las simientes que cayeron al borde del camino, o entre las piedras y en medio de espinas, no dieron fruto.  Creo que con honestidad podemos hacernos la pregunta ¿Qué clase de terreno somos, que clase de terreno queremos ser? Quizás a veces somos como el camino: escuchamos al Señor, pero no cambia nada en la vida, porque nos dejamos atontar por tantos reclamos superficiales que escuchamos. Yo les pregunto, pero no contesten ahora, cada uno contesta en su corazón. ¿Yo soy un joven, una joven atontado?  ¿O somos como el terreno pedregoso: acogemos a Jesús con entusiasmo, pero somos inconstantes ante las dificultades, no tenemos el valor de ir contracorriente? Cada uno contestamos en nuestro corazón ¿tengo valor o soy cobarde?  ¿O somos como el terreno espinoso: las cosas, las pasiones negativas sofocan en nosotros las palabras del Señor? (cf. Mt 13,18-22). ¿Tengo en mi corazón la costumbre de jugar a dos puntas y quedar bien con Dios y quedar bien con el diablo? ¿Quieres recibir la semilla de Jesús y a la vez regar las espinas y los yuyos que nacen en mi corazón? Cada uno en silencio se contesta.  Hoy, sin embargo yo estoy seguro de que la simiente puede caer en buena tierra. ¡Escuchamos estos testimonios, como la simiente cayó en buena tierra! No padre, yo no soy buena tierra, soy una calamidad, estoy lleno de piedras de espinas y de todo. Sí puede que eso esté ahí arriba pero haz un pedacito, un cachito de buena tierra y deja que caiga allí y vas a ver cómo germina. Yo sé que ustedes quieren ser buena tierra, cristianos en serio, no cristiano a medio tiempo, no cristianos «almidonados», con la nariz así que parecen cristianos  y en el fondo no hacen nada, no cristianos de fachada. Esos cristianos que son pura facha, sino cristianos auténticos. Sé que ustedes no quieren vivir en la ilusión de una libertad chirle, que se deja arrastrar por la moda y las conveniencias del momento. Sé que ustedes apuntan a lo alto, a decisiones definitivas que den pleno sentido. ¿Es así o me equivoco? ¿Es así? Bueno si es así hagamos una cosa todos en silencio, miremos el corazón y cada uno dígale a Jesús que quiere recibir la semilla, dígale a Jesús; mira Jesús las piedras que hay, mira las espinas, mira los yuyos, pero mira este cachito de tierra que te ofrezco para que entre la semilla. En silencio dejamos entrar la semilla de Jesús. Acuérdense de este momento, cada uno sabe el nombre de la semilla que entró, déjenla crecer y Dios la va a cuidar.   

2. El campo además de ser lugar de siembra es lugar de entrenamiento. Jesús nos pide que le sigamos toda la vida, nos pide que seamos sus discípulos, que «juguemos en su equipo». La mayoría de ustedes les gusta el deporte. Y aquí, en Brasil, como en otros países, el fútbol es una pasión nacional. ¿Sí o no? Pues bien, ¿qué hace un jugador cuando se le llama para formar parte de un equipo? Tiene entrenarse y entrenarse mucho. Así es en nuestra vida de discípulos del Señor. San Pablo escribiendo a los cristianos nos dice: «Los atletas se privan de todo, y lo hacen para obtener una corona que se marchita; nosotros, en cambio, por una corona incorruptible» (1 Co 9,25). ¡Jesús nos ofrece algo más grande que la Copa del Mundo, algo más grande que la Copa del Mundo!  Jesús nos ofrece la posibilidad de una vida fecunda,  una vida feliz, y también un futuro con él que no tendrá fin, la vida eterna. Es lo que nos ofrece Jesús. Pero nos pide que  paguemos la entrada, y la entrada es que nos entrenemos para «estar en forma», para afrontar sin miedo todas las situaciones de la vida, dando testimonio de nuestra fe. A través del diálogo con él: la oración. Padre, ¿ahora no nos va a hacer rezar a todos no? Les pregunto, pero contestan en su corazón, no en voz alta, en silencio. ¿Yo rezo?, cada uno se contesta. ¿Yo hablo con Jesús?  ¿O le tengo miedo al silencio? ¿Dejo que el Espíritu Santo hable en mi corazón? Yo le pregunto a Jesús, ¿que quieres que haga? ¿qué quieres de mi vida? Esto es entrenarse, pregúntele a Jesús, hablen con Jesús. Y si cometen un error en la vida, si se pegan un resbalón, si hacen algo que está mal, ¡no tengan miedo!  Jesús mira lo que hice, ¿qué tengo que hacer ahora? Pero siempre hablen con Jesús, en las buenas y en las malas. Cuando hacen una cosa buena y cuando hacen una cosa mala.  No le tengan miedo y con eso se van entrenando en el diálogo con Jesús en este discipulado misionero.  Y también a través de los sacramentos, que hacen crecer en nosotros su presencia. A través del amor fraterno, del saber escuchar, comprender, perdonar, acoger, ayudar a los otros, a todos, sin excluir y sin marginar. Estos son los entrenamientos para seguir a Jesús: la oración,  los sacramentos y la ayuda a los demás, el servicio a los demás. ¡Lo repetimos juntos todos! Oración, sacramentos y ayuda a los demás. No se oyó bien, otra vez.

Y tercero  El campo como obra en construcción.  Acá estamos viendo como se ha construido esto aquí. Se empezaron a mover los muchachos, las chicas, movieron y construyeron una iglesia.  Cuando nuestro corazón es una tierra buena que recibe la Palabra de Dios, cuando «se suda la camiseta», tratando de vivir como cristianos, experimentamos algo grande: nunca estamos solos, formamos parte de una familia de hermanos que recorren el mismo camino: somos parte de la Iglesia. Estos muchachos, estas chicas no estaban solos, en conjunto hicieron un camino y construyeron la iglesia, en conjunto hicieron lo de san Francisco, construir y reparar la iglesia. Les pregunto, ¿quieren construir la Iglesia? ¿Se animan? ¿Y mañana se van a olvidar de este sí que dijeron? ¡Así me gusta! Somos parte de la Iglesia, más aún, nos convertimos en constructores de la Iglesia y protagonistas de la historia. Chicos y chicas,  por favor, no se metan en la cola de la historia, ¡sean protagonistas!  Jueguen para adelante, pateen adelante, construyan  un mundo mejor, un mundo de hermanos, un mundo de justicia, de amor,  de paz de fraternidad, de solidaridad. Jueguen  adelante siempre.  San Pedro nos dice que somos piedras vivas que forman una casa espiritual (cf. 1 P 2,5). Y mirando este palco, vemos que tiene forma de una iglesia construida con piedras vivas. En la Iglesia de Jesús, las piedras vivas somos nosotros y Jesús nos pide que edifiquemos su Iglesia. Cada uno de nosotros es una piedra viva,  un pedacito de la construcción y si falta ese pedacito cuando viene la lluvia entra la gotera y se mete el agua dentro de la casa. Cada pedacito vivo tiene que cuidar la unidad y la seguridad de la Iglesia. Y no construir una pequeña capilla donde sólo cabe un grupito de personas. Jesús nos pide que su Iglesia sea tan grande que pueda alojar a toda la humanidad, que sea la casa de todos. Jesús me dice a mí, a vos, a cada uno: «Vayan, y hagan discípulos a todas las naciones». Esta tarde, respondámosle: Sí Señor, también yo quiero ser una piedra viva; juntos queremos construir la Iglesia de Jesús. Quiero ir y ser constructor de la Iglesia de Cristo. ¿Se animan a repetirlo? Quiero ir y ser constructor de la Iglesia de Cristo. ¡A ver ahora! Esto lo van a pensar ¿eh? Esto que dijeron juntos. Tu corazón joven quiere construir un mundo mejor. Sigo las noticias del mundo y veo que tantos jóvenes que, en muchas partes del mundo, han salido por las calles para expresar el deseo de una civilización más justa y fraterna. Los jóvenes en la calle, son jóvenes que quieren ser protagonistas del cambio. Por favor, no dejen que otros sean los protagonistas del cambio, ustedes son los que tienen el futuro. Ustedes, por ustedes, entra el futuro en el mundo. A ustedes les pido que también sean protagonistas de este cambio. Sigan superando la apatía y ofreciendo una respuesta cristiana a las inquietudes sociales y políticas que se van planteando en diversas partes del mundo. Les pido que sean constructores del futuro, que se metan en el trabajo por un mundo mejor. Queridos jóvenes, por favor, no balconeen  la vida, métanse en ella. Jesús no se quedó en el balcón, se metió. No balconeen la vida, métanse en ella como hizo Jesús.  Sin embargo, queda la pregunta: ¿Por dónde empezamos? ¿A quién le pedimos que empiece esto? ¿Por dónde empezamos?  Una vez le preguntaron a la Madre Teresa qué era lo que había que cambiar en la Iglesia, para empezar, ¿por qué pared de la Iglesia empezamos? ¿Por dónde le dijeron, madre, hay que empezar? Por vos y por mí, contestó ella. Tenía garra esta mujer, sabía por donde había que empezar. Hoy también le robo la palabra a la Madre Teresa y te digo ¿empezamos? ¿por dónde? Por vos y por mí. Cada uno en silencio otra vez, pregúntese si tengo que empezar por mí, por dónde empiezo. Cada uno abra su corazón para que Jesús le diga por dónde empiezo.  

Queridos amigos, no se olviden: ustedes son el campo de la fe. Ustedes son los atletas de Cristo. Ustedes son los constructores de una Iglesia más hermosa y de un mundo mejor. Levantemos nuestros ojos hacia la Virgen. Ella nos ayuda a seguir a Jesús, nos da ejemplo con su «sí» a Dios: «Aquí está la esclava del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho» (Lc 1,38). Se lo digamos también nosotros a Dios, junto con María: Hágase en mí según tu palabra. Que así sea.


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Zenit nos participa las palabras que el papa Francisco ha dirigido a los presentes antes de rezar el Ángelus,  al finalizar la misa de clausura de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud.

Queridos hermanos y hermanas,

Al final de esta celebración eucarística, con la que hemos elevado a Dios nuestro canto de alabanza y gratitud por cada gracia recibida durante esta Jornada Mundial de la Juventud, quisiera agradecer de nuevo a monseñor Orani Tempesta y al cardenal Rylko las palabras que me han dirigido. Les agradezco también a ustedes, queridos jóvenes, todas las alegrías que me han dado en estos días. ¡Gracias! Llevo a cada uno de ustedes en mi corazón. Ahora dirigimos nuestra mirada a la Madre del cielo, la Virgen María. En estos días, Jesús les ha repetido con insistencia la invitación a ser sus discípulos misioneros; han escuchado la voz del Buen Pastor que les ha llamado por su nombre y han reconocido la voz que les llamaba (cf. Jn 10,4). ¿No es verdad que, en esta voz que ha resonado en sus corazones, han sentido la ternura del amor de Dios? ¿Han percibido la belleza de seguir a Cristo, juntos, en la Iglesia? ¿Han comprendido mejor que el evangelio es la respuesta al deseo de una vida todavía más plena? (cf. Jn 10,10).

La Virgen Inmaculada intercede por nosotros en el Cielo como una buena madre que cuida de sus hijos. Que María nos enseñe con su vida qué significa ser discípulo misionero. Cada vez que rezamos elÁngelus, recordamos el evento que ha cambiado para siempre la historia de los hombres. Cuando el ángel Gabriel anunció a María que iba a ser la Madre de Jesús, del Salvador, ella, aun sin comprender del todo el significado de aquella llamada, se fió de Dios y respondió: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Pero, ¿qué hizo inmediatamente después? Después de recibir la gracia de ser la Madre del Verbo encarnado, no se quedó con aquel regalo; se sintió responsable y marchó, salió de su casa y se fue rápidamente a ayudar a su pariente Isabel, que tenía necesidad de ayuda (cf. Lc 1,38-39); realizó un gesto de amor, de caridad y de servicio concreto, llevando a Jesús en su seno. Y este gesto lo hizo diligentemente.

Queridos amigos, éste es nuestro modelo. La que ha recibido el don más precioso de parte de Dios, como primer gesto de respuesta se pone en camino para servir y llevar a Jesús. Pidamos a la Virgen que nos ayude también a nosotros a llevar la alegría de Cristo a nuestros familiares, compañeros, amigos, a todos. No tengan nunca miedo de ser generosos con Cristo. ¡Vale la pena! Salgan y vayan con valentía y generosidad, para que todos los hombres y mujeres encuentren al Señor.

Queridos jóvenes, tenemos una cita en la próxima Jornada Mundial de la Juventud, en 2016, en Cracovia, Polonia. Pidamos, por la intercesión materna de María, la luz del Espíritu Santo para el camino que nos llevará a esta nueva etapa de gozosa celebración de la fe y del amor de Cristo.

Ahora recemos juntos…


Publicado por verdenaranja @ 17:36  | Habla el Papa
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Zenit publica y nos ofrece las palabras que el papa ha pronunciado en la homilía de la misa de clausura de la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro, en la playa de Copacabana, el domingo 28 de Julio de 2013.

Queridos hermanos y hermanas,
queridos jóvenes

«Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos». Con estas palabras, Jesús se dirige a cada uno de ustedes diciendo: «Qué bonito ha sido participar en la Jornada Mundial de la Juventud, vivir la fe junto a jóvenes venidos de los cuatro ángulos de la tierra, pero ahora tú debes ir y transmitir esta experiencia a los demás». Jesús te llama a ser discípulo en misión. A la luz de la palabra de Dios que hemos escuchado, ¿qué nos dice hoy el Señor? ¿qué nos dice hoy el Señor? Tres palabras: Vayan, sin miedo, para servir.

1. Vayan. En estos días aquí en Río, han podido experimentar la belleza de encontrar a Jesús y de encontrarlo juntos, han sentido la alegría de la fe. Pero la experiencia de este encuentro no puede quedar encerrada en su vida o en el pequeño grupo de la parroquia, del movimiento o de su comunidad. Sería como quitarle el oxígeno a una llama que arde. La fe es una llama que se hace más viva cuanto más se comparte, se transmite, para que todos conozcan, amen y profesen a Jesucristo, que es el Señor de la vida y de la historia (cf. Rm 10,9).

Pero ¡cuidado! Jesús no ha dicho: si quieren, si tienen tiempo vayan, sino que dijo: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos». Compartir la experiencia de la fe, dar testimonio de la fe, anunciar el evangelio es el mandato que el Señor confía a toda la Iglesia, también a ti; es un mandato que no nace de la voluntad de dominio, de la voluntad de poder, sino de la fuerza del amor, del hecho que Jesús ha venido antes a nosotros y nos ha dado, no nos dio algo de sí, sino se nos dio todo él, él ha dado su vida para salvarnos y mostrarnos el amor y la misericordia de Dios. Jesús no nos trata como a esclavos, sino como a personas libres, amigos, hermanos; y no sólo nos envía, sino que nos acompaña, está siempre a nuestro lado en esta misión de amor.

¿Adónde nos envía Jesús? No hay fronteras, no hay límites: nos envía a todos. El evangelio no es para algunos sino para todos. No es sólo para los que nos parecen más cercanos, más receptivos, más acogedores. Es para todos. No tengan miedo de ir y llevar a Cristo a cualquier ambiente, hasta las periferias existenciales, también a quien parece más lejano, más indiferente. El Señor busca a todos, quiere que todos sientan el calor de su misericordia y de su amor.

En particular, quisiera que este mandato de Cristo: «Vayan», resonara en ustedes jóvenes de la Iglesia en América Latina, comprometidos en la misión continental promovida por los obispos. Brasil, América Latina, el mundo tiene necesidad de Cristo. San Pablo dice: «¡Ay de mí si no anuncio el evangelio!» (1 Co 9,16). Este continente ha recibido el anuncio del evangelio, que ha marcado su camino y ha dado mucho fruto. Ahora este anuncio se os ha confiado también a ustedes, para que resuene con renovada fuerza. La Iglesia necesita de ustedes, del entusiasmo, la creatividad y la alegría que les caracteriza. Un gran apóstol de Brasil, el beato José de Anchieta, se marchó a misionar cuando tenía sólo diecinueve años. ¿Saben cuál es el mejor medio para evangelizar a los jóvenes? Otro joven. ¡Éste es el camino que ha de ser recorrido por ustedes!

2. Sin miedo. Puede que alguno piense: «No tengo ninguna preparación especial, ¿cómo puedo ir y anunciar el evangelio?». Querido amigo, tu miedo no se diferencia mucho del de Jeremías, escuchamos en la lectura recién, cuando fue llamado por Dios para ser profeta: «¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que sólo soy un niño». También Dios les dice a ustedes lo que le dijo a Jeremías: «No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte» (Jr 1,6.8). Él está con nosotros.

«No tengan miedo». Cuando vamos a anunciar a Cristo, es él mismo el que va por delante y nos guía. Al enviar a sus discípulos en misión, ha prometido: «Yo estoy con ustedes todos los días» (Mt 28,20). Y esto es verdad también para nosotros. Jesús no nos deja solos, nunca deja solo a nadie. Nos acompaña siempre.

Además, Jesús no dijo: «Andá», sino «Vayan»: somos enviados juntos. Queridos jóvenes, sientan la compañía de toda la Iglesia, y también la comunión de los santos, en esta misión. Cuando juntos hacemos frente a los desafíos, entonces somos fuertes, descubrimos recursos que pensábamos que no teníamos. Jesús no ha llamado a los apóstoles para que vivan aislados, los ha llamado a formar un grupo, una comunidad. Quisiera dirigirme también a ustedes, queridos sacerdotes que concelebran conmigo esta eucaristía: han venido a acompañar a sus jóvenes, y es bonito compartir esta experiencia de fe. Seguro que les ha rejuvenecido a todos. El joven contagia juventud. Pero es sólo una etapa en el camino. Por favor, sigan acompañándolos con generosidad y alegría, ayúdenlos a comprometerse activamente en la Iglesia; que nunca se sientan solos. Y aquí quiero agradecer de corazón a los grupos de pastoral juvenil, a los movimientos y nuevas comunidades que acompañan a los jóvenes en su experiencia de ser Iglesia, tan creativos y tan audaces. ¡Sigan adelante y no tengan miedo!

3. La última palabra: para servir. Al comienzo del salmo que hemos proclamado están estas palabras: «Canten al Señor un cántico nuevo» (95,1). ¿Cuál es este cántico nuevo? No son palabras, no es una melodía, sino que es el canto de su vida, es dejar que nuestra vida se identifique con la de Jesús, es tener sus sentimientos, sus pensamientos, sus acciones. Y la vida de Jesús es una vida para los demás, la vida de Jesús es una vida para los demás. Es una vida de servicio.

San Pablo, en la lectura que hemos escuchado hace poco, decía: «Me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles» (1 Co 9,19). Para anunciar a Jesús, Pablo se ha hecho «esclavo de todos». Evangelizar es dar testimonio en primera persona del amor de Dios, es superar nuestros egoísmos, es servir inclinándose a lavar los pies de nuestros hermanos como hizo Jesús.

Tres palabras: Vayan, sin miedo, para servir. Vayan, sin miedo, para servir. Siguiendo estas tres palabras experimentarán que quien evangeliza es evangelizado, quien transmite la alegría de la fe, recibe más alegría. Queridos jóvenes, cuando vuelvan a sus casas, no tengan miedo de ser generosos con Cristo, de dar testimonio del evangelio. En la primera lectura, cuando Dios envía al profeta Jeremías, le da el poder para «arrancar y arrasar, para destruir y demoler, para reedificar y plantar» (Jr 1,10). También es así para ustedes. Llevar el evangelio es llevar la fuerza de Dios para arrancar y arrasar el mal y la violencia; para destruir y demoler las barreras del egoísmo, la intolerancia y el odio; para edificar un mundo nuevo. Queridos jóvenes: Jesucristo cuenta con ustedes. La Iglesia cuenta con ustedes. El Papa cuenta con ustedes. Que María, Madre de Jesús y Madre nuestra, los acompañe siempre con su ternura: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos». Amén.


Publicado por verdenaranja @ 17:32  | Habla el Papa
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Zenit nos ofrece las emotivas palabras del papa en el Via Crucis de la JMJ 2013. 

Queridísimos jóvenes:

Hemos venido hoy aquí para acompañar a Jesús a lo largo de su camino de dolor y de amor, el camino de la Cruz, que es uno de los momentos fuertes de la Jornada Mundial de la Juventud. Al concluir el Año Santo de la Redención, el beato Juan Pablo II quiso confiarles a ustedes, jóvenes, la Cruz diciéndoles: «Llévenla por el mundo como signo del amor de Jesús a la humanidad, y anuncien a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado hay salvación y redención» (Palabras al entregar la cruz del Año Santo a los jóvenes, 22 de abril de 1984: Insegnamenti VII,1(1984), 1105). Desde entonces, la Cruz ha recorrido todos los continentes y ha atravesado los más variados mundos de la existencia humana, quedando como impregnada de las situaciones vitales de tantos jóvenes que la han visto y la han llevado. Queridos hermanos, nadie puede tocar la Cruz de Jesús sin dejar en ella algo de sí mismo y sin llevar consigo algo de la cruz de Jesús a la propia vida. Esta tarde, acompañando al Señor, me gustaría que resonasen en sus corazones tres preguntas: ¿Qué han dejado ustedes en la Cruz, queridos jóvenes de Brasil, en estos dos años en los que ha recorrido su inmenso país? Y ¿qué ha dejado la Cruz en cada uno de ustedes? Y, finalmente, ¿qué nos enseña para nuestra vida esta Cruz?

1. Una antigua tradición de la Iglesia de Roma cuenta que el apóstol Pedro, saliendo de la ciudad para escapar de la persecución de Nerón, vio que Jesús caminaba en dirección contraria y enseguida le preguntó: «Señor, ¿adónde vas?». La respuesta de Jesús fue: «Voy a Roma para ser crucificado de nuevo». En aquel momento, Pedro comprendió que tenía que seguir al Señor con valentía, hasta el final, pero entendió sobre todo que nunca estaba solo en el camino; con él estaba siempre aquel Jesús que lo había amado hasta morir. Miren, Jesús con su Cruz recorre nuestras calles y carga nuestros miedos, nuestros problemas, nuestros sufrimientos, también los más profundos. Con la Cruz, Jesús se une al silencio de las víctimas de la violencia, que ya no pueden gritar, sobre todo los inocentes y los indefensos; con la Cruz, Jesús se une a las familias que se encuentran en dificultad, y que lloran la trágica pérdida de sus hijos, como en el caso de los doscientos cuarenta y dos jóvenes víctimas en el incendio en la ciudad de Santa María a principios de este año. Rezamos por ellos. Con la Cruz Jesússe une a todas las personas que sufren hambre, en un mundo que, por otro lado, se permite el lujo de tirar cada día toneladas de alimentos. Con la cruz, Jesús está junto a tantas madres y padres que sufren al ver a sus hijos víctimas de paraísos artificiales, como la droga. Con la Cruz,Jesús se une a quien es perseguido por su religión, por sus ideas, o simplemente por el color de su piel; en la Cruz, Jesús está junto a tantos jóvenes que han perdido su confianza en las instituciones políticas porque ven el egoísmo y corrupción, o que han perdido su fe en la Iglesia, e incluso en Dios, por la incoherencia de los cristianos y de los ministros del Evangelio. Cuánto hacen sufrir a Jesús nuestras incoherencia. En la Cruz de Cristo está el sufrimiento, el pecado del hombre, también el nuestro, y Él acoge todo con los brazos abiertos, carga sobre su espalda nuestras cruces y nos dice: ¡Ánimo! No la llevás vos solo. Yo la llevo contigo y yo he vencido a la muerte y he venido a darte esperanza, a darte vida (cf. Jn 3,16).

2. Podemos ahora responder a la segunda pregunta: ¿Qué ha dejado la Cruz en los que la han visto y en los que la han tocado? ¿Qué deja en cada uno de nosotros? Miren, deja un bien que nadie más nos puede dar: la certeza del amor fiel de Dios por nosotros. Un amor tan grande que entra en nuestro pecado y lo perdona, entra en nuestro sufrimiento y nos da fuerza para sobrellevarlo, entra también en la muerte para vencerla y salvarnos. En la Cruz de Cristo está todo el amor de Dios, está su inmensa misericordia. Y es un amor del que podemos fiarnos, en el que podemos creer. Queridos jóvenes, fiémonos de Jesús, confiemos en Él (cf. Lumen fidei, 16). Porque Él nunca defrauda a nadie. Sólo en Cristo muerto y resucitado encontramos la salvación y redención. Con Él, el mal, el sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra, porque Él nos da esperanza y vida: ha transformado la Cruz de ser un instrumento de odio, y de derrota, y de muerte, en un signo de amor, de victoria, de triunfo y de vida.

El primer nombre de Brasil fue precisamente «Terra de Santa Cruz». La Cruz de Cristo fue plantada no sólo en la playa hace más de cinco siglos, sino también en la historia, en el corazón y en la vida del pueblo brasileño, y en muchos otros pueblos. A Cristo que sufre lo sentimos cercano, uno de nosotros que comparte nuestro camino hasta el final. No hay en nuestra vida cruz, pequeña o grande quesea, que el Señor no comparta con nosotros.

3. Pero la Cruz invita también a dejarnos contagiar por este amor, nos enseña así a mirar siempre al otro con misericordia y amor, sobre todo a quien sufre, a quien tiene necesidad de ayuda, a quien espera una palabra, un gesto. La Cruz nos invita a salir de nosotros mismos para ir al encuentro de ellos y tenderles la mano. Muchos rostros, lo hemos visto en el Viacrucis, muchos rostros acompañaron a Jesús en el camino al Calvario: Pilato, el Cireneo, María, las mujeres… Yo te pregunto hoy a vos: Vos, ¿como quien querés ser. Querés ser como Pilato, que no tiene la valentía de ir a contracorriente, para salvar la vida de Jesús, y se lava las manos? Decidme: Vos, sos de los que se lavan las manos, se hacen los distraídos y miran para otro lado, o sos como el Cireneo, que ayuda a Jesús a llevar aquel madero pesado, como María y las otras mujeres, que no tienen miedo de acompañar a Jesús hasta el final, con amor, con ternura. Y vos ¿como cuál de ellos querés ser? ¿Como Pilato, como el Cireneo, como María? Jesús te está mirando ahora y te dice: ¿me querés ayudar a llevar la Cruz?Hermano y hermana, con toda tu fuerza de joven ¿qué le contestás?

Queridos jóvenes, llevemos nuestras alegrías, nuestros sufrimientos, nuestros fracasos a la Cruz de Cristo; encontraremos un Corazón abierto que nos comprende, nos perdona, nos ama y nos pide llevar este mismo amor a nuestra vida, amar a cada hermano o hermana nuestra con ese mismo amor.


Publicado por verdenaranja @ 17:27  | Habla el Papa
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Domingo, 28 de julio de 2013

Zenit nos ofrece la homilía que el papa Francisco ha pronunciado en la misa celebrada en la catedral de Río en la que han participado obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos y seminaristas.

 

Queridos hermanos en Cristo,

Al ver esta catedral llena de obispos, sacerdotes, seminaristas, religiosos y religiosas de todo el mundo, pienso en las palabras del Salmo de la misa de hoy: «Oh Dios, que te alaben los pueblos» (Sal 66). Sí, estamos aquí para alabar al Señor, y lo hacemos reafirmando nuestra voluntad de ser instrumentos suyos, para que alaben a Dios no sólo algunos pueblos, sino todos. Con la misma parresia de Pablo y Bernabé, queremos anunciar el Evangelio a nuestros jóvenes para que encuentren a Cristo y se conviertan en constructores de un mundo más fraterno. En este sentido, quisiera reflexionar con ustedes sobre tres aspectos de nuestra vocación: llamados por Dios, llamados a anunciar el Evangelio, llamados a promover la cultura del encuentro.

1. Llamados por Dios. Creo que es importante reavivar siempre en nosotros este hecho, que a menudo damos por descontado entre tantos compromisos cotidianos: «No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes», dice Jesús (Jn 15,16). Es un caminar de nuevo hasta la fuente de nuestra llamada. Por eso un obispo, un sacerdote, consagrado, una consagrada, un seminarista, no puede ser un desmemoriado. Pierde la referencia esencial al inicio de su camino. Pedir la gracia, pedirle a la Virgen que ella tiene una buena memoria, la gracia de ser memoriosos de ese primer llamado. Hemos sido llamados por Dios y llamados para permanecer con Jesús (cf. Mc 3,14), unidos a él. En realidad, este vivir este permanecer en Cristo marca todo lo que somos y lo que hacemos. Es precisamente «vida en Cristo» lo que garantiza nuestra eficacia apostólica y la fecundidad de nuestro servicio: «Soy yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero» (Jn 15,16). No es la creatividad por más pastoral que sea, no son los encuentros o las planificaciones lo que aseguran los frutos, si ven ayudan y mucho, sino que lo que asegura el fruto es ser fieles a Jesús, que nos dice con insistencia: «Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes» (Jn 15,4). Y sabemos muy bien lo que eso significa: contemplarlo, adorarlo y abrazarlo. En nuestro encuentro cotidiano con él, en la eucaristía, nuestra vida de oración, nuestros momentos de adoración y también reconocerlo presente y abrazarlo en las personas más necesitadas. El «permanecer» con Cristo no significa aislarse, sino un permanecer para ir al encuentro de los otros. Quiero recordar algunas palabras de la beata Madre Teresa de Calcuta, dice así: «Debemos estar muy orgullosos de nuestra vocación, que nos da la oportunidad de servir a Cristo en los pobres. Es en las «favelas», en los «cantegriles», en las «villas miserias» donde hay que ir a buscar y servir a Cristo. Debemos ir a ellos como el sacerdote se acerca al altar: con alegría», hasta aquí la beata. (Mother Instructions, I, p. 80). Jesús es el Buen Pastor, es nuestro verdadero tesoro, por favor, no lo borremos de nuestra vida, enraicemos cada vez más nuestro corazón en él (cf. Lc 12,34).

2. Llamados a anunciar el Evangelio. Muchos de ustedes queridos obispos y sacerdotes, si no todos, han venido para acompañar a los jóvenes a la Jornada Mundial de la Juventud. También ellos han escuchado las palabras del mandato de Jesús: «Vayan, y hagan discípulos a todas las naciones » (cf.Mt 28,19). Nuestro compromiso de pastores es ayudarlos a que arda en su corazón el deseo de ser discípulos misioneros de Jesús. Ciertamente, muchos podrían sentirse un poco asustados ante esa invitación, pensando que ser misioneros significa necesariamente abandonar el país, la familia y los amigos. Dios quiere que seamos misioneros donde estamos, donde Él nos pone, en nuestra patria o donde Él nos ponga. Ayudemos a los jóvenes a darse cuenta de que ser discípulos misioneros es una consecuencia de ser bautizados, es parte esencial del ser cristiano, y que el primer lugar donde se ha de evangelizar es la propia casa, el ambiente de estudio o de trabajo, la familia y los amigos. Ayudemos a los jóvenes, pongámosle la oreja para escuchar sus ilusiones, necesitan ser escuchados, para escuchar sus logros, escuchar sus dificultades. Es estar sentado, escuchando quizá el mismo libreto pero con música diferente, con identidades diferentes. La paciencia de escuchar, eso se lo pido de todo corazón, en el confesionario, en la dirección espiritual, en el acompañamiento. Sepamos perder el tiempo con ellos. Sembrar cuesta y cansa, cansa muchísimo y es mucho más gratificantegozar de la cosecha, todos gozamos más con la cosecha. Pero Jesús nos pide que sembremos en serio.

No escatimemos esfuerzos en la formación de los jóvenes. San Pablo, dirigiéndose a sus cristianos, utiliza una expresión, que él hizo realidad en su vida: «Hijos míos, por quienes estoy sufriendo nuevamente los dolores del parto hasta que Cristo sea formado en ustedes» (Ga 4,19). Que también nosotros la hagamos realidad en nuestro ministerio. Ayudar a nuestros jóvenes a redescubrir el valor y la alegría de la fe, la alegría de ser amados personalmente por Dios, esto es muy difícil pero cuando un joven lo entiende, un joven lo siente con la unción que le da el Espíritu Santo, este ser amado personalmente por Dios, lo acompaña toda la vida después. La alegría que ha dado a su Hijo Jesús por nuestra salvación. Educarlos en la misión, salir a ponerse en marcha, a ser callejeros de la fe. Así hizo Jesús con sus discípulos: no los mantuvo pegados a él como una gallina con los pollitos; los envió. No podemos quedarnos enclaustrados en la parroquia, en nuestra comunidad, en nuestra institución parroquial, en nuestra institución diocesana, cuando tantas personas están esperando el Evangelio. Salir, enviar. No es un simple abrir la puerta para que vengan, para acoger, sino salir por la puerta para buscar y encontrar. Empujemos a los jóvenes para que salgan. Por supuesto que van a ser 'bacanes' a veces. No tengamos miedo, los apóstoles la hicieron antes que nosotros. Empujémoslos a salir. Pensemos con decisión en la pastoral desde la periferia, comenzando por los que están más alejados, los que no suelen frecuentar la parroquia. Ellos son los invitado VIP, vayan al cruce de los caminos, andad a buscar.

Llamado por Jesús, llamado para evangelizar y tercero llamados a promover la cultura del encuentro. En muchos ambientes y en general en este humanismo economicista que se nos impuso en el mundo, se ha abierto paso una cultura de la exclusión, una «cultura del descarte». No hay lugar para el anciano ni para el hijo no deseado; no hay tiempo para detenerse con aquel pobre en la calle. A veces parece que, para algunos, las relaciones humanas están reguladas por dos «dogmas»: eficiencia y el pragmatismo. Queridos obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y ustedes seminaristas que se preparan para el ministerio, tengan el valor de ir contracorriente de esta cultura. Tened el coraje. Acuérdense, a mi esto me hace bien y lo medito con frecuencia. Agarren el primer libro de los Macabeos. Acuérdense cuando quisieron ponerse a tono de la cultura de la época, "comamos de todo como toda la gente, bueno la ley sí pero que no sea tanto", y fueron dejando la fe para estar metidos en la corriente de esta cultura. Tengan el valor de ir contracorriente de esta cultura eficientista, de esta cultura del descarte. El encuentro y la acogida de todos, la solidaridad, que es una palabra que están escondiendo en esta cultura, casi una mala palabra; la solidaridad y la fraternidad, son los elementos que harán a nuestra civilización verdaderamente humana.

Ser servidores de la comunión y de la cultura del encuentro. Los quisiera casi obsesionados en este sentido. Y hacerlo sin ser presuntuosos imponiendo «nuestra verdad». Más bien guiados por la certeza humilde y feliz de quien ha sido encontrado, alcanzado y transformado por la Verdad que es Cristo, y no puede dejar de proclamarla (cf. Lc 24,13-35).

Queridos hermanos y hermanas, estamos llamados por Dios, con nombre y apellido cada uno de nosotros, llamados a anunciar el Evangelio y a promover con alegría la cultura del encuentro. La Virgen María es nuestro modelo. En su vida ha dado el «ejemplo de aquel amor de madre que debe animar a todos los que colaboran en la misión apostólica de la Iglesia para engendrar a los hombres a una vida nueva» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 65). Le pedimos que nos enseñe a encontrarnos cada día con Jesús. Y cuando nos hacemos los distraídos, que tenemos muchas cosas y el sagrario queda abandonado, que nos lleve de la mano, pidámoselo. "Mira Madres, cuando ando medio así por otro lado, llévame de la mano". Que nos empuje a salir al encuentro de tantos hermanos y hermanas que están en las periferias, que tienen sed de Dios y no hay quien se lo anuncie. Que no nos eche de casa, pero que nos empuje a salir de casa. Y así que seamos discípulos del Señor. Que ella nos conceda a todos esta gracia.


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Zenit nos ofrece el discurso que el santo padre ha dirigido al episcopado brasileño reunidoel 27 de Julio de 2013 en el edificio João Paulo II en el arzobispado de Río de Janeiro.

Queridos hermanos

¡Qué bueno y hermoso encontrarme aquí con ustedes, obispos de Brasil!
Gracias por haber venido, y permítanme que les hable como amigos; por eso prefiero hablarles en español, para poder expresar mejor lo que llevo en el corazón. Les pido disculpas.

Estamos reunidos aquí, un poco apartados, en este lugar preparado por nuestro hermano Mons. Orani, para estar solos y poder hablar de corazón a corazón, como pastores a los que Dios ha confiado su rebaño. En las calles de Río, jóvenes de todo el mundo y muchas otras multitudes nos esperan, necesitados de ser alcanzados por la mirada misericordiosa de Cristo, el Buen Pastor, al que estamos llamados a hacer presente. Gustemos, pues, este momento de descanso, de compartir, de verdadera fraternidad.

Deseo abrazar a todos y a cada uno, comenzando por el Presidente de la Conferencia Episcopal y el Arzobispo de Río de Janeiro, y especialmente a los obispos eméritos.

Más que un discurso formal, quisiera compartir con ustedes algunas reflexiones.

La primera me ha venido a la mente cuando he visitado el santuario de Aparecida. Allí, a los pies de la imagen de la Inmaculada Concepción, he rezado por ustedes, por sus Iglesias, por los sacerdotes, religiosos y religiosas, por los seminaristas, por los laicos y sus familias y, en particular, por los jóvenes y los ancianos; ambos son la esperanza de un pueblo: los jóvenes, porque llevan la fuerza, la ilusión, la esperanza del futuro; los ancianos, porque son la memoria, la sabiduría de un pueblo.


1. Aparecida: clave de lectura para la misión de la Iglesia

En Aparecida, Dios ha ofrecido su propia Madre al Brasil. Pero Dios ha dado también en Aparecida una lección sobre sí mismo, sobre su forma de ser y de actuar. Una lección de esa humildad que pertenece a Dios como un rasgo esencial, está en el adn de Dios. En Aparecida hay algo perenne que aprender sobre Dios y sobre la Iglesia; una enseñanza que ni la Iglesia en Brasil, ni Brasil mismo deben olvidar.

En el origen del evento de Aparecida está la búsqueda de unos pobres pescadores. Mucha hambre y pocos recursos. La gente siempre necesita pan. Los hombres comienzan siempre por sus necesidades, también hoy.

Tienen una barca frágil, inadecuada; tienen redes viejas, tal vez también deterioradas, insuficientes.

En primer lugar aparece el esfuerzo, quizás el cansancio de la pesca, y, sin embargo, el resultado es escaso: un revés, un fracaso. A pesar del sacrificio, las redes están vacías.

Después, cuando Dios quiere, él mismo aparece en su misterio. Las aguas son profundas y, sin embargo, siempre esconden la posibilidad de Dios; y él llegó por sorpresa, tal vez cuando ya no se le esperaba. Siempre se pone a prueba la paciencia de los que le esperan. Y Dios llegó de un modo nuevo, porque siempre puede reinventarse: una imagen de frágil arcilla, ennegrecida por las aguas del río, y también envejecida por el tiempo. Dios aparece siempre con aspecto de pequeñez.

Así apareció entonces la imagen de la Inmaculada Concepción. Primero el cuerpo, luego la cabeza, después cuerpo y cabeza juntos: unidad. Lo que estaba separado recobra la unidad. El Brasil colonial estaba dividido por el vergonzoso muro de la esclavitud. La Virgen de Aparecida se presenta con el rostro negro, primero dividida y después unida en manos de los pescadores.

Hay una enseñanza perenne que Dios quiere ofrecer. Su belleza reflejada en la Madre, concebida sin pecado original, emerge de la oscuridad del río. En Aparecida, desde el principio, Dios nos da un mensaje de recomposición de lo que está separado, de reunión de lo que está dividido. Los muros, barrancos y distancias, que también hoy existen, están destinados a desaparecer. La Iglesia no puede desatender esta lección: ser instrumento de reconciliación.

Los pescadores no desprecian el misterio encontrado en el río, aun cuando es un misterio que aparece incompleto. No tiran las partes del misterio. Esperan la plenitud. Y ésta no tarda en llegar. Hay algo sabio que hemos de aprender. Hay piezas de un misterio, como teselas de un mosaico, que encontramos y vemos. Nosotros queremos ver el todo con demasiada prisa, mientras que Dios se hace ver poco a poco. También la Iglesia debe aprender esta espera.

Después, los pescadores llevan a casa el misterio. La gente sencilla siempre tiene espacio para albergar el misterio. Tal vez hemos reducido nuestro hablar del misterio a una explicación racional; pero en la gente, el misterio entra por el corazón. En la casa de los pobres, Dios siempre encuentra sitio.

Los pescadores «agasalham»: arropan el misterio de la Virgen que han pescado, como si tuviera frío y necesitara calor. Dios pide que se le resguarde en la parte más cálida de nosotros mismos: el corazón. Después será Dios quien irradie el calor que necesitamos, pero primero entra con la astucia de quien mendiga. Los pescadores cubren el misterio de la Virgen con el pobre manto de su fe. Llaman a los vecinos para que vean la belleza encontrada, se reúnen en torno a ella, cuentan sus penas en su presencia y le encomiendan sus preocupaciones. Hacen posible así que las intenciones de Dios se realicen: una gracia, y luego otra; una gracia que abre a otra; una gracia que prepara a otra. Dios va desplegando gradualmente la humildad misteriosa de su fuerza.

Hay mucho que aprender de esta actitud de los pescadores. Una iglesia que da espacio al misterio de Dios; una iglesia que alberga en sí misma este misterio, de manera que pueda maravillar a la gente, atraerla. Sólo la belleza de Dios puede atraer. El camino de Dios es el de la atracción, la fascinación. A Dios, uno se lo lleva a casa. Él despierta en el hombre el deseo de tenerlo en su propia vida, en su propio hogar, en el propio corazón. Él despierta en nosotros el deseo de llamar a los vecinos para dar a conocer su belleza. La misión nace precisamente de este hechizo divino, de este estupor del encuentro. Hablamos de la misión, de Iglesia misionera. Pienso en los pescadores que llaman a sus vecinos para que vean el misterio de la Virgen. Sin la sencillez de su actitud, nuestra misión está condenada al fracaso.

La Iglesia siempre tiene necesidad apremiante de no olvidar la lección de Aparecida, no la puede desatender. Las redes de la Iglesia son frágiles, quizás remendadas; la barca de la Iglesia no tiene la potencia de los grandes transatlánticos que surcan los océanos. Y, sin embargo, Dios quiere manifestarse precisamente a través de nuestros medios, medios pobres, porque es siempre él quien actúa.

Queridos hermanos, el resultado del trabajo pastoral no se basa en la riqueza de los recursos, sino en la creatividad del amor. Ciertamente, es necesaria la tenacidad, el esfuerzo, el trabajo, la planificación, la organización, pero hay que saber ante todo que la fuerza de la Iglesia no reside en sí misma, sino que está escondida en las aguas profundas de Dios, en las que ella está llamada a echar las redes.

Otra lección que la Iglesia ha de recordar siempre es que no puede alejarse de la sencillez, de lo contrario olvida el lenguaje del misterio, y no sólo se queda fuera, a las puertas del misterio, sino que ni siquiera consigue entrar en aquellos que pretenden de la Iglesia lo no pueden darse por sí mismos, es decir, Dios mismo. A veces perdemos a quienes no nos entienden porque hemos olvidado la sencillez, importando de fuera también una racionalidad ajena a nuestra gente. Sin la gramática de la simplicidad, la Iglesia se ve privada de las condiciones que hacen posible «pescar» a Dios en las aguas profundas de su misterio.

Una última anotación: Aparecida se hizo presente en un cruce de caminos. La vía que unía Río de Janeiro, la capital, con San Pablo, la provincia emprendedora que estaba naciendo, y Minas Gerais, las minas tan codiciadas por la Cortes europeas: una encrucijada del Brasil colonial. Dios aparece en los cruces. La Iglesia en Brasil no puede olvidar esta vocación inscrita en ella desde su primer aliento: ser capaz de sístole y diástole, de recoger y difundir.

2. Aprecio por la trayectoria de la Iglesia en Brasil

Los obispos de Roma han llevado siempre en su corazón a Brasil y a su Iglesia. Se ha logrado un maravilloso recorrido. De 12 diócesis durante el Concilio Vaticano I a las actuales 275 circunscripciones. No ha sido la expansión de un aparato o de una empresa, sino más bien el dinamismo de los «cinco panes y dos peces» evangélicos, que, en contacto con la bondad del Padre, en manos encallecidas, han sido fecundos.

Hoy deseo reconocer el trabajo sin reservas de ustedes, Pastores, en sus Iglesias. Pienso en los obispos que están en la selva, subiendo y bajando por los ríos, en las zonas semiáridas, en el Pantanal, en la pampa, en las junglas urbanas de las megalópolis. Amen siempre con una dedicación total a su grey. Pero pienso también en tantos nombres y tantos rostros que han dejado una huella indeleble en el camino de la Iglesia en Brasil, haciendo palpable la gran bondad de Dios para con esta iglesia.2

Los obispos de Roma siempre han estado cerca; han seguido, animado, acompañado. En las últimas décadas, el beato Juan XXIII invitó con insistencia a los obispos brasileños a preparar su primer plan pastoral y, desde entonces, se ha desarrollado una verdadera tradición pastoral en Brasil, logrando que la Iglesia no fuera un trasatlántico a la deriva, sino que tuviera siempre una brújula. El Siervo de Dios Pablo VI, además de alentar la recepción del Concilio Vaticano II con fidelidad, pero también con rasgos originales (cf. Asamblea General del celam en Medellín), influyó decisivamente en la autoconciencia de la Iglesia en Brasil mediante el Sínodo sobre la evangelización y el texto fundamental de referencia, que sigue siendo la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi. El beato Juan Pablo II visitó Brasil en tres ocasiones, recorriéndolo «de cabo a rabo», de norte a sur, insistiendo en la misión pastoral de la Iglesia, en la comunión y la participación, en la preparación del Gran Jubileo, en la nueva evangelización. Benedicto XVI eligió Aparecida para celebrar la V Asamblea General del celam, y esto ha dejado una huella profunda en la Iglesia de todo el continente.

La Iglesia en Brasil ha recibido y aplicado con originalidad el Concilio Vaticano II y el camino recorrido, aunque ha debido superar algunas enfermedades infantiles, ha llevado gradualmente a una Iglesia más madura, generosa y misionera.

Hoy nos encontramos en un nuevo momento. Como ha expresado bien el Documento de Aparecida, no es una época de cambios, sino un cambio de época. Entonces, también hoy es urgente preguntarse: ¿Qué nos pide Dios? Quisiera intentar ofrecer algunas líneas de respuesta a esta pregunta.

3. El icono de Emaús como clave de lectura del presente y del futuro.

Ante todo, no hemos de ceder al miedo del que hablaba el Beato John Henry Newman: «El mundo cristiano se está haciendo estéril, y se agota como una tierra sobreexplotada, que se convierte en arena».3No hay que ceder al desencanto, al desánimo, a las lamentaciones. Hemos trabajado mucho, y a veces nos parece que hemos fracasado, como quien debe hacer balance de una temporada ya perdida, viendo a quienes se han marchado o ya no nos consideran creíbles, relevantes.

Releamos una vez más el episodio de Emaús desde este punto de vista (Lc 24, 13-15). Los dos discípulos huyen de Jerusalén. Se alejan de la «desnudez» de Dios. Están escandalizados por el fracaso del Mesías en quien habían esperado y que ahora aparece irremediablemente derrotado, humillado, incluso después del tercer día (vv. 24,17-21). Es el misterio difícil de quien abandona la Iglesia; de aquellos que, tras haberse dejado seducir por otras propuestas, creen que la Iglesia —su Jerusalén— ya no puede ofrecer algo significativo e importante. Y, entonces, van solos por el camino con su propia desilusión. Tal vez la Iglesia se ha mostrado demasiado débil, demasiado lejana de sus necesidades, demasiado pobre para responder a sus inquietudes, demasiado fría para con ellos, demasiado autorreferencial, prisionera de su propio lenguaje rígido; tal vez el mundo parece haber convertido a la Iglesia en una reliquia del pasado, insuficiente para las nuevas cuestiones; quizás la Iglesia tenía respuestas para la infancia del hombre, pero no para su edad adulta.4 El hecho es que actualmente hay muchos como los dos discípulos de Emaús; no sólo los que buscan respuestas en los nuevos y difusos grupos religiosos, sino también aquellos que parecen vivir ya sin Dios, tanto en la teoría como en la práctica.

Ante esta situación, ¿qué hacer?

Hace falta una Iglesia que no tenga miedo a entrar en su noche. Necesitamos una Iglesia capaz de encontrarse en su camino. Necesitamos una Iglesia capaz de entrar en su conversación. Necesitamos una Iglesia que sepa dialogar con aquellos discípulos que, huyendo de Jerusalén, vagan sin una meta, solos, con su propio desencanto, con la decepción de un cristianismo considerado ya estéril, infecundo, impotente para generar sentido.

La globalización implacable, la urbanización a menudo salvaje, prometían mucho. Así que muchos se han enamorado de las posibilidades de la globalización, y en ella hay algo realmente positivo. Pero muchos olvidan el lado oscuro: la confusión del sentido de la vida, la desintegración personal, la pérdida de la experiencia de pertenecer a un cualquier «nido», la violencia sutil pero implacable, la ruptura interior y las fracturas en las familias, la soledad y el abandono, las divisiones y la incapacidad de amar, de perdonar, de comprender, el veneno interior que hace de la vida un infierno, la necesidad de ternura por sentirse tan inadecuados e infelices, los intentos fallidos de encontrar respuestas en la droga, el alcohol, el sexo, convertidos en otras tantas prisiones.

Y muchos han buscado atajos, porque la «medida» de la gran Iglesia parece demasiado alta. Muchos han pensado: la idea del hombre es demasiado grande para mí, el ideal de vida que propone está fuera de mis posibilidades, la meta a perseguir es inalcanzable, lejos de mi alcance. Sin embargo —siguen pensando—, no puedo vivir sin tener al menos algo, aunque sea una caricatura, de eso que es demasiado alto para mí, de lo que no me puedo permitir. Con la desilusión en el corazón, han ido en busca de alguien que les ilusione de nuevo.

La gran sensación de abandono y soledad, de no pertenecerse ni siquiera a sí mismos, que surge a menudo en esta situación, es demasiado dolorosa para acallarla. Hace falta un desahogo y, entonces, queda la vía del lamento: ¿Cómo hemos podido llegar hasta este punto? Pero incluso el lamento se convierte a su vez en un boomerang que vuelve y termina por aumentar la infelicidad. Hay pocos que todavía saben escuchar el dolor; al menos, hay que anestesiarlo.

Hoy hace falta una Iglesia capaz de acompañar, de ir más allá del mero escuchar; una Iglesia que acompañe en el camino poniéndose en marcha con la gente; una Iglesia que pueda descifrar esa noche que entraña la fuga de Jerusalén de tantos hermanos y hermanas; una Iglesia que se dé cuenta de que las razones por las que hay quien se aleja, contienen ya en sí mismas también los motivos para un posible retorno, pero es necesario saber leer el todo con valentía.

Quisiera que hoy nos preguntáramos todos: ¿Somos aún una Iglesia capaz de inflamar el corazón? ¿Una Iglesia que pueda hacer volver a Jerusalén? ¿De acompañar a casa? En Jerusalén residen nuestras fuentes: Escritura, catequesis, sacramentos, comunidad, la amistad del Señor, María y los Apóstoles... ¿Somos capaces todavía de presentar estas fuentes, de modo que se despierte la fascinación por su belleza?

Muchos se han ido porque se les ha prometido algo más alto, algo más fuerte, algo más veloz.

Pero, ¿hay algo más alto que el amor revelado en Jerusalén? Nada es más alto que el abajamiento de la cruz, porque allí se alcanza verdaderamente la altura del amor. ¿Somos aún capaces de mostrar esta verdad a quienes piensan que la verdadera altura de la vida esté en otra parte?

¿Alguien conoce algo de más fuerte que el poder escondido en la fragilidad del amor, de la bondad, de la verdad, de la belleza?

La búsqueda de lo que cada vez es más veloz atrae al hombre de hoy: internet veloz, coches y aviones rápidos, relaciones inmediatas... Y, sin embargo, se nota una necesidad desesperada de calma, diría de lentitud. La Iglesia, ¿sabe todavía ser lenta: en el tiempo, para escuchar, en la paciencia, para reparar y reconstruir? ¿O acaso también la Iglesia se ve arrastrada por el frenesí de la eficiencia? Recuperemos, queridos hermanos, la calma de saber ajustar el paso a las posibilidades de los peregrinos, al ritmo de su caminar, la capacidad de estar siempre cerca para que puedan abrir un resquicio en el desencanto que hay en su corazón, y así poder entrar en él. Quieren olvidarse de Jerusalén, donde están sus fuentes, pero terminan por sentirse sedientos. Hace falta una Iglesia capaz de acompañar también hoy el retorno a Jerusalén. Una Iglesia que pueda hacer redescubrir las cosas gloriosas y gozosas que se dicen en Jerusalén, de hacer entender que ella es mi Madre, nuestra Madre, y que no están huérfanos. En ella hemos nacido. ¿Dónde está nuestra Jerusalén, donde hemos nacido? En el bautismo, en el primer encuentro de amor, en la llamada, en la vocación.

Se necesita una Iglesia que también hoy pueda devolver la ciudadanía a tantos de sus hijos que caminan como en un éxodo.

4. Los desafíos de la Iglesia en Brasil

A la luz de lo dicho, quisiera señalar algunos desafíos de la amada Iglesia en Brasil.

La prioridad de la formación: obispos, sacerdotes, religiosos y laicos

Queridos hermanos, si no formamos ministros capaces de enardecer el corazón de la gente, de caminar con ellos en la noche, de entrar en diálogo con sus ilusiones y desilusiones, de recomponer su fragmentación, ¿qué podemos esperar para el camino presente y futuro? No es cierto que Dios se haya apagado en ellos. Aprendamos a mirar más profundo: no hay quien inflame su corazón, como a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 32).

Por esto es importante promover y cuidar una formación de calidad, que cree personas capaces de bajar en la noche sin verse dominadas por la oscuridad y perderse; de escuchar la ilusión de tantos, sin dejarse seducir; de acoger las desilusiones, sin desesperarse y caer en la amargura; de tocar la desintegración del otro, sin dejarse diluir y descomponerse en su propia identidad.

Se necesita una solidez humana, cultural, afectiva, espiritual y doctrinal. Queridos hermanos en el episcopado, hay que tener el valor de una revisión profunda de las estructuras de formación y preparación del clero y del laicado de la Iglesia en Brasil. No es suficiente una vaga prioridad de formación, ni los documentos o las reuniones. Hace falta la sabiduría práctica de establecer estructuras duraderas de preparación en el ámbito local, regional, nacional, y que sean el verdadero corazón para el episcopado, sin escatimar esfuerzos, atenciones y acompañamiento. La situación actual exige una formación de calidad a todos los niveles. Los obispos no pueden delegar este cometido. Ustedes no pueden delegar esta tarea, sino asumirla como algo fundamental para el camino de sus Iglesias.

Colegialidad y solidaridad de la Conferencia Episcopal

A la Iglesia en Brasil no le basta un líder nacional, necesita una red de «testimonios» regionales que, hablando el mismo lenguaje, aseguren por doquier no la unanimidad, sino la verdadera unidad en la riqueza de la diversidad.

La comunión es un lienzo que se debe tejer con paciencia y perseverancia, que va gradualmente «juntando los puntos» para lograr una textura cada vez más amplia y espesa. Una manta con pocas hebras de lana no calienta.

Es importante recordar Aparecida, el método de recoger la diversidad. No tanto diversidad de ideas para elaborar un documento, sino variedad de experiencias de Dios para poner en marcha una dinámica vital.

Los discípulos de Emaús regresaron a Jerusalén contando la experiencia que habían tenido en el encuentro con el Cristo resucitado. Y allí se enteraron de las otras manifestaciones del Señor y de las experiencias de sus hermanos. La Conferencia Episcopal es precisamente un ámbito vital para posibilitar el intercambio de testimonios sobre los encuentros con el Resucitado, en el norte, en el sur, en el oeste... Se necesita, pues, una valorización creciente del elemento local y regional. No es suficiente una burocracia central, sino que es preciso hacer crecer la colegialidad y la solidaridad: será una verdadera riqueza para todos.

Estado permanente de misión y conversión pastoral

Aparecida habló de estado permanente de misión y de la necesidad de una conversión pastoral. Son dos resultados importantes de aquella Asamblea para el conjunto de la Iglesia de la zona, y el camino recorrido en Brasil en estos dos puntos es significativo.

Sobre la misión se ha de recordar que su urgencia proviene de su motivación interna: la de transmitir un legado; y, sobre el método, es decisivo recordar que un legado es como el testigo, la posta en la carrera de relevos: no se lanza al aire y quien consigue agarrarlo, bien, y quien no, se queda sin él. Para transmitir el legado hay que entregarlo personalmente, tocar a quien se le quiere dar, transmitir este patrimonio.

Sobre la conversión pastoral, quisiera recordar que «pastoral» no es otra cosa que el ejercicio de la maternidad de la Iglesia. La Iglesia da a luz, amamanta, hace crecer, corrige, alimenta, lleva de la mano... Se requiere, pues, una Iglesia capaz de redescubrir las entrañas maternas de la misericordia. Sin la misericordia, poco se puede hacer hoy para insertarse en un mundo de «heridos», que necesitan comprensión, perdón y amor.

En la misión, también en la continental,10es muy importante reforzar la familia, que sigue siendo la célula esencial para la sociedad y para la Iglesia; los jóvenes, que son el rostro futuro de la Iglesia; las mujeres, que tienen un papel fundamental en la transmisión de la fe. No reduzcamos el compromiso de las mujeres en la Iglesia, sino que promovamos su participación activa en la comunidad eclesial. Si pierde a las mujeres, la Iglesia se expone a la esterilidad.

La tarea de la Iglesia en la sociedad

En el ámbito social, sólo hay una cosa que la Iglesia pide con particular claridad: la libertad de anunciar el Evangelio de modo integral, aun cuando esté en contraste con el mundo, cuando vaya contracorriente, defendiendo el tesoro del cual es solamente guardiana, y los valores de los que no dispone, pero que ha recibido y a los cuales debe ser fiel.

La Iglesia sostiene el derecho de servir al hombre en su totalidad, diciéndole lo que Dios ha revelado sobre el hombre y su realización. La Iglesia quiere hacer presente ese patrimonio inmaterial sin el cual la sociedad se desmorona, las ciudades se verían arrasadas por sus propios muros, barrancos, barreras. La Iglesia tiene el derecho y el deber de mantener encendida la llama de la libertad y de la unidad del hombre.

Las urgencias de Brasil son la educación, la salud, la paz social. La Iglesia tiene una palabra que decir sobre estos temas, porque para responder adecuadamente a estos desafíos no bastan soluciones meramente técnicas, sino que hay que tener una visión subyacente del hombre, de su libertad, de su valor, de su apertura a la trascendencia. Y ustedes, queridos hermanos, no tengan miedo de ofrecer esta contribución de la Iglesia, que es por el bien de toda la sociedad.

La Amazonia como tornasol, banco de pruebas para la Iglesia y la sociedad brasileña

Hay un último punto al que quisiera referirme, y que considero relevante para el camino actual y futuro, no solamente de la Iglesia en Brasil, sino también de todo el conjunto social: la Amazonia. La Iglesia no está en la Amazonia como quien tiene hechas las maletas para marcharse después de haberla explotado todo lo que ha podido. La Iglesia está presente en la Amazonia desde el principio con misioneros, congregaciones religiosas, y todavía hoy está presente y es determinante para el futuro de la zona. Pienso en la acogida que la Iglesia en la Amazonia ofrece también hoy a los inmigrantes haitianos después del terrible terremoto que devastó su país.

Quisiera invitar a todos a reflexionar sobre lo que Aparecida dijo sobre la Amazonia, y también el vigoroso llamamiento al respeto y la custodia de toda la creación, que Dios ha confiado al hombre, no para explotarla salvajemente, sino para que la convierta en un jardín. En el desafío pastoral que representa la Amazonia, no puedo dejar de agradecer lo que la Iglesia en Brasil está haciendo: la Comisión Episcopal para la Amazonia, creada en 1997, ha dado ya mucho fruto, y muchas diócesis han respondido con prontitud y generosidad a la solicitud de solidaridad, enviando misioneros laicos y sacerdotes. Doy gracias a Monseñor Jaime Chemelo, pionero en este trabajo, y al Cardenal Hummes, actual Presidente de la Comisión. Pero quisiera añadir que la obra de la Iglesia ha de ser ulteriormente incentivada y relanzada. Se necesitan instructores cualificados, sobre todo profesores de teología, para consolidar los resultados alcanzados en el campo de la formación de un clero autóctono, para tener también sacerdotes adaptados a las condiciones locales y fortalecer, por decirlo así, el «rostro amazónico» de la Iglesia.

Queridos hermanos, he tratado de ofrecer de una manera fraterna algunas reflexiones y líneas de trabajo en una Iglesia como la que está en Brasil, que es un gran mosaico de teselas, de imágenes, de formas, problemas y retos, pero que precisamente por eso constituye una enorme riqueza. La Iglesia nunca es uniformidad, sino diversidad que se armoniza en la unidad, y esto vale para toda realidad eclesial.

Que la Virgen Inmaculada de Aparecida sea la estrella que ilumine el compromiso de ustedes y su camino para llevar a Cristo, como ella ha hecho, a todo hombre y a toda mujer de este inmenso país. Será él, como lo hizo con los dos discípulos confusos y desilusionados de Emaús, quien haga arder el corazón y dé nueva y segura esperanza.


Publicado por verdenaranja @ 19:08  | Habla el Papa
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Zenit nos ofrece una versión del texto del discurso cotejado por ZENIT con lo dicho por el santo padre con la clase dirigente de Brasil, a la cual acudieron representantes del mundo de la política, la cultura y la universidad, entre otros, con el fin de escuchar su mensaje.

 

Excelencias,
Señoras y señores.

Doy gracias a Dios por la oportunidad de encontrar a una representación tan distinguida y cualificada de responsables políticos y diplomáticos, culturales y religiosos, académicos y empresariales de este inmenso Brasil.

Hubiera deseado hablarles en su hermosa lengua portuguesa, pero para poder expresar mejor lo que llevo en el corazón, prefiero hablar en español. Les pido la cortesía de disculparme.

Saludo cordialmente a todos y les expreso mi reconocimiento. Agradezco a Monseñor Orani y al Señor Walmyr Júnior, sus amables palabras de bienvenida y presentación y de testimonio. Veo en ustedes la memoria y la esperanza: la memoria del camino, de la conciencia de su patria, y la esperanza de que esta patria abierta a la luz que emana del Evangelio, continúe desarrollándose en el pleno respeto de los principios éticos basados en la dignidad trascendente de la persona.

Memoria del pasado y utopia hacia el futuro se encuentran en el presente que no es una coyuntura sin historia, y sin promesa, sino un momento en el tiempo, un desafio para recoger sabiduría y saber proyectarla.

Quien tiene un papel de responsabilidad en una nación está llamado a afrontar el futuro «con la mirada tranquila de quien sabe ver la verdad», como decía el pensador brasileño Alceu Amoroso Lima («Nosso tempo», en A vida sobrenatural e o mondo moderno, Río de Janeiro 1956, 106). Quisiera compartir con ustedes tres aspectos de esta mirada calma, serena y sabia: primero, la originalidad de una tradición cultural; segundo, la responsabilidad solidaria para construir el futuro y, tercero, el diálogo constructivo para afrontar el presente.

1. En primer lugar, es de justicia valorar la originalidad dinámica que caracteriza a la cultura brasileña, con su extraordinaria capacidad para integrar elementos diversos. El común sentir de un pueblo, las bases de su pensamiento y de su creatividad, los principios básicos de su vida, los criterios de juicio sobre las prioridades, las normas de actuación, se fundan, se fusionan y crecen en una visión integral de la persona humana.

Esta visión del hombre y de la vida característica del pueblo brasileño ha recibido también la savia del Evangelio: la fe en Jesucristo, el amor de Dios y la fraternidad con el prójimo. La riqueza de esta savia puede fecundar un proceso cultural fiel a la identidad brasileña y a la vez un proceso constructor de un futuro mejor para todos. Un proceso que hacer crecer la humanización integral y la cultura del encuentro y de la relación, esta es la manera cristiana de promover el bien común, la alegría de vivir. Y aquí convergen la fe y la razón, la dimensión religiosa con los diferentes aspectos de la cultura humana: el arte, la ciencia, el trabajo, la literatura... El cristianismo combina trascendencia y encarnación; por la capacidad de revitalizar siempre el pensamiento y la vida ante la amenaza de frustración y desencanto que pueden invadir el corazón y propagarse por las calles.

2. Un segundo punto al que quisiera referirme es la responsabilidad social. Esta requiere un cierto tipo de paradigma cultural y, en consecuencia, de la política. Somos responsables de la formación de las nuevas generaciones, ayudarlos a ser capaces en la economía y en la política, y firmes en los valores éticos. El futuro exige hoy la tarea de rehabilitar la política, rehabilitar la politica, que es una de las formas más altas de la caridad. El futuro nos exige también una visión humanista de la economía y una política que logre cada vez más y mejor la participación de las personas, evite el elitismo y erradique la pobreza.

Que a nadie le falte lo necesario y que se asegure a todos dignidad, fraternidad y solidaridad: éste es el camino propuesto. Ya en la época del profeta Amós era muy frecuente la admonición de Dios: «Venden al justo por dinero, al pobre por un par de sandalias. Oprimen contra el polvo la cabeza de los míseros y tuercen el camino de los indigentes» (Am. 2,6-7). Los gritos que piden justicia continúan todavía hoy.

Quien desempeña un papel de guía --permitame que diga aquel a quien la vida ha ungido como guía--, ha de tener objetivos concretos y buscar los medios específicos para alcanzarlos, pero también puede existir el peligro de la desilusión, la amargura, la indiferencia, cuando las expectativas no se cumplen. Aquí apelo a la dinamica de la esperanza que nos impulsa a ir siempre más allá, a emplear todas las energías y capacidades en favor de las personas para las que se trabaja, aceptando los resultados y creando condiciones para descubrir nuevos caminos, entregándose incluso sin ver los resultados, pero manteniendo viva la esperanza. Con esa constancia y coraje que nacen de la aceptación de la propia vocación de guía, de dirigente.

Es propio de la dirigencia elegir la más justa de las opciones después de haberlas considerado, a partir de la propia responsabilidad y el interés del bien común; por este camino se va al centro de los males de una sociedad para superarlos con audacia de acciones valientes y libres. Es nuestra responsabilidad, aunque siempre sea limitada, esa comprension de la totalidad de la realidad, observando, sopesando, valorando, para tomar decisiones en el momento presente, pero extendiendo la mirada hacia el futuro, reflexionando sobre las consecuencias de las decisiones.

Quien actúa responsablemente pone la propia actividad ante los derechos de los demás y ante el juicio de Dios. Este sentido ético aparece hoy como un desafío histórico sin precedentes. Tenemos que buscarlo, tenemos que inserirlo en la misma sociedad. Además de la racionalidad científica y técnica, en la situación actual se impone la vinculación moral con una responsabilidad social y profundamente solidaria.

3. Para completar esta reflexión, además del humanismo integral que respete la cultura original y la responsabilidad solidaria, considero fundamental para afrontar el presente: el diálogo constructivo. Entre la indiferencia egoísta y la protesta violenta, siempre hay una opción posible: el diálogo. El diálogo entre las generaciones, el diálogo en el pueblo, porque todos somos pueblo, la capacidad de dar y recibir, permaneciendo abiertos a la verdad. Un país crece cuando sus diversas riquezas culturales dialogan de manera constructiva: la cultura popular, la universitaria, la juvenil, la artística, la tecnológica, la cultura económica, la cultura de la familia y de los medios de comunicación. ¡Cuánto diálogo hay! Es imposible imaginar un futuro para la sociedad sin una incisiva contribución de energías morales en una democracia que se quede encerrada en la pura lógica o en el mero equilibrio de la representación de los intereses establecidos. Considero también fundamental en este diálogo la contribución de las grandes tradiciones religiosas, que desempeñan un papel fecundo de fermento en la vida social y de animación de la democracia. La convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por la laicidad del Estado, que, sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia de la dimensión religiosa en la sociedad, favoreciendo sus expresiones más concretas.

Cuando los líderes de los diferentes sectores me piden un consejo, mi respuesta siempre es la misma: Diálogo, diálogo, diálogo. El único modo de que una persona, una familia, una sociedad, crezca; la única manera de que la vida de los pueblos avance, es la cultura del encuentro, una cultura en la que todo el mundo tiene algo bueno que aportar, y todos pueden recibir algo bueno en cambio. El otro siempre tiene algo que darme cuando sabemos acercarnos a él con actitud abierta y disponible, sin prejuicios. Esta actitud abierta, disponible y sin prejucios yo la definiria como «humildad social», que es la que favorece el diálogo. Solo así puede prosperar un buen entendimiento entre las culturas y las religiones, la estima de unas por las otras sin opiniones previas gratuitas y en clima de respeto de los derechos de cada una. Hoy, o se apuesta por el dialogo, o se apuesta por la cultura del encuentro, o todos perdemos, todos perdemos; por aquí va el camino fecundo.

Excelencias,
Señoras y señores.
Gracias por su atención. Tomen estas palabras como expresión de mi preocupación como Pastor de Iglesia y del respeto y afecto que tengo por el pueblo brasileño. La hermandad entre los hombres y la colaboración para construir una sociedad más justa no son un sueño fantasioso, sino el resultado de un esfuerzo concertado de todos hacia el bien común. Los aliento en este su compromiso por el bien común, que requiere por parte de todos sabiduría, prudencia y generosidad. Los encomiendo al Padre celestial pidiéndole, por la intercesión de Nuestra Señora de Aparecida, que colme con sus dones a cada uno de los presentes, a sus familias, comunidades humanas y de trabajo, y de corazón pido a Dios que los bendiga. Muchas gracias.


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Mons. Arancedo: Primera Catequesis Por Mons. José M. Arancedo, Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz (AICA)

Sed de esperanza de Dios

Es fácil constatar que el joven vive hoy tensiones, por momentos angustiante, entre el ideal que sueña y la realidad que no siempre lo acompaña. Podríamos hacer una lista de valores que están presentes en él, pero también existe esa otra lista de situaciones que lo empobrecen y desaniman. La primera nos habla en términos de ideales del amor y de la vida, del bien y la belleza, de la justicia, la fraternidad y el deseo de paz, con todo lo que ello significa de proyectos personales, de deseos de compartir y de solidaridad. Podríamos definir este camino como un horizonte de búsqueda que responde a sus deseos de verdad, de realización, de trabajo y fraternidad. La otra lista, en cambio, nos presenta un mundo que privilegia el éxito inmediato y a cualquier precio, que postula una supremacía del tener sobre el ser, todo ello sobre la base de un individualismo que no conoce límites, incluso frente al descuido y abuso de la misma naturaleza. Es más, no repara, incluso, en el uso y la trata de personas, utilizando sin escrúpulos el flagelo de la droga que avanza y que cuenta, desgraciadamente, con la complicidad y el silencio de muchos. Esto nos muestra la presencia de una juventud con horizontes de plenitud en medio de un mundo mezquino y egoísta. ¡Cuántos jóvenes viven hoy en soledad aquellos ideales de una vida y de un mundo nuevo! Creo que este encuentro de jóvenes de todo el mundo, con las mismas propuestas y los mismos deseos se convierte, desde la fe y el amor por la vida, en un momento de reflexión y de esperanza para toda la humanidad. Celebramos un acontecimiento eclesial, pero también esta Jornada Mundial es una palabra profética, dicha desde el Evangelio, para todos los jóvenes del mundo. Sabemos que una lectura en clave negativa de la realidad no es la última palabra, ni tampoco que esta realidad empaña el sentido de plenitud que tienen los jóvenes. Predicamos a Jesucristo, somos testigos de su Pascua, de su triunfo sobre la muerte y el pecado. No nos sintamos clientes de un mundo que nos empobrece con su cansancio y claudicaciones, sino constructores de una nueva civilización. Nos sabemos hijos de un Dios que nos ha creado con amor a su imagen y semejanza. Aquí radica la fortaleza de la esperanza que es la virtud del que está en camino, de quien se siente peregrino y quiere ser protagonista de grandes ideales. Esta esperanza la podemos ver en esa aspiración sincera a vivir de la verdad, en el gusto por la belleza y en el compromiso con el bien. Esta riqueza, queridos jóvenes, es un signo de la dignidad y espiritualidad del hombre, que vive a la espera de un palabra y de un testimonio que le de razones para seguir creyendo. Esto se nota, también, en ese deseo de cambio y de búsqueda de una sociedad que responda a las legítimas y nobles aspiraciones de la humanidad. La presencia de ustedes, aquí en Río de Janeiro, es el mejor testimonio de una juventud que conoce y vive el presente con toda su realidad y sus límites, pero que se atreve a mirar al futuro con la alegría y la esperanza de que es posible soñar en un mundo nuevo. Ahora bien, ¿dónde vamos a encontrar la fuente de esta esperanza que nos permita construir un mundo nuevo? ¡Qué triste es la imagen de un joven en busca de una palabra que de sentido a su vida, en medio de un desierto sin respuestas! Algunos han dicho, con cierto fatalismo, que es esta la condición del hombre en el mundo, ser una pregunta sin respuesta. A lo sumo podrá llegar a vivir de utopías, pero no de realidades. El hombre, en este esquema, sería como un absurdo. San Agustín hizo de esta búsqueda de sentido y de plenitud del hombre, reconociendo su grandeza y sus límites, un camino que lo llevó a encontrar esa fuente única de esperanza, y que a partir de ese momento se convirtió en el centro de su vida: "Señor, decía, me has hecho para ti y mi corazón estuvo inquieto hasta que no te encontró y descansó en ti" (Conf. 1). El hombre tiene sed de Dios. Aquí llegamos, queridos jóvenes, al núcleo de esa pregunta sobre el sentido de la vida que sólo tiene su respuesta en Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Dios no se desentiende de esta pregunta del hombre, a quien lo ha creado con amor y lo ha dotado con el don precioso de su libertad. El misterio del hombre, nos decía el Concilio Vaticano II, sólo se esclarece a la luz del misterio del Verbo encarnado, es decir, de Jesucristo, el nuevo Adán, quien manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación (cfr. G. S. 22). Cristo, al hacerse uno de nosotros, se hizo respuesta a esa búsqueda de sentido del hombre. Dios siempre ha escuchado a su Pueblo, sobretodo en situaciones de dolor y angustia. Hoy nos sigue escuchando. Esta escucha de Dios a la súplica del hombre ya la conocemos desde el Antiguo Testamento (cfr. Ex. 3, 7-10), pero sabemos que esa historia alcanzó su momento culmen y definitivo en su Hijo. Esta es la certeza de nuestra fe: Dios, que es nuestro Padre, nos ama y nos ha enviado a su Hijo para que él sea nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida. Ya no caminamos solos. Tampoco vamos detrás de una utopía irrealizable. Nuestra alegría, nos decía el Papa Francisco: "nace de haber encontrado una persona, Jesús, que está entre nosotros; nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles". Esta verdad de nuestra fe, en la presencia viva y actual de Jesucristo, es la que sostiene nuestra esperanza. Por ello, concluía el Santo Padre: "Por favor, no se dejen robar la esperanza, no se dejen robar la esperanza. Esa que nos da Jesús". Cuando se quiebra la esperanza de un joven se lo ha matado en vida. La mayor pobreza del hombre es, por ello, perder la esperanza, porque se lo despoja de su riqueza y se lo convierte en un dócil esclavo sin horizontes. Frente a esto no cabe la pasividad del fatalismo, sino el grito y el júbilo de una esperanza que todo lo cambia y que da sentido a la vida del hombre. Estamos hablando de Jesucristo. Esta sed de esperanza que es innata en el hombre, es una auténtica sed de Dios que lo abre a la espera de un encuentro con Jesucristo. Quiero terminar esta primera catequesis recordando la reflexión que nos hacía Benedicto XVI, al convocarnos a esta Jornada Mundial de la Juventud: "La célebre estatua, decía, del Cristo Redentor, que domina la hermosa ciudad de Río de Janeiro, es su símbolo elocuente. Sus brazos abiertos son el signo de la acogida que el Señor regala a cuantos acuden a él, y su corazón presenta el inmenso amor que tiene por cada uno de vosotros. ¡Dejaos atraer por él! ¡Vivid esta experiencia del encuentro con Cristo, junto a tantos otros jóvenes que se reunirán en Río para el próximo encuentro mundial! Dejaos amar por él y seréis los testigos que el mundo tanto necesita". Hoy comenzamos a vivir, queridos jóvenes, este llamado del Señor para llegar a ser discípulos y misioneros de Jesucristo. Nuestro corazón ya ha comenzado a palpitar el gozo de este encuentro. Que Nuestra Señora de Aparecida nos ayude a descubrir el mensaje de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Mons. José María Arancedo Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


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Tercera Catequesis por Mons. José M. Arancedo, Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz  (AICA)

Ser Misioneros: "¡Id!

En esta última catequesis no podríamos hablar de evangelización o de misión en la vida de la Iglesia, si antes no hubiéramos hablado de ese encuentro con Cristo que nos introdujo en el camino del discípulo. No hay misión fecunda en la Iglesia que no parta de un discipulado, como tampoco hay un discipulado auténtico que no se exprese en una vida de misión. Sólo la palabra que nace en la intimidad del silencio del discípulo es una palabra fecunda. Esa profunda alegría del encuentro con Jesucristo es lo que impulsa al discípulo a salir y a compartir el gozo de esta experiencia. Este es el testimonio de san Pablo, cuando dice: "Ay de mí si no predicara el Evangelio" (1 Cor. 9, 16), que lo vive como expresión de su gozo y responsabilidad apostólica. Para descubrir el significado de la misión debemos adentrarnos en esta intimidad de Dios que es Amor. El origen de toda misión es el amor del Padre que envío a su Hijo al mundo, y él junto con su Padre nos envío al Espíritu Santo como fruto se su Pascua, para hacernos miembros vivos de su Iglesia. Hay una primacía de Dios que nos llama, que nos comunica su gracia y nos envía al mundo. Sacar a la misión de este contexto de amor y de salvación, es desconocer su origen y empobrecer su sentido: "Si, Dios amó tanto al mundo, nos dice san Juan, que envió a su Hijo único para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga Vida eterna" (Jn. 3, 16). Descubrirnos en esta cadena de amor que tiene su origen en Dios y como destinatario al mundo, es comprender y vivir el sentido de la misión de Jesucristo. La evangelización es un acto de amor y de responsabilidad a la misión recibida.

 

Queridos jóvenes, ustedes están llamados a ser apóstoles de esta presencia de Jesucristo en el mundo de hoy. La Iglesia los necesita y espera, hay en ella un lugar que les pertenece y desde el cual ustedes deben partir para predicar a Jesucristo. Si no lo ocupan ese lugar va a quedar vacío. Lo debemos comenzar a asumir desde nuestra pertenencia a la Iglesia en lo concreto de nuestras vidas y relaciones y ser allí, en primer lugar, testigos de este mensaje de amor que tiene su fuente en Dios y que se hizo camino en Jesucristo. Tenemos que estar convencidos de la importancia y la centralidad de la verdad del evangelio para nosotros y para la vida del hombre. El ser misionero no es una actividad más entre otras, es una expresión madura de haber comprendido el Evangelio. Cuando le predicamos a alguien a Jesucristo no le estamos predicando algo secundario, sino lo más importante para su vida, aquello que lo que lo introduce en la verdad profunda de lo que es. ¿Qué cosa más grande y más bella podemos dar sino a Dios?, se preguntaba Benedicto XVI, y respondía: "Quien no da a Dios, da muy poco". Por ello, quien da a Dios da todo. Es fácil hablar de la misión, no siempre ser misionero. Deberíamos preguntarnos ante el Señor que me llama: ¿participo en la vida de Iglesia, en mi familia, en mi comunidad concreta con este espíritu misionero?, o me conformo con ser alguien más que cumple con algunos mandamientos y se llama cristiano.

 

Conocemos, además, la importancia y la cercanía del Señor con el dolor, con el que sufre, con el marginado. Esta opción de Jesús no puede estar ajena en la vida de un "discípulo-misionero" comprometido con su Evangelio. Por ello, nos decía el Papa Francisco, debemos salir de nosotros mismos a las periferias del mundo y de la existencia, para llevar a Jesús. El mayor peligro de un misionero no siempre es perder la fe, sino quedar domesticado por un mundo que le hace perder la sensibilidad frente a las necesidades materiales y espirituales de sus hermanos. ¡Qué triste cuando un misionero se instala, cuando un misionero es indiferente! Tal vez viva la seguridad de una fe que lo tranquiliza, pero que no lo hace testigo vivo de lo que cree. Es como la sal que ha perdido su sabor, para qué sirve. Queridos jóvenes, hay mucho dolor físico, moral y espiritual cerca de nosotros, pensemos que son personas que viven a la espera de un buen Samaritano que detenga su camino y los acompañe. La misión es un acto de amor. La pobreza puede ser un tema ético o político, el pobre es un tema evangélico. La Iglesia evangeliza a este hombre concreto promoviéndolo, y lo promueve evangelizándolo. No hay dos caminos en la Iglesia, el de la promoción humana y el de la evangelización, hay uno solo que es el de Jesucristo. Cuando Cristo, con su palabra y su vida, deja de ser el centro y el paradigma de la vida y misión en la Iglesia, adulteramos la verdad del evangelio. Desde esta centralidad de Cristo podemos y debemos hablar de una opción preferencial por el pobre, por el que sufre, sabiendo que es una página de la cristología, como decía el Santo Padre. No lo olvidemos, Jesús tuvo sus preferidos, que ellos sean también nuestros preferidos. Una Iglesia cerca de los pobre y al servicio de ellos, no es una estrategia pastoral sino fidelidad al Evangelio.

 

Debemos vivir y sentir la urgencia de la misión como una pregunta que se dirige a nosotros, a mí personalmente. Qué triste, decíamos, cuando se pierde el entusiasmo por la misión, cuando nos instalamos y nos sentimos cómodos. Cuando hemos dejado de escuchar la voz de tantas personas que buscan la luz de la verdad, que claman por justicia y viven a la espera de una palabra que sostenga su esperanza. San Pablo, sintiéndose angustiado y responsable por la vida de fe de sus hermanos exclamaba: "¿cómo lo invocarán sin creer en él? ¿Y cómo creer, sin haber oído hablar de él? ¿Y cómo oír hablar de él, si nadie lo predica? ¿Y quienes predicarán, si no se los envía? El misionero no es un francotirador que se autoproclama, sino un enviado. Es alguien que participa de aquella misión que Jesucristo, el enviado del Padre, le ha dejado a la Iglesia y continúa viva a través de la comunión en la sucesión apostólica. Queridos jóvenes, no caminamos solos, necesitamos de la Iglesia como lugar de comunión, de identidad y de envío. Este ha sido el proyecto de Jesucristo, que hoy Pedro, Francisco, nos lo recuerda. Esta experiencia eclesial desde la cual vivimos nuestra fe tiene que ir madurando en lo concreto de mi pertenencia a un grupo parroquial, a un movimiento, institución o comunidad religiosa, que nos lleve a vivir y a dar testimonio de la creatividad misionera de la Iglesia. No olvidemos que para ser auténticos misioneros debemos estar fuertemente arraigados en Cristo y vivir en la comunión de la Iglesia. Cristo, la Iglesia y el Mundo, es el camino que Dios ha seguido y que el misionero debe vivir y recorrer. ¡Cuántas veces la debilidad misionera de la Iglesia es, ante todo, una debilidad en su vida de comunión! El Señor primero le ha pedido al Padre "que sean uno como, nosotros somos uno", para luego manifestar el sentido eclesial y misionero de esta comunión: "para que el mundo crea" (Jn. 17, 21).

 

Esta Jornada Mundial de la Juventud al realizarse en Brasil nos habla y nos recuerda que aquí, en Aparecida, la Iglesia realizó su V° Conferencia General del Episcopado de Latinoamérica y del Caribe, bajo el lema de ser: "Discípulos y Misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida" (Jn. 14, 16). Que esta fuerte experiencia eclesial que estamos viviendo sea un testimonio de fe, una palabra de esperanza y un gesto de amor para toda la humanidad. Que María Santísima, Nuestra Señora de Aparecida, nos acompañe en este envío misionero que hoy la Iglesia nos hace para predicar a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

 

Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


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Segunda Catequesis por Mons. José M. Arancedo, Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz (AICA)

Ser discípulos de Cristo 

El cristianismo no es una filosofía más entre tantas, ni una corriente de espiritualidad o un código de conducta moral, sino el encuentro con una Persona que da sentido pleno y orienta nuestra vida. Tanto el estilo de vida como la espiritualidad cristiana parten de una relación personal con Jesucristo. Pocas frases han expresado esta verdad como aquella ya clásica que hemos escuchado del Santo Padre Benedicto XVI: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (Ap. 243). Lo que nos separa del mundo no es en primer lugar una moral sino una esperanza, que es nuestra fe en Jesucristo, como principio de una vida nueva. No se trata, como vemos, de aprender un código o conocer una técnica que nos enseña un camino que debemos seguir. Estamos ante una Persona que nos habla de un modo personal y que nos invita a seguirlo. Mejor aún, es él quien nos pide que le abramos nuestro corazón para caminar con nosotros. No nos marca un camino desde afuera, como alguien que nos enseña una conducta a seguir, él quiere hacer el camino de esta vida nueva con nosotros. El mismo es el camino.

 

Ser cristianos es, por ello, ser discípulo de Jesucristo en un sentido de profunda intimidad, de comunión y de seguimiento. Ser cristiano no es un adjetivo más que califica mi vida, sino una presencia nueva que todo lo transforma. San Pablo, les predicaba la verdad de esta experiencia a los gálatas, diciéndoles: "ya no vivo yo, les decía, sino que Cristo vive en mí" (Gal. 2, 20); también, cuando les presentaba la vida cristiana los corintios no les hablaba de términos de un código, sino del desafío de asumir una vida y transformar el mundo: "Todos es de ustedes, les decía, (pienso en la vida, la familia, el amor, la política, la empresa, el trabajo, el estudio, todo, y les recodaba) pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios" (1 Cor. 3, 23), es decir, hay modo de cristiano de vivir toda la realidad de este mundo que es obra de Dios. San Juan, cuando nos presenta la oración de Jesús por sus discípulos, le dice al Padre: "No te pido que los saques del mundo" (Jn. 17, 15). Cristo, como vemos, no viene a sacarnos del mundo, ni ocupar el lugar de nadie, viene a dar sentido a nuestras vidas e iluminar el lugar de todos.

 

Ahora bien: ¿Dónde lo encontramos hoy a Jesucristo para escuchar esta invitación a seguirlo? Esta pregunta es esencial. Él siempre toma la iniciativa para llamarnos a ser sus discípulos, como leemos en el Evangelio: "No son ustedes los que me han elegido, sino yo quien los elegí y los envió para que den fruto" (Jn. 15, 16). Por ello, les diría, que la respuesta en un sentido es fácil, es decir: tenemos que ir a buscarlo dónde él ha querido quedarse para encontrarse hoy con nosotros. El Documento de Aparecida es muy claro al hablarnos de los lugares de encuentro con él. Entre ellos, nos dice, la Palabra de Dios es el primer lugar de encuentro con Jesucristo. A esta Palabra nos la presenta en el marco de la Iglesia que él mismo ha fundado, para dejarnos en ella su presencia, a través de su Palabra y los Sacramentos. ¡La Iglesia es nuestra casa, ella es nuestra madre! El Señor sigue hablándonos hoy, de un modo personal y único a cada uno de nosotros, por su Palabra y nos invita a seguirlo. La Biblia, el Evangelio, no es un libro de historia para conocer el pasado, o lo que el Señor dijo a aquellos primeros discípulos; es una Palabra actual con la que él hoy me habla a mí y a cada uno de ustedes. Es una palabra viva, que debemos leerla con un corazón abierto, esto significa, con fe.

 

Si me permiten una expresión les diría que hoy podemos "chatear" con Jesucristo a través de su Palabra. Cuando leo el evangelio y comprendo que esa Palabra él me la dirige a mí y, cuando le respondo, comienza un diálogo único y personal que se convierte en una oración que sana, ilumina y da sentido a nuestra vida; este diálogo, además, nos permite descubrirnos como parte de su mismo proyecto de vida. La Palabra del Señor nos introduce en esa verdad profunda que es la base de nuestra identidad, porque en ella nos habla de nuestra condición de hijos de Dios y destinatarios de ese proyecto iniciado por él. El discípulo nace y va creciendo en este encuentro con el Señor. Un discípulo es, nos decía, Benedicto XVI: "una persona que se pone a la escucha de la palabra de Jesús (cfr. Lc. 10, 39), al que reconoce como el buen Maestro que nos ha amado hasta dar la vida. Por ello, se trata de que cada uno vosotros se deje plasmar cada día por la Palabra de Dios; esta los hará amigos del Señor Jesucristo, capaces de incorporar a otros jóvenes en esta amistad con él" (Mensaje, XVIII JMJ).

 

De un modo especial, queridos jóvenes, los sacramentos son presencia y lugares de encuentro en los que él ha querido quedarse para estar y caminar junto a nosotros. Los sacramentos no son algo mágico sino acciones que Cristo ha dejado en la Iglesia para encontrarse con nosotros. Son encuentros de fe. Él quiere hacer camino con nosotros pero necesita de nuestra apertura, de nuestra libertad. El Señor llama pero no obliga. Los sacramentos son signos visibles de su Vida que nos ha dejado en la Iglesia. La Eucaristía, el pan del peregrino, nos dice Aparecida: "es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Con este sacramento, Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo" (Ap. 251). Es el sacramento por excelencia del amor, que se hace adoración frente a Dios y caridad hacia nuestros hermanos. Es participar en la vida y en el proyecto de Jesucristo. El seguir a Jesucristo es, también, un llamado a la conversión que nace del encuentro con él y nos introduce en un camino de santidad. Aquí cobra todo su significado el sacramento de la reconciliación como un encuentro de gracia en la vida y el crecimiento del discípulo. No tengamos temor a la exigencia y a la renuncia de la que nos habla Jesús en el Evangelio, porque ella es expresión de su amor.

 

La renuncia en el evangelio no es lo primero, lo primero es encontrar el tesoro, es decir, encontrar a Jesucristo. Sólo se vende el campo después de haber encontrado el tesoro. Tengamos en cuenta, por otra parte, que un amor verdadero siempre es un amor exigente, porque busca el bien de la persona amada. Un amor que no exige cuantas veces manosea, busca complicidad, tiene algo de demagógico. Es cierto, también, que una exigencia que no parta del amor termina esclavizando. Cuántas personas se sienten exigidas y no amadas. La exigencia de Jesucristo, en cambio, parte de un amor personal por cada unos de nosotros. Él me habla de renuncia al pecado y a todo aquello que se opone a mi dignidad de hombre, me habla de tomar la cruz, de comprometerme y de ser generoso y solidario, de austeridad y de servicio. La cruz de Cristo, nos decía el Papa Francisco, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados" (Homilía del Domingo de Ramos). La renuncia, la muerte al pecado, es signo de la Pascua, por eso conduce a esa alegría y felicidad que es anticipo de la gloria.

 

El Señor que los llama a ser sus discípulos, queridos jóvenes, no les pide nada imposible. Él los invita a un camino de vida para que lleguen a ser auténticos hombres y mujeres, llamados a ser su presencia en este mundo como obra de su amor. Solo habrá un mundo nuevo, cuando haya hombres nuevos: "Para esto he venido al mundo", nos volvería a decir hoy el Señor, y para ello los necesito. Ser auténticos y generosos discípulos del Señor es el comienzo de ese mundo nuevo, que necesita nacer primero en el corazón de cada uno de ustedes. San Pablo lo expresa de una manera muy clara y comprometedora: "Cristo en ustedes es la esperanza de la gloria" (Col. 1, 27), es decir, él en ustedes se convierte en esa luz del Reino de Dios que es el principio de esa Vida Nueva que él ha traído al mundo. Al hablar de esta Vida Nueva, no podemos dejar de pensar en aquellos hermanos nuestros que nos precedieron en la fe, y que por el testimonio de sus vidas hoy en la Iglesia los reconocemos santos. Sabemos que ellos nos acompañan y nos sostienen son su oración desde su presencia junto a Dios. El santo comenzó siendo un discípulo del Señor. Que María Santísima, Nuestra Señora de Aparecida, nos enseñe a ser discípulos de su Hijo Jesucristo.

 

 

Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


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S?bado, 27 de julio de 2013

Zenit nos ofrece la homilía del papa ante la multitud reunida para rezar --bajo una lluvia constante, en el Paseo Marítimo de Copacabana en Río en la liturgia de la Palabra inaugural de la JMJ 2013.

 

Queridos jóvenes:

“Qué bien se está aquí”, exclamó Pedro, después de haber visto al Señor Jesús transfigurado, revestido de gloria. ¿Podemos repetir también nosotros esas palabras? Pienso que sí, porque para todos nosotros, es bueno estar aquí hoy, en torno a Jesús. Él es quien nos acoge y se hace presente en medio de nosotros, aquí en Río. Y en el Evangelio hemos también escuchado las palabras del Padre: “Éste es mi Hijo, el escogido, escúchenlo” (Lc 9,35). Por tanto, si por una parte es Jesús el que nos acoge; por otra, también nosotros queremos acogerlo, ponernos a la escucha de su palabra, porque precisamente acogiendo a Jesucristo, Palabra encarnada, es como el Espíritu nos transforma, ilumina el camino del futuro, y hace crecer en nosotros las alas de la esperanza para caminar con alegría (cf. Carta enc. Lumen fidei, 7).

Pero, ¿qué podemos hacer? “Bota fé – Poné fe”. La cruz de la Jornada Mundial de la Juventud ha gritado estas palabras a lo largo de su peregrinación por Brasil. ¿Qué significa “Pon fe”? Cuando se prepara un buen plato y ves que falta la sal, “pones” sal; si falta el aceite, “pones” aceite… “Poné”, es decir, añadir, echar. Lo mismo pasa en nuestra vida, queridos jóvenes: si queremos que tenga realmente sentido y sea plena, como ustedes desean y merecen, les digo a cada uno y a cada una de ustedes: “pon fe” y tu vida tendrá un sabor nuevo, la vida tendrá una brújula que te indicará la dirección; “pon esperanza” y cada día de tu vida estará iluminado y tu horizonte no será ya oscuro, sino luminoso; “pon amor” y tu existencia será como una casa construida sobre la roca, tu camino será gozoso, porque encontrarás tantos amigos que caminan contigo. ¡Pon fe, pon esperanza, pon amor! Todos juntos: «Bote fé», «bote esperanza», «bote amor».

Pero, ¿quién puede darnos esto? En el Evangelio escuchamosla respuesta: Cristo. “Éste es mi Hijo, el escogido, escúchenlo”. Jesús nos trae a Dios y nos lleva a Dios, con él toda nuestra vida se transforma, se renueva y nosotros podemos ver la realidad con ojos nuevos, desde el punto de vista de Jesús, con sus mismos ojos (cf. Carta enc.Lumen fidei, 18). Por eso hoy les digo a cada uno de ustedes: “Pon a Cristo” en tu vida y encontrarás un amigo del que fiarte siempre; “poné a Cristo” y vas a ver crecer las alas de la esperanza para recorrer con alegría el camino del futuro; “poné a Cristo” y tu vida estará llena de su amor, será una vida fecunda. Porque todos nosotros queremos tener una vida fecunda. Una vida que dé vida a otros.

Hoy nos hará bien a todos que nos preguntásemos sinceramente: ¿en quién ponemos nuestra fe? ¿En nosotros mismos, en las cosas, o en Jesús? Todos tenemos muchasveces la tentación de ponernos en el centro, de creernos que somos el eje del universo, de creer que nosotros solos construimos nuestra vida, o pensar que tener, el dinero, el poder es lo que da la felicidad. Pero todos sabemos que no es así. El tener, el dinero, el poder pueden ofrecer un momento de embriaguez, la ilusión de ser felices, pero, al final, nos dominan y nos llevan a querer tener cada vez más, a no estar nunca satisfechos. Y terminamos empachados pero no alimentados, y es muy triste ver una juventud empachada pero débil. La juventud tiene que ser fuerte, alimentarse de su fe, y no empacharse de otras cosas. ¡“Poné a Cristo” en tu vida, ponétu confianza en él y no quedarás defraudado! Miren, queridos amigos, la fe hace una revolución que podríamos llamar copernicana, nos quita del centro y pone en el centro a Dios; la fe nos inunda de su amor que nos da seguridad, fuerza y esperanza. Aparentemente parece que no cambia nada, pero, en lo más profundo de nosotros mismos, cambia todo. Cuando está Dios en nuestro corazón habita la paz, la dulzura, la ternura, el entusiasmo, la serenidad y la alegría, que son frutos del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22), entonces y nuestra existencia se transforma, nuestro modo de pensar y de obrar se renueva, se convierte en el modo de pensar y de obrar de Jesús, de Dios. Amigos queridos, la fe es revolucionaria y yo te pregunto a vos, hoy: ¿estás dispuesto, estás dispuesta a entrar en esta onda de la revolución de la fe?. Sólo entrando tu vida joven va a tener sentido y así será fecunda.

Querido joven, querida joven: “Ponéa Cristo” en tu vida. En estos días, Él te espera: Escúchalo con atención y su presencia entusiasmará tu corazón. “Ponéa Cristo”: Él te acoge en el Sacramento del perdón, con su misericordia cura todas las heridas del pecado. No le tengas miedo a pedirle perdón, porque Él en su tanto amor nunca se cansa de perdonarnos, como un padre que nos ama. ¡Dios es pura misericordia! “Pon a Cristo”: Él te espera también en la Eucaristía, Sacramento de su presencia, de su sacrificio de amor, y Él te espera también en la humanidad de tantos jóvenes que te enriquecerán con su amistad, te animarán con su testimonio de fe, te enseñarán el lenguaje del amor, de la bondad, del servicio. También vos, querido joven, querida joven, podés ser un testigo gozoso de su amor, un testigo entusiasta de su Evangelio para llevar un poco de luz a este mundo. Dejáte amar por Jesús, es un amigo que no defrauda.

“Qué bien se está aquí”, poniendo a Cristo, la fe, la esperanza, el amor que él nos da, en nuestra vida.  Queridos amigos, en esta celebración hemos acogido la imagen de Nuestra Señora de Aparecida. Con María, le pedimos que nos enseñe a seguir a Jesús. Que nos enseñe a ser discípulos y misioneros. Como ella, queremos decir “sí” a Dios. Pidamos a su Corazón de Madre que interceda por nosotros, para que nuestros corazones estén dispuestos a amar a Jesús y a hacerlo amar. Queridos jóvenes, ¡Jesús nos espera. Jesús cuenta con nosotros! Amén.


Publicado por verdenaranja @ 22:29  | Habla el Papa
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Zenit  nos ofrece las palabras del papa Francisco al introducir la oración mariana del Angelus, en 26 de julio de 2013, memoria de santos Joaquín y Ana, padres de la beata Virgen María, asomado al balcón central del Palacio arzobispal de Río de Janeiro, acompañado del arzobispo monseñor Orani João Tempesta.

 

Queridos hermanos y amigos, ¡buenos días!

Doy gracias a la Divina Providencia por haber guiado mis pasos hasta aquí, a la ciudad de San Sebastián de Río de Janeiro. Agradezco de corazón a Mons. Orani y también a ustedes la cálida acogida, con la que manifiestan su afecto al Sucesor de Pedro. Me gustaría que mi paso por esta ciudad de Río renovase en todos el amor a Cristo y a la Iglesia, la alegría de estar unidos a Él y de pertenecer a la Iglesia, y el compromiso de vivir y dar testimonio de la fe.

Una bellísima expresión popular de la fe es la oración del Angelus [en Brasil, la Hora de María]. Es una oración sencilla que se reza en tres momentos señalados de la jornada, que marcan el ritmo de nuestras actividades cotidianas: por la mañana, a mediodía y al atardecer. Pero es una oración importante; invito a todos a recitarla con el Avemaría. Nos recuerda un acontecimiento luminoso que ha transformado la historia: la Encarnación, el Hijo de Dios se ha hecho hombre en Jesús de Nazaret.

Hoy la Iglesia celebra a los padres de la Virgen María, los abuelos de Jesús: los santos Joaquín y Ana. En su casa vino al mundo María, trayendo consigo el extraordinario misterio de la Inmaculada Concepción; en su casa creció acompañada por su amor y su fe; en su casa aprendió a escuchar al Señor y a seguir su voluntad. Los santos Joaquín y Ana forman parte de esa larga cadena que ha transmitido la fe y el amor de Dios, en el calor de la familia, hasta María que acogió en su seno al Hijo de Dios y lo dio al mundo, nos los ha dado a nosotros. ¡Qué precioso es el valor de la familia, como lugar privilegiado para transmitir la fe! Refiriéndome al ambiente familiar quisiera subrayar una cosa: hoy, en esta fiesta de los santos Joaquín y Ana, se celebra, tanto en Brasil como en otros países, la fiesta de los abuelos. Qué importantes son en la vida de la familia para comunicar ese patrimonio de humanidad y de fe que es esencial para toda sociedad. Y qué importante es el encuentro y el diálogo intergeneracional, sobre todo dentro de la familia. El Documento conclusivo de Aparecida nos lo recuerda: "Niños y ancianos construyen el futuro de los pueblos. Los niños porque llevarán adelante la historia, los ancianos porque transmiten la experiencia y la sabiduría de su vida" (n. 447). Esta relación, este diálogo entre las generaciones, es un tesoro que tenemos que preservar y alimentar. En estas Jornadas de la Juventud, los jóvenes quieren saludar a los abuelos. ¡Saludamos a los abuelos! Los saludan con todo cariño y les agradecen el testimonio de sabiduría que nos ofrecen continuamente.

Y ahora, en esta Plaza, en sus calles adyacentes, en las casas que viven con nosotros este momento de oración, sintámonos como una gran familia y dirijámonos a María para que proteja a nuestras familias, las haga hogares de fe y de amor, en los que se sienta la presencia de su Hijo Jesús.

(Rezo del Ángelus y bendición)


Publicado por verdenaranja @ 22:24  | Habla el Papa
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Zenit nos ofrece las palabras que el Papa Francisco dirigió en la Fiesta de Acogida en el paseo marítimo de  Copacabana.

 

Queridos jóvenes,
¡Buenas tardes!

Quiero primero darle las gracias por el testimonio de fe que ustedes están dando al mundo. Siempre oí decir que a los cariocas no les gusta el frío y la lluvia. Pero ustedes están mostrando que la fe de ustedes es más fuerte que el frío y la lluvia. ¡Enhorabuena! Ustedes son verdaderamente grandes héroes.

Veo en ustedes la belleza del rostro joven de Cristo, y mi corazón se llena de alegría. Recuerdo la primera Jornada Mundial de la Juventud a nivel internacional. Se celebró en 1987 en Argentina, en mi ciudad de Buenos Aires. Guardo vivas en la memoria estas palabras de Juan Pablo II a los jóvenes: “¡Tengo tanta esperanza en vosotros! Espero sobre todo que renovéis vuestra fidelidad a Jesucristo y a su cruz redentora” (Discurso a los Jóvenes, 11 de abril 1987: Insegnamenti, X/1 [1987], p. 1261).

Antes de continuar, quisiera recordar el trágico accidente en la Guyana francesa, que sufrieron los jóvenes que venían a esta Jornada, allí perdió la vida la joven Sophie Morinière, y otros jóvenes resultaron heridos.

Los invito a hacer un instante de silencio y de oración a Dios, nuestro Padre, por Sophie, los heridos y sus familiares.

Este año, la Jornada vuelve, por segunda vez, a América Latina. Y ustedes, jóvenes, han respondido en gran número a la invitación de Benedicto XVI, que los ha convocado para celebrarla. A él se lo agradecemos de todo corazón. Y a él, que nos convocó hoy aquí, le enviamos un saludo y un fuerte aplauso. Ustedes saben que, antes de venir a Brasil, estuve charlando con él. Y le pedí que me acompañara en el viaje, con la oración. Y me dijo: los acompaño con la oración, y estaré junto al televisor. Así que ahora nos está viendo. Mi mirada se extiende sobre esta gran muchedumbre: ¡Son ustedes tantos! Llegados de todos los continentes. Distantes, a veces no sólo geográficamente, sino también desde el punto de vista existencial, cultural, social, humano. Pero hoy están aquí, o más bien, hoy estamos aquí, juntos, unidos para compartir la fe y la alegría del encuentro con Cristo, de ser sus discípulos. Esta semana, Río se convierte en el centro de la Iglesia, en su corazón vivo y joven, porque ustedes han respondido con generosidad y entusiasmo a la invitación que Jesús les ha hecho para estar con él, para ser sus amigos.

El tren de esta Jornada Mundial de la Juventud ha venido de lejos y ha atravesado la Nación brasileña siguiendo las etapas del proyecto “Bota fe - Poned fe”. Hoy ha llegado a Río de Janeiro. Desde el Corcovado, el Cristo Redentor nos abraza y nos bendice. Viendo este mar, la playa y a todos ustedes, me viene a la mente el momento en que Jesús llamó a sus primeros discípulos a orillas del lago de Tiberíades. Hoy Jesús nos sigue preguntando: ¿Querés ser mi discípulo? ¿Querés ser mi amigo? ¿Querés ser testigo del Evangelio? En el corazón del Año de la Fe, estas preguntas nos invitan a renovar nuestro compromiso cristiano. Sus familias y comunidades locales les han transmitido el gran don de la fe. Cristo ha crecido en ustedes. Hoy quiere venir aquí para confirmarlos en esta fe, la fe en Cristo vivo que habita en ustedes, pero he venido yo también para ser confirmado por el entusiasmo de la fe de ustedes. Ustedes saben que en la vida de un obispo hay tantos problemas que piden ser solucionados. Y con estos problemas y dificultades, la fe del obispo puede entristecerse, Qué feo es un obispo triste. Qué feo, que es. Para que mi fe no sea triste he venido aquí para contagiarme con el entusiasmo de ustedes.

Los saludo con cariño. A ustedes aquí presentes, venidos de los cinco continentes y, a través de ustedes, saludo a todos los jóvenes del mundo, en particular a aquellos que querían venir a Río de Janeiro, y no han podido. A los que nos siguen por medio de la radio, y la televisión e internet, a todos les digo: ¡Bienvenidos a esta fiesta de la fe! En diversas partes del mundo, muchos jóvenes están reunidos ahora para vivir juntos con nosotros este momento: sintámonos unidos unos a otros en la alegría, en la amistad, en la fe. Y tengan certeza de que mi corazón los abraza a todos con afecto universal. Porque lo más importante hoy es ésta reunión de ustedes y la reunión de todos los jóvenes que nos están siguiendo a través de los medios. ¡El Cristo Redentor, desde la cima del monte Corcovado, los acoge y los abraza en esta bellísima ciudad de Río!

Un saludo particular al Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, el querido e incansable Cardenal Stanislaw Rilko, y a cuantos colaboran con él. Agradezco a Monseñor Orani João Tempesta, Arzobispo de São Sebastião do Río de Janeiro, la cordial acogida que me ha dispensado, además quiero decir aquí que los cariocas saben recibir bien, saben dar una gran acogida, y agradecerle el gran trabajo para realizar esta Jornada Mundial de la Juventud, junto a sus obispos auxiliares, con las diversas diócesis de este inmenso Brasil. Mi agradecimiento también se dirige a todas las autoridades nacionales, estatales y locales, y a cuantos han contribuido para hacer posible este momento único de celebración de la unidad, de la fe y de la fraternidad. Gracias a los Hermanos Obispos, a los sacerdotes, a los seminaristas, a las personas consagradas y a los fieles laicos que acompañan a los jóvenes, desde diversas partes de nuestro planeta, en su peregrinación hacia Jesús. A todos y a cada uno, un abrazo afectuoso en Jesús y con Jesús.

¡Hermanos y amigos, bienvenidos a la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, en esta maravillosa ciudad de Río de Janeiro!


Publicado por verdenaranja @ 22:19  | Habla el Papa
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Zenit nos ofrece las palabras del papa de una transcripción del discurso improvisado, facilitado por Radio Vaticana a más de 30.000 compatriotas esperaban al papa en la Catedral de Río.

 

Gracias, gracias por estar hoy aquí, por haber venido. Gracias a los que están adentro, y muchas gracias a los que están afuera, a los treinta mil, me dicen que hay afuera, desde acá los saludos! Están bajo la lluvia. Gracias por el gesto de acercarse, gracias por haber venido a la Jornada de la Juventud.

Yo le sugerí al doctor Gasbarri que es el que maneja, que organiza el viaje, si hubiera un lugarcito para encontrarme con ustedes, y al medio día tenía arreglado todo. Así es que también le quiero agradecer públicamente al Doctor Gasbarri, esto que ha logrado hoy.

Quisiera decir una cosa. ¿Qué es lo que espero como consecuencia de la Jornada de la Juventud? ¡Espero lío! ¿Que acá dentro va a haber lío? ¡Va a haber! ¿Que acá en Río va a haber lío? ¡Va a haber! ¡Pero quiero lío en las diócesis! ¡Quiero que se salga afuera! ¡Quiero que la Iglesia salga a la calle! ¡Quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalación, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos. Las parroquias, los colegios, las instituciones, ¡son para salir! Si no salen, se convierten en una ONG, y la Iglesia no puede ser una ONG.

Que me perdonen los obispos y los curas, si alguno después les arma lío a ustedes, pero es el consejo… gracias por lo que puedan hacer. Miren, yo pienso que en este momento, esta civilización mundial se pasó de rosca, ¡se pasó de rosca! Porque es tal el culto que ha hecho al dios dinero, que estamos presenciando una filosofía y una praxis de exclusión de los dos polos de la vida que son las promesas de los pueblos. Y por supuesto, porque uno podría pensar, que podría haber una especie de eutanasia escondida. Es decir, no se cuida a los ancianos, pero también está esta eutanasia cultural: ¡no se los deja hablar, no se los deja actuar! Y la exclusión de los jóvenes: El porcentaje que hay de jóvenes sin trabajo, sin empleo, ¡es muy alto! Y es una generación que no tiene la experiencia de la dignidad ganada por el trabajo. O sea, ¡Esta civilización nos ha llevado a excluir las dos puntas que son el futuro nuestro!

Entonces, los jóvenes tienen que salir, tienen que hacerse valer. Los jóvenes tienen que salir a luchar por los valores, ¡A luchar por los valores! ¡Y los viejos abran la boca, los ancianos abran la boca y enséñennos, transmítannos la sabiduría de los pueblos! En el Pueblo Argentino, yo se los pido de corazón a los ancianos, no claudiquen de ser la reserva cultural de nuestro pueblo que transmite la justicia, que transmite la historia, que transmite los valores, que transmite la memoria de Pueblo. Y ustedes, por favor, ¡no se metan contra los viejos! ¡Déjenlos hablar, escúchenlos, y lléven adelante! Pero sepan, sepan que en este momento, ustedes, los jóvenes y los ancianos, están condenados al mismo destino: exclusión! ¡No se dejen excluir! ¿Está claro? Por eso creo que tienen que trabajar

Y la fe en Jesucristo no es broma, es algo muy serio, es un escándalo. Que Dios haya venido a hacerse uno de nosotros, ¡es un escándalo! Y que haya muerto en la cruz, es un escándalo, el escándalo de la Cruz. La Cruz sigue siendo escándalo, pero ¡es el único camino seguro, el de la Cruz, el de Jesús, la encarnación de Jesús!

Por favor, ¡no licuen la fe en Jesucristo! Hay licuado de naranja, licuado de manzana, licuado de banana, pero por favor, ¡no tomen licuado de fe! ¡La fe es entera, no se licua! Es la fe en Jesús. Es la fe en el Hijo de Dios hecho hombre, que me amó y murió por mí.

Entonces, ¡Hágan lío! ¡Cuiden los extremos del pueblo que son los ancianos y los jóvenes! No se dejen excluir, y que no excluyan a los ancianos, segundo, y no licuen la fe en Jesucristo.

¡Las Bienaventuranzas! ¿Qué tenemos que hacer, padre? Mirá, leé las Bienaventuranzas que te van a venir bien, y si querés saber qué cosa práctica tenés que hacer, leé Mateo 25, que es el protocolo con el cual nos va juzgar, con esas dos cosas tienen el programa de acción: Las Bienaventuranzas y Mateo 25, no necesitan leer otra cosa. ¡Se los pido de corazón!

Bueno, les agradezco ya esta cercanía, me da pena que estén enjaulados, pero les digo una cosa. Yo por momentos siento, ¡qué feo estar enjaulado! ¡Se los confieso de corazón! Pero bueno… los comprendo! …Me hubiera gustado estar más cerca de ustedes, pero comprendo que por razón de orden, no se puede.

¡Gracias por acercarse, gracias por rezar por mí, se los pido de corazón, lo necesito! ¡Necesito de la oración de ustedes, necesito mucho! ¡Gracias por eso!

Y bueno, les voy a dar la bendición y después vamos a bendecir la imagen de la Virgen que va a recorrer toda la República y la Cruz de San Francisco, que van a recorrer misionariamente.

Pero no se olviden, ¡Hágan lío! ¡Cuiden los dos extremos de la vida, los dos extremos de la historia de los pueblos, que son los ancianos y los jóvenes! ¡Y no licuen la fe!

Y ahora vamos a rezar para bendecir la Imagen de la Virgen y darles después la bendición a ustedes.

Nos ponemos de pie para la bendición, pero antes le quiero agradecer lo que dijo Monseñor Arancedo, que de puro mal educado no se lo agradecí, así es que gracias por tus palabras…

En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor está contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte, Amén.

Señor tu dejaste en medio de nosotros a tu Madre para que nos acompañara.
Que ella nos cuide, nos proteja en nuestro camino, en nuestro corazón, en nuestra fe.
Que ella nos haga discípulos, como lo fue ella, y misioneros, como también lo fue ella.
Que nos enseñe a salir a la calle, que nos enseñe a salir de nosotros mismos.
Bendecimos esta Imagen Señor, que va a recorrer el País.
Que ella, con su mansedumbre, con su paz, nos indique el camino.

Señor, vos sos un escándalo, el escándalo de la Cruz,
una Cruz que es humildad, mansedumbre, una Cruz que nos habla de la cercanía de Dios.
Bendecimos también esta Imagen de la Cruz que recorrerá el País.

¡Muchas gracias y nos vemos en estos días!
¡Que Dios los bendiga y recen por mí, no se olviden!


Publicado por verdenaranja @ 22:09  | Habla el Papa
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Viernes, 26 de julio de 2013

Comentario al evangelio del Domingo 17° del T.O./C por Jesús Álvarez SSP (Zenit.org)

Pidan y recibirán, llamen y se les abrirá

Por Jesús Álvarez SSP

"Uno de los discípulos dijo a Jesús: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. Les dijo: Cuando recen, digan: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino. Hágase tu voluntad. Danos cada día el pan que nos corresponde. Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende. Y no nos dejes caer en la tentación. Yo les digo: «Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta se le abrirá. Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará Espíritu Santo a los que se lo pidan!»" (Lc. 11,1-13).

El Padrenuestro es la respuesta de Jesús a la petición del discípulo, la oración sencilla y sublime que quizás aprendió de sus padres en Nazaret.

La invocación “Padre nuestro” sugiere la primera condición de toda plegaria: una relación filial de fe y amor personal con Dios, pues la oración es “un encuentro de amistad con quien sabemos que nos ama”, como dijo santa Teresa de Ávila. ¡Y nos ama más que nadie!

Con la petición “santificado sea tu nombre” se indica que hemos de hacer lo posible para que Dios sea conocido, reconocido y amado mediante nuestro ejemplo, nuestra palabra y oración, de modo que todo hijo de Dios entre en relación de amor salvador con la Trinidad, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, nuestra Familia de origen y destino.

“Venga a nosotros tu reino”; o sea que Dios nos ayude a trabajar para establecer en la tierra el reino de Dios con sus bienes: la vida, la paz, la justicia, la verdad, la libertad, el amor- en nuestro corazón, en la familia, en la sociedad, en el mundo.

“Hágase tu voluntad”, es la condición para la eficacia de la oración; que Dios nos dé lo que pedimos, si es conforme a su voluntad, que es siempre lo mejor para nosotros. Conocemos la voluntad de Dios sobre todo en la oración y en la lectura de su Palabra.

“Danos hoy nuestro pan”, y no solo el nuestro, sino también para el 60% de la humanidad que sufre el flagelo del hambre. Si compartimos nuestro pan, Dios no permitirá que nos falte. “Den y se les dará”, dice Jesús. Si no escuchamos el grito de los hambrientos, ¿cómo pretenderemos que Dios nos escuche cuando lo necesitemos?

“Perdónanos nuestras ofensas como nosotros también perdonamos”. Perdonar las ofensas, por graves que sean, es un sacramento de perdón: “Si ustedes perdonan, serán perdonados. Y si no perdonan, no serán perdonados” (Mt. 6, 15).

“No nos dejes caer en la tentación”, sobre todo en la tentación contra la fe, la esperanza y el amor.

“Y líbranos del mal”. Líbranos de lo que nos hace daño temporal o eterno a nosotros y a los demás.

Por fin, cuando nos disponemos a orar, pidamos ayuda al Espíritu Santo, “que ora en nosotros con voces inefables” (Rom. 8, 26). Y pidamos a María que ore con nosotros y por nosotros: “Ruega por nosotros, pecadores”.


Publicado por verdenaranja @ 19:04  | Espiritualidad
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Zenit nos ofrece las palabras del papa Francisco a los fieles reunidos de la Comunità di Varginha

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Es bello estar aquí con ustedes. Ya desde el principio, al programar la visita a Brasil, mi deseo era poder visitar todos los barrios de esta nación. Habría querido llamar a cada puerta, decir «buenos días», pedir un vaso de agua fresca, tomar un «cafezinho» y no un vaso de aguardiente, hablar como amigo de casa, escuchar el corazón de cada uno, de los padres, los hijos, los abuelos... Pero Brasil, ¡es tan grande! Y no se puede llamar a todas las puertas. Así que elegí venir aquí, a visitar vuestra Comunidad, que hoy representa a todos los barrios de Brasil. ¡Qué hermoso es ser recibidos con amor, con generosidad, con alegría! Basta ver cómo habéis decorado las calles de la Comunidad; también esto es un signo de afecto, nace del corazón, del corazón de los brasileños, que está de fiesta. Muchas gracias a todos por la calurosa bienvenida. Agradezco a Mons. Orani Tempesta y a los esposos Rangler y Joana sus cálidas palabras.

1. Desde el primer momento en que he tocado el suelo brasileño, y también aquí, entre vosotros, me siento acogido. Y es importante saber acoger; es todavía más bello que cualquier adorno. Digo esto porque, cuando somos generosos en acoger a una persona y compartimos algo con ella —algo de comer, un lugar en nuestra casa, nuestro tiempo— no nos hacemos más pobres, sino que nos enriquecemos. Ya sé que, cuando alguien que necesita comer llama a su puerta, siempre encuentran ustedes un modo de compartir la comida; como dice el proverbio, siempre se puede «añadir más agua a los frijoles» ¿se puede añadir más agua a los frijoles? ¡siempre! Y lo hacen con amor, mostrando que la verdadera riqueza no está en las cosas, sino en el corazón.

Y el pueblo brasileño, especialmente las personas más sencillas, pueden dar al mundo una valiosa lección de solidaridad,  esta palabra solidaridad es a menudo olvidada u omitida, porque es incómoda, parece casi una palabrota. Me gustaría hacer un llamamiento a quienes tienen más recursos, a los poderes públicos y a todos los hombres de buena voluntad comprometidos en la justicia social: que no se cansen de trabajar por un mundo más justo y más solidario. Nadie puede permanecer indiferente ante las desigualdades que aún existen en el mundo. Que cada uno, según sus posibilidades y responsabilidades, ofrezca su contribución para poner fin a tantas injusticias sociales. No es la cultura del egoísmo, del individualismo, que muchas veces regula nuestra sociedad, la que construye y lleva a un mundo más habitable, ¡no lo es! Sino la cultura de la solidaridad; no ver en el otro un competidor o un número, sino un hermano y todos nosotros somos hermanos.

Deseo alentar los esfuerzos que la sociedad brasileña está haciendo para integrar todas las partes de su cuerpo, incluidas las que más sufren o están necesitadas, a través de la lucha contra el hambre y la miseria. Ningún esfuerzo de «pacificación» será duradero, ni habrá armonía y felicidad para una sociedad que ignora, que margina y abandona en la periferia una parte de sí misma. Una sociedad así, simplemente se empobrece a sí misma; más aún, pierde algo que es esencial para ella. No dejemos, no dejemos entrar en el corazón la cultura del usar y tirar, porque somos hermanos y no desechables. Recordémoslo siempre: sólo cuando se es capaz de compartir, llega la verdadera riqueza; todo lo que se comparte se multiplica. La medida de la grandeza de una sociedad está determinada por la forma en que trata a quien está más necesitado, a quien no tiene más que su pobreza.

2. También quisiera decir que la Iglesia, «abogada de la justicia y defensora de los pobres ante intolerables desigualdades sociales y económicas, que claman al cielo» (Documento de Aparecida, 395), desea ofrecer su colaboración a toda iniciativa que pueda significar un verdadero desarrollo de cada hombre y de todo el hombre. Queridos amigos, ciertamente es necesario dar pan a quien tiene hambre; es un acto de justicia. Pero hay también un hambre más profunda, el hambre de una felicidad que sólo Dios puede saciar. ¡Hombre de dignidad! No hay una verdadera promoción del bien común, ni un verdadero desarrollo del hombre, cuando se ignoran los pilares fundamentales que sostienen una nación, sus bienes inmateriales: la vida, que es un don de Dios, un valor que siempre se ha de tutelar y promover; la familia, fundamento de la convivencia y remedio contra la desintegración social; la educación integral, que no se reduce a una simple transmisión de información con el objetivo de producir ganancias; la salud, que debe buscar el bienestar integral de la persona, incluyendo la dimensión espiritual, esencial para el equilibrio humano y una sana convivencia; la seguridad, en la convicción de que la violencia sólo se puede vencer partiendo del cambio del corazón humano.

3. Quisiera decir una última cosa, una última cosa. Aquí, como en todo Brasil, hay muchos jóvenes. Queridos jóvenes, ustedes tienen una especial sensibilidad ante la injusticia, pero a menudo se sienten defraudados por los casos de corrupción, por las personas que, en lugar de buscar el bien común, persiguen su propio interés. A ustedes y a todos les repito: nunca se desanimen, no pierdan la confianza, no dejen que la esperanza se apague. La realidad puede cambiar, el hombre puede cambiar. Sean los primeros en tratar de hacer el bien, de no habituarse al mal, sino a vencerlo, vencerlo con el bien. La Iglesia los acompaña ofreciéndoles el don precioso de la fe, de Jesucristo, que ha «venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10).

Hoy digo a todos ustedes, y en particular a los habitantes de esta Comunidad de Varginha: No están solos, la Iglesia está con ustedes, el Papa está con ustedes. Llevo a cada uno de ustedes en mi corazón y hago mías las intenciones que albergan en lo más íntimo: la gratitud por las alegrías, las peticiones de ayuda en las dificultades, el deseo de consuelo en los momentos de dolor y sufrimiento. Todo lo encomiendo a la intercesión de Nuestra Señora de Aparecida, la Madre de todos los pobres del Brasil, y con gran afecto les imparto mi Bendición.

¡Gracias!


Publicado por verdenaranja @ 19:01  | Habla el Papa
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Jueves, 25 de julio de 2013

Zenit nos ofrece el discurso que el papa Francisco pronunción en el Hospital “São Francisco de Assis na Providência de Deus - V.O.T. (Venerable Orden Terciaria)”.

 

Querido Arzobispo de Rio de Janeiro
y queridos hermanos en el episcopado;
Honorables Autoridades,
Estimados miembros de la Venerable Orden Tercera de San Francisco de la Penitencia,
Queridos médicos, enfermeros y demás agentes sanitarios,
Queridos jóvenes y familiares,
Buenas noches

Dios ha querido que, después del Santuario de Nuestra Señora de Aparecida, mis pasos se encaminaran hacia un santuario particular del sufrimiento humano, como es el Hospital San Francisco de Asís. Es bien conocida la conversión de su santo Patrón: el joven Francisco abandona las riquezas y comodidades para hacerse pobre entre los pobres; se da cuenta de que la verdadera riqueza y lo que da la auténtica alegría no son las cosas, el tener, los ídolos del mundo, sino el seguir a Cristo y servir a los demás; pero quizás es menos conocido el momento en que todo esto se hizo concreto en su vida: fue cuando abrazó a un leproso. Aquel hermano que sufría era «mediador de la luz (...) para san Francisco de Asís» (cf. Carta enc. Lumen fidei, 57), porque en cada hermano y hermana en dificultad abrazamos la carne de Cristo que sufre. Hoy, en este lugar de lucha contra la dependencia química, quisiera abrazar a cada uno y cada una de ustedes que son la carne de Cristo, y pedir que Dios colme de sentido y firme esperanza su camino, y también el mío.

Abrazar, abrazar. Todos hemos de aprender a abrazar a los necesitados, como San Francisco. Hay muchas situaciones en Brasil, en el mundo, que necesitan atención, cuidado, amor, como la lucha contra la dependencia química. Sin embargo, lo que prevalece con frecuencia en nuestra sociedad es el egoísmo. ¡Cuántos «mercaderes de muerte» que siguen la lógica del poder y el dinero a toda costa! La plaga del narcotráfico, que favorece la violencia y siembra dolor y muerte, requiere un acto de valor de toda la sociedad. No es la liberalización del consumo de drogas, como se está discutiendo en varias partes de América Latina, lo que podrá reducir la propagación y la influencia de la dependencia química. Es preciso afrontar los problemas que están a la base de su uso, promoviendo una mayor justicia, educando a los jóvenes en los valores que construyen la vida común, acompañando a los necesitados y dando esperanza en el futuro. Todos tenemos necesidad de mirar al otro con los ojos de amor de Cristo, aprender a abrazar a aquellos que están en necesidad, para expresar cercanía, afecto, amor.

Pero abrazar no es suficiente. Tendamos la mano a quien se encuentra en dificultad, al que ha caído en el abismo de la dependencia, tal vez sin saber cómo, y decirle: «Puedes levantarte, puedes remontar; te costará, pero puedes conseguirlo si de verdad lo quieres».

Queridos amigos, yo diría a cada uno de ustedes, pero especialmente a tantos otros que no han tenido el valor de emprender el mismo camino: «Tú eres el protagonista de la subida, ésta es la condición indispensable. Encontrarás la mano tendida de quien te quiere ayudar, pero nadie puede subir por ti». Pero nunca están solos. La Iglesia y muchas personas están con ustedes. Miren con confianza hacia delante, su travesía es larga y fatigosa, pero miren adelante, hay «un futuro cierto, que se sitúa en una perspectiva diversa de las propuestas ilusorias de los ídolos del mundo, pero que da un impulso y una fuerza nueva para vivir cada día» (Carta enc. Lumen fidei, 57). Quisiera repetirles a todos ustedes: No se dejen robar la esperanza. No se dejen robar la esperanza. Pero también quiero decir: No robemos la esperanza, más aún, hagámonos todos portadores de esperanza.

En el Evangelio leemos la parábola del Buen Samaritano, que habla de un hombre asaltado por bandidos y abandonado medio muerto al borde del camino. La gente pasa, mira y no se para, continúa indiferente el camino: no es asunto suyo. No se dejen robar la esperanza. Cuántas veces decimos: no es mi problema. Cuántas veces miramos a otra parte y hacemos como si no vemos. Sólo un samaritano, un desconocido, ve, se detiene, lo levanta, le tiende la mano y lo cura (cf. Lc 10, 29-35). Queridos amigos, creo que aquí, en este hospital, se hace concreta la parábola del Buen Samaritano. Aquí no existe indiferencia, sino atención, no hay desinterés, sino amor. La Asociación San Francisco y la Red de Tratamiento de Dependencia Química enseñan a inclinarse sobre quien está dificultad, porque en él ve el rostro de Cristo, porque él es la carne de Cristo que sufre. Muchas gracias a todo el personal del servicio médico y auxiliar que trabaja aquí; su servicio es valioso, háganlo siempre con amor; es un servicio que se hace a Cristo, presente en el prójimo: «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40), nos dice Jesús.

Y quisiera repetir a todos los que luchan contra la dependencia química, a los familiares que tienen un cometido no siempre fácil: la Iglesia no es ajena a sus fatigas, sino que los acompaña con afecto. El Señor está cerca de ustedes y los toma de la mano. Vuelvan los ojos a él en los momentos más duros y les dará consuelo y esperanza. Y confíen también en el amor materno de María, su Madre. Esta mañana, en el santuario de Aparecida, he encomendado a cada uno de ustedes a su corazón. Donde hay una cruz que llevar, allí está siempre ella, nuestra Madre, a nuestro lado. Los dejo en sus manos, mientras les bendigo a todos con afecto. Muchas gracias.


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Reflexión de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, en el programa radial Compartiendo el Evangelio (XVI domingo durante el año, 21 de julio de 2013) (AICA)

Discernir, ordenar, privilegiar

Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra. Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: "Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude". Pero el Señor le respondió: "Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo una sola cosa es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada".(Lucas 10,38-42)

Es evidente que ambas realidades, el trabajo y la oración, son importantes. Pero también es importante distinguir, ordenar, discernir y privilegiar. ¡Claro que el trabajo ordena!, pero también es importante convivir, compartir, dialogar. ¡Qué cosa buena que un papá o una mamá trabajen tanto, para mantener una familia, traer el pan a su casa, para que sus hijos tengan estudio, ropa, vivienda y tantas cosas más! Pero no se puede descuidar el diálogo entre papá y mamá, o el diálogo de ambos con los hijos; porque no sólo es comida o trabajo, sino también son cosas esenciales, cosas importantes.

Por eso, en nuestra vida cristiana tenemos que hacer síntesis: lo humano y lo cristiano, lo cristiano y lo humano. Y ambos no pueden vivir peleándose unos con otros, no. Todo lo contrario: porque soy humano tengo necesidad de oración y escucha de la Palabra, ya que escuchándola y rezándola me humanizo más. Debemos integrar ambas realidades, privilegiarlas, dándoles lugar a cada una de ellas.

Sabemos que hay un cúmulo de distracciones, algunas son buenas otras no tantas. El Papa Benedicto, cuando invitó a la Jornada Mundial de la Juventud (a realizarse esta semana en Rio de Janeiro) les dice a los jóvenes “¡Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos!” Cómo nos responsabiliza la fe, nos lleva a anunciar, a buscar a los jóvenes.

También dejó dos consignas: trabajar en los medios de comunicación y tener en cuenta la movilidad humana, que incluye las migraciones -en especial de aquellos hombres y mujeres que tienen que salir de sus países por distintas razones-. Ciertamente son dos cosas muy buenas, pero hay que humanizarlas para que puedan servir al hombre para ser más libre y no ser una ocasión de esclavitud, de dependencia y de egoísmo.

Recemos por el Papa Francisco, por la Jornada Mundial y que Dios bendiga a todos nuestros jóvenes para que, recibiendo a Cristo, recibiendo la Luz del Señor, también ellos la lleven a todos los ámbitos del mundo, pues el mundo necesita de Dios y Dios quiere estar cerca del mundo

Les dijo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén


Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús


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PRIMERA CATEQUESIS, Por Mons. Jorge Eduardo Lozano, Obispo de Gualeguaychú.-    JMJ RÍO 2013


Sed de esperanza, sed de Dios

1. Alegrías y sufrimientos de los jóvenes de hoy.

Los jóvenes suelen ser personas alegres, divertidas. Disfrutan de las fiestas, la música, el deporte, los amigos…
Están en actitud de búsqueda: de su lugar en el mundo, en la vida, en el propio grupo. Es el momento de elaborar un “proyecto de vida”. Quiero ser… ¿qué quiero ser? ¿Quién quiero ser? ¿Qué quiero alcanzar en la vida?

Es también tiempo de grandes ideales, de anhelar plenitud de la existencia. Brota en el corazón indignación por la injusticia, por la pobreza, por el atropello al ambiente. Búsqueda de verdad, bien y belleza. Búsqueda de libertad, paz, amor y justicia. Una vez un joven que estaba promediando la universidad me dijo: “si hubiera un lugar en el mundo en el cual no se haga daño, me voy para allá”. Pero eso lugar no existe ¿o sí? ¿A vos qué te parece? Yo tengo mi propia respuesta. En un momento te la comparto.
Otra característica que veo en los jóvenes es el deseo de estar conectados permanentemente. Las redes sociales, el teléfono móvil. Esto hace que por un lado haya poca privacidad, todo está expuesto. Sabés dónde están tus amigos, pero también sabés que no están con vos. Por eso, junto al estar hiperconectados también se dan experiencias de incomunicación, de profunda soledad, que pueden llevar también a la angustia.
Así como se da una gran valoración del grupo de amigos, o del club, o del estudio, también se presenta el miedo a ser rechazado, a perder… en el fondo, a no ser amado y valorado. Llega a darse en algunos grupos —especialmente de adolescentes— sentir la presión al consumo de alcohol, drogas, o conductas sexuales de riesgo.
Tienen todo el tiempo por delante. Pero a los logros los quieren de manera inmediata. Les cuesta la paciencia. Los fracasos suelen desmoralizarlos, y les cuesta reponerse. Suelen experimentar poca perseverancia ante la derrota.
Un psicólogo escribía que el paso de la adolescencia a la juventud madura se daba alcanzando la estabilidad en el amor y el trabajo. Justamente las dos dimensiones tienen sus dificultades. Por eso dicen que se prolongó la adolescencia casi hasta los 30 años de edad. Reflexionemos un rato acerca del amor y el trabajo en los jóvenes.
En el amor: se perciben dificultades para lograr relaciones afectivas estables. En un documento de la Conferencia Episcopal Argentina se describían como relaciones “emotivamente intensas, pero fugaces” (Navega Mar Adentro, año 2003). Como la luz del flash, que enceguece, pero no perdura.

Una sobrina de 23 años de edad a la que quiero mucho, pero que nos vemos poco, el año pasado me mostraba un tatuaje en su brazo y me decía: “esto es lo más permanente que logré conseguir hasta ahora”.
Se dice que ésta es una época marcada por la falta de certezas. Esto particularmente afecta a los jóvenes. Por eso se valora tanto el instante o el fragmento por sobre el futuro o el largo plazo. El amor eterno apenas se expresa como “para siempre mientras dure”.
También aparecen miradas pesimistas o negativas acerca del amor. Conversando con un amigo que es analista de cine, me hacía notar que algunas películas sobre vampiros, hombres-lobo, nos muestran incluso que no se puede amar sin hacer daño a la persona amada, arrancándole un pedazo o provocándole la muerte.
Y en el trabajo: en la mayoría de los países de América Latina y el Caribe la falta de trabajo se da particularmente entre los jóvenes. También en Europa, ante la crisis, los primeros en quedar desocupados son los jóvenes; que además, si tienen empleo, suelen ser los de baja calidad, menor remuneración y con pocas garantías de perdurabilidad. Esta falta de estabilidad laboral y contar con un salario digno les dificulta y hasta impide que puedan formar familia.
Ante esta realidad de incertidumbres, de dificultades para desplegar alas y volar, existen algunos riesgos que son muy serios.
Uno de ellos es el buscar refugio en “falsas ilusiones de felicidad y paraísos engañosos” (DA 443) sin consistencias, o “fabricarse” mundos de fantasía en los cuales todo funciona a la perfección, pero son tan falsos como un círculo con tres vértices.

Recordemos el diálogo de Jesús con la mujer Samaritana junto al pozo en el desierto. El maestro aprovecha aquella circunstancia para enseñarnos. Ella tiene que ir con su cántaro todos los días, pues el agua del pozo calma la sed momentáneamente. Jesús le habla de un agua viva que sacia de verdad.
Esa es la búsqueda del corazón humano. Los salmos lo expresan de manera muy bella “Mi alma tiene sed de Dios, cuando llegaré a ver su rostro” (Sal 41, 42). “Como busca la cierva corrientes de agua así te busca mi alma” (Sal 42).
San Juan de la Cruz, místico español, escribió: “¡El corazón humano no se satisface con menos de Infinito!”. Y ustedes, queridos amigos, lo experimentan en propia carne.
Los riesgos que podemos experimentar en el desierto son el agua contaminada y el espejismo. Una nos daña calmando momentáneamente la sed, pero provocando enfermedad y muerte; el otro nos hace gastar energías corriendo para alcanzar la nada, sumiéndonos en decepción que paraliza.
Ante las dificultades de la vida se hace presente el riesgo de la evasión. Querer escapar del mundo real por medio de la droga, el alcohol, la mentira, la hipocresía, la ludopatía, el consumismo… Caminos que no sacian la sed profunda del corazón.
Una bella canción de esta tierra que nos acoge canta con cierta melancolía: “la tristeza no tiene fin, la felicidad sí”.
Pero nosotros, creyente y peregrinos, reconocemos que no todo está perdido.

2. Expectativas de una esperanza nueva

¿La esperanza es posible? ¡Claro que sí! Pese a que los mensajes que hay sobre los jóvenes sean negativos o pesimistas, nosotros sabemos que esa no es toda la verdad.
No es cierto que la juventud “está perdida” o “encerrada en su mundo”.
Me contaba un sacerdote que trabaja en barrios muy pobres (villas de emergencia o favelas) cómo una mamá jovencita (de 17años) hacía esfuerzos enormes para dejar la droga por amor a su niña.
Los jóvenes siguen soñando aún ante la adversidad. Y esos sueños son interrogantes proféticos que resuenan en el interior de la Iglesia. Cada corazón joven que late en este templo es un reclamo a nosotros. En muchos templos de Río de Janeiro hay millones de corazones juveniles que palpitan preguntando: ¿cómo ser felices para siempre? ¿Cómo alcanzar la perfecta alegría? ¿Cuál es el camino que me muestra mi madre, la Iglesia?
San Pablo, un apasionado por la vida y la esperanza, nos enseña que “la esperanza no quedará defraudada porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 5). Pese a que el mundo se ha ido secularizando, sin embargo, las búsquedas de espiritualidad nos siguen sorprendiendo gratamente. Sin oración, sin alabanza a Dios, quedamos como amputados en el alma. 

3. Cristo nos ofrece la verdadera esperanza

Dejaba recién planteada la pregunta “¿cuál es el camino que me muestra mi madre, al Iglesia?”.
“Cristo es el camino, la verdad y la vida” (cfr. Jn 16, 4).
“La misión del anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo tiene una destinación universal. Su mandato de caridad abraza todas las dimensiones de la existencia, todas las personas, todos los ambientes de la convivencia y todos los pueblos. Nada de lo humano le puede resultar extraño. La Iglesia sabe, por revelación de Dios y por la experiencia humana de la fe, que Jesucristo es la respuesta total, sobreabundante y satisfactoria a las preguntas humanas sobre la verdad, el sentido de la vida y de la realidad, la felicidad, la justicia y la belleza. Son las inquietudes que están arraigadas en el corazón de toda persona y que laten en lo más humano de la cultura de los pueblos. Por eso, todo signo auténtico de verdad, bien y belleza en la aventura humana viene de Dios y clama por Dios.” (DA 380).
El Papa Francisco predicaba el Domingo de Ramos: “Nuestra alegría (…) nace (…) de haber encontrado a una persona, Jesús; que está entre nosotros; nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables, y ¡hay tantos!” (Papa Francisco, 24 de marzo 2013).
Un filósofo existencialista (Gabriel Marcel) decía: “Amar a alguien es decirle ‘tú no morirás jamás’”. Me acordaba de eso, y lo imaginaba a Jesús diciéndote “te amo, no morirás jamás”. El amor de Jesús es la firmeza de la esperanza. La Pascua de Cristo es nuestra victoria.
 

Al principio dejé abierta una pregunta “¿Es posible un mundo perfecto?”. Mi respuesta es ¡Sí! “¿Acá, en esta historia?” Eso cuesta un poco más, porque contamos con nuestra condición pecadora, con las grandezas y los límites del corazón humano. Hace unos años leí en un libro “paraíso es el mundo que se forma en torno a la persona que ama”. Y creo que de verdad es así.

La carta a los Hebreos usa la imagen del ancla para hablar de la esperanza. Un ancla que está con Jesús resucitado en el cielo, y a la cual nos aferramos. (cfr Hb.6, 17-20)

El Papa Francisco pedía a los jóvenes hace pocos días: “No se dejen robar la esperanza”. Y alguien puede preguntarse si es posible robarla. Sí. Cuando te dicen que nada va a cambiar, que ya todo está jugado, que es mejor salvarte vos que pensar en los demás. Quitarle sueños y posibilidades de desarrollo a los jóvenes es robarles la esperanza. Y con jóvenes sin esperanza, el mundo está más cerca de su propia destrucción. Con los ojos puestos en Jesús, y confiando en su amor, beban del agua que calma de verdad.

Es comunitaria. Somos un pueblo con esperanzas.

+Jorge Eduardo Lozano
Obispo de Gualeguaychú
ARGENTINA 


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Mi?rcoles, 24 de julio de 2013

Zenit nos  ofrece el artículo de nuestro colaborador monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, sobre la importancia de la formación en la fe.

Los jóvenes acuden a Río con anhelo de encontrar sentido a su vida
La importancia de la formación en la fe

Por Felipe Arizmendi Esquivel

SITUACIONES

Durante esta semana, en Río de Janeiro, Brasil, se lleva a cabo la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, con la participación del Papa Francisco. La convocatoria de la Iglesia Católica ha tenido gran resonancia entre los jóvenes, que en su mayoría no van por turismo o aventura, sino porque sienten anhelos profundos de encontrar sentido a su vida, a partir del encuentro con Cristo en su Iglesia. Estemos atentos no a los incidentes secundarios, sino a los contenidos de los mensajes.

Jóvenes de una parroquia de nuestra diócesis me expresaron algo de su realidad: “Nosotros los jóvenes hemos cambiado mucho nuestras costumbres y usamos mucho la droga; unos usan aretes y tatuajes, pero así no quiere el corazón de Dios. Muchos nos emborrachamos y hay muchachas que entran a trabajar a las cantinas y se dejan engañar: se venden por dinero y aprender a tomar… No nos ayuda robar, hablar mal de los demás, culparlos, violentarnos, enojarnos y golpear a otros, tomar trago en las fiestas religiosas hasta perder la razón e incluso la vida; no nos ayuda el machismo, el tabaquismo y destruir la naturaleza… Queremos que no haya violencia, asaltos, secuestros, muertes y discriminación en nuestro pueblo; que no haya maltrato en la familia; queremos ser alguien en la vida y tener una vida segura; queremos vivir en hermandad y que cambiemos este presente por medio de la escucha de la Palabra de Dios. Queremos que haya buena vida para todos y fe en Dios, para que hagamos el trabajo de nuestro Señor. Queremos que haya buena enseñanza de la Palabra de Dios, para que aprendamos de su vida y alcanzar la salvación. Queremos tener vida eterna en nuestro Señor”.

ILUMINACION

El Papa Francisco dijo en su primer mensaje en Brasil: “He venido para encontrarme con jóvenes venidos de todas las partes del mundo, atraídos por los brazos abiertos de Cristo Redentor. Quieren encontrar un refugio en su abrazo, justo cerca de su corazón, volver a escuchar su llamada clara y potente. Estos jóvenes encuentran en Cristo las respuestas a sus más altas y comunes aspiraciones, y pueden saciar el hambre de una verdad clara y de un genuino amor que los una por encima de cualquier diferencia. Cristo les ofrece espacio, sabiendo que no puede haber energía más poderosa que esa que brota del corazón de los jóvenes cuando son seducidos por la experiencia de la amistad con él. Cristo tiene confianza en los jóvenes y les confía el futuro de su propia misión: «Vayan y hagan discípulos»; vayan más allá de las fronteras de lo humanamente posible, y creen un mundo de hermanos y hermanas. Pero también los jóvenes tienen confianza en Cristo: no tienen miedo de arriesgar con él la única vida que tienen, porque saben que no serán defraudados” (22-VII-2013).

Y en su reciente encíclica sobre la fe, escribe: “Los jóvenes, que atraviesan una edad tan compleja, rica e importante para la fe, deben sentir la cercanía y la atención de la familia y de la comunidad eclesial en su camino de crecimiento en la fe. Todos hemos visto cómo, en las Jornadas Mundiales de la Juventud, los jóvenes manifiestan la alegría de la fe, el compromiso de vivir una fe cada vez más sólida y generosa. Los jóvenes aspiran a una vida grande. El encuentro con Cristo, el dejarse aferrar y guiar por su amor, amplía el horizonte de la existencia, le da una esperanza sólida que no defrauda” (No. 53).

COMPROMISOS

En Brasil, el Papa nos presenta estos retos: “Nuestra generación se mostrará a la altura de la promesa que hay en cada joven cuando sepa ofrecerle espacio; tutelar las condiciones materiales y espirituales para su pleno desarrollo; darle una base sólida sobre la que pueda construir su vida; garantizarle seguridad y educación para que llegue a ser lo que puede ser; transmitirle valores duraderos por los que valga la pena vivir; asegurarle un horizonte trascendente para su sed de auténtica felicidad y su creatividad en el bien; dejarle en herencia un mundo que corresponda a la medida de la vida humana; despertar en él las mejores potencialidades para ser protagonista de su propio porvenir, y corresponsable del destino de todos”.


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Zenit  publica la homilía del papa Francisco  en el Santuario de Nuestra Señora de Aparecida el miércoles 24 de Julio de 2013.

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas

¡Qué alegría venir a la casa de la Madre de todo brasileño, el Santuario de Nuestra Señora de Aparecida! Al día siguiente de mi elección como Obispo de Roma fui a la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma, con el fin de encomendar a la Virgen mi ministerio como Sucesor de Pedro. Hoy he querido venir aquí para pedir a María, nuestra Madre, el éxito de la Jornada Mundial de la Juventud, y poner a sus pies la vida del pueblo latinoamericano.

Quisiera ante todo decirles una cosa. En este santuario, donde hace seis años se celebró la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y el Caribe, ha ocurrido algo muy hermoso, que he podido constatar personalmente: ver cómo los obispos —que trabajaban sobre el tema del encuentro con Cristo, el discipulado y la misión— se sentían alentados, acompañados y en cierto sentido inspirados por los miles de peregrinos que acudían cada día a confiar su vida a la Virgen: aquella Conferencia ha sido un gran momento de Iglesia. Y, en efecto, puede decirse que el Documento de Aparecida nació precisamente de esta urdimbre entre el trabajo de los Pastores y la fe sencilla de los peregrinos, bajo la protección materna de María. La Iglesia, cuando busca a Cristo, llama siempre a la casa de la Madre y le pide: «Muéstranos a Jesús». De ella se aprende el verdadero discipulado. He aquí por qué la Iglesia va en misión siguiendo siempre la estela de María.

Hoy, en vista de la Jornada Mundial de la Juventud que me ha traído a Brasil, también yo vengo a llamar a la puerta de la casa de María —que amó a Jesús y lo educó— para que nos ayude a todos nosotros, Pastores del Pueblo de Dios, padres y educadores, a transmitir a nuestros jóvenes los valores que los hagan artífices de una nación y de un mundo más justo, solidario y fraterno. Para ello, quisiera señalar tres sencillas actitudes, tres sencillas actitudes: mantener la esperanza, dejarse sorprender por Dios y vivir con alegría.

1. Mantener la esperanza. La Segunda Lectura de la Misa presenta una escena dramática: una mujer —figura de María y de la Iglesia— es perseguida por un dragón —el diablo— que quiere devorar a su hijo. Pero la escena no es de muerte sino de vida, porque Dios interviene y pone a salvo al niño (cf. Ap 12,13a-16.15-16a). Cuántas dificultades hay en la vida de cada uno, en nuestra gente, nuestras comunidades. Pero, por más grandes que parezcan, Dios nunca deja que nos hundamos. Ante el desaliento que podría haber en la vida, en quien trabaja en la evangelización o en aquellos que se esfuerzan por vivir la fe como padres y madres de familia, quisiera decirles con fuerza: Tengan siempre en el corazón esta certeza: Dios camina a su lado, en ningún momento los abandona. Nunca perdamos la esperanza. Jamás la apaguemos en nuestro corazón. El «dragón», el mal, existe en nuestra historia, pero no es el más fuerte. El más fuerte es Dios, y Dios es nuestra esperanza. Es cierto que hoy en día, todos un poco, y también nuestros jóvenes, sienten la sugestión de tantos ídolos que se ponen en el lugar de Dios y parecen dar esperanza: el dinero, el éxito, el poder, el placer. Con frecuencia se abre camino en el corazón de muchos una sensación de soledad y vacío, y lleva a la búsqueda de compensaciones, de estos ídolos pasajeros. Queridos hermanos y hermanas, seamos luces de esperanza. Tengamos una visión positiva de la realidad. Demos aliento a la generosidad que caracteriza a los jóvenes, ayudémoslos a ser protagonistas de la construcción de un mundo mejor: son un motor poderoso para la Iglesia y para la sociedad. Ellos no sólo necesitan cosas. Necesitan sobre todo que se les propongan esos valores inmateriales que son el corazón espiritual de un pueblo, la memoria de un pueblo. Casi los podemos leer en este santuario, que es parte de la memoria de Brasil: espiritualidad, generosidad, solidaridad, perseverancia, fraternidad, alegría; son valores que encuentran sus raíces más profundas en la fe cristiana.

2. La segunda actitud: dejarse sorprender por Dios. Quien es hombre, mujer de esperanza —la gran esperanza que nos da la fe— sabe que Dios actúa y nos sorprende también en medio de las dificultades. Y la historia de este santuario es un ejemplo: tres pescadores, tras una jornada baldía, sin lograr pesca en las aguas del Río Parnaíba, encuentran algo inesperado: una imagen de Nuestra Señora de la Concepción. ¿Quién podría haber imaginado que el lugar de una pesca infructuosa se convertiría en el lugar donde todos los brasileños pueden sentirse hijos de la misma Madre? Dios nunca deja de sorprender, como con el vino nuevo del Evangelio que acabamos de escuchar. Dios guarda lo mejor para nosotros. Pero pide que nos dejemos sorprender por su amor, que acojamos sus sorpresas. Confiemos en Dios. Alejados de él, el vino de la alegría, el vino de la esperanza, se agota. Si nos acercamos a él, si permanecemos con él, lo que parece agua fría, lo que es dificultad, lo que es pecado, se transforma en vino nuevo de amistad con él.

3. La tercera actitud: vivir con alegría. Queridos amigos, si caminamos en la esperanza, dejándonos sorprender por el vino nuevo que nos ofrece Jesús, ya hay alegría en nuestro corazón y no podemos dejar de ser testigos de esta alegría. El cristiano es alegre, nunca triste. Dios nos acompaña. Tenemos una Madre que intercede siempre por la vida de sus hijos, por nosotros, como la reina Esther en la Primera Lectura (cf. Est 5,3). Jesús nos ha mostrado que el rostro de Dios es el de un Padre que nos ama. El pecado y la muerte han sido vencidos. El cristiano no puede ser pesimista. No tiene el aspecto de quien parece estar de luto perpetuo. Si estamos verdaderamente enamorados de Cristo y sentimos cuánto nos ama, nuestro corazón se «inflamará» de tanta alegría que contagiará a cuantos viven a nuestro alrededor. Como decía Benedicto XVI, aquí en este Santuario: «El discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro» (Discurso Inaugural de la V Conferencia general del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida, 13 de mayo 2007: Insegnamenti III/1 [2007], p. 861).

Queridos amigos, hemos venido a llamar a la puerta de la casa de María. Ella nos ha abierto, nos ha hecho entrar y nos muestra a su Hijo. Ahora ella nos pide: «Hagan todo lo que él les diga» (Jn 2,5). Sí, Madre nuestra, nos comprometemos a hacer lo que Jesús nos diga. Y lo haremos con esperanza, confiados en las sorpresas de Dios y llenos de alegría. Que así sea.


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Martes, 23 de julio de 2013

Zenit nos ofrece el discurso pronunciado por el papa Francisco en el Palacio gobernativo de Guanabara,  residencia oficial del gobernador de Río de Janeiro donde fue recibido por la presidente Rouseff y autoridades de Estado.

 

Señora Presidente,
Distinguidas Autoridades,
Hermanos y amigos:

En su amorosa providencia, Dios ha querido que el primer viaje internacional de mi pontificado me ofreciera la oportunidad de volver a la amada América Latina, concretamente a Brasil, nación que se precia de sus estrechos lazos con la Sede Apostólica y de sus profundos sentimientos de fe y amistad que siempre la han mantenido unida de una manera especial al Sucesor de Pedro. Doy gracias por esta benevolencia divina.

He aprendido que, para tener acceso al pueblo brasileño, hay que entrar por el portal de su inmenso corazón; permítanme, pues, que llame suavemente a esa puerta. Pido permiso para entrar y pasar esta semana con ustedes. No tengo oro ni plata, pero traigo conmigo lo más valioso que se me ha dado: Jesucristo. Vengo en su nombre para alimentar la llama de amor fraterno que arde en todo corazón; y deseo que llegue a todos y a cada uno mi saludo: «La paz de Cristo esté con ustedes».

Saludo con deferencia a la señora Presidenta y a los distinguidos miembros de su gobierno. Agradezco su generosa acogida y las palabras con las que han querido manifestar la alegría de los brasileños por mi presencia en su país. Saludo también al Señor Gobernador de este Estado, que amablemente nos acoge en el Palacio del Gobierno, y al alcalde de Río de Janeiro, así como a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditados ante el gobierno brasileño, a las demás autoridades presentes y a todos los que han trabajado para hacer posible esta visita.

Quisiera decir unas palabras de afecto a mis hermanos obispos, a quienes incumbe la tarea de guiar a la grey de Dios en este inmenso país, y a sus queridas Iglesias particulares. Con esta visita, deseo continuar con la misión pastoral propia del Obispo de Roma de confirmar a sus hermanos en la fe en Cristo, alentarlos a dar testimonio de las razones de la esperanza que brota de él, y animarles a ofrecer a todos las riquezas inagotables de su amor.

Como es sabido, el principal motivo de mi presencia en Brasil va más allá de sus fronteras. En efecto, he venido para la Jornada Mundial de la Juventud. Para encontrarme con jóvenes venidos de todas las partes del mundo, atraídos por los brazos abiertos de Cristo Redentor. Quieren encontrar un refugio en su abrazo, justo cerca de su corazón, volver a escuchar su llamada clara y potente: «Vayan y hagan discípulos a todas las naciones».

Estos jóvenes provienen de diversos continentes, hablan idiomas diferentes, pertenecen a distintas culturas y, sin embargo, encuentran en Cristo las respuestas a sus más altas y comunes aspiraciones, y pueden saciar el hambre de una verdad clara y de un genuino amor que los una por encima de cualquier diferencia.

Cristo les ofrece espacio, sabiendo que no puede haber energía más poderosa que esa que brota del corazón de los jóvenes cuando son seducidos por la experiencia de la amistad con él. Cristo tiene confianza en los jóvenes y les confía el futuro de su propia misión: «Vayan y hagan discípulos»; vayan más allá de las fronteras de lo humanamente posible, y creen un mundo de hermanos y hermanas. Pero también los jóvenes tienen confianza en Cristo: no tienen miedo de arriesgar con él la única vida que tienen, porque saben que no serán defraudados.

Al comenzar mi visita a Brasil, soy muy consciente de que, dirigiéndome a los jóvenes, hablo también a sus familias, sus comunidades eclesiales y naciones de origen, a las sociedades en las que viven, a los hombres y mujeres de los que depende en gran medida el futuro de estas nuevas generaciones. Es común entre ustedes oír decir a los padres: «Los hijos son la pupila de nuestros ojos».

¡Qué hermosa es esta expresión de la sabiduría brasileña, que aplica a los jóvenes la imagen de la pupila de los ojos, la abertura por la que entra la luz en nosotros, regalándonos el milagro de la vista! ¿Qué sería de nosotros si no cuidáramos nuestros ojos? ¿Cómo podríamos avanzar? Mi esperanza es que, en esta semana, cada uno de nosotros se deje interpelar por esta pregunta provocadora.

La juventud es el ventanal por el que entra el futuro en el mundo y, por tanto, nos impone grandes retos. Nuestra generación se mostrará a la altura de la promesa que hay en cada joven cuando sepa ofrecerle espacio; tutelar las condiciones materiales y espirituales para su pleno desarrollo; darle una base sólida sobre la que pueda construir su vida; garantizarle seguridad y educación para que llegue a ser lo que puede ser; transmitirle valores duraderos por los que valga la pena vivir; asegurarle un horizonte trascendente para su sed de auténtica felicidad y su creatividad en el bien; dejarle en herencia un mundo que corresponda a la medida de la vida humana; despertar en él las mejores potencialidades para ser protagonista de su propio porvenir, y corresponsable del destino de todos.

Al concluir, ruego a todos la gentileza de la atención y, si es posible, la empatía necesaria para establecer un diálogo entre amigos. En este momento, los brazos del Papa se alargan para abrazar a toda la nación brasileña, en el complejo de su riqueza humana, cultural y religiosa. Que desde la Amazonia hasta la pampa, desde las regiones áridas al Pantanal, desde los pequeños pueblos hasta las metrópolis, nadie se sienta excluido del afecto del Papa. Pasado mañana, si Dios quiere, tengo la intención de recordar a todos ante Nuestra Señora de Aparecida, invocando su maternal protección sobre sus hogares y familias.

Y, ya desde ahora, los bendigo a todos. Gracias por la bienvenida.


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Lunes, 22 de julio de 2013

Zenit nos ofrece el discurso pronunciado por el secretario general de la Conferencia Episcopal de Chile, monseñor Ignacio Ducasse Medina, con motivo del "Encuentro Perú–Chile sobre el rol de la Iglesia en las relaciones bilaterales", clausurado este sábado 20 de julio en Tacna y Arica.

El rol de la Iglesia Católica en el presente y futuro
de las relaciones entre Perú y Chile

Hermanos Obispos,
Estimados (as) participantes en este Encuentro fraterno de diálogo:

Invitados por el Instituto de Estudios Social Cristianos del Perú y por la Comisión Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal de Chile, hemos querido congregarnos en esta instancia de encuentro y diálogo, conscientes de la relevancia de promover y cultivar los lazos de fraternidad que unen a los pueblos hermanos de Perú y Chile, y decididos a renovar el compromiso de nuestras Iglesias por contribuir a solidificar esa hermandad.

Este diálogo transcurre en el contexto de un diferendo limítrofe entre los Estados que está siendo dirimido por un tribunal internacional. Pero bien sabemos que la relación entre dos pueblos es mucho más que la relación de dos Estados o entre dos Iglesias.

Las Iglesias de Perú y Chile hemos construido, especialmente en los últimos decenios, una vinculación fraternal que va mucho más allá de los protocolos. Del mismo modo en que los pueblos vecinos de Arica y de Tacna –ciudad que hoy nos acoge-, conviven cotidianamente en una relación sin mayores traumas, las respectivas diócesis han vivido un proceso de continua y progresiva integración, con importantes consecuencias pastorales y sociales. En esto también han participado nuestros hermanos de las diócesis vecinas de Bolivia, y específicamente en las instancias de la Pastoral Juvenil hemos realizado juntos fructíferas experiencias conjuntas.

Las fronteras geográficas no parecen ser impedimento para que nuestros pueblos se reconozcan, respeten y dispongan al encuentro.

Acoger al migrante: desafío y tarea

Más de 350 mil migrantes residen en Chile, en su mayoría procedentes de Perú. Esto se complementa con otros 850 mil compatriotas que residen en el exterior. Esta situación ha generado una constante preocupación de los diferentes actores de la sociedad chilena en orden a configurar un nuevo modo de convivir, una nueva política y un nuevo marco normativo acordes a esta particular realidad migratoria.

Además de la presencia activa del Episcopado chileno a través del diálogo cotidiano del Comité Permanente de la Conferencia Episcopal con las autoridades de los respectivos Gobiernos, otro organismo del Episcopado, el Instituto Católico Chileno de Migración (INCAMI), ha prestado un servicio invaluable en este sentido, con una voz de alerta siempre activa en la promoción del respeto a la dignidad de las personas extranjeras y del reconocimiento de este valor en las normas vigentes.

Ese servicio ha dado importantes frutos: además de la implementación de normas internacionales de protección a migrantes, en el contexto de los procesos regionales de consulta sobre migraciones, al Estado de Chile le ha correspondido,junto a otras naciones hermanas de América Latina, impulsar una agenda regional de las migraciones internacionales, promoviendo en ella el respeto de los derechos de los migrantes y los deberes de los Estados y de los mismos migrantes con respecto a las normativas internacionales sobre migraciones.

INCAMI es, en Chile, no sólo un actor católico en interlocución con el Estado. También es el referente de consulta, apoyo, orientación y también amparo al que acuden periódicamente numerosas familias inmigrantes. A cargo de misioneros scalabrinianos y con una red multidisciplinaria de apoyo en el seno de la Pastoral Social Caritas, el Instituto Católico Chileno de Migración es en nuestro país el rostro pastoral de la acogida cristiana a los hermanos y hermanas extranjeros. Con su acompañamiento activo, las diócesis del país y, en cada una de ellas, las parroquias, colegios y demás instituciones católicas van asumiendo como parte de su misión la tarea de acoger a los hermanos migrantes e incorporarlos al tejido social y eclesial.

En Santiago de Chile, capital que acoge a miles de familias peruanas, la antigua parroquia Italiana, sede original de la Pastoral Migratoria, pasó a denominarse “Parroquia Latinoamerica”. Las banderas de las naciones hermanas es el marco colorido que acoge a personas de diversas naciones, en un flujo siempre activo y permanente, que incluye vida eucarística y sacramental, formación pastoral y social, asesoría jurídica y profesional, contactos con los órganos del Estado y un servicio de colocación laboral para extranjeros, entre otras tantas actividades propias de su misión.

Pero, como se explicaba en una reciente Jornada Migratoria efectuada en Chile, del mismo modo que a los productos que cruzan las fronteras se les grava con un impuesto o se les aplica algún tipo de inspección o revisión, a las personas que proceden del extranjero se les suele aplicar un sello de sospecha y rechazo. Se sospecha del otro simplemente por ser otro y diverso. Iluminados por la fe, el ser otro no es una barrera sino la oportunidad de un encuentro. Jesús nos recuerda, en la parábola del buen samaritano, que la persona distinta es mi prójimo, es mi hermano (Lc 10, 25-37).

Para un cristiano nunca la presencia de un hermano extranjero es parte de una “marea sucia” que incomoda o que debe ser bloqueada. Al contrario, no es solo una oportunidad para hacer posible el diálogo entre pueblos, un abandono de las trincheras del pasado y una invitación a un nuevo trato en la convivencia social, sino una posibilidad a dar un auténtico sentido de trascendencia a las relaciones humanas, tanto personales como sociales, tanto más entre pueblos marcados por la misma matriz evangélica.

Iglesia, sacramento de comunión de sus pueblos

Como bien valora el Documento conclusivo de Aparecida, en América Latina y El Caribe se aprecia una creciente voluntad de integración regional con acuerdos multilaterales.

“Al origen común se une la cultura, la lengua y la religión, que pueden contribuir a que la integración no sea sólo de mercados, sino de instituciones civiles y sobre todo de personas. También es positiva la globalización de la justicia, en el campo de los derechos humanos y de los crímenes contra la humanidad, que a todos permitirá vivir progresivamente bajo iguales normas llamadas a proteger su dignidad, su integridad y su vida” .

Aparecida afirma que el proyecto del Reino de Dios está presente y es posible en el actual contexto sociocultural del Continente, y por ello los obispos aspiran a una “América Latina y Caribeña unida, reconciliada e integrada” . Y añaden que en el escenario de una sociedad globalizada, para discernir los desafíos comunes que enfrentamos los pueblos de América Latina es necesaria una comprensión global y una acción conjunta.

Cito el Documento de Aparecida: “Creemos que ‘un factor que puede contribuir notablemente a superar los apremiantes problemas que hoy afectan a este continente es la integración latinoamericana’. 

Por una parte, se va configurando una realidad global que hace posible nuevos modos de conocer, aprender y comunicarse, que nos coloca en contacto diario con la diversidad de nuestro mundo y crea posibilidades para una unión y solidaridad más estrechas a niveles regionales y a nivel mundial. Por otra parte, se generan nuevas formas de empobrecimiento, exclusión e injusticia. El Continente de la esperanza debe lograr su integración sobre los cimientos de la vida, el amor y la paz” .

Junto a los pastores de Aparecida, podemos reafirmar hoy que la “Iglesia de Dios en América Latina y El Caribe es sacramento de comunión de sus pueblos. Es morada de sus pueblos; es casa de los pobres de Dios. Convoca y congrega a todos en su misterio de comunión, sin discriminaciones ni exclusiones por motivos de sexo, raza, condición social y pertenencia nacional” .

Al asumir este desafío como una experiencia singular de proximidad, fraternidad y solidaridad, estamos conscientes de que nuestro ser común es mucho más que una suma de pueblos. Lo valoró Juan Pablo II en Santo Domingo y lo recordaron los Obispos en Aparecida:

“Una y plural, América Latina es la casa común, la gran patria de hermanos de unos pueblos a quienes la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura han unido definitivamente en el camino de la historia” .

La unidad que anhelamos y promovemos

Así como para todo nuestro continente, de un modo especial para nuestros pueblos peruano y chileno quisiéramos lo que el Documento de Puebla denomina una “integración justa” . La unidad que anhelamos, lejos de cualquier uniformidad, se enriquece y fortalece con las identidades diversas de cada pueblo, nación y cultura.

Tomar conciencia común de las profundas contradicciones en nuestras realidades particulares ya constituye un gran paso hacia la integración chileno-peruana y peruano-chilena. Nos une la geografía. Nos unen los preciosos dones que el Señor nos concedió a esta porción del universo. Nos une la fe y la religiosidad. Nos unen tantas tradiciones culturales comunes y cercanas. Nos une la historia en tantos sueños y luchas compartidas.

Pero lamentablemente, “se trata de una unidad desgarrada porque está atravesada por profundas dominaciones y contradicciones, todavía incapaz de incorporar en sí “todas las sangres” y de superar la brecha de estridentes desigualdades y marginaciones. Es nuestra patria grande pero lo será realmente “grande” cuando lo sea para todos, con mayor justicia. En efecto, es una contradicción dolorosa que el Continente del mayor número de católicos sea también el de mayor inequidad social” .

A las Iglesias locales nos corresponde una misión relevante: invitar a las autoridades y a los líderes sociales a ser cada vez más fieles al sentir y al deseo de los pueblos y su vocación de fraternidad. Que las luchas internas de poder, los vaivenes de la política y los intereses de los grandes grupos económicos no impongan miradas parciales, unilaterales o transitorias que opaquen la disposición genuina a fortalecer los lazos de hermandad, reconociendo las diferencias sin necesidad de anularlas por decreto.

La “integración” es una atractiva palabra para el discurso, sobre todo en contextos electorales. Pero no podemos olvidar como dice Aparecida que los retrasos en la integración tienden a profundizar la pobreza y las desigualdades, mientras las redes del narcotráfico se integran más allá de toda frontera. No obstante que el lenguaje político abunde sobre la integración, la dialéctica de la contraposición parece prevalecer sobre el dinamismo de la solidaridad y amistad. La unidad no se construye por contraposición a enemigos comunes sino por realización de una identidad común” .

A nuestras comunidades eclesiales corresponde animar a cada pueblo para construir “una casa de hermanos donde todos tengan una morada para vivir y convivir con dignidad” . Como decimos en la Oración por Chile “que cada uno tenga pan, respeto y alegría”, si en dicha oración lo decimos por las personas, también lo podemos decir por los pueblos. Que en sus Iglesias locales las personas y familias peruanas y chilenas hallen siempre una voz educadora que les conduzca hacia la fraternidad entre los hermanos, hijos de un mismo Padre que nos ama y perdona. Solo desde una Iglesia que acoge y no margina, que escucha y no impone, daremos testimonio vivo que invite a la fraternidad entre los pueblos hermanos.

Como Iglesia chilena seguiremos trabajando incansablemente para que nuestros pueblos avancen en una actitud de acogida a los migrantes, superando los peligrosos prejuicios y discriminaciones. Se trata de hacer realidad aquello que reza la popular canción “y verás como quieren en Chile al amigo cuando es forastero”.

Y ante las divergencias transitorias entre los Estados, apelaremos a la vocación permanente de fraternidad, ayudando al necesario clima de serenidad y prudencia, de oración y de paz, de respeto y cultura cívica que ambos pueblos se merecen y han demostrado a lo largo de la historia.

¡Muchas gracias!

+ Ignacio Ducasse Medina
Obispo de Valdivia
Secretario General
Conferencia Episcopal de Chile

Tacna, 19 de julio de 2013


Publicado por verdenaranja @ 21:43  | Hablan los obispos
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Zenit nos ofrece las palabras del papa Francisco al introducir la oración del Angelus el domingo 21 de julio de 2013 desde la ventana del estudio del Palacio Apostólico Vaticano alos fieles y los peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro. 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

También en este domingo continúa la lectura del décimo capítulo del evangelista Lucas. El fragmento de hoy es el de Marta y María. ¿Quiénes son estas dos mujeres? Marta y María, hermanas de Lázaro, son parientes y fieles discípulos del Señor, que viven en Betania. San Lucas las describe de esta manera: María, a los pies de Jesús, "escuchaba su palabra", mientras Marta está muy ocupada con los quehaceres de la casa (cfr Lc 10, 39-40). Ambas ofrecen acogida al Señor que está de paso, pero lo hacen de forma diferente.  María se pone a los pies de Jesús, en escucha, Marta sin embargo se deja absorber por las cosas que debe preparar, y está tan ocupada que se dirige a Jesús diciendo: "Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayuda" (v. 40). Y Jesús le responde reprendiéndola con dulzura: "Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria" (v. 41).

¿Qué quiere decir Jesús? ¿Qué es esta sola cosa que necesitamos? Sobre todo es importante entender que aquí no se trata de la contraposición entre dos comportamientos: la escucha de la palabra del Señor, la contemplación y el servicio concreto al prójimo. No son dos comportamientos contrapuestos, sino, al contrario, son dos aspectos ambos esenciales para nuestra vida cristiana; aspectos que no van nunca separados, sino vividos en profunda unidad y armonía. Pero entonces ¿por qué Marta recibe reproche, aunque sea hecho con dulzura, de Jesús? Porque ha considerado esencial solo lo que estaba haciendo, estaba por tanto demasiado absorbida y preocupada por las cosas que "hacer". En un cristiano, las obras de servicio y de caridad no han sido nunca separadas de la fuente principal de cada una de nuestras acciones: la escucha de la Palabra del Señor, el estar - como María - a los pies de Jesús, en el comportamiento del discípulo. Y por eso Marta es reprendida.

También en nuestra vida cristiana, queridos hermanos y hermanas, oración y acción están siempre profundamente unidas. Una oración que no lleva a la acción concreta hacia el hermano pobre, enfermo, necesitado de ayuda, en dificultad, es una oración estéril e incompleta. Pero del mismo modo, cuando en el servicio eclesial se está atento solo al hacer, se da más peso a las cosas, a las funciones, a las estructuras, y se olvida de la centralidad de Cristo, no se reserva tiempo para el diálogo con Él en la oración, se corre el riesgo de servirse a sí mismo y no a Dios presente en el hermano necesitado. San Benito resumía el estilo de vida que indicaba a sus monjes en dos palabras: "ora et labora", reza y trabaja. Y de la contemplación, de una fuerte relación de amistad con el Señor que nace en nosotros la capacidad de vivir y de llevar al amor de Dios, su misericordia, su ternura hacia los otros. Y también nuestro trabajo con el hermano necesitado, nuestro trabajo de caridad y de obras de misericordia nos lleva al Señor, porque nosotros miramos precisamente al Señor en el hermano y la hermana necesitado.

Pidamos a la Virgen María, Madre de la escucha y del servicio, que nos enseñe a meditar en nuestro corazón la Palabra de su Hijo, a rezar con fidelidad, para estar siempre más atentos concretamente a las necesidades de los hermanos.

Tras la oración mariana el papa ha saludado a los presentes:

Saludo con afecto a todos los peregrinos presentes: familias, parroquias, asociaciones, movimientos y grupos. En particular saludo a los fieles de Florencia, Foggia y Villa Castelli, y los monaguillos de Conselve con los familiares. Veo escrito allí abajo "Buen viaje" ¡Gracias! Os pido que me acompañéis espiritualmente con la oración en el viaje que comenzaré mañana. Como sabéis, me dirijo a Río de Janeiro en Brasil, en ocasión de la 28ª Jornada Mundial de la Juventud. Habrá muchos jóvenes allí, de todas las partes del mundo, y creo que esta puede llamarse la semana de la juventud, porque es precisamente la semana de la juventud. Los protagonistas esta semana serán los jóvenes. Todos aquellos que vayan a Río quieren escuchar la voz de Jesús, escuchar a Jesús. ¿Señor, qué debo hacer en mi vida? ¿Cuál es el camino para mí? También los jóvenes que estáis en la plaza ¿hay jóvenes en la plaza? También vosotros, jóvenes que estáis en la plaza, haced la misma pregunta al Señor: Señor Jesús, ¿Qué tengo que hacer en mi vida? ¿Cuál es el camino para mí?

Confiemos a la intercesión de la beata Virgen María, tan amada y venerada en Brasil, estas preguntas que harán los jóvenes allí, y ésta que haréis hoy vosotros. Y que la Virgen nos ayude en esta nueva etapa del peregrinaje.

A todos vosotros os deseo un feliz domingo.

¡Buen almuerzo! ¡Hasta luego!

Traducido del italiano por Rocío Lancho García


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Domingo, 21 de julio de 2013

Homilía monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el 15º domingo durante el año (14 de julio de 2013) (AICA)

Los liderazgos y los pobres

Entre los tantos temas ausentes en la reflexión de nuestro tiempo, está el que nos cuestionemos sobre el discernimiento de “los modelos sociales” que habitualmente nos presentan los grandes medios, sobre todo la televisión. Muchos de ellos provocan un grave daño tanto a los adultos como a los jóvenes. Como algo habitual llegan hasta nuestros hogares novelas o programas de entretenimiento que se integran a las familias sin ninguna recepción crítica. Incluso sus personajes son amados u odiados sin tener en cuenta los valores o anti-valores que expresan.

El texto del Evangelio de este domingo sobre el buen samaritano (Lc.10, 25-37), que ayudó a un pobre tirado en el camino, nos presenta un posible modelo a seguir. Quizá este modelo no sirva a muchos para promover formas de consumismo, ni tenga rating, ni sirva para hacer negocios, pero imitar las actitudes de este samaritano nos permitirá obtener un tesoro espiritual, en nuestro interior que nos dará la satisfacción de tener más paz, distensión y mayor esperanza.

En realidad en el Evangelio de este domingo, Jesús le enseña al Doctor de la ley algunas condiciones para ser un testigo de la verdad y como debe ser un liderazgo social válido. Le dice que ponga en práctica aquello que en teoría ya conocía: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo” (Lc.10,27-28). Después le va explicar quién es el prójimo con la conocida parábola del buen samaritano. Este sí era “un modelo social” porque supo ayudar a este pobre y herido que estaba tirado en el camino y le dio todo lo que necesitaba. Es bueno recordar el texto de la carta del Papa Juan Pablo II en “Novo Millennio Ineunte”: “Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que el mismo ha querido identificarse: “He tenido hambre y me diste de comer, he tenido sed y me has dado de beber… desnudo y me has vestido, encarcelado y me has venido a ver” (Mt. 25,35-36). Esta página no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia” (NMI 49).

Hoy también necesitamos que todos, pero sobre todo aquellos que tienen liderazgos sociales, políticos, económicos, religiosos… tengan un especial perfil que implique en sus acciones y compromisos esta opción preferencial por los pobres. Deberemos estar especialmente atentos si los liderazgos son de gente narcisista que solo buscan poder y dinero, o bien en sus vidas tienen una consideración especial por la inclusión de tantísimos hermanos y de conducciones con mayor magnanimidad. Los liderazgos narcisistas siempre llevan al fracaso porque se desentienden del bien común.

Es bueno recordar el documento de Aparecida que señala en concreto situaciones que debemos tener en cuenta y requieren una atención comprometida como la del Buen Samaritano: “La globalización hace emerger, en nuestros pueblos, nuevos rostros de pobres. Con especial atención y en continuidad con las Conferencias Generales anteriores, fijamos nuestra mirada en los rostros de los nuevos excluidos: los migrantes, las víctimas de la violencia, desplazados y refugiados, víctimas del tráfico de personas y secuestros, desaparecidos, enfermos de HIV y de enfermedades endémicas, tóxico dependientes, adultos mayores, niños y niñas que son víctimas de la prostitución, pornografía y violencia o del trabajo infantil, mujeres maltratadas, víctimas de la exclusión y del tráfico para la explotación sexual, personas con capacidades diferentes, grandes grupos de desempleados/das, los excluidos por el analfabetismo tecnológico, las personas que viven en la calle de las grandes urbes, los indígenas y afroamericanos, campesinos sin tierra y los mineros. La Iglesia, con su Pastoral Social, debe dar acogida y acompañar a estas personas excluidas en los ámbitos que correspondan” (402).

Para generar esperanza en medio de tantas dificultades tendremos que corregir y ajustar muchas cosas, pero sobre todo deberemos asumir actitudes de conversión de corazón, para obrar como el buen samaritano de la parábola y así poder ser desde la caridad y justicia practicada, los modelos sociales que nuestro tiempo necesita.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

Monseñor Juan Rubén Martínez, Obispo de Posadas


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Homilía de monseñor Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú para el XV Domingo durante el año (14 de julio de 2013) (AICA)

“Señor, tu palabra esté en mi boca y en mi corazón para ponerla en práctica” (Deut. 30,14)

La liturgia de este día gira alrededor del tema de la Ley del Señor: “Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos” (Deut. 30,10). Dios ha pactado con el hombre su alianza y le ha comunicado su voluntad. Esta Ley está escrita en el corazón de los hombres desde el día mismo de su creación y por lo tanto acorde a su corazón. “El precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda, ni inalcanzable; está muy cerca de ti, en tu corazón y en tu boca, cúmplelo” (Deut. 11,14). La Ley de Dios pide al pueblo que viva según la Palabra de Dios, que lo ama e invita a amarlo. Para poner en práctica esto es necesario estar disponible y abierto a su palabra y a la acción del Espíritu Santo.

Jesús es la Palabra de Dios, su Verbo, que se hizo carne y vino a morar en medio de los hombres, revelando de un modo pleno la voluntad divina, expresada en los mandamientos. El evangelio de hoy presenta a Jesús que habla con un doctor de la Ley el cual lo interroga acerca de cual es el mandamiento primero de la Ley. Jesús le responde: “el amor a Dios y al prójimo”. El doctor interroga al maestro, no para aprender, sino para ponerlo a prueba y termina su consulta preguntándole: “¿y quién es mi prójimo? Y es aquí donde Jesús le responde con la parábola del buen samaritano. No nos olvidemos que los samaritanos son extranjeros y extraños a la Ley, sin embargo Jesús le cuenta la historia de un hombre atacado por bandoleros, que fue dejado a la orilla del camino, herido y despojado de sus bienes. Dos individuos pasan a su lado, un sacerdote y un levita, quienes lo ven tirado y herido pero siguen su camino sin preocuparse de él. Solamente el tercer hombre -que era samaritano- se compadece de él, se detiene, lo socorre y le brinda todo su auxilio, incluso gasta su dinero para que lo curen.

La conclusión a la pregunta de esta parábola es fácil: todo el que está a tu lado es tu “prójimo” sobre todo cuando está necesitado de ayuda y éste debe ser amado como cada uno se ama a sí mismo. La parábola obliga al doctor de la Ley a reconocer que quien cumple con la Ley no necesariamente es un hombre instruido en ella, como era el caso del sacerdote y del levita, sino que hasta puede ser un samaritano con un corazón tierno, aunque sea considerado por los judíos como incrédulo y pecador. El que tiene un corazón duro y egoísta encuentra mil maneras para justificar su falta de caridad y de solidaridad con el prójimo. Poco importa, en efecto, conocer la moral a la perfección y discutir en torno a ella, cuando no se cumple con los deberes más elementales como los que plantea la parábola. El que tiene un corazón duro y egoísta siempre encontrará suficientes excusas para eximirse de ayudar al prójimo, sobre todo cuando el tener que hacerlo produce incomodidad, exige sacrificio, abnegación y esfuerzo.

Jesús no quiere hablar con el doctor en forma magistral, como lo hacen los doctores y los fariseos sino que emplea simples parábolas para explicar la Palabra de Dios y más aún cuando ésta hace referencia al amor, que es la ley fundamental de la vida y de la relación con Dios. El amor lleva en si mismo su justificación. El evangelista Juan afirma con profundidad que “Dios es amor” y San Juan de la Cruz nos recuerda que “en la tarde de la vida seremos examinados en el amor”.

La segunda lectura nos deja esta enseñanza: “Jesús es imagen del Dios invisible y primogénito de toda criatura” y quiere ser reconocido y amado por los hombres en la imagen humilde y visible del prójimo. Los hombres y mujeres de hoy tenemos que tener presente en nuestras vidas la imagen del buen samaritano para considerar a quien está al lado como a nuestro prójimo y brindarle toda nuestra ayuda, especialmente cuando está necesitado o abandonado.

El amor es el primero y más decisivo de los mandamientos, es el criterio para ver si estamos en la verdad. El mundo de hoy necesita que cambiemos el corazón, que le mostremos que es posible transformarlo por el amor y que con esta fuerza transformadora que nos da el Espíritu Santo podemos ser constructores de una sociedad nueva. Los grandes males del mundo de hoy son posibles porque Dios está ausente en el corazón del hombre y vive indiferente, como si Dios no existiera. No se puede construir una sociedad nueva sin Dios y sin Él es imposible la solidaridad, el amor al prójimo y una vida más humana y más digna.

Pidamos a la Santísima Virgen, nos ayude a colmar nuestro corazón con el amor de Dios y nos enseñe a vivir verdaderamente el amor al prójimo.

Mona. Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú


Publicado por verdenaranja @ 22:25  | Homil?as
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S?bado, 20 de julio de 2013

Zenit nos ofrece el texto completo de la declaración conjunta durante encuentro bilateral en Tacna y Arica emitido el 20 de Julio de 2013.

Pueblos del Perú y Chile unidos por la paz y la concordia
Obispos firmaron declaración conjunta durante encuentro bilateral en Tacna y Arica

“AL SERVICIO DE LA UNIDAD Y FRATERNIDAD DE NUESTROS PUEBLOS”

En el “Encuentro Perú-Chile: el rol de la Iglesia en las relaciones bilaterales”, organizado por el Instituto de Estudios Social Cristianos y La Comisión Nacional de Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal de Chile, con la colaboración de la Fundación Konrad Adenauer, los Presidentes y Secretarios de las Conferencias Episcopales de Perú y Chile, acompañados por laicos y laicas de ambos países, señalan lo siguiente: 

1. Queremos contribuir a profundizar las relaciones entre nuestros pueblos, ligados por el territorio y la pertenencia a la gran patria latinoamericana y, además, por tantos lazos históricos y de fecunda vecindad.

2. Nuestro interés no es nuevo ni coyuntural. La Iglesia ha estado íntimamente ligada a la vida de nuestros pueblos. En efecto, junto a la riqueza y diversidad de las culturas originarias, el don de la fe cristiana es uno de los cimientos de la identidad y unidad de nuestra realidad histórica y cultural, la cual queremos servir desde el Evangelio de Cristo, que fecunda toda cultura y es capaz de hacernos hermanos.

3. La actual situación de la disputa jurídica entre nuestros países, a propósito del límite marítimo, nos invita mirar en perspectiva histórica nuestra relación. Por lo mismo, valoramos que las autoridades de nuestros países se hayan comprometido a un irrestricto respeto y acatamiento del fallo por parte de la Corte Internacional de Justicia. Entre otros factores, las relaciones entre nuestros pueblos están llamadas a basarse en el respecto y sujeción mutua a los acuerdos convenidos y al derecho internacional.

4. Valoramos el rol de los medios de comunicación social que han demostrado sentido de responsabilidad al abordar este tema y les alentamos a cultivar en el tiempo una efectiva preocupación por los temas de integración entre nuestros pueblos en sus diversos ámbitos y manifestaciones.

5. Es esperanzador constatar que, concluido el proceso jurídico con el fallo de La Haya, podemos asumir este momento como una gran oportunidad histórica para dar estabilidad y profundizar en nuestras relaciones bilaterales, basadas en la confianza y la cooperación.

6. Los desafíos que enfrentan nuestros países tienen, de modo inédito, un escenario global y presentan características particulares. Necesitamos enfrentar los retos de hoy con una mirada global y con una acción conjunta en muchos ámbitos que afectan cotidianamente la vida de nuestros pueblos.

7. Invitamos a reconocer y cultivar los múltiples factores de unidad que se dan entre nuestras naciones como, asimismo, los desafíos comunes que enfrentamos. Las buenas relaciones entre Tacna y Arica y sus respectivas Iglesias diocesanas son un ejemplo alentador. Instamos a nuestras comunidades eclesiales, y a cuantos trabajan por el bien común, a revertir las realidades sociales desgarradoras incapaces de integrar bien nuestras diversidades culturales y de superar la brecha escandalosa de acceso a los legítimos recursos que mantienen a muchos en una marginación social.

8. Constatamos grandes avances en la integración de nuestros países. Se han multiplicado las relaciones comerciales y se hace cada vez más sólida una visión de Estado en el plano de las relaciones políticas. No obstante, queremos llamar la atención sobre la fragilidad y ambigüedad de relaciones centradas sólo en el plano comercial y en las cúpulas políticas. Pensamos que las relaciones bilaterales se harán más fuertes en la medida que se arraiguen en la vida y en la participación de nuestros pueblos. De modo particular, invitamos a mejorar nuestra atención sobre la creciente realidad de los inmigrantes. Con su aporte enriquecen la vida de nuestras sociedades. Ellos requieren del respeto y de un trato justo de todos. Nos comprometemos a un especial cuidado y atención pastoral y humanitaria por la realidad de los inmigrantes.

9. La nueva realidad que hoy se abre como una gran oportunidad nos invita a fortalecer el dinamismo y la creatividad de la solidaridad y de la amistad. Nuestras relaciones sólo podrán seguir ampliándose y mejorando en la realización de nuestra identidad común.

10. Desde ya invitamos a las instituciones organizadoras de este encuentro para que continúen con el esfuerzo plasmando en esta ocasión promoviendo nuevos espacios de diálogo y de confraternización.


Mons. Ricardo Ezzati, SDB
Arzobispo de Santiago
Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile

Mons. Salvador Piñeiro
Arzobispo de Ayacucho
Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana

Mons. Ignacio Ducasse
Obispo de Valdivia
Secretario General de la Conferencia Episcopal de Chile

Mons. Lino Panizza, OFM Cap.
Obispo de Carabayllo
Secretario General de la Conferencia Episcopal Peruana

Tacna, Perú – Arica, Chile, 19 – 20 de julio de 2013


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Viernes, 19 de julio de 2013

Reflexión a las lecturas del domingo décimo sexto del Tiempo Ordinario - c ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 16º del T. Ordinario C 

Los pueblos primitivos tenían una rica tradición de hospitalidad. Cuando no existían los grandes hoteles, pensiones, etc., que tenemos ahora, la acogida se realizaba en la propia casa. Esto tenía especiales dificultades, incomodidades, gastos. La Palabra de Dios, la enseñanza de los Santos Padres y escritores cristianos…, nos exhortan con frecuencia a la hospitalidad, a la acogida de los que van de camino. Todavía se conserva una obra de misericordia que dice: “dar posada al peregrino”.

En el mundo moderno, con toda la movilidad que lleva consigo, se nos invita también a acoger a los demás, a los que vienen de lejos, especialmente, a los inmigrantes.

La palabra de Dios centra hoy nuestra atención en este tema: también el Señor quiere nuestra hospitalidad. También Él quiere ser acogido en muestra propia casa, en nuestro corazón, en nuestra vida de cada día… Y Él se siente también personificado en todo hombre o mujer que va de paso. “Fui peregrino y me hospedasteis” (Mt 25,36). ¿Lo hacemos?

En la primera  lectura, Abrahán acoge al Señor, personificado en aquellos tres misteriosos caminantes, a los que brinda una especial hospitalidad. Ellos le recompensan con el próximo nacimiento de un hijo: Isaac, que significa “sonrisa de Dios”.

        En el Evangelio contemplamos a Jesús que, en su camino hacia Jerusalén, es acogido en la casa de Marta. En aquel contexto, S. Lucas se detiene en un dato concreto, que indica el clima y el grado de amistad y confianza que tenía Jesús en aquella casa.   Enseguida nos damos cuenta de que se trata de algo anecdótico, que Cristo quiere aprovechar para enseñar la importancia y supremacía de la escucha de su palabra.

        Me parece que hemos de retener la enseñanza del Señor, pero sin extralimitarla.

        Hemos de admitir que no faltan ocasiones en que, frente a la urgencia de los quehaceres materiales, consideramos lo espiritual como una “pérdida de tiempo…”   Por eso el Vaticano II nos recuerda la primacía de la oración y la contemplación, por mucho que urjan las necesidades materiales.

        Qué interesante la reprensión de Jesús: “Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas…”  ¿No es esta una especie de radiografía del hombre moderno? S. Benito hizo la síntesis: “Ora et labora”.

La Congregación Marta y María, que atiende la Casa Sacerdotal, trata de conseguirla. 

 ¡BUEN VERANO! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!      


Publicado por verdenaranja @ 21:44  | Espiritualidad
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DOMINGO 16º DEL TIEMPO ORDINARIO C   

MONICIONES

 

PRIMERA LECTURA

        Escucharemos ahora una historia del Antiguo Testamento, que nos muestra el espíritu acogedor y hospitalario de Abrahán.

        En aquellos caminantes que se acercan a su tienda, Abrahán reconoce al mismo Dios. Escuchemos con atención.

 

SEGUNDA LECTURA

        S. Pablo nos habla con alegría de su misión al servicio del Evangelio. En medio de sus dificultades y sufrimientos, se siente animado considerando su sentido y su valor. Escuchemos.

 

TERCERA LECTURA

        El Evangelio nos presenta a Jesús que, camino de Jerusalén, disfruta de la hospitalidad de María y de Marta. Una escuchaba y la otra servía.

        Aclamemos a Jesucristo con el canto del aleluya.

 

COMUNIÓN

        En la Comunión recibimos a Jesucristo que quiere gozar de nuestra hospitalidad. Le acogemos en nuestro corazón y en nuestra vida. El Evangelio nos ofrece las dos maneras de  atenderle bien: escucharle y servirle.

 

 


Publicado por verdenaranja @ 21:39  | Liturgia
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Comentario al evangelio del Domingo 16º del T.O./C por Jesús Álvarez SSP  (Zenit.org)

Oración y trabajo

Por Jesús Álvarez SSP

"Entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta nadaba afanosa con el servicio, hasta que se detuvo y dijo a Jesús: Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola en los quehaceres domésticos? Dile que me ayude un poco. Pero el Señor le contestó: - Marta, Marta, tú te inquietas y andas nerviosa con muchas cosas, pero sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y nadie se la quitará" (Lc. 10, 38-42).

Marta y María son símbolo de las dos expresiones inseparables de la vida cristiana: la oración y la acción. Si se las separa, muere la vida cristiana y las obras no alcanzan valor salvífico. Por eso es necesario ser “contemplativos en la acción y activos en la contemplación".

Jesús no reprocha a Marta su actividad ni sugiere a María que basta la sola contemplación. A Marta le reprocha que ande más preocupada por la mesa para el Huésped que por el Huésped mismo. Y a María le asegura que está viviendo lo esencial, lo mejor, lo más necesario en la vida, lo que no pasará y nadie le quitará.

Contemplación y acción son las dos realidades que integran la vida cristiana, apostólica, misionera, consagrada, catequística, pastoral. Y se cae en la llamada “herejía de las obras” cuando se olvida lo fundamental: la unión real, amorosa con Cristo mediante la oración y la contemplación, pues sólo Él puede dar fuerza de salvación a nuestra vida y a nuestras obras.

Esta herejía la ilustró Jesús con la parábola de aquellos que, al final de la vida, pretendían entrar el reino de los cielos porque habían predicado, echado demonios y hecho milagros en su nombre; pero recibieron la fatal respuesta: “No los conozco; aléjense, obradores de iniquidad” (Mt. 25, 41).

¡Obras buenas degradadas en iniquidad por el egoísmo y el orgullo! “Quien no está conmigo, está contra mí” (Lc. 11, 23).

La “herejía de las obras” se da en la vida sin Cristo, por más que tenga apariencias de vida cristiana. Dios realiza las obras de salva-ción sólo mediante quienes oran, obran y viven conscientes de que la eficacia salvadora de su vida y de sus obras viene de Dios, gracias a la unión con Cristo, mediante la oración y la contemplación.


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Jueves, 18 de julio de 2013

Francisco: ¡Sean buenos samaritanos como san Camilo!

Palabras del santo padre en el rezo del Ángelus

Zenit nos ofrece las palabras del santo padre antes del rezo mariano del Angelus el domingo 14 de Julio de 2013.

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, nuestra cita dominical del Ángelus lo vivimos aquí en Castel Gandolfo. Saludo a los habitantes de esta bella ciudad! Quiero agradecerles sobre todo por sus oraciones y lo mismo lo hago con todos ustedes peregrinos que vinieron aquí numerosos.

El Evangelio de hoy –estamos en el capítulo 10 de Lucas- es la famosa parábola del buen samaritano. ¿Quién era este hombre? Era uno cualquiera, que descendía de Jerusalén hacia Jericó por el camino que cruzaba el desierto de Judea. Hacía poco, por ese camino, un hombre había sido asaltado por los delincuentes, robado, pegado y abandonado casi muerto. Antes del samaritano pasan un sacerdote y un levita, es decir, dos personas responsables del culto en el Templo del Señor. Ven aquel pobrecito, pero pasan más allá sin detenerse. En cambio, el samaritano, cuando vio aquel hombre, «tuvo compasión» (Lc 10,33). Se acercó, le vendó las heridas, cubriéndolas con aceite y vino; luego lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y pagó por él. Es definitiva, se hizo cargo de él: es el ejemplo del amor por el prójimo. Pero ¿Porqué Jesús elije un samaritano como protagonista de esta parábola? Porque los samaritanos eran despreciados por los Judíos, a causa de diversas tradiciones religiosas; y sin embargo Jesús hace ver que el corazón de aquel samaritano es bueno y generoso y que – a diferencia del sacerdote y del levita- él pone en práctica la voluntad de Dios , que quiere misericordia y no sacrificios (cfr Mc 12,33).

Un hombre que ha vivido plenamente este evangelio del buen samaritano es el Santo que hoy recordamos: san Camilo de Lelis, fundador de los Hermanos de los Ministros de los Enfermos, patrón de los enfermos y de los agente sanitarios. San Camilio muere el 14 de julio de 1614: justamente hoy se abre su cuarto centenario, que terminará dentro de un año. Saludo con gran afecto a todos los hijos e hijas espirituales de san Camilo, que viven con su carisma de caridad en contacto cotidiano con los enfermos. ¡Sean como él buenos samaritanos! Y también a los médicos, a los enfermeros y a aquellos que trabajan en los hospitales y en las casas de cura, les deseo de estar movidos por el mismo espíritu. Confiamos esta intención a la intercesión de María Santísima.

Y quisiera confiar otra intención a la Virgen. A esta altura, ya está cerca la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro. Yo partiré dentro de ocho días, pero muchos jóvenes partirán para Brasil incluso antes. Oremos entonces por esta gran peregrinación que comienza, para que Nuestra Señora de Aparecida, patrona de Brasil, guíe los pasos de los participantes, y abra sus corazones para acoger la misión que Cristo les dará. 

Y después del rezo a la Madre de Dios y del responso por los difuntos, el papa Francisco saludó a los participantes en la conmemoración de la tragedia provocada por la ideología nacionalista que enlutó en 1943 los pueblos hermanos de Polonia y Ucrania:

Queridos hermanos y hermanas:

Me uno en la oración a los Prelados y a los fieles de la Iglesia en Ucrania, reunidos en la Catedral de Lutsk, para la Santa Misa de sufragio, con motivo del 70 aniversario de las masacres de Volhynia. Tales actos, provocados por la ideología nacionalista, en el trágico contexto de la II Guerra Mundial, han causado decenas de miles de víctimas y han herido la hermandad de dos Pueblos, el polaco y ucraniano. Encomiendo a la misericordia de Dios las almas de los fallecidos y, para sus pueblos, pido la gracia de una reconciliación profunda y de un futuro sereno, en la esperanza y sincera colaboración para la edificación común del Reino de Dios».

¡Les deseo a todos un buen domingo y un buen almuerzo!

Tomado de la edición en español de Radio Vaticana


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Zenit nos ofrece el Mensaje del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes con motivo de el “Domingo del Mar” a celebrar el 14 de Julio de 2013.  

“Este mundo del mar, en su continua peregrinación de personas, hoy debe tener en cuenta los efectos complejos de la globalización y, por desgracia, también tiene que afrontar situaciones de injusticia, especialmente cuando los tripulantes están sujetos a restricciones para bajar a tierra, cuando son abandonados junto con las embarcaciones en las que trabajan, y cuando caen bajo la amenaza de la piratería marítima o sufren los daños de la pesca ilegal. La vulnerabilidad de los marítimos, pescadores y navegantes, debe hacer aún más atenta la solicitud de la Iglesia y estimular el cuidado materno que, a través de vosotros, manifiesta a todos los que encontráis en los puertos o en las naves, o asistís a bordo en los largos meses de embarque”.

Estas palabras fueron dirigidas por el Papa Benedicto XVI a los participantes en el XXIII Congreso Mundial del A.M., celebrado en la Ciudad del Vaticano, del 19-23 de noviembre de 2012. De hecho, durante más de 90 años, la Iglesia Católica, a través de la Obra del Apostolado del Mar, con su red de capellanes y voluntarios presentes en más de 260 puertos del mundo, ha demostrado su cuidado materno proporcionando bienestar espiritual y material a los marinos, pescadores y a sus familias.

Al celebrar el Domingo del Mar, quisiéramos invitar a todos los miembros de nuestras comunidades cristianas a tomar conciencia y a reconocer el trabajo de unos 1,2 a 1,5 millones de marinos, que a cualquier hora navegan a bordo de una flota globalizada y mundial, compuesta por 100.000 buques que transportan el 90 por ciento de los productos manufacturados. Muy a menudo, no nos damos cuenta de que la mayoría de los objetos que utilizamos a diario son transportados por barcos que cruzan de un lado a otro los océanos. Tripulaciones multinacionales experimentan a bordo condiciones de vida y de trabajo complejas; transcurren meses lejos de sus seres queridos; son víctimas del abandono en puertos extranjeros sin percibir salario y de la criminalización, y deben soportar las calamidades naturales (tormentas, tifones, etc.) y humanas (piratas, naufragios, etc.).

Ahora, un faro de esperanza resplandece en la noche oscura de los problemas y las dificultades que suele hallar la gente de mar.

El Convenio sobre el Trabajo Marítimo (MLC 2006) de la Oficina Internacional del Trabajo, gracias a la ratificación por 30 países miembros de la OIT, que representa casi el 60 por ciento del tonelaje

bruto mundial, está a punto de entrar en vigor en agosto de 2013. Este Convenio es el resultado de varios años de incesantes discusiones tripartitas (gobiernos, empleadores y trabajadores), destinadas a consolidar y actualizar un gran número de convenios sobre el trabajo marítimo y recomendaciones adoptadas a partir de 1920.

El MLC 2006 establece los requisitos internacionales mínimos para casi todos los aspectos del trabajo y las condiciones de vida de los marinos, incluidas las condiciones de empleo justas, la asistencia médica, la protección de seguridad social y el acceso a las instalaciones de bienestar en tierra.

Si bien, como A.M., damos la bienvenida a la entrada en vigor del Convenio y esperamos ver progresos en la vida de la gente de mar, seguimos vigilando y expresamos nuestra atenta solicitud, centrando nuestra atención en la Regla 4.4 del Convenio, cuyo objetivo es el de: asegurar que la gente de mar empleada a bordo de buques tenga acceso a instalaciones y servicios en tierra que protejan su salud y su bienestar.

Debemos cooperar con las autoridades competentes en nuestros respectivos puertos, de modo que se autorice a los marinos a desembarcar tan pronto como sea posible tras la llegada del buque a puerto, en beneficio de su salud y bienestar (cf. B4.4.6 § 5).

Debemos recordar a los Estados portuarios que han de promover el desarrollo de instalaciones de bienestar en tierra de fácil acceso para los marinos, sin distinción de nacionalidad, raza, color, sexo, religión, convicciones políticas u origen social e independientemente de cuál sea el Estado del pabellón del buque en que los marinos trabajan o están empleados o contratados (cf. § A4.4 § 1.).

Debemos ayudar a las autoridades competentes a crear comisiones nacionales y locales de bienestar social que actuarán como canales para mejorar el bienestar de la gente de mar en los puertos, reuniendo a personas de diferentes tipos de organizaciones bajo una única identidad (cf. B4.4.3).

Debemos animar también a las autoridades portuarias a introducir, además de otras formas de financiación, un sistema de gravamen portuario que proporcione un mecanismo fiable de apoyo a los servicios sostenibles de bienestar en el puerto (cf. B4.4.4 §1(b)).

Nuestra responsabilidad final es hacia los marinos. Debemos educarlos e informarlos acerca de sus derechos y la protección que ofrece el presente Convenio, que se considera también el cuarto y último pilar de la legislación marítima internacional, al ser las otras tres: elConvenio Internacional para prevenir la contaminación por los Buques (MARPOL) de 1973, el Convenio Internacional para la Seguridad de la Vida Humana en el Mar (SOLAS), 1974, el Convenio Internacional sobre Normas de Formación, Titulación y Guardia para la Gente de Mar, 1978 (STCW). Una aplicación efectiva será posible, y cambios reales se producirán, sólo si la gente de mar conocerá el contenido del MLC 2006.

Roguemos a María, la Estrella del Mar, que ilumine y acompañe nuestra misión orientada a sostener el esfuerzo de los fieles llamados a dar testimonio en ese ambiente con su vida cristiana (cfr. Motu Proprio Stella Maris Sec. 1, art.I).

Antonio Maria Cardinal Vegliò
Presidente

Joseph Kalathiparambil
Secretario


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Mi?rcoles, 17 de julio de 2013

Comentario al evangelio del Domingo 15° del T.O./C, Por Jesús Álvarez SSP (Zenit.org)

¿Qué debo hacer para ganar la vida eterna?

 

Por Jesús Álvarez SSP

"Un maestro de la ley preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» Jesús le preguntó a su vez: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?» Él le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo». Y Jesús le dijo: «Has respondido exactamente; obra así y alcanzarás la vida». Pero el doctor de la ley, para justificarse, le hizo esta pregunta: «¿Quién es mi prójimo?» Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de los bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó adonde estaba el herido, y al verlo le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino. Luego lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos monedas, se las dio al dueño de la posada y le dijo: "Cuida de él, y lo que gastes de más, yo te lo pagaré a mi vuelta". ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» Él contestó: «El que practicó la misericordia con él». Y Jesús le dijo: «Anda, y haz tú lo mismo»" (Lc. 10, 25-37).

La vida es el máximo y único bien que deseamos conservar por encima del cualquier otro y para siempre. Ahí está el motivo de la pregunta del maestro de la Ley a Jesús. ¿Qué hacer para eternizar la propia vida? Y el Maestro le dice la verdad, sin rodeos, que lo conseguirá amando a Dios por encima de todo y al prójimo como a sí mismo.

Es de justicia amar a Dios sobre todas las cosas, porque de Él las recibimos y Él nos la conserva todas, junto con el valor máximo: la vida. La primera expresión del amor a Dios es agradecerle, con la palabra y con la vida, sus innumerables beneficios.

Constituye una tremenda injusticia y fatal ingratitud amar los dones de Dios más que al Dios de los dones. Además de ser idolatría, que es tan frecuente entre los que se tienen por creyentes en Dios. Vale la pena preguntarse con sinceridad y valentía: ¿Soy yo un idólatra?

La gratitud es expresión más genuina del amor a Dios, y además es la condición para que Dios nos conserve y multiplique sus dones. Si quieres recibir, agradece y pide.

Por otra parte el amor al prójimo como a sí mismo es inseparable del amor a Dios, porque el prójimo es mi hermano al ser hijo del mismo Padre, que lo ama como a mí. No podemos no amar a quien Dios ama.

Jesús perfeccionará este mandamiento con el 'nuevo mandamiento': “Ámense unos a otros como yo los amo” (Jn. 15, 12); es decir, hasta dar la vida por quienes se ama, pues “nadie ama tanto como el que da la vida por los que ama” (Jn. 15, 13), como hizo Jesús.

Solo salva la vida quien la entrega por amor. Puesto que de todas maneras tenemos que darla, démosla por amor. Vivir la vida con egoísmo, es perderla para siempre.

El máximo acto de amor al prójimo consiste en ayudarle a conseguir la vida eterna, que es el máximo don de Dios, como Jesús nos da a entender: “¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo, si al final se pierde a sí mismo?” (Mt. 16, 26). Pero este acto de amor salvífico debe reflejarse en gestos concretos de amor al necesitado.

Con la parábola del buen samaritano, Jesús confirma su enseñanza sobre lo esencial de la vida cristiana: solamente podemos llegar a Dios y eternizar en él nuestra vida, si atendemos al prójimo necesitado, pues en él está Dios dándonos la oportunidad de ser los portadores de su compasión y de su amor universal.

“Vengan, benditos de mi Padre a poseer el reino preparado para ustedes, pues tuve hambre, sed, estaba desnudo, enfermo, encarcelado, y ustedes me socorrieron” (Mt. 25, 34). ¿Con quiénes hago de samaritano?


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Zenit nos ofrece el texto íntegro del Motu proprio del papa Francisco, que regula la situación jurídica de los trabajadores del Vaticano y de las diferentes acciones que emanan de sus responsabilidades ejercidas, hecho público el 11 de Julio de 2013.

 

CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE "MOTU PROPRIO" SOBRE LA COMPETENCIA DE LOS TRIBUNALES DE ESTADO DE LA CIUDAD DEL VATICANO EN MATERIA PENAL

En nuestro tiempo, el bien común está cada vez más amenazado por la delincuencia transnacional y organizada, por el uso indebido del mercado y de la economía, así como el terrorismo.

Por tanto, es necesario que la comunidad internacional adopte instrumentos jurídicos adecuados que permitan prevenir y combatir la delincuencia, favoreciendo la cooperación judicial internacional en materia penal.

La Santa Sede, actuando también en nombre y en representación del Estado de la Ciudad del Vaticano, en ratificación de varios convenios internacionales sobre la materia, ha afirmado siempre que estos acuerdos constituyen medios para un efectivo combate contra las actividades delictivas que amenazan la dignidad humana, el bien común y la paz.

Deseando ahora reafirmar el compromiso de la Santa Sede para cooperar con estos fines, con la presente Carta Apostólica en forma de Motu Proprio dispongo que:

1 Los órganos judiciales competentes del Estado de la Ciudad del Vaticano ejercen también la jurisdicción penal en orden de:

a) los delitos cometidos contra la seguridad, los intereses fundamentales o el patrimonio de la Santa Sede;

b) los delitos que se indican:

- en la Ley del Estado de la Ciudad del Vaticano n. VIII, del 11 de julio 2013 por la que se establecen las normas complementarias en materia penal;

- en la Ley del Estado de la Ciudad del Vaticano n. IX, del 11 de julio 2013 por la que se establecen las enmiendas al Código Penal y al Código de Procedimiento Penal; cometidos por las personas mencionadas en el apartado 3, en relación con el desempeño de sus funciones;

c) cualquier otro delito cuyo castigo es requerido por un acuerdo internacional ratificado por la Santa Sede, si el autor se encuentra en el Estado de la Ciudad del Vaticano y no es extraditado al extranjero.

2. Los delitos mencionados en el apartado 1 serán juzgados de acuerdo a la legislación vigente del Estado de la Ciudad del Vaticano en el momento de su comisión, sin perjuicio de los principios generales del ordenamiento jurídico en relación con la aplicación de la ley penal en el tiempo.

3. A los efectos de la ley penal del Vaticano son tratados como "funcionarios públicos":

a) los miembros, los funcionarios y empleados de los distintos organismos de la Curia Romana y de las instituciones vinculadas a ella;

b) los legados papales y el personal con rol diplomático de la Santa Sede;

c) las personas que revisten funciones de representación, de administración o de gestión, así como los que ejercen, incluso de facto, la gestión y el control, de las entidades que dependen directamente de la Santa Sede e inscrito en el registro de las personas jurídicas canónicas que se tiene en la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano;

d) cualquier otra persona titular que tenga un mandato judicial o administrativo en la Santa Sede, con carácter permanente o temporal, remunerado o gratuito, cualquiera que sea su nivel jerárquico.

4. La jurisdicción a la que se refiere el apartado 1 se aplicará también a la responsabilidad administrativa de las personas jurídicas resultantes de la infracción, que se rige por las leyes del Estado de la Ciudad del Vaticano.

5. Si el mismo delito se comete en otros estados, se aplican las normas relativas a la competencia en vigor en el Estado de la Ciudad del Vaticano.

6. Se mantiene lo dispuesto en el art. 23 de la Ley n. CXIX del 21 de noviembre de 1987, que aprueba el Ordenamiento judicial del Estado de la Ciudad del Vaticano.

Esto decido y establezco, sin perjuicio de cualquier disposición en contrario.

Decreto que la presente Carta Apostólica en forma de Motu Proprio sea promulgada mediante la publicación en L'Osservatore Romano, y entre en vigor el 1 de septiembre de 2013.

Dado en Roma, en el Palacio Apostólico, el 11 de julio de 2013, el primero de mi Pontificado.

FRANCISCO


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Zenit nos ofrece el habitual artículo de monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo de San Cristóbal de Las Casas - México

Obispos de Guatemala, tres días de retiro y reflexión
Dos grandes retos que tiene el país: la pobreza y la violencia

Por Felipe Arizmendi Esquivel

 

SITUACIONES

Fui invitado por los obispos de Guatemala para acompañarles en su retiro espiritual de tres días que llevan a cabo anualmente. Estando con ellos, conocí un poco más de cerca la realidad nacional, que ellos describen con gran realismo, como pastores responsables del bienestar integral de su pueblo.

Hablan de dos grandes retos que tiene el país: la pobreza y la violencia. Dicen: “Más de la mitad de los ciudadanos viven en pobreza que se manifiesta de muchas maneras: falta de ingreso necesario para una vida digna, desnutrición y salud precaria de los niños y jóvenes, una calidad educativa que no capacita para el trabajo competente aunque reconocemos como importante la expansión de la cobertura educativa así como del aprecio por la educación formal, falta de oferta de trabajo suficiente y digna, lo que conduce a muchos a buscar mejor ingreso en el extranjero, se utilizan los bienes naturales con poca responsabilidad ambiental, hay una falta de desarrollo rural integral por el que clama el país… Es absolutamente impostergable la solución a la gravísima situación de miles de campesinos que sufren en el área rural hambre, explotaciones laborales y flagrantes injusticias”.

Dicen que la situación “hunde su raíz en aspectos graves no atendidos durante años, como la violencia imperante, el vacío de autoridad, la marginación política, la falta de desarrollo en la región, las dificultades ante la proyección de una hidroeléctrica, situaciones fronterizas conflictivas causadas por la migración forzada, el narcotráfico y el contrabando entre otras”.

ILUMINACION

Con toda firmeza denuncian: “Condenamos las acciones de intercepción, detención y aseguramiento para la deportación de personas migrantes en México; puesto que denotan hasta odio y racismo hacia la población migrante en su paso por México. Los eventos de deportación de México a Guatemala son en igual o mayor proporción de los realizados vía aérea desde EE UU. Se hace necesario monitorear periódicamente en las diferentes fronteras, los acuerdos signados por México y Centroamérica para la repatriación digna, ordenada, ágil y segura de nacionales centroamericanos migrantes vía terrestre, para verificar su cumplimiento”. Esto debería darnos vergüenza. ¿Cómo pedimos a Estados Unidos que respeten a nuestros migrantes, si nosotros no lo hacemos con los que pasan por nuestro país?

No podemos permanecer indiferentes ante lo que afirman: “Manifestamos nuestro dolor y tristeza al constatar que personas e instituciones permanecen en indiferencia y falta de solidaridad ante el drama humano de la migración. Persiste también la falta de voluntad personal y política, la resistencia a la acogida, a la hospitalidad y al buen trato hacia las personas migrantes. Sinceramente queremos motivar a hacer vida el Evangelio de Cristo que nos motiva y nos urge a la práctica de la caridad, acogida y hospitalidad. En el camino de la Cruz, vemos a migrantes que siguen cayendo y enfrentando situaciones de desprecio y desinterés político, abandono y rechazo”.

COMPROMISOS

¿Qué hacer? Los obispos guatemaltecos se proponen lo que nosotros también deberíamos hacer: “Ratificamos nuestra opción y compromiso por las personas migrantes, ya que representan uno de los rostros sufrientes de Nuestro Señor Jesucristo, con frecuencia azotados por políticas y leyes migratorias injustas. Concluimos con una convicción, que Jesús camina con los marginados y con las personas migrantes, por ser unos de los sectores más vulnerables; Él se hace vida en el sufrimiento y en el calvario de miles de personas que caminan con sueños e ilusiones de una vida mejor”.

Aducen lo que propusimos en Aparecida, y que nos lanza a hacer algo por los que sufren: “Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo que ha llenado nuestras vidas de sentido, de verdad y amor, de alegría y esperanza…. Urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra” (DA 548).

+ Felipe Arizmendi Esquivel

Obispo de San Cristóbal de Las Casas - México


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El 9 de Julio de 2013 se hizo público el decreto de la Penitenciaría Mayor de la Santa Sede que precisa los detalles pàra lucrar de este beneficio espiritual. (Zenit.org) nos ofrece el texto íntegro del Decreto.

 

DECRETO DE LA PENITENCIARÍA APOSTÓLICA CON LA QUE SE CONCEDEN INDULGENCIAS ESPECIALES CON MOTIVO DE LA XXVIII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD (RÍO DE JANEIRO, 22-29 JULIO DE 2013)

Se concede el don de las Indulgencias con motivo de la "XXVIII Jornada Mundial de la Juventud", que se celebrará en Río de Janeiro durante el presente Año de la fe.

El santo padre Francisco, con el deseo de que los jóvenes, en unión con las metas espirituales del Año de la Fe, anunciado por el papa Benedicto XVI, puedan alcanzar los frutos deseados de santificación por la "XXVIII Jornada Mundial de la Juventud” que se celebrará del 22 al 29 del próximo mes de julio en Río de Janeiro y cuyo tema será: "Id y haced discípulos a todas las naciones (cf. Mt. 28, 19)", en la Audiencia concedida el 3 de junio al al suscrito Cardenal Penitenciario Mayor, mostrando el corazón materno de la Iglesia, desde el tesoro de las satisfacciones de nuestro Señor Jesucristo, de la Santísima Virgen María y de todos los santos, concede que los jóvenes y todos los fieles debidamente preparados puedan disfrutar del don de las indulgencias de la siguiente manera:

a-. se concede la indulgencia plenaria, que puede obtenerse una vez al día, en las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo Pontífice), que también se aplica como sufragio a las almas de los fieles difuntos, por medio de los fieles verdaderamente arrepentidos y contritos, que participarán devotamente en los sagrados ritos y prácticas religiosas que se celebrarán en Río de Janeiro.

Los fieles legítimamente impedidos, pueden obtener la indulgencia plenaria si, al cumplir con las habituales condiciones espirituales, sacramentales y de oración, con la finalidad de una filial sumisión al Romano Pontífice, participen espiritualmente en las funciones sagradas en los días determinados, a condición de seguir estos mismos ritos y piadosos ejercicios mientras estos se desarrollan, o través de la televisión y la radio, o siempre con la debida devoción, a través de los nuevos medios de comunicación social;

b-. se concede indulgencia parcial a los fieles, dondequiera que se encuentren durante el mencionado encuentro, cada vez, por lo menos con un espíritu contrito, que eleven oraciones fervientes a Dios, concluyendo con la oración oficial de la Jornada Mundial de la Juventud, y piadosas invocaciones a la Virgen María, Reina de Brasil, bajo el título de "Nossa Senhora da Conceição Aparecida", así como otros patrones e intercesores del mismo encuentro, que aliente a los jóvenes a crecer más fuerte en la fe y llevar una vida santa.

A fin de que los fieles pueden obtener más fácilmente estos dones celestiales, los sacerdotes legítimamente aprobados para la escucha de las confesiones sacramentales, con un espíritu  pronto y generoso, se dispongan a recibirlas y propongan a los fieles oraciones públicas, por el éxito de la misma "Jornada Mundial de la Juventud".

Este Decreto es válido para este evento. A pesar de cualquier disposición en contrario.

Dado en Roma, en la sede de la Penitenciaría apostólica, el 24 de junio del año del Señor 2013, en la solemnidad de San Juan Bautista.

Cardenal Manuel Monteiro de Castro
Penitenciario Mayor

Mons. Krzysztof Nykiel
Regente


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Homilia del santo padre en el viaje a Lampedusa. Pidamos al Señor que borre lo que de Herodes ha quedado en nuestro corazón (Zenit.org)

'Inmigrantes muertos en el mar, aquellos barcos que en vez de ser una vía de esperanza fueron una vía de muerte'. Así titulan los periódicos. Cuando hace algunas semanas supe esta noticia, que lamentablemente otra vez un barco había naufragado, el pensamiento me volvía continuamente como una espina en el corazón que me traía sufrimiento. Y entonces sentí que tenía que venir hoy aquí a rezar. A cumplir un gesto de cercanía, pero también para despertar a nuestras conciencias. Para que lo que sucedió no se repita, no se repita, por favor.

Antes querría decir algunas palabras de sincera gratitud y aliento a ustedes habitantes de Lampedusa y Linosa, a las asociaciones, a los voluntarios y a las fuerzas de seguridad, que han mostrado y atienden a estas personas en los viajes hacia algo mejor. Ustedes son una pequeña realidad pero que ofrece un ejemplo de solidaridad. ¡Gracias!

Gracias también al arzobispo Mons. Francesco Montenegro, por su ayuda, su trabajo y su cercanía pastoral. Saludo gentilmente al alcalde, señora Giusi Nicolini, por lo que hace.

Un pensamiento va a los queridos inmigrantes musulmanes que esta noche inician el ayuno del ramadán. Con el deseo de abundantes frutos espirituales. La Iglesia les está cerca en la búsqueda de una vida más digna para ustedes y vuestras familias, a ustedes 'Osha'.

Esta mañana a la luz de la palabra de Dios que hemos escuchado querría proponer algunas palabras que sobre todo provoquen a la conciencia de todos, empujen a reflexionar y a cambiar concretamente ciertas actitudes.

¿Adán, dónde estás? Es la primera pregunta que Dios le hace al hombre después del pecado. ¿Dónde estás Adán? Adán es un hombre desorientado, que perdió su lugar en la creación porque cree que se ha vuelto potente, de poder dominar todo, de ser Dios.

Y la armonía se rompe el hombre se equivoca y esto se repite también en la relación con el otro que no es más el hermano que hay que amar, sino simplemente el otro que molesta mi vida, mi bienestar.

Y Dios pone la segunda pregunta: ¿Caín dónde está tu hermano? El sueño de ser potente, de ser grande como Dios, o peor, de ser como Dios, lleva a una cadena de equivocaciones que es cadena de muerte, lleva a derramar la sangre del hermano.

Estas dos preguntas de Dios resuenan también hoy con toda su fuerza fuerza. Tantos, entre nosotros, y me incluyo también yo, estamos desorientados, no estamos más atentos al mundo en el que vivimos, no cuidamos lo que Dios creó para todos y no somos ni siquiera capaces de cuidarnos los unos a los otros. Y cuando esta desorientación asume las dimensiones del mundo se llega a tragedias como aquella a la que hemos asistido.

¿Dónde está tu hermano? La voz de su sangre grita hasta mi, dice Dios. Esta no es una pregunta dirigida a los otros, es una pregunta dirigida a mi, a ti, a cada uno de nosotros.

Aquí nuestros hermanos y hermanas trataban de salir de situaciones difíciles para encontrar un poco de paz y serenidad, buscaban un lugar mejor para ellos y para sus familias, pero han encontrado la muerte. ¡Cuántas veces quienes buscan esto no encuentran comprensión, acogida y solidaridad! ¡Y sus voces suben hacia Dios!.

“¿Dónde está tu hermano? Quién es el responsable de este sangre? En la literatura española hay una comedia de Lope de Vega, que narra como los habitantes de la ciudad de Fuente Ovejuna asesinan al Gobernador porque es un tirano, y lo hacen de tal manera que no se sepa quién ha cumplido la ejecución.

Y cuando el juez del rey pide: '¿Quién ha asesinado al gobernador?' todos dicen: 'Fuente Ovejuna, Señor'.

¡Todos y nadie! También hoy esta pregunta emerge con fuerza: ¿Quien es el responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas? ¡Nadie! Todos nosotros respondemos así: no, no soy yo, yo no tengo nada que ver, serán otros, no seguramente yo. Pero Dios nos pide a cada uno de nosotros: ¿Dónde está la sangre de tu hermano que grita hasta mi'?

Hoy nadie se siente responsable de esto; hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna; hemos caído en la actitud hipócrita del sacerdote y del servidor del altar, del que habla Jesús en la parábola del Buen Samaritano.

Miramos al hermano medio muerto en el costado del camino, quizás pensamos: pobrecito, y seguimos por nuestro camino, no es nuestra tarea; y con esto nos sentimos bien.

La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos vuelve insensibles a los gritos de los otros, nos hace vivir en burbujas de jabón, que son lindas, pero no son nada, son ilusión de lo superficial, de lo provisorio, que lleva a la indiferencia hacia los otros. Más aún, lleva a la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos acostumbrado al sufrimiento del otro, no tenemos nada que ver, no nos interesa, no es mi problema!

Y vuelve la figura del 'innombrable de Manzoni'. La globalización de la indiferencia nos vuelve a todos 'innombrables', responsables sin nombre y sin rostro.

'Adán, dónde estás? ¿Dónde está tu hermano?, son las dos preguntas que Dios pone al inicio de la historia de la humanidad y que dirige también a todos los hombres de nuestro tiempo, también a nosotros.

Pero quisiera que nos planteáramos una pregunta: '¿Quien de entre nosotros ha llorado por este hecho o por hechos como este?, ¿por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Quién ha llorado por estas personas que estaban sobre la barcaza? ¿Por las jóvenes madres que llevaban a sus niños? ¿Por estos hombres que deseaban algo para apoyar a sus familias? ¡Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia de llorar, del 'sufrir con': ¡es la globalización de la indiferencia! En el evangelio hemos escuchado el grito, el llanto, el gran lamento: 'Raquel llora a sus hijos... porque no están más'. Herodes ha sembrado muerte para defender su propio bienestar, la propia burbuja de jabón. Y esto sigue repitiéndose.

Pidamos al Señor que borre lo que de Herodes ha quedado también en nuestro corazón. Pidamos al Señor la gracia de llorar nuestra indiferencia, la crueldad que hay en el mundo, en nosotros, también en quienes en el anonimato toman decisiones socio-económicas que abren la calle a dramas como este. '¿Quién ha llorado?'

Señor, en esta que liturgia que es una liturgia de penitencia, pedimos perdón por la indiferencia hacia tantos hermanos y hermanas. Te pedimos perdón por quien se ha acomodado, por quien se ha cerrado en su propio bienestar que lleva a la anestesia del corazón. Te pedimos perdón por aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que llevan a este drama.

'¿Adán, dónde estás?' '¿Dónde está la sangre de tu hermano?'. Amen.


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Lunes, 15 de julio de 2013

Reflexión de José Antonio Pagola al Evangelio del domingo décimo quinto del Tiempo Ordinario - C.

NO PASAR DE LARGO

        “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. Esta es la herencia que Jesús ha dejado a la humanidad. Para comprender la revolución que quiere introducir en la historia, hemos de leer con atención su relato del “buen samaritano”. En él se nos describe la actitud que hemos de promover, más allá de nuestras creencias y posiciones ideológicas o religiosas, para construir un mundo más humano.

        En la cuneta de un camino solitario yace un ser humano, robado, agredido, despojado de todo, medio muerto, abandonado a su suerte. En este herido sin nombre y sin patria resume Jesús la situación de tantas víctimas inocentes maltratadas injustamente y abandonadas en las cunetas de tantos caminos de la historia.

        En el horizonte aparecen dos viajeros: primero un sacerdote, luego un levita. Los dos pertenecen al mundo respetado de la religión oficial de Jerusalén. Los dos actúan de manera idéntica: “ven al herido, dan un rodeo y pasan de largo”. Los dos cierran sus ojos y su corazón, aquel hombre no existe para ellos, pasan sin detenerse. Esta es la crítica radical de Jesús a toda religión incapaz de generar en sus miembros un corazón compasivo. ¿Qué sentido tiene una religión tan poco humana?

        Por el camino viene un tercer personaje. No es sacerdote ni levita. Ni siquiera pertenece a la religión del Templo. Sin embargo, al llegar, “ve al herido, se conmueve y se acerca”. Luego, hace por aquel desconocido todo lo que puede para rescatarlo con vida y restaurar su dignidad. Esta es la dinámica que Jesús quiere introducir en el mundo.

        Lo primero es no cerrar los ojos. Saber “mirar” de manera atenta y responsable al que sufre. Esta mirada nos puede liberar del egoísmo y la indiferencia que nos permiten vivir con la conciencia tranquila y la ilusión de inocencia en medio de tantas víctimas inocentes. Al mismo tiempo, “conmovernos” y dejar que su sufrimiento nos duela también a nosotros.

        Lo decisivo es reaccionar y “acercarnos” al que sufre, no para preguntarnos si tengo o no alguna obligación de ayudarle, sino para descubrir de cerca que es un ser necesitado que nos está llamando. Nuestra actuación concreta nos revelará nuestra calidad humana.

        Todo esto no es teoría. El samaritano del relato no se siente obligado a cumplir un determinado código religioso o moral. Sencillamente, responde a la situación del herido inventando toda clase de gestos prácticos orientados a aliviar su sufrimiento y restaurar su vida y su dignidad. Jesús concluye con estas palabras. “Vete y haz tú lo mismo”.


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Reflexión a las lecturas del domingo quince del Tiempo Ordinario - C, ofrecida por el sacerdote don Juan Manuel Pérez Piñero bajoel epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 15º del T. Ordinario C

 

La pregunta que aquel escriba le hace a Jesús, con mala intención, pone delante de nuestros ojos la cuestión  fundamental y decisiva de nuestra existencia: ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Por eso, tendríamos que comenzar nuestra reflexión, haciendo una profesión de fe “en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro”. Y Jesucristo le responde: “¿qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”  De este modo, se nos recuerda la importancia y trascendencia de la Ley, de la Palabra de Dios. Recuerda la afirmación de Pedro: “¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

        El escriba le contesta con la formulación del primer mandamiento y del segundo. Y Jesucristo le responde: “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida”. Todo parece un eco de la primera lectura: “El precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable”. No está en el cielo ni más allá del mar… “El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo”.

        ¡Qué importante, qué trascendental es todo esto!

        El escriba quiere justificarse, como nosotros tantas veces, y le dice: “¿y quién es mi prójimo?”

        Entonces Jesús le cuenta la parábola impresionante y hermosa del buen samaritano, para explicarle que lo fundamental no es saber quién es el prójimo, sino comportarnos como prójimo de los demás. En definitiva, ¿de qué vale saber quién es mi prójimo si, a la hora de la verdad, doy un rodeo y paso de largo, como el sacerdote y el levita?

        Y Jesucristo es el verdadero buen samaritano de la parábola, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal; que, compadecido de la humanidad herida por el pecado, se hizo hombre y murió por nosotros; que también hoy “se acerca a todo hombre que sufre en su cuerpo o en su espíritu, y cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza”.

Y nosotros, los cristianos, lo reconocemos también, misteriosamente presente, en todo hombre herido, al borde del camino de la existencia.

¡Jesucristo!  Él es, por tanto,  el buen samaritano, Él es el herido, su Iglesia es la posada, Él, por su Espíritu, es el aceite y el vino, Él es el Maestro y el Señor. A Él la gloria ahora y siempre y por todos los siglos. Amén.       

                

¡FELIZ DOMINGO! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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Domingo, 07 de julio de 2013

ZENIT nos ofrece el texto de la homilía del santo padre Francisco, en la misa de del domingo 7 de Julio, en la basílica de San Pedro en la "Jornada de los seminaristas, novicios, novicias y de todos los que están en el camino vocacional" en ocasión del Año de la Fe.

Queridos hermanos y hermanas:

Ya ayer tuve la alegría de encontrarme con ustedes, y hoy nuestra fiesta es todavía mayor porque nos reunimos de nuevo para celebrar la Eucaristía, en el día del Señor. Ustedes son seminaristas, novicios y novicias, jóvenes en el camino vocacional, provenientes de todas las partes del mundo: ¡representan a la juventud de la Iglesia! Si la Iglesia es la Esposa de Cristo, en cierto sentido ustedes constituyen el momento del noviazgo, la primavera de la vocación, la estación del descubrimiento, de la prueba, de la formación. Y es una etapa muy bonita, en la que se ponen las bases para el futuro. ¡Gracias por haber venido!

Hoy la palabra de Dios nos habla de la misión. ¿De dónde nace la misión? La respuesta es sencilla: nace de una llamada que nos hace el Señor, y quien es llamado por Él lo es para ser enviado. Pero, ¿cuál debe ser el estilo del enviado? ¿Cuáles son los puntos de referencia de la misión cristiana? Las lecturas que hemos escuchado nos sugieren tres: la alegría de la consolación, la cruz y la oración.

El primer elemento: la alegría de la consolación. El profeta Isaías se dirige a un pueblo que ha atravesado el periodo oscuro del exilio, ha sufrido una prueba muy dura; pero ahora, para Jerusalén, ha llegado el tiempo de la consolación; la tristeza y el miedo deben dejar paso a la alegría: "Festejad… gozad… alegraos", dice el Profeta (66,10). Es una gran invitación a la alegría. ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo? Porque el Señor hará derivar hacia la santa Ciudad y sus habitantes un "torrente" de consolación, de ternura materna: "Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán; como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo" (v. 12-13). Todo cristiano, sobre todo nosotros, estamos llamados a ser portadores de este mensaje de esperanza que da serenidad y alegría: la consolación de Dios, su ternura para con todos. Pero sólo podremos ser portadores si nosotros experimentamos antes la alegría de ser consolados por Él, de ser amados por Él. Esto es importante para que nuestra misión sea fecunda: sentir la consolación de Dios y transmitirla. La invitación de Isaías ha de resonar en nuestro corazón: "Consolad, consolad a mi pueblo" (40,1), y convertirse en misión. La gente de hoy tiene necesidad ciertamente de palabras, pero sobre todo tiene necesidad de que demos testimonio de la misericordia, la ternura del Señor, que enardece el corazón, despierta la esperanza, atrae hacia el bien. ¡La alegría de llevar la consolación de Dios!

El segundo punto de referencia de la misión es la cruz de Cristo. San Pablo, escribiendo a los Gálatas, dice: "Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo" (6,14). Y habla de las "marcas", es decir, de las llagas de Cristo Crucificado, como el cuño, la señal distintiva de su existencia de Apóstol del Evangelio. En su ministerio, Pablo ha experimentado el sufrimiento, la debilidad y la derrota, pero también la alegría y la consolación. He aquí el misterio pascual de Jesús: misterio de muerte y resurrección. Y precisamente haberse dejado conformar con la muerte de Jesús ha hecho a San Pablo participar en su resurrección, en su victoria. En la hora de la oscuridad y de la prueba está ya presente y activa el alba de la luz y de la salvación. ¡El misterio pascual es el corazón palpitante de la misión de la Iglesia! Y si permanecemos dentro de este misterio, estamos a salvo tanto de una visión mundana y triunfalista de la misión, como del desánimo que puede nacer ante las pruebas y los fracasos. La fecundidad del anuncio del Evangelio no procede ni del éxito ni del fracaso según los criterios de valoración humana, sino de conformarse con la lógica de la Cruz de Jesús, que es la lógica del salir de sí mismos y darse, la lógica del amor. Es la Cruz –siempre la Cruz con Cristo-, la que garantiza la fecundidad de nuestra misión. Y desde la Cruz, acto supremo de misericordia y de amor, renacemos como "criatura nueva" (Ga 6,15).ù

Finalmente, el tercer elemento: la oración. En el Evangelio hemos escuchado: "Rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies" (Lc 10,2). Los obreros para la mies no son elegidos mediante campañas publicitarias o llamadas al servicio y a la generosidad, sino que son "elegidos" y "mandados" por Dios. Por eso es importante la oración. La Iglesia, nos ha repetido Benedicto XVI, no es nuestra, sino de Dios; el campo a cultivar es suyo. Así pues, la misión es sobre todo gracia. Y si el apóstol es fruto de la oración, encontrará en ella la luz y la fuerza para su acción. En efecto, nuestra misión pierde su fecundidad, e incluso se apaga, en el mismo momento en que se interrumpe la conexión con la fuente, con el Señor.

Queridos seminaristas, queridas novicias y queridos novicios, queridos jóvenes en el camino vocacional. "La evangelización se hace de rodillas", me decía uno de ustedes el otro día. ¡Sean siempre hombres y mujeres de oración! Sin la relación constante con Dios la misión se convierte en función. El riesgo del activismo, de confiar demasiado en las estructuras, está siempre al acecho. Si miramos a Jesús, vemos que la víspera de cada decisión y acontecimiento importante, se recogía en oración intensa y prolongada. Cultivemos la dimensión contemplativa, incluso en la vorágine de los compromisos más urgentes y acuciantes. Cuanto más les llame la misión a ir a las periferias existenciales, más unido ha de estar su corazón a Cristo, lleno de misericordia y de amor. ¡Aquí reside el secreto de la fecundidad de un discípulo del Señor!

Jesús manda a los suyos sin "talega, ni alforja, ni sandalias" (Lc 10,4). La difusión del Evangelio no está asegurada ni por el número de personas, ni por el prestigio de la institución, ni por la cantidad de recursos disponibles. Lo que cuenta es estar imbuidos del amor de Cristo, dejarse conducir por el Espíritu Santo, e injertar la propia vida en el árbol de la vida, que es la Cruz del Señor.

Queridos amigos y amigas, con gran confianza les pongo bajo la intercesión de María Santísima. Ella es la Madre que nos ayuda a tomar las decisiones definitivas con libertad, sin miedo. Que Ella les ayude a dar testimonio de la alegría de la consolación de Dios, a conformarse con la lógica de amor de la Cruz, a crecer en una unión cada vez más intensa con el Señor. ¡Así su vida será rica y fecunda! Amén.


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ZENIT nos ofrece las palabras que el santo padre Francisco dirigió a los miles de fieles reunidos en la plaza de San Pedro en el Angelus del domingo 7 de Julio de 2013. 

¡Queridos hermanos y hermanas Buen día!

Antes de todo quiero compartir con ustedes la alegría de haber encontrado ayer y hoy un peregrinaje especial del Año de la Fe: el de los seminaristas, novicios y novicias.

Les pido rezar por ellos, de manera que el amor por Cristo madure siempre más en su vida y se vuelvan verdaderos misioneros del Reino de Dios.

El evangelio de este domingo nos habla justamente de esto: del hecho que Jesús no es un misionero aislado, no quiere cumplir solo su misión, pero involucra a sus discípulos. Y hoy vemos que además de los 12 apóstoles, llama a otros 72 y los envía en los pueblos, dos a dos, para anunciar que el Reino de Dios está cerca.

“¡Esto es muy bonito! -exclamó el papa- Jesús no quiere actuar solo, ha venido a traer al mundo el amor de Dios y quiere difundirlo con el estilo de la comunión, con el estilo de la fraternidad. Por esto forma inmediatamente una comunidad de discípulos, que es una comunidad misionera. En seguida los entrena para la misión, a partir.”

Entretanto advierte: “Atención, la finalidad no es la de socializar, pasar el tiempo juntos. No, la finalidad es anunciar el Reino de Dios, ¡y esto es urgente! ¡Y también hoy es urgente!”.

No hay tiempo que perder hablando, no hay que esperar el consentimiento de todos, es necesario partir y anunciarlo. A todos hay que llevar la paz de Cristo y si no la acogen se sigue igual adelante.

A los enfermos hay que llevarles la curación, porque Dios quiere sanar al hombre de todo mal. ¡Cuántos misioneros hay que hacen esto”. Siembran vida, salud y confort a las periferias del mundo.

!Qué bonito es esto, no vivir para sí mismo, no vivir para si misma, pero vivir para ir a hacer el bien. Hay tantos jóvenes hoy aquí en la plaza. Piensen a esto y pregúntense: ¿Jesús me llama para salir de mi mismo para ir a hacer el bien? A ustedes jóvenes, a ustedes, muchachos y muchachas, les pregunto, ¿tienen ustedes el coraje para esto, el coraje para escuchar la voz de Jesús? Es bello ser misioneros. Pero ustedes son buenos y me gusta esto.

Estos 72 discípulos que Jesús manda adelante ¿Quiénes son? ¿A quién representan? Si los doce son apóstoles y por lo tanto representan también a los obispos, sus sucesores, estos 72 pueden representar a los otros ministros que han sido ordenados, presbíteros, diáconos. Pero en un sentido más amplio podemos pensar a los otros ministros de la Iglesia, a los catequistas, a los fieles laicos que se empeñan en las misiones parroquiales, a quien trabaja con los enfermos, con las diversas formas de malestar y de marginación. Pero siempre como misioneros del evangelio, con la urgencia del Reino que está cerca.

Todos deben ser misioneros, todos pueden sentir ese llamado de Jesús, e ir adelante para anunciar el Reino.

Dice el evangelio que estos 72 volvieron de su misión llenos de alegría, porque habían sentido la potencia del Nombre de Cristo contra el mal. Jesús lo confirma: a estos discípulos Él le da la fuerza de derrotar al maligno.

Y añade: “No se alegren porque los demonios se someten a ustedes, sino más bien porque sus nombres están escritos en los cielos”.

No debemos jactarnos como si fuéramos nosotros los protagonistas: protagonistaes uno sóloes el Señor y su gracia,Él es el único protagonista.Y nuestra alegría es solamente esta: ser sus discípulos, sus amigos. Que la Virgen nos ayude a se buenos operarios del evangelio.

Queridos amigos, la alegría, no tengan miedo de tener la alegría, no tengan miedo de esa alegría, esa alegría que nos da el Señor cuando lo dejamos entrar en nuestra vida y que nos invite a todos nosotros a ir a las periferias de la vida a anunciar el evangelio. No tengan miedo de esa alegría, alegría y coraje”.

Después de rezar la oración del ángelus el papa dirigió otras palabras:

Queridos hermanos y hermanas, como ustedes saben hace dos días fue publicada la carta encíclica sobre el tema de la fe, con el título Lumen Fidei, la luz de la fe.

Por el Año de la Fe, el papa Benedicto XVI había iniciado esta encíclica, que es continuación de las de la caridad y la esperanza. Hé recogidoeste lindo trabajoy lo he llevado a término. Lo ofrezco con alegría a todo el pueblo de Dios. Todos, de hecho hoy necesitamos de ir a lo esencial de la fe cristiana, de profundizarla y de compararla con las problemáticas actuales.

Y pienso que esta encíclica al menos en algunas partes pueda ser útil también a quien está buscando a Dios y el sentido de su vida. La pongo en las manos de María, ejémplo perfecta de la fe, para que puede llevar esos frutos que el Señor quiere.

Les dirijo mis cordiales saludos a todos ustedes,queridos fieles de Roma yperegrinos. En particular a los jóvenes de la diócesis de Roma que se preparan a partir hacia Río de Janeiro para la Jornada Mundial de la Juventud. Queridos jóvenes, ¡también yo me estoy preparando!”. Caminemos juntos hacia estas gran fiesta de fe. La Virgen nos acompañey nos encontraremos allá abajo.

Saludo también a las monjas Rosminianas y a las Franciscanas Angelinas, que están realizando sus capítulos generales; y a los responsables de la Comunidad de San Egidio que han venido desde diversos países para un curso de formación. ¡Les deseo un buen domingo!¡Y buen provecho! ¡Hasta la vista!

(Red. HSM)


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S?bado, 06 de julio de 2013

ORACIÓN
PARA PEDIR SU GLORIFICACIÓN
DE MANUEL APARICI
(Para devoción privada)

 

Padre nuestro que estás en el Cielo. dígnate glorificar a tu siervo MANUEL. que, con su palabra y su ejemplo, como apóstol seglar y como sacerdote, nos enseñó a hacer de nuestra vida una Peregrinación: CAMINAR HACIA TI, PADRE, POR CRISTO TU HIJO, A IMPULSOS DEL ESPÍRITU SANTO, CON LA AYUDA DE MARÍA Y LLEVANDO A LOS HERMANOS.

Concédenos por su intercesión la gracia que te pedimos. y haz que. a imitación suya, trabajemos sin descanso por la extensión (le tu Reino y el bien de nuestros hermanos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Con las debidas licencias.

Para notificación de favores recibidos y envío de donativos
para la Causa de Canonización del Siervo de Dios, petición
de estampas, publicaciones, etc. dirigirse a:
Peregrinos de la Iglesia C/ Manuel Montilla, 12.
28016 Madrid (España).
Telfs: 34 91 359 01 12 y 34 91 359 00 84.
Fax : 34 91 359 00 84.
E-Mail: asociacionperegrinos~ú?gmail.com
Página Web: wwvv.peregrinosdelaiglesia.org


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Carlos Peinó Agrelo Peregrino, Cursillista, Ex-Notario Adjunto Tribunal Eclesiástico (Archidiócesis de Madrid, España) Causa de Canonización de Manuel Aparici, nos remite la siguiente información.

MANUEL APARICI, «EL CAPITÁN DE PEREGRINOS» YA ES VENERABLE

Ciudad del Vaticano, 28 marzo 2013 (VIS).- Ayer, El miércoles 27 de marzo de 2013, el Santo Padre Francisco, en audiencia con el cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación de la Causa de los Santos, autorizó la promulgación, entre otros, del decreto de las virtudes heroicas del Siervo de Dios, Manuel Aparicio Navarro, sacerdote diocesano nacido en Madrid (España) el 11 de diciembre de 1902 y muerto el 28 de agosto de 1964.

Manuel Aparici, «una gloria y corona de la Diócesis de Madrid, singular y deslumbrante» [1], es una de las figuras más importantes de la Iglesia española en el siglo XX, «Coloso de Cristo, de la Iglesia y del Papa» como lo calificó el Cardenal Herrera Oria [2], humilde converso, Apóstol infatigable y Apóstol con vocación de crucificado, que él mismo pidió al Señor y éste le concedió; él, con su tesón, hizo revivir, y de qué modo, el Camino de Santiago; él anticipándose en muchísimas cosas al Concilio Vaticano II, dio el matiz peregrinante a esa Juventud; él fue el artífice y el alma de la magna peregrinación mundial juvenil a Santiago de Compostela el 28 de Agosto de 1948; él fue el creador en 1940 de los Cursillos de Adelantados, Jefes y Guías de Peregrinos para dar base espiritual honda a los jóvenes «adelantados» camino de Santiago [3], y después antecedente de los Cursillos de Cristiandad, los cuales recogen entre otros muchos elementos el espíritu peregrinante de Manuel Aparici; él ...

«La Iglesia española -dice José Díaz Rincón, testigo - está en deuda con este santo Apóstol, educador y generoso sin límites» [4]. Y un año después aproximadamente escribe: «Es tanto lo que quiero a Don Manuel que daría todo por él! Hemos tenido la suerte, la gracia y el favor de tratar y de ser pastoreados por un santo excepcional, por su profunda espiritualidad, por su generosa entrega, por su cercanía de Dios, su competencia, su espíritu apostólico e incomparable Caridad y ternura» [5].

         

Carlos Peinó Agrelo Peregrino.
Cursillista.
Ex-Notario Adjunto Tribunal Eclesiástico (Archidiócesis de Madrid, España) Causa de Canonización de Manuel Aparici. Ex-Colaborador en la redacción de su Positio super virtutibus,
Ex-Vice Postulador de la Causa, etc.



[1] José Díaz Rincón, testigo (Su carta de fecha 14 de Diciembre de 2002).

[2] Mons. Mauro Rubio Repullés, testigo (C.P. pp. 462-482).

[3] Antonio García-Pablos y González-Quijano, testigo, que sucedió a Manuel Aparici enla Presidencia Nacional de los Jóvenes de Acción Católica, fue uno de los jóvenes que participó en el Cursillo de Adelantado de Peregrinos celebrado en 1940 enLa Coruña dirigido por Manuel Aparici ... Algo inolvidable (José Luis López Mosteiro, testigo. C.P. pp. 406-420).

[4] Su carta de fecha 13 de Julio de 2002.

[5] Su carta de fecha 10 de Diciebre de 2003.

[6] Durante un corto periodo de tiempo Manuel Aparici fue el Consiliario Nacional de Eduardo Bonnín cuando éste era Presidente del Consejo Diocesano de los Jóvenbes de Acción Católica de Mallorca.


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Viernes, 05 de julio de 2013

Reflexión a las lecturas del domingo décimo cuarto del Tiempo Ordinario - C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 14 del T. Ordinario C 

¡Ser enviados por el Señor, volver a Él! ¿No es esta una síntesis de la vida cristiana, del quehacer cristiano? Lo recordamos  este domingo en el que el Evangelio nos presenta la misión de los setenta y dos discípulos. Con una serie de instrucciones, Jesús los dispone para la misión.

¡Con la confianza en Dios y ligeros de equipaje! No irán con el lujo de una rica corte oriental ni con la sensación de fuerza de una legión romana. No. Ellos son de otro espíritu. Van a anunciar el Reino con un mensaje de paz. “Cuando entréis en una casa, decid primero: paz a esta casa. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no volverá a vosotros”.

La primera lectura el profeta anuncia la paz como un don de Dios: “Yo haré derivar hacia ella (Jerusalén), como un río, la paz”.

En la segunda lectura escuchamos el final de la Carta a los Gálatas, con un mensaje de paz, gracia y misericordia para los que se ajustan a la enseñanza del Apóstol sobre los judaizantes.

En estos tiempos un poco revueltos en la vida de la Iglesia, no deberíamos olvidar la advertencia del Señor para los lugares que no acojan a sus enviados. Y esto debemos olvidarlo nunca.

El Evangelio nos presenta también la vuelta de los setenta y dos, llenos de alegría, contando todo lo que habían hecho y enseñado. Y Jesús les dice que el verdadero motivo de alegría es que sus nombres están inscritos en el Cielo. Hay prácticas cristianas de apostolado inspiradas en este texto. Por ejemplo reunirse ante el Sagrario de la parroquia antes de realizar una obra apostólica y, al terminarla, volver a él.

        ¿Y algo parecido no es la Misa del domingo o de cada día?

En la Santa Misa somos enviados por el Señor a nuestras obras de caridad y apostolado y volvemos a Él en la próxima celebración.

        ¿No es esto hermoso?


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DOMINGO DECIMOCUARTO C   

  MONICIONES

 

PRIMERA LECTURA

        La primera Lectura es un mensaje de esperanza del profeta Isaías, que trata de consolar al pueblo de Dios, vuelto del destierro a una patria desolada. La alegría y la paz que les transmite llegarán a su punto culminante en los días del Mesías

 

SEGUNDA LECTURA

        Frente a los partidarios de la circuncisión, S. Pablo, que lleva en su cuerpo "las marcas de Jesús",  nos dice que lo fundamental es ser un hombre nuevo y termina su carta a los Gálatas deseando la paz a todos cuantos siguen este estilo de vida.

 

TERCERA LECTURA

        El Señor envía otros setenta y dos discípulos a prepararle el camino, anunciando su Buena Nueva por los pueblos. Ligeros de equipaje, siguiendo sus instrucciones, su mensaje es la paz.

 

COMUNIÓN

        En la Comunión recibimos a Jesucristo que nos envía al mundo como mensajeros de su Reino de paz. Ojalá lo hagamos de tal manera, que merezcamos tener nuestros nombres inscritos en el Cielo.


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Jueves, 04 de julio de 2013

Comentario al evangelio del Domingo 14° del T.O./C, por Jesús Álvarez SSP. (Zenit.org)

Evangelizar siempre

Por Jesús Álvarez SSP

 - "Después de esto, el Señor eligió a otros setenta y dos discípulos y los envió de dos en dos delante de él, a todas las ciudades y lugares adonde debía ir. Les dijo: “La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe obreros a su cosecha. Vayan, pero sepan que los envío como corderos en medio de lobos… Cuando entren en una ciudad y sean bien recibidos, coman lo que les sirvan, sanen a los enfermos y digan a su gente: ‘El Reino de Dios ha venido a ustedes’. Pero si entran en una ciudad y no quieren recibirles, vayan a sus plazas y digan: ‘Nos sacudimos y les dejamos hasta el polvo de su ciudad que se ha pegado a nuestros pies. Con todo, sépanlo bien: el Reino de Dios ha venido a ustedes’. Yo les aseguro que, en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad. Los setenta y dos discípulos volvieron muy contentos, diciendo: "Señor, hasta los demonios nos obedecen al invocar tu nombre." Jesús les dijo: "Alégrense, no porque los demonios se someten a ustedes, sino más bien porque sus nombres están escritos en los cielos". (Lc 10,1-12.17-20).

Los discípulos acompañan a Jesús hacia Jerusalén, donde será ajusticiado. Para ellos la muerte del Maestro es el fracaso total; para Jesús es el triunfo glorioso y definitivo de la resurrección. Pero irán asimilando poco a poco las exigencias del seguimiento de Jesús: renuncia a los intereses egoístas, e incluso a la presencia física del Maestro.

Los setenta y dos discípulos enviados --72: símbolo de las naciones paganas--, no eran del grupo de los apóstoles; sino que eran como los cristianos laicos de hoy. Clero y laicos estamos llamados a anunciar el reino de Jesús y colaborar en la salvación de la humanidad. Cada cual según sus posibilidades reales.

Ningún cristiano está dispensado de evangelizar, como dice san Pablo: “¡Ay de mí si no evangelizo!” (1 Cor. 19, 16). Si los que no escuchan a los evangelizadores serán tratados con mayor rigor que Sodoma, cuánto más los evangelizadores que no escuchan a Cristo. Es para estremecerse y asumir decididamente la preocupación gozosa de evangelizar con todos los medios y modos a nuestro alcance.

Y esos medios principales son: la vida interior de unión con Cristo, la oración intensa, el testimonio, el sufrimiento ofrecido, la palabra, las obras, que constituyen la misión que debe ser la preocupación fundamental de cada cristiano y de toda comunidad eclesial. Quien se decide por Cristo (por ser cristiano), no puede menos de anunciarlo, sea como sea. Quien no lo anuncia, demuestra que no es cristiano.

La mies resulta cada vez más abundante y los obreros cada más insuficientes. Por eso es urgente que toda comunidad cristiana tome conciencia de su vocación a la misión evangelizadora y de su sacerdocio bautismal y lo ejerza; a la vez que promueve, por todos los medios, las vocaciones totalmente consagradas a la evangelización.

No se puede olvidar que una buena mayoría de los bautizados no han sido evangelizados o se han alejado. Y son más los no bautizados que tienen también derecho a ser evangelizados y salvados.

El premio de la evangelización no son las obras ni los éxitos, sino la salvación y la vida eterna: “Alégrense porque sus nombres están escritos en el cielo”. (Lc. 10, 20).


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Mi?rcoles, 03 de julio de 2013

Reflexión de José Antonio Pagola al Evangelio del domingo 14º semana del tiempo ordinario (C)

 

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 10,1-12. 17-20

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía:

- “La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies.

¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino.

Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa», y, si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.

Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan: porque el obrero merece su salario.

No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: «Está cerca de vosotros el Reino de Dios».

Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: «Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios».

Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo.”

Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron:

- “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.”

Él les contestó:

- “Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.”

 

Descansará sobre ellos vuestra paz.
Poneos en camino.

Lucas recoge en su evangelio un importante discurso de Jesús, dirigido no a los Doce sino a otro grupo numeroso de discípulos a los que envía para que colaboren con él en su proyecto del reino de Dios. Las palabras de Jesús constituyen una especie de carta fundacional donde sus seguidores han de alimentar su tarea evangelizadora. Subrayo algunas líneas maestras.

«Poneos en camino». Aunque lo olvidamos una y otra vez, la Iglesia está marcada por el envío de Jesús. Por eso es peligroso concebirla como una institución fundada para cuidar y desarrollar su propia religión. Responde mejor al deseo original de Jesús la imagen de un movimiento profético que camina por la historia según la lógica del envío: saliendo de sí misma, pensando en los demás, sirviendo al mundo la Buena Noticia de Dios. "La Iglesia no está ahí para ella misma, sino para la humanidad" (Benedicto XVI).

Por eso es hoy tan peligrosa la tentación de replegarnos sobre nuestros propios intereses, nuestro pasado, nuestras adquisiciones doctrinales, nuestras prácticas y costumbres. Más todavía, si lo hacemos endureciendo nuestra relación con el mundo. ¿Qué es una Iglesia rígida, anquilosada, encerrada en sí misma, sin profetas de Jesús ni portadores del Evangelio.

«Cuando entréis en un pueblo... curad a los enfermos y decid: está cerca de vosotros el reino de Dios». Ésta es la gran noticia: Dios está cerca de nosotros animándonos a hacer más humana la vida. Pero no basta afirmar una verdad para que sea atractiva y deseable. Es necesario revisar nuestra actuación: ¿qué es lo que puede llevar hoy a las personas hacia el Evangelio? ¿Cómo pueden captar a Dios como algo nuevo y bueno?

Seguramente, nos falta amor al mundo actual y no sabemos llegar al corazón del hombre y la mujer de hoy. No basta predicar sermones desde el altar. Hemos de aprender a escuchar más, acoger, curar la vida de los que sufren... Sólo así encontraremos palabras humildes y buenas que acerquen a ese Jesús cuya ternura insondable nos pone en contacto con Dios, el Padre Bueno de todos.

«Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa». La Buena Noticia de Jesús se comunica con respeto total, desde una actitud amistosa y fraterna, contagiando paz. Es un error pretender imponerla desde la superioridad, la amenaza o el resentimiento. Es antievangélico tratar sin amor a las personas sólo porque no aceptan nuestro mensaje. Pero, ¿cómo lo aceptarán si no se sienten comprendidos por quienes nos presentamos en nombre de Jesús?

José Antonio Pagola

2012-2013 -

7 de julio de 2013


Publicado por verdenaranja @ 20:49  | Espiritualidad
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Martes, 02 de julio de 2013

ZENIT nos ofrece el habitual artículo  de monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, arzobispo de SAN CRISTóBAL DE LAS CASAS.

¿Peligra el Estado laico?
Cuando las autoridades expresan su fe en los actos públicos

Por Felipe Arizmendi Esquivel

 SITUACIONES

Por el hecho de que algunas autoridades municipales y estatales, católicas y protestantes, han expresado en actos públicos su fe cristiana, confiando su territorio al reinado de Jesucristo, de inmediato han surgido voces de alerta, diciendo que se violaron las leyes, que estos son intentos de dar marcha atrás a la laicidad oficial, que son muestras de incapacidad de esas autoridades para gobernar y que se les debiera hacer un juicio político para destituirles. No les pareció bien que el Presidente de la República se haya hecho presente al inicio del ministerio del Papa Francisco, porque alegan que eso es no respetar el carácter laico del Estado.

Estamos en fin de cursos en las escuelas, privadas y públicas. Muchos nos solicitan una Misa de acción de gracias, sobre todo quienes terminan una etapa, desde kínder hasta universidad. La piden los alumnos, los mismos maestros o los padres de familia. ¿Esto es contrario al laicismo de artículo tercero constitucional, en que se afirma que la educación pública debe ser laica?

En varias comunidades, no sólo indígenas, cuando una autoridad civil va a iniciar su cargo, es costumbre que participe en una celebración religiosa en forma oficial, no privada. En otros países, juramentan sobre la Biblia, van a un Te Deum en las fiestas nacionales, o manifiestan su fe religiosa, y nadie se extraña por ello.

ILUMINACION

¿Qué pasa en nuestro país? Las leyes sobre la materia son bastante restrictivas. Dice la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público: “Las autoridades federales, estatales y municipales no podrán asistir con carácter oficial a ningún acto religioso de culto público, ni a actividad que tenga motivos o propósitos similares” (Art. 25). Y su respectivo Reglamento: “Se exceptúa de lo previsto en el párrafo anterior, al servidor público que asista a título personal a los actos religiosos de culto público o actividades que tengan motivos o propósitos similares. En dichos actos o actividades, el servidor público en ningún momento podrá ostentarse o hacer manifiesto su carácter oficial, ni actuar en el ejercicio de las atribuciones que legalmente le corresponden. En caso de incumplimiento a lo dispuesto en este artículo, el servidor público de que se trata, será sujeto de las responsabilidades y sanciones previstas en las leyes aplicables” (Art. 28).

Se acaba de aprobar, después de varias inexplicables resistencias, esta reforma al artículo 24 de nuestra Constitución: “Toda persona tiene derecho a la libertad de convicciones éticas, de conciencia y de religión, y a tener o adoptar, en su caso, la de su agrado. Esta libertad incluye el derecho de participar, individual o colectivamente, tanto en público como en privado, en las ceremonias, devociones o actos del culto respectivo, siempre que no constituyan un delito o falta penados por la ley. Nadie podrá utilizar los actos públicos de expresión de esta libertad con fines políticos, de proselitismo o de propaganda política”.

Esto no es nuevo, sino apenas la aplicación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, firmada en 1948, que en su artículo 18 establece: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.

En esta Declaración de la ONU, ratificada por nuestro país, no se hace restricción alguna para que las autoridades civiles manifiesten su propia fe, en público y en privado.

COMPROMISOS

Ya es tiempo de poner nuestras leyes más acordes con los tratados internacionales, y no seguir haciendo una dicotomía entre la vida pública y la privada en las autoridades. Esa distinción es una ficción legal; en la práctica, no es posible separarlas. Lo que no debe permitirse es usar la religión con fines partidistas, pues los partidos parten y dividen a los pueblos; la Iglesia está para unir a los que están partidos y divididos.


Publicado por verdenaranja @ 23:50  | Hablan los obispos
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Texto completo de la alocución televisiva de Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, Héctor Aguer en el que reflexionó a en directa TV sobre “la importancia del nombre cristiano”. (AICA)

Nuestros niños se merecen un nombre cristiano

“Muchos de ustedes, seguramente, habrán asistido y más de una vez quizás, a la celebración del bautismo de un niño. Recuerden como comienza el rito bautismal. Después del saludo inicial el sacerdote, o el diácono, hacen esta pregunta a los padres de la criatura: ¿qué nombre le pusieron a su hijo? Los papás responden; ese es el rito de imposición del nombre”.

“Se me ocurrió conversar con ustedes acerca de este punto porque hay algo que me ha llamado la atención: los nombres que muchas veces se ponen a los niños. Hay en las familias tradiciones respecto de esto; se repite el nombre del abuelo o del bisabuelo, que atraviesa varias generaciones. Además, en algunos ambientes, era muy común, por ejemplo en los ambientes rurales, el poner el nombre del santo del día: se fijaban en el almanaque y se le ponía al bebé el santo que correspondía. A veces se producían chascos fenomenales. Imagínense un nombre que quizá hoy día suena extravagante; y no ha faltado el caso de un nene o una nena que acabaron llamándose “Fiesta Cívica” por haber nacido un 25 de mayo o un 9 de Julio”.

“No obstante en esos tiempos y lugares existía la intención de poner un nombre cristiano, y esa es la cuestión: poner un nombre cristiano”.

“Lo que advierto en la actualidad es que se buscan nombres de culturas exóticas y otros que, a lo mejor, expresan cosas significativas en esa cultura originaria pero que no tienen nada que ver con nuestra realidad concreta, de argentinos y de católicos, por lo menos sociológicamente católicos”.

“Aquí hay algo interesante, no solo porque el chico va a llevar ese nombre toda la vida, sino porque el sentido de elegir para un niño un nombre cristiano es que pueda invocar la intercesión de la Santísima Virgen en alguna de sus títulos y advocaciones o del santo cuyo nombre se le impone. Además, ese gesto implica que si el chico lleva luego efectivamente una vida cristiana, lo que es de desear, pueda tomar a ese santo por modelo”.

“Aquí hay algo que no debe ser desechado, porque tiene que ver con, la trasmisión de una cultura cristiana. Felizmente todavía hay muchísimos padres que bautizan a sus niños, y esto no es un dato menor, porque me parece que expresa el aprecio de la vida cristiana por una gran parte de nuestro pueblo”.

“Les propongo a ustedes esta reflexión porque me parece que tenemos que hacer una especie de “campaña”. Ustedes conocerán, a lo mejor, parientes o amigos, matrimonios jóvenes que esperan un niño y sobre el nombre que pondrán a la criatura; quizá se puede sugerir que elijan un nombre cristiano”.

“Hay manías o modas que se repiten y luego el chico queda para toda la vida con ese nombre que a lo mejor dentro de 20 o 30 años suena más extravagante que llamarse hoy día, por ejemplo, Policarpo. De paso, ¿Saben que quiere decir Policarpo?: significa fruto abundante. Hay ciertos nombres de la tradición cristiana que tienen un sentido muy bello, muy noble y no solamente del punto de vista religioso sino también humano. En este tema se trata de tener un poco de discreción, pero implica también un reconocimiento de lo que significa el Bautismo”.

“Es verdad que al chico lo llevan a bautizar cuando el nombre ya está estampado en el trámite civil, en el registro del nacimiento y no hay mucho remedio. Sin embargo, puede haber un cierto remedio y yo, a veces, lo sugiero cuando me toca celebrar algún Bautismo; es proponer que si el chico no tiene un nombre cristiano se le añada en la ceremonia del Bautismo, Todavía, unos años después, existe una posibilidad ulterior, cuando el chico va a recibir el Sacramento de la Confirmación. Ahí él mismo puede elegir un nombre cristiano; yo les sugiero a los catequistas precisamente eso: que en el tiempo de preparación vean si el niño o la niña no debe adoptar un nombre cristiano, y que él mismo lo añada, y que ese gesto sirva, de alguna manera, para iluminarle el camino de su vida ulterior”.

“Ustedes pueden pensar que esto es una cosa insignificante, pero multiplicada y generalizada esta iniciativa contribuye a una presencia concreta en la sociedad, es la presencia del hecho cristiano y de la referencia a nuestros orígenes cristianos”.

“A propósito del cambio de nombre o de la imposición del nombre recordemos que hoy es el Día del Papa, Fiesta de San Pedro y San Pablo. ¿Qué debe hacer el Papa cuando lo eligen? Debe adoptar un nombre. Nosotros tenemos el caso afectivamente cercano del Cardenal Bergoglio que cuando fue elegido Sumo Pontífice eligió llamarse Francisco, y ¡vaya si tiene sentido que haya elegido ese nombre! porque de alguna manera se indica una veta espiritual y pastoral del Pontificado. De paso, no nos olvidemos hoy de rezar por el Papa Francisco”.

“Pues bien traslademos eso al caso sencillo del Bautismo de cualquiera de nuestros niños en nuestras parroquias. ¡Hay que pensar en el asunto del nombre, y si se lo va a bautizar, que sea un nombre cristiano!”.


Publicado por verdenaranja @ 23:45  | Hablan los obispos
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Lunes, 01 de julio de 2013
ZENIT nos ofrece la homilía del papa Francisco  en la basílica de San Pedro en la misa e imposición del papalio a los arzobispos metropolitanos en el día de la festividad de san Pedro y san Pablo: Cuando prevalece la lógica del poder humano nos convertimos en piedras de tropiezo.

Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y el sacerdocio, queridos hermanos y hermanas.

Celebramos la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, patronos principales de la Iglesia de Roma: una fiesta que adquiere un tono de mayor alegría por la presencia de obispos de todo el mundo. Es una gran riqueza que, en cierto modo, nos permite revivir el acontecimiento de pentecostés: hoy, como entonces, la fe de la Iglesia habla en todas las lenguas y quiere unir a los pueblos en una única familia.

Saludo cordialmente y con gratitud a la delegación del patriarcado de Constantinopla, guiada por el Metropolita Ioannis. Agradezco al patriarca ecuménico Bartolomé I por este Nuevo gesto de fraternidad. Saludo a los señores embajadores y a las autoridades civiles. Un gracias especial al Thomanerchor, el coro de la Thomaskirche, de Lipsia, la iglesia de Bach, que anima la liturgia y que constituye una ulterior presencia ecuménica.

Tres ideas sobre el ministerio petrino, guiadas por el verbo «confirmar». ¿Qué está llamado a confirmar el Obispo de Roma.

Ante todo, confirmar en la fe. El Evangelio habla de la confesión de Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo», una confesión que no viene de él, sino del Padre celestial. Y, con esta confesión, Jesús le dice: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». El papel, el servicio eclesial de Pedro tiene su en la confesión de fe en Jesús, el Hijo de Dios vivo, en virtud de una gracia donada de lo alto. En la segunda parte del Evangelio de hoy vemos el peligro de pensar de manera mundana.

Cuando Jesús habla de su muerte y resurrección, del camino de Dios, que no se corresponde con el camino humano del poder, afloran en Pedro la carne y la sangre: «Se puso a increparlo el Señor: "¡Lejos de ti tal cosa, Señor!"» (16,22). Y Jesús tiene palabras duras con él: «Aléjate de mí, Satanás. Eres para mí piedra de tropiezo». Cuando dejamos que prevalezcan nuestras Ideas, nuestros sentimientos, la lógica del poder humano, y no nos dejamos instruir y guiar por la fe, por Dios, nos convertimos en piedras de tropiezo. La fe en Cristo es la luz de nuestra vida de cristianos y de ministros de la Iglesia.

Confirmar en el amor: En la Segunda Lectura hemos escuchado las palabras co_nMovedoras de san Pablo: «He luchado el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe». ¿De qué combate se trata? No el de las armas humanas, que por desgracia todavía ensangrientan el mundo; sino el combate del martirio. San Pablo sólo tiene un arma: el mensaje de Cristo y la entrega de toda su vida por Cristo y por los demás. Y es precisamente su exponerse en primera persona, su dejarse consumar por el evangelio, el hacerse todo para todos, sin reservas, lo que lo ha hecho creíble y ha edificado la Iglesia. El obispo de Roma está llamado a vivir y a confirmar en este amor a Cristo y a todos sin distinción, límites o barreras.

No solamente el obispo de Roma pero todos ustedes, arzobispos y obispos tienen esta tarea de dejarse consumir por el evangelio, darse a todo y todos, la tarea de no ahorrase, de salir de si en el servicio para el santo pueblo fiel de Dios.

Confirmar en la unidad. Aquí me refiero al gesto que hemos realizado. El palio es símbolo de comunión con el Sucesor de Pedro, «principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de la fe y de la comunión» . Y vuestra presencia hoy, queridos hermanos, es el signo de que la comunión de la Iglesia no significa uniformidad. El Vaticano II, refiriéndose a la estructura jerárquica de la Iglesia, afirma que el Señor «con estos apóstoles constituyó una especie de Colegio o grupo estable, y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él» .

Confirmar en la unidad, el sínodo de los obispos en armonía con el primado, tenemos que ir por este camino de la sinodalidad, crecer en armonía con el servicio del primado.
Y prosigue: «Este Colegio, en cuanto compuesto de muchos, expresa la diversidad y la universalidad del Pueblo de Dios». La variedad en la Iglesia, que es una gran riqueza, se funde siempre en la armonía de la unidad, como un gran mosaico en el que las piezas se juntan para formar el único gran diseño de Dios. Y esto debe impulsar a superar siempre todo conflicto que hiere el cuerpo de la Iglesia. Unidos en las diferencias:

No hay otro camino católico para unirse, este es el espíritu católico, el espíritu cristiano, unirse en las diferencias. Éste es el camino de Jesús. El palio se centra come unión con el obispo de Roma, con la Iglesia universal, con el sínodo de los obispos y supone también para cada uno de ustedes el compromiso de ser instrumentos de comunión.

Confesar al Señor dejándose instruir por Dios; consumarse por amor de Cristo y de su evangelio; ser servidores de la unidad. Estos, queridos hermanos en el episcopado, son las consignas que los santos apóstoles Pedro y Pablo confían a cada uno de nosotros, para que sean vividas por todo cristiano. Nos guíe y acompañe siempre con su intercesión la santa Madre de Dios, Reina de los apóstoles, reza por nosotros. Amén.

Texto del vaticano con los añadidos en cursiva, improvisados por el santo padre.


Publicado por verdenaranja @ 23:24  | Habla el Papa
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Zenit.org  nos ofrece las palabras que el Papa Francisco dirigió a los presentes en la Plaza de San Pedro en el rezo del ángelus el 29 e Junio de 2013.  

¡Queridos hermanos y hermanas!

Hoy, 29 de junio, es la fiesta solemne de los Santos Pedro y Pablo. De modo especial es la fiesta de la Iglesia de Roma, fundada sobre el martirio de estos dos Apóstoles. Pero también es una gran fiesta para la Iglesia Universal, porque todo el Pueblo de Dios es deudor de ellos por el don de su fe.

Pedro fue el primero en confesar que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Pablo difundió este anuncio en el mundo greco-romano. Y la Providencia quiso que los dos llegaran aquí a Roma y que aquí derramaran su sangre por la fe. Por esta razón la Iglesia de Roma se convirtió, inmediata y espontáneamente, en el punto de referencia para todas las Iglesias esparcidas en el mundo. ¡No por el poder del Imperio, sino por la fuerza del martirio, del testimonio dado a Cristo! En el fondo, es siempre y sólo el amor de Cristo el que genera la fe y el que impulsa hacia adelante a la Iglesia.

Pensemos en Pedro. Cuando confesó su fe en Jesús, no lo hizo por sus capacidades humanas, sino porque había sido conquistado por la gracia que Jesús esparcía, por el amor que sentía en sus palabras y que veía en sus gestos: ¡Jesús era el amor de Dios en persona!

Y lo mismo le sucedió a Pablo, si bien de manera diversa. Pablo de joven era enemigo de los cristianos, y cuando Cristo Resucitado lo llamó en el camino de Damasco su vida fue transformada: ¡Comprendió que Jesús no estaba muerto, sino vivo, y que lo amaba también a él, que era su enemigo! He aquí la experiencia de la misericordia, del perdón de Dios en Jesucristo: esta es la Buena Noticia, el Evangelio que Pedro y Pablo han experimentado en sí mismos y por el cual han dado su vida.

Misericordia, perdón, el Señor siempre nos perdona, el Señor tiene misericordia, es misericordioso, tiene un corazón misericordioso y nos espera siempre. (Aplausos)

Queridos hermanos, ¡qué alegría creer en un Dios que es todo amor, todo gracia! Esta es la fe que Pedro y Pablo han recibido de Cristo y han transmitido a la Iglesia. Alabemos al Señor por estos dos gloriosos testigos, y como ellos, dejémonos conquistar por Cristo, por la misericordia de Cristo.

Recordemos también que Simón Pedro tenía un hermano, Andrés, que compartió con él la experiencia de la fe en Jesús. Es más, Andrés encontró a Jesús antes que Simón, e inmediatamente le habló a su hermano y lo llevó a Jesús. Me agrada recordarlo también porque hoy, según la bella tradición, está presente en Roma la delegación del Patriarcado de Constantinopla, que tiene como patrono precisamente al Apóstol Andrés. Todos juntos enviamos nuestro saludo cordial al Patriarca Bartolomé I y rezamos por él y por esa Iglesia. (Aplausos)

También les invito a rezar, todos juntos, un Ave María por el patriarca Bartolomeo, todos juntos. Ave María...

Recemos también por los arzobispos metropolitanos de diversas Iglesias en el mundo a los cuales acabo de entregarles el palio, símbolo de comunión y de unidad Que nos acompañe y nos sostenga a todos nuestra Madre amada, María Santísima.

Después de rezar el ángelus y benedecir al público presente en la plaza el santo padre prosiguió.

Queridos hermanos y hermanas, con alegría saludo a los peregrinos que han venido de diversos países para festejar a los arzobispos metropolitanos. Rezo por todas sus comunidades; en particular animo al pueblo centroafricano, duramente probado, a caminar con fe y esperanza.

Saludo a todos con afecto a las familias, a los fieles de tantas parroquias y asociaciones; y, en particular a los de la diócesis de Iglesias, de la ciudad de Aragona y de Casale Popolo.

¡Feliz fiesta a todos y buen apetito. Hasta pronto!


Publicado por verdenaranja @ 23:19  | Habla el Papa
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