Viernes, 16 de agosto de 2013

Reflexión a las lecturas del domingo veinte del Tiempo Ordinario ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 20º del T. Ordinario C

Pueden sorprendernos las palabras de Jesús de este domingo:

He venido a prender fuego en el mundo…
Tengo que pasar por un bautismo...
No he venido a traer paz, sino división.
En la familia todos estarán divididos….

Pero, por poco que reflexionemos, comprendemos enseguida lo que significan: Cristo viene a traer la paz, pero la paz verdadera, la que se basa en la verdad, la justicia, la libertad, el amor, como explicaba el papa Juan XXIII en la encíclica “Pacem in terris”. Una paz que es el resultado de una relación adecuada con Dios, con los hermanos, con nosotros mismos, con toda la creación. Una paz que nace de ese “bautismo” del que hoy nos habla el Señor y que tiene su sede y su fundamento en el corazón. “Él es nuestra paz” decía S. Pablo (Ef 2, 14).

La paz es un don. Para el israelita piadoso la paz era el conjunto de todos los bienes. Muchas veces la paz que tenemos o que queremos no es la verdadera paz. Hay muchas clases de paz. También hay una paz que se llama “la del cementerio”. La verdadera paz choca con muchos intereses egoístas, con formas de pensar y actuar que se oponen a la verdad y al bien, pero que, tal vez, nos agradan más. Y entonces se produce la lucha a la que se refiere el Evangelio de hoy.

¿Y dónde comienza la lucha?

En los que están más cerca, también en la propia familia. Una lucha que radica dentro y fuera de nosotros.    ¡Eh ahí, por tanto, el reino del bien y el reino del mal!   Pero el reino el bien, la paz verdadera, no se consigue por la fuerza ni por los poderes de este mundo.

          Contemplamos en la primera lectura cómo es perseguido y condenado injustamente, el profeta Jeremías, porque busca la verdadera paz. El profeta prefigura a Cristo, signo de contradicción (Lc 2, 34).

          La segunda lectura nos exhorta a correr en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en Jesús.  El problema es que la mayoría de los cristianos no están acostumbrados a tener dificultades por  su vida religiosa, a sufrir por el Evangelio, porque, normalmente, se huye de la dificultad o del compromiso, se disimula la verdad, se pacta con el mal… Sin embargo, el Señor y los apóstoles nos advirtieron con toda claridad: “Todo el que quiera vivir piadosamente en Cristo Jesús será perseguido” (2 Tim 3,12).

          En resumen, este es el fuego que Cristo vino a traer a la tierra y que quiere ver siempre ardiendo.                         

¡BUEN VERANO! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 17:14  | Espiritualidad
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