Viernes, 20 de septiembre de 2013

Reflexión de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, en el programa radial Compartiendo el Evangelio (XXIV domingo durante el año, 15 de septiembre de 2013) (AICA)

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos". Jesús les dijo entonces esta parábola: "Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido". Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse". Y les dijo también: "Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido". Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte" (San Lucas 15, 1-10)

                       


El Señor nos está hablando de la presencia y la permanencia, pero también nos habla de la pérdida y del encuentro. Muchas veces, en nuestra vida, tenemos presencia y permanencia pero luego uno se puede ir distanciando, alejándose de Dios, alejándose de uno mismo, alejándose de la familia, alejándose de los compromisos, alejándose de la Iglesia, porque a uno empieza a tornarse cada vez más pesada el alma, más pesado el andar, más torpe también y recurre a indebidas compensaciones. Es el pecado que va anestesiando a la persona, opacándola en sus diversos aspectos. 

Es así que llega el Señor y nos vuelve a encontrar, como en el relato del Padre con el Hijo pródigo donde con su misericordia resuelve la miseria de su hijo menor, alejado, perdido y reencontrado. Aquí es el mismo significado de reencontrar a la “oveja perdida” como las “dracmas perdidas”. 

Esto quiere decir que Dios nos sigue buscando y tiene misericordia sobre nosotros, pero también nosotros, una vez encontrados por Dios, no seamos ingratos ni olvidadizos; ya que tenemos que llevar ese mensaje de encuentro, de gozo, de alegría y de paz a los demás. 

Es cierto aquello que decía el Papa Juan Pablo II que “el camino de la Iglesia es el hombre”, además la Iglesia tiene que estar donde está cada hombre, cada hermano nuestro. Por eso nuestra Iglesia tiene que ser misionera, de puertas abiertas, tiene que salir de verdad a todos lados. 

No se trata deponerse un vestido, un estandarte o un signo externo para decir “¡vamos a misionar!” La actitud de toda la Iglesia, y nuestra actitud, tiene que ser de testimonio y que -como cristianos, como creyentes- con nuestra vida hagamos la Iglesia más creíble, más presente. Y que la gente vea en nosotros personas convencidas y no personas “ocasionales”, “de situación”, “de posturas” 

Que Dios siga teniendo misericordia de nosotros y que nosotros, con alegría, tengamos la actitud misionera para con todos nuestros hermanos. Les dijo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén 

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús


Publicado por verdenaranja @ 11:37  | Hablan los obispos
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