Viernes, 27 de septiembre de 2013

Reflexión a las lecturas del domingo veintiséis del Tiempo Ordinario - C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR"  

Domingo 26º del T. Ordinario C 

 ¡Cómo cambia la escena!  El rico Epulón “se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo, llamado Lázaro, estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba”. De repente, aparece la muerte y cambia por completo la escena:   “Se murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico y lo enterraron. Y estando en el infierno, en medio de los tormentos…”

¿Qué ha pasado? ¿Qué ha hecho aquel rico para ir a los tormentos del infierno? Sencillamente, no preocuparse del pobre Lázaro. ¿Nada más que eso?  ¡Todo eso! Y habrá gente que diga hoy al leer o escuchar este texto del Evangelio: “Pero ¿por qué? ¡Si no le ha hecho ningún mal…!” Es lo que diría también alguno de aquellos fariseos a quienes se dirige la parábola. “Un fariseo” de nuestros tiempos diría:  “Yo ni robo ni mato ni hago mal a nadie…”

¡Pero Jesús no enseña eso! Enseña a hacer el bien y evitar el mal. Las dos cosas.  Y La Ley y los Profetas se resumen en la doble forma de amar: a Dios y a los hermanos. Y el mandamiento nuevo es “la señal” de nuestro ser o no ser cristiano.

Enseguida recordará alguno: “¡Los pecados de omisión!” Sí. Que pueden ser las  pequeñas cosas que no hacemos cada día y las grandes cosas que dividen la tierra en cuatro mundos. Mientras “los perros –animales impuros según la Ley- se acercaban a lamerle las llagas”. Parece como si los perros tuvieran “un corazón” mejor que el del rico.

Por tanto, esta doctrina no es un invento reciente. La hemos aprendido los cristianos desde el principio: Ya los apóstoles y  los S. Padres hablaban con firmeza sobre este asunto: Los bienes del mundo son para todos. No pueden acaparar unos lo que necesitan otros. Uno de los Santos Padres, S. Basilio, decía: “Alimenta al que muere de hambre, porque si no lo alimentas, lo matas”. ¿Lo mato? ¿Cómo? ¡Cuánto despiste en este tema!

Modernamente, ha escrito Juan Pablo II: "los bienes que poseemos, están gravados con una hipoteca social”.  Y en un lugar de África, decía:  “¿Cómo juzgará la historia a esta generación que deja morir a sus hermanos de hambre, pudiendo evitarlo?”.

En nuestros tiempos, la  primera escena de la parábola ha adquirido una dimensión mundial. El Papa Pablo VI escribía, hace ya tiempo, una encíclica muy importante sobre el desarrollo de los pueblos: “Populorum Progressio”. En ella se valía de esta parábola,  para presentar la situación en que se encontraba la humanidad: Por un lado, los países desarrollados representan al rico Epulón. Por otro, los países pobres, al mendigo Lázaro.

Mientras tanto, Dios observa y espera con paciencia y misericordia. Por este camino, los países ricos y los países pobres tendrán el mismo desenlace de la parábola. Pues llegará un día en el que se cerrará la puerta  y  se dirá, como hemos escuchado en la primera lectura: “Se acabó la orgía de los disolutos”.  

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 17:40  | Espiritualidad
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