Martes, 29 de octubre de 2013

Reflexión de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el programa "Claves para un Mundo Mejor" (26 de octubre de 2013) (AICA)

 El Año de la Fe está llegando a su fin

El año de la fe se está acercando ya a su fin. Ustedes recuerdan que comenzó el 11 de octubre de 2012 para conmemorar el 50º aniversario del inicio del concilio Vaticano Segundo. Va a concluir dentro de muy poco, en la fiesta de Cristo Rey de este año.

Durante este período la Iglesia nos ha exhortado a que nosotros apreciamos debidamente el don de la fe y reflexionemos sobre ella. Valorar el hecho de ser creyentes, agradecer a Dios esta realidad y meditar acerca de lo que significa creer, en todas las implicancias para la vida.

La fe es la fe de la Iglesia, es la fe que profesamos, la fe que celebramos, la fe que vivimos y la fe que inspira nuestra oración.

Quisiera comentarles hoy algo que me parece muy importante; la relación que asocia el acto intimo de fe, por el cual creemos con nuestro corazón y nos ponemos en las manos del Señor que nos ha dirigido su palabra, con la profesión que hacemos de los contenidos de la fe cuando rezamos el Credo.

A propósito de eso, recordemos que en la primitiva Iglesia el rito del bautismo era precedido de un largo catecumenado y en ese período había un momento singular: cuando el obispo entregaba a los catecúmenos el símbolo de la fe. Ellos tenían que recibirlo personalmente, estudiarlo, hacerse cargo de ese contenido, del símbolo de la fe, de nuestro Credo, y luego debían devolverlo. La palabra es esa, devolverlo. Lo llamaban “reditio symboli”, es decir devolución del símbolo. Todos juntos tenían que profesar la fe que habían recibido y que habían aceptado, recitando el Credo de la Iglesia.

Quiero leerles un pasaje de un sermón de San Agustín sobre este tema, donde dice: “El símbolo del sacrosanto misterio que recibieron todos a la vez y que hoy han recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra Madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. Recibieron y recitaron algo que deben retener siempre en su mente y corazón y repetir en su lecho; algo sobre lo que tienen que pensar cuando están en la calle y que no deben olvidar ni cuando comen, de forma que, incluso cuando duermen corporalmente, vigilen con el corazón.

Vigilar en latín significa estar despiertos. Corporalmente dormimos pero nuestro corazón, desde el punto de vista de la fe, está siempre alerta, está siempre dirigido al Señor. Aquí se expresa de esa manera tan bella la relación entre los contenidos de la fe, las verdades fundamentales de nuestra religión que expresan el misterio de Cristo, y la profesión de la fe, que se hace con los labios, como dice San Pablo, en la Carta a los Romanos, cuando afirma que “con el corazón se cree, con los labios se profesa la fe.

Esa profesión de fe que se hace con los labios va avalada por la disposición de toda una vida. Así como la celebramos en la liturgia, en la misa dominical, por ejemplo, así también esa fe que profesamos la manifestamos a través de un testimonio, de nuestra manera de vivir. El Año de la Fe tuvo por objetivo ayudarnos para que nos hagamos cargo, con mayor conciencia, decisión y alegría de una profesión pública de nuestra fe.

Es decir, que se note que somos creyentes, no haciendo ostentación sino con la naturalidad y la humildad que corresponde a un verdadero cristiano. Que en nuestra conducta se note que creemos lo que creemos. Los invito a que piensen en esto y que compartamos entonces esa alegría de haber recibido el contenido de la fe y de haberlo albergado en nuestro corazón.


Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


Publicado por verdenaranja @ 21:40  | Hablan los obispos
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