Mi?rcoles, 06 de noviembre de 2013

Reflexión de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el programa "Claves para un Mundo Mejor" (2 de noviembre de 2013)  (AICA)

 Las nuevas tecnologías ¿nos comunican realmente?

Mis amigos para mí es un gusto poder estar todas las semanas con ustedes en este programa. Hoy quiero comentarles algo que me impresiona particularmente.

Los que peinamos canas, y ustedes ven que yo ya peino unas cuantas, podemos advertir la brecha generacional que se ha abierto entre nosotros y los jóvenes, los chicos diría yo, respecto del uso de los medios electrónicos. A nosotros nos cuesta un buen trabajo comunicarnos con soltura por medio de todos estos inventos contemporáneos que son tan eficaces, ellos, en cambio, parece que nacen con la habilidad incorporada. Pasan horas y horas conectados, enganchados en sus jueguitos o en sus comunicaciones.

También notamos que, especialmente los adolescentes, quedan absorbidos en exceso en esa comunicación y se me ha ocurrido varias veces preguntarles si se encuentran en una vinculación real con aquellos con los cuales están comunicados. Quedan absorbidos, además, por las redes sociales o por Internet y parecen ausentes del sitio en el cual se encuentran.

Este es un fenómeno que ha sido estudiado recientemente por psicólogos, por sociólogos, etc., pero para no divagar demasiado he querido leerles a ustedes directamente algunas opiniones que he subrayado.

Por ejemplo, a propósito de esta especie de absorción se habla de “egolandia” que sería el mundo de los que viven encerrados en su propio yo. Sí están conectados con el mundo entero, pero están encerrados en su propio yo. Se habla de hiperindividualismo, de un egosistema que crea la dependencia de preguntarse una y otra vez cómo se siente uno. Se habla de una atmosfera que estimula la hipertrofia del yo hasta el paroxismo y cuyo costo es un enorme sentimiento de vacío y la ilusión de estar hiperconectado como si este encuentro virtual significara una conexión real.

Por supuesto que estas impresiones no hay que generalizarlas, pues hay chicos que utilizan con normalidad los medios que tienen a su alcance pero si son estudiosos serios los que están hablando de estas cosas me parece que habría que tenerlo en cuenta. Muchos lo vinculan también con la epidemia del narcisismo, que quiere decir estar pensando en uno mismo, y con el consumismo que también hace estragos entre los jóvenes.

Pero no es un problema exclusivo de los jóvenes. No digo nosotros, a los cuales ya nos ha costado mucho meternos en ese mundo y que nos movemos en él laboriosamente, pero en el “New York Times” ha aparecido recientemente un caso que me ha parecido patético. Se trata de una actriz californiana, no me resulta conocida, que confiesa al periódico que ya no atiende el celular porque está acostumbrada a conversar por facebook, por wathsapp, por SMS pero el sonido del celular ya le molesta. A propósito relata que una prima suya la había llamado por una necesidad gravísima que había ocurrido en la familia y porque en consecuencia tenía necesidad de descargarse, de comunicarse con ella y ser escuchada; ella se vio atacada por esa especie de egoísmo, sin saber lo que estaba ocurriendo, y desatendió una obligación elemental de asistencia familiar y afectiva.

O sea que estas cosas le pueden pasar también a las personas mayores, nos pueden pasar a cualquiera de nosotros.

Conclusión: aquí se juega una dimensión fundamental de la condición humana. Bienvenidos todos esos medios que nos facilitan la comunicación, pero cuidemos también esta otra posibilidad: que en el fondo no se presten a las argucias de nuestro egoísmo, que no nos encierren en nosotros mismos. Y tratemos de ayudar a los jóvenes, a los que vemos todo el tiempo conectados. No hace falta que sea el teclado de la computadora, ahora es un telefonito pequeñito o una tablet que los tiene apartados de la realidad.

Preguntémonos: ¿estamos comunicados realmente con los demás? Aquí se juega un valor fundamental, que es también un valor principal del cristianismo, sino en qué queda la amistad social, en qué queda la caridad, el amor a los demás, si no en esos contactos concretos, cotidianos, en los cuales podemos expresar cuánto valoramos a los otros.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


Publicado por verdenaranja @ 21:24  | Hablan los obispos
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