Jueves, 28 de noviembre de 2013

IV Congreso Misionero Americano (CAM 4) IX Congreso Misionero Latinoamericano (COMLA 9) 

Tema: «Discípulos misioneros de Jesucristo desde América, en un mundo secularizado y pluricultural». 

Venezuela – Maracaibo 26 nov. – 1° dic. 2013

 

Queridos hermanos y hermanas: 

Iniciamos este Congreso dirigiendo un pensamiento al Santo Padre, el Papa Francisco, que a través de mi persona se hace presente entre nosotros. Le agradezco profundamente que me haya querido como su Delegado Extraordinario, y a todos ustedes les transmito su saludo y su bendición. 

Permítanme, además, que dirija un saludo fraterno y agradecido a Su Excia. Mons. Ubaldo Ramón Santana Sequela, F.M.I., Arzobispo Metropolitano de Maracaibo, a los eminentísimos Cardenales y a los excelentísimos Obispos aquí presente, así como a todos ustedes que vienen de todos los rincones de América. A ustedes mi saludo lleno de afecto, de estima y de agradecimiento, de manera particular a todos cuantos con generosidad han preparado este Encuentro y trabajan  que tenga éxito. 

1)       Queremos contemplar este momento que estamos celebrando con los mismos ojos de Jesús que, fijando los de sus discípulos, les vio bastante necesitados de un momento de paz y de reflexión, y les llamó a un lugar apartado: «Los apóstoles –dice el Evangelio de Marcos– se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. El, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco». Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6, 30–34). De este pasaje evangélico, que tiene como horizonte la misionariedad de la comunidad apostólica, quisiera tomar algunos motivos de reflexión.

a) La centralidad de la persona y de la misión de Jesús: «Los apóstoles se reunieron con Jesús».

b)La misionariedad de los Apóstoles está sometida a la verificación del Señor y al conocimiento de los otros con–discípulos, para que la predicación y el actuar no fueran cosas inútiles: «le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado».

c) El papel de la vida espiritual: Jesús llama a la oración, y lleva consigo a los discípulos «aparte, a un lugar solitario».

d) La reacción de la gente, atraída por la predicación diferente y por el Maestro que atrae: «fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos ».

e) La reacción de Jesús ante la muchedumbre que lo buscaba: «estaban como ovejas que no tienen pastor». 

2) A ocho meses de la elección del Papa Francisco, el primer Papa latinoamericano, no podemos no reflexionar sobre tal acontecimiento, que toca no solamente a la Iglesia particular de Roma de la que es Obispo, como ha mostrado desde el primer momento de su elección, sino a toda la Iglesia, como Pastor universal, y al mundo entero. Pero pienso que toda de manera particular al Continente americano y latinoamericano de que proviene, por cultura, por formación y por experiencia pastoral. El nuevo modo de proponerse como pastor y Padre, con su característica de VER, JUZGAR y ACTUAR, es decir, el relacionarse con las personas, el situarse ante las problemáticas de la Iglesia y del mundo, son su estilo de vida, mientras que sus gestos humanos y sacerdotales suscitan atención, tocan los corazones y no pocas conciencias y contagian a tantos pastores. Es un estilo ya indicado en la Conferencia de Aparecida, que mostró en el «discipulado misionero» la manera de ser Iglesia en la sociedad, para que los pueblos latinoamericanos y no solamente ellos, tengan vida plena. Quiero subrayar que desde los primeros momentos de su Pontificado el Papa Francisco ha hablado de la misionariedad y del testimonio incluso heroico, que, a veces, llega hasta el martirio. Una Iglesia misionera que tiene como primera tarea el anuncio del Evangelio y de la misericordia de Dios, sin límites, manifestada en la Persona de Jesús. Una Iglesia al servicio en las periferias existenciales de los pobres y entre las llagas de la sociedad. Una Iglesia que sabe ser compasiva, tierna, de comunión y de fraternidad. 

3) La centralidad en la misionariedad –lo sabemos bien– pertenece a Cristo, el Señor que camina en medio de nosotros, que ora al Padre y nos envía al Espíritu Santo. Pero esto, el mensaje misionero y el testimonio de quien lo lleva, suscita, en quien lo escucha y lo acoge, alegría y voluntad de participación para salir de sí mismo, para donar lo que a nuestra vez hemos recibido, asumiendo, al mismo tiempo, nuestra responsabilidad, e implicándonos en los dramas de las personas de nuestro tiempo: pensemos en los dramas de la falta de trabajo, de la miseria, de las enfermedades, de la esclavitud de la droga, de las migraciones causadas por las situaciones de pobreza o de persecución, en las familias divididas, en discapacitados con mayor o menor gravedad, las depresiones psíquicas, en las víctimas de las violencias, en los presos, discriminados por condiciones étnico raciales, a las minorías, a las víctimas de la ignorancia… ante una tal, enorme misión, nos preguntamos si yo soy capaz de aceptar el desafío que también el Papa propone, más aún, promueve, partiendo precisamente el misterio de Cristo, pobre y sufriente. 

4) Al comienzo de la Misa del domingo 28 de julio en la playa de Copacabana, el arzobispo Orani João Tempesta, en Río de Janeiro, ha dicho que esta celebración conclusiva de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) no era «una celebración de despedida, sino de partida para la misión y, por eso, una celebración de envío» (L’Osservatore Romano, 29/30 de julio de 2013). Quisiera ahora, volver a partir aquí, en Maracaibo, de ese punto de partida. Efectivamente, no estamos hablando o tratando de cosas diferentes, sino del mismo compromiso misionero y, por eso, decía el arzobispo, «todos somos invitados y enviado en misión» (ib.), asumiendo «el compromiso de ser evangelizadores» (ib.). Por eso el Papa Francisco entregó a los jóvenes la antorcha de la evangelización, «para hacer discípulos a todos los pueblos en este mundo, tan complejo y con tantas desigualdades» que sufre de pobrezas todavía peores, y, por último, de la falta del rostro del Cristo Redentor. Por esto el Pontífice sitúa en el centro del mensaje misionero de la Iglesia a Cristo Redentor, de manera que el corazón de cas misionero, como el de los discípulos de Emaús o el de María de Magdalena, o de Pedro, pueda latir fuertemente, y un melancólico caminar se transforma en alegre y veloz anuncio: «Hemos visto al Señor vivo» (Mt 28, 8; Jn 20, 18; Lc 24, 35). Y aquí no puedo hacer a menos de repetir las mismas palabras del Papa Francisco en la conclusión de la JMJ, cuando ante tres millones de jóvenes ha dicho: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos». Con estas palabras… quisiera que este mandato de Cristo: «Vayan», resonara en ustedes jóvenes de la Iglesia en América Latina… América Latina, el mundo tiene necesidad de Cristo… Este continente ha recibido el anuncio del evangelio, que ha marcado su camino y ha dado mucho fruto. Ahora este anuncio se os ha confiado también a ustedes, para que resuene con renovada fuerza. La Iglesia necesita de ustedes, del entusiasmo, la creatividad y la alegría que les caracteriza» (Homilía del Santo Padre Francisco en la misa de conclusión de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, 28 de julio de 2013). Y aquí me permito ampliar: ¡no solamente América Latina, sino toda América! 

5) Hablando a los Obispos del Comité de Coordinación del CELAM en Río de Janeiro, el domingo 28, el Papa, refiriéndose a la V Conferencia, la de Aparecida en 2006, ha hablado de la misionariedad, tanto de la así llamada ad intra, es decir, en América Latina y el Caribe, como a la así llamada ad extra, es decir, la que se refiere a otros lugares y continentes. El Papa explicaba: en Aparecida se pusieron «en común las preocupaciones de los Pastores ante el cambio de época y la necesidad de renovar la vida discipular (ad intra) y misionera (ad extra) con la que Cristo fundó la Iglesia». Como consecuencia, Aparecida trató del empeño en la misión de manera amplia y clara criticando las tentaciones, como, por ejemplo, a) la «ideologización del mensaje evangélico», que busca una hermenéutica fuera del mensaje evangélico mismo; b) el «reduccionismo socializante», casi una hermenéutica según las ciencias sociales, hasta las categorizaciones marxistas; c) la «ideologización psicológica», como una hermenéutica elitista; d) la visión «gnóstica», con una hermenéutica de la división entre iluminados y no iluminados; e) la visión «pelagiana», casi una hermenéutica restauracionista. Al contrario, el Papa propone un «discipulado misionero», que pone a Jesús en el centro, es decir: a) el encuentro, b) la llamada o invitación, c) el seguimiento. La consecuencia es un «discipulado misionero» en tensión hacia las periferias (es decir, no autorreferencial), sean éstas existenciales o reales. Aquí, me parece, se integra bien el tema de este IV Congreso Misionero Americano y del IX Congreso Misionero Latinoamericano: «Discípulos misioneros de Jesucristo desde América, en un mundo secularizado y pluricultural». 

6)       Las palabras finales del Instrumento de Participación al CAM 4 – COMLA 9 son bastante significativas: «América Misionera se llena de entusiasmo, valentía y creatividad y se lanza a compartir su fe: “Vayamos y hagamos discípulos de todos los pueblos” (Mt 28). Que este Congreso sea para todos y cada uno de nosotros un Pentecostés que nos lance a compartir nuestra fe en Jesucristo en cada uno de nuestros países y más allá de ellos». Este es mi deseo efectivamente, el objetivo y la orientación de la celebración de este Congreso, que se sitúa en la línea pastoral–misionera que ha caracterizado el continente en estas décadas, es el de lanzar de manera específica la missio ad Gentes. El Congreso misionero que tuvo lugar en Quito, en Ecuador, hace cinco años, lanzó la Misión continental, fruto de la decisión que el CELAM tomó en Aparecida. Ahora este Congreso quiere proseguir ese mismo camino, pero, sobre todo, ponerse en la línea de la visión y de la misión pastoral del Papa Francisco, que con vosotros piensa en «Discípulos misioneros de Jesucristo desde América, en un mundo secularizado y pluricultural». No me propongo entrar en los detalles de los contenidos que serán objeto de este Congreso, preparado con una larga y vasta participación de tantas comunidades cristianas en américa Latina, en el Caribe y en América del Norte. Este Congreso, podemos decir, es como la etapa conclusiva, la síntesis del trabajo de animación y formación que las Iglesias locales han realizado en estos años. 

7)       Como Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, entiendo detenerme en la evangelización ad Gentes, y, de manera particular, en la así llamada ad extra, entendida como responsabilidad que todas las Iglesias particulares tienen del anuncio del Evangelio en los territorios donde el Evangelio todavía no ha llegado, o ha llegado desde hace poco, o allí donde todavía no se ha consolidado. En el Instrumento de Participación se dice que la evangelización ad Gentes, ad extra debe caracterizar este Congreso y proyectarlo hacia fuera de las propias fronteras para extender el Reino de Dios en regiones de mayoría no cristiana o que han perdido la fe: «Queremos un Congreso abierto a la Misión ad Gentes. … Queremos una América Misionera hacia adentro y hacia afuera. El CAM 4 – COMLA 9 debe ser un momento de renovación de nuestro compromiso misionero con nuestras Iglesias y con las Iglesias que hacen el primer anuncio del Evangelio en otros países y en otras situaciones socioculturales» (n. 6). La missio ad Gentes ad extra es lo que justifica los Congresos Misioneros, que se han convertido en una cita obligatoria de nuestras Iglesias. Son un momento de gracia para nuestras Iglesias, que se sienten interpeladas a responder con generosidad a aquél mandamiento de Cristo de ir a todas las naciones y hacer discípulos de todos los pueblos, hasta las extremidades de la tierra. Al mismo tiempo, son puntos de partida y de referencia para la participación en la evangelización efectiva y en la animación misionera de nuestras comunidades, porque cada Congreso, en las reflexiones misionológicas, en los trabajos de grupo sobre los grandes temas misioneros, en la oración, en la liturgia, en los símbolos, en las experiencias y testimonios y en el envío de misioneros, han que las comunidades católicas participen, suscita y forma su conciencia misionera y proyecta las perspectivas y el camino para realizarlas. Estoy convencido de que este Congreso suscitará en las Iglesias de América una gran pasión por la misión universal, convencidos como estamos, que la missio ad Gentes, y de manera particular aquella ad extra, es también el medio más eficaz para volver a dar vitalidad y entusiasmo a nuestras comunidades católicas. Efectivamente, esta misión conserva todavía una fuerza agregadora y propulsiva. 

8)       He aquí algunos puntos para nuestra reflexión: en estas décadas, el ideal y la praxis de la misión han estado sometidas a un continuo proceso de transformación. La evangelización, más que todos los otros compromisos pastorales de la Iglesia, ha sufrido repercusiones importantes a causa de los cambios de los modelos culturales, de los cambios sociales y de los nuevos contextos eclesiales y tecnológicos. Ha sido una fatiga que a veces ha cuestionado la validez misma de la missio ad Gentes, y que ha obligado a la Iglesia a reflexionar sobre su existencia y sobre su actividad ha dado que lo que se ha puesto en cuestión ha sido la manera de ser Iglesia. Por esto es urgente y necesario volver a leer e interpretar todo el misterio cristiano, y volver a afirmar la centralidad y la unicidad de Cristo mediador y salvador. Es verdad, desde el principio la Iglesia ha reconocido y respetado cuanto de bueno tenían culturas y religiones. Ya Eusebio de Cesarea en el siglo IV, hablando de las culturas y las religiones no cristianas, decía que podían constituir una praeperatio evangelica, porque «La Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero, que entre ellos se da, como preparación evangélica» para acoger el Evangelio», (LG 16, cfr. Eusebio de Cesarea Praeparatio Evangelica 11, 1: PG 21, 28 AB). Por lo que también en el decreto conciliar Nostra Aetae 2 se insiste: «La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres». Sin embargo, una cierta “teología” de las religiones, una visión relativizadora de la salvación y la globalización de la fenomenología religiosa han hecho que el compromiso de los fieles con la actividad evangelizadora sea a menudo menos inderogable. Por eso es necesario aludir a la situación existencias para después volver a afirmar algunas verdades. 

La fe y la missio ad Gentes se encuentran hoy ante un mundo obligado a medirse y a afrontar nuevos desafíos. Es una época post–ideológica ya vislumbrada por el Concilio Vaticano II, testimoniada por los análisis socio–culturales y socio–religiosos que las Iglesias locales de todo el mundo han  realizado, aunque con características no homogéneas. Consiguientemente, el paradigma tradicional de la evangelización no ha parecido siempre eficaz. En verdad, la evangelización es una misión in fieri, constantemente abierta a las indicaciones del Espíritu y al contexto histórico de los grupos humanos. Exige creatividad continua y, por eso, sometida a una revisión de mentalidad, de metodología, para su renovación. Lo afirma la Evangelii Nuntiandi, cuando la indica como una actividad multiforme, dinámica, que se puede describir, pero no dar una definición. Consiguientemente, para ser eficaz está llamada a revisar métodos y actividades, a ser creativa en las formas y en los criterios. 

En las relaciones Iglesia – Mundo se ha puesto de manifiesto, como nunca antes, la ruptura entre cultura y fe, sobre todo en las sociedades más secularizadas, propiciando a veces el rechazo de todo el pasado, hasta el punto que los bautizados ya no consiguen integrar el mensaje cristiano en su vida de cada día. Nuestra generación se caracteriza así por una angustiosa búsqueda de sentido. Y la Iglesia se siente implicada de manera apasionada y solidaria con la historia de la humanidad, compañera de camino, que muchas veces es incluso trágico. A 50 años del Concilio, hoy vemos bien cómo el decreto Ad Gentes debe ser leído y comprendido a la luz de la Lumen Gentium y de la Gaudium et Spes, que ju tas indican el contenido, el camino y la perspectiva de la misión evangelizadora. La misión de la Iglesia acompaña y se hace compañera de la humanidad, y nuestra acción debe injertarse en este proceso global y empeñarse en todo eso que es humano para conducirlo al conocimiento y a la amistad de Dios en Cristo. Debe caminar con la humanidad hacia el Cristo glorioso, como dicen los Padres de la Iglesia. 

La participación de todas las Iglesias a la misión universal significa que todas las Iglesias son para todo el mundo. A la Iglesia, a todas las Iglesias particulares y a todos en la Iglesia, les ha sido confiada la tarea de evangelizar hasta los extremos confines de la tierra. Se trata de la universalidad de la misión que Cristo ha confiado a su comunidad: universalidad de los protagonistas misioneros y universalidad de los destinatarios de la evangelización. Toda la Iglesia y todas las Iglesias particulares tienen como tarea prioritaria, absoluta, que justifica su existencia, solamente en esto: ir y anunciar el Reino de Dios, manifestado en Cristo, en un contexto de comunión misionera con los pueblos del mundo. 

Esta conciencia misionera se ha vuelto a poner en marcha por la reflexión del Vaticano II y por la praxis eclesial de estos últimos 50 años: pienso al ministerio previsor de Pablo VI (Evangelii nuntiandi), al itinerante de Juan Pablo II (Redemptoris missio), a la reflexión teológica de Benedicto XVI (Verbum Domini) y ahora al de Francisco (Lumen fidei). Así pues, se han reafirmado con claridad algunas verdades fundamentales: 

Cristo es la luz de las Gentes. La Iglesia no brilla con luz propia, no tiene en sí misma su ser y su consistencia, sino que depende absolutamente de Cristo, que deber ser su punto de referencia constante, caminando sobre las huellas de su luz. La Iglesia es el organismo vivo a través del cual Cristo continúa su misión salvífica en nombre de su Padre, con la energía del Espíritu Santo. 

Esta Iglesia existe para la humanidad. Como comunidad convocada por la Trinidad, la Iglesia es la voz doxológica de la humanidad y del universo, es el signo o sacramento de la humanidad salvada (pueblo santo de Dios, reino de sacerdotes) que debe testimoniar y proclamar la salvación de Dios (pueblo de profetas). Pero debe hacerlo a la manera de Dios, que ha enviado a su Hijo, que ha tomado carne humana de María, ha descendido a las raíces más oscuras y limitadoras de la humanidad, compartiéndolo todo, incluso el abandono de su Padre, que lo ha entregado a la muerte de cruz. 

Toda la Iglesia, incluso sus expresiones culturales y sociales, está consagrada a la misión. Es siempre una Iglesia local, una comunidad concreta, histórica, de discípulos, que ora, que anuncia, que interpreta y, a la luz de su Señor, ilumina y se injerta en el curso de la historia de la humanidad, para estar en medio de todos los pueblos. La Iglesia local es la Iglesia universal que planta su tienda entre la gente. 

Esta Iglesia local es aquél pueblo escogido entre las gentes, convocada en la unidad del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. El Apóstol Pablo escribía: los Romanos son llamados por Jesucristo entre las gentes, son amados y santos por vocación (Rm 1, 1. 5); los Corintios son santificados en Cristo Jesús, llamados también ellos a ser santos (1 Cor 1, 2); los Tesalonicenses son por Él elegidos de entre las gentes (1 Tes 1, 4), y en Jerusalén Dios se había escogido un pueblo entre los paganos para consagrarlo a sí (Hch 15, 14). A tales estupendas expresiones parece hacer eco la Lumen Gentium cuando escribe: «Los bautizados son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo por la regeneración y por la unción del Espíritu Santo, para que por medio de todas las obras del hombre cristiano ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien las maravillas de quien los llamó de las tinieblas a la luz admirable (cfr. 1 Pe 2, 4–10)» (LG 10), por lo que se deduce que «se da una verdadera igualdad entre todos en lo referente a la dignidad y a la acción común de todos los fieles para la edificación del Cuerpo de Cristo» (LG 32). Pero el escenario en el que hoy estamos llamados a edificar el Cuerpo de Cristo es ese donde de siete mil millones de personas, al menos cinco mil millones no han recibido el Evangelio, y esto hace ver qué inmenso es todavía el campo en el que debemos trabajar, custodiando en nosotros mismos la misma inquietud de Pablo, que sueña con el macedonio que grita: «Pasa a Macedonia y ayúdanos» (Hch 16, 9). 

9)       En la obra de evangelización existe una responsabilidad misionera de todas las Iglesias. Todas las comunidades cristianas, como vasos comunicantes, comparten de varias formas y manera la única misión universal. Todas las Iglesias, juntas, en misión. En la actualidad ya es común la convicción de que una persona, una diócesis, una orden o una congregación religiosa no son verdaderamente auténticas si no se injertan en la estela de la missio ad Gentes. Y es interesante cómo esta conciencia está haciendo crecer en nuestros días un fuerte movimiento misionero: pienso en el gran impulso de los sacerdotes Fidei donum, en las órdenes contemplativas, que han establecido comunidades en territorios de misión, en los miles de laicos y laicas que, así como en numerosos núcleos familiares que casi se trasplantan en lugares diferentes de los que les son propios, en los numerosos movimientos eclesiales con un fuerte impulso misionero. Escribía el Beato Juan Pablo II el 7 de diciembre de 1990 en la Redemptoris missio: «Muchos son ya los frutos misioneros del Concilio: se han multiplicado las Iglesias locales provistas de Obispo, clero y personal apostólico propios; se va logrando una inserción más profunda de las comunidades cristianas en la vida de los pueblos; la comunión entre las Iglesias lleva a un intercambio eficaz de bienes y dones espirituales; la labor evangelizadora de los laicos está cambiando la vida eclesial; las Iglesias particulares se muestran abiertas al encuentro, al diálogo y a la colaboración con los miembros de otras Iglesias cristianas y de otras religiones. Sobre todo, se está afianzando una conciencia nueva: la misión atañe a todos los cristianos, a todas las diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales» (RMI 2). La missio ad Gentes, pues, es un asunto de cada fiel, de cada comunidad cristiana, de cada Iglesia particular. La corresponsabilidad misionera de las Iglesias se muestra real solamente si hay miembros que de una Iglesia particular van a otra para la evangelización. Sin envío la corresponsabilidad estaría vacía de sentido, y nuestro trabajo se reduciría, en el mejor de los casos, a una sencilla recogida de fondos. 

10)     La cooperación misionera significa empeño efectivo en la evangelización. Acabo de mencionar la Carta encíclica Redemptoris Missio, que a veinticinco años del Concilio se había convertido en una intérprete acreditada de algunas crisis externas e internas a la misma Iglesia, que no pocas veces habían «debilitado el impulso misionero de la Iglesia hacia los no cristianos, lo cual es un hecho que debe preocupar a todos los creyentes en Cristo» (RMI 2). No quiero detenerme en una crítica autolesionista y en la problemática sobre la misión evangelizadora, de la que habla el mismo documento pontificio, porque son ampliamente conocidas y muchos de sus efectos llegan hasta nuestros días. Me interesa centrar la atención en la tendencia seria que atenaza a las Iglesias particulares y que las inducen a encerrarse en sí mismas, preocupadas por sus propias necesidades e inmersos con los desafíos no simples que la humanidad al cristianismo. La misión –se escucha repetir a menudo a los Obispos preocupados– está aquí. Pero la experiencia nos dice que de esta manera no se va muy lejos, porque una buena solución para volver a dar vida a las comunidades cristianas es precisamente la missio ad Gentes. Efectivamente, la fe se refuerza dándola. Si una diócesis, una comunidad cristiana no se sitúa en el surco de la evangelización, está en crisis. Todos vosotros, provenientes de las Iglesias del Continente Americano, clero y laicos, sois representantes y signo de la catolicidad de la Iglesia, que se concretiza en el respiro universal de la misión apostólica, hasta los extremos confines de la tierra y hasta el fin del mundo (Cfr. Hch 1, 8, Mt 28, 20), para que ningún pueblo o ambiente sean privados de la luz y de la gracia de Cristo. Este es el sentido, la trayectoria del camino histórico, la misión y la esperanza de la Iglesia de América y del Caribe. Vuestra alegría, vuestro entusiasmo por la misión debe ser una realidad contagiosa, tanto para el continente Americano, como para todo el mundo. 

11)     Evangelizar siempre. También hoy, más aún, sobre todo en nuestro tiempo, existe la necesidad y la urgencia de evangelizar, porque el anuncio del Evangelio es siempre una buena nueva que lleva la salvación a todos los hombres y tiende a crear paz y respeto entre las personas y los pueblos. Evangelizar, en una palabra, es un acto de amor. Es infundir un manantial siempre nuevo de luz y de vida en la humanidad. Es una actividad que ilumina toda la existencia del hombre. A quien ha vivido y vive en media a situaciones dramáticas de la humanidad, le es a veces difícil creer, de todo corazón y totalmente convencido, de que Dios ame verdaderamente esta humanidad. El escenario que más a menudo hace de telón de fondo y en el que se da la actividad evangelizadora es el de quien vive en el sufrimiento más atroz. El apóstol que se encuentra en las fronteras asiste al sufrimiento de una multitud de personas, y, entre ellas, de las clases más débiles de la sociedad, niños y mujeres, que mueren de hambre, de sed, por la violencia, las enfermedades. Hierve de indignación ante el espectáculo de campos de refugiados, donde se encuentran amontonadas personas que han huido de situaciones de guerra. No soporta el drama de las violencias, de los genocidios, de la masa de desheredados, de gente en fuga, sin la certeza de sobrevivir. Todo esto crea una rabia interior contra las injusticias, la corrupción de los poderosos, la prepotencia de los poderes fuertes, que dominan la vida de los seres humanos. Hace que sea impaciente y, porque la piedad le puede, invoca todos los medios posibles para derrotar los poderes que causan tanto sufrimiento. Su fe está puesta a prueba, y se pregunta si esta es la manera en el que Dios manifiesta verdaderamente su amor por esta humanidad. Quien trabaja en los confines antropológicos de la humanidad a menudo sufre la tentación de perder la percepción de la presencia concreta de Dios, de su acción en el mundo, y se pregunta: «¿por qué, Señor permites todo esto, si es verdad que tú existes y amas al ser humano que tú has creado a tu imagen? El riesgo es que se vaya deslizando hacia una incredulidad secularizada, y la misión se convierta en una actividad simplemente humana y no en una missio Dei. 

12)     La misión de anunciar el Evangelio a las gentes es también juicio crítico sobre las transformaciones mundiales que están cambiando cualitativamente la cultura de la humanidad. La Iglesia, presente y activa en las fronteras geográficas y antropológicas de la humanidad, es portadora de un mensaje que cala en la historia, donde proclama valores inalienables de la persona, con el anuncio y el testimonio del designio salvífico de Dios, hecho visible y operante en Cristo. La predicación del Evangelio es la llamada a la libertad de los hijos de Dios, para una construcción de la sociedad justa y solidaria. Quien participa en la misión de Cristo, se encuentra inevitablemente en la tribulación, en la contradicción y en el sufrimiento, porque se enfrenta con las resistencias de los poderes fuertes ce este mundo, mientras sus armas son la pobreza de Cristo y la debilidad de la cruz. La misión ad Gentes exige a la Iglesia y a los misioneros que acepten los instrumentos del propio ministerio: la pobreza evangélica, que confiere la libertad de predicar con valentía y franqueza; la no violencia, por la cual todo lo sufren en nombre del evangelio; la disponibilidad a dar la propia vida por el nombre de Cristo y por amor de los hombres. 

13)     Misión universal. Aparecida ha reconocido, confirmado y relanzado no solamente la misión continental, sino también en todo el mundo, ya que la Iglesia tiene «una misión para comunicar vida» (Aparecida Cap. 7.1.4), lo que exige una conversión pastoral y una renovación misionera de las comunidades (Cap. 7, 2). En el documento se dice también que «el mundo espera de nuestra Iglesia latinoamericana y caribeña un compromiso más significativo con la misión universal en todos los Continentes. Para no caer en la trampa de encerrarnos en nosotros mismos, debemos formarnos como discípulos misioneros sin fronteras, dispuestos a ir “a la otra orilla”, aquélla en la que Cristo no es aún reconocido como Dios y Señor, y la Iglesia no está todavía presente» (ibíd. 376). Aunque la Iglesia latinoamericano necesita ella misma misioneros de otras Iglesias, y recursos económicos, continúa siendo fiel a la declaración que hizo en Puebla, de dar desde su pobreza y desde la alegría de su fe. Sin duda, en algunos países como Estados Unidos, México, Colombia, Brasil, Argentina, por citar solamente algunos, la missio ad Gentes ha experimentado un desarrollo significativo. Sacerdotes Fidei donum, religiosos y religiosas empeñan su vida en llevar el Evangelio a los países africanos y asiáticos. Notable es también el movimiento misionero laical, aunque no siempre consigue desarrollar la dimensión misionera por falta de específicos centros de formación y de recursos económicos. Pero en general, la impresión es que la Iglesia americana, en su conjunto, está todavía lejos de realizar el sueño de Juan Pablo II, que la quería como una gran fuerza misionera para el mundo. A veces aparece todavía demasiado preocupada de sí misma. En verdad, la misma misión continental, de la que el papa Benedicto XVI se alegraba, debería ser una condición para lanzarse a la missio ad Gentes; mucho depende si nosotros estamos en grado de mostrar a los fieles la belleza de esta opción y sabemos motivar su sentido de la participación y de la corresponsabilidad. 

Casi a modo de conclusión, me pregunto si el continente americano, –que ha sabido dar hoy, en el contexto de la Iglesia católica, un Papa latinoamericano como Pastor universal para sí y para el mundo–, tiene una misión especial no solamente en el contexto de América misma, sino también en la missio ad Gentes y hacia un mundo secularizado y multicultural. ¿Podemos pensar que las enormes potencialidades que tiene este continente, se agoten sólo en un ámbito regional y no esté en grado de influir profundamente en un mundo sin Cristo o secularizado y multicultural, donde las numerosas ideologías postcomunistas, secularistas, elitistas, invadentes y bien equipadas parece que no quieren dejar ningún espacio al Cristo y a su Evangelio? «Yo estoy a la puerta y llamo» (Ap 3, 20). Pero tú, Señor, ¿quieres entrar o salir? En la perspectiva misionera, evidentemente quiere salir. Es decir, en verdad, quiere abrir la puerta y salir al mundo. Quien le ha conocido y le ha acogido, sabe que quiere salir, mientras murmura: «También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir» (Jn 10, 16). Por eso, la Iglesia de este continente puede dar y hacer más, porque también aquí, donde existen tantas pobrezas, y la esperanza tiene todavía un papel y un vigor, ¡nadie es tan pobre que no pueda compartir al menos la propia fe! Ánimo América, ánimo América Latina, puedes dar y hacer más, por eso pido a los discípulos misioneros de Jesús, que son tantos, que se presenten y se den a conocer! Ánimo América, «¡comparte tu fe»!».

 


Publicado por verdenaranja @ 23:20  | Hablan los obispos
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