Mi?rcoles, 04 de diciembre de 2013

Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la misa de ordenación sacerdotal (Iglesia catedral, 30 de noviembre de 2013)

Tras las huellas del Cura Brochero

La Iglesia Platense hoy es enriquecida por la ordenación de cinco nuevos presbíteros, que serán partícipes del sacerdocio de Cristo. Todos ustedes, queridos hermanos, saben muy bien que ellos son elegidos y consagrados para enseñar, santificar y conducir con amor pastoral al pueblo de Dios, que es un pueblo sacerdotal. Por eso compartimos la alegría de este momento singular y damos gracias al Señor, que provee misericordiosamente a las necesidades de su Iglesia.

La figura del apóstol San Andrés, cuya fiesta celebramos, evoca el origen y la naturaleza del oficio que recibirán Miguel, Diego, Manuel, Sebastián y Juan. Ante todo, aclaremos rápidamente –por si hiciera falta- que no se trata de “recibirse”, de obtener el título que les permite ejercer una profesión. Al llamar a los doce, Jesús cambió la vida de aquellos hombres, los configuró a él mediante el don del Espíritu Santo para que fueran sus servidores, sus embajadores, y revestidos de su poder comunicaran a los demás los misterios de Dios (cf. 1 Cor. 4, 1; 2 Cor. 5, 20). Esta situación original se perpetúa en la Iglesia: el obispo, sucesor de los apóstoles, mediante la imposición de sus manos y la plegaria de ordenación, comunica la gracia sacerdotal a quienes asocia a su propio ministerio; los entronca con la misión de los apóstoles y del mismo Cristo. Quienes son así elegidos y consagrados pertenecen por un nuevo título al Señor y a su Iglesia; ya no pueden vivir más para sí mismos, sino para el Señor y para su pueblo. El don conlleva una exigencia de continua verificación de la entrega con una libertad cada vez más pura y generosa, con un amor cada día mayor. Es fácil decirlo –debemos decirlo, porque es la verdad- pero quienes llevamos años de vida sacerdotal conocemos las dificultades y a la vez comprendemos, en virtud de una experiencia bien probada, que esa es la meta de nuestra vocación; hacia ella nos lanzamos con renovada esperanza, cotidianamente, apoyándonos en la gracia misericordiosa de Dios que nunca falla y en los ejemplos luminosos que la Iglesia nos propone.

Este año se nos propone, se les propone a ustedes, queridos hijos que enseguida van a ser ordenados, la figura del beato José Gabriel Brochero, realización sencilla, originalísima y para nosotros tan cercana del ideal del sacerdote católico. Los santos no son copiables, no se los imita en y desde lo exterior –sus circunstancias de vida pueden haber sido muy diversas de las nuestras-; es preciso entrar en comunión con su espíritu y recoger el mensaje que en ellos el Señor nos envía. Ellos son, en todo caso, nuestros modelos en la imitación de Cristo. Brochero tenía un gracejo inimitable; era intuitivo, un psicólogo innato que sabía captar la mentalidad ambiente; su predicación, originalísima, era de alto valor educativo y llegaba al alma. Estas dotes estaban iluminadas y potenciadas por la sabiduría sencilla y sabrosa del Evangelio, y se concretaban en su entrega espontánea y sin retaceos, en su amor cercano, cercanísimo a todos. Hablando de la actualidad del Cura Brochero, el Papa Francisco escribió en su mensaje con motivo de la beatificación: es un pionero en salir a las periferias geográficas y existenciales para llevar a todos el amor, la misericordia de Dios. Y cita como expresión de coraje apostólico y celo misionero el criollísimo dicho brocheriano: ¡Guay de que el diablo me robe un alma! Era esa una decisión apoyada en la visión sobrenatural de las cosas, en la profundidad de la oración que lo identificaba con Cristo, vencedor del diablo.

Brochero no se limitó a la predicación, a la celebración de los sacramentos, a arriar paisanos y chinas a los ejercicios espirituales; se ocupó también de lo que hoy llamamos asistencia integral y promoción social: consiguió caminos para su gente serrana, impulsó la extensión del ferrocarril. Lo hizo en cuanto pastor cercano a su pueblo, que amaba a los pobres. El Santo Padre nos dice de él: escuchó el llamado de Dios y eligió el sacrificio de trabajar por su Reino, por el bien común que la enorme dignidad de cada persona se merece como hijos de Dios.

En la vida del sacerdote, ¿qué puede quedar fuera de su ministerio? ¿Se puede permitir el cultivo de una vida privada: afán de intereses propios, de posición, comodidades, dinero? El desarrollo pleno de las propias cualidades humanas resulta siempre coloreado por la finalidad ministerial: aun los momentos de descanso, de sano y fraterno esparcimiento, las relaciones familiares, la personalísima humanidad de cada uno se integra, bajo el influjo de la gracia, en la totalidad apostólica del sacerdote, alimenta su entrega y alivia las cargas que la entrega conlleva. El Papa Francisco ha advertido reiteradas veces a los fieles sobre el peligro de la mundanidad; también los sacerdotes (¡y los obispos!) corremos el riesgo de adoptar una mentalidad mundana, de deslizarnos hacia la mundanidad. Que la imagen de Brochero, montado en su mula y fatigándose por los senderos serranos, valga como un signo de precaución, como un antídoto. Como enseñaba San Francisco de Sales, el desapego de nuestro amor propio, la renuncia a las satisfacciones del egoísmo es el camino de nuestra verdadera realización en el plano humano y de la plenitud de la vida cristiana. También de la existencia sacerdotal. El Cura gaucho lo aprendió en el seminario, lo entendió bien, y lo vivió.

Quiero hacer ahora una última referencia al apóstol San Andrés, cuya fiesta celebramos. El nombre Andrés, de origen griego, significa varonil; parece que es propio del varón ser esforzado, valeroso, firme. El sacerdote, varón que recibe una participación del carisma apostólico, debe caracterizarse por la fortaleza, virtud que nos da la capacidad de sobrellevar las dificultades y de superarlas con constancia. Josef Pieper escribió que lo más propio de la fortaleza no es el ataque, ni la confianza en sí mismo, ni la ira, sino la resistencia y la paciencia; en ella se revela la más profunda fuerza anímica del hombre: amar y realizar el bien, aun cuando amenaza el riesgo, sin doblegarse ante las conveniencias y las inconveniencias. La fortaleza varonil del sacerdote debe armonizarse exquisitamente con la suavidad, la capacidad de persuadir con afabilidad, la dulzura de trato; es fortaleza espiritual para entreverarse en las aventuras del apostolado, las propias de los tiempos que corren, haciéndose todo para todos.

Queridos Miguel, Diego, Manuel, Sebastián y Juan: los he acompañado con mi cercanía y mis oraciones en los respectivos años de su formación; cuenten con mi apoyo y con la ayuda de los obispos auxiliares. Cultiven entre ustedes una buena amistad sacerdotal. Amen y sirvan sinceramente a la Iglesia, Pueblo de Dios. Que el Señor les conceda muchos años de fiel y fecundo ministerio, con sobreabundante alegría, con el gozo del Evangelio.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


Publicado por verdenaranja @ 23:10  | Hablan los obispos
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