Viernes, 27 de diciembre de 2013

Reflexión a las lecturas de la fiesta de la Sagrada Familia ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"  

La Sagrada Familia (A)

 

Se ha dicho que una imagen vale más que mil palabras. Es lo que sucede este día, primer domingo después de Navidad, en el que celebramos la Fiesta de la  Sagrada Familia. ¡Cuánto nos dice, nos enseña, nos grita, incluso, esta imagen que contemplamos!

        En la oración colecta de la Misa de hoy decimos:  “Dios, Padre nuestro, que has propuesto a la Sagrada Familia, como maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo…”

Cuánto bien nos hace siempre acercarnos a la Sagrada Familia, en Belén, en su Huida a Egipto, como hacemos este domingo, en Nazaret, donde Jesús “iba creciendo en  sabiduría, estatura y gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,52), y donde le llamaban “el hijo del carpintero” (Mt 13,55).

Hace mucho tiempo que descubrí el secreto, la clave, de la unidad, armonía, bienestar… de la Sagrada Familia: ¡La presencia de Dios en aquella casa! Porque allí no estaba el Hijo de Dios presente sólo físicamente, sino que estaba también en el corazón de la Virgen Madre y de S. José. Esta convicción ha permanecido invariable, durante mucho tiempo, en mi pensamiento, en mi corazón y en mis labios.

En el Evangelio de este domingo recordamos que el Hijo de Dios no resuelve los problemas y dificultades de su familia “a golpe de milagros”, sino que les ofrece su ayuda para afrontarlos.

Recuerdo cómo se encienden y se agrandan los ojos de los novios, cuando en su preparación para el matrimonio, les digo: “El éxito en el matrimonio no es algo que dependa sólo de que los novios sean buenos, tengan trabajo y casa propia, se conozcan bien y se comprendan... Todo eso está bien, muy bien. Pero lo fundamental del matrimonio cristiano viene de arriba, de Dios, que, por el Sacramento del Matrimonio, les capacita para ser buenos esposos, y buenos padres. “Nuestra capacidad nos viene de Dios”, escribía S. Pablo (2Co 3,5). Me impresionó algo que oí hace mucho tiempo: “Un matrimonio en el Nuevo Testamento, de suyo, no puede fracasar”. Lo entendemos perfectamente, cuando nos damos cuenta de lo que significa y supone la presencia y la acción de Dios en el matrimonio cristiano.

El reto consiste en aprovechar la riqueza que este sacramento encierra, durante toda la vida. Con frecuencia los nuevos esposos “se divorcian de Dios”, y detrás de eso, vienen todos los males, porque “los que se alejan de ti se pierden”, leemos en los salmos (Sal 73, 27).

Tenemos que fijarnos, sobre todo, en las familias que marchan bien, que son muchas, y descubrir su diferencia, su clave, su secreto. No vale decir: “Eso depende de la suerte, es como una lotería”. O, como la cosa es insegura, la relación se establece sin ningún tipo de compromiso público. Y ya está.

Los consejos que nos da S. Pablo en la segunda lectura, constituyen una llamada a vivirlos en familia y una semilla de paz y bienestar.

Hoy recordamos, además, que todos somos también miembros de otra familia, la Gran Familia de los hijos de Dios, que es la Iglesia. Para todos vale el mismo mensaje. Urge, mis queridos amigos, cuidar e intensificar, en nuestras parroquias y comunidades, el espíritu familiar, fraternal,  que debe caracterizarlas si quieren ser auténticas.

Para unos y otros vale lo que hemos proclamado en el salmo responsorial de hoy: “Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos”. Las estrofas nos van presentando el resultado: una familia ideal.   

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 18:27  | Espiritualidad
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