Martes, 31 de diciembre de 2013

Reflexión a las lecturas de la fiesta de Santa María Madre de Dios ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

Santa María, Madre de Dios

 Hoy todo se centra en el Año Nuevo…

Sin embargo, además de eso, hoy son muchas las cosas que llaman nuestra atención. Veamos:

El Nacimiento del Señor es una fiesta muy grande y “no cabe” en un solo día. Por eso, lo hemos venido celebrando todos los días de la semana hasta llegar a este día. Hoy es la Octava de la Navidad. Con la de Pascua, son las únicas octavas de la Liturgia renovada por el Vaticano II.

        Y “a los ocho días, tocaba circuncidar al Niño. Y le pusieron por nombre Jesús”, que quiere decir: “Yahvé salva” o “Salvador”. Así lo había anunciado el ángel a María y a José.

Aunque la Santísima Virgen está presente en toda la Navidad, los cristianos, desde los primeros siglos, han dedicado el día octavo a honrar a la Virgen María, con el título de Madre de Dios. Es la fiesta más importante de la Virgen.

No significa, por supuesto, que la Virgen sea una “diosa”, que sea tan grande como Dios, que exista antes que Él…  Se trata de que el Niño que se forma en su seno y da a luz, es el Hijo de Dios hecho hombre.

Este es el título más grande e importante que podemos dar a la Virgen. Y, en torno a su Maternidad divina, se sitúan y se entienden todos los privilegios y gracias singulares que Dios le otorga y que están expresados en estas cuatro verdades de fe acerca de la Virgen María: la Maternidad Divina, que celebramos hoy, la Concepción Inmaculada, la Virginidad perfecta y perpetua y la Asunción en cuerpo y alma al Cielo. 

En la segunda lectura de hoy, S. Pablo nos ayuda a situar a la Virgen María en el  proyecto y en la realización de la obra de la salvación de Dios Padre, sobre toda la humanidad. Por eso, dice que envió a su Hijo, nacido de una mujer, “para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción”.  Ella es, por tanto, como “el puente” por donde llegó a nosotros  el Salvador.

Y su cooperación singular a la obra de la salvación, hace que sea también Madre de la Iglesia, Madre espiritual de todos y cada uno de los cristianos.

De este modo, Ella ocupa, al mismo tiempo, el lugar más alto y más próximo a nosotros: El más alto, como Madre de Dios; el más próximo como Madre nuestra.

Eso hace que los cristianos nos acojamos siempre a su intercesión y que tratemos de amarla, imitarla, conocerla más y más…

Hoy comienza un Nuevo Año. ¡Cuántos interrogantes! Año de crisis y, por tanto, de especial esfuerzo y trabajo; año  también de  ilusiones y de esperanzas. Y lo comenzamos poniendo nuestra confianza en la intercesión y la protección de la Madre de Dios. Implorando de ella, sobre todo, el don de la paz.

En efecto, el primero de enero, desde hace mucho tiempo, es para la Iglesia, la Jornada Mundial de la Paz.

Se ha dicho que la paz del corazón es el fundamento de toda paz verdadera, y que es el don más grande que podemos recibir de Dios en esta vida.

        Que la Virgen, Madre de Dios, interceda con bondad por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

                        

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR! ¡FELIZ AÑO NUEVO!


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SANTA MARÍA MADRE DE DIOS                                      

MONICIONES

 

 

PRIMERA LECTURA

          El texto del Antiguo Testamento que ahora escucharemos, constituía la bendición que los sacerdotes de Israel recitaban sobre el pueblo, como final de los actos de culto. Para nosotros pueden significar una plegaria de Año Nuevo.

 

SALMO

          Unámonos a la oración del salmo, pidiendo la bendición del Señor, con el deseo ardiente de que todos los pueblos de la tierra le conozcan y le alaben.

 

SEGUNDA LECTURA

          Escuchemos con atención la segunda Lectura. En ella se nos presenta a la Virgen María como Madre del Hijo de Dios, que nos trae la salvación.

 

TERCERA LECTURA

          Los pastores encuentran a María, a José y al Niño, acostado en el pesebre. A los ocho días, le ponen el nombre de Jesús que significa: Yahvé salva, Salvador. Que nos conceda salvación abundante a todos, en el Año que comenzamos.

Acojamos ahora su Palabra con el canto gozoso del aleluya.

 

COMUNIÓN

          En la Comunión vamos a recibir el Cuerpo de Cristo, que se formó en el seno bendito de la Virgen María.

          Ojalá que durante todo el año, que comenzamos, sepamos alimentarnos bien y con frecuencia de este Pan.

 


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Domingo, 29 de diciembre de 2013

Comentario al evangelio de la Fiesta de la Sagrada Familia/A  (Zenit.org)

Familia, amor, sufrimiento, felicidad

Por Jesús Álvarez SSP

 «Después de irse los Magos, el Ángel se le apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto. Quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes buscará al niño para matarlo”. José se levantó; aquella misma noche tomó al niño y a su madre, y partió hacia Egipto, permaneciendo allí hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que había anunciado el Señor por boca del profeta: “Llamé de Egipto a mi hijo”. Después de la muerte de Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre y regresa a la tierra de Israel, porque ya han muerto los que querían matar al niño”. José se levantó, tomó al niño y a su madre, y volvieron a la tierra de Israel. Pero al enterarse de que Arquelao gobernaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Conforme a un aviso que recibió en sueños, se dirigió a la provincia de Galilea y se fue a vivir a un pueblo llamado Nazaret». (Mt. 2, 13-15.19-23).

La fiesta de la Sagrada Familia es la fiesta de todas las familias, pues toda familia es sagrada,por ser templo donde Dios-Amor comunica la vida por amor a través del amor de los padres, y donde en el amor enriquece la vida de los esposos y de los hijos con dones de Dios para usar, gozar, agradecer y compartir con orden, gratitud y honradez.

La familia está al servicio de la persona y de su misión en la vida, y no al revés. Los hijos son un don de Dios y le pertenecen. Sólo Dios es el Padre verdadero y dueño de los hijos. Los padres son sólo cauces de la vida de sus hijos. Por eso Jesús, a los doce años, sin avisar a sus padres, se quedó en el templo por voluntad de su Padre. Y también la Virgen María, a los trece, dijo su SÍ al Ángel, sin consultar a sus padres ni a los sacerdotes.

Jesús, el Hijo de Dios, quiso nacer en una familia, pues la familia unida en el amor es el ambiente privilegiado e insustituible para el desarrollo normal y el crecimiento sano y feliz de los hijos. Para la persona no existe bien humanamente más grande que un hogar donde el padre y la madre se aman, aman a sus hijos y son correspondidos.

La droga, el alcoholismo, la esclavitud sexual, los embarazos precoces, la delincuencia, los desequilibrios psíquicos, afectivos e inclusive enfermedades físicas, tienen casi siempre su raíz en la falta de familia o de amor en el hogar. El verdadero amor y la unión familiar sonla mayor medicina preventivacontra toda clase de enfermedades y desviaciones.

Todo el mundo habla de amor, pero son muy pocas las personas que descubren lo que es el verdadero amor, el cual es a la vezc omprensión, perdón, acogida, ayuda, diálogo, compartir bienes, alegrías y sufrimientos. Sin amor auténtico la familia no se sostiene o no cumple su misión a favor de la vida, de los hijos y de los padres.

En la Sagrada Familia hubo miedo, destierro, falta de trabajo y de pan. Hubo sufrimiento frecuente e indecible. Pero el amor verdadero los sostuvo y los mantuvo unidos a Dios Padre y entre sí. Ese fue el gran secreto de su profunda felicidad.

En la familia unida en Cristo, la relación de amor se hace relación salvífica, pues cada cual coopera con Cristo en la salvación de los otros, con la oración, el ejemplo, el sufrimiento asociado al del Salvador, y ofreciendo incuso la muerte cuando acaezca, llegando así al amor máximo entre ellos: “Dar la vida por los que se ama”, a imitación de Cristo.

Se podría parafrasear la pregunta de Jesús: “¿Qué le importa al hombre y a la mujer haber tenido hijos e hijas, si al final los pierden para siempre?”

Siguiendo el ejemplo de la Sagrada Familia, millones de familias unidas por el amor, el perdón, la alegría y el sufrimiento, forman ya en esta tierrala inmensa y feliz familia de los hijos de Dios,con destino glorioso de eternidad en la Familia Trinitaria.


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S?bado, 28 de diciembre de 2013

El 26 de diciembre día de san Esteban, el primer mártir de la Iglesia, el papa Francisco rezó la oración del Ángelus desde la ventana del estudio pontificio que da hacia la plaza de San Pedro. Allí una importante multitud le aguardaba a la que dirigió las siguientes palabras.  (Zenit.org)

"Queridos hermanos y hermanas. Ustedes no tienen miedo de la lluvia, son valerosos. La liturgia prolonga la solemnidad de la Navidad durante ocho días: ¡un tiempo de alegría para todo el pueblo de Dios!

En este segundo día de la octava, en la alegría de la Navidad se inserta la fiesta de san Esteban, el primer martir de la Iglesia. El libro de los Actos de los Apóstoles nos lo presenta como “un hombre lleno de fe y de Espíritu Santo”, elegido con otros seis para dar servicio a las viudas y a los pobres en la primera comunidad de Jerusalén. Y nos cuenta su martirio, cuando después de un fogoso discurso que suscitó la ira de los miembros del Sinedrio, fue arrastrado afuera de las murallas de la ciudad y lapidado.

Esteban murió como Jesús, pidiendo perdón por sus asesinos. En el clima de la alegría navideña, esta conmemoración podría parecer fuera de contexto. De hecho la Navidad es la fiesta de la vida y nos infunde sentimientos de serenidad y de paz. ¿Por qué entonces turbar su encanto con el recuerdo de una violencia tan atroz? En realidad en la óptica de la fe, la fiesta de san Esteban está en plena sintonía con el significado profundo de la Navidad.

En el martirio, de hecho, el amor derrota a la violencia, la vida a la muerte. La Iglesia ve en el sacrificio de los martires su 'nacimiento al cielo'. Celebramos por lo tanto hoy la 'navidad' de Esteban, que en profundidad se desprende de la Navidad de Cristo. ¡Jesús transforma la muerte de quienes lo aman en aurora de vida nueva!

En el martirio de Esteban se reproduce la misma lucha entre el bien y el mal, entre el odio y el perdón, entre la mansedumbre y la violencia, que tuvo su culminación en la cruz de Cristo. La memoria del primer mártir acaba así con una falsa imagen de la Navidad: ¡una imagen de fábula y edulcorada, que en el evangelio no existe!

La liturgia nos trae el sentido auténtico de la Encarnación, relacionando Belén al Calvario y recordándonos que la salvación divina implica que la lucha al pecado, pasa por la puerta estrecha de la cruz.

Este es el camino que Jesús ha indicado claramente a sus discípulos, como testimonia el evangelio de hoy: 'Serán todos odiados a causa de mi nombre. Pero quién habrá perseverado hasta el final será salvado'.

Por eso hoy rezamos de manera particular por los cristianos que sufren discriminación a causa del testimonio que dan de Cristo y del evangelio. Estamos cerca de estos hermanos y hermanas que como san Esteban, son acusados injustamente y objeto de violencias de varios tipos.

Estoy seguro que, lamentablemente, son más numerosos hoy que en los primeros tiempos de la Iglesia y que son tantos. Esto sucede especialmente en los lugares en donde la libertad religiosa no está todavía garantizada o no está plenamente realizada. Sucede también en países y ambientes que en sus papeles tutelan la libertad y los derechos humanos, pero donde de hecho los creyentes, especialmente los cristianos, encuentran limitaciones y discriminaciones.

Yo quiero pedirles de rezar por estas hermanas y hermanos, unos instantes, todos. Y los recomendamos a la Virgen: Ave María...

A un cristiano esto no lo maravilla, porque Jesús lo ha anunciado como ocasión propicia para dar testimonio. Entretanto en el plano civil, la injusticia va denunciada y eliminada. Que María Reina de los Mártires nos ayude a vivir esta Navidad con aquel ardor de fe y de amor que refulge en san Esteban y en todos los mártires de la Iglesia".


Publicado por verdenaranja @ 22:55  | Habla el Papa
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Artículo de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, publicado en el diario “El Día” el 24 de diciembre de 2013

¿Jesús o Papá Noel?

La Navidad es uno de los dos polos festivos del año cristiano. El otro es la Pascua. En Navidad se celebra el nacimiento de Jesucristo; es ésta una verdad religiosa, pero también un acontecimiento histórico, un hecho incontrastable, incontrovertible. Pero ¿por qué se lo celebra? ¿Quién es Jesús? La respuesta de la fe cristiana se encuentra expresada en la tradición apostólica, en los textos del Nuevo Testamento, en la predicación común y constante de la Iglesia, en los credos de los grandes concilios ecuménicos, en la belleza –la teología estética– de los íconos de Oriente, en obras de numerosísimos pintores creyentes, muchos de ellos grandes maestros, en la sencillez casera de nuestros pesebres. Una fórmula eximia de la fe cristológica es la del Concilio Primero de Constantinopla (año 381), en la que se afirma la convicción trinitaria de la Iglesia; Dios es uno en tres personas, es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Jesucristo es el Hijo único de Dios (en griego: monogenés, unigénito), “nacido del Padre antes de todos los siglos… engendrado, no creado”. Para que no quepan dudas, el credo canta bellamente: “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero”. Se manifiesta en esos términos lo que podríamos llamar la protohistoria del Niño Jesús.

El mismo símbolo de la fe que estoy citando, prosigue: “por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre”. ¡Dios se hizo hombre! Jesucristo es Dios hecho hombre, verdadero Dios y verdadero hombre; éste es el misterio central de la fe cristiana, el meollo de nuestro mensaje. ¿Qué implicancias tiene para el hombre, para el mundo, para la historia, semejante afirmación? Recordemos previamente que en el cuarto Evangelio no leemos “se hizo hombre”, sino “se hizo carne” (Jn. 1, 14). En el lenguaje bíblico, carnedesigna la condición creatural, terrena, la limitación humana; no se reduce a significar la dimensión material, corpórea, del hombre, aunque la incluye. Sin embargo, en la encarnacióndel Hijo, Dios interviene de una manera directa y sorprendente en el mundo de la materia, ya que Jesús es concebido virginalmente, sin intervención de varón. En él, Dios se introduce en el cosmos que ha creado para conducirlo desde dentro a una total renovación. La condición humana asumida incluye la muerte, y Cristo la aceptará humildemente, pero no sufrirá la corrupción del sepulcro; en su resurrección gloriosa –el desenlace del acontecimiento pascual– se inaugura el estado definitivo, la nueva creación. El Niño que nació en Belén es el Salvador, el Redentor del hombre y como enseña San Pablo, es el Principio, el Primogénito de toda la creación (Col. 1, 15. 18).

Detengámonos un momento en la perspectiva histórica del nacimiento de Jesús. El Antiguo Testamento documenta un designio divino de salvación que se concreta en la elección del pueblo de Israel y que se abre a la universalidad de los pueblos mediante el mensaje transmitido en los oráculos de los profetas. Toda la antigua alianza prepara la venida de Cristo; intervención decisiva, definitiva, de Dios. Miqueas, alrededor de 740 años antes, señala la cuna del futuro Mesías: “Y tú, Belén Efratá, tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me nacerá el que debe gobernar a Israel: sus orígenes se remontan al pasado, a un tiempo inmemorial” (5, 1). Que el nacimiento ocurriera en Belén es un acontecimiento providencial. Lo refiere Lucas en el segundo capítulo de su Evangelio: el emperador Augusto decretó que se realizara un censo de la ecúmene de los pueblos que Roma había sometido a su poder; por eso José debió trasladarse a la ciudad de sus orígenes para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada. Belén era la ciudad de David, y Jesús iba a nacer allí como descendiente suyo y plena realización del ideal que en la dinastía davídica nunca se había realizado. La historia de Israel y la historia de Roma se articulan y compenetran en un lugar determinado del espacio y en un punto preciso del tiempo; la historia de la salvación implica a todos los pueblos de la tierra porque Dios es el Dios de todos ellos y Cristo es el Salvador universal.

Parece una perogrullada decir, repetir, que en Navidad se celebra el nacimiento de Jesucristo, e insistir con argumentos en la identidad del que es celebrado. Me ha llamado la atención desde hace varios años cómo en muchos ambientes, y en las tarjetas de saludo que se intercambian en estas fechas, la imagen del pesebre con el Niño Jesús ha sido reemplazada por la figura obesa de Papa Noel. Es un fenómeno cultural que se ha ido extendiendo y en el cual se escamotea la realidad conmemorada en la fiesta; es un caso patente de descristianización. No está de más evocar que detrás de la figura de Papá Noel se encuentra San Nicolás. El proceso de transformación recorre los siglos. El santo Obispo de Myra vivió en el siglo IV; sus reliquias fueron llevadas a Bari en 1087 y su fama de generosidad, con los pobres y especialmente con los niños, dio lugar a innumerables leyendas. A comienzos de la época moderna se le daba culto en Holanda, donde se le llamaba Sinterklaas (una variante local del nombre); cuando los colonos holandeses, en el siglo XVII, se instalaron en la cosa este de los Estados Unidos, llevaron consigo la figura y la leyenda. La imagen cristalizó en el siglo XIX como protagonista del reparto de regalos para Navidad, y se extendió por todas partes; los angloparlantes lo llamaron Santa Claus, y Father Christmas, y de allí Papá Noel. El personaje se ha permitido reemplazar no sólo a los Reyes Magos –que han quedado bastante oscurecidos– sino también al mismísimo Jesús. Por lo menos en muchos reclames de estas fechas. Digamos, de paso, que nadie se acuerda de San Nicolás.

Se pueden registrar otros intentos de evitar a Cristo en los símbolos de Navidad; por ejemplo la rama verde (me parece que es de muérdago) con campanitas y una cinta roja. Pero el de Papá Noel es un caso especialísimo de sustitución. En un reciente aviso de Coca-Cola aparece solicitando ¡nada menos! que crean en él. Los cristianos creemos en Cristo, en su realidad divino-humana, en su actualidad y presencia permanente. En Navidad celebramos su nacimiento manifestándole nuestra gratitud y nuestro amor. Abriéndole nuestro corazón.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


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Viernes, 27 de diciembre de 2013

Reflexión a las lecturas de la fiesta de la Sagrada Familia ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"  

La Sagrada Familia (A)

 

Se ha dicho que una imagen vale más que mil palabras. Es lo que sucede este día, primer domingo después de Navidad, en el que celebramos la Fiesta de la  Sagrada Familia. ¡Cuánto nos dice, nos enseña, nos grita, incluso, esta imagen que contemplamos!

        En la oración colecta de la Misa de hoy decimos:  “Dios, Padre nuestro, que has propuesto a la Sagrada Familia, como maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo…”

Cuánto bien nos hace siempre acercarnos a la Sagrada Familia, en Belén, en su Huida a Egipto, como hacemos este domingo, en Nazaret, donde Jesús “iba creciendo en  sabiduría, estatura y gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,52), y donde le llamaban “el hijo del carpintero” (Mt 13,55).

Hace mucho tiempo que descubrí el secreto, la clave, de la unidad, armonía, bienestar… de la Sagrada Familia: ¡La presencia de Dios en aquella casa! Porque allí no estaba el Hijo de Dios presente sólo físicamente, sino que estaba también en el corazón de la Virgen Madre y de S. José. Esta convicción ha permanecido invariable, durante mucho tiempo, en mi pensamiento, en mi corazón y en mis labios.

En el Evangelio de este domingo recordamos que el Hijo de Dios no resuelve los problemas y dificultades de su familia “a golpe de milagros”, sino que les ofrece su ayuda para afrontarlos.

Recuerdo cómo se encienden y se agrandan los ojos de los novios, cuando en su preparación para el matrimonio, les digo: “El éxito en el matrimonio no es algo que dependa sólo de que los novios sean buenos, tengan trabajo y casa propia, se conozcan bien y se comprendan... Todo eso está bien, muy bien. Pero lo fundamental del matrimonio cristiano viene de arriba, de Dios, que, por el Sacramento del Matrimonio, les capacita para ser buenos esposos, y buenos padres. “Nuestra capacidad nos viene de Dios”, escribía S. Pablo (2Co 3,5). Me impresionó algo que oí hace mucho tiempo: “Un matrimonio en el Nuevo Testamento, de suyo, no puede fracasar”. Lo entendemos perfectamente, cuando nos damos cuenta de lo que significa y supone la presencia y la acción de Dios en el matrimonio cristiano.

El reto consiste en aprovechar la riqueza que este sacramento encierra, durante toda la vida. Con frecuencia los nuevos esposos “se divorcian de Dios”, y detrás de eso, vienen todos los males, porque “los que se alejan de ti se pierden”, leemos en los salmos (Sal 73, 27).

Tenemos que fijarnos, sobre todo, en las familias que marchan bien, que son muchas, y descubrir su diferencia, su clave, su secreto. No vale decir: “Eso depende de la suerte, es como una lotería”. O, como la cosa es insegura, la relación se establece sin ningún tipo de compromiso público. Y ya está.

Los consejos que nos da S. Pablo en la segunda lectura, constituyen una llamada a vivirlos en familia y una semilla de paz y bienestar.

Hoy recordamos, además, que todos somos también miembros de otra familia, la Gran Familia de los hijos de Dios, que es la Iglesia. Para todos vale el mismo mensaje. Urge, mis queridos amigos, cuidar e intensificar, en nuestras parroquias y comunidades, el espíritu familiar, fraternal,  que debe caracterizarlas si quieren ser auténticas.

Para unos y otros vale lo que hemos proclamado en el salmo responsorial de hoy: “Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos”. Las estrofas nos van presentando el resultado: una familia ideal.   

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 18:27  | Espiritualidad
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DOMINGO SAGRADA FAMILIA A   

MONICIONES

 

 

PRIMERA LECTURA

        En la Lectura que ahora escucharemos, la Palabra de Dios recoge la antigua sabiduría popular acerca de la vida de familia. Se trata de un canto y una exhortación a cumplir el cuarto Mandamiento de la Ley del Señor.

 

SALMO

        El salmo nos recuerda que el secreto del éxito y del bienestar de la vida familiar reside en vivir unidos al Señor y cumplir sus mandatos.

 

SEGUNDA LECTURA

        Las actitudes de los cristianos, en sus relaciones con los demás, es preciso vivirlas de una manera especial en la familia. S. Pablo nos ayuda hoy a concretarlas.

 

TERCERA LECTURA

        La protección de Dios Padre se extiende sobre la familia de Jesús, a pesar de que no siempre le libera de las dificultades. Todo se va entretejiendo bajo la Providencia divina y se va cumpliendo lo que habían anunciado los profetas, como subraya S. Mateo. Pero, antes de escuchar el Evangelio, aclamemos al Señor con el canto del aleluya

 

COMUNIÓN

        En la Comunión recibimos a Jesucristo, el Hijo de María, concebido por obra del Espíritu Santo, y a quien llamaban el hijo del carpintero. Que Él nos ayude a ser en medio de nuestras familias y en medio de la Iglesia, la familia de los hijos de Dios, constructores de paz, concordia y alegría. 


Publicado por verdenaranja @ 18:21  | Liturgia
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Jueves, 26 de diciembre de 2013

Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo de la Sagrada Familia

La sagrada Familia

Los relatos evangélicos no ofrecen duda alguna. Según Jesús, Dios tiene un gran proyecto: construir en el mundo una gran familia humana. Atraído por este proyecto, Jesús se dedica enteramente a que todos sientan a Dios como Padre y todos aprendan a vivir como hermanos. Este es el camino que conduce a la salvación del género humano.

Para algunos, la familia actual se está arruinando porque se ha perdido el ideal tradicional de “familia cristiana”. Para otros, cualquier novedad es un progreso hacia una sociedad nueva. Pero, ¿cómo es una familia abierta al proyecto humanizador de Dios? ¿Qué rasgos podríamos destacar?

Amor entre los esposos. Es lo primero. El hogar está vivo cuando los padres saben quererse, apoyarse mutuamente, compartir penas y alegrías, perdonarse, dialogar y confiar el uno en el otro. La familia se empieza a deshumanizar cuando crece el egoísmo, las discusiones y malentendidos.

Relación entre padres e hijos. No basta el amor entre los esposos. Cuando padres e hijos viven enfrentados y sin apenas comunicación alguna, la vida familiar se hace imposible, la alegría desaparece, todos sufren. La familia necesita un clima de confianza mutua para pensar en el bien de todos.

Atención a los más frágiles. Todos han de encontrar en su hogar acogida, apoyo y comprensión. Pero la familia se hace más humana sobre todo, cuando en ella se cuida con amor y cariño a los más pequeños, cuando se quiere con respeto y paciencia a los mayores, cuando se atiende con solicitud a los enfermos o discapacitados, cuando no se abandona a quien lo está pasando mal.

Apertura a los necesitados. Una familia trabaja por un mundo más humano, cuando no se encierra en sus problemas e intereses, sino que vive abierta a las necesidades de otras familias: hogares rotos que viven situaciones conflictivas y dolorosas, y necesitan apoyo y comprensión; familias sin trabajo ni ingreso alguno, que necesitan ayuda material; familias de inmigrantes que piden acogida y amistad.

Crecimiento de la fe. En la familia se aprende a vivir las cosas más importantes. Por eso, es el mejor lugar para aprender a creer en ese Dios bueno, Padre de todos; para conocer el estilo de vida de Jesús; para descubrir su Buena Noticia; para rezar juntos en torno a la mesa; para tomar parte en la vida de la comunidad de seguidores de Jesús. Estas familias cristianas contribuyen a construir ese mundo más justo, digno y dichoso querido por Dios. Son una bendición para la sociedad.

José Antonio Pagola

29 de diciembre de 2013
La sagrada familia (A)
Mateo 2,13-15. 19-23


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Ante una plaza repleta, el 25 de Diciembre de 2013, pide rezar a Dios por la paz y a los no creyentes a desarla. Enumera los diversos conflictos en el mundo. Texto completo (Zenit.org


"Queridos hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero, ¡Buen díay feliz Navidad!Hago mías las palabras del cántico de los ángeles, que se aparecieron a los pastores de Belén la noche de la Navidad.

Un cántico que une cielo y tierra, elevando al cielo la alabanza y la gloria y saludando a la tierra de los hombres con el deseo de la paz.Les invito a todos a hacer suyo este cántico, que es el de cada hombre y mujer que vigila en la noche, que espera un mundo mejor, que se preocupa de los otros, intentado hacer humildemente su proprio deber.

Gloria a Dios.A esto nos invita la Navidad en primer lugar: a dar gloria a Dios, porque es bueno, fiel, misericordioso. En este día mi deseo es que todos puedan conocer el verdadero rostro de Dios, el Padre que nos ha dado a Jesús. Me gustaría que todos pudieran sentir a Dios cerca, sentirse en su presencia, que lo amen, que lo adoren.Y que todos nosotros demos gloria a Dios, sobre todo, con la vida, con una vida entregada por amor a Él y a los hermanos.

Y paz a los hombres. La verdadera paz no es un equilibrio de fuerzas opuestas. No es pura "fachada", que esconde luchas y divisiones. La paz es un compromiso artesanal, que se logra contando con el don de Dios, con la gracia que nos ha dado en Jesucristo.

Viendo al Niño en el Belén, Niño de paz, pensemos en los niños que son las víctimas más vulnerables de las guerras, pero pensemos también en los ancianos, en las mujeres maltratadas, en los enfermos… ¡Las guerras destrozan tantas vidas y causan tanto sufrimiento!Demasiadas ha destrozado en los últimos tiempos el conflicto de Siria, generando odios y venganzas. Sigamos rezando al Señor para que el amado pueblo sirio se vea libre de más sufrimientos y las partes en conflicto pongan fin a la violencia y garanticen el acceso a la ayuda humanitaria.

Hemos podido comprobar la fuerza de la oración. Y me alegra que hoy se unan a nuestra oración por la paz en Siria también creyentes de diversas confesiones religiosas. No perdamos nunca la fuerza de la oración. La fuerza para decir a Dios: Señor, concede tu paz a Siria y al mundo entero.

Y también a los no creyentes les invito a desear la paz, con un deseo que amplía el corazón, con la oración o el deseo, pero todos por la paz.

Concede la paz, Niño, a la República Centroafricana, a menudo olvidada por los hombres. Pero tú, Señor, no te olvidas de nadie. Y quieres que reine la paz también en aquella tierra, destrozada por una espiral de violencia y de miseria, donde muchas personas carecen de techo, agua y alimento, sin lo mínimo indispensable para vivir. Que se afiance la concordia en Sudán del Sur, donde las tensiones actuales ya han provocado víctimas y amenazan la pacífica convivencia de este joven Estado.

Tú, Príncipe de la paz, convierte el corazón de los violentos, allá donde se encuentren, para que depongan las armas y emprendan el camino del diálogo. Vela por Nigeria, lacerada por continuas violencias que no respetan ni a los inocentes e indefensos. Bendice la tierra que elegiste para venir al mundo y haz que lleguen a feliz término las negociaciones de paz entre israelitas y palestinos.

Sana las llagas de la querida tierra de Iraq, azotada todavía por frecuentes atentados.Tú, Señor de la vida, protege a cuantos sufren persecución a causa de tu nombre. Alienta y conforta a los desplazados y refugiados, especialmente en el Cuerno de África y en el este de la República Democrática del Congo.

Haz que los emigrantes, que buscan una vida digna, encuentren acogida y ayuda. Que no asistamos de nuevo a tragedias como las que hemos visto este año, con los numerosos muertos en Lampedusa, no sucedan nunca más. 

Oh Niño de Belén, toca el corazón de cuantos están involucrados en la trata de seres humanos, para que se den cuenta de la gravedad de este delito contra la humanidad. Dirige tu mirada sobre los niños secuestrados, heridos y asesinados en los conflictos armados, y sobre los que se ven obligados a convertirse en soldados, robándoles su infancia.

Señor, del cielo y de la tierra, mira a nuestro planeta, que a menudo la codicia y el egoísmo de los hombres explota indiscriminadamente. Asiste y protege a cuantos son víctimas de los desastres naturales, sobre todo al querido pueblo filipino, gravemente afectado por el reciente tifón.

Queridos hermanos y hermanas, en este mundo, en esta humanidad hoy ha nacido el Salvador, Cristo el Señor. No pasemos de largo ante el Niño de Belén. Tenemos miedo de esto, no tengamos miedo que nuestro corazón se conmueva.

Dejemos que nuestro corazón se conmueva, se enardezca con la ternura de Dios; necesitamos sus caricias.Las caricias de Dios no producen heridas, las caricias de Dios nos dan paz y fuerza, necesitamos las caricias de Dios.

El amor de Dios es grande; a Él la gloria por los siglos. Dios es nuestra paz: pidámosle que nos ayude a construirla cada día, en nuestra vida, en nuestras familias, en nuestras ciudades y naciones, en el mundo entero. Dejémonos conMover por la bondad de Dios.


Publicado por verdenaranja @ 21:29  | Habla el Papa
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El santo padre Francisco ha presidido en la basílica Vaticana, a las 21.30 del 24 de Dicembrede 2013, la Santa Misa de la Noche por la Solemnidad de la Navidad del Señor. Durante la celebración eucarística, después de la proclamación del Evangelio, el papa ha pronunicado la siguiente homilía.(Zenit.org)

1. «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1).
Esta profecía de Isaías no deja de co_nMovernos, especialmente cuando la escuchamos en la
Liturgia de la Noche de Navidad. No se trata sólo de algo emotivo, sentimental; nos conmueve porque dice la realidad de lo que somos: somos un pueblo en camino, y a nuestro alrededor –y también dentro de nosotros– hay tinieblas y luces. Y en esta noche, cuando el espíritu de las tinieblas cubre el mundo, se renueva el acontecimiento que siempre nos asombra y sorprende: el pueblo en camino ve una gran luz. Una luz que nos invita a reflexionar en este misterio: misterio de caminar y de ver.

Caminar. Este verbo nos hace pensar en el curso de la historia, en el largo camino de la
historia de la salvación, comenzando por Abrahán, nuestro padre en la fe, a quien el Señor llamó un día a salir de su pueblo para ir a la tierra que Él le indicaría. Desde entonces, nuestra identidad como creyentes es la de peregrinos hacia la tierra prometida. El Señor acompaña siempre esta historia. Él permanece siempre fiel a su alianza y a sus promesas. «Dios es luz sin tiniebla alguna» (1 Jn 1,5). Por parte del pueblo, en cambio, se alternan momentos de luz y de tiniebla, de fidelidad y de infidelidad, de obediencia y de rebelión, momentos de pueblo peregrino y de pueblo errante.
También en nuestra historia personal se alternan momentos luminosos y oscuros, luces y
sombras. Si amamos a Dios y a los hermanos, caminamos en la luz, pero si nuestro corazón se cierra, si prevalecen el orgullo, la mentira, la búsqueda del propio interés, entonces las tinieblas nos rodean por dentro y por fuera. «Quien aborrece a su hermano –escribe el apóstol San Juan– está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos» (1 Jn 2,11).
2. Pueblo en camino pero pueblo peregrino que no quiere ser pueblo errante. En esta noche, como un haz de luz clarísima, resuena el anuncio del Apóstol: «Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2,11).
La gracia que ha aparecido en el mundo es Jesús, nacido de María Virgen, Dios y hombre
verdadero. Ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Ha venido para librarnos de las tinieblas y darnos la luz. En Él ha aparecido la gracia, la misericordia, la ternura del Padre: Jesús es el Amor hecho carne. No es solamente un maestro de sabiduría, no es un ideal al que tendemos y del que nos sabemos por fuerza distantes, es el sentido de la vida y de la historia que ha puesto su tienda entre nosotros.

3. Los pastores fueron los primeros que vieron esta “tienda”, que recibieron el anuncio del
nacimiento de Jesús. Fueron los primeros porque eran de los últimos, de los marginados. Y
fueron los primeros porque estaban en vela aquella noche, guardando su rebaño. El peregrino hacía la vela, y ellos la hacían. Con ellos nos quedamos ante el Niño, nos quedamos en silencio. Con ellos damos gracias al Señor por habernos dado a Jesús, y con ellos, desde dentro de nuestro corazón, alabamos su fidelidad: Te bendecimos, Señor, Dios Altísimo, que te has despojado de tu rango por nosotros. Tú eres inmenso, y te has hecho pequeño; eres rico, y te has hecho pobre; eres omnipotente, y te has hecho débil.
Que en esta Noche compartamos la alegría del Evangelio: Dios nos ama, nos ama tanto que
nos ha dado a su Hijo como nuestro hermano, como luz para nuestras tinieblas. El Señor nos dice una vez más: “No teman” (Lc 2,10). Como han dicho los ángeles a los pastores, 'no teman'. Y también yo les repito: No teman. Nuestro Padre tiene paciencia con nosotros, nos ama, nos da a Jesús como guía en el camino a la tierra prometida. Él es la luz que disipa las tinieblas. Él es la misericordia. Nuestro Padre perdona siempre. Él es nuestra paz. Amén.


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Mi?rcoles, 25 de diciembre de 2013

Mensaje de monseñor José María Arancedo, Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz para la Navidad 2013 (21 de diciembre de 2013) (AICA)

Navidad, expresión del amor y misericordia de Dios


En Navidad celebramos la cercanía de Dios que se nos manifestó en su Hijo. Descubrirnos desde esta presencia que es Amor y vivir bajo la mirada de su Misericordia, es introducirnos en un camino de conocimiento y de confianza en Dios que nos enriquece.

Amor y misericordia no debilitan en Dios la exigencia de la verdad y la justicia, sino que en él se identifican y forman una unidad ejemplar. En nosotros, en cambio, es un camino progresivo de participación en su vida. Qué triste imagen la de una fe en Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, cuando justifica su agresividad porque lo hace en defensa de la verdad, no comprende que su plenitud está en el amor. Igualmente, cuando por un sentido reivindicativo de la justicia se olvida el significado de la misericordia. Una verdad que no nos abra al amor, no pertenece al evangelio de Jesucristo. Asimismo, una justicia que nos exima de la misericordia, tampoco pertenece al proyecto de Dios manifestado en su Hijo.

Navidad es el inicio de algo nuevo, de Alguien que ha venido a comunicar al hombre la posibilidad de una Vida Nueva. El Concilio Vaticano II expresa este sentido de la venida de Jesucristo, diciendo que: "Cristo, el nuevo Adán, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación" (G. S. 22). Navidad es la presencia de Dios que ha venido a iluminar nuestra vida, y a enseñarnos a ser sus hijos y hermanos entre nosotros. Considero oportuno, en el marco de esta Navidad, ver nuestras relaciones desde el amor y la misericordia. Ellas suponen, ciertamente, el valor y la exigencia de la verdad y la justicia. ¡Pero cuánta falta de caridad vemos invocando la defensa de la verdad! Me pregunto si esta verdad tiene su fuente en Dios, san Pablo nos exhorta a que: "viviendo en la verdad y en el amor, crezcamos plenamente, unidos a Cristo" (Ef. 4, 15). ¡Pero también cuánta insensibilidad cuando al invocar la justicia nos endurecemos ante el dolor o necesidad de un hermano! Esta justicia, me pregunto: ¿tiene su fuente en Dios, o sólo sirve para justificar mi dureza, mi ira o, tal vez, el deseo de venganza? La misericordia no niega la justicia, pero no se encierra en ella como en un absoluto.

Navidad nos muestra, decíamos, el amor y la misericordia de Dios hecho camino y vida en su Hijo. Su propuesta es siempre el ofrecimiento a mi libertad de una Vida Nueva. Hay rutinas que no nos ayudan a salir de esquemas que nos dan una aparente seguridad, pero nos detienen en ese camino hacia algo nuevo, nos acostumbramos a lo pequeño. Por ello, les sugiero que en esta Navidad revisemos nuestra vida y relaciones desde esa plenitud del amor y la misericordia, que es el centro del mensaje de Jesucristo. Esto requiere de una disposición interior que nos abra a un camino de renovación espiritual. El amor y la misericordia es ese "plus" que eleva a la verdad y a la justicia a su plenitud. Diría que en ellas se manifiesta el testimonio creativo de la presencia de Dios, que es fuente de alegría y de paz.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo, Arzobispado de Santa Fe de la Vera Cruz


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El santo padre Francisco el sábado 21 de Diciembre de 2013 por la mañana tuvo la tradicional audiencia con la Curia Romana en ocasión de los saludos navideños diregiendo las siguientes palabras.(Zenit.org)

 

Señores Cardenales,
 Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas . Agradezco de corazón las palabras del cardenal decano.


El Señor nos ha dado la gracia de recorrer una vez más el camino del Adviento, y hemos llegado rápidamente a los últimos días previos ala Navidad, días impregnados de un clima espiritual único, lleno de sentimientos, recuerdos, signos litúrgicos y no litúrgicos, como el Portal de Belén... En este clima se enmarca también el tradicional encuentro con ustedes, Superiores y Oficiales de la Curia Romana, que colaboran cotidianamente en el servicio a la Iglesia.

Saludo a todos cordialmente. Y permítanme que lo haga en particular a Monseñor Pietro Parolin, que ha comenzado recientemente su servicio de Secretario de Estado y necesita nuestras oraciones.
Este tiempo, en el que nuestros corazones rebosan de gratitud a Dios, que nos ha amado hasta dar a su Hijo Unigénito por nosotros, es el momento de darnos las gracias también entre nosotros.

Y, en esta primera Navidad como Obispo de Roma, siento la necesidad de decirles a ustedes un efusivo «gracias»: a todos como comunidad de trabajo y a cada uno personalmente. Gracias por su servicio cotidiano: por el celo, la diligencia, la creatividad; gracias por el esfuerzo, no siempre fácil, de colaborar en el trabajo, de escucharse y confrontarse, de valorar personalidades y cualidades diferentes en el respeto recíproco.


Deseo expresar mi gratitud de manera particular a los que en este periodo terminan su servicio y se jubilan. Ya sabemos que como sacerdotes nunca se jubilan y obispos, pero sí del cargo, y es justo que sea así, también para dedicarse más a la oración y la cura de almas, comenzando por la suya.

Así pues, un «gracias» especial, de corazón, a ustedes, queridos hermanos que dejan la Curia, sobre todo a los que han trabajado aquí durante muchos años y con tanta dedicación, en lo escondido. Esto es verdaderamente digno de admiración.

Admiro mucho a estos monseñores que siguen el modelo de los antiguos curiales, personas ejemplares...Pero también hoy los tenemos. Personas que trabajan con competencia, con rigor, con abnegación, desempeñando con esmero sus tareas de cada día.

Quisiera mencionar aquí alguno de estos hermanos nuestros para expresarle mi admiración y reconocimiento, pero sabemos que lo primero que se nota en una lista son los que faltan; y, si lo hiciera, correría el riesgo de olvidarme de alguno y de cometer así una injusticia y una falta de caridad.

Pero quiero decir a estos hermanos que constituyen un testimonio muy importante en el camino de la Iglesia.
 De este modelo y este testimonio, tomo las características del oficial de la Curia y, más aún, del Superior que me gustaría destacar: la profesionalidad y el servicio.
La profesionalidad, que significa competencia, estudio, actualización...

Es un requisito fundamental para trabajar en la Curia. Naturalmente, la profesionalidad se va formando, y en parte también se adquiere; pero pienso que, precisamente para que se forme y para que se adquiera, es necesario que haya una buena base desde el principio.


Y la segunda característica es el servicio, servicio al Papa y a los obispos, a la Iglesia universal y a las iglesias particulares. En la Curia Romana se aprende, «se respira» de un modo especial precisamente esta doble dimensión de la Iglesia, esta compenetración entre lo universal y lo particular; y me parece que ésta es una de las más bellas experiencias de quien vive y trabaja en Roma: «sentir» la Iglesia de esta manera.

Cuando no hay profesionalidad, lentamente se va resbalando hacia el área de la mediocridad. Los expedientes se convierten en informes de «cliché» y en comunicaciones sin levadura de vida, incapaces de generar horizontes de grandeza.

Por otro lado, cuando la actitud no es de servicio a las iglesias particulares y a sus obispos, crece entonces la estructura de la Curia como una pesada aduana burocrática, controladora e inquisidora, que no permite la acción del Espíritu Santo y el crecimiento de Pueblo de Dios
.

A estas dos cualidades, la profesionalidad y el servicio, quisiera añadir una tercera, que es la santidad de vida. Sabemos muy bien que esto es lo más importante en la jerarquía de valores. En efecto, también está en la base de la calidad del trabajo, del servicio.

Y quiero decir aquí, que en la curia romana hubo y hay santos, y lo he dicho públicamente más de una vez, para agradecer al Señor.

Santidad significa vida inmersa en el Espíritu, apertura del corazón a Dios, oración constante, humildad profunda, caridad fraterna en las relaciones con los colegas.

También significa apostolado, servicio pastoral discreto, fiel, ejercido con celo en contacto directo con el Pueblo de Dios. Esto es indispensable para un sacerdote.
La santidad en la Curia significa también hacer objeción de conciencia a las habladurías. Sí, objeción de conciencia a las habladurías.

Nosotros insistimos mucho en el valor de la objeción de conciencia, y con razón, pero tal vez deberíamos ejercerla también para oponernos a una ley no escrita de nuestros ambientes, que por desgracia es la de la habladuría.

Así pues, hagamos todos objeción de conciencia; y –fíjense ustedes– no lo digo sólo desde un punto de vista moral. La habladuría daña la calidad de las personas, del trabajo y del ambiente.


Queridos hermanos, sintámonos todos unidos en este último tramo del camino a Belén. Nos puede venir bien meditar sobre el papel de san José, tan callado y tan necesario al lado de la Virgen María. Pensemos en él, en su preocupación por su esposa y por el Niño.

Esto nos dice mucho sobre nuestro servicio a la Iglesia. Por tanto, vivamos esta Navidad muy unidos espiritualmente a san José.
 Esto nos hará bien a todos.

Les agradezco mucho su trabajo, y sobre todo sus oraciones. Me siento realmente «sostenido» por las oraciones, y les pido que sigan apoyándome así. También yo les recordaré ante el Señor y los bendigo, deseándoles una Navidad de luz y de paz a cada uno de ustedes y a sus seres queridos.
¡Feliz Navidad!

(RED/HSM)


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Lunes, 23 de diciembre de 2013

Reflexión a las lecturas de la misa de la Natividad del Señor ofrecida por el sacerdote don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR"

La Natividad del Señor        

 

¡Por el camino del Adviento hemos llegado a la Navidad!

Nos disponemos, pues, a celebrar el Nacimiento de Jesús y sus primeras manifestaciones hasta llegar a su Bautismo, cuando va a iniciar su Vida Pública. ¡Es el Tiempo de Navidad! Recordamos y celebramos, por tanto, casi toda la vida del Señor.

Y no celebramos estos acontecimientos como si se tratara sólo del recuerdo de algo que sucedió hace mucho tiempo; porque el Misterio de la Liturgia de la Iglesia –del Año Litúrgico- hace que estos acontecimientos se hagan, de algún modo, presentes, de manera que podamos ponernos en contacto con ellos y llenarnos de la gracia de la salvación (Const. Liturgia, 102). Es lo que se llama el “hoy” de la Liturgia.

Y esto es muy importante  ¡Cambia por completo el sentido de la celebración!

El Papa S. León Magno (S. V), en una homilía de Navidad, decía: “Hoy, queridos hermanos, ha nacido nuestro Salvador. Alegrémonos…” (Hom. Nav. I).

Y en la Misa de Medianoche, por poner otro ejemplo, repetimos, en el salmo responsorial: “Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”.

Y lo tomamos tan en serio, que nos felicitarnos unos a otros por la “suerte” que hemos tenido al haber encontrado a Jesucristo en nuestro camino, al haber sido acogidos por la Iglesia, que es Madre y Maestra, y al poder celebrar la llegada de la salvación…

¡Cuántas gracias debemos dar a Dios Padre, que nos concede, un año más, celebrar estas fiestas tan grandes y tan hermosas!

Éstas son fiestas de mucha alegría, como comentaba el Domingo 3º de Adviento. Alegría que, decía, radica en el corazón, y que es desbordante en manifestaciones externas, ya tradicionales. Alegría que debe ser mucho mayor que si nos hubiera tocado la lotería...

Es tan importante y real todo esto, que la Navidad nos exige un cambio de vida, y debe marcar un antes y un después en la vida de cada cristiano. Es lo que nos dice San Pablo en la segunda lectura de la Misa de Medianoche: “Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos y a llevar ya, desde ahora, una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: La aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo”.

Y nadie puede decir, por ningún motivo: “Se me estropeó la Navidad.” O también: “¿En estas circunstancias, cómo puedo celebrar la Navidad?” “¿Cómo vamos a felicitar la Navidad a un enfermo?, me decía alguien, en una ocasión.

La Navidad nos encuentra cada año en una situación distinta. Y desde ahí, desde ese “lugar concreto”, tenemos que salir al encuentro del Señor que llega, que quiere llegar a cada uno de nosotros, sin ninguna excepción. Y esto se realiza, especialmente, en la Eucaristía de la Navidad, en la que el Señor viene a cada uno, en la Comunión. Es lo más parecido al Portal de Belén y al mismo Cielo.

Ya San León Magno, en la homilía que antes comentaba, decía: “Nadie tiene que sentirse alejado de la participación de semejante gozo, a todos es común la razón para el júbilo”.

En resumen, como los pastores, “vayamos a Belén a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor…”, para que podamos volver al encuentro con los hermanos, también como los pastores, “dando gloria y alabanza a Dios” por todo lo que hemos  visto y  oído”. (Cfr. Lc 2, 15-20).      

¡Feliz Día del Señor!  ¡Feliz Navidad!


Publicado por verdenaranja @ 23:00  | Espiritualidad
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MISA DE MEDIANOCHE DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

MONICIONES

 

PRIMERA LECTURA              

        El profeta anuncia el gozo inexpresable de la salvación, semejante al del labrador, que recoge una cosecha abundante o al del guerrero, que reparte un rico botín. La victoria sobre el enemigo es obra de un Niño Rey, dado por Dios a los hombres. Escuchemos.

 

SALMO

El salmo que vamos a proclamar como respuesta a la Palabra de Dios, expresa la alegría de la  llegada del Salvador en esta noche santa. Proclamemos ahora todos esta gran alegría, cantando.

 

SEGUNDA LECTURA

        El apóstol extrae del acontecimiento de la Venida del Señor unas consecuencias prácticas fundamentales para la vida de los cristianos. Parecen expresamente inspiradas para el hombre de hoy.  Escuchemos con atención.

 

TERCERA LECTURA

Con una gran solemnidad S. Lucas nos guía hasta un pesebre de las afueras de Belén donde nace Jesús, el Señor de la historia y del mundo entero. Los pobres y los sencillos, los pastores, son los primeros en llegar. ¡El cielo se une con la tierra! ¡Dios está en medio de nosotros!

Cantemos el aleluya al Señor Jesús, nacido para nuestra salvación.

 

OFRENDAS

        Como los pastores fueron a Belén llevando sus dones, llevemos ahora nosotros al altar, con generosidad y alegría, nuestra ofrendas parala Eucaristía.

 

COMUNIÓN        

En la Comunión, recibimos al mismo Señor Jesucristo que se encarnó en la Virgen María y nació en Belén para nuestra salvación. Después de haber recibido el sacramento dela Penitencia en las celebraciones del Adviento, recibimos ahora la Comunión. Ésta es la mejor manera de celebrar la Navidad. Jesucristo viene a nosotros como vino un día a María, como nació un día en Belén. ¡Cada vez que un hombre recibe el Cuerpo del Señor es  Navidad!


Publicado por verdenaranja @ 22:56  | Liturgia
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Domingo, 22 de diciembre de 2013

El santo padre Francisco se dirigió el domingo 22 de Diciembre e 2013 desde la ventana del estudio pontificio a la multitud reunida en la plaza de San Pedro. Rezó la oración del ángelus y pronunció las siguientes palabras. (Zenit.org)

"Queridos hermanos y hermanas

En este cuarto domingo de Adviento el evangelio nos narra los hechos precedentes al nacimiento de Jesús, y el evangelista Mateo los presenta desde el punto de vista de san José, el prometido esposo de María.

José y María vivían en Nazaret; no habitaban todavía juntos porque el matrimonio no se había realizado. En ese tiempo intermedio, María después de haber recibido el anuncio del ángel quedó en cinta por obra del Espíritu Santo. Cuando José se da cuenta de este hecho queda desconcertado. El evangelio no explica cuáles eran sus pensamientos pero nos dice lo esencial: él quiere hacer la voluntad de Dios y está listo a la renuncia más radical.

En cambio de defenderse para hacer valer sus derechos, José elige una solución que para él representa un sacrificio enorme: 'Porque era un hombre justo y no quería acusarla publicamente, pensó de repudiarla en secreto'.

De manera breve esta frase reasume un verdadero y propio drama interior, si pensamos al amor que José tenía por María. Pero también en tal circunstancia, José quiere hacer la voluntad de Dios y decide, seguramente con gran dolor, despedir a María en secreto.

Es necesario meditar sobre estas palabras para entender la prueba que José debió superar en los días anteriores al nacimiento de Jesús. Una prueba similar al sacrificio de Abram cuando Dios le pidió a su hijo Isaac: renunciar a la cosa más preciosa, a la persona más amada. Pero como en el caso de Abram, el Señor interviene: ha encontrado la fe que buscaba y abre un camino diverso, un camino de amor y felicidad: 'José -le dice- no temas de tomar contigo a María, tu esposa. De hecho el niño que ha sido generado en ella proviene del Espíritu Santo'.

Este evangelio nos muestra toda la grandeza de animo de José. Él estaba siguiendo un buen proyecto de vida pero Dios reservaba para él otro plan, una misión más grande.

José era un hombre que siempre sabía escuchar la voz de Dios, era profundamente sensible a su secreta voluntad, un hombre atento a los mensajes que le llegaban desde lo más profundo del corazón y desde lo alto.

No se había obstinado a seguir su proyecto de vida, no permitió que el rencor le envenenara el ánimo, sino que estuvo listo a ponerse a disposición de la novedad que, de manera desconcertante le era propuesta.

Es así un hombre bueno que no odiaba, no permitió que el rencor que le avenenara el alma. Cuantas veces nos ha sucedido a nostros que el odio y la antipatía incluida, el rencor nos envenenan el alma. Y esto nos hace mal. No permitirlo nunca: él es un ejemplo de esto. Y así José se volvió aún más grande. 

Aceptándose de acuerdo al designio del Señor, José se encuentra plenamente consigo mismo, más allá de sí mismo. Esta libertad de renunciar a lo que es suyo, a la posesión de su propia existencia y esta plena disponibilidad interior a la voluntad de Dios, nos interrogan y nos muestran el camino.

Nos disponemos por ello a celebrar la Navidad, contemplando a María y a José: María la mujer llena de gracia y que tuvo el coraje de confiar totalmente en la palabra de Dios. José, el hombre fiel y justo que prefirió creer en el Señor, en cambio de escuchar las voces de la duda y del orgullo humano. Con ellos caminamos hacia Belén”.

Después de rezar el ángelus el papa se dirige nuevamente a los presentes.

"Leo escrito grande: 'Los pobres no pueden esperar'. Es bello y esto me hace pensar que Jesús ha nacido en un establo y no en una casa. Después tuvo que escapar hacia Egipto para salvar su vida. Después retornó a Nazaret.

Hoy pienso, también leyendo este cartel, a tantas familias sin casa, sea porque nunca la tuvieron o porque la perdieron por motivos diversos. Familia y casa van juntas. Es muy difícil llevar adelante una familia, ser una familia si no se vive en una casa. En estos días de Navidad invito a todos, personas, entes sociales y autoridades, para que hagan todo lo posible para  que cada familia pueda tener una casa.

Saludo con afecto a todos ustedes, queridos peregrinos provenientes de varios países para participar a este encuentro de oración. Mi pensamiento va a los grupos parroquiales, a las asociaciones y a los fieles individualmente. En particular saludo la comunidad de Pontificio Instituto de las Misiones Extranjeras, a la banda musical de San Giovanni Valdano, a los jóvenes de la parroquia de San Francesco Nuovo en Rieti, y a los participantes a la estafeta que partió desde Alessandria (en el norte de Italia) y que llegó a Roma para dar testimonio del empeño en favor de la paz en Somalia. Le deseo siempre a todos un buen domingo y una Navidad de esperanza y fraternidad.

Y a todos los que de Italia se han reunido hoy para manifestar sobre las dificultades sociales, les deseo que puedan dar una contribución constructiva, rechazando las tentaciones del enfrentamiento y de la violencia, y siguiendo siempre la vía del diálogo y defendiendo sus derechos.  Les deseo a todos un feliz domingo y una Navidad de esperanza, de justicia y de fraternidad".

Y el papa se despidió con su famoso: “Buon pranzo e arrivederci”.


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S?bado, 21 de diciembre de 2013

El viernes, 20 de Diciembre de 2013, por la mañana, el papa Francisco asistió, junto a la Curia Romana, a la tercera predicación de Adviento en la Capilla Redemptoris Mater del Vaticano. Como en otras ocasiones, el sermón fue pronunciado por el predicador de la Casa Pontificia, padre Raniero Cantalamessa. El fraile capuchino tituló su reflexión de adviento en preparación a la Navidad: El misterio de la Encarnación contemplado con los ojos de Francisco de Asís. (Zenit.org)

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap - Tercera Predicación de Adviento

EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN CONTEMPLADO
CON LOS OJOS DE FRANCISCO DE ASÍS 

1. Greccio y la institución del pesebre

Todos conocemos la historia de Francisco que en Greccio, tres años antes de su muerte, comenzó la tradición navideña del pesebre; pero es bonito recordarla, brevemente, en esta circunstancia. Escribe el Celano:

“Unos quince días antes de la Navidad del Señor, el bienaventurado Francisco  llamó un cierto Juan, como solía hacerlo con frecuencia, y le dijo: «Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos  lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno. […] Llegó el día, día de alegría, de exultación. El santo de Dios viste los ornamentos de diácono , pues lo era, y con voz sonora canta el santo Evangelio. Su voz potente y dulce, su voz clara y bien timbrada, invita a todos a los premios supremos. Luego predica al pueblo que asiste, y tanto al hablar del nacimiento del Rey pobre como de la pequeña ciudad de Belén dice palabras que vierten miel”[1].

La importancia del episodio no está tanto en el hecho en sí mismo ni en el espectacular continuación que ha tenido en la tradición cristiana; está en la novedad que revela a propósito de la comprensión que el santo tenía del misterio de la encarnación. La insistencia demasiado unilateral, y a veces incluso obsesiva, sobre los aspectos ontológicos de la Encarnación (naturaleza, persona, unión hipostática, comunicación de los idiomas) había hecho perder a menudo de vista la verdadera naturaleza del misterio cristiano, reduciéndolo a un misterio especulativo, de formular con categorías cada vez más rigurosas, pero muy lejos del alcance de las personas.

Francisco de Asís nos ayuda a integrar la visión ontológica de la Encarnación, con la más existencial y religiosa. No importa, de hecho, saber solo que Dios se ha hecho hombre; importa también saber que tipo de hombre se ha hecho. Es significativo la forma distinta y complementaria en la que Juan y Pablo describen el evento de la encarnación. Para Juan, consiste en el hecho de que el Verbo que era Dios se ha hecho carne (cf. Jn 1, 1-14): para Pablo, consiste en el hecho de que "Cristo, siendo de naturaleza divina, ha asumido la forma de siervo y se ha humillado a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte" (cf. Fil 2, 5 ss). Para Juan, el Verbo, siendo Dios, se ha hecho hombre; para Pablo "Cristo, de rico que era, se ha hecho pobre" (cf. 2 Cor 8, 9).

Francisco de Asís se sitúa en la línea de san Pablo. Más que sobre la realidad ontológica de la humanidad de Cristo (en la cual cree firmemente junto a toda la Iglesia), insiste, hasta la conmoción, sobre la humildad y la pobreza de esta. Dicen las fuentes, que había dos cosas que tenían el poder de co_nMoverlo hasta las lágrimas cada vez que oía hablar de ellas:  “la humildad de la encarnación de la caridad de la pasión”[2]. “No recordaba sin lágrimas la penuria que rodeó aquel día a la Virgen pobrecilla. Una vez que se sentó a comer le dijo un hermano que la Santísima Virgen era tan pobrecilla, que a la hora de comer no tenía nada que dar a su Hijo. Oyendo esto el varón de Dios, suspiró con gran angustia, y, apartándose de la mesa, comió pan sobre la desnuda tierra”[3] .

Francisco dio de nuevo así "carne y sangre" a los misterios del cristianismo a menudo "desencarnados" y reducidos a conceptos y silogismos en las escuelas teológicas y en los libros. Un estudioso alemán vio en Francisco de Asís aquel que ha creado las condiciones para el nacimiento del moderno renacimiento del arte, en cuanto que disuelve personas y eventos sagrados de la rigidez estilizada de pasado y les confiere concreción y vida[4]

2. La Navidad y los pobres

La distinción entre el hecho de la encarnación y el modo de ésta, entre su dimensión ontológica y la existencial, nos interesa porque arroja una luz singular sobre el problema actual de la pobreza y de la actitud de los cristianos hacia ella. Ayuda a dar un fundamento bíblico y teológico a la elección preferencial por los pobres, proclamada en el Concilio Vaticano II. Si de hecho por el hecho de la encarnación, el Verbo tiene, en cierto sentido, asumido a cada hombre, como decían ciertos Padres de la Iglesia, por el modo en el que ha sucedido la encarnación, él ha asumido, de una forma particular, el pobre, el humilde, el que sufre, hasta el punto de identificarse con él.

Ciertamente, en el pobre no se tiene el mismo género de presencia de Cristo que se tiene en la Eucaristía o en otros sacramentos, pero se trata de una presencia también "real". Él ha instituido este signo, como ha instituido la Eucaristía. Él que pronunció sobre el pan las palabras: "Esto es mi cuerpo", dijo estas mismas palabras también sobre los pobres. Lo ha dicho cuando, hablando de lo que se ha hecho, o no se ha hecho, por el hambriento, el sediento, el prisionero, el desnudo y el exiliado, declaró solemnemente: "Lo habéis hecho a mí", y "no lo habéis hecho a mí". Esto de hecho equivale a decir: "Esa persona realmente rota, necesitada de un poco de pan, ese anciano que moría entumecido por el frío sobre la acera, ¡era yo!". "Los padres conciliares - escribió Jean Guitton, observador laico del Vaticano II - han redescubierto el sacramento de la pobreza, la presencia de Cristo bajo la especie de aquellos que sufren"[5].

No acoge plenamente a Cristo quien no está dispuesto a acoger al pobre con el que él se ha identificado. Quien, al momento de la comunión, se siente lleno de fervor al recibir a Cristo, pero tiene el corazón cerrado a los pobres, se asemeja, diría san Agustín, a uno que ve venir de lejos un amigo que no ve desde hace años. Lleno de alegría, corre hacia él, se pone de puntillas para besarle la frente, pero al hacerlo no se da cuenta que le está pisando con zapatos de clavos. Los pobres de hecho son los pies desnudos que Cristo tiene todavía posados sobre la tierra.

El pobre es también él un "vicario de Cristo", uno que toma el lugar de Cristo. Vicario, en sentido pasivo, no activo. No en ese sentido, es decir, que lo que hace el pobre es como si lo hiciera Cristo, si no en el sentido que lo que se hace al pobre es como si se le hiciese a Cristo. Es verdad, como escribe san León Magno, que después de la ascensión, "todo lo que era visible de nuestro Señor Jesucristo ha pasado en las signos sacramentales de la Iglesia"[6], pero también es verdad que, desde el punto de vista existencial, esto ha pasado también en los pobres y en todos aquellos con los que él dijo: "Lo habéis hecho a mí".

Vemos la consecuencia que deriva de todo esto en el plano de la eclesiología. Juan XXIII, en ocasión del Concilio, usó la expresión "Iglesia de los pobres"[7]. Esta expresión reviste un significado que va quizá más allá de lo que se entiende a primera vista. ¡La Iglesia de los pobres no está constituida solo por los pobres de la Iglesia! En un cierto sentido, todo los pobres del mundo, estén bautizados o no, le pertenecen. Su pobreza y sufrimiento es su bautismo de sangre. Si los cristianos son aquellos que han sido "bautizados en la muerte de Cristo" (Rom 6, 3), ¿quién está más bautizado en la muerte de Cristo que ellos?

¿Cómo no considerarles, en cierto modo, Iglesia de Cristo, si Cristo mismo les ha declarado su cuerpo? Ellos son "cristianos", no porque se declaren pertenecientes a Cristo, sino porque Cristo les ha declarado pertenecientes a si mismo: "¡Lo habéis hecho a mí!" Si hay un caso en el que la controvertida expresión "cristianos anónimos" puede tener una aplicación plausible, es precisamente este de los pobres.

La Iglesia de Cristo es por tanto inmensamente más grande de lo que dicen las estadísticas actuales. No por decirlo así, sin más, si no, realmente. Ninguno de los fundadores de religiones se ha identificado con los pobres como ha hecho Jesús. Ninguno ha proclamado: "Todo lo que habéis hecho a uno solo de estos mis hermanos pequeños, lo habéis hecho a mí" (Mt 25, 40), donde el "hermano pequeño" no indica solo el creyente en Cristo, sino como es admitido por todos, cada hombre.

De ello se desprende que el Papa, vicario de Cristo, es realmente el "padre de los pobres", el pastor de este rebaño inmenso, y es una alegría y un estímulo para todo el pueblo cristiano ver cuánto este rol ha sido tomado en el corazón de los últimos Sumos Pontífices y de una forma particular del pastor que se sienta hoy en la cátedra de Pedro. Él es la voz más autorizada que se levanta en su defensa. La voz de los que no tienen voz. ¡Realmente no "se ha olvidado de los pobres"!

Lo que el Papa escribe, en la reciente exhortación apostólica, sobre la necesidad de no quedar indiferentes frente al drama de la pobreza en el mundo globalizado de hoy, me ha hecho venir a la mente una imagen. Nosotros tendemos a meter, entre nosotros y los pobres, dobles ventanas. El efecto de las dobles ventanas, muy usado hoy en los edificios, impide el paso del frió, del calor y del ruido, disuelve todo, hace llegar todo amortiguado, apagado. Y de hecho vemos a los pobres moverse, agitarse, gritar detrás de la pantalla de la televisión, en las páginas de los periódicos y de las revista misioneras, pero su grito nos llega como de muy lejos. No nos penetra en el corazón. Lo digo con mi propia confusión y vergüenza. La palabra: "¡los pobres!” provoca, en lo países ricos, lo que provocaba en los antiguos romanos el grito "¡los bárbaros": el desconcierto, el pánico. Ellos se afanaban en construir murallas y en enviar ejércitos a las fronteras para mantenerlos a raya; nosotros hacemos lo mismo, de otros modos. Pero la historia dice que todo es inútil.

Lloramos y nos quejamos - ¡y con razón! - por los niños a quienes se impide nacer, ¿pero no hay que hacer lo mismo por los millones de niños que nacen y están condenados a muerte por el hambre, las enfermedades, niños que se ven obligados a ir a la guerra y matar a otros, por intereses a los qué no resultan extraños hombres de negocio de los países ricos? ¿No será porque los primeros pertenecen a nuestro continente y tienen nuestro mismo color, mientras que los segundos pertenecen a otro continente y tienen un color diferente? Protestamos - ¡y con mucha razón! - por los ancianos, los enfermos, los deformes ayudados (a veces forzados) a morir con la eutanasia; ¿pero no deberíamos hacer lo mismo por los ancianos que mueren congelados de frío o abandonados a su suerte? La ley liberal "vive y deja vivir" nunca debe convertirse en la ley de "vive y deja morir", como sin embargo está sucediendo en el mundo.

Por supuesto, la ley natural es santa, pero es  precisamente para tener la fuerza de aplicarla por lo que necesitamos recomenzar desde la fe en Jesucristo. San Pablo ha escrito: "Lo que la ley no podía, rendida impotente a causa de la carne, Dios lo hizo posible, enviando a su Hijo" (Rom 8, 3). Los primeros cristianos, con sus costumbres, ayudaron al estado a cambiar sus leyes; los cristianos de hoy no podemos hacer lo contrario y pensar que es el estado con sus leyes quien tiene que cambiar las costumbres de la gente.

3. Amar, auxiliar y evangelizar a los pobres

La primera cosa que es necesario hacer respecto a los pobres, es entonces  romper los cristales aislantes, superar la indiferencia y la insensibilidad. Debemos, como justamente nos exhorta el Papa, “darnos cuenta” de los pobres, dejarnos tomar por una sana inquietud ante su presencia en medio a nosotros, muchas veces a dos pasos de nuestra casa. Lo que debemos hacer en concreto por ellos lo podemos resumir en tres palabras: amarlos, auxiliarlos y evangelizarlos.

Amar a los pobres. El amor por los pobres es una de las características más comunes de la santidad católica. Para el mismo san Francisco, lo hemos visto en la primera meditación, el amor por los pobres, a partir de Cristo pobre, viene antes del amor a la pobreza y fue eso que le llevó a desposar la pobreza. Para algunos santos como san Vicente de Paul, madre Teresa de Calcuta y tantos otros, el amor por los pobres fue incluso el camino a la santidad, su carisma.

Amar a los pobres significa sobretodo respetarlos y reconocerles su dignidad. En ellos, justamente por la falta de otros títulos y distinciones secundarias, brilla con una luz más viva la radical dignidad del ser humano. En una homilía de Navidad hecha en Milán, el cardenal Montini decía: “La visión completa de la vida humana bajo la luz de Cristo ve en un pobre algo más que un necesitado; ve al hermano misteriosamente revestido de una dignidad que obliga a tributarle reverencia, a acogerlo con premura, a compadecerlo más allá del mérito”[8].

Pero los pobres no merecen solamente nuestra conmiseración, se merecen también nuestra admiración. Ellos son verdaderos campeones de la humanidad. Cada año se distribuyen copas, medallas de oro, de plata, de bronce; al mérito, a la memoria o a los ganadores de torneos. Y quizás solamente porque han sido capaces de correr en una fracción menos de segundo que los otros, en los cien, doscientos, o cuatrocientos metros con obstáculos, o por saltar un centímetro más que los otros, o ganar un maratón o un torneo de slalom.

Y si uno observa los “saltos” mortales, los maratones y los slalom que los pobres son capaces de hacer no sólo una vez, pero durante toda la vida, los resultados de los más famosos atletas nos parecerían juegos de niños. ¿Qué es un maratón respecto, por ejemplo, al que hace un hombre rickshaw de Calcuta, el cual al final de la vida hizo a pie el equivalente a diversas vueltas de la tierra, en el calor tremendo, jalando a uno o dos pasajeros por calles maltrechas, entre baches y pozos, zigzagueando entre los autos para no ser atropellado?

Francisco de Asís nos ayuda a descubrir un motivo aún más fuerte para amar a los pobres: el hecho de que ellos no son simplemente nuestros “similares” o nuestro “prójimo”: ¡son nuestros hermanos! Jesús había dicho: “Uno sólo es vuestro Padre celeste y ustedes son todos hermanos” (cf. Mt 23,8-9), pero esta palabra había sido entendida hasta ahora como dirigida solamente a sus discípulos. En la tradición cristiana, hermano en el sentido literal es solamente quien comparte la misma fe y ha recibido el mismo bautismo.

Francisco retoma la palabra de Cristo y le da un alcance universal, que es aquel que seguramente tenía en su mente también Jesús. Francisco ha puesto realmente “todo el mundo en estado de fraternidad”[9]. Llama hermanos no solamente a sus frailes y a los compañeros de la fe, sino también a los leprosos, los ladrones, sarracenos, o sea creyentes y no creyentes, buenos o malos, especialmente a los pobres. Novedad ésta absoluta, extiende el concepto de hermano y hermana también a las criaturas inanimadas: el sol, la luna, la tierra, el agua y hasta a la muerte. Esta evidentemente es poesía más que teología. El santo sabe bien que entre ellas y las criaturas humanas hechas a imagen de Dios, existe la misma diferencia que entre el hijo de un artista y las obras por él creadas. Pero es que el sentido de fraternidad universal del Pobrecillo no tiene confines.

Esto de la fraternidad es la contribución específica que la fe cristiana puede dar para reforzar en el mundo la paz y la lucha contra la pobreza, como sugiere el tema de la próxima Jornada Mundial de la Paz, “Fraternidad, fundamento y vía hacia la paz”. Si pensamos bien, ese es el único fundamento verdadero y no una veleidad. ¿Qué sentido tiene de hecho hablar de fraternidad y de solidaridad humana, si se parte de una cierta visión científica del mundo que conoce, como únicas fuerzas en acción en el mundo, “el caso y la necesidad”? Si se parte, en otras palabras, desde una visión filosófica como la de Nietzsche, según la cual “el mundo no es que voluntad de potencia y cada intento de oponerse a esto es solamente el signo del resentimiento de los débiles contra los fuertes”. Tiene razón quien dice que “si el ser es solamente caos y fuerza, la acción que busca la paz y la justicia está destinada inevitablemente a quedarse sin fundamento”[10]. Falta en este caso una razón suficiente para oponerse al liberalismo desenfrenado y a la “inequidad” denunciada con fuerza por el papa en la exhortación Evangelii gaudium.

Al deber de amar y respetar a los pobres, le sigue el de auxiliarlos. Quien nos encamina es san Jacobo. ¿De qué nos sirve tener piedad delante de un hermano o una hermana sin vestidos y sin alimentos si les decimos: “¡Pobrecito, sufres mucho. Ve, caliéntate y sáciate!”, si no le das nada de lo que necesita para calentarse y nutrirse? La compasión, como la fe, sin obras está muerta (cf. Gc 2, 15-17). Jesús en el juicio no dirá: “Estaba desnudo y se compadecieron”; sino “Estaba desnudo y me han vestido”. No hay que tomársela con Dios ante la miseria del mundo, sino con nosotros mismos.  Un día viendo a una niña que temblaba de frío y que lloraba por el hambre, un hombre fue tomado por un impulso de rebelión y gritó: “Oh Dios, ¿dónde estás? ¿Por qué no haces algo por aquella criatura inocente?”. Cuando una voz interior le respondió: “¡Claro que he hecho algo, te he hecho a ti!. Y entendió inmediatamente.

Hoy, sin embargo, ya no es suficiente simplemente la limosna. El problema de la pobreza se ha vuelto planetario. Cuando los Padres de la Iglesia hablaban de los pobres pensaban en los pobres de su ciudad, o al máximo en los de la ciudad vecina. No conocían otra cosa si no muy vagamente y, por otra parte si la hubieran conocido, hacer llegar ayudas hubiera sido aún más difícil, en una sociedad como aquella. Hoy sabemos que esto no es suficiente, a pesar de que nada nos dispensa de hacer lo que podamos también a este nivel individual.

El ejemplo de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo nos muestra que hay tantas cosas que se pueden hacer para socorrer, cada uno según sus propios medios y posibilidades, los pobres y promover su elevación. Hablando del “grito de los pobres”, en la Evangelica testificatio, Pablo VI decía de modo particular a nosotros religiosos: “Induce a algunos de vosotros a unirse a los pobres en su condición, a compartir sus ansias punzantes. Invita, por otra parte, a no pocos de vuestros Institutos a convertir algunas de sus obras propias en servicio de los pobres”[11].

Eliminar o reducir el injusto y escandaloso abismo que existe entre ricos y pobres en el mundo es el deber más urgente y más ingente que el milenio que ha concluido hace poco ha entregado al nuevo milenio en el que hemos entrado. Esperamos que no sea todavía el problema número uno que el milenio presente deja en herencia a el sucesivo.

Finalmente, evangelizar a los pobres. Esta fue la misión que Jesús reconoció como la suya por excelencia: “El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha ungido para evangelizar a los pobres” (Lc 4, 18) y que indicó como signo de la presencia del Reino a los invitados del Bautista: “A los pobres es anunciada la buena noticia” (Mt 11, 15). No debemos permitir que nuestra mala conciencia nos empuje a cometer la enorme injusticia de privar de la buena noticia a aquellos que son los primeros y más naturales destinatarios. Tal vez, poniendo como excusa, el proverbio que dice "el vientre hambriento no tiene oídos".

Jesús multiplicaba los panes junto con la palabra, más bien antes administraba, a veces durante tres días seguidos, la Palabra y después se preocupaba también de los panes. No sólo de pan vive el pobre, sino también de esperanza y de toda palabra que sale de la boca de Dios. Los pobres tienen el derecho sacrosanto de escuchar el Evangelio en su totalidad, no en la edición abreviada o polémica; el evangelio que habla del amor a los pobres, pero no del odio a los ricos.

4. Alegría en los cielos y alegría en la tierra

Terminamos en otro tono. Para Francisco de Asís, la Navidad no era sólo la oportunidad de llorar sobre la pobreza de Cristo; era también la fiesta que tenía el poder de hacer estallar toda la capacidad de alegrarse que había en su corazón, y era inmensa. En Navidad él hacía locuras literalmente.

 “Quería que en este día los pobres y los mendigos fuesen saciados por los ricos, y que los bueyes y los asnos recibiesen una ración de comida y heno más abundante de lo habitual. Si podré hablar con el emperador -decía- le suplicaré que emane un edicto general, por lo que todos aquellos que tienen la posibilidad, deban esparcir por las calles trigo y cereales, por lo que en un día de tanta solemnidad los pajaritos y particularmente las hermanas alondras tengan en abundancia”[12].

Se convertía como en uno de esos niños que están con los ojos llenos de admiración delante del pesebre. “Durante la función navideña en Greccio, cuenta el biógrafo, cuando pronunciaba el nombre ‘Belén’ se llenaba la boca de voz y todavía más de tierno afecto, produciendo un sonido como el balar de la oveja. Y cada vez que decía ‘Niño de Belén’ o ‘Jesús’, pasaba la lengua sobre los labios, casi para disfrutar y retener toda la dulzura de esas palabras”.

Hay un canto navideño que expresa perfectamente los sentimientos de San Francisco delante del pesebre y no es de extrañar si tenemos en cuenta que ha sido escrito, letra y música, por un santo como él, san Alfonso María de Ligorio. Escuchándolo en el tiempo navideño, dejémonos conmover por su mensaje simple pero esencial:

Bajas de las estrellas o Rey del Cielo,

y vienes en una gruta al frío y al hielo…

A ti que eres del mundo el Creador,

faltan vestido y fuego, o mi Señor.

Querido elegido niñito, cuánto esta pobreza

me inspira amor para ti,

luego que el amor te hizo aún más pobre.

Santo Padre, Venerables Padres, hermanos y hermanas, ¡Feliz Navidad!

[1] Celano, Vida Primera, 84-86 .

[2] Ib. 30.

[3] Celano, Vida Segunda, 151.

[4] H. Thode, Francisco de Asís y los inicios del arte del Renacimiento en Italia, Berlín 1885.

[5] J. Guitton, cit. por R. Gil, Presencia de los pobres en el concilio, en “Proyección” 48, 1966, p.30.

[6] S. León Magno, Discurso 2 sobre la Ascensión, 2 (PL 54, 398).

[7] En AAS 54, 1962, p. 682.

[8] Cf. El Jesús de Pablo VI, editado por V. Levi, Milán 1985, p. 61.

[9] P. Damien Vorreux, San Francisco de Asís, Documentos, París 1968, p. 36.

[10] V. Mancuso, en La Repubblica, Viernes 4 de octubre de 2013.

[11] Pablo VI, Evangelica testificatio, 18 (Ench. Vatic., 4, p.651).

[12] Celano, Vida Segunda,  151.



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Viernes, 20 de diciembre de 2013

Reflexión al evangelio del domingo cuarto de Adviento - A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR" 

4º Domingo de Adviento A

 

Durante el Tiempo de Adviento, que va a terminar, diversos personajes han surgido en medio de nuestras celebraciones, para guiar nuestra preparación para la Navidad. En primer lugar, los profetas, especialmente, Isaías, que nos han anunciado los tiempos del Mesías, S. Juan Bautista, que nos ha señalado la conversión y las buenas obras como camino de preparación para la Navidad y la Virgen María, que es como “el Icono del Adviento”. En Ella, descubrimos la forma concreta de prepararnos,  de modo que el Señor Jesús pueda venir a cada uno de nosotros, a nuestro corazón y a nuestra vida. Lo contemplábamos en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción.

En el cuarto Domingo, vuelve a surgir, en medio de nuestra celebración, la figura entrañable, luminosa y ejemplar, de la Virgen Madre.

Con qué delicadeza y claridad nos presenta el evangelista S. Mateo la fe de la Iglesia en el misterio inefable de la Maternidad de María.

 Nos dice el evangelista que la Virgen María va a tener un Hijo, pero que aún no convivía con José, su esposo. Será, por tanto, sin concurso de varón, por obra del Espíritu Santo. San José decide “repudiarla en secreto”, en lugar de denunciarla como adúltera, y que la apedrearan. En sueños, un ángel le descubre  “el misterio”, y él la lleva a su casa.

Pero la realidad de la virginidad de María no significa desprecio o menosprecio de la sexualidad y de la maternidad humana. Dios no actúa así. Lo que nos enseña es que aquel Niño que viene, no es un niño como los demás; es el Hijo de Dios que viene a salvarnos. Nos enseña, además, que la salvación que Él nos trae, viene toda de Dios. El hombre no puede salvarse a sí mismo. La salvación no viene de la capacidad y del poder humano sino de Dios. Incluso, el parto en Belén, será distinto, será un parto virginal. El Hijo de Dios ha querido llegar así hasta nosotros. Y Dios no hace milagros sin necesidad.

Lo impresionante es pensar hasta qué punto la Virgen se fía de Dios. ¡Si podían haberla apedreado…!  También José confía en Dios en “la noche de la fe”.  Él va a hacer “las veces de padre” de un niño que no procede de él. Su esposa ha sido elegida por Dios para el misterio de la Encarnación y, en ese misterio, Dios le ha colocado también a él.

La Virgen, llevando en su seno al Hijo de Dios, es “la señal”  de la presencia y de la acción de Dios en el mundo, de la que nos habla la primera lectura de hoy.  Ella es la respuesta de Dios al hombre, que esperaba un Salvador;  ella, la señal luminosa y

espléndida, del cumplimiento de las promesas del Señor al pueblo de Israel; En ella convergen los anhelos, las ilusiones y las esperanzas de todos los pueblos de la tierra, que, de un modo u otro, andan buscando también “un mesías”, “un salvador”.

¡Dichosos nosotros si acertamos a cogernos de la mano de la Virgen María a la hora de iniciar el camino de la Navidad!

“¡Va a entrar el Señor. Él es el Rey de la Gloria!”, repetimos este domingo en el salmo responsorial. ¡Dichosos los que están preparados para salir a su encuentro, para abrirle las puertas de su corazón y de su vida!

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!  ¡FELIZ NAVIDAD!


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CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO A   

MONICIONES

 

PRIMERA LECTURA

        “Mirad la Virgen concebirá”.

 Bajo una falsa religiosidad, el rey Acaz oculta una absoluta falta de fe: confía más en el rey de Asiria que en Dios. El profeta le ofrece un signo: el nacimiento de un niño de una madre virgen. Esta profecía alcanza su cumplimiento pleno en el nacimiento del Mesías de la Virgen María.

 

SEGUNDA LECTURA

“Jesucristo, de la estirpe de David, Hijo de Dios”.

La segunda lectura de hoy nos manifiesta la condición divina y humana del Señor, que ha venido hasta nosotros y nos da un don y una misión: hacernos mensajeros del Evangelio.

 

TERCERA LECTURA  

        “Jesús nacerá de María, desposada con José, de la estirpe de David”

        El evangelio que vamos a escuchar nos presenta el nacimiento de Jesucristo, envuelto en circunstancias misteriosas. De este modo, se manifiesta la grandeza y cercanía del Hijo de Dios, que trae la salvación a los hombres.

        Aclamémosle ahora con el canto del aleluya.

 

COMUNIÓN

        En la Comunión experimentamos la cercanía de Dios, que ha venido hasta nosotros como Salvador.

        Que Él disponga nuestros corazones para que lo recibamos en esta Navidad como la Virgen María lo recibió.

       


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Homilía de monseñor Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú para el tercer domingo de Adviento (15 de diciembre de 2013) (AICA)

“El Señor es mi Dios y mi Salvador, en Él confío” (Is. 12,2)

Ya está próxima la Navidad y la alegría inunda el corazón de los creyentes y de toda la Iglesia. Jesús, el Mesías, llega y es el gran acontecimiento salvífico que celebra la Iglesia. Sin embargo continúa llamándonos y exhortándonos a la conversión del corazón para que le podamos recibir con amor. El tema de las dos primeras lecturas es la alegría: ¡“Exulta, hija de Sión”! ¡”Regocíjate de gozo Israel, y hazlo con todo tu corazón hija de Israel!” (Sof.3, 14).

Se alegra Israel porque Jerusalén será restaurada, pero por sobre todas las cosas por el cumplimiento de las promesas mesiánicas que el Profeta hace ya gustar con la presencia de Dios entre su Pueblo: “aquel día se dirá…está el medio de ti el Señor como poderoso salvador” (Ib17-18). “Aquel día” tan lleno de gozo será el nacimiento de Jesús en Belén. Se llena de alegría Israel y se goza la Iglesia porque vendrá en medio de los hombres el Mesías, Jesús, Dios hecho Hombre, a vivir entre los hombres trayéndonos la salvación. La Iglesia toda, cada año conmemora con alegría el nacimiento del salvador y es por esto que nos exhorta hoy a llenar el corazón de alegría. Si bien fue un hecho ya cumplido, nos exhorta a la conversión del corazón ya que estamos en continuo camino hacia el Señor en su venida definitiva.

La conversión del corazón no nos sume en la tristeza, sino en la alegría, como nos enseña el Apóstol: “Alegraos siempre en el Señor y regocijaos. Llenaos de gozo, os repito “el Señor está cerca, porque ya ha venido; y porque volverá” (Fil. 4, 4-5). Cada Navidad, hermanos, si la vivimos en el piadoso amor de Dios -es decir religiosamente- nos dará la gracia de unirnos a Él de una forma especial y de descubrir al Señor de una forma nueva y más profunda. Como preparación a la venida del Señor, San Pablo nos propone la bondad: “vuestra amabilidad sea notoria con todos los hombres” (Ib. 5).

El mismo evangelio insiste sobre este tema a través de la predicación de Juan, el Bautista: ”enderezad los caminos, preparad vuestras almas para la venida del Señor. ¿Qué tenemos que hacer? le preguntaban los oyentes (Lc. 3,10) (y hoy nosotros nos hacemos la misma pregunta). Y él les respondía: “el que tiene dos túnicas dé una al que no la tiene y el que tiene de comer haga lo mismo” (Ib. 11). La caridad para con el prójimo unida al amor de Dios es el punto central de la conversión. El hombre egoísta, sólo preocupado por sus intereses, debe cambiar de actitud y preocuparse más por el bien de los hermanos. Y cada uno de nosotros sabe de qué cosas debe preocuparse. Juan no pide grandes cosas sino la actitud caritativa en lo cotidiano. Nos habla de la justicia y la caridad, de no explotar a nuestro prójimo, ser honrados en el cumplimiento de nuestros deberes…

Jesús hoy nos responde lo mismo. Este es el camino para una preparación digna y cristiana de la Navidad y Jesús quiere ser acogido no sólo en nuestro corazón, sino a través nuestro en el corazón de los hermanos, especialmente en el corazón de los más pobres y el de aquellos que más sufren. No nos olvidemos de la pregunta de los discípulos: “¿Señor, cuándo te dimos de comer o te vestimos? … Cuando lo habéis hecho con alguno de mis pequeños, conmigo lo habéis hecho” (Mt. 25, 37.40). ¡Cómo se identifica Jesús con los más pequeños y con los que sufren! Este debe ser el propósito de una Navidad cristiana: festejar el nacimiento del Señor, viviendo en lo más profundo de nuestro corazón el deseo de identificarnos con El.

Que la Virgen Madre nos ayude, desde nuestro corazón, a imitar el corazón de su Hijo.

Mons. Marcelo Raúl Martorell, obispo Puerto Iguazú.


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Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo cuarto de Adviento - A

EXPERIENCIA INTERIOR

       

        El evangelista Mateo tiene un interés especial en decir a sus lectores que Jesús ha de ser llamado también “Emmanuel”. Sabe muy bien que puede resultar chocante y extraño. ¿A quién se le puede llamar con un nombre que significa “Dios con nosotros”? Sin embargo, este nombre encierra el núcleo de la fe cristiana y es el centro de la celebración de la Navidad.

        Ese misterio último que nos rodea por todas partes y que los creyentes llamamos “Dios” no es algo lejano y distante. Está con todos y cada uno de nosotros. ¿Cómo lo puedo saber? ¿Es posible creer de manera razonable que Dios está conmigo, si yo no tengo alguna experiencia personal por pequeña que sea?

        De ordinario, a los cristianos no se nos ha enseñado a percibir la presencia del misterio de Dios en nuestro interior. Por eso, muchos lo imaginan en algún lugar indefinido y abstracto del Universo. Otros lo buscan adorando a Cristo presente en la eucaristía. Bastantes tratan de escucharlo en la Biblia. Para otros, el mejor camino es Jesús.

        El misterio de Dios tiene, sin duda, sus caminos para hacerse presente en cada vida. Pero se puede decir que, en la cultura actual, si no lo experimentamos de alguna manera dentro de nosotros, difícilmente lo hallaremos fuera. Por el contrario, si percibimos su presencia en nuestro interior, nos será más fácil rastrear su misterio en nuestro entorno.

        ¿Es posible? El secreto consiste, sobre todo, en saber estar con los ojos cerrados y en silencio apacible, acogiendo con un corazón sencillo esa presencia misteriosa que nos está alentando y sosteniendo. No se trata de pensar en eso, sino de estar “acogiendo” la paz, la vida, el amor, el perdón... que nos llega desde lo más íntimo de nuestro ser.

        Es normal que, al adentrarnos en nuestro propio misterio, nos encontremos con nuestros miedos y preocupaciones, nuestras heridas y tristezas, nuestra mediocridad y nuestro pecado. No hemos de inquietarnos, sino permanecer en el silencio. La presencia amistosa que está en el fondo más íntimo de nosotros nos irá apaciguando, liberando y sanando.

        Karl Rahner, uno de los teólogos más importantes del siglo veinte, afirma que, en medio de la sociedad secular de nuestros días, “esta experiencia del corazón es la única con la que se puede comprender el mensaje de fe de la Navidad: Dios se ha hecho hombre”. El misterio último de la vida es un misterio de bondad, de perdón y salvación, que está con nosotros: dentro de todos y cada uno de nosotros. Si lo acogemos en silencio, conoceremos la alegría de la Navida

jos Antonio Pagola

Red Evanglizadora BUENAS NOTICIAS
22 de Diciembrede 2013
4º Adviento - A
Mt 1, 18-24


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Jueves, 19 de diciembre de 2013

Reflexiones de Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo de San Cristóbal de Las Casas (Zenit.org)

Encuentros pletóricos de esperanza

Por Felipe Arizmendi Esquivel

 SITUACIONES

Regresamos de Roma llenos de esperanza. Los encuentros que tuvimos con el Papa Francisco y sus colaboradores nos colmaron de buenos augurios. Sin embargo, no podemos echar las campanas a vuelo, pues los procesos eclesiales son lentos y, por ello, seguros. El Papa, antes de tomar una decisión, debe consultar y escuchar diversas voces, para luego, con la luz del Espíritu, indicar el camino. Lo seguiremos, sea cual sea, aunque no concordara con nuestras peticiones. Somos Iglesia en comunión con Pedro y bajo Pedro, no francotiradores aislados. Queremos ser una Iglesia autóctona, encarnada en las culturas de nuestros pueblos, no una Iglesia autónoma.

Tuvimos la gracia de dialogar con el Papa, con las Congregaciones para la Doctrina de la Fe, Culto Divino, Obispos y Clero. Les presentamos la situación general de la diócesis, en particular la realidad de los indígenas, no sólo de Chiapas, sino del país y del continente. Pedimos el reconocimiento supremo de las traducciones litúrgicas a nuestros idiomas originarios y al náhuatl. Explicamos las razones que nos llevan a solicitar poder ordenar nuevos diáconos permanentes.

La Virgen de Guadalupe, con su solicitud amorosa por los pobres, por los indígenas, concertó que nuestras entrevistas fueran en estos días en que celebramos su aparición en el Tepeyac. La más importante fue con el Papa, precisamente el 12 de diciembre. Por la tarde de ese día, nos encontramos con el Prefecto de la Congregación para el Clero, cuyo dicasterio aprobó, en fecha anterior, el nuevo Directorio Diocesano para el Diaconado Permanente en los Pueblos Indígenas, que marca el camino a seguir en la selección y formación de los candidatos a dicho diaconado. Las demás entrevistas fueron en torno a estos días.

El sábado 14 pudimos concelebrar con el Papa en Santa Marta, donde reside. Fue muy estimulante ver que, en el centro del altar, tiene al Cristo de Chiapas, el del monumento en Copoya, de tal forma que diariamente tiene presente a nuestro Estado en el momento más importante, que es la Misa. Al terminar, nos saludó con mucho cariño y nos dijo palabras muy alentadoras. Posteriormente, en la Congregación para la Doctrina de la Fe, dialogamos sobre algunos criterios en torno a la Teología India y el Simposio que tendremos en Bolivia, en mayo de 2014, sobre uno de los temas más delicados: La Revelación y los pueblos originarios.

ILUMINACION

Para avanzar en la Iglesia, para comprendernos y no condenarnos unos a otros, necesitamos dialogar entre nosotros, abiertos a dejarnos interpelar por los otros, dispuestos a cambiar lo que sea necesario. El Papa Francisco, en su Exhortación sobre La Alegría del Evangelio, dice que el diálogo debe ser “siempre amable y cordial. La verdadera apertura implica mantenerse firme en las propias convicciones más hondas, con una identidad clara y gozosa, pero abierto a comprender las del otro y sabiendo que el diálogo realmente puede enriquecer a cada uno. No nos sirve una apertura diplomática, que dice que sí a todo para evitar problemas, porque sería un modo de engañar al otro y de negarle el bien que uno ha recibido como un don para compartir generosamente” (EG 251).

En el mismo documento trae a colación algo que pidieron los obispos de Oceanía: “Que la Iglesia desarrolle una comprensión y una presentación de la verdad de Cristo que arranque de las tradiciones y culturas de la región. Instaron a todos los misioneros a operar en armonía con los cristianos indígenas para asegurar que la fe y la vida de la Iglesia se expresen en formas legítimas adecuadas a cada cultura. No podemos pretender que los pueblos de todos los continentes, al expresar la fe cristiana, imiten los modos que encontraron los pueblos europeos en un determinado momento de la historia, porque la fe no puede encerrarse dentro de los confines de la comprensión y de la expresión de una cultura. Es indiscutible que una sola cultura no agota el misterio de la redención de Cristo” (EG 118).

COMPROMISOS

Que el Espíritu nos conceda apertura y docilidad a lo que sea más conveniente para la comunión eclesial.


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Texto  de la catequesis de Francisco en la audiencia del miércoles 18 de Diciembre de 2013 (Zenit.org)


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
 
Este encuentro nuestro se desarrolla en el clima espiritual del Adviento, manifestado más intensamente por la Novena de la Santa Navidad, que estamos viviendo en estos días y que nos lleva a las fiestas navideñas. Por este motivo hoy quisiera reflexionar con vosotros sobre la Navidad de Jesús, fiesta de la confianza y de la esperanza, que supera las inseguridades y el pesimismo. Y la razón de nuestra esperanza es esta: ¡Dios está con nosotros y Dios se fía todavía de nosotros! Pensad bien en esto: ¡Dios está con nosotros y se fía todavía de nosotros! Es generoso este Padre Dios, ¿verdad?

Dios viene a habitar con los hombres, elige la tierra como su morada para estar junto al hombre y dejarse encontrar allí donde el hombre vive sus días en la alegría y el dolor. Por tanto, la tierra no es solo “un valle de lágrimas”, sino el lugar donde Dios mismo ha puesto su tienda, es el lugar del encuentro de Dios con el hombre, de la solidaridad de Dios con los hombres.
 
Dios ha querido compartir nuestra condición humana hasta el punto de hacerse una sola cosa con nosotros en la persona de Jesús, que es verdadero hombre y verdadero Dios. Pero hay algo todavía más sorprendente. La presencia de Dios en medio de la humanidad no se ha dado en un mundo ideal, idílico, sino en este mundo real, marcado por cosas buenas y malas, por divisiones, maldad, pobreza, prepotencias y guerras. Él ha elegido habitar en nuestra historia así como es, con todo el peso de sus límites y de sus dramas. Haciendo así se ha demostrado de forma insuperable su inclinación misericordiosa y llena de amor hacia las criaturas humanas. Él es el Dios-con-nosotros, Jesús es Dios-con-nosotros, ¿creéis esto? Hagamos juntos esta confesión. ¡Todos! ¡Jesús es Dios-con-nosotros. ¡Otra vez! ¡Jesús es Dios-con-nosotros!. Muy bien, gracias.

Jesús es Dios-con-nosotros, desde siempre y por siempre está con nosotros en los sufrimientos y en los dolores de la historia. La Navidad de Jesús es la manifestación de que Dios se ha puesto del lado del hombre “de una vez y para siempre”, para salvarnos, para levantarnos del polvo de nuestras miserias, de nuestras dificultades, de nuestros pecados.

De aquí viene el gran “regalo” del Niño de Belén: una energía espiritual que nos ayuda a no hundirnos en nuestras fatigas, en nuestras desesperaciones, en nuestras tristezas, porque es una energía que nos conforta y transforma el corazón. El nacimiento de Jesús, de hecho, nos lleva a la bella noticia de que somos amados inmensamente y individualmente por Dios, y este amor no solo nos lo hace conocer, ¡sino que nos los da, nos lo comunica!

De la contemplación gozosa del misterio del Hijo de Dios nacido por nosotros, podemos extraer dos consideraciones.

La primera es que si en la Navidad Dios se revela no como uno que está en las alturas y que domina el universo, sino como El que se abaja. Dios se abaja, desciende a la tierra, pequeño y pobre, esto significa que para ser como Él nosotros no podemos ponernos por encima de los demás, sino abajarnos, ponernos al servicio, hacernos pequeños con los pequeños y pobres con los pobres. Es una cosa fea cuando se ve a un cristiano que no quiere abajarse, que no quiere servir, que se pavonea por todas partes. ¡Es feo! ¡Ese no es un cristiano, es un pagano! ¡El cristiano sirve y se abaja! ¡Hagamos esto de forma que nuestros hermanos y hermanas no se sientan nunca solos!
 
La segunda: si Dios, por medio de Jesús, se ha implicado con el hombre hasta el punto de convertirse en uno de nosotros, quiere decir que cualquier cosa que le hagamos a un hermano y a una hermana se la habremos hecho a Él. Nos lo ha recordado el mismo Jesús: quien haya nutrido, acogido, visitado, amado a uno de los más pequeños y de los más pobres entre los hombres, se lo habrá hecho al Hijo de Dios.
 
Confiémonos a la materna intercesión de María, Madre de Jesús y nuestra, para que nos ayude en esta Santa Navidad, ya muy cercana, a reconocer en el rostro de nuestro prójimo, especialmente de las personas más débiles y marginadas, la imagen del Hijo de Dios hecho hombre. ¡Gracias!

(RED/IV)


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Mi?rcoles, 18 de diciembre de 2013

Homilía monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 3º domingo de adviento (15 de Diciembre de 2013)

Santidad y ciudadanía

Los textos bíblicos de este tercer domingo de adviento nos llaman a animarnos y a no perder la esperanza: “Regocíjese el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa… ¡Sean fuertes no teman ahí está su Dios! (Is. 35,1-4).

El Evangelio (Mt. 11,2-11), nos presenta la figura de San Juan Bautista, quien desde su austeridad profética, en la liturgia del adviento nos exhorta a convertirnos. Él es el profeta de “la verdad”, quien no dudó en denunciar a Herodes y en dar la vida por lo que creía. Solo podemos “volvernos a Dios”, cuando nos disponemos a construir en nuestras vidas, familias y en la sociedad desde la verdad. Construir en la verdad es como construir desde roca y no desde arena o bien desde las mentiras. Cuando con humildad somos capaces de revisarnos y evaluar como estamos construyendo, nos encaminamos a realizar “un examen de conciencia” y nos introducimos en el camino de reconciliación que nos permite “volver a Dios”.

El adviento ubicado en el fin de año, es un tiempo apropiado para realizar “un examen de conciencia”. Si bien cuando lo hacemos en general tiene una dimensión personal, el mismo no debe ser un acto individualista, sino que también debemos plantearnos como vivimos nuestros compromisos comunitarios, y si el llamado a la santidad lo asumimos desde nuestra responsabilidad ciudadana construyendo una sociedad mejor.

En relación a esta dimensión social y por lo tanto a la caridad que deben tener nuestros exámenes de conciencia de adviento, el documento de los obispos argentinos “Navega mar adentro”, nos señala: “El primer servicio de la Iglesia a los hombres es anunciar la verdad sobre Jesucristo… nos exige responder con todos los esfuerzos que sean necesarios para lograr la inculturación del Evangelio, que propone una verdad sobre el hombre, la cual implica un estilo de vida ciudadano comprometido en la construcción del bien común” (95).

En el número siguiente se señalan algunos aspectos que son indispensables que tengamos en cuenta en todo examen de conciencia y confesión bien hechos en este tiempo de adviento: “Una conversión es incompleta si falta la conciencia de las exigencias de la vida cotidiana y no se pone el esfuerzo de llevarla a cabo. Esto implica una formación permanente de los cristianos, en virtud de su propia vocación, para que puedan adherir a este estilo de vida y emprender intensamente sus compromisos en el mundo, desarrollando las actitudes propias de ciudadanos responsables” (96).

En el Evangelio de este domingo el Señor nos anima en la esperanza: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan… y la Buena Noticia es anunciada a los pobres” (Mt. 11,5). Si es cierto que la responsabilidad ciudadana está ligada al llamado a la santidad, debemos señalar con esperanza que en nuestra gente hay muchos signos de solidaridad y participación. En las comunidades notamos la solidaridad a veces bien concreta que se da en ayudas entre familias y vecinos cuando alguno padece el flagelo de la desocupación o alguna enfermedad. Juntan plata para ayudar a un enfermo que no tiene como pagar por su salud, o bien “agrandan la olla”. También se suman las redes de capacitación en educación popular, ciudadanía y se generan alternativas para pequeños emprendimientos, así como la posibilidad de vender lo producido de una manera directa sin muchos intermediarios, especialmente en las ferias francas. Seguramente nosotros mismos podemos hacer una larga lista de personas y situaciones que son signos de esperanza y de responsabilidad ciudadana y participación social. Las mejores soluciones siempre vienen de la gente que no se cruza de brazos esperando “un papá Noel” que lo venga a ayudar, sino de aquellos que con el ancla en la fe, esperanza y caridad, entienden que la santidad implica asumir activamente un rol ciudadano comprometido.

Uno de los peores males en nuestro tiempo puede llegar a ser el escepticismo o bien bajar los brazos en los momentos difíciles. En este adviento que nos plantea el tema de la esperanza, los cristianos sabemos que la fe en Dios y el compromiso activo, protagónico, solidario y sobre todo organizado, nos permitirá caminar en medio de las dificultades y encontrar alternativas.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo

Mons. Juan Rubén Martínez, Obispo de Posadas


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Reflexión de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el programa "Claves para un Mundo Mejor" (14 de diciembre de 2013) (AICA)

Adviento: Preparar la Navidad

Nos encontramos ya en el último tramo del tiempo litúrgico de Adviento. En este período la Iglesia quiere que nos preparemos dignamente para celebrar la próxima Navidad y nos invita a que actualicemos aquella prolongada expectativa y preparación espiritual del pueblo de Israel, y también de algún modo de todas las naciones de la tierra, para recibir la salvación.

En el período de Adviento nosotros evocamos aquella larga espera y eso tiene que animarnos a preparar la Navidad con una especial intensidad espiritual. La Navidad no es el simple recuerdo de un hecho del pasado. Cuando la Iglesia la celebra, en el misterio de la celebración, sobre todo de la celebración litúrgica, la gracia de la Navidad se hace presente nuevamente.

Pero en el período de Adviento también la Iglesia enfoca la segunda venida de Cristo, su venida gloriosa al fin de los tiempos. La primera generación cristiana, tal como aparece en los escritos del Nuevo Testamento, tenía la mirada del corazón puesta en el Cristo glorioso que vuelve para juzgar al mundo, para clausurar la historia humana y llevar a sus elegidos al Reino.

La inminencia de la segunda venida de Jesús es un dato que debe quedar en lo hondo de nuestra conciencia porque en realidad desde que el Señor subió al cielo, el día de la Ascensión, su segunda venida, aunque no sepamos cuando ocurrirá, es siempre inminente. No corresponde decir entonces: “Bueno, no sabemos cuándo ocurrirá eso; además pueden pasar todavía milenios…”. Desde que ha partido, el Resucitado está, de algún modo, siempre viniendo.

Entonces el Adviento recoge estas dos miradas sobre Cristo: la primera que se dirige a su primera venida en la humildad de la carne, su venida para traernos la gracia de la redención. Y la mirada en la segunda venida, que es la de Cristo en la gloria, cuando vendrá como Juez.

También podríamos señalar una conjunción de esas dos venidas que aparece clara en la espiritualidad del Adviento. San Bernardo, en uno de sus sermones sobre este tiempo, habla de un tercer Adviento, de un Adviento intermedio. Se refiere a la venida constante del Señor a las almas, a la venida de Cristo por medio de su gracia, por medio de los dones de su Espíritu, para habitar en nosotros.

Tanto la primera venida como la segunda aparecen actualizadas en esta especie de Adviento intermedio. Al prepararnos a la Navidad, no nos preparamos para la conmemoración de un hecho pasado, sino que estamos celebrando un hecho siempre actual: Cristo viene continuamente a nosotros con los dones de su gracia. La vida de la fe es, entonces, salir al encuentro de Cristo que viene a nuestro encuentro. El cristianismo se caracteriza porque no es simplemente el resultado de la búsqueda de Dios por el hombre, sino la búsqueda del hombre por parte de Dios.

Podríamos decir desde esta perspectiva que el Adviento es una especie de parábola litúrgica de la existencia cristiana. Lo observamos con claridad en este período de cuatro semanas antes de Navidad, pero en realidad tendríamos que vivir continuamente en Adviento, es decir, en la espera del Señor, saliendo siempre al encuentro con él.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


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Martes, 17 de diciembre de 2013

Texto el micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT9 (14 de diciembre de 2013) 

Signos de la presencia de Jesucristo


En este 3° domingo de Adviento la Iglesia nos habla de los signos de la presencia de Dios, uno de ellos es la alegría. Alégrense, nos dice, porque el Señor está cerca. Él es la respuesta a ese deseo de vida y de plenitud que tiene el hombre como hijo de Dios. En el marco de este tiempo de preparación a la Navidad se nos invita a renovar la confianza en el Señor que viene, que no abandona a su pueblo, y que es la causa profunda de nuestra alegría. No somos caminantes sin destino, sino hijos de un Dios que viene para estar y caminar con nosotros. 

Junto a esta alegría hoy nos dice el Señor, como le dijo a Juan Bautista cuando le mandó preguntar desde la cárcel: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” Jesús le responde no sólo con palabras sino con hechos: “Vayan a contar a Juan, les dice, lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres” (Mt. 11, 3-5). Dios se nos revela en la historia: “por hechos y palabras íntimamente unidos entre sí” (DV. 2). 

Los signos de su presencia los encontramos cerca de nosotros, cuando sabemos leer a la luz de su Palabra tanto nuestras vidas, la realidad que nos circunda, como nuestras relaciones. Todo el mundo es obra de Dios y nos habla de él, la naturaleza misma es un libro que debemos cuidar y saber leer, pero de modo especial su obra mayor que es el hombre. La importancia de la ecología, decía al respecto Benedicto XVI, es hoy algo indiscutible: “Debemos escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder a él coherentemente. Sin embargo, agregaba, quisiera afrontar seriamente un punto que, tanto hoy como ayer, se ha olvidado demasiado: existe también la ecología del hombre. 

También el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manejar a su antojo arbitrariamente. El hombre no es solamente una libertad que el se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo, es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando escucha la naturaleza, la respeta y cuando se acepta como lo que es, y que no se ha creado a si mismo”. La tarea de nuestra libertad supone lo dado, lo que soy como un don, que debo valorar y respetar. Esto no es un límite. 

Esta reflexión, con la larga cita de Benedicto XVI, la considero hoy muy oportuna. Cuando no tenemos en cuenta la realidad de la naturaleza, y en especial de la vida humana, como algo que tiene su verdad y su propio lenguaje, nuestra libertad corre el riesgo de constituirse en un pequeño dios que se cree omnipotente, sin límites, y que no sabe leer ni respetar el don recibido. 

La misma realidad en la que vivimos es, por ello, signo de la presencia de Dios, sobre todo cuando hablamos del hombre: “creado a imagen y semejanza de Dios”. Jesucristo frente a la dignidad de este hombre concreto ha tenido un plus, una mirada particular hacia los que sufren, los pobres, con quienes él mismo se ha identificado. Adviento es tiempo propicio para descubrir al Señor en el servicio humilde y comprometido a nuestros hermanos necesitados. En ellos nos espera. 

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oración, mi bendición en el Señor. 

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


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Estas son las palabras del papa al introducir la oración mariana del Angelusel domingo 15 de Dciembre de 2013 (Zenit.org)

"Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy es el tercer domingo de Adviento, llamado también domingo Gaudete, domingo de la alegría. En la liturgia resuena más veces la invitación a estar contento, a alegrarse. ¿Por qué? Por que el Señor está cerca. La Navidad está cerca.

El mensaje cristianos se llama Evangelio, es decir, Buena Noticia. Un anuncio de alegría para todo el pueblo. La Iglesia no es un refugio para gente triste. La Iglesia es la casa de la alegría. Y aquellos que están tristes encuentran en eso la alegría, encuentran en ella la verdadera alegría. Pero esa del Evangelio no es una alegría cualquiera. Encuentra su razón en el saberse acogidos y amados por Dios, como nos recuerda el profeta Isaías. Dios, Él viene a salvarnos, y da su ayuda especialmente a los que tienen el corazón desorientado. Su llegada en medio a nosotros nos fortalece, nos da fuerza, valor, produce regocijo y florece el desierto y la estepa, es decir nuestra vida cuando se hace árida. ¿Y cuándo se hace árida nuestra vida? Cuando está sin el agua de la Palabra de Dios y de su Espíritu de amor. Por más grandes que sean nuestro límites y nuestras pérdidas, no se nos permite estar débiles y vacilantes frente a las dificultades y a nuestras mismas debilidades. Por el contrario, se nos invita a fortalecer las manos, a fortalecer las rodillas para tener coraje y no temer, porque nuestro Dios nos muestra siempre la grandeza de su misericordia.

Él nos da la fuerza para ir adelante. Él está siempre con nosotros para ayudarnos a ir adelante. Él es un Dios que nos quiere mucho. Nos ama. Y por esto está con nosotros para ayudarnos, para fortalecernos e ir adelante. ¡Ánimo! Siempre adelante. Gracias a su ayuda nosotros podemos recomenzar siempre de nuevo. ¿Cómo recomenzar de nuevo? Alguno puede decirme: 'No padre, yo he hecho tantas, soy un gran pecador, una grande pecadora, yo no puedo recomenzar de nuevo'. Te equivocas, tú puedes recomenzar de nuevo. ¿Por qué? Porque Él te espera, Él está cerca de ti, Él te ama. Él es misericordioso. Él te perdona. Él te da la fuerza de recomenzar de nuevo. A todos. Seamos capaces de reabrir los ojos, de superar tristezas y llantos y entonar un canto nuevo. Y esta alegría verdadera permanece también durante la prueba, también en el sufrimiento, porque no es superficial, pero baja a lo profundo de la persona que se fía de Dios y confía en Él.

La alegría cristiana, como la esperanza, tiene su fundamento en la fidelidad de Dios, en la certeza que Él mantiene siempre sus promesas. El profeta Elías exhorta a aquellos que han perdido el camino y se encuentran en la desesperación a confiar en la fidelidad del Señor, porque su salvación no tardará en irrumpir en su vida. Cuantos han encontrado a Jesús a lo largo del camino, experimentan en el corazón una serenidad y una alegría de la que nada ni nadie podrá privarlos. Nuestra alegría es Jesucristo, ¡su amor es fiel e inagotable! Por eso, cuando un cristiano se vuelve triste, quiere decir que se ha alejado de Jesús. ¡Pero entonces no podemos dejarle solo! Es necesario rezar por él y hacerle sentir el calor de la comunidad.

La Virgen María nos ayuda a acelerar el paso hacia Belén, para encontrarnos con el Niño que ha nacido por nosotros, por la salvación y la alegría de todos los hombres. A ella el ángel le dijo: "Alégrate llena de gracia: el Señor está contigo". Ella nos ayuda a vivir la alegría del Evangelio en la familia, en el trabajo, en la parroquia y en cualquier ambiente. Una alegría íntima, hecha de maravilla y de ternura. Esa que siente una madre cuando mira  a su hijo recién nacido, y siente que es un regalo de Dios, '¡un milagro por el que dar gracias!"

Al finalizar estas palabras, el santo padre ha rezado la oración del Ángelus. Y al concluir, continuó:

"Queridos hermanos y hermanas, lo siento que están bajo la lluvia, pero yo estoy con ustedes desde aquí. Son valientes ¿verdad? ¡Gracias!

Hoy el primer saludo está reservado a los niños de Roma. ¿Dónde están? ¡Buenos! Venidos a la tradicional bendición de las figuras del Niño Jesús, organizada por los Centros de Oratorios Romanos. Queridos niños, cuando recen delante de vuestro Belén, acuérdense también de mí, como yo me acuerdo de ustedes. Les doy las gracias y ¡feliz Navidad!

Saludo a las familias, los grupos parroquiales, las asociaciones, y a los peregrinos procedentes de Roma, de Italia y de tantas partes del mundo, en particular de España y de Estado Unidos de América. Con afecto saludo a los chicos de Zambia y les deseo que se conviertan en "piedras vivas" para construir una sociedad más humana. Extiendo este deseo a todos lo jóvenes aquí presentes, especialmente a los de Piscopio y Gallipoli y a los universitarios lucanos de Acción Católica.

Saludo a los coros de Vicenza, el Aquila y Mercado San Severino; a los fieles de Silvi Marina y San Lorenzello; como también a los socios del CRAL Telecom con sus familiares. A todos ustedes les deseo feliz domingo". Y concluyó con su ya famoso "Buon pranzo", y ¡Hasta pronto!

(RED/RL)


Publicado por verdenaranja @ 23:35  | Habla el Papa
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Lunes, 16 de diciembre de 2013

El Delegado Diocesano y el Director de Caritas de la diócesis de Tenerife se dirigen a los sacerdotes por la Navidad 2013.

Cáritas Diocesana de  Tenerife 
Santa Cruz de Tenerife, diciembre 2013


Estimado Hermano Sacerdote:

Llegó Navidad. El acontecimiento más importante para la cristiandad. Tiempo de Esperanza con la venida del Niño. ¡Alegremos nuestros corazones! Le deseamos una Feliz Navidad, con el ruego de que la haga llegar a agentes de Caritas y resto de la comunidad parroquial.

Se nos va un año crítico para muchas familias, que han pasado por nuestras parroquias y otras dependencias de Caritas, solicitando ayudas.

También para nuestra Casa —Caritas— y sus agentes, ha sido un año difícil, con incertidumbres, desasosiegos y bastantes sinsabores. Muchas personas que dependían de nuestro trabajo, dedicación, afecto y amor, se han visto abocadas al desamparo con el cierre de centros. Y trabajadoras/es con una larga trayectoria de lucha y bien hacer en pro de esas personas, han caído en el desempleo. Los recortes a lo social hicieron mucho daño a lo largo del presente año.

Pero nunca ha decaído ni decaerá nuestro ánimo, fe y esperanza. Todos sabemos que este barco del amor, enarbolando la bandera de Jesús de Nazaret, no podrá ser hundido a pesar de que algunos cañonazos, lo tocaron. Quienes seguimos a bordo de él, miramos al frente y trabajamos muy unidos, porque nuestro destino final nos espera y la lucha diaria la llevamos a cabo con un gran amor hacia nuestros "pasajeros" que confían en nosotros para continuar en el combate y poder llegar a puerto, donde tendrán lo logrado con su esfuerzo y nuestro trabajo y apoyo.

Agradecemos de todo corazón su participación en la Escuela de Otoño, así como de agentes de Caritas de su parroquia y otro voluntariado de la misma, en la confianza de que se hayan sentido acogidos. Ya estamos programando la próxima Escuela contando con aportaciones muy valiosas de quienes participaron en la última.

Reconocemos su esfuerzo y el de las personas voluntarias de Caritas para la atención prestadas a quienes acuden en demanda de ayuda. La crisis sigue golpeando fuerte a muchas familias en pobreza y/o en riesgo de exclusión. El Fondo Interdiocesano de la Conferencia Episcopal, ha venido muy bien para poder atender justamente esas demandas, cuyo importe para este año de 79.723,55€ se distribuyó como determinó en su momento el Consejo de Caritas Diocesana, junto con los dineros (1 13.727€) provenientes de la Fundación Amancio Ortega. Nuestro reconocimiento al voluntariado y animado­res/as del territorio por el magnífico trabajo realizado que les ha supuesto un gran sacrificio en muchos casos.

Otra de las formas de obtener ingresos para esas ayudas, no cabe duda que son las colectas en las misas de los primeros domingos de mes y víspera, que le agradecemos enormemente por su personal difusión. Y aprovechamos para recordarle a aquellas parroquias que por cualquier causa se hayan retrasado en ingresar en su Caritas Arciprestal dichas colectas correspondiente al ejercicio 2013, los remitan cuanto antes, dado que las arciprestales deben enviar a estos Servicios Generales antes de la finalización del mes, el 20% de las mismas en referencia a la Comunicación Cristiana de Bienes. Ese gesto es la expresión de una Iglesia que comparte fraternalmente a favor de los empobrecidos.

Con total gratitud por su inestimable colaboración y apoyo, unidos en la oración, le saludan en Cristo.

Aurelio Feliciano Sosa
Delegado Episcopal

Leonardo Ruiz-del Castillo
Director

 

Cl. Juan Pablo II, n 23 - Entlo. izqda. - Tfno. 922 277 212 - Fax: 922 277 250 - 38004 SANTA CRUZ DE TENERIFE
Web: www.caritastenerife.org - E-Mail:
serviciosgenerales@caritastenerife.org


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la Delegación Diocesana de Misiones de la diócesis de Tenerife nos ha enviado un folleto para celebraciones de Adviento y Navidad 2013 entre las que se encuentra "SEMBRADORES DE ESTRELLAS".


Canto: Con un manojo de estrellas

Saludo: (Lo hace el sacerdote o la persona que preside).    

Queridos amigos:

Hoy queremos llenar las calles de estrellas. Queremos inundar los corazones de luz. Al igual que la estrella de Belén anunció el nacimiento del Mesías, así queremos que nuestras estrellas lleven a todos los que las reciban al encuentro con Dios.

En un momento de silencio, y en la presencia del Señor, pedimos la fuerza y la gracia necesarias para que, con nuestra ayuda, la luz de la fe brille en el corazón de todas las personas.

(Se hace un momento de silencio).


Signo: LA NAVIDAD NO ES UN CUENTO (Ariel David Busso, del libro Caminos de cielo limpio, editorial Lumen)

 

Jesús quiere acercarse a nosotros, quiere estar a nuestro lado. Pero a veces nos cuesta  verlo y sentirlo. Solo hace falta abrir los ojos y dejar que arda nuestro corazón.

(Van saliendo los personajes, caracterizados o por medio de carteles).


Se dice que, cuando los pastores se alejaron y la quietud volvió, el niño del pesebre levantó la cabeza y miró la puerta entreabierta. Un muchacho joven, tímido, estaba allí, temblando y temeroso.

Acércate -le dijo Jesús-. ¿Por qué tienes miedo?

No me atrevo..., no tengo nada para darte.

Me gustaría que me dieras un regalo -dijo el recién nacido.

El pequeño intruso enrojeció de vergüenza y balbuceó:

De verdad no tengo nada..., nada es mío; si tuviera algo, algo mío, te lo daría... mira. Y buscando en los bolsillos de su pantalón andrajoso, sacó una hoja de cuchillo herrumbrada que había encontrado.

Es todo lo que tengo, si la quieres, te la doy...

-No -contestó Jesús-, guárdala. Querría que me dieras otra cosa. Me gustaría que me hicieras tres regalos.

-Con gusto -dijo el muchacho-, pero ¿qué?

Ofréceme el último de tus dibujos.

El chico, cohibido, enrojeció. Se acercó al pesebre y, para impedir que María y José lo oyeran, murmuró algo al oído del Niño Jesús:

No puedo..., mi dibujo es "remalo"... ¡Nadie quiere mirarlo...!

Justamente, por eso yo lo quiero... Siempre tienes que ofrecerme lo que los demás rechazan y lo que no les gusta de ti. Además quisiera que me dieras tu plato.

Pero... ¡lo rompí esta mañana! –tartamudeó el chico.

Por eso lo quiero... Debes ofrecerme siempre lo que está quebrado en tu vida, yo quiero arreglarlo... Y ahora –insistió Jesús– repíteme la respuesta que le diste a tus padres cuando te preguntaron cómo habías roto el plato.

El rostro del muchacho se ensombreció; bajó la cabeza avergonzado y, tristemen­te, murmuró:

Les mentí... Dije que el plato se me cayó de las manos, pero no era cierto... ¡Estaba enojado y lo tiré con rabia!

Eso es lo que quería oírte decir –dijo Jesús–. Dame siempre lo que hay de malo en tu vida, tus mentiras, tus calumnias, tus cobardías y tus crueldades. Yo voy a descargarte de ellas... No tienes necesidad de guardarlas... Quiero que seas feliz y siem­pre voy a perdonarte tus faltas. A partir de hoy me gustaría que vinieras todos los días a mi casa.

(Se explica cómo se siembra una estrella).

Peticiones: (A cada petición respondemos: "Que brille tu Luz, Señor').

Queremos llevar las estrellas a todos, pidiendo la paz. QUE BRILLE TU LUZ, SEÑOR.

Ayúdanos a sembrar las estrellas, poniendo en el mundo alegría. QUE BRILLE TU LUZ, SEÑOR.

Danos la fuerza necesaria para entregar las estrellas con amor. QUE BRILLE TU LUZ, SEÑOR.

Cuida de todos los niños que no pueden disfrutar de la Navidad. QUE BRILLE TU LUZ, SEÑOR.

 

Envío:

El Señor os pide que seáis sus misioneros anunciando el nacimiento de Jesús a toda la gente que os encontréis. Manifestad ahora vuestro deseo de responder "sí" al Señor, diciendo: "Sí, quiero".

¿Queréis ser sembradores de estrellas, de sonrisas y alegrías? SÍ, QUIERO.

¿Queréis ser misioneros de Jesús, diciendo a todos que Dios vuelve a nacer en cada corazón? SÍ, QUIERO.

¿Queréis construir un mundo mejor, respetando y acogiendo a todos? SÍ, QUIERO.

Id, pues, salid a las calles y plazas. Jesús os bendice y os envía. Llevad la luz de la fe a todos los que os encontréis y también a vuestras familias y amigos.

Canto: Villancico


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Domingo, 15 de diciembre de 2013

Reflexiones de Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas  (Zenit.org)

Migraciones: desafíos y esperanza

Por Felipe Arizmendi Esquivel

SITUACIONES

Escribo desde Roma, a donde he venido para una entrevista personal con el Papa Francisco. La solicité para tratarle algunos asuntos pendientes de la diócesis, como la situación de los indígenas, las traducciones al tseltal y tsotsil de varios textos de la Misa y la posible ordenación de nuevos diáconos permanentes. El decidió concedernos la audiencia el 12 de diciembre, en una fecha muy significativa.

Estando aquí, me doy cuenta del entusiasmo y la esperanza que ha despertado este Papa de origen latinoamericano, así como de algunas desconfianzas hacia lo que dice y se propone.

Su cercanía a la gente y su especial preocupación por los pobres, ha generado cariño y simpatía, no sólo hacia su persona, sino hacia la Iglesia. En Roma están sorprendidos por las enormes multitudes que acuden a escucharlo, a verlo y a estar cerca de él. En la audiencia general de este miércoles, de la cual soy testigo, hay que llegar con tiempo a la plaza de San Pedro, para poder entrar y tener un lugar. Y a pesar de ser invierno, la gente llega, espera, escucha y ora.

El Papa actual tiene un estilo que es muy propio de nuestros rumbos, pero que no entra en competencia con los modos de ser y de actuar del Papa Benedicto y de los anteriores; cada cual es reflejo de su cultura, de su historia, de su origen geográfico. Benedicto respondió a su ubicación cultural y lo hizo con gran acierto y profundidad. Su servicio era el que la Iglesia y el mundo requerían, y el tiempo se lo reconocerá más aún. Juan Pablo II fue otro modo muy pastoral, muy misionero y de grandes multitudes, sin desconocer su densidad teológica y bíblica, su cristología y su eclesiología.

Sin embargo, ya hay reacciones de quienes condenan al Papa Francisco como marxista; lo ven con desconfianza, e incluso lo condenan como poco ortodoxo. Son los juicios de quienes nada quieren que cambie en el mundo y en la Iglesia, porque peligran sus intereses. Cuando habla del lugar de los pobres, con una postura muy bíblica, profética y, por tanto, plenamente evangélica y cristiana, dicen que está abogando por una liberación extremista y peligrosa. Lo mismo tendrían que decir de Jesucristo y de los papas anteriores, pues desde León XIII, a fines del siglo XIX, todos han condenado la idolatría del dinero, las injusticias del capital, la anestesia que trae el consumismo. Si el Papa exige una reforma y una conversión, ellos no quieren cambiar, porque eso significaría tener que llevar otro estilo de vida, más sobrio, austero y justo.

ILUMINACION

El Papa Francisco, sin embargo, no sólo insiste en la conversión de los demás, sino también de su servicio al frente de la Iglesia: “Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado. Me corresponde, como Obispo de Roma, estar abierto a las sugerencias que se orienten a un ejercicio de mi ministerio que lo vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización. El Papa Juan Pablo II pidió que se le ayudara a encontrar «una forma del ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva». Hemos avanzado poco en ese sentido. También el papado y las estructuras centrales de la Iglesia universal necesitan escuchar el llamado a una conversión pastoral. El Concilio Vaticano II expresó que, de modo análogo a las antiguas Iglesias patriarcales, las Conferencias episcopales pueden «desarrollar una obra múltiple y fecunda, a fin de que el afecto colegial tenga una aplicación concreta». Pero este deseo no se realizó plenamente, por cuanto todavía no se ha explicitado suficientemente un estatuto de las Conferencias episcopales que las conciba como sujetos de atribuciones concretas, incluyendo también alguna auténtica autoridad doctrinal. Una excesiva centralización, más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera” (Evangelii gaudium 32).

COMPROMISOS

Estemos abiertos a lo que nos pida el Espíritu Santo por medio de este Papa, dispuestos a renovarnos en todo aquello en que seamos menos fieles al Evangelio.


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Texto completo de la catequesis de Francisco en la audiencia del miércoles 11 de Dicmebre de 2013  (Zenit.org)

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera iniciar la última catequesis sobre nuestra profesión de fe, tratando la afirmación «Creo en la vida eterna». En particular me detengo en el juicio final. ¡No tengáis miedo! Escuchemos lo que dice la Palabra de Dios. Al respecto, leemos en el evangelio de Mateo: Entonces Cristo «vendrá en su gloria, con todos sus ángeles… Y todas las gentes se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros, como separa el pastor las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda… Aquéllos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna» (Mt 25,31-33.46).

Cuando pensamos en el regreso de Cristo y en su juicio final, que manifestará, hasta sus últimas consecuencias, el bien que cada uno habrá realizado o habrá dejado de realizar durante su vida terrena, percibimos que nos encontramos ante un misterio que nos supera, que no conseguimos ni siquiera imaginar. Un misterio que casi instintivamente suscita en nosotros una sensación de miedo, y quizás también de trepidación. Pero si reflexionamos bien sobre esta realidad, esta sólo puede agrandar el corazón de un cristiano y ser un gran motivo de consuelo y confianza.

A este propósito, el testimonio de las primeras comunidades cristianas resuena muy sugerente. Estas solían acompañar las celebraciones y las oraciones con la aclamación Maranathá, una expresión constituida por dos palabras arameas que, según cómo sean pronunciadas, se pueden entender como una súplica: «¡Ven, Señor!», o como una certeza alimentada por la fe: «Sí, el Señor viene, el Señor está cerca». Es la exclamación con la que culmina toda la Revelación cristiana, al final de la maravillosa contemplación que se nos ofrece en el Apocalipsis de Juan (cfr Ap 22,20). En ese caso, es la Iglesia-esposa que, en nombre de la humanidad, de toda la humanidad, y en cuanto su primicia, se dirige a Cristo, su esposo, deseando ser envuelta por su abrazo; un abrazo, el abrazo de Jesús, que es plenitud de vida y de amor.

Si pensamos en el juicio en esta perspectiva, todo miedo disminuye y deja espacio a la esperanza y a una profunda alegría: será precisamente el momento en el que seremos juzgados. Preparados para ser revestidos de la gloria de Cristo, como de una vestidura nupcial, y ser conducidos al banquete, imagen de la plena y definitiva comunión con Dios.

Un segundo motivo de confianza se nos ofrece por la constatación de que, en el momento del juicio, no se nos dejará solos. Jesús mismo, en el evangelio de Mateo, es quien preanuncia cómo, al final de los tiempos, aquellos que le hayan seguido tomarán asiento en su gloria, para juzgar junto a él (cfr Mt 19,28). El apóstol Pablo después, escribiendo a la comunidad de Corinto, afirma: «¿No sabéis que los santos juzgarán al mundo? ¡Cuánto más las cosas de esta vida!» (1 Cor 6,2-3).

¡Qué hermoso saber que en esa coyuntura, además de contar con Cristo, nuestro Paráclito, nuestro Abogado ante el Padre (cfr 1 Jn 2,1), podremos contar con la intercesión y la benevolencia de tantos hermanos y hermanas nuestros más grandes que nos han precedido en el camino de la fe, que han ofrecido su vida por nosotros y que siguen amándonos de forma indecible! Los santos ya viven en la presencia de Dios, en el esplendor de su gloria orando por nosotros que aún vivimos en la tierra. ¡Cuánto consuelo suscita en nuestro corazón esta certeza! La Iglesia es verdaderamente una madre y, como una mamá, busca el bien de sus hijos, sobre todo de los más alejados y afligidos, hasta que encuentre su plenitud en el cuerpo glorioso de Cristo con todos sus miembros.

Una última sugerencia se nos ofrece en el Evangelio de Juan, donde se afirma explícitamente que «Dios no ha mandado el Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él. Quien cree en él no está condenado; pero quien no cree ya está condenado, porque no ha creído en el Hijo único de Dios» (Jn 3,17-18). Esto significa entonces que ese juicio, el juicio ya está en marcha, empieza ahora, en el transcurso de nuestra existencia.

Este juicio es pronunciado en cada instante de la vida, como respuesta de nuestra acogida con fe de la salvación presente y operante en Cristo, o bien de nuestra incredulidad, con la consiguiente cerrazón en nosotros mismos. Pero si nos cerramos al amor de Jesús, somos nosotros mismos los que nos condenamos, somos condenados por nosotros mismos. La salvación es abrirnos a Jesús y él nos salva.

Y si somos pecadores, todos somos pecadores, todos lo somos, todos, y pedimos perdón, y vamos con el deseo de ser buenos, el Señor nos perdona, pero para esto debemos abrirnos, abrirnos al amor de Jesús, que es más fuerte que todas las demás cosas, el amor de Jesús es grande. El amor de Jesús es misericordioso, el amor de Jesús perdona, pero debes abrirte, y abrirse significa arrepentirse, lamentarse de las cosas que hemos hecho que no son buenas.

El Señor Jesús se ha donado y sigue donándose a nosotros, para llenarnos de toda la misericordia y la gracia del Padre. Somos nosotros, por tanto, los que podemos convertirnos en cierto sentido en jueces de nosotros mismos, auto condenándonos a la exclusión de la comunión con Dios y con los hermanos, con la profunda soledad y tristeza que esto produce. No nos cansemos, por tanto, de vigilar nuestros pensamientos y nuestras actitudes, para pregustar desde ahora el calor y el esplendor del rostro de Dios.

Será bellísimo ese Dios que en la vida eterna contemplaremos en toda su plenitud. ¡Adelante! Pensando en ese juicio que comienza ahora, que ya ha empezado. ¡Adelante! Haciendo que nuestro corazón esté abierto a Jesús y a su salvación, y ¡Adelante! Sin tener miedo, porque el amor de Jesús es más grande, y si nosotros pedimos perdón por nuestros pecados él nos perdona. Jesús es así. ¡Adelante con esta certeza, que nos llevará a la gloria del cielo! Gracias.

(RED/IV)


Publicado por verdenaranja @ 20:11  | Habla el Papa
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S?bado, 14 de diciembre de 2013

El viernes 13 de Diciembre por la mañana, el papa Francisco asistió, junto a la Curia Romana, a la segunda predicación de Adviento en la Capilla Redemptoris Mater del Vaticano. Como en otras ocasiones, el sermón fue pronunciado por el predicador de la Casa Pontificia, padre Raniero Cantalamessa. El fraile capuchino tituló su reflexión de adviento en preparación a la Navidad: La humildad como verdad y como servicio en Francisco de Asís. (Zenit.org)

Segunda Predicación de Adviento

LA HUMILDAD COMO VERDAD Y COMO SERVICIO EN FRANCISCO DE ASÍS

1. Humildad objetiva y humildad subjetiva

Francisco de Asís, hemos visto la vez pasada, es la demostración viviente de que la reforma más útil de la Iglesia es la del camino de santidad, que consiste siempre en un valiente regreso al Evangelio y que debe comenzar por uno mismo.

En esta segunda meditación quisiera profundizar sobre un aspecto del regreso al Evangelio, una virtud de Francisco. Según Dante Alighieri, toda la gloria de Francisco depende de su“haberse hecho pequeño”,es decir de su humildad. ¿Pero en qué ha consistido laproverbialhumildad de san Francisco?

En todas las lenguas, a través de las cuales ha pasado la Biblia para llegar hasta nosotros, es decir en hebreo, en griego, en latín y en castellano, la palabra "humildad" tiene dos significados fundamentales: uno objetivo que indica bajeza, pequeñez o miseria de hecho y uno subjetivo que indica el sentimiento y el reconocimiento que se tiene de la propia pequeñez. Este último es lo que entendemos por virtud de la humildad.

Cuando en el Magníficat María dice: “Ha mirado la humildad (tapeinosis) de su sierva”, entiende humildad en el sentido objetivo, ¡no subjetivo! Por esto muy oportunamente en distintas leguas, por ejemplo en alemán, el término es traducido por “pequeñez” (Niedrigkeit). ¿Cómo se puede imaginar, además, que María exalta su humildad y atribuya a ésta la elección de Dios, sin, con eso mismo, destruir la humildad de María? Y también a veces se ha escrito incautamente que María noatribuye a si misma ninguna otra virtud si no la de la humildad, como sí, de tal modo, se hiciese un gran honor, y no un gran mal a tal virtud.

La virtud de la humildad tiene un estatuto especial: la tienequien no cree tenerla, no la tiene quien cree tenerla. Solo Jesús puede declararse “humilde de corazón” y serlo verdaderamente; esta, veremos, es la única e irrepetible característica de la humildad del hombre-Dios. Por tanto, ¿María no tenía la virtud de la humildad? Claro que la tenía y en el grado más alto, pero esto lo sabía solo Dios, ella no. Precisamente esto es lo queconstituye el mérito inigualable de la verdadera humildad: que su perfume es percibido solo por Dios, no por quien lo emana. San Bernardo escribió: “El verdadero humilde quiere ser considerado vil, non proclamado humilde”i. Las Florecillas refieren en relación con esto un episodio significativo, y en el fondo, ciertamente histórico.

Un día, al volver San Francisco del bosque, donde había ido a orar, el hermano Maseo quiso probar hasta dónde llegaba su humildad; le salió al encuentro y le dijo cuasi bromeando: “¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti?” “¿Qué quieres decir con eso?”, repuso San Francisco. Y el hermano Maseo: "Me pregunto ¿por qué todo el mundo va detrás de ti y no parece sino que todos pugnan por verte, oírte y obedecerte? Tú no eres hermoso de cuerpo, no sobresales por la ciencia, no eres noble, y entonces, ¿por qué todo el mundo va en pos de ti?". Al oír esto, San Francisco sintió una grande alegría de espíritu, […], se dirigió al hermano Maseo y le dijo: ¿Quieres saber por qué a mí? ¿Quieres saber por qué a mí? ¿Quieres saber por qué a mí viene todo el mundo? Esto me viene de los ojos del Dios altísimo, que miran en todas partes a buenos y malos, y esos ojos santísimos no han visto, entre los pecadores, ninguno más vil ni más inútil, ni más grande pecador que yo”ii.

2. La humildad como verdad

La humildad de Francisco tiene dos fuentes de iluminación, una de naturaleza teológica y una de naturaleza cristológica. Reflexionamos sobre la primera. En la Biblia encontramos actos de humildad que no salen del hombre, de la consideración de la propia miseria o del propio pecado, sino que tienen como única razón Dios y su santidad. Tal es la exclamación de Isaías “Soy un hombre de labios impuros”, frente a la manifestación imprevista de la gloria y de la santidad de Dios en el templo(Is 6, 5 s); tal es también el grito de Pedro después de la pesca milagrosa: “¡Aléjate de mí que soy un pecador!” (Lc 5,8).

Estamos delante de la humildad esencial, la de la criatura que toma conciencia de sí delante de Dios. Hasta que la persona se mide con sí mismo, con los otros o con la sociedad, no tendrá nunca la idea exacta de lo que es; le falta la medida. “¡Qué acento infinito, ha escrito Kierkegaard, cae sobre el yo en el momento en el que obtiene como medida a Dios”iii. Francisco poseía de forma eminente esta humildad. Una máxima que repetía a menudo era: “Lo que un hombre es delante de Dios, eso es, nada más”iv.

Las Florecillas cuentan que una noche, el hermano León quería espiar de lejos lo que hacía Francisco durante su oración nocturna en el bosque deLaVerna y de lejos le oía murmurar largo rato algunas palabras. El día siguiente el santo lo llamó, y después de reprenderlo amablemente por haber desobedecido su orden, le reveló el contenido de su oración:

“Sepas, fray Ovejuela de Dios, que cuando yo hablaba lo que oíste, me eran manifestadas dos luces: la del propio conocimiento y la del conocimiento del Creador. Cuando yo decía: «¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío?», en la luz de la contemplación veía el abismo de la infinita bondad y sabiduría y potencia de Dios, y cuando decía: «¿Qué soy yo?», era en la luz de la contemplación con la cual veía el profundo valle lacrimoso de mivileza y miseria”v.

Era eso que pedía a Dios san Agustín y que consideraba la suma de toda la sabiduría: “Noverim me, noverim te. Que yo me conozca a mí y que yo te conozca a ti; que yo me conozca a mí por humillarme y que yo te conozca a ti por amarte”vi.

El episodio del hermano León está ciertamente adornado, como siempre en las Florecillas, pero el contenido corresponde perfectamente a la idea que Francisco tenía de sí y de Dios. Es una prueba el inicio del cántico de las criaturas con la distancia infinita que pone entre Dios “altísimo, omnipotente, buen Señor, a quien se debe la alabanza, la gloria, el honor y la bendición” y el mísero moral que no es digno ni siquiera de "nombrar"a Dios, es decir, de pronunciar su nombre.

En esta luz, que he llamado teológica, la humildad nos aparece esencialmente como verdad. “Me preguntaba un día, escribió santa Teresa de Ávila, por qué motivo el Señor ama tanto la humildad y me vinoen mente de improviso, sin ninguna reflexión mía, que debe ser porqué él es suma de Verdad y la humildad es verdad”vii.

Es una luz que no humilla, sino al contrario, da alegría inmensa y exalta. Ser humilde de hecho no significa estar descontentos de sí y tampoco reconocer la propia miseriay lapropia pequeñez.Es mirar a Dios antes que a sí mismo y medir el abismo que separa el finito del infinito. Más se da uno cuenta de esto, más se hace humilde. Por tanto, se comienza a regocijar de la nada, ya que es gracias a esto que se puede ofrecer a Dios un rostro cuya pequeñez y cuya miseria ha fascinado desde la eternidad el corazón de la Trinidad.

Una gran discípula del Pobrecillo, que papa Francisco ha proclamado santa hace poco, Angela da Foligno, cercana a la muerte exclamó: “¡Oh nada desconocida, oh nada desconocida! El alma no puede tener una visión mejor en este mundo que contemplar la propia nada y vivir en ésta como en la celda de una cárcel”viii. Hay un secreto en este consejo, una verdad quese aprende por experiencia. Se descubre entonces que existe de verdad esa celda y que se puede entrar realmente cada vez que se quiera. Ésta consiste en el sentimiento quieto y tranquilo de ser una nada delante de Dios, ¡pero una nada amada por él!

Cuando se está dentro de la celda de esta cárcel luminosa, no se ven más los defectos del prójimo, o se ven con otra luz. Se entiende que es posible, con la gracia y con el ejercicio, realizar lo que dice el Apóstol y que parece, a primera vista, excesivo esdecir“considerar a todoslosotros superiores a sí” (cf Fil 2, 3), o al menos se entiende cómo esto puede haber sido posible para los santos.

Cerrarse en esta cárcel es diferente a cerrarse en sí mismo; es, sin embargo, abrirse a los otros, al ser, a la objetividad de las cosas. El contrario de lo que siempre han pensado los enemigos de la humildad cristiana. Es cerrarse al egoísmo, no en el egoísmo. Es la victoria sobre uno de los males que también la psicología moderna juzga fatal para la persona humana: el narcisismo. En esa celda, además, no penetra el enemigo. Un día, Antonio el Grande tuvo una visión; vio, en un momento, todos los lazos infinitos del enemigo en el suelo y dijo gimiendo: “¿Quién podrá evitar todos estos lazos? y escuchó una voz responderle: “¡Antonio, la humildad!”ix. “Nada, escribió el autor de la Imitación de Cristo, conseguirá hacer exaltarse a aquel que está fijado firmemente en Dios”x.

3. La humildad como servicio de amor

Hemos hablado de la humildad como verdad de la creatura delante de Dios. Paradojalmente lo que entretanto llena más de estupor el alma de Francisco no es la grandeza de Dios, pero su humildad. En las Laudi di Dio Altissimo que se conservan escritas por su puño en Asís, entre las perfecciones de Dios - “Tú eres santo. Tú eres fuerte. Tú eres trino y uno. Tu eres amor, caridad. Tu eres sabiduría...”, en un cierto momento Francisco añade una insólita: “Tú eres humildad”. No es un título puesto por equivocación. Francisco ha aferrado una verdad profundísima sobre Dios que debería de llenarnos también a nosotros de estupor.

Dios es humildad porque es amor. Delante de las creaturas humanas, Dios se encuentra desprovisto de cualquierposibilidadno solamente constrictiva, pero también defensiva. Si los seres humanos eligen, como han hecho, rechazar su amor, él no puede intervenir autoritariamente para imponerse a ellos. No puede hacer otra cosa que respetar el libre arbitrio de los hombres.Los hombres podránrechazarlo, eliminarlo: él no se defenderá, dejará hacer. O mejor, su manera de defenderse y de defender a los hombres contra su mismo aniquilamiento será la de amar nuevamente y siempre, eternamente. El amor crea por su naturaleza dependencia y la dependencia la humildad. Así es también, misteriosamente, en Dios.

El amor nos da por lo tanto la llave para entender la humildad de Dios: se necesita poca potencia para ponerse en muestra, en cambio se necesita mucha para ponerse a un lado, para borrarse. Dios es esta ilimitada potencia de esconderse de sí y como tal se revela en la encarnación. La manifestación visible de la humildad de Dios es posible tenerla contemplando a Cristo que se pone de rodillas delante a sus discípulos para lavarle los pies -y podemos imaginarlos que esos pies estaban sucios- y aún más cuando reducido a la más radical impotencia en la cruz, sigue amando sin nunca condenar.

Francisco ha acogido este nexo estrecho entre la humildad de Dios y la encarnación. Veamos aquí algunas desus palabras de fuego:

“Cada día él se humilla, como cuando de su sede real descendió en el vientre de la Virgen; cada día él mismo viene hacia nosotros en apariencia humilde; cada día desciende del seno del Padre en el altar, en las manos del sacerdote”xi.

“Oh humildad sublime. Oh sublimidad humilde, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, así se humille hasta esconderse por nuestra salvación, bajo la poca apariencia del pan. Miren hermanos, la humildad de Dios, y abran delante de él su corazón”xii.

Hemos descubierto así el segundo motivo de la humildad de Francisco: el ejemplo de Cristo. Es el mismo motivo que Pablo indicaba a los Filipenses cuando les recomendaba de tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús que se “humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la cruz” (Fil 2, 5.8). Antes de Pablo había sido Jesús personalmente a invitar a los discípulos a imitar su humildad: “Aprendan de mi que soy manso y humilde de corazón”” (Mt 11, 29).

¿En qué, nos podríamos interrogar, Jesús nos dice que imitemos su humildad? ¿En qué fue humilde Jesús?Leyendolos evangelios, no encontramos nunca ni siquiera la mínima admisión de culpa sobre la boca de Jesús, ni siquiera cuando conversa con el Padre. Esta es una de las pruebas más escondidas, mismo de las que más convencen, sobre la divinidad de Cristo y de la absoluta unicidad de su conciencia. En ningún santo, en ningún grande de la historia y en ningún fundador de religión, se encuentra una tal conciencia de inocencia”.

Todos reconocen, más o menos de haber cometido algún error y de tener alguna cosa de la cual hacerse perdonar, al menos de Dios. Gandhi, por ejemplo, tenía una conciencia muy aguda de haber, en algunas ocasiones, tomado posiciones equivocadas; tenía también sus remordimientos. Jesús nunca. Él puede decir dirigiéndose a sus adversarios: “¿Quién de ustedes me puede convencer del pecado?”. (Jn 8, 46). Jesús proclama de ser “Maestro y Señor” (cfr Jn 13, 13), de ser más que Abraham, que Moisés, que Jonás, que Salomón. Dónde está por lo tanto la humildad del Señor, para poder decir: “¿Aprenden de mi que soy humilde?

Aquí descubrimos una cosa importante. La humildad no consiste principalmente en ser pequeños, porque se puede ser pequeños sin ser humildes; no consiste principalmente en sentirse pequeños, porque uno pude sentirse pequeño y serlo realmente y esta sería objetividad, pero no aún humildad; sin tomar en cuenta que además el sentirse pequeño e insignificante puede nacer también por un complejo de inferioridad y llevar al replegarse sobre sí mismo y a la desesperación en vez que llevar a la humildad. Por lo tanto la humildad para sí, en el grado más perfecto no está en el ser pequeños, ni en el sentirse pequeños, ni en proclamarse pequeños. Está en el hacerse pequeño y no por cualquier necesidad o utilidad personal, sino por amor, para “elevar” a los demás.

Así fue la humildad de Jesús; él se hizo tan pequeño de “anularse” incluso por nosotros. La humildad de Jesús es la humildad que baja desde Dios y que tiene su modelo supremo en Dios, no en el hombre. En la posición en la cual se encuentra, Dios no puede “elevarse”; nada existe encima de él. Si Dios sale de si mismo y hace algo fuera de la Trinidad, esto no podrá ser que un rebajarse y un hacerse pequeño; no podrá ser, en otras palabras, que humildad, o como decíanalgunos Padres griegos, synkatabasis, o sea condescendencia.

San Francisco hace de la “hermana agua” el símbolo de la humildad, definiéndola “útil, humilde, preciosa y casta”. El agua de hecho nunca se “levanta”, nunca “asciende”, pero “desciende” hasta que llega al punto más bajo.Elvapor sube y por lo tanto es el símbolo tradicional del orgullo y de la vanidad: el agua desciende y por lo tanto es el símbolo de la humildad.

Ahora sabemos qué quiere decir la palabra de Jesús: “Aprendan de mi que soy humildad”. Es una invitación a hacernos pequeños por amor, a lavar como él los pies de los hermanos. En Jesús vemos además la seriedad de esta opción. No se trata de hecho de descender y hacerse pequeño cada tanto, como un rey que en su generosidad cata tanto se digna de descender entre el pueblo y quizás servirlo en alguna cosa. Jesús se hace “pequeño”, como “se hace carne”, o sea establemente, hasta el fondo. Eligió pertenecer a la categoría de los pequeños y de los humildes.

Este nuevo rostro de la humildad se resume en una palabra: servicio: Un día -se lee en el Evangelio- los discípulos habían discutido entre ellos quien era “el más grande”. Entonces Jesús “habiéndose sentado” -como para dar mayor solemnidad a la lección que estaba por impartir- llamó a sí a los doce y les dijo: “Si uno quiere ser el primero sea elúltimo”. Pero después explica en seguida que entiende por 'último': que sea el 'siervo' de todos. La humildad proclamada por Jesús es por lo tanto servicio. En el Evangelio de Mateo, esta lección de Jesús es acompañada por un ejemplo: “Justamente, como el Hijo del hombre que no vinopara ser servido sino para servir” (Mt 20, 28).

4. Una Iglesia humilde

Alguna consideración práctica sobre la virtud de la humildad, tomada en todas sus manifestaciones, tanto respecto a Dios como respecto a los hombres. No debemos ilusionarnos de haber alcanzado la humildad solamente porque la palabra de Dios nos ha conducido a descubrir nuestra nada y nos ha mostrado que tiene que traducirse en servicio fraterno. En qué punto nos encontramos en materia de humildad, se ve cuando la iniciativa pasa de nosotros a los otros, o sea cuando no somos más nosotros a reconocer nuestros defectos y equivocaciones, pero son los otros a hacerlo, cuando no somos solamente capaces de decirnos la verdad, pero también de dejar que nos la digan, de buen grado,losotros. Antes de reconocerse delante a frayMaseocomo el más vil de los hombres, Francisco había aceptado en buena medida y por mucho tiempo, las mofas, considerado por amigos y parientes y por todo el pueblo de Asís como un ingrato, un exaltado, uno que no habría logrado hacer nada bueno durante su vida.

A qué punto estamos en la lucha contra el orgullo, se ve, en otras palabras, de acuerdo a como reaccionamos externamente o internamente cuando nos contradicen, corrigen, critican, o nos dejan aparte. Pretender asesinar el propio orgullo golpeándolo nosotros solos, sin que nadie intervenga desde el exterior, es como usar el propio brazo para castigarse uno mismo:nunca hará verdaderamente mal a sí mismo. Es como si un médico quisiera extirparse un tumor por si mismo.

Cuando yo busco que un hombre me de gloria por algo que digo o hago, es casi seguro que aquel que tengo delante busca recibir gloria de mi parte, por como escucha y por como él responde. Y así sucede que cada uno busca la propia gloria y nadie la obtiene para sí, y si acaso la obtiene no es que 'vanagloria', o sea gloria vacía, destinada a disolverse en humo como la muerte. Pero el efecto es igualmente terrible; Jesús atribuía a la búsqueda de la propia gloria incluso la imposibilidad de creer. Le decía a los fariseos: “¿Cómo pueden creer ustedes que pretenden la gloria uno de los otros y no buscan la gloria que viene solamente de Dios?”. (Jn 5, 44).

Cuando nos encontramos involucrados en pensamientos y aspiraciones de gloria humana, lancemos en la pelea de tales pensamientos, como una antorcha ardiente, la palabra que Jesús mismo usó y que nos dejó a nosotros: “Yo no busco mi gloria” (Jn 8, 50). La de la humildad es una lucha que dura toda la vida y se extiende a cada aspecto de ella. El orgullo es capaz de nutrirse sea del mal que del bien; peor aún, al contrario de lo que sucede con los otros vicios, el bien, no el mal, es el terreno de cultivo preferido por este terrible “virus”.

Escribe con argucia el filosofo Pascal:

“La vanidad tiene raíces tan profundas en el corazón del hombre que un soldado, un siervo de milicias, un cocinero, un cargador, se enorgullece y pretende tener sus admiradores, y los mismos filósofos los quieren. Y los que escriben contra la vanagloria aspiran a la vanagloria de haber escrito bien, y quienes leen a la vanagloria de haberlos leídos; y yo que escribo esto nutro quizás el mismo deseo; y quienes me leerán quizás también”xiii.

Para que el hombre no se “suba en soberbia”, Dios lo fija al piso con una especie de ancla; le pone al lado como a san Pablo un “mensajero de satanás que lo abofetea”, “una espina en la carne” (2 Cor 12,7). No sabemos exactamente que era para el apóstol esta “espina en la carne”, ¡pero sabemos bien lo que es para nosotros! Cada uno que quiere seguir al Señor y servir a la Iglesia la tiene. Son situaciones humillantes de las cuales uno es llamado constantemente, a veces noche y día, a la dura realidad de lo que somos. Puede ser un defecto, una enfermedad, una debilidad, una impotencia, que el Señor nos deja, a pesar de todas las súplicas; una tentación persistente y humillante, quizás justamente tentación de soberbia; una persona con la que uno está obligado a vivir y que, a pesar de la rectitud de ambas partes, tiene el poder de poner al desnudo nuestra fragilidad, de demoler nuestra presunción.

Pero la humildad no es sólo una virtud privada. Hay una humildad que tiene que resplandecer en la Iglesia como institución y pueblo de Dios. Si Dios es humildad, también la Iglesia tiene que ser humildad; si Cristo ha servido, también la Iglesia debe servir, y servir por amor. Durante demasiado tiempo la Iglesia, en su conjunto, ha representado ante el mundo la verdad de Cristo, pero quizás no demasiado la humildad de Cristo. Y sin embargo, es con ésta, mejor que con cualquier apologética, con la que se aplacan lashostilidades y los prejuicios en su contra y se allana la vía para la acogida del Evangelio.

Hay un episodio de Los novios de Manzoni que contiene una profunda verdad psicológica y evangélica. El capuchino Fray Cristobal, terminado el noviciado, decide pedir perdón públicamente a los parientes del hombre que, antes de hacerse fraile, ha matado en un duelo. La familia se despliega en fila, formando una especie de horcas caudinas, de manera que el gesto resulte lo más humillante posible para el fraile y de mayor satisfacción para el orgullo de la familia. Pero cuando ven al joven fraile avanzar con la cabeza inclinada, arrodillarse ante el hermano del muerto y pedir perdón, cede la arrogancia, son ellos los que se sienten confundidos y los que piden perdón, hasta que al final todos se apiñan para besarle la mano y encomendarse a sus oracionesxiv. Son los milagros de la humildad.

En el profeta Sofonías, dice Dios: “Y dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, que confiará en el nombre del Señor”.Esta palabra todavía es actual y quizás de ella dependa también el éxito de la evangelización en la que está involucrada la Iglesia.

Ahora soy yo el que, antes de terminar, me tengo que recordar a mi mismo una máxima querida por san Francisco. Él solía repetir: “El emperador Carlos, Rolando, Oliverio y todos los esforzados caballeros consiguieron una gloriosa y memorable victoria… En cambio, ahora hay muchos que pretenden honra y gloria con sólo contar las hazañas que ellos hicieron”xv. Utilizaba este ejemplo para decir que los santos han practicado las virtudes y otros buscan la gloria con sólo contarlasxvi.

Para no ser también uno de ellos, me esfuerzo por poner en práctica el consejo que daba un antiguo Padre del desierto, Isaac de Nínive, a aquel que se ve obligado por el deber a hablar de cosas espirituales que aún no ha alcanzado con su vida: “Habla de ellas, decía, como uno que pertenece a la clase de los discípulos y no con autoridad, tras haber humillado tu alma y haberte hecho más pequeño que cada uno de tus oyentes”. Con este espíritu, Santo Padre, Venerables Padres, hermanos y hermanas, he osado hablarles de humildad.

i S. Bernardo de Claraval, Sermones sobre el Cántico, XVI, 10 (PL 183,853)
ii Fioretti, cap. X.
iii S. Kierkegaard, La enfermedad mortal, II, cap.1.
iv Admoniciones, XIX ; cf. S. Buenaventura, Legenda mayor, VI,1 (FF 1103).
v Consideraciones sobre los estigmas, III).
vi S. Augustin, Soliloquios,I,1,3; II, 1, 1 (PL 32, 870.885).
vii S. Teresa de Avila, Castillo interior, VI dim., cap. 10.
viii El libro della B. Angela de Foligno, Quaracchi, 1985, p. 737
ix Apophtegmata Patrum, Antonio, 7 (PG 65, 77).
x Imitación de Cristo, II, cap. 10.
xi Amoniciones, I.
xii Carta a toda la Orden.
xiii B. Pascal, Pensamientos, n. 150 Br.
xiv A. Manzoni, Los Novios, cap.IV.
xv Amoniciones VI.
xvi Amoniciones VI.

Traducido por ZENIT


Publicado por verdenaranja @ 23:39  | Espiritualidad
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Viernes, 13 de diciembre de 2013

Reflexión al domingo tercero de Adviento - A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR"

Domingo III de Adviento A

 El Domingo 3º de Adviento nos invita a la alegría, porque se acerca la Navidad. Desde antiguo, se llama “Domingo Gaudete”, un término latino -La liturgia se celebraba en latín- que se traduce por “estad alegres” o “alegraos”.

La oración colecta nos resume siempre el contenido de la celebración. La de este domingo es, particularmente, significativa: “Estás viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo; concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante”. ¡Preciosa!

En la Navidad hay “muchos motivos” de  alegría: la familia que se reúne, el adorno de la casa, las felicitaciones, los regalos, los villancicos, el mismo ambiente navideño… Pero la oración señala “el motivo”: “Concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación…”

Y la salvación no es algo que hemos de esperar para después de la muerte, sino que es una realidad, ante la cual, hemos de tomar partido, en el ahora de nuestra vida. Y eso comienza en el Bautismo que recibimos, y que hemos de hacer cada vez más nuestro.

La salvación es el motivo de la Venida del Señor. Viene como Redentor, como contemplábamos el Domingo pasado, y nos salva por su Pasión, Muerte y Resurrección. Y la llegada de la salvación, de algún modo, “sucede”, se hace presente, en las fiestas que se acercan. Por eso, en el salmo responsorial de este Domingo, repetimos: “Ven, Señor, a salvarnos”.

La salvación que nos trae Jesús tiene un doble contenido: Liberación del pecado y del mal y sobreabundancia de bienes, hasta llegar a ser hijos de Dios. Y esa doble realidad es, como decíamos,  “el motivo” de la alegría de  estas fiestas, que se expresa y se alimenta con las manifestaciones externas, ya tradicionales, entre nosotros.

Suelo poner dos ejemplos: La alegría que hay cuando se libera a un secuestrado -secuestrados estábamos por el pecado y el mal-  y la alegría que hay cuando se saca uno la lotería. ¡Cuántos bienes, cuántos dones, nos trae el Señor!  ¡No sé si sería posible enumerarlos todos! Dice S. Pablo: “El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros...” (Cfr. Ef 1, 1- 10).

Cuando esto se conoce y se vive, sólo hay una forma de celebrar la Navidad: “Con alegría desbordante”. ¡Sea cual sea la situación en que cada uno se encuentre! El Papa S. León Magno decía: “No puede haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la vida”,

El Evangelio de hoy nos confirma la llegada de la salvación. Dice el Señor: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: Los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí!”

¡Son éstos “los signos mesiánicos” que anunciaron los profetas! Lo hemos escuchado en la primera lectura.

Por tanto, ¡Ha llegado el Mesías, el que tenía que venir! ¡No tenemos que esperar a otro!  ¡Muchas felicidades! ¡El Redentor está ya en medio de nosotros!

                

                                                           ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO III DE ADVIENTO A     

MONICIONES

 

PRIMERA LECTURA

 

“Dios vendrá y nos salvará”.

La vuelta del destierro de Babilonia la describe el profeta como una gran renovación: lo árido se hace hermoso y fértil, el enfermo sana, el cobarde cobra vigor. Pero la profecía halla su pleno cumplimiento en Cristo, el Mesías, el que tenía que venir… Y llegará a su culminación con su Vuelta gloriosa.

 

SEGUNDA LECTURA

“Manteneos firmes porque la venida del Señor está cerca”

Los cristianos a los que se dirige Santiago afrontan momentos difíciles. El apóstol les exhorta a la paciencia, la fortaleza y el amor mutuo, mientras esperan la llegada del Señor.

 

TERCERA LECTURA

“¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”

Es posible que Juan el Bautista tuviera que  afrontar también la actuación inesperada del Mesías. Pero, en un caso o en otro, el cumplimiento de las profecías acredita a Jesús como “el que tenía que venir”, “el Mesías de Dios”.

Aclamémosle ahora con el canto del aleluya.

 

COMUNIÓN

En la Comunión recibimos a Jesucristo, al que acogemos como Salvador en la Navidad. Que Él nos ayude a prepararnos para celebrar su Venida, de modo que se cumpla en nosotros la Palabra que hemos escuchado: "Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí".

 


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Jueves, 12 de diciembre de 2013

Reflexión de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, en el programa radial Compartiendo el Evangelio (Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María - 8 de diciembre de 2013)

María es el modelo de fe adulta

El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: "¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo". Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel le dijo: "No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin". María dijo al Ángel: "¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?" El Ángel le respondió: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios". María dijo entonces: "Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho". Y el Ángel se alejó. (San Lucas 1, 26-38)


 
 
Es un texto hermoso donde vemos que Dios, con su iniciativa totalmente libre, elige a María para entregarle la presencia de su Hijo, el Verbo, la Palabra. Que se hace carne en el seno virginal de María. En este misterioso intercambio, entre Dios y la Virgen, la Virgen y Dios, por medio del Ángel se nos da el inicio concreto de la salvación, porque la salvación viene por María, la Madre de Dios.

La elige a ella y María es concebida sin mancha de pecado original, es decir que en atención a su maternidad divina, María es preservada del pecado original para que no esté sometida bajo ningún aspecto ni ningún capricho del maligno, del malo, del tentador. María es Inmaculada.

Ella es constituida como la Madre de todos los vivientes; es la Madre del Hijo del Hombre, Jesús. Y frente a este misterio María no tiene una inerte pasividad sino tiene una operosa actividad. Actúa operativamente. Su fe y su aceptación no es mera pasividad sino al contrario es confianza, entrega.

María es la que nos enseña a servir. Ella sirve, no se engrupe, no se enorgullece. Por eso hace más que hablar. Es modelo de una fe adulta y consciente. Es una apertura de amor sin pecado. Por eso nos acompaña, nos ayuda, nos anima, nos consuela, nos comprende, nos levanta y nos da su palmada en la espalda cuando uno está cansado o agobiado. María, como Madre, está presente.

Que en este tiempo especial del Adviento, Ella nos ayude a levantar nuestra mirada que nos prepara para el encuentro, en el misterio de la Redención, de su Hijo.

Que Ella despeje todas las nubes para que solamente salga el sol, Jesucristo.

Les dijo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén


Mons. Rubén Oscar Frassia, Obispo de Avellaneda-Lanús.


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Homilía de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el 2º domingo de adviento (8 de Diciembre de 2013) (AICA)

“María y los jóvenes” 
 
En nuestra patria, por una autorización de la Santa Sede desde hace algunos años, cuando coincide un domingo de Adviento con el de la Inmaculada, permite que se celebre a nuestra Madre en esta fecha, el 8 de diciembre, que es tan significativa para los cristianos en nuestra tierra.

En relación a esta celebración de la Inmaculada habitualmente he tratado de reflexionar sobre el valor de la “pureza”, especialmente ligado a nuestros niños y jóvenes. Debemos reconocer que teniendo en cuenta los peligros que acechan al tema de la vida en todas sus dimensiones, y el ambiente sobre todo que ofrecen algunos medios de comunicación, hablar de “la pureza en los niños y jóvenes” parece absurdo. Por un lado nos escandalizamos de la violencia y problemas juveniles, y por otro la comunicación consumista, el alcohol y la droga entre otros, se multiplica descontroladamente.

Hace algunos días los obispos argentinos en la última plenaria del episcopado hemos enviado un mensaje que expresa nuestra preocupación sobre el tema de la droga, con el nombre: “el drama de la droga y el narcotráfico”. En dicho documento señalamos: “La sociedad vive con dolor y preocupación el crecimiento del narcotráfico en nuestro país. Son muchos los que nos acercan su angustia ante este flagelo. Nos conmueve acompañar a las madres y los padres que ya no saben qué hacer con sus hijos adictos, a quienes ven cada vez más cerca de la muerte. Nos quedamos sin palabras ante el dolor de quienes lloran la pérdida de un hijo por sobredosis o hechos de violencia vinculados al narcotráfico. Sabemos que este problema es un emergente de la crisis existencial del sentido de la vida en que está sumergida nuestra sociedad. Se refleja en el deterioro de los vínculos sociales y en la ausencia de valores trascendentes. Cuando este mal se instala en los barrios destruye las familias, siembra miedo y desconfianza entre los vecinos, aleja a los chicos y a los jóvenes de la escuela y el trabajo. Tarde o temprano algunos son captados como ayudantes del “negocio”. Hay gente que vende droga para subsistir, sin advertir el grave daño que se realiza al tejido social y a los pobres en particular… Lo que escuchamos decir con frecuencia es que a esta situación de desborde se ha llegado con la complicidad y la corrupción de algunos dirigentes. La sociedad a menudo sospecha que miembros de fuerzas de seguridad, funcionarios de la justicia y políticos colaboran con los grupos mafiosos. Esta realidad debilita la confianza y desanima las expectativas de cambio. Pero también es funcional y cómplice quien pudiendo hacer algo se desentiende, se lava las manos y “mira para otro lado”. Esta situación está dejando un tendal de heridos que reclaman de parte de todos, compromiso y cercanía. Jesús nos pide que nos inclinemos ante quien sufre y que tratemos con ternura sus heridas. San Pablo nos enseña a “tener horror por el mal y pasión por el bien” (Rm 12, 9). Por eso no debemos quedarnos solamente en señalar el mal.

Alentamos en la esperanza a todos los que buscan una respuesta sin bajar los brazos:
A las madres que se organizan para ayudar a sus hijos.
A los padres que reclaman justicia ante la muerte temprana.
A los amigos que no se cansan de estar cerca y de insistir sin desanimarse.
A los comunicadores que hacen visible esta problemática en la sociedad.
A los docentes que cotidianamente orientan y contienen a los jóvenes.
A los sacerdotes, consagradas, consagrados y laicos que en nuestras comunidades brindan espacios de dignidad humana.
A los miembros de fuerzas de seguridad y funcionarios de otras estructuras del Estado que aún a riesgo de su vida no se desentienden de los que sufren.
A todos los que resisten la extorsión de las mafias”.

La droga no es el único mal que padecen nuestros jóvenes, hay muchos otros males, el alcoholismo, la promoción de una sexualidad promiscua, incluso en planteos educativos… todo esto fruto de una visión del hombre (varon y mujer) materialistas y sin ninguna dimensión de lo trascendente. Sabemos que el ambiente determina en gran medida la voluntad y la libertad de aquellos que en la adolescencia empiezan a realizar sus primeras opciones fundamentales.

En este día en que celebramos a Nuestra Madre en la “Inmaculada concepción” le pedimos su intercesión por nuestros niños y jóvenes, por el respeto a su dignidad y pureza. Ellos son el presente y el futuro y todo lo que invirtamos en ellos (los niños y jóvenes) será un signo de esperanza.

Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!


Mons. Juan Rubén Martínez, Obispo de Posadas


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Reflexión de josé Antonio Pagola al evangelio del domingo tercero de Adviento - A.

Curar heridas

La actuación de Jesús dejó desconcertado al Bautista. Él esperaba un Mesías que extirparía del mundo el pecado imponiendo el juicio riguroso de Dios, no un Mesías dedicado a curar heridas y aliviar sufrimientos. Desde la prisión de Maqueronte envía un mensaje a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”.

Jesús le responde con su vida de profeta curador: “Decidle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia”. Este es el verdadero Mesías: el que viene a aliviar el sufrimiento, curar la vida y abrir un horizonte de esperanza a los pobres.

Jesús se siente enviado por un Padre misericordioso que quiere para todos un mundo más digno y dichoso. Por eso, se entrega a curar heridas, sanar dolencias y liberar la vida. Y por eso pide a todos: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”.

Jesús no se siente enviado por un Juez riguroso para juzgar a los pecadores y condenar al mundo. Por eso, no atemoriza a nadie con gestos justicieros, sino que ofrece a pecadores y prostitutas su amistad y su perdón. Y por eso pide a todos: “No juzguéis y no seréis juzgados”.

Jesús no cura nunca de manera arbitraria o por puro sensacionalismo. Cura movido por la compasión, buscando restaurar la vida de esas gentes enfermas, abatidas y rotas. Son las primeras que han de experimentar que Dios es amigo de una vida digna y sana.

Jesús no insistió nunca en el carácter prodigioso de sus curaciones ni pensó en ellas como receta fácil para suprimir el sufrimiento en el mundo. Presentó su actividad curadora como signo para mostrar a sus seguidores en qué dirección hemos de actuar para abrir caminos a ese proyecto humanizador del Padre que él llamaba “reino de Dios”.

El Papa Francisco afirma que “curar heridas” es una tarea urgente: “Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor, cercanía y proximidad a los corazones... Esto es lo primero: curar heridas, curar heridas”. Habla luego de “hacernos cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela”. Habla también de “caminar con las personas en la noche, saber dialogar e incluso descender a su noche y oscuridad sin perderse”.

Al confiar su misión a los discípulos, Jesús no los imagina como doctores, jerarcas, liturgistas o teólogos, sino como curadores. Su tarea será doble: anunciar que el reino Dios está cerca y curar enfermos.

José Antonio Pagola

15 de diciembre de 2013
3 Adviento (A)
Mateo 11, 2-11
 


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Mi?rcoles, 11 de diciembre de 2013

Homilía de monseñor Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú, en la solemnidad de la Inmaculda Concepción (8 de diciembre de 2013) (AICA)

Solemnidad de la Inmaculada Concepción

La liturgia de hoy no propone de lleno la contemplación del misterio de Dios que viene, de Dios que quiere hacerse don para la humanidad entera y que elige para ello a una jovencita a quien le confía el gran misterio de la plenitud de los tiempos: que sería madre, permaneciendo virgen, y que sería la portadora de Dios. Este texto de la Anunciación de la Encarnación del Verbo Eterno de Dios por medio del ángel Gabriel (Lc. 1, 26-38), nos pone en clima espiritual de Navidad. En efecto, navidad es el tiempo para contemplar a aquella que fue madre virginal y que hizo posible con su asentimiento en la fe, que viniera el Salvador del mundo. Hoy la iglesia quiere contemplar a la Madre a través de la cual hemos recibido al mismo autor de la vida, al que nos trae la vida y nos la trae en abundancia, Jesucristo, nuestro Señor, el Salvador del mundo.

La primera lectura del Génesis (Gén 3, 9-15.20) nos habla del plan de Dios para la humanidad, salida de su mano creadora, humanidad que no sólo estaba en armonía con su Dios sino también con la creación toda hasta la aparición del pecado del hombre -fruto de su libertad- poniéndose así en contra de Dios, al pretender vivir según sus propios criterios y construir su destino fuera del plan divino. Este relato nos muestra que la desobediencia y el pecado tienen como consecuencias la ruptura, no sólo de la amistad con Dios, sino también la ruptura entre los seres humanos y con la misma creación. El pecado trae la muerte, la división y la separación. En claro contraste con esto, observamos la actitud de María, esta joven humilde que con su obediencia, con su confianza en los designios casi inescrutables de Dios, hace posible que venga el Salvador del mundo a subsanar aquella realidad de enemistad y de separación de la que nos el primer libro de la Escritura. Con su Sí, María permitió que de algún modo en la persona de Jesús se volviera a unir el cielo y la tierra. Su fe y su obediencia repararon la pretensión de autonomía y la soberbia de los primeros padres.

El cristiano tiene en María un modelo cierto de inspiración, tiene a una madre que le enseña con cariño el camino de la oración, del silencio y la aceptación de la voluntad de Dios. Los cristianos, como María en la Anunciación, también recibimos la Palabra, la recordamos, la guardamos, la meditamos y vamos haciendo el camino de fe a lo largo de nuestra vida. Como ella debemos observar cuidadosamente qué es lo que va haciendo Dios en nuestras existencias, observar qué signos nos presenta y cómo va manifestando Dios su voluntad sobre nosotros.

El cristiano siempre encontrará en María un modelo de oración y de fe. Ella oraba y en la oración se le manifestó el ángel Gabriel anunciándole el misterio de la maternidad divina. María es ejemplo de humildad y entrega a la Voluntad de Dios. Ella se reconoce esclava del Señor, servidora del Señor, a tal punto que exclama rendida en amor: “hágase en mí según tu palabra”. María es ejemplo de fe a toda prueba, pues ella creyó por encima de las apariencias, ella creyó aun cuando no terminaba de comprender, ella creyó que Dios podía realizar lo imposible en ella. Nos hace falta una fe como la de María para caminar en la vida, para encaminar nuestros esfuerzos de evangelización. La fe es la base de todo compromiso y de todo apostolado.

La venida de Dios, el hecho de que la Palabra se haya hecho carne en el seno purísimo y virginal de María, nos lleva a la consideración de ese Dios que nos busca, que se hace cercano a nosotros y a nuestra vida, si nosotros queremos y le abrimos nuestro corazón para que Él haga su obra. No es casual que la Virgen después de haberle dicho Sí a la cercanía de Dios, ella misma salió a servir a su prima Isabel que estaba ya en su sexto mes. Imitando la actitud de fe de María, muchos se han convertido en ejemplos de fe y servicio a Dios, a la iglesia y a cada uno de sus hermanos. La fe y el servicio nos ayudan a ser discípulos y misioneros de este mundo que cada día necesita más de Dios y del testimonio de hombres y mujeres que con fe muestren un camino diferente.

Que María, Inmaculada Concepción, nos ayude a crecer en la fe y en la aceptación de los designios de Dios sobre nosotros.

Mons. Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú


Publicado por verdenaranja @ 19:44  | Homil?as
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Martes, 10 de diciembre de 2013
En el segundo domingo de Adviento, solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, 8 de Didiembre de 2013, el papa Francisco rezó la oración del ángelus desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico, ante una multitud que le atendía en la plaza de san Pedro. (Zenit.org) Texto completo.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Este segundo domingo de Adviento cae en el día de la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, y entonces nuestra mirada es atraída por la belleza de la Madre de Jesús, ¡nuestra Madre! Con gran alegría la Iglesia la contempla «llena de gracia» (Lc 1, 28). Digámoslo tres veces: "Llena de gracia". Todos: ¡Llena de gracia! ¡Llena de gracia! ¡Llena de gracia! y así como Dios la ha mirado desde el primer instante en su diseño de amor. María nos sostiene en nuestro camino hacia la Navidad, porque nos enseña cómo vivir este tiempo de Adviento en la espera del Señor. ¡El Señor viene! ¡Esperémoslo!

El Evangelio de san Lucas nos presenta a María, a una joven de Nazaret, pequeña localidad de Galilea, en la periferia del imperio romano y también en la periferia de Israel. Y sin embargo, sobre ella se ha posado la mirada del Señor, que la ha elegido para ser la madre de su Hijo. En vista de esta maternidad, María ha sido preservada del pecado original, es decir, de aquella fractura en la comunión con Dios, con los otros y con el creado, que hiere profundamente a cada ser humano.Pero esta fractura ha sido sanada por adelantado en la Madre de Aquel que ha venido a librarnos de la esclavitud del pecado. La Inmaculada está inscrita en el diseño de Dios; es fruto del amor de Dios que salva el mundo.

Y la Virgen no se ha alejado jamás de ese amor: toda su vida, todo su ser es un “sí” a Dios. ¡Pero ciertamente no ha sido fácil para ella! Cuando el Ángel la llama «llena de gracia» (Lc 1, 28), ella se queda «muy turbada», porque en su humildad se siente nada ante Dios. El Ángel la conforta: «No temas María, porque has hallado gracia ante Dios. Y he aquí, que concebiras a un hijo... y le pondrás por nombre Jesús». (v. 30). Este anuncio la turba todavía más, también porque todavía no está desposada con José; pero el Ángel añade: «el Espíritu Santo vendrá sobre ti... Por lo tanto, el que nazca será santo y será llamado Hijo de Dios». (v. 35). María escucha, obedece interiormente y responde: «He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra». (v. 38).

El misterio de esta chica de Nazaret, que está en el corazón de Dios, no nos resulta extraño. No es ella que está arriba y nosotros aquí. No, no, estamos conectados. De hecho, ¡Dios fija su mirada de amor sobre cada hombre y cada mujer! Con nombre y apellido. Su mirada de amor está sobre cada uno de nosotros. El Apóstol Pablo afirma que Dios «nos ha elegido antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados». (Ef 1, 4). También nosotros, desde siempre, hemos sido elegidos por Dios para vivir una vida santa, libre del pecado. Es un proyecto de amor que Dios renueva cada vez que nos acercamos a Él, especialmente en los Sacramentos.

En esta fiesta, entonces, contemplando a nuestra Madre Inmaculada, bella, reconozcamos también nuestro destino más verdadero, nuetra vocación más profunda: ser amados, ser transformados por el amor. Miremos a ella, y dejemonos mirar por ella; para aprender a ser más humildes, y también más valientes en el seguimiento de la Palabra de Dios; para acoger el tierno abrazo de su Hijo Jesús, un abrazo que nos da vida, esperanza y paz.

Al término de estas palabras, el Santo Padre rezó la oración del Ángelus. Y al concluir la plegaria prosiguió:

Queridos hermanos y hermanas, os saludo con afecto, especialmente  a las familias y los grupos parroquiales y asociaciones. Saludo a los fieles de Cossato, Biella, Bianzé, Lomazzo, Livorno Ferraris, Rocca di Papa, San Marzano sul Sarno y Pratola Serra. Quisiera unirme espiritualmente a la iglesia que vive en América del norte, que hoy conmemora la fundación de su primera parroquia, hace 350 años: Notre-Dame de Québec. Damos las gracias por los progresos logrados desde entonces, en particular por los santos y los mártires que han fecundado aquellas tierras. Bendigo a todos los fieles que celebran este jubileo el corazón.

Dirijo un pensamiento especial a los miembros de la Acción Católica Italiana, que hoy renuevan su adhesión a la Asociación. ¡Ahí están! Os deseo todo lo mejor para vuestro compromiso apostólico y formativo. ¡Adelante, sed valientes!

Esta tarde, siguiendo una antigua tradición, iré a la Plaza de España, a orar a los pies del monumento de la Inmaculada. Pido que os unais conmigo en esta peregrinación espiritual, que es un acto de devoción filial a María, para confiar a la ciudad de Roma, a la Iglesia y a la humanidad entera.

En ese momento, el papa Francisco explicó que a continuación iría a visitar la Basílica de Santa María la Mayor, para a rezar a Nuestra Señora Salus Populi Romani por todos los habitantes de la Ciudad Eterna.

Y concluyó, como de costumbre:

Os deseo un buen el domingo y una buena fiesta de nuestra madre. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

(RED/IV)

 


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La oración del papa Francisco a los pies de la Inmaculada


Virgen Santa e Inmaculada, a Ti, que eres el honor de nuestro pueblo y la guardiana atenta que cuida de nuestra ciudad, nos dirigimos con confianza y amor.


¡Tú eres la Toda Hermosa, oh María !
El pecado no está en Ti.


Suscita en todos nosotros un renovado deseo de santidad:en nuestra palabra brille el esplendor de la verdad, en nuestras obras resuene el canto de la caridad,en nuestro cuerpo y en nuestro corazón habiten la pureza y la castidad, en nuestra vida se haga presente toda la belleza del Evangelio.


¡Tú eres la Toda Hermosa, oh María!
La Palabra de Dios se hizo carne en Ti.


Ayúdanos a mantenernos en la escucha atenta de la voz del Señor: el grito de los pobres nunca nos deje indiferentes,el sufrimiento de los enfermos y los necesitados no nos encuentre distraídos, la soledad de los ancianos y la fragilidad de los niños nos conmuevan, toda vida humana sea siempre amada y venerada por todos nosotros.


¡Tú eres la Toda Hermosa, oh María!
En ti está el gozo pleno de la vida bienaventurada con Dios.


Haz que no perdamos el sentido de nuestro camino terrenal: la suave luz de la fe ilumine nuestros días, la fuerza consoladora de la esperanza dirija nuestros pasos, el calor contagioso del amor anime nuestro corazón, los ojos de todos nosotros permanezcan fijos, allí, en Dios, donde está la verdadera alegría.


¡Tú eres la Toda Hermosa, oh María!


Escucha nuestra oración, atiende nuestra súplica: se Tú en nosotros la belleza del amor misericordioso de Dios en Jesús,que esta belleza divina nos salve a nosotros, a nuestra ciudad, al mundo entero.


Amén.


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Comentario al evangelio de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción /A por Jesús Álvarez SSP  (Zenit.org)


La Inmaculada, esperanza y garantía de salvación


Por Jesús Álvarez SSP


«Llegó el ángel Gabriel hasta María y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás”. María entonces dijo al ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen? Contestó el ángel: ”El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios”» (Lc. 1, 26-38).



La solemnidad de la Inmaculada forma parte del misterio del Adviento: por María Inmaculada viene al mundo el Salvador Inmaculado. María es la primicia de la humanidad redimida y el fruto más espléndido de la obra redentora de Cristo, su Hijo.

María Inmaculada es el signo de la meta a la que Dios nos llama: la victoria total sobre el pecado, sobre el mal y la muerte, convertida ésta por la Cruz de Cristo en puerta de la resurrección y de la gloria eterna que Dios tiene preparada para quienes lo aman.

¿Quién puede no desear compartir eternamente con nuestra Madre real (más Madre que nuestra madre humana) su ternura, su alegría, su sonrisa, su belleza, su majestad, su gloria? La Inmaculada nos da la esperanza de que al fin seremos semejantes a ella, con un cuerpo glorioso como el de Cristo y como el suyo.

La devoción a la Virgen María consiste sobre todo en imitarla en su vocación y misión: acoger a Cristo en el corazón y en la vida, vivir su presencia en nosotros, para así poder darlo a los otros con el ejemplo, la oración, las obras, el sufrimiento ofrecido, la palabra, la alegría, el amor, la fe y la esperanza.

Entonces produciremos frutos de salvación para los otros y para nosotros, porque “quien está unido a mí, produce mucho fruto” (Jn 15, 5), nos asegura el mismo Jesús. María fue la criatura más unida a Cristo, y por eso es la que produjo el máximo fruto de salvación para la humanidad y para cada uno de nosotros; y ese fruto es el mismo Salvador, “el fruto bendito de su vientre”. Si tenemos a Cristo, podemos hacer que también otros lo tengan.

La inmensa variedad de calamidades y sufrimientos que padece la mayoría de la humanidad, se irán venciendo “a fuerza de bien”, en unión con Cristo y con María Inmaculada, que tienen en su mano la victoria segura sobre todo mal y sobre la misma muerte.

La presencia de Jesús resucitado victorioso, -formado también en nosotros por el Espíritu Santo- y la presencia maternal de María en nuestras vidas, las tenemos garantizadas por la misma palabra infalible de Jesús: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” Mt 28, 20). Donde está Jesús, allí también está María, Madre suya y nuestra.

 


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Lunes, 09 de diciembre de 2013

Texto completo de la primera predicación de Adviento del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap a la que asistió el papa Francisco  junto a la Curia Romana   (Zenit.org)

Francisco de Asís y la reforma de la Iglesia por la vía de la santidad


La intención de estas tres meditaciones de Adviento es prepararnos para la Navidad en compañía de Francisco de Asís. De él, en esta primera predicación, quisiera destacar la naturaleza de su vuelta al Evangelio. El teólogo Yves Congar, en su estudio sobre la "Verdadera y falsa reforma en la Iglesia” ve en Francisco el ejemplo más claro de reforma de la Iglesia por medio de la santidad[1]. Nos gustaría entender en qué ha consistido su reforma por medio de la santidad y qué comporta su ejemplo en cada época de la Iglesia, incluida la nuestra.

1. La conversión de Francesco

Para entender algo de la aventura de Francisco es necesario entender su conversión. De tal evento existen, en las fuentes, distintas descripciones con notables diferencias entre ellas. Por suerte tenemos una fuente fiable que nos permite prescindir de tener que elegir entre las distintas versiones. Tenemos el testimonio del mismo Francisco en su testamento,  su ipsissima vox, como se dice de las palabras que seguramente fueron pronunciadas por Jesús en el Evangelio. Dice:

“El Señor me dio de esta manera, a mí el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia; en efecto, como estaba en pecados, me parecía  muy amargo ver leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me tornó en dulzura de alma y de cuerpo; y, después de esto, permanecí un poco de tiempo y salí del siglo”

Y sobre este texto justamente se basan los historiadores, pero con un límite para ellos intransitable. Los históricos, aun los que tienen las mejores intenciones y los más respetuosos con la peculiaridad de la historia de Francisco, como ha sido, entre los italianos Raoul Manselli, no consiguen entender el porqué último de su cambio radical. Se quedan - y justamente por respeto a su método - en el umbral, hablando de un "secreto de Francisco", destinado a quedar así para siempre.

Lo que se consigue constatar históricamente es la decisión de Francisco de cambiar su estado social. De pertenecer a la clase alta, que contaba en la ciudad para la nobleza o riqueza, él eligió colocarse en el extremo opuesto, compartiendo la vida de los últimos, que no contaban nada, los llamados "menores", afligidos por cualquier tipo de pobreza.

Los historiadores insisten justamente sobre el hecho que Francisco, al inicio, no ha elegido la pobreza y menos aún el pauperismo; ¡ha elegido a los pobres! El cambio está motivado más por el mandamiento; "Ama a tu prójimo como a ti mismo!, que no por el consejo: "Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, luego ven y sígueme". Era la compasión por la gente pobre, más que la búsqueda de la propia perfección la que lo movía, la caridad más que la pobreza.

Todo esto es verdad, pero no toca todavía el fondo del problema. Es el efecto del cambio, no la causa. La elección verdadera es mucho más radical: no se trató de elegir entre riqueza y pobreza, ni entre ricos y pobres, entre la pertenencia a un clase en vez de a otra, sino de elegir entre sí mismo y Dios, entre salvar la propia vida o perderla por el Evangelio.

Ha habido algunos (por ejemplo, en tiempos cercanos a nosotros, Simone Weil) que han llegado a Cristo partiendo del amor por los pobres y ha habido otros que han llegado a los pobres partiendo del amor por Cristo. Francisco pertenece a estos segundos. El motivo profundo de su conversión no es de naturaleza social, sino evangélica.  Jesús había formulado la ley una vez por todas con una de las frases más solemnes y seguramente más auténticas del Evangelio: ”Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16, 24-25)

Francisco, besando al leproso, ha renegado de sí mismo en lo que era más "amargo" y repugnante para su naturaleza. Se ha hecho violencia a sí mismo. El detalle no se le ha escapado a su primer biógrafo que describe así el episodio: “Un día se paró delante de él un leproso: se hizo violencia a sí mismo, se acercó y le besó. Desde eso momento decidió despreciarse cada vez más, hasta que por la misericordia del Redentor obtuvo plena victoria”[2].

Francisco no se fue por voluntad propia hacia los leprosos, movido por una compasión humana y religiosa. "El Señor, escribe, me condujo entre ellos". Y sobre este pequeño detalle que los historiadores no saben - ni podrían - dar un juicio, sin embargo, está al origen de todo. Jesús había preparado su corazón de forma que su libertad, en el momento justo, respondiera a la gracia. Para esto sirvieron el sueño de Spoleto y la pregunta sobre si prefería servir al siervo o al patrón, la enfermedad, el encarcelamiento en Perugia y esa inquietud extraña que ya no le permitía encontrar alegría en las diversiones y le hacía buscar lugares solitarios.

Aún sin pensar que se tratara de Jesús en persona bajo la apariencia de un leproso (como harán otros más tarde, influenciados por el caso análogo que se lee en la vida de san Martín de Tours[3]), en ese momento el leproso para Francisco representaba a todos los efectos a Jesús. ¿No había dicho él: “A mí me lo hicisteis? En ese momento ha elegido entre sí y Jesús. La conversión de Francisco es de la misma naturaleza que la de Pablo. Para Pablo, a un cierto punto, lo que primero había sido una "ganancia" cambió de signo y se convirtió en una "pérdida", "a causa de Cristo" (Fil 3, 5 ss); para Francisco lo que había sido amargo se convirtió en dulzura, también aquí "a causa de Cristo". Después de este momento, ambos pueden decir: "Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí".

Todo esto nos obliga a corregir una cierta imagen de Francisco hecha popular por la literatura posterior y acogida por Dante en la Divina Comedia. La famosa metáfora de las bodas de Francisco con la señora Pobreza que ha dejado huellas profundas en el arte y en la poesía franciscanas puede ser engañosa. No se enamora de una virtud, aunque sea la pobreza; se enamora de una persona. Las bodas de Francisco han sido, como las de otros místicos, un desposorio con Cristo.

A los compañeros que le preguntaban si pensaba casarse, viéndolo una tarde extrañamente ausente y luminoso, el joven Francisco respondió: "Tomaré la esposa más noble y bella que hayáis visto". Esta respuesta normalmente es mal interpretada. Por el contexto parece claro que la esposa no es la pobreza, sino el tesoro escondido y la perla preciosa, es decir Cristo. "Esposa, comenta el Celano que habla del episodio, es la verdadera religión que él abrazó; y el reino de los cielos es el tesoro escondido que él buscó”[4].

Francisco no se casó con la pobreza ni con los pobres; se casó con Cristo y fue por su amor que se casó, por así decir "en segundas nupcias", con la señora Pobreza. Así será siempre en la santidad cristiana. A la base del amor por la pobreza y por los pobres, o hay amor por Cristo, o lo pobres serán en un modo u otro instrumentalizados y la pobreza se convertirá fácilmente en un hecho polémico contra la Iglesia o una ostentación de mayor perfección respecto a otros en la Iglesia, como sucedió, lamentablemente, también a algunos seguidores del Pobrecillo. En uno y otro caso, se hace de la pobreza la peor forma de riqueza, la de la propia justicia.

2. Francisco y la reforma  de la Iglesia

¿Cómo ocurrió que de un acontecimiento tan íntimo y personal como fue la conversión del joven Francisco, comience un movimiento que cambió en su tiempo el rostro de la Iglesia y ha influido tan fuertemente en la historia, hasta  nuestros días?

Es necesario mirar la situación de aquel tiempo. En la época de Francisco la reforma de la Iglesia era una exigencia advertida más o menos conscientemente por todos. El cuerpo de la Iglesia vivía tensiones y laceraciones profundas. Por una parte estaba la Iglesia institucional - papa, obispos, alto clero - desgastada por sus continuos conflictos y por su demasiado estrechas alianzas con el imperio. Una Iglesia percibida como lejana, comprometida en asuntos demasiado más allá de los intereses de la gente. Estaban además las grandes órdenes religiosas, a menudo prósperas por cultura y espiritualidad después de las varias reformas del siglo XI, entre estas la Cisterciense, pero inevitablemente identificadas con grandes propietarios de terrenos, los feudales del tiempo, cercanos y al mismo tiempo lejanos, por problemas y niveles de vida, del pueblo común.

Había también fuertes tensiones que cada uno buscaba aprovechar para sus propias ventajas. La jerarquía buscaba responder a estas tensiones mejorando la propia organización y reprimiendo los abusos, tanto en su interior (lucha contra la simonía y el concubinato de los sacerdotes) como en el exterior, en la sociedad. Los grupos hostiles intentaban sin embargo hacer explotar las tensiones, radicalizando el contraste con la jerarquía dando origen a movimientos más o menos cismáticos. Todos izaban contra la Iglesia el ideal de la pobreza y sencillez evangélica haciendo de esto un arma polémica, más que un ideal espiritual para vivir en la humildad, llegando a poner en discusión también el ministerio ordenado de la Iglesia, el sacerdocio y el papado.

Nosotros estamos acostumbrados a ver a Francisco como el hombre providencial que capta estas demandas populares de renovación, las libera de cualquier carga polémica y las pone en práctica en la Iglesia en profunda comunión y sometida a esta. Francisco por tanto como una especie de mediador entre los heréticos rebeldes y la Iglesia institucional. En un conocido manual de historia de la Iglesia así se presenta su misión:

“Dado que la riqueza y el poder de la Iglesia aparecían con frecuencia como una fuente de males graves y los herejes de la época aprovechaban este argumento como una de las principales acusaciones contra ella, en algunas almas piadosas  se despertó el noble deseo de restaurar la vida pobre de Jesús y de la Iglesia primitiva, para poder así influir de manera más efectiva en el pueblo con la palabra y con el ejemplo” [5].

Entre estas almas es colocada naturalmente en primer lugar, junto con santo Domingo, Francisco de Asís. El historiador protestante Paul Sabatier, si bien tan meritorio sobre los estudios franciscanos, ha vuelto casi canónica entre los historiadores y no solamente entre aquellos laicos y protestantes, la tesis según la cual el cardenal Ugolino (el futuro Gregorio IX) habría querido capturar a Francisco para la Curia, neutralizando la carga crítica y revolucionaria de su movimiento. En práctica el intento de hacer de Francisco, un precursor de Lutero, o sea un reformador por la vía de la crítica y no por la vía de la santidad.

No se si esta intención se pueda atribuir a alguien de los grandes protectores y amigos de Francisco. Me parece difícil atribuirla al cardenal Ugolino y aún menos a Inocencio III, del que es conocida la acción reformadora y el apoyo dado a las diversas formas nuevas de vida espiritual que nacieron en su tiempo, incluidos los frailes menores, los dominicos, los humillados milaneses. Una cosa de todos modos es absolutamente segura: aquella intención nunca había rozado la mente de Francisco. Él no pensó nunca de haber sido llamado a reformar la Iglesia

Hay que tener cuidado de no sacar conclusiones equivocadas de las famosas palabras del Crucifico de San Damián. “Ve Francisco y repara mi Iglesia, que como ves se está cayendo a pedazos”. Las fuentes mismas nos aseguran que él entendía estas palabras en el sentido modesto de tener que reparar materialmente la iglesita de San Damián. Fueron los discípulos y biógrafos que interpretaron - y es necesario decirlo, de manera correcta- estas palabras como referidas a la Iglesia institución y no sólo a la iglesia edificio. Él se quedó siempre en la interpretación literaria y de hecho siguió reparando otras iglesitas de los alrededores de Asís que estaban en ruinas.

También el sueño en el cual Inocencio III habría visto al Pobrecillo  sostener con su hombro la iglesia tambaleante del Laterano no agrega nada nuevo. Suponiendo que el hecho sea histórico (un episodio análogo se narra también sobre santo Domingo), el sueño fue del papa y no de Francisco. Él nunca se vio como lo vemos nosotros hoy en el fresco del Giotto. Esto significa ser reformador por la vía de la santidad, serlo sin saberlo.

3. Francisco y el retorno al evangelio

¿Si no quiso ser un reformador entonces qué quiso ser Francisco? También sobre esto contamos con la suerte de tener un testimonio directo del Santo en su Testamento:

“Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio. Y yo lo hice escribir en pocas palabras y sencillamente y el señor papa me lo confirmó”.

Alude al momento en el cual, durante una misa, escuchó la frase del Evangelio donde Jesús envía a sus discípulos: “Les mando anunciar el reino de Dios y a curar a los enfermos. Y le dijo: “No lleves nada para el viaje: ni bastón, ni bolsa, ni pan, ni dinero, y no tengáis una túnica de recambio”.  (Lc 9, 2-3)[6].

Fue una revelación fulgurante de esas que orienta toda una vida. Desde aquel día fue clara su misión: un regreso simple y radical al evangelio real, el que vivió y predicó Jesús. Recuperar en el mundo la forma y estilo de vida de Jesús y de los apóstoles descrito en los evangelios. Escribiendo la regla para sus hermanos iniciará así:

“La regla y la vida de los frailes menores es esta, o sea observar el santo Evangelio del Señor nuestro Jesucristo”. Francisco teorizó este descubrimiento suyo, haciendo el programa para la reforma de la iglesia. Él realizó en sí la reforma y con ello indicó tácitamente a la iglesia la única vía para salir de la crisis: acercarse nuevamente al evangelio y a los hombres, en particular, a los pobres y humildes.

Este retorno al evangelio se refleja sobre todo en la predicación de Francisco. Es sorprendente pero todos lo han notado: el Pobrecillo habla casi siempre de “hacer penitencia”. A partir de entonces, narra el Celano, con gran fervor y exultación comenzó a predicar la penitencia, edificando a todos con la simplicidad de su palabra y la magnificencia de su corazón. Adonde iba, Francisco decía, recomendaba, suplicaba que hicieran penitencia.

¿Qué quería decir Francisco con esta palabra que amaba tanto? Sobre esto hemos caído (al menos yo he caído por mucho tiempo) en un error. Hemos reducido el mensaje de Francisco a una simple exhortación moral, a un golpearse el pecho, a afligirse y mortificarse para expiar los pecados, mientras esto es mucho mas profundo y tiene toda la novedad del Evangelio de Cristo. Francisco no exhortaba a hacer “penitencias”, sino a hacer “penitencia” (¡en singular!) que, como veremos, es otra cosa.

El Pobrecillo, salvo los pocos casos que conocemos, escribía en latín. Y qué encontramos en el texto latino de su Testamento, cuando escribe: “El Señor me dio, de esta manera, a mí el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia”. Encontramos la expresión “poenitentiam agere”. A él se sabe, le gustaba expresarse con las mismas palabras de Jesús. Y aquella palabra -hacer penitencia- es la palabra con la cual Jesús inició a predicar y que repetía en cada ciudad y pueblo al que iba.

“Después que Juan fue puesto en la prisión Jesús fue a Galilea, predicando el evangelio de Dios y diciendo: El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca , convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1,15).

La palabra que hoy se traduce por “convertíos” o “arrepentíos”, en el texto de la Vulgata usado por el Pobrecillo, sonaba “poenitemini” y en Actos 2, 37 aún más literalmente “poenitentiam agite”, hagan penitencia. Francisco no hizo otra cosa que relanzar la gran llamada a la conversación con la cual se abre la predicación de Jesús en el Evangelio y la de los apóstoles en el día de Pentecostés. Lo que él quería decir con "conversión" no necesitaba que se lo explique: su vida entera lo mostraba.

Francisco hizo en su momento aquello que en la época del concilio Vaticano II se entendía con la frase “abatir los bastiones”: Romper el aislamiento de la iglesia, llevarla nuevamente al contacto con la gente. Uno de los factores de oscurecimiento del Evangelio era la transformación de la autoridad entendida como servicio y la autoridad entendida como poder, lo que había producido infinitos conflictos dentro y fuera de la Iglesia. Francisco por su parte resuelve el problema en sentido evangélico. En su orden los superiores se llamarán ministros o sea siervos, y todos los otros frailes, o sea hermanos.

Otro muro de separación entre la Iglesia y el pueblo era la ciencia y la cultura de la cual el clero y los monjes tenían en práctica el monopolio.  Francisco lo sabe y por lo tanto toma la drástica posición que sabemos sobre este punto. El no es contra la ciencia-conocimiento, sino contra la ciencia-poder, aquella que privilegia a quién sabe leer sobre quien no sabe leer y le permite mandar con alteridad al hermano: “¡Traedme el breviario!”. Durante el famoso capítulo de las esteras, en el cual algunos de sus hermanos querían empujarlo a adecuarse a la actitud de las órdenes cultas del tiempo responde con palabras de fuego que dejan a los frailes llenos de temor:

“Hermanos, hermanos míos, Dios me ha llamado a caminar en la vía de la simplicidad y me la ha mostrado. No quiero por lo tanto que me nombren otras reglas, ni la de San Agustín, ni la de San Bernardo o de San Benedicto. El señor me ha revelado cuál es su querer,  que sea un loco en el mundo: esta es la ciencia a la cual Dios quiere que nos dediquemos. Él les confundirá por medio de vuestra misma ciencia”.[7]

Siempre la misma actitud coherente. Él quiere para sí y para sus hermanos la pobreza más rígida, pero en la Regla escribe: “Amonesto y exhorto a todos ellos a que no desprecien ni juzguen a quienes ven que se visten de prendas muelles y de colores y que toman manjares y bebidas exquisitos; al contrario, cada uno júzguese y despréciese a sí mismo”.[8] 

Elige ser un iletrado, pero no condena la ciencia. Una vez que se ha asegurado de que la ciencia no extingue “el espíritu de la santa oración y devoción”, será él mismo el que permita a Fray Antonio (el futuro santo Antonio de Padua) que se dedique a la enseñanza de la teología y san Buenaventura no creerá que traiciona el espíritu del fundador, abriendo la orden a los estudios en las grandes universidades.

Yves Congar ve en esto una de las condiciones esenciales para la “verdadera reforma” en la Iglesia,  la reforma, es decir, que se mantiene como tal y no se transforma en cisma: a saber la capacidad de no absolutizar la propia intuición, sino permanecer solidariamente con el todo que es la Iglesia.[9] La convicción, dice el papa Francisco, en su reciente exhortación apostólica Evangelii gaudium,  que “el todo es superior a la parte”.

4. Cómo imitar a Francisco

¿Qué nos dice hoy la experiencia de Francisco? ¿Qué podemos imitar, de él, todos y enseguida? Sea aquellos a quien Dios llama a reformar la iglesia por la vía de la santidad, sea a aquellos que se sienten llamados a renovarla por la vía de la crítica, sea a aquellos que él mismo llama a reformarla por la vía del encargo que cubren.  Lo mismo de donde ha comenzado la aventura espiritual de Francisco: su conversión a Dios, la renuncia a sí mismo. Es así que nacen los verdaderos reformadores, aquellos que cambian verdaderamente algo en la Iglesia.  Los que mueren a sí mismo, o mejor aquellos que deciden seriamente de morir así mismos, porque se trata de una empresa que dura toda la vida y va aún más allá ella si, como decía bromeando Santa Teresa de Ávila, nuestro amor propio muere veinte minutos después que nosotros.

Decía un santo monje ortodoxo, Silvano del Monte Athos: “Para ser verdaderamente libre, es necesario comenzar a atarse a sí mismos”. Hombres como estos son libres de la libertad del Espíritu; nada los detiene y nada les asusta.  Se vuelven reformadores por la vía de la santidad y no solamente debido a su cargo.

¿Pero qué significa la propuesta de Jesús de negarse a sí mismo, ésta se pude aún proponer a un mundo que habla solamente de autorrealización y autoafirmación? La negación no es un fin en sí mismo, ni un ideal en sí mismo. Lo cosa más importante es la positiva: “Si alguno quiere venir en pos de mí”; es seguir a Cristo, tener a Cristo. Decir no a sí mismo es el medio, decir sí a Cristo es el fin. Pablo lo presenta como una especie de ley del espíritu: "Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis" (Rom 8,13). Esto, como se puede ver, es un morir para vivir, es lo opuesto a la visión filosófica según la cual la vida humana es "un vivir para morir" (Heidegger).

Se trata de saber que fundamento queremos dar a nuestra existencia: si nuestro “yo” o “Cristo”; en el lenguaje de Pablo, si queremos vivir “para nosotros mismos” o “para el Señor” (cf. 2 Cor 5,15; Rom 14, 7-8). Vivir “para uno mismo” significa vivir para la propia comodidad, la propia gloria, el propio progreso; vivir “para el Señor” significa colocar siempre en el primer lugar, en nuestras intenciones, la gloria de Cristo, los intereses del Reino y de la Iglesia. Cada “no”, pequeño o grande, dicho a uno mismo por amor, es un sí dicho a Cristo.

Sólo hay que evitar hacerse ilusiones. No se trata de saber todo sobre la negación cristiana, su belleza y necesidad; se trata de pasar a la acción, de practicarla. Un gran maestro de espiritualidad de la antigüedad decía: “Es posible quebrar diez veces la propia voluntad en un tiempo brevísimo; y os digo cómo. Uno está paseando y ve algo; su pensamiento le dice: “Mira allí”, pero el responde a su pensamiento: “No, no miro”, y así quiebra su propia voluntad. Después se encuentra con otros que están hablando (lee, hablando mal de alguien) y su pensamiento le dice: “Di tú también lo que sabes”, y quiebra su voluntad callando”[10].

Este antiguo Padre, como puede apreciarse, toma todos sus ejemplos de la vida monástica. Pero estos se pueden actualizar y adaptar fácilmente a la vida de cada uno, clérigos y laicos. Encuentras, si no a un leproso como Francisco, a un pobre que sabes que te pedirá algo; tu hombre viejo te empuja a cambiar de acera, y sin embargo tú te violentas y vas a su encuentro, quizás regalándole sólo un saludo y una sonrisa, si no puedes nada más. Tienes la oportunidad de una ganancia ilícita: dices que no y te has negado a ti mismo. Has sido contradicho en una idea tuya; picado en el orgullo, quisieras argumentar enérgicamente, callas y esperas: has quebrado tu yo. Crees haber recibido un agravio, un trato, o un destino inadecuado a tus méritos: quisieras hacerlo saber a todos, encerrándote en un silencio lleno de reproche. Dices que no, rompes el silencio, sonríes y retomas el diálogo. Te has negado a ti mismo y has salvado la caridad. Y así sucesivamente. 

Un signo de que se está en un buen punto en la lucha contra el propio yo, es la capacidad o al menos el esfuerzo de alegrarse por el bien hecho o la promoción recibida por otro, como si se tratara de uno mismo: “Dichoso aquel siervo –escribe Francisco en una de sus Admoniciones- que no se enaltece más por el bien que el Señor dice y obra por su medio, que por el que dice y obra por medio de otro”.

Una meta difícil (desde luego, ¡no hablo como alguien que lo ha logrado!), pero la vida de Francisco, nos ha mostrado lo que puede nacer de una negación de uno mismo hecha como respuesta a la gracia. La meta final es poder decir con Pablo y con él: “Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí”. Y será la alegría y la paz plenas, ya en esta tierra. Santo Francisco con su "perfecta alegría", es un testimonio vivo de la "alegría que viene del Evangelio,"   (Evangelii Gaudium) de qué nos ha hablado papa Francisco. 

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[1] Y.Congar, Vera e falsa riforma nella Chiesa, Milano Jaka Book, 1972, p. 194.

[2] Celano, Vita Prima, VII, 17 (FF 348).

[3] Cf. Celano, Vita Seconda, V, 9 (FF 592).

[4] Cf. Celano, Vita prima, III, 7 (FF, 331).

[5] Bihhmeyer – Tuckle, II, p. 239.

[6] Leyenda de los tres compañeros, VIII.

[7] Leyenda Perusina 114.

[8] Segunda Regla, cap. II.

[9] Congar, op. cit. pp. 177 ss.

[10] Doroteo de Gaza, Obras espirituales, I,20 (SCh 92, p.177).


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Reflexiones de Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo de San Cristóbal de Las Casas (Zenit.org)

Cinquenta años de la reforma litúrgica

Por Felipe Arizmendi Esquivel

SITUACIONES

Este miércoles 4 de diciembre se cumplen cincuenta años de que fue aprobada la Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, al término de la segunda sesión del Concilio Vaticano II, que se desarrolló del 29 de septiembre al 4 de diciembre de 1963. Fue el primer documento aprobado. En la primera sesión, del 11 de octubre al 8 de diciembre de 1962, ningún documento se aprobó.

No faltan voces que piden un nuevo Concilio, que podría ser el Vaticano III, para seguir impulsando nuevas reformas en la Iglesia. Sin embargo, muchas personas desconocen lo que fue y lo que prescribió el Vaticano II y no hemos puesto en práctica muchos de sus puntos.

En cuanto a la reforma litúrgica, que ya lleva sus años, los fieles se descontrolan. En un templo se celebra de un modo, y en el vecino de una forma totalmente distinta. Un párroco procura cumplir fielmente lo establecido; llega otro y todo lo modifica. Mientras unos sacerdotes son sólo rígidos rubricistas, que ejecutan meticulosamente los nuevos ritos prescritos, sin ninguna inculturación, otros se sienten tan dueños de la liturgia que la celebran según su personal entender, como si fueran sus dueños y no sus servidores, inventando lo que les parece bien, a veces sin conocer a fondo su teología, su historia, su espiritualidad y su pastoral.

ILUMINACION

Un ejemplo. Dijo el Concilio: “La Iglesia no pretende imponer una rígida uniformidad en aquello que no afecta a la fe o al bien de toda la comunidad, ni siquiera en la liturgia; por el contrario, respeta y promueve el genio y las cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos. Estudia con simpatía y, si puede, conserva íntegro lo que en las costumbres de los pueblos encuentra que no esté indisolublemente vinculado a supersticiones y errores, y aun a veces los acepta en la misma liturgia, con tal que se pueda armonizar con el verdadero y auténtico espíritu litúrgico” (SC 37).

¿Hemos cumplido esto? Nos falta mucho. Algunos siguen pretendiendo una rígida uniformidad, como si el ideal sería celebrar una Misa en un pueblo indígena igual a la celebración en una ciudad capital o en la basílica de San Pedro en Roma. No se conocen las culturas originarias y se siembran sospechas de que todos sus ritos son magia, sincretismo, superstición, y que por ello nada de su cultura se puede asumir en la liturgia. Nos falta, por una parte, un conocimiento más teológico de lo que es la liturgia, y por otra, una sana creatividad para aplicar lo que el Concilio impulsó.

Otro punto central. Dijo el Concilio: “Toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia” (SC 7). “La liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC 10). Sin embargo, hay quienes no le dan tanta importancia a la celebración litúrgica, ni a la Misa, menos a la Liturgia de las Horas, y su pastoral está casi exclusivamente centrada en análisis, reuniones, organizaciones, promoción social, todo ello sumamente importante, pero sin el sustento fundamental de la Eucaristía.

En el extremo contrario, están quienes no toman en cuenta lo que también se dice: “La sagrada liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia, pues para que los hombres puedan llegar a la liturgia es necesario que antes sean llamados a la fe y a la conversión… y estimularlos a toda clase de obras de caridad” (SC 9). “La liturgia misma enciende y arrastra a los fieles a la apremiante caridad de Cristo” (SC 10). Se reducen a puros ritos y celebraciones, sin impulsar obras concretas de servicio a los pobres, sin luchar por defender sus derechos, sin alentar su promoción humana integral, sin acercarse con el corazón a los que sufren.

COMPROMISOS

Promovamos iniciativas para que pastores y fieles conozcamos más a fondo esta Constitución y los demás documentos del Concilio. Sería la mejor forma de apoyar la reforma que el Papa Francisco anhela continuar en la Iglesia.


Publicado por verdenaranja @ 20:30  | Hablan los obispos
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Texto completo de la catequesis de Francisco en la audiencia del miércoles 4 de Diciembre de 2013 (Zenit.org)

 Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy vuelvo de nuevo sobre la afirmación: «Creo en la resurrección de la carne». Se trata de una verdad que no es sencilla y nada obvia, porque, viviendo inmersos en este mundo, no es fácil comprender la realidad futura. Pero el Evangelio nos ilumina: nuestra resurrección está estrechamente vinculada a la resurrección de Jesús; el hecho de que Él esté resucitado es la prueba de que existe la resurrección de los muertos. Quisiera entonces, presentar algunos aspectos que relacionan la resurrección de Cristo y nuestra resurrección. Él ha resucitado y así, nosotros también resucitaremos.

Antes que nada, la misma Sagrada Escritura contiene un camino hacia la fe plena en la resurrección de los muertos. Esta se expresa como fe en Dios creador de todo hombre, alma y cuerpo, y como fe en Dios liberador, el Dios fiel a la Alianza con su pueblo. El profeta Ezequiel, en una visión, contempla los sepulcros de los deportados que se vuelven a abrir y los huesos secos que reviven gracias a la acción de un espíritu vivificante. Esta visión expresa la esperanza en la futura “resurrección de Israel”, es decir en el renacimiento del pueblo derrotado y humillado (cf. Ez 37,1-14).

Jesús, en el Nuevo Testamento, lleva a su cumplimiento esta revelación, y vincula la fe en la resurrección a su misma persona: “Yo soy la Resurrección y la Vida” (Jn 11,25). De hecho, será Jesús el Señor el que resucitará en el último día a todos los que hayan creído en Él. Jesús vino entre nosotros, se hizo hombre como nosotros en todo, menos en el pecado; de este modo nos ha tomado consigo en su camino de vuelta al Padre. Él, el Verbo Encarnado, muerto por nosotros y resucitado, da a sus discípulos el Espíritu Santo como un anticipo de la plena comunión en su Reino glorioso, que esperamos vigilantes. Esta espera es la fuente y la razón de nuestra esperanza: una esperanza que, cultivada y custodiada, se convierte en luz para iluminar nuestra historia personal y comunitaria. Recordémoslo siempre: somos discípulos de Él que ha venido, viene cada día y vendrá al final. Si conseguimos tener más presente esta realidad, estaremos menos cansados en nuestro día a día, menos prisioneros de lo efímero y más dispuestos a caminar con corazón misericordioso en la vía de la salvación.

Un segundo aspecto: ¿qué significa resucitar? La resurrección, la resurrección de todos nosotros, ¿eh? Sucederá en el último día, al final del mundo, por obra de la omnipotencia de Dios, que restituirá la vida a nuestro cuerpo reuniéndolo con el alma, por la resurrección de Jesús. Esta es la explicación fundamental: porque Jesús resucitó, nosotros resucitaremos. Tenemos esperanza en la resurrección por que Él nos ha abierto la puerta, nos ha abierto la puerta a la resurrección. Esta transformación en espera, en camino a la resurrección, esta transfiguración de nuestro cuerpo se prepara en esta vida mediante el encuentro con Cristo Resucitado en los Sacramentos, especialmente en la Eucaristía. Nosotros que en esta vida nos nutrimos de su Cuerpo y de su Sangre, resucitaremos como Él, con Él y por medio de Él. Como Jesús resucitó con su propio cuerpo, pero no volvió a una vida terrena, así nosotros resucitaremos con nuestros cuerpos que serán transfigurados en cuerpos gloriosos. Esto no es mentira, ¿eh? ¡Esto es verdad! Nosotros creemos que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo en este momento. ¿Creéis que Jesús está vivo, que está vivo? ¡Ah, no creéis! ¿Creéis o no creéis? Y si Jesús está vivo, ¿pensáis que Jesús nos dejará morir y nunca nos resucitará? ¡No! ¡Él nos espera! Y como Él está resucitado, la fuerza de su resurrección nos resucitará a nosotros.

Ya en esta vida nosotros participamos de la resurrección de Cristo. Si es verdad que Jesús nos resucitará al final de los tiempos, es también verdad que, en un aspecto, ya estamos resucitados con Él. ¡La Vida Eterna comienza ya en este momento! Comienza durante toda la vida hacia aquel momento de la resurrección final ¡Ya estamos resucitados! De hecho, mediante el Bautismo, estamos insertos en la muerte y resurrección de Cristo y participamos de una vida nueva, es decir la vida del Resucitado. Por tanto, en la espera de este último día, tenemos en nosotros una semilla de resurrección, como anticipo de la resurrección plena que recibiremos en herencia. Por eso también el cuerpo de cada uno es resonancia de eternidad, por tanto ha de ser respetado siempre; y sobre todo debe ser respetada y amada la vida de todos los que sufren, para que sientan la cercanía del Reino de Dios, de esa condición de vida eterna hacia la que caminamos. Este pensamiento nos da esperanza. Estamos en camino hacia la resurrección. Esta es nuestra alegría: un día encontrar a Jesús, encontrar a Jesús todos juntos. Todos juntos, no aquí en la Plaza, en otra parte, pero alegres con Jesús. Y este es nuestro destino.

(RED/IV)


Publicado por verdenaranja @ 20:18  | Habla el Papa
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Comentario a evangelio del Domingo 2° de Adviento/A  por Jesús Álvarez, ssp (Zenit.org)

Conversión a Dios y conversión hacia el prójimo

Por Jesús Álvarez, ssp

«Por aquel tiempo se presentó Juan Bautista y empezó a predicar en el desierto de Judea. Este era su mensaje: "Conviértanse de su mal camino, porque el Reino de los Cielos está cerca”. A Juan se refería el profeta Isaías cuando decía: “Una voz grita en el desierto: Preparen un camino al Señor; hagan sus senderos rectos”. Venían a verlo de Jerusalén, de toda la Judea y de la región del Jordán. Y además de confesar sus pecados, se hacían bautizar por Juan en el río Jordán. Juan vio que un grupo de fariseos y de saduceos habían venido donde él bautizaba, y les dijo: "Raza de víboras, ¿cómo van a pensar que escaparán del castigo que se les viene encima? Muestren los frutos de una sincera conversión, pues de nada les sirve decir: "Abrahán es nuestro padre". Yo les aseguro que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán aun de estas piedras. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no da buen fruto, será cortado y arrojado al fuego» (Mt 3, 1-12).

El mensaje de Juan Bautista es el mismo de Jesús: “Conviértanse”. Y también los escribas y fariseos predicaban la conversión; pero éstos proponían sólo un cambio de apariencia, mientras que la conversión propuesta por el Bautista y por Jesús es mucho más: un cambio real de vida, desde el corazón, desde la mente y la voluntad, para mejorar la relación con Dios y con el prójimo.

Esta relación debe traducirse en una conducta conforme a la voluntad divina, conducta de hijos de Dios, y así producir “frutos de verdadera conversión”. Que si el árbol –imagen de la persona humana- no produce frutos, será cortado y arrojado al fuego. ¿Estará el hacha amenazando mi árbol?

Mientras los judíos esperaban un futuro reino de Dios, Juan bautista lo anunciaba ya presente en Jesús: en él Dios se ha convertido hacia los hombres, y espera que nosotros nos convirtamos a Dios y al prójimo, imagen suya.

Convertirse exige dejar las felicidades y seguridades engañosas, egoístas, pasajeras, que nos seducen y apartan de las verdaderas y permanentes, que ni siquiera la muerte nos puede quitar, pues ésta se hace puerta de la resurrección, que eternizará la vida y las buenas obras de quienes pasen por el mundo haciendo el bien, como Jesús.

Convertirse no es sólo alejarse del mal, sino, sobre todo, hacer el bien y vivir de fe hecha obras de amor. Por eso la “vida en Cristo”, la unión con Él, es el objetivo de la verdadera conversión, la cual nos hace cristianos auténticos, por la vital unión con Él.

No nos engañemos, como los fariseos y los escribas - que creían merecer la salvación sólo por ser “hijos de Abrahán”-. No nos creamos cristianos sólo porque estar bautizados, porque ser religiosos o sacerdotes, por ir a misa, comulgar, rezar el rosario, tener imágenes en casa, leer la Biblia, formar parte de grupos parroquiales… Todo eso, sin conversión auténtica -vuelta amorosa a Dios y al prójimo-, al fin no nos valdría de nada. Todas esas cosas sólo valen si son consecuencias de la vida cristiana. Lo esencial es la unión real con Cristo presente, la que nos hace cristianos, “otros cristos”.

Que no merezcamos la imprecación de Jesús: “¡Raza de víboras…, muestren frutos de verdadera conversión!” Quien se creyera que no tiene nada de qué arrepentirse y convertirse, demuestra ser el más necesitado de conversión.

Urge volvernos más a Cristo resucitado presente, y al prójimo como hermano, por ser hijo del mismo Padre y con el mismo destino eterno en su casa celestial. Dios nos libre de conformarnos de ser cristianos sin Cristo.


Publicado por verdenaranja @ 20:12  | Espiritualidad
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Domingo, 08 de diciembre de 2013

Homilía de monseñor Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú para el primer domingo de Adviento (1 de diciembre de 2013) (AICA)

"Venid caminemos a la luz del Señor" (Is.2,5)

En el Adviento contemplamos la espera del Señor bajo un doble rostro, uno en la historia, en el tiempo que se avecina; y el otro el escatológico; el Señor que vendrá al final de los tiempos. Ya no como siervo sufriente, sino como Señor de la Gloria y Amor eterno, Juez de vivos y muertos. El Adviento tiene un tinte cuaresmal y muchos elementos de su liturgia se tomaron de ella a través del tiempo, hasta que se definió bien su aspecto litúrgico.

Bajo el rostro de la historia y del tiempo, nos encontramos con la espera del Señor que viene. En el Antiguo Testamento, se espera al Mesías que ya viene y es anunciado por los Profetas. Durante todo este tiempo las profecías quieren despertar el profundo anhelo de un Dios tan vivo en sus escritos, que vendrá en la historia para la salvación de los hombres. Un Dios inserto en la historia, en el tiempo y en las circunstancias de la humanidad para salvar al hombre. Vendrá como el Señor de la historia y del tiempo.

Este don profético e histórico de la salvación, con el paso del tiempo se convirtió en realidad, y tuvo lugar con la encarnación del Hijo de Dios, con su nacimiento en el tiempo presente y en la historia concreta. Ya no es un acontecimiento futuro, tan sólo prometido y esperado. Ha venido ya el Redentor y en Él se han colmado las esperanzas del Antiguo Testamento y se han abierto las del Nuevo. El Señor ya ha llegado. ¿Cuál será nuestra espera actual? La venida del Salvador anunciado por los profetas y que se ha cumplido en la historia, sin embargo hoy debe realizarse en el corazón de todo hombre. Jesús irrumpe en la historia y en el corazón del hombre, viene a darle la vida de Dios y a ponerlo en una comunicación especial con Él. Ya no serán los hombres siervos, sino hijos en el Hijo y se colmarán los anhelos de la justicia y de la paz en el amor de Dios.

Mientras se realiza esta presencia, el otro rostro del Adviento nos muestra a una humanidad que se dirige y orienta hacia la "parusía", es decir, a la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos y de la historia. En esta perspectiva debe ser vivido el Adviento y bajo este doble signo meditadas sus lecturas y participada su liturgia. El Adviento se convierte para el cristiano en un "tiempo fuerte" donde el espíritu de oración y de penitencia (aspectos cuaresmales) expresa también ese doble rostro: el presente histórico y el futuro escatológico.

En la lectura primera de hoy, Isaías nos habla con énfasis de la era mesiánica en la cual todos los pueblos convergerán en Jerusalén para adorar a un único Dios. "Y vendrán muchedumbres de pueblos diciendo: Venid y subamos al monte de Yahvé, a la casa del Dios de Jacob y él nos enseñará sus caminos" (Is. 2-3). Unidos por un solo Señor los hombres serán como hermanos y "no se ejercitarán más para la guerra". Jerusalén es figura de la Iglesia, sacramento universal de salvación (LG 48) que se da a toda la humanidad para llevarlos a la salvación y para que, siguiendo las enseñanzas de Cristo, vivan en la justicia y en la paz amándose en la caridad fraterna. Debemos llevar a los hombres este mensaje de salvación. ¡Y nos falta mucho para poder vivirlo! El ardor de Isaías nos invita: "Venid y caminemos a la luz de Yahvé" (Is. 2,5).

Los gentiles “Pueblo Numeroso” caminar{an hasta la casa del Señor. Para conocer la Voluntad del Señor. Es la garantia para que existan la armonia y la paz.-

Aunque el mundo actual no viva esa condición mesiánica, no por eso vamos a renunciar a la Esperanza Mesiánica, y ella viene solo de Dios, y Dios forjando la esperanza en nosotros, estará siempre en nuestros corazones. Esta presencia divina en nosotros, que requiere de nuestra libertad, nos guiará siempre hacia el Bien. Es por eso que el salmo 125 canta diciendo “Por la Casa delSeñor Nuestro Dios te deseo todo bien”.-

En la segunda lectura San Pablo nos alerta “Dense cuenta ndel tiempo en que vivimos ya es hoa de despertarse”

Caminar en esa luz para San Pablo significa "despojarse de las obras de las tinieblas" (Rom. 13,12); significa que el hombre debe revestirse de las virtudes de la fe, la esperanza y el amor. Esto nos urge pues debemos esperar la salvación ya cercana, ya que la historia camina hacia el retorno del Señor. El tiempo que nos separa de dicha realidad debe ser aprovechado al máximo y con solicitud cristiana, ya que el Señor de la historia (de Belén) y que está presente en la vida de cada hombre "debe venir" al final de los siglos y tendrá que ser acogido en la fe, esperanza y caridad vivas y operantes.

Basta de excesos en la comida yen la bebida, basta de lujuria y libertinaje, basta de peleas y envidia. Por el contrario revistanse del Señor Jesucisto, dejense de preocupar por satisfacer los deseos de la carne (Rom13,13-14)

Este versículo llevo a San Agustín a la conversión y esto mismo quiere hacer el Señor con nosotros.-
“Dejemos las actividades de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz” El Adviento nis hermanos es un llamado a vivir con santidad y gozo, la espera delSeñor, pero también, un camino de sanación y liberación con los hombres y el mundo hacia Dios,.-

Se trata de vivir un estilo de vida distinto ,este es tiempo en la actitud vigilante de la cual nos habla Jesús: "velad porque no sabéis cuando llegará vuestro Salvador y Señor" (Mt. 24,42). Se trata también de la venida del Señor para cada hombre, al final de su vida cuando se encuentre con él cara a cara y solamente haya luz en el amor. Será el comienzo sin fin de la eternidad en la eterna visión del Dios Uno y Trino, en la humanidad gloriosa del Señor. La tensión entre el presente y el futuro se habrá cumplido y se habrán cumplido todas las promesas mesiánicas.

Recordemos entonces que no esperamos “algo” sino a “alguien”; Cristo el Señor, y si nos Cristificamos, e.d. nos hacemos semejantes a Cristo a través de nustra obras, todo en nosotros será santo y bueno.-

Que María de la dulce espera en el Señor nos bendiga y acompañe.

Mons. Marcelo Raúl Martorell, Obispo de Puerto Iguazú


Publicado por verdenaranja @ 17:40  | Homil?as
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Viernes, 06 de diciembre de 2013

Reflexión a las lecturas de la solemnidad de la inmaculada Concepción ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Solemnidad de la Inmaculada Concepción

La Solemnidad de la Concepción Inmaculada de María es una fiesta preciosa. En el tiempo de Adviento, cuánto nos ayuda esta Solemnidad de la Virgen. Parece como si estuviera pensada, expresamente, para nuestra preparación para la Navidad. Por eso me parece que sería bueno encuadrar nuestra contemplación de este misterio de la Virgen en el tiempo de Adviento.

La Solemnidad que celebramos nos ayuda a comprender mejor la necesidad de un Salvador, nos  indica cómo prepararnos para la Navidad  y nos dice, incluso, cómo tiene que ser toda nuestra vida.

En la 1ª Lectura contemplamos cómo el hombre rompe con Dios, pierde su condición de hijo y aparece el sufrimiento, el mal y la muerte. ¡Es el pecado original!

De esta forma, se mete en un callejón sin salida: ha podido alejarse de Dios, pero ahora, por sí mismo, no puede volver a Él. Tendrá que venir Dios a salvarle.

¡Se necesita un Salvador!  Y no sólo lo necesitaron nuestros primeros padres, sino todo hombre y toda mujer. A todos nos llegan las consecuencias de un pecado que no cometimos. Y la misma sociedad experimenta, de algún modo, “el misterio del mal”, las consecuencias del pecado y la necesidad de un Salvador.

¿Y qué es celebrar la Navidad sino saltar de gozo al contemplar al Salvador que llega? De este modo comprendemos mejor la necesidad de prepararnos para esta gran fiesta.

¿Y cómo hacerlo? ¿De qué mejor manera  que como Dios preparó a la Virgen María, desde el momento mismo de su Concepción? En efecto, cuando el alma de la Virgen se va a unir a su cuerpo, en el seno de su madre, Dios interviene y la preserva del pecado original  y la llena de gracia. Por eso hablamos de Concepción Inmaculada, es decir, sin mancha. En el Evangelio de hoy  escuchamos  que el ángel la saluda como llena de gracia.

Así, nosotros, tenemos que esforzarnos por liberarnos de todo pecado y crecer en santidad.

Hoy contemplamos, por tanto, a María, toda limpia, toda hermosa. Y la Iglesia en este día proclama: "Todo es hermoso en ti, Virgen María, ni siquiera tienes la mancha del pecado original".

Cuando los poetas se han acercado a este misterio de María, se han quedado sin palabras: "Bien lo sé yo, musa mía, el gran himno de María no lo rima ni lo canta miel de humana poesía ni voz de humana garganta”. (Gabriel y Galán).

Hay un villancico que dice: “El Niño Dios que ha nacido en Belén, quiere nacer en nosotros también”. Eso es la Navidad. Y para eso nos estamos preparando.

Y toda nuestra vida de cada día tiene que ser un esfuerzo constante, por parecernos cada vez más, a la Inmaculada Virgen María.            

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 20:33  | Espiritualidad
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II DE ADVIENTO A - INMACULADA CONCEPCIÓN 

Moniciones

 

 

PRIMERA LECTURA

        Con un lenguaje  característico, se nos presenta en esta lectura, la caída en el pecado de nuestros primeros padres y el anuncio de nuestra salvación. Es el pecado original, del que fue preservada, en su Concepción, la Inmaculada Virgen María.

 

SALMO

        La acción salvadora de Dios, expresada en la Concepción sin pecado de María, provoca en nuestra asamblea un canto agradecido y triunfal al Dios que hace maravillas. Su misericordia y su fidelidad son eternas.

 

SEGUNDA LECTURA

        La segunda lectura es hoy del 2º Domingo de Adviento. En ella San Pablo nos habla de la salvación que nos trae Jesucristo para todos: judíos y gentiles. Escuchemos.

 

TERCERA LECTURA

        En el momento de la Anunciación el ángel saluda a María como llena de gracia.

La Maternidad divina de la Virgen, que aquí se anuncia, es la razón de todas las gracias singulares que adornan el cuerpo y el alma de la Santísima Virgen María.

Aclamemos ahora al Señor  de pie con el canto del aleluya.

 

COMUNIÓN

        Al acercarnos a comulgar, no olvidemos a la Virgen María: su alma limpísima, exenta de pecado y llena de gracia, para ser una digna morada de Jesucristo.

Pidámosle al Señor que nos ayude a parecernos cada día más a ella y a recibir al Señor en la Comunión como ella lo recibió.  

 


Publicado por verdenaranja @ 20:28  | Liturgia
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Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo segundo de Adviento - A.

RECORRER CAMINOS NUEVOS 

        Por los años 27 o 28 apareció en el desierto del Jordán un profeta original e independiente que provocó un fuerte impacto en el pueblo judío: las primeras generaciones cristianas lo vieron siempre como el hombre que preparó el camino a Jesús.

        Todo su mensaje se puede concentrar en un grito: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. Después de veinte siglos, el Papa Francisco nos está gritando el mismo mensaje a los cristianos: Abrid caminos a Dios, volved a Jesús, acoged el Evangelio.

        Su propósito es claro: “Busquemos ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos”. No será fácil. Hemos vivido estos últimos años paralizados por el miedo. El Papa no se sorprende: “La novedad nos da siempre un poco de miedo porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos y planificamos nuestra vida”. Y nos hace una pregunta a la que hemos de responder: “¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido capacidad de respuesta?“.

        Algunos sectores de la Iglesia piden al Papa que acometa cuanto antes diferentes reformas que consideran urgentes. Sin embargo, Francisco ha manifestado su postura de manera clara: “Algunos esperan y me piden reformas en la Iglesia y debe haberlas. Pero antes es necesario un cambio de actitudes”.

        Me parece admirable la clarividencia evangélica del Papa Francisco. Lo primero no es firmar decretos reformistas. Antes, es necesario poner a las comunidades cristianas en estado de conversión y recuperar en el interior de la Iglesia las actitudes evangélicas más básicas. Solo en ese clima será posible acometer de manera eficaz y con espíritu evangélico las reformas que necesita urgentemente la Iglesia.

        El mismo Francisco nos esta indicando todos los días los cambios de actitudes que necesitamos. Señalaré algunos de gran importancia. Poner a Jesús en el centro de la Iglesia: “una Iglesia que no lleva a Jesús es una Iglesia muerta”. No vivir en una Iglesia cerrada y autorreferencial: “una Iglesia que se encierra en el pasado, traiciona su propia identidad”. Actuar siempre movidos por la misericordia de Dios hacia todos sus hijos: no cultivar “un cristianismo restauracionista y legalista que lo quiere todo claro y seguro, y no halla nada”. “Buscar una Iglesia pobre y de los pobres”. Anclar nuestra vida en la esperanza, no “en nuestras reglas, nuestros comportamientos eclesiásticos, nuestros clericalismos”.

           


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Mi?rcoles, 04 de diciembre de 2013

 UNA SOLA FAMILIA HUMANA  -  ALIMENTOS PARA TODOS

Queridos diocesanos:

Unido a la Iglesia universal, quiero sumarme a la Campaña "Alimentos para todos" que promueve Cáritas Internacional e invitarles también a ustedes a unirse a este llamamiento.

Este tiempo de Adviento es un tiempo de gracia: queremos encontrar un sitio para el Señor que se identifica con los hermanos que en el mundo entero no tienen lo mínimo para vivir dignamente.

Invito a todos a que, en la medida de sus posibilidades, apoyen las diversas iniciativas que surjan en nuestra Diócesis y que cada uno según su conciencia, contribuya a erradicar esta lacra que es el hambre en el mundo.

Junto con nuestra aportación, nacida de un estilo de vida de austeridad compartida, les invito a la oración para que el pan de cada día no falte a nuestros hermanos solos y desamparados, para que el Reinado de Dios vaya siendo realidad entre nosotros.

El egoísmo, el individualismo, las estructuras de pecado, están enraizadas en el corazón del hombre. Sólo una oración comprometida, constante, perseverante, confiada, hará posible que haya una conversión y que los que tienen autoridad y todos los que formamos la gran familia humana, abramos los ojos ante el drama del reparto injusto de la riqueza, transformemos esas estructuras de pecado y así podamos sentarnos alrededor de la mesa de la fraternidad, como hijos de un Padre que en Jesucristo, con la fuerza del Espíritu, nos ofrece vida y vida en abundancia para todos (cf. Jn 10,10).

Pido a todos los sacerdotes, personas consagradas y fieles en general, que el próximo martes día 10 de diciembre, a las 12 de la mañana, hora canaria, unidos al Papa Francisco y a la Iglesia de Dios extendida por el mundo entero, recemos la oración que adjunto a la presente comunicación. La podemos hacer individualmente o bien reunidos en un templo, colegio, comunidad religiosa o en el hogar.

Que María de Nazaret, modelo de entrega a Dios y a los hermanos. que pasó por la estrechez y la pobreza y proclamó la grandeza del Dios que "a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos (Lc 1,53)", nos ayude a cambiar nuestra mente y nuestro corazón, a resistir la cultura de la acumulación y el consumo, y a pensar más en los millones de hermanos y hermanas que viven y duermen con hambre y con sed.

Con mi bendición y oración, unidos al servicio del Reinado de Dios.

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense


Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la misa de ordenación sacerdotal (Iglesia catedral, 30 de noviembre de 2013)

Tras las huellas del Cura Brochero

La Iglesia Platense hoy es enriquecida por la ordenación de cinco nuevos presbíteros, que serán partícipes del sacerdocio de Cristo. Todos ustedes, queridos hermanos, saben muy bien que ellos son elegidos y consagrados para enseñar, santificar y conducir con amor pastoral al pueblo de Dios, que es un pueblo sacerdotal. Por eso compartimos la alegría de este momento singular y damos gracias al Señor, que provee misericordiosamente a las necesidades de su Iglesia.

La figura del apóstol San Andrés, cuya fiesta celebramos, evoca el origen y la naturaleza del oficio que recibirán Miguel, Diego, Manuel, Sebastián y Juan. Ante todo, aclaremos rápidamente –por si hiciera falta- que no se trata de “recibirse”, de obtener el título que les permite ejercer una profesión. Al llamar a los doce, Jesús cambió la vida de aquellos hombres, los configuró a él mediante el don del Espíritu Santo para que fueran sus servidores, sus embajadores, y revestidos de su poder comunicaran a los demás los misterios de Dios (cf. 1 Cor. 4, 1; 2 Cor. 5, 20). Esta situación original se perpetúa en la Iglesia: el obispo, sucesor de los apóstoles, mediante la imposición de sus manos y la plegaria de ordenación, comunica la gracia sacerdotal a quienes asocia a su propio ministerio; los entronca con la misión de los apóstoles y del mismo Cristo. Quienes son así elegidos y consagrados pertenecen por un nuevo título al Señor y a su Iglesia; ya no pueden vivir más para sí mismos, sino para el Señor y para su pueblo. El don conlleva una exigencia de continua verificación de la entrega con una libertad cada vez más pura y generosa, con un amor cada día mayor. Es fácil decirlo –debemos decirlo, porque es la verdad- pero quienes llevamos años de vida sacerdotal conocemos las dificultades y a la vez comprendemos, en virtud de una experiencia bien probada, que esa es la meta de nuestra vocación; hacia ella nos lanzamos con renovada esperanza, cotidianamente, apoyándonos en la gracia misericordiosa de Dios que nunca falla y en los ejemplos luminosos que la Iglesia nos propone.

Este año se nos propone, se les propone a ustedes, queridos hijos que enseguida van a ser ordenados, la figura del beato José Gabriel Brochero, realización sencilla, originalísima y para nosotros tan cercana del ideal del sacerdote católico. Los santos no son copiables, no se los imita en y desde lo exterior –sus circunstancias de vida pueden haber sido muy diversas de las nuestras-; es preciso entrar en comunión con su espíritu y recoger el mensaje que en ellos el Señor nos envía. Ellos son, en todo caso, nuestros modelos en la imitación de Cristo. Brochero tenía un gracejo inimitable; era intuitivo, un psicólogo innato que sabía captar la mentalidad ambiente; su predicación, originalísima, era de alto valor educativo y llegaba al alma. Estas dotes estaban iluminadas y potenciadas por la sabiduría sencilla y sabrosa del Evangelio, y se concretaban en su entrega espontánea y sin retaceos, en su amor cercano, cercanísimo a todos. Hablando de la actualidad del Cura Brochero, el Papa Francisco escribió en su mensaje con motivo de la beatificación: es un pionero en salir a las periferias geográficas y existenciales para llevar a todos el amor, la misericordia de Dios. Y cita como expresión de coraje apostólico y celo misionero el criollísimo dicho brocheriano: ¡Guay de que el diablo me robe un alma! Era esa una decisión apoyada en la visión sobrenatural de las cosas, en la profundidad de la oración que lo identificaba con Cristo, vencedor del diablo.

Brochero no se limitó a la predicación, a la celebración de los sacramentos, a arriar paisanos y chinas a los ejercicios espirituales; se ocupó también de lo que hoy llamamos asistencia integral y promoción social: consiguió caminos para su gente serrana, impulsó la extensión del ferrocarril. Lo hizo en cuanto pastor cercano a su pueblo, que amaba a los pobres. El Santo Padre nos dice de él: escuchó el llamado de Dios y eligió el sacrificio de trabajar por su Reino, por el bien común que la enorme dignidad de cada persona se merece como hijos de Dios.

En la vida del sacerdote, ¿qué puede quedar fuera de su ministerio? ¿Se puede permitir el cultivo de una vida privada: afán de intereses propios, de posición, comodidades, dinero? El desarrollo pleno de las propias cualidades humanas resulta siempre coloreado por la finalidad ministerial: aun los momentos de descanso, de sano y fraterno esparcimiento, las relaciones familiares, la personalísima humanidad de cada uno se integra, bajo el influjo de la gracia, en la totalidad apostólica del sacerdote, alimenta su entrega y alivia las cargas que la entrega conlleva. El Papa Francisco ha advertido reiteradas veces a los fieles sobre el peligro de la mundanidad; también los sacerdotes (¡y los obispos!) corremos el riesgo de adoptar una mentalidad mundana, de deslizarnos hacia la mundanidad. Que la imagen de Brochero, montado en su mula y fatigándose por los senderos serranos, valga como un signo de precaución, como un antídoto. Como enseñaba San Francisco de Sales, el desapego de nuestro amor propio, la renuncia a las satisfacciones del egoísmo es el camino de nuestra verdadera realización en el plano humano y de la plenitud de la vida cristiana. También de la existencia sacerdotal. El Cura gaucho lo aprendió en el seminario, lo entendió bien, y lo vivió.

Quiero hacer ahora una última referencia al apóstol San Andrés, cuya fiesta celebramos. El nombre Andrés, de origen griego, significa varonil; parece que es propio del varón ser esforzado, valeroso, firme. El sacerdote, varón que recibe una participación del carisma apostólico, debe caracterizarse por la fortaleza, virtud que nos da la capacidad de sobrellevar las dificultades y de superarlas con constancia. Josef Pieper escribió que lo más propio de la fortaleza no es el ataque, ni la confianza en sí mismo, ni la ira, sino la resistencia y la paciencia; en ella se revela la más profunda fuerza anímica del hombre: amar y realizar el bien, aun cuando amenaza el riesgo, sin doblegarse ante las conveniencias y las inconveniencias. La fortaleza varonil del sacerdote debe armonizarse exquisitamente con la suavidad, la capacidad de persuadir con afabilidad, la dulzura de trato; es fortaleza espiritual para entreverarse en las aventuras del apostolado, las propias de los tiempos que corren, haciéndose todo para todos.

Queridos Miguel, Diego, Manuel, Sebastián y Juan: los he acompañado con mi cercanía y mis oraciones en los respectivos años de su formación; cuenten con mi apoyo y con la ayuda de los obispos auxiliares. Cultiven entre ustedes una buena amistad sacerdotal. Amen y sirvan sinceramente a la Iglesia, Pueblo de Dios. Que el Señor les conceda muchos años de fiel y fecundo ministerio, con sobreabundante alegría, con el gozo del Evangelio.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


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Carta Monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el 1º domingo de Adviento (1 de diciembre de 2013)

Necesidad de incluir

Estamos iniciando el tiempo del adviento o sea de preparación para celebrar la Navidad. Desde ya que todos sentimos el cansancio del fin de un año que se nos presentó en muchos aspectos difícil y exigente. En este contexto la liturgia del adviento nos invita a animarnos en la esperanza.

El Evangelio de este domingo (Mt. 24,37-44), nos exhorta a la vigilancia y a la fidelidad: “Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndalo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada” (42,44).

La liturgia del adviento subraya el sentido pleno de la esperanza cristiana, la esperanza “escatológica”, la del final de los tiempos, pero de ninguna manera esta perspectiva que nos hace reclamar: “Ven Señor Jesús”, nos deja en la pasividad. Esto sería una esperanza alienante y la esperanza cristiana por el contrario nos exige comprometernos con el presente y evangelizar nuestra cultura y nuestro tiempo.

Aunque no claudicamos en la esperanza y creemos que las cosas pueden mejorar, si mejoramos nosotros y nos convertimos a Dios y a algunos valores indispensables como la vida, la verdad y la justicia, no podemos dejar de tener los pies en la tierra y ser claro con los problemas que deberemos enfrentar.

En esta reflexión quiero compartir un comentario que me hizo una señora que ignoro quién es y si bien no creo que haya sido hecho con maldad, expresa el racismo y la actitud que tiene un segmento importante de nuestra sociedad. En una de las peregrinaciones a Loreto, momento lleno de gozo, una fiesta de la fe, nos acompañó un grupo numeroso de indígenas que participaron de la peregrinación. Una señora se acercó y me dijo: “Monseñor que puede hacer para que estas mujeres (las indígenas), tengan menos hijos, porque que vamos a hacer con tantos indígenas después”. El comentario es revelador y lamentablemente expresa el pensamiento de muchos.

Literalmente podremos hacer el paralelo con algunos dirigentes políticos y sociales, organizaciones, cristianos... quienes afirman habitualmente “que podemos hacer para que las madres pobres tengan menos hijos, porque que vamos a hacer con tantos pobres después”. Desde ya que en el primer caso la fecundidad de las madres indígenas les ha permitido sobrevivir y perdurar en la historia, quizá simplemente “vivir”. Con respecto a las “madres pobres”, habrá que responder que la pobreza no se soluciona con “ligadura de trompas” u otros instrumentos contra la ecología humana, sino con mayor equidad y justicia social. En esto se pondrá en juego el bien común y la esperanza.

Considero oportuno recordar un texto de Aparecida sobre este tema: “Si esta opción (por los pobres) está implícita en la fe cristológica, los cristianos, como discípulos y misioneros, estamos llamados a contemplar, en los rostros sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos: “Los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo”. Ellos interpelan el núcleo del obrar de la Iglesia, de la pastoral y de nuestras actitudes cristianas. Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo: “Cuanto lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40).

De nuestra fe en Cristo, brota también la solidaridad como actitud permanente de encuentro, hermandad y servicio, que ha de manifestarse en opciones y gestos visibles, principalmente en la defensa de la vida y de los derechos de los más vulnerables y excluidos, y en el permanente acompañamiento en sus esfuerzos por ser sujetos de cambio y transformación de su situación. El servicio de caridad de la Iglesia entre los pobres “es un ámbito que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial y la programación pastoral”. (393-394)

El egoísmo y la falta del sentido del bien común están en la raíz de nuestros males. En este domingo de adviento la Palabra de Dios nos exhorta a que estemos prevenidos, porque el Señor vendrá a la hora menos pensada. Evidentemente nuestra sociedad necesita convertirse al bien común y a la justicia. La esperanza cristiana nos impulsa a sentirnos responsables para revertir el flagelo de la exclusión.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!


Mons. Juan Rubén Martínez, Obispo de Posadas


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Homilía del Cardenal Fernando Filoni, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, durante la misa solemne presidida ayer por la tarde, 2 de diciembre, en la Catedral de la Archidiócesis de Castries, en la apertura oficial del Año de la Evangelización

HOMILY. Mass in Saint Lucia - First Monday of Advent and Beginning of the Year Evangelization in the Archdiocese of Castries

 (Is 4:2-6, Ps. 121, Mt. 8:5-11)

December 2, 2013 

1.  Greetings:  My dear brothers and sisters in Christ,

It is truly a great joy for me to celebrate this Eucharistic Liturgy with you on the beautiful island nation of Saint Lucia. For this I would like to thank His Grace, Archbishop Robert Rivas, O.P., for his warm welcome. I would also like to greet (Archbishop emeritus Kelvin Edward Felix), the priests, religious and faithful here present for this Advent Mass. Today we not only celebrate the first days of the Season of Advent, but we also mark the beginning of the Year of Evangelization for the Archdiocese of Castries, an initiative intended to renew the Church in Saint Lucia by re-igniting enthusiasm for the proclamation of the Gospel.

2.  Liturgical Context:  In today’s liturgical readings we encounter the mercy and compassion of God, who is always faithful to his promises and never betrays his covenant with his people. The readings call us to a deep trust in God, who reveals himself fully in Jesus Christ, as the One who brings healing and joy to those who place their faith and trust in him. Today’s Gospel also has a universal missionary aspect, with Jesus curing the servant of a Roman centurion, who did not believe in the God of Abraham, but nevertheless put his confidence in Jesus. In response, Christ declares that the pagan nations will, indeed, share in the salvation once promised to the Patriarchs. “Amen, I say to you, in no one in Israel have I found such faith. I say to you many will come from the east and the west and will recline with Abraham, Isaac, and Jacob at the banquet in the Kingdom of heaven.”

The mission to proclaim the Gospel to the nations, inviting everyone to God’s banquet, has been entrusted by the Lord to the Church, which he founded as a universal communion, with Peter as the head of the Apostolic College,  and the first to announce the Resurrection after Pentecost.

As the Second Vatican Council teaches that “the pilgrim Church is missionary by her very nature, since it is from the mission of the Son and the mission of the Holy Spirit that she draws her origin, in accordance with the decree of God the Father” (Ad Gentes nr.2).  Because the communion of the Church extends throughout the world, this missionary orientation applies also to the Church in the Caribbean and on the island of Saint Lucia.  As Prefect of the Congregation for the Evangelization of Peoples, I would like to assure of your importance in the Church’s universal task of proclaiming the Gospel.

3.  Year of Evangelization:  Last October, Pope Francis, speaking to the pilgrims participating in the Sunday Angelus Prayer, quoting Saint Paul, said: “Do not be ashamed then of testifying to our Lord, nor of me his prisoner, but take your share of suffering for the gospel in the power of God” (2 Tim 1:8).” The Holy Father then added: “This, however, is for us all; each one of us in our own daily lives can testify to Christ by the power of God, the power of faith. The faith we have is miniscule, but it is strong! With this power to testify to Jesus Christ, to be Christians with our life, with our witness!”

A few weeks later, on Mission Sunday, the Holy Father specified that “the mission of the Church… [is] to spread throughout the world the flame of faith which Jesus kindled in the world: faith in God who is Father, Love, Mercy. The method of Christian mission is not proselytism but rather that of sharing the flame that warms the soul. I wish to thank all those who through their prayer and practical help support missionary work, especially the work of the Bishop of Rome to spread the Gospel. (Angelus 06/10/13)!”

Today, the Church in Saint Lucia begins the Year of Evangelization, an initiative meant to deepen the faith of those who already know Christ; to re-ignite enthusiasm for sharing this faith with those who do not yet know the Lord and with those who have wandered away from the Church. Let us take to heart the Holy Father’s invitation to go out to the peripheries, to bear witness to our Faith in Christ and our love for his Church, inviting others to share in this precious gift.

Last July, in his address to the Leadership of the Episcopal Conferences of Latin America in Rio de Janeiro, Pope Francis called the Church in Latin America and in the Caribbean to a Missionary Discipleship, which he described as follows:

“Missionary discipleship is a vocation: a call and an invitation. It is given in the “today”, but also “in tension”. There is no such thing as static missionary discipleship. A missionary disciple cannot be his own master; his immanence is in tension towards the transcendence of discipleship and towards the transcendence of mission. It does not allow for self-absorption: either it points to Jesus Christ or it points to the people to whom he must be proclaimed…. the position of missionary disciples is not in the centre but at the periphery: they live poised towards the peripheries… including the peripheries of eternity, in the encounter with Jesus Christ. In the preaching of the Gospel, to speak of “existential peripheries” decentralizes things; as a rule, we are afraid to leave the centre. The missionary disciple is someone “off centre”: the centre is Jesus Christ, who calls us and sends us forth” (CELAM address 28/07/13).

Missionary discipleship includes those who dedicate their whole lives, exclusively for the proclamation of the Gospel. I, therefore, invite you to invite young people to respond to the Lord’s call to the priesthood and to religious life. Both of these two different types of vocations are indispensable for the life and mission of the Church.

4.  Conclusion:  In conclusion, I would like to assure all of you that the Congregation for the Evangelization of Peoples knows well the efforts you make in being faithful to the Lord and in bearing fruitful witnesses of Christ. To your Bishop, to the Bishops of this Metropolitan See, and to all of the Bishops of the Antilles, who are dedicated shepherds of God’s people, I say thank you for your tireless efforts in teaching the Faith in its integrity and in fostering ever deeper communion with each other and with the Holy Father. To the priests in Saint Lucia, I am grateful for every initiative that fosters greater collaboration with your Bishop and more zealous service of God’s people. To the religious, who strive to be living examples of Christ’s poverty, chastity and obedience, I thank you for your witness and for you generous collaboration in the pastoral tasks entrusted to you. Thanks also to the members of different lay associations and ecclesial movements that have instilled a greater enthusiasm for the Faith. Finally, I would like to express my tanks to all of you dedicated lay faithful, for all you do to build bonds of communion in your local parishes and for taking the values and precepts of the Gospel into the public square. It is through such efforts that St. Lucian society becomes more respectful of the dignity of every human life, more supportive of marriage and the family, more compassionate to the poor, and more just in its social structures.

As Prefect of the Missionary Dicastery, I assure you of my prayers and spiritual support, as I offer you to God, through the intercession of the Blessed Virgin Mary, Saint Lucia, and of all the saints. May God send his bountiful blessings upon you all!

 


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Martes, 03 de diciembre de 2013

Texto el micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT9 (30 de noviembre de 2013) (AICA)

Adviento

Este domingo iniciamos el Tiempo de Adviento. Tiempo de gracia que debemos aprovechar para profundizar y crecer en nuestra vida cristiana. Ella tiene su centro en la persona de Jesucristo. La actitud para iniciar este tiempo debe ser, por lo mismo, de apertura hacia un encuentro siempre nuevo con Jesucristo. Recordemos aquella luminosa enseñanza de Benedicto XVI, cuando decía: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Ap. 243).

Podríamos decir que ya lo conocemos, que ya nos hemos encontrado con él. Esta actitud, sin embargo, nos puede encerrar en aparentes seguridades. El encuentro con Jesucristo siempre es nuevo, siempre es actual. El pasado nos ayuda como memoria de un camino. Quedarnos en el recuerdo de lo vivido nos puede alejar de una actitud de apertura a Cristo, que hoy se acerca a mí. Aparecida, cuando habla del Itinerario Formativo de los Discípulos Misioneros, nos señala cuáles son los: “Lugares de encuentro con Jesucristo” (246-257).

Como primer lugar de encuentro con Jesucristo nos habla de la Palabra de Dios. Esto parte de la fe en un Dios que habló; su palabra se convierte en fuente de vida. La fe cristiana no se confunde con un sentimiento subjetivo, sino que es respuesta a la Palabra de Dios que ha tomado la iniciativa: “ahora, en este tiempo final, nos dice la carta a los Hebreos, Dios nos habló por medio de su Hijo” (Heb. 1, 2). ¡Qué importante en este tiempo descubrir el valor de la lectio divina, como lectura orante de la Palabra de Dios! Esta lectura favorece el encuentro personal con Jesucristo.
Luego nos habla de la participación en la Sagrada Liturgia, de modo especial no dice en la Eucaristía, que es: “el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Con este sacramento, Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo” (251). También, agrega, en: “La oración personal y comunitaria, donde el discípulo, alimentado por la Palabra y la Eucaristía, cultiva una relación de profunda amistad con Jesucristo y procura asumir la voluntad del Padre” (255).

Además, continúa, diciéndonos que: “Jesús está presente en medio de una comunidad viva en la fe y el amor fraterno” (256). Nos deberíamos preguntar cómo es mi presencia en la comunidad donde participo de la eucaristía. ¡Cuánta necesidad hay en nuestras parroquias y capillas, de una participación más activa y comprometida de quienes concurren a ellas! Finalmente concluye, diciendo, que lo encontramos a Jesús: “de un modo especial en los pobres, afligidos y enfermos (cfr. Mt. 25, 37-40).
El encuentro con Jesucristo en los pobres es una dimensión constitutiva de nuestra fe. La opción por el pobre, decía el Santo Padre, es una página de la cristología. No se trata de una ideología sino de un lugar de encuentro querido por Jesucristo. Tratemos de valorar en este tiempo de Adviento estos lugares donde el Señor nos espera. Sepamos disponer nuestro espíritu y de nuestro tiempo para este encuentro siempre nuevo con Jesucristo.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


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MENSAJE DEL IV CONGRESO AMERICANO MISIONERO

(CAM 4 - COMLA 9) 

 

Bendito sea  Dios,  Padre amoroso y misericordioso, que ha salido de sí mismo a comunicarse a los seres humanos y quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad(Cf. 1 Tm 2,4) y que ha creado al ser humano con un anhelo último de conocer esta verdad y llegar a la plenitud de su vida(Cf. Ad Gentes 8).  

Gracias, Padre de todos los pueblos por  reunir  los diversos países y culturas que componen nuestra América en este IV Congreso Americano Misionero realizado en Maracaibo del 26 al 30 de noviembre de 2013. El lema  ha sido: “América Misionera comparte  tu fe” y el tema “Discípulos Misioneros de Jesucristo desde América  en un mundo secularizado y pluricultural”. Culturas indígenas, campesinas, afroamericanas, urbanas, suburbanas, mestizas y migrantes se  congregaron para compartir experiencias y diseñar caminos de evangelización inculturada e intercultural.  

Alabado sea Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, enviado del  Padre,  que anunció el Reino de Dios con palabras y gestos  y que, una vez resucitado, envió a sus discípulos a continuar su misión. Él nos sigue enviando a todos –ordenados y laicos, consagrados y familias, niños, jóvenes y adultos- a  anunciar la Buena Noticia de su Reino de  hermandad y justicia y a hacer discípulos de todos los pueblos  

Glorificado sea el Espíritu Santo enviado por Jesús. Él, protagonista de la Evangelización,   nos impulsa a continuar con valentía y creatividad la misión de Jesús en diversos tiempos, situaciones y culturas.    

Damos gracias a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo por estos días de convivencia, reflexión, oración y propuestas de acción para y desde las iglesias particulares de nuestra América. Cinco Ponencias, 22 Foros,  celebraciones litúrgicas y diversos testimonios misioneros constituyeron un nuevo impulso para continuar avanzando en nuestra tarea evangelizadora hacia dentro (Inter Gentes) y hacia afuera (Ad gentes). Los foros se organizaron alrededor de cinco ejes temáticos: Discipulado, Conversión, Secularización, Pluriculturalidad y Misión Ad Gentes.   

Bendito seas por  el Santo Padre Francisco, primer papa latinoamericano, quien nos ha enviado un cálido mensaje   en el que se alegra por la trascendencia de un Congreso que contribuirá a dar un nuevo impulso a la Misión Continental promovida por Aparecida. Bendecimos al Señor por la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (La alegría del Evangelio) en la que el papa nos invita a iniciar una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría que nace y renace del encuentro con Jesús.                                                                                                    Gracias Señor por la presencia del Cardenal Fernando Filoni, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los pueblos y Delegado extraordinario del Santo Padre. Él  hizo presente entre nosotros la persona del papa Francisco y su nuevo estilo de Iglesia  recordándonos que la Misión Ad Gentes es tarea  de  toda la Iglesia.    

 Enséñanos Señor  a mirar este mundo cambiante, plural y complejo con esperanza y amor, con profundidad y profetismo. Ayúdanos a encontrar en la Palabra de Dios, centro de la vida y de la misión de la Iglesia, respuesta a un mundo individualista que parece vivir sin sentido.  Jesús es Palabra de Dios encarnada. La Palabra de Dios es una Palabra informativa y performativa que comunica un proyecto de valores revelado en Jesús y de manera eficaz y poderosa nos hace ver con los ojos de Jesús y nos capacita para transformar el mundo.                                                                          

 Haz Señor que nos percatemos que la misión hace la Iglesia, que ella es un desafío teológico-espiritual y que ella se origina en las entrañas de la comunidad trinitaria que, por amor,  sale de sí misma a relacionarse con la humanidad. La fe en la encarnación implica entrar en las culturas. La fe en la resurrección lleva a evangelizar desde adentro a las culturas. Pentecostés hace posible el encuentro igualitario y enriquecedor de diversas culturas. Haz que nuestras iglesias  vivan una  comunión al servicio de la misión y sean misioneras, proféticas y liberadoras. Que la Iglesia que peregrina en  América sea una Iglesia que se ponga en camino, una Iglesia dialogal, que opte por los pobres, testimonial y en permanente conversión de personas y estructuras.    En esta Iglesia misionera la vida religiosa consagrada se concibe como una misión mística, simbólica y profética. Ella es misionera Ad Gentes por naturaleza (Ad Gentes 2)    

Espíritu de Jesús danos valentía y creatividad para realizar en nuestras comunidades las orientaciones pastorales asumidas en este Congreso Americano Misionero: 

                A nivel de discipulado misionero: nos proponemos agradecer y expresar lo mejor que nos pudo acontecer en la vida, el haber encontrado a Jesucristo haciéndonos discípulos misioneros y renovando el compromiso y el gozo de hacerlo conocer. 

                A nivel de Conversión: Conversión eclesial a todos los niveles, desde la escucha de la Palabra que nos lleve a una comunión eclesial que promueva una pastoral profética que denuncie la injusticia; 

                A nivel de Secularización: desarrollar un cambio de actitud y mentalidad en todas las estructuras humanas; una nueva mirada de las relaciones: evangelización con rostro humano, incluyendo diálogo y respeto con los gobernantes y sociedades para abogar e incidir por el desarrollo humano, por el campo y la ciudad en todo el ámbito de la vida política, económica, social, cultural y ecológica.  Priorizando la formación en todas las estructuras eclesiales y sociales para emprender ese espíritu del nuevo misionar.  

                A nivel de Pluriculturalidad: Promover la interculturalidad a través de un acercamiento respetuoso a la diversidad, que iluminada con el evangelio nos lleve a promover acciones pastorales liberadoras, descolonizadoras, con enfoque de derecho y pertinencia cultural, revitalizando mediante la liturgia inculturada la formación de agentes pastorales y el compromiso apostólico con la realidad social, política, económica y cultural el anuncio del evangelio en comunidades excluidas, empobrecidas y marginadas. Para que nuestros pueblos indígenas, afros y culturalmente emergentes tengan vida y vida en abundancia. 

A nivel de Misión Ad Gentes: las Conferencias Episcopales en el trascurso de 5 años asuman un lugar de Misión y envíen religiosas, religiosos, sacerdotes y laicos. Para ello deben promover la formación sobre la Misión universal para todos los corresponsables pastorales, a través de itinerarios de formación. Esto también requerirá la creación de estructuras económicas que permitan enviar y recibir misioneros. 

                Que la Virgen de Guadalupe, San Juan Diego, Santa Teresita del Niño Jesús, San Francisco Javier iluminen la nueva etapa evangelizadora a la que nos  invita el Papa Francisco: AMÉRICA MISIONERA, COMPARTE TU FE. 


En la Catedral de Kingston, en Jamaica, dedicada a la Santísima Trinidad, el Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos presidió la tarde del Domingo, 1 de diciembre una misa solemne en el primer domingo de Adviento, para la celebración de la clausura del Año de la Fe y la ordenación sacerdotal del Diácono Brad Smith. Estuvieron presentes, además del Nuncio Apostólico Su Exc. Mons. Nicholas Girasoles, varios obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, así como representantes de las autoridades gubernamentales. (Fides)

HOMILY.
First Sunday of Advent: Conclusion of the Year of Faith and Priestly Ordination
Cathedral of the Holy Trinity in Kingston, Jamaica – December 1, 2013

(Is 2:1-5, Ps 122: 1-9, Rom 13:11-14, Mt 24:37-44)

 

Dear brother Bishops, Dear priests and religious serving the Church in Jamaica,

Dear brothers and sisters in Christ,

1.  Greetings:  It is with great joy that I join with you in celebrating this solemn Liturgy for the First Sunday of Advent at the conclusion of the Year of Faith, during which the Church in Jamaica will celebrate the Ordination of Deacon Brad Smith to the Ministerial Priesthood.

First, I would like to thank the Archbishop of Kingston, His Grace Charles Henry Dufour for his kind invitation and warm welcome. I also acknowledge the retired Archbishops, Their Graces Donald Reece and Edgerton Clarke, who continue to serve the Church through their prayers and personal generosity. I would further like to acknowledge the presence of the other Bishops present with us; Archbishop Nicola Girasoli, the Papal Nuncio in Jamaica, Bishop Neil Tiedemann of Mandeville and the recently consecrated Bishop Burchell McPherson of Montego Bay. Finally, I extend special greetings and a warm welcome to the representatives of the Government of Jamaica and other distinguished officials that have come to share in today’s Liturgy, (in particular to Sir Patrick Linton Allen, Governor General and to the Right Honorable Portia Simpson-Miller, Prime Minister and Head of the Jamaican Government).

2.  Liturgical Season:  In days to come, all nations shall stream toward the LORD’s house: many peoples shall come and say: come, let us climb to the house of God that he may instruct us in his ways, and we may walk in his paths (cf. Is. 2).

The hope expressed in this passage has now been realized in the Mystery of the Incarnation, a Mystery that the Church will solemnly celebrate liturgically after completing her annual Advent preparation, which she begins today. Jesus Christ and the Church that he established, with Peter as head of the Apostolic College, is the “house” established as the “highest mountain and raised above the hills.” People of every nation are now climbing the mountain of the Lord, to this “house of God.” Indeed, all of us are now invited, in the words of the psalmist, to “go rejoicing to the house of the Lord.”

Let us also remember St. Paul’s admonition, that it is the hour for [us] to awake from our laziness and comfort.  Indeed, we need to adjust our attitudes and actions so as to make of ourselves instruments of profound adherence to Christ in daily life and work, in our moral choices, and in the service of charity.

3.  The Mission to Evangelize.  Last July, in his talk to the Bishops in Brazil, the Holy Father invited everyone in the Church to respond to the vocation of “Missionary discipleship... The missionary disciple, said the Pope, is a self-transcending subject, a subject projected towards encounter: an encounter with the Master (who anoints us as his disciples) and an encounter with men and women who await the message.”

There is urgency in the Holy Father’s words. The world is in need of the Good News of Jesus Christ and we are the ones being sent out to announce it. This sense of urgency and expectation is also a central theme during the season of Advent, which reminds us that we are now in a period of waiting, expecting the Lord to come again, to judge the living and the dead and to bring all things to completion. We must be prepared, vigilant, and engaged in the mission of Christ. Because, as the Lord tells us today’s Gospel, “for at an hour you do not expect, the Son of Man will come” (Mt. 24:44).

The Church in Jamaica faces many challenges in its mission to make the love of God visible, of announcing the Risen Lord, and of inviting people into full communion with him, within his Mystical Body, which he founded on the Apostles united with Peter. 

One challenge is the arrival of a secularist world view that relativizes the Faith, creating laissez-faire attitudes, which have led to ambiguity in moral values and doubt, which has resulted in a diminishment in the practice of the faith, especially among the young. Linked to this is another great challenge, namely, the presence of the poor, who were no recipients of the economic benefits of development.

Especially you, dear young people: do not be afraid to respond to Jesus’ voice, calling you to offer your lives in his service. God’s People are hungry for the Bread of Life. They are thirsting for compassion, understanding, and mercy. Open your hearts to his voice, because only he has the “words of eternal life.”

4.  Presbyteral Ordination:   I am happy that even as I make this exhortation for a generous response to Christ, we have the joy of celebrating a sacerdotal ordination. It is therefore a splendid opportunity to reflect on the mission of the priest, who is a strict collaborator of his Bishop, to whom he pledges obedience and filial love. The Second Vatican Council reminds us that “priests, by the anointing of the Holy Spirit, are signed with a special character and are conformed to Christ in such a way that they can act in the person of Christ the Head…In the measure in which they participate in the office of the apostles, God gives priests a special grace to be ministers of Christ among the people” (Presbyterorum Ordinis n.2). A Priest is, therefore, ordained to announce the Gospel, to teach the Faith in all of its integrity, to minister the Sacraments, making Christ present for the sanctification of the faithful.  As Blessed John Paul II taught: “the priest of tomorrow, no less than the priest of today, must resemble Christ” (Pastores dabo vobis n. 5). In conformity with Jesus, the priest is a shepherd sent by the Lord to tend God’s sheep, not his own; to lead them to living water, which is Christ; to seek out and bring back the lost; and to minister God’s love to all. A priest must be in the midst of the people, to be a shepherd “with the “odour of the sheep”, as Pope Francis loves to say. But it is also true that the sheep need to recognize in every Priest the “aroma” of the Good Shepherd, in his pastoral zeal, personal integrity, poverty, obedience, and fidelity to the promise of chaste celibacy.  My dear Deacon Brad, you are called to be holy, because God is holy!

5.  Conclusion of the Year of Faith.  This Liturgy also marks the end of the Year of Faith, announced by Pope Benedict XVI as “a summons to an authentic and renewed conversion to the Lord, the one Saviour of the world” (Porta Fide n.5). It was filled with many personal and communal initiatives for the deepening and strengthening of the Church’s faith. Let us pray that these efforts will bear much fruit for the Church throughout the world, but especially here in Jamaica!

6.  Conclusion:  Dear brothers and sisters: do not hesitate to always be faithful to Christ, as I know you are striving to do. To the Bishops, who are dedicated shepherds of God’s people, I say thank you for your tireless efforts in teaching the Faith in its integrity and in fostering ever deeper communion with each other and with the Holy Father. To the priests in Jamaica, I thank you for every initiative that fosters greater collaboration with your proper Bishop and more zealous service of God’s people. To all of the men and women religious serving the Church in Jamaica, who strive to be living examples of Christ’s poverty, chastity and obedience, especially those celebrating their twenty-fifth and fiftieth anniversaries of religious consecration during this Year of Faith, I say thank you for your generous collaboration. Thanks also to all of you my dedicated lay faithful, those courageously building bonds of communion in your local parishes and those who are members of different ecclesial movements and new realities.

I assure you of my prayers and spiritual support, as I offer you to God, through the intercession of the Blessed Virgin Mary and of all the saints. May God send his bountiful blessings upon you all!

 


Publicado por verdenaranja @ 23:44  | Hablan los obispos
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Continuando su visita pastoral en las Indias Occidentales (véase Fides 29/11/2013), el Cardenal Fernando Filoni, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, ha presidido la tarde del sábado, 30 de noviembre, la misa solemne del primer domingo de Adviento en la Pro-Catedral de San Fernando en Puerto de España (Trinidad y Tobago), a la que asistieron obispos, religiosos y laicos de las Antillas. (Fides)

Solemn Celebration in the Pro Cathedral of San Fernando in PORT OF SPAIN, Open to all with the presence of the Bishops of the Antilles and the President of the Republic of Trinidad and Tobago. HOMILY - FIRST SUNDAY OF ADVENT

November 30, 2013 – 18.30

 

1.  Greeting. My Dear Brother Bishops, priests, religious and faithful of the Archdiocese of Port of Spain, and honored guests! It is with great joy that I join with you in celebrating this solemn Liturgy for the First Sunday of Advent. Let me begin by expressing my sincere thanks to His Grace, Archbishop Joseph Harris, and to his newly appointed Auxiliary Bishop, His Excellency Robert Llanos, for their warm welcome. I would also like to acknowledge the presence of the many Bishops of the Antilles Episcopal Conference, together with its President, Archbishop Patrick Pinder of Nassau. Joining us are also many priests, religious brothers and sisters, and the large number of faithful. In a special way, I would like to acknowledge, and welcome, the Honorable Anthony Thomas Aquinas Carmona, President of the Republic of Trinidad and Tobago, who is joining us today for this Solemn Liturgy.

2.  Liturgical Context.    In days to come, all nations shall stream to the LORD’S house; many peoples shall come and say: Come, let us go to the house of God, that he may instruct us in his ways, and we may walk in his paths (cf. Is. 2:1-5).

3. The hope that the Prophet Isaiah expresses in this passage, proclaimed in today’s First Reading, has already been realized in the Mystery of the Incarnation; a Mystery that the Church will celebrate Liturgically after completing her annual Advent preparation, which she begins today. Jesus Christ and the Church that he himself established, with Peter as head of the Apostolic College, is the house established as the highest mountain and raised above the hills. People of every nation are now climbing to this house of God. We are also invited by the psalmist, to go “rejoicing to the house of the Lord.”

4. If we are to enter this house, let us be mindful of St. Paul’s admonition that we heard in today’s second liturgical reading “it is the hour for [us] to awake … to throw off the works of darkness and to put on the armor of light.” To enter God’s house, we must be prepared to conform our attitudes and actions to the very Mystery that we will be celebrating. It is the Mystery of the Father sending the Son to be Emmanuel, God-with-us. This Mystery continues in us, who have also been “sent out” by Jesus to announce the compassionate love of the Father to the world.

5.  The Mission to Evangelize.  Last July, Pope Francis, when speaking to the Bishops in Brazil, invited everyone in the Church to respond to a vocation to “Missionary discipleship... The missionary disciple, is a self-transcending subject, a subject projected towards encounter: an encounter with the Master (who anoints us as his disciples) and an encounter with men and women who await the message.”

6. There was urgency in the Holy Father’s words. The world is in need of the proclamation of the Good News of Jesus Christ and we are the ones being sent out to announce it. This sense of urgency and expectation is also a central theme during the season of Advent, which reminds us that we are now in a period of waiting, expecting the Lord to come again, for judgment and to bring all things to completion. We must be prepared, vigilant, and engaged in the mission of Christ. Because, as the Lord tells us today’s Gospel, “for at an hour you do not expect, the Son of Man will come” (Mt. 24:44).

7. The Church in Trinidad and Tobago has a particular responsibility for this mission here, in this Caribbean Region, since it is rightly seen as the “mother” Church to many of the other particular Churches in the Antilles. The Archdiocese of Port of Spain is faithful to the invitation it has received from Jesus, and continues to respond to the Lord’s invitation to mission. Nevertheless, like all of the other local Churches, in this region, this Archdiocese faces many challenges in its mission to make the love of God visible, of announcing the Risen Lord, and of inviting people into full communion with him, within his Mystical Body, which he founded on the Apostles united with Peter. 

8. One challenge is the secularist world view that relativizes the Faith, creating laissez-faire attitudes, which have led to ambiguity in moral values and doubt, which has resulted in a diminishment in the practice of the faith, especially among the young. Linked to this is another great challenge, namely, the presence of the poor, who were no recipients of the economic benefits of development.

9. The multiplicity of missionary and pastoral commitments pushes us to ask whether today there are generous and enthusiastic Christians to place themselves at the disposition of the poor, of the Gospel and of the good.

The mission of Christ needs, above all, those who would respond unequivocally to the invitation of the Master, who is inviting some to give the best they have for the service of the Gospel. Let us, therefore, not be afraid to invite young people, even more, to call young people to the priesthood, to consecrated life, and to many other services in the Church.

10.  I am well aware that the Catholic community in Trinidad and Tobago does not hesitate to give a generous response to Christ. To the Bishops, who are dedicated Pastors of God’s people, I say thank you for your tireless efforts in teaching the Faith in its integrity and in fostering ever deeper communion with each other and with the Successor of Peter. To the priests in Trinidad and Tobago, I thank you for every initiative that fosters greater collaboration with your proper Bishop and more zealous service of God’s people. To the religious, who strive to be living examples of Christ’s poverty, chastity and obedience, I say thank you for the witness of your lives and for your generous collaboration. Thanks also to all of you dedicated lay faithful, those who are courageously building bonds of communion in your local parishes, some of which are also members of different ecclesial movements and new realities that are bringing new joy and new enthusiasm for the Faith.

11. I assure you of my prayers and spiritual support, as I offer you to God, through the intercession of the Blessed Virgin Mary and of all the saints. May God send his bountiful blessings upon you all!

 


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Lunes, 02 de diciembre de 2013

El santo padre Francisco rezó el ángelus, el primer domingo de Adviento, 1 de Diciembre ce 2013, desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico, ante una multitud que le atendía en la plaza de san Pedro a pesar del frío y la lluvia. Dirigiéndose a ellos, después del largo aplauso que le acogió el papa les dijo (Zenit.org) :


¡Queridos hermanos y hermanas!

Comenzamos hoy, primer domingo de Adviento, un nuevo año litúrgico, o sea un nuevo camino del Pueblo de Dios con Jesucristo, nuestro pastor que nos guía en la historia hacia el cumplimiento del Reino de Dios. Por lo tanto este día tiene una fascinación especial, nos hace probar un sentimiento profundo del sentido de la historia.

Redescubramos la belleza de estar todos en camino: la Iglesia, con su vocación y misión, y la humanidad entera, los pueblos, las civilizaciones, las culturas, todos en camino hacia los senderos del tiempo. ¿En camino hacia donde? ¿Hay una meta común? ¿Cuál es esta meta?

El Señor nos responde a través del profeta Isaías: “Al final de los días, el Monte del Templo del Señor/ estará firme en la cima de los montes/ y se levantará encima de las colinas/ y hacia éste afluirán todos los pueblos./ Vendrán muchos pueblos y dirán: /Venid, subamos al monte del Señor, / al templo de Jacob, / para que nos enseñe sus vías / y podamos caminar por sus senderos”. Esto es lo que dice Isaías sobre nuestra meta a la que nos dirigimos.

Es una peregrinación universal hacia una meta común, que en el antiguo testamento es Jerusalén, donde surge el templo del Señor, porque desde allí, desde Jerusalén ha venido la revelación del rostro de Dios y de su ley. La revelación ha encontrado en Jesucristo su cumplimiento, es el 'templo del Señor', se ha vuelto Él mismo, el Verbo hecho carne: es Él la guía y al mismo tiempo la meta de nuestra peregrinación, la peregrinación de todo el Pueblo de Dios; y con su luz también los otros pueblos pueden caminar hacia el Reino de la justicia y de la paz.

Dice aún el profeta: Romperán sus espadas y las harán arados, /de sus lanzas harán hoces; una nación no levantará más la espada / contra otra nación, no aprenderán más el arte de la guerra'.

Me permito de repetir esto que dice el profeta: escuchen bien: 'Romperán sus espadas y las harán arados, /de sus lanzas harán hoces; una nación no levantará más la espada / contra otra nación, no aprenderán más el arte de la guerra'.

¿Pero cuándo sucederá esto? Qué hermoso día en el cual las armas sean desmontadas y transformadas en instrumentos de trabajo. Qué lindo día será este, y esto es posible, apostamos sobre la esperanza sobre una paz que será posible.

Este camino nunca ha concluido. Como en la vida de cada uno de nosotros es siempre necesario partir nuevamente, levantarse nuevamente, encontrar el sentido de la meta de la propia existencia. Así para la gran familia humana es necesario renovar siempre el horizonte común hacia el cual estamos encaminados. ¡El horizonte de la esperanza! ¡Ese horizonte para hacer un buen camino!

El tiempo de Adviento que hoy de nuevo comenzamos nos restituye el horizonte de la esperanza, una esperanza que no desilusiona porque está fundada sobre la palabra de Dios.¡Una esperanza que no desilusiona simplemente porque el Señor nunca desilusiona. Él es fiel y Él nunca desilusiona! Pensemos y sintamos esta belleza.

El modelo de esta actitud espiritual, de este modo de ser y de caminar por el camino es la Virgen María. Una simple joven de pueblo, que lleva en su corazón toda la esperanza de Dios. En su vientre, la esperanza de Dios ha tomado carne, se ha hecho hombre, se ha hecho historia: Jesucristo. Su Magnificat es el cántico del pueblo de Dios en camino, y de todos los hombres y mujeres que esperan en Dios, en la potencia de su misericordia.

Dejémonos guiar por Ella que es madre, que es mamá y sabe cómo guiarnos, dejémonos guiar por Ella en este tiempo de espera y de vigilancia operosa".

En este momento el santo padre rezó la oración del ángelus. Y al concluir la plegaria dijo:

"Queridos hermanos hermanas, hoy es la Jornada mundial de lucha con tra el HIV/SIDA.

Expreso mi cercanía a las personas que están afectadas, especialmente a los niños; una cercanía que es muy concreta a través del empeño silencioso de tantos misioneros y operadores. Recemos por todos, también por los médicos y los investigadores. Que cada enfermo, ninguno excluido, pueda acceder a las curaciones que necesita".

“Saludo con afecto a todos los peregrinos presentes: las familias, las parroquias, las asociaciones. En particular saludo a los fieles provenientes de Madrid, el coro Florilége de Bélgica”. Y tras saludar a algunos grupos y asociaciones italianas se despidio, dando la bendición.

Y concluyó con su ya famoso: “¡Buon pranzo e arrivederci!”

(RED/HSM)


Publicado por verdenaranja @ 20:44  | Habla el Papa
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Texto completo de las palabras que el santo padre dijo a los universitarios de Roma en las vísperas de Adviento, el 30 de Noviembre de 2013. Unas diez mil personas llenaron la basílica de San Pedro. (Zenit.org)


 

"Se renueva hoy la cita tradicional de Adviento con los estudiantes de las universidades de Roma, a los cuales se unen los rectores y profesores de los ateneos romanos e italianos. 

Saludo cordialmente a todos: el cardenal vicario, a los obispos y al alcalde, a las diversas autoridades académicas e institucionales, a los asistentes de las capellanías y de los grupos universitarios. Saludo especialmente a ustedes, queridos universitarios y universitarias. 

El deseo que san Pablo dirige a los cristianos de Tesalónica, para que Dios los santifique hasta la perfección, demuestra de un lado su preocupación por su santidad de vida puesta en peligro, y de otra una gran confianza en la intervención del Señor. Esta preocupación del Apóstol vale también para nosotros los cristianos de hoy.

La plenitud de la vida cristiana que Dios cumple en los hombres, de hecho es siempre insidiada por la tentación de ceder al espíritu mundano. Por esto Dios nos da su ayuda mediante la cual podemos perserverar y preservar en los dones del Espíritu Santo, la vida nueva en el Espíritu que él nos ha dado.

Custodiando esta 'linfa' saludable de nuestra vida, todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, se conserva irrepensible, integro. ¿Pero por qué Dios después que nos ha dado sus tesoros espirituales tiene que intervenir aún para mantenerlos íntegros? Esta es una pregunta que debemos hacernos.

Porque nosotros somos débiles y esto lo sabemos, y nuestra naturaleza humana es frágil. Los dones de Dios están conservados en nosotros como en 'vasos de barro'. Es así la debilidad. La intervención de Dios a favor de nuestra perserverancia hasta el final, hasta el encuentro definitivo con Jesús, es la expresión de su fidelidad. 

Es como un diálogo entre nuestra debilidad y su fidelidad, Él es fuerte en su fidelidad. Y Pablo dirá en otra parte, él, el mismo Pablo, que es fuerte en su debilidad porque está en diálogo con la fidelidad de Dios y esta fidelidad de Dios nunca desilusiona. Él es fiel sobre todo a sí mismo. Por lo tanto la obra que ha iniciado en cada uno de nosotros con su llamado, la conducirá a cumplimiento. Esto nos da seguridad y gran confianza: una confianza que se apoya en Dios y solicita nuestra colaboración activa y llena de coraje delante a los desafíos del momento presente. 

Ustedes saben queridos jóvenes universitarios que no se puede vivir sin mirar a los desafíos, sin responder a los desafíos, quien no mira o responde a los desafíos, no vive. Vuestra voluntad y vuestra capacidad unida a la potencia del Espíritu Santo que habita en cada uno de ustedes desde el día del bautismo, les permita de ser no solamente espectadores pero también protagonistas de los hechos contemporáneos. 

Por favor no miren la vida desde el balcón, mézclense allí en donde están los desafíos, que solicitan ayuda para llevar adelante la vida, el desarrollo, la lucha por la dignidad de las personas, la lucha contra la pobreza, por los valores, y tantas luchas que encontramos cada día. Son varios los desafíos que ustedes los jóvenes universitarios están llamados a enfrentar con fortaleza interior y audacia evangélica. Fortaleza y audacia.

El contexto socio cultural en el cual están insertados a veces se vuelve pesado por la mediocridad y el aburrimiento. No hay que conformarse con la monotonía del vivir cotidiano, pero cultivar proyectos de amplia respiración, ir más allá de lo ordinario; ¡No se dejen robar el entusiasmo juvenil! Sería una equivocación también dejarse apresar por el pensamiento débil y por el pensamiento uniforme, el que homologa, o de una globalización entendida como homologación. 

Para superar estos riesgos, el modelo que es necesario seguir en la verdadera globalización, que es buena, no es la esfera en la que está nivelado cualquier relieve y desaparece cada diferencia. El modelo en cambio es el poliedro, que incluye una multiplicidad de elementos y respeta la unidad en la variedad. Al defender la variedad defendemos la unidad, defendemos también la diversidad, contrariamente esa unidad no sería humana.

El pensamiento de hecho es fecundo cuando es expresión de una mente abierta, que discierne, siempre iluminada por la verdad, por el bien y por la belleza. Si ustedes no se dejan condicionar por la opinión dominante, pero se mantendrán fieles a los principios éticos y religiosos cristianos, encontrarán el coraje de ir también contracorriente. 

En el mundo globalizado, podrán contribuir a salvar peculiaridad y características propias, buscando entretanto de no bajar el nivel ético. De hecho la pluralidad de pensamiento y de individualidad refleja la multiforme sabiduría de Dios cuando se acerca a la verdad con honestidad y rigor intelectual; cuando se acerca a la bondad y cuando se acerca a la belleza de manera que cada uno pueda ser un don para beneficio de todos. 

El empeño de caminar en la fe y de comportarse de manera coherente con el evangelio les acompañe en este tiempo de Adviento, para vivir de manera autentica la conmemoración de la Navidad del Señor. Les pueda ayudar el hermoso testimonio del beato Pier Giorgio Frassati, un universitario como ustedes, que decía: 

'Vivir sin una fe, sin un patrimonio para defender, sin sostener en una lucha continua la verdad, no es vivir pero sobrevivir. Nosotros no debemos sobrevivir, sino vivir'. 

¡Gracias y buen camino hacia Belén!"


Publicado por verdenaranja @ 20:38  | Habla el Papa
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Domingo, 01 de diciembre de 2013

Comentario al evangelio del Domingo 1° adviento/A (Zenit.org)

Las venidas del Salvador

Por Jesús Álvarez SSP

«Dijo Jesús: “Cuando venga el Hijo del Hombre, sucederá lo mismo que en los tiempos de Noé: En la inminencia del diluvio, la gente seguía comiendo, bebiendo y casándose, hasta el día en que Noé entró en el arca. Y cuando menos se lo esperaban, llegó el diluvio y se los llevó a todos. Por eso, ustedes estén despiertos y en vela, porque no saben en qué día vendrá su Señor. Comprendan que si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche viene el ladrón, permanecería en vela para impedir el asalto de su casa. Por eso también ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del Hombre” (Mt 24, 37-44).

Adviento significa “venida”, llegada de alguien esperado, que se anunció con antelación. El evangelio de hoy se refiere a la venida gloriosa de Jesús al fin del mundo, que es la última de sus cuatro venidas, pero también puede referirse a su venida al fin de la vida de cada uno.

La primera fue su nacimiento en Belén, donde comenzó la redención de la humanidad, con la que nos ha hecho posible el camino hacia la eternidad gloriosa.

Las otras dos venidas de Jesús resucitado marcan nuestra existencia: su venida diaria a nuestra vida, si lo acogemos: “Estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20); y su venida final de nuestra existencia terrena: “Voy a prepararles un puesto... y vendré a buscarlos para que donde yo estoy, estén también ustedes” (Jn 14, 2-3).

En realidad, hoy el sentido profundo del Adviento consiste en centrar nuestro gozoso esfuerzo en acoger a Cristo resucitado en su continua venida a nuestra vida de cada día, para que él nos acoja en su venida al final de Invitemos en serio a Jesús para que venga: “¡Ven, Señor Jesús”, pues Él nos invita a acogerlo: “Estoy a la puerta llamando: quien me abra, me tendrá consigo a la mesa” (Apoc 3, 20).. “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, que yo lo aliviaré” (Mt 11, 28-30). Se trata de una venida y un encuentro mutuo.

Jesús compara a los hombres de de su tiempo – y los de hoy- a los paisanos de Noé, que pasaron de improviso de la seguridad y del disfrute pervertido a la destrucción total.

Es necesario vivir en vigilancia y en preparación permanente para lograr, con la muerte y la resurrección, el éxito de la vida terrena: alcanzar la vida eterna.

Hay que decidirse en serio a llevar una vida coherente como hijos de Dios, en medio de la superficialidad y perversidad de la sociedad de hoy, que imita a la insensata generación del diluvio.

Hay agarrarse fuerte a la mano de Jesús resucitado presente, estar pendiente de su palabra y de su voluntad, vivir en permanente trato amoroso con él y con el prójimo.


Publicado por verdenaranja @ 20:27  | Espiritualidad
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