Mi?rcoles, 12 de febrero de 2014

Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario en la festividad de Nuestra Señora de Lourdes (11 de febrero de 2014) (AICA)

Nuestra Señora de Lourdes

Queridos hermanos:

Este día nos reúne con alegría en la fiesta de Nuestra Madre de Lourdes. Lo hacemos como todos los años, en la parroquia que lleva su nombre. De algún modo nos sentimos como en su santuario en Lourdes, y confiamos en su protección y cercanía.

También las fiestas patronales de esta parroquia, puesta bajo su advocación son un motivo de renovada esperanza, ya que su Casa, nos recuerda como creyentes que contamos con este lugar santo en medio de la Ciudad, que por medio de María nos invita a encontrarnos con Cristo.

María fiel intercesora

El Evangelio de la Bodas de Caná que hemos escuchado nos muestra que la Madre de Jesús es de tal importancia que sin ella no hubiera habido milagro. Y aún cuado la hora de Jesús no había llegado todavía, Ella está allí intercediendo por los novios, que ya no tenían vino para los invitados; y también estará cuando llegue la hora decisiva de su Hijo; y cuando llegue la pasión, allí también estará María junto a la cruz; y se alegrará en su resurrección.

Siempre María intercede por nosotros y nos acerca a su Hijo. Ella es la fiel intercesora; por eso el mensaje que la Virgen nos dejó en Lourdes se hace visible cada día en esta misma dirección: “porque la intercesión es como la levadura en el seno de la Trinidad. …Podemos decir que el corazón de Dios se conmueve por la intercesión“ (Evangelii gaudium, 283).

El mensaje de Lourdes

De este modo, la Virgen se presenta en su mensaje de Lourdes como la Madre que ruega por nosotros, y que necesitamos para que nos guíe hacia Jesús. Ella nos propone el camino de la penitencia y de la humildad, y elige a Bernardita para confirmar esa elección.

También el mensaje de Lourdes nos acerca a la cruz; ya que tenemos que pasar por la cruz para alcanzar el cielo, y sin el sacrificio, sin el espíritu de las bienaventuranzas no llegaremos a Dios, para ser felices de verdad.

El mensaje de la Virgen es igualmente una escuela de oración, invitándonos a rezar el Rosario, repasando los misterios de su Hijo, que reflejan el camino de la salvación.

De nuestra parte es necesaria la respuesta de la fe: La fe en el Dios bueno que en nosotros se convierte en bondad, la fe en Cristo Crucificado que se convierte en fuerza para amar hasta el final y hasta a los mismos enemigos. Y la prueba de la fe auténtica en Cristo es el don de sí, y el difundirse de ese amor por el prójimo (cfr. Mensaje de la XXII Jornada por el enfermo 2014).

Pero al mismo tiempo, todo el mensaje de Lourdes es una invitación a confiar en la misericordia infinita de Dios, atrayendo hacia Cristo a los que están alejados; aumentando la confianza a los que necesitamos cada día la conversión y el perdón; y ofreciendo el alivio del alma y del cuerpo a los que sufren y a los que están enfermos

Por eso sabemos que en Lourdes, todos y particularmente los enfermos encuentran el sentido cristiano de sus sufrimientos, la paz del amor de Dios y la atención a los hermanos; y cuántas veces se ha hecho visible por su intercesión la curación de tantas enfermedades y del propio cuerpo.

Quienes confiamos en María, también debemos aprender a amar como Ella lo hizo.

¡Cuánto tenemos que confiar en la intercesión de María, “ahora y en la hora de nuestra muerte”; cuánto tenemos que aprender de la Virgen en su bondad y ternura hacia los enfermos!: porque “María, animada por la divina misericordia, que en Ella se hace carne, se olvida de sí misma y se encamina rápidamente de Galilea a Judá para encontrar y ayudar a su prima Isabel; intercede ante su Hijo en las bodas de Caná cuando ve que falta el vino para la fiesta; a lo largo de su vida, lleva en su corazón las palabras del anciano Simeón anunciando que una espada atravesará su alma, y permanece con fortaleza a los pies de la cruz de Jesús” (ibídem, 4) .

Ella que se ha entregado como servidora del amor de Dios es la Madre de todos los enfermos y de todos los que sufren. Por eso en el día de Lourdes “podemos recurrir confiados a Ella con filial devoción, seguros de que nos asistirá, nos sostendrá y no nos abandonará”. Porque es la Madre de Jesucristo crucificado y resucitado: que “permanece al lado de nuestras cruces y nos acompaña en el camino hacia la resurrección y la vida plena”. (ibídem) .

Pero los que confiamos a en María, también debemos aprender a amar como Ella lo hizo, mostrándonos el amor de su Hijo. Amar a todos sin excluir a nadie, amar a los enfermos. Nuestra sociedad necesita una mayor dedicación y amor por ellos, especialmente por los ancianos y por los que están solos; por los que sobrellevan capacidades especiales, por los niños y los que no tienen un hogar.

La compasión que Jesús manifiesta por los enfermos y los que sufren es un hecho ejemplar para cada uno de nosotros, que nos mueve a compartir los momentos de dolor físico y moral de tantas familias y de tantas personas probadas, a veces muy cerca nuestro.

Cuando en el sufrimiento o en la enfermedad se verifican discriminaciones entre las personas y se acepta que el más débil siga sufriendo, o se quiera prescindir de él, allí ya están presentes “los dinamismos que llevan a la disolución de esa auténtica convivencia humana” (E.V,20).

Ya que como dijo el Beato Juan Pablo Ii “Somos los custodios de la vida, no sus propietarios. La vida humana, desde su concepción, implica la acción creadora de Dios y mantiene siempre un vínculo especial con el Creador, fuente de la vida y su único fin ”(Mensaje, X Jornada del enfermo, 4)

Por eso qué necesario es contar en nuestras parroquias con voluntarios de la pastoral de la salud, que actualicen el mensaje de la misericordia, visiten a los enfermos llevando el Evangelio y los preparen para recibir los sacramentos, se acerquen a los hospitales, ayuden a las familias, y lleven a tantos profesionales de la salud el mensaje de Jesús y la cercanía espiritual a todos ellos.

Todo esto presupone un amor desinteresado y generoso, que sea una muestra del amor de Dios, que nunca nos deja solos ni nos abandona, y nos ofrece su gracia para afrontar las dificultades de la vida.

Nuestra Señora de Lourdes, que sabe dirigirse al Señor para pedirle ayuda, ruega por nosotros.


Mons. José Luis Mollaghan, Arzobispo de Rosario.


Publicado por verdenaranja @ 22:29  | Hablan los obispos
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