Domingo, 23 de febrero de 2014

Mensaje de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, para la Cuaresma 2014 (18 de febrero de 2014) (AICA)

Mensaje de Cuaresma

"porque quiso una Iglesia resplandeciente,
sin mancha ni arruga y sin defecto,
sino santa e inmaculada".
(carta a los Efesios)

                       

Esta imagen de Iglesia querida por Jesucristo, “sin mancha ni arruga, sino santa e inmaculada” (Ef. 5, 27) que san Pablo nos presenta en la carta a los Efesios, nos puede ayudar a reflexionar sobre nuestra conversión, sea a nivel personal como eclesial. Podemos distinguir lo personal de lo eclesial, pero nunca separarlos. La Iglesia no existe como una idea a la que adherimos, sino en cada uno de nosotros. Esto es consecuencia del obrar de Jesucristo que se ha encarnado y ha querido prolongar su presencia a través de su Cuerpo, la Iglesia. De esta Iglesia somos miembros vivos a quienes él la purificó “con el bautismo del agua y la palabra” (Ef. 5, 26). No podemos hablar de la Iglesia sino hablamos de cada uno de nosotros. Es la Iglesia en mí, en cada uno de ustedes, la que va a ingresar en este tiempo de gracia que es la Cuaresma. ¡Qué bueno pensar que le podamos devolver algo de aquella bella imagen paulina que nos habla de una Iglesia “resplandeciente, santa e inmaculada”!

El apóstol san Pedro, al referirse a nosotros como el nuevo Pueblo de Dios, agrega: “ustedes a la manera de piedras vivas, son edificados como una casa espiritual”, para recordarnos nuestra dignidad y responsabilidad eclesial: “ustedes son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz” (1 Ped. 2, 5-10). Este texto nos hace tomar conciencia de nuestra identidad eclesial. No somos definidos de una manera aislada, sino “ahora son el Pueblo de Dios…para anunciar las maravillas de aquel que los llamó”. Esta pertenencia eclesial es la que compromete la dimensión misionera de la fe. La Iglesia es la obra de Dios manifestada en Jesucristo que, por la acción del Espíritu Santo está presente en nosotros, para continuar con nosotros su misión evangelizadora. Somos Iglesia, y desde ella somos llamados y enviados como misioneros.

Las categorías sociológicas o institucionales no alcanzan para definir esta nueva realidad. La Iglesia es un misterio de comunión misionera. Sólo una mirada de fe nos permite conocerla y amarla en toda la riqueza de su vida y santidad, como también dolernos por sus límites y pecados, porque está formada de santos y pecadores. Los Santos Padres la llamaban “santa y pecadora”. Esto, no para justificar “sus manchas y arrugas”, sino como estímulo y exigencia que nos mueva al arrepentimiento y a la conversión, para que sea en nosotros más “resplandeciente e inmaculada”. La santidad no es un lujo, es la vocación a la que todos estamos llamados; tampoco es exclusiva de un lugar o una vocación. A esto se refiere la Constitución sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, cuando nos habla de la Universal Vocación a la Santidad en la Iglesia.

En este Mensaje de Cuaresma me quiero detener en dos aspectos, uno más personal y el otro referido a nuestra responsabilidad en la misión de la Iglesia. Lo haré siguiendo la imagen de san Pablo cuando nos dice que el Señor: “la purificó por el bautismo y la palabra”. Nos habla de la Palabra y de los Sacramentos. El peligro es acostumbrarnos a estar en la Iglesia y a recibir, con cierta rutina, algo que va perdiendo su novedad y entusiasmo. Con ello se adormece la vida de fe y caemos en la amenaza de aquel: “gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en que aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad” (Benedicto XVI). Examinemos en esta Cuaresma cómo vivimos este camino de gracia y purificación que el Señor nos dejó como fuente de vida.

Siempre la vida cristiana va a girar en torno al encuentro con la persona de Jesucristo. El Documento de Aparecida muestra su profundo sentido teológico y catequístico cuando nos habla de los lugares de encuentro con Jesucristo. Entre ellos señala la Palabra de Dios y la Iniciación Cristiana, junto a otros lugares que serán consecuencia de ellos, por ejemplo, la inserción en la vida de una comunidad celebrativa y misionera. Podemos preguntarnos: ¿Es la Palabra de Dios la fuente, el modelo y el ideal que da sentido a mi vida? O sólo queda relegada a una referencia cultural que ya no es motivo de entusiasmo ni de compromiso en nuestras vidas. Esto sucede cuando la vida y el contenido de esa Palabra se diluyen en una tradición que ha ido perdiendo influjo en el presente. La Palabra deja de ser nueva y actual. Parecería que el encuentro con Ella ya no es fuente de vida, ni de diálogo con Alguien que me habla y espera mi respuesta. Hablaría de una devaluación de la Palabra de Dios. Sin embargo, sólo Ella es el camino seguro de una: “auténtica conversión y de renovada comunión y solidaridad” (Ap. 248).

Además de la Palabra, dice san Pablo, Él la purificó “con el agua del Bautismo”. Vemos una clara referencia a la vida sacramental que tiene su plenitud en la Iniciación Cristiana. Valorar nuestro bautismo es reconocer que nuestro nacimiento espiritual viene de lo alto, de aquel “que nace del agua y del Espíritu” (Jn. 3, 5). Es esta nueva realidad la que está llamada a crecer en ese camino sacramental que tiene su cumbre en la eucaristía. Es en ella donde actualizamos, la gracia del sacramento de la confirmación que nos hizo testigos y apóstoles de Jesucristo. En este mismo camino de vida y purificación debemos tener presente, de modo especial, la gracia del sacramento de la reconciliación como presencia actual de la misericordia de Dios. Cuaresma es, por ello, un tiempo oportuno para revisar nuestras vidas a la luz de la Palabra de Dios y de la gracia de los Sacramentos. Recuperar el sentido de un encuentro siempre nuevo con el Señor, nos aleja de aquella gris monotonía que nos empobrece, y no nos hace alegres testigos del don recibido.

Pero también está ese otro aspecto que hace a nuestra responsabilidad en la misión de la Iglesia. San Pedro nos lo recuerda al decir que hemos sido llamados: “para anunciar la maravillas de aquel que los llamó”. La Iglesia existe para evangelizar. La intimidad del discípulo con Jesús es “una intimidad itinerante”. Somos llamados para ser enviados. El Santo Padre cuando nos habla de una “Iglesia en Salida”, la define en estos términos: “La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifica y festejan” (E.G. 24). Frente a esta clara descripción que nos hace Francisco deberíamos preguntarnos si este ideal misionero nos motiva y compromete. ¿La Iglesia es para mí una institución a la que adhiero y de la que recibo un servicio religioso, o me siento miembro vivo de una comunidad que celebra su fe y es, por lo mismo, esencialmente misionera? Lo pienso para mí y lo quiero compartir con ustedes, para vivir juntos una Santa Cuaresma que renueve nuestro compromiso y espíritu misionero.

Reciban mi bendición en el Señor Jesús y Nuestra Madre de Guadalupe.


Mons. José María Arancedo, Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz.


Publicado por verdenaranja @ 20:45  | Hablan los obispos
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