Jueves, 20 de marzo de 2014

Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la solemnidad patronal del Seminario Arquidiocesano (19 de marzo de 2014) (AICA)

San José: la paternidad, el trabajo, la contemplación

Celebrar a San José en esta casa que lleva su nombre es siempre, cada vez, un motivo singular de alegría. La circunstancia nos invita, además, a profundizar las razones por las cuales lo hacemos; es decir, se trata de una ocasión privilegiada para “sentir con la Iglesia” e intentar con ella contemplar mejor la personalidad y la misión del santo patriarca a la luz del misterio de Cristo. En 1989 Juan Pablo II publicó la exhortación apostólica Redemptoris custos, “Custodio del Redentor”, para que el pueblo cristiano pueda tener siempre ante los ojos su modo humilde y maduro de servir a la economía de la salvación y participar en ella. Estaba persuadido el pontífice de que en esa consideración de la figura de José, la Iglesia procede encontrar continuamente su propia identidad en el ámbito del designio redentor, que tiene su fundamento en el misterio de la encarnación. Si esto es posible a toda la Iglesia, lo es también para nosotros, personalmente como miembros eclesiales que somos, y para la comunidad del Seminario, de donde ustedes, queridos muchachos, se están formando como ministros de la redención.

En el Evangelio que hemos escuchado, el mensaje que el Ángel del Señor le dirige a José, cuyo linaje davídico es invocado, sintetiza la misión que se le confía: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque ciertamente lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo a quien tú pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de todos sus pecados (Mt. 1, 20-21). José debe imponerle al niño el nombre que significa “Yahvé es salvador”, “Dios salva”; se le atribuye la misión que correspondía todo padre en el pueblo de Israel. Al asumir a María y a su Hijo hace un acto de purísima obediencia de fe, expresa la total disponibilidad de su voluntad, como lo había hecho su esposa al concebir a Cristo por obra del Espíritu Santo; es constituido junto con ella, depositario del misterio de Dios. En el matrimonio virginal de María y José, en el mutuo don esponsal se verificó plenamente en la unión de los corazones. San Agustín comentaba al respecto: Con motivo de aquel matrimonio fiel ambos merecieron ser llamados padres de Cristo; no sólo la madre, sino también aquel padre en cuanto cónyuge de ella; ambos por medio del espíritu, no de la carne… En aquellos padres de Cristo se verificaron todos los bienes de las nupcias: la prole, la fidelidad, el sacramento.

José sirvió a Jesús mediante el ejercicio de su paternidad. San Lucas dice del niño, que ya había cumplido doce años: regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos (Lc. 2, 51). La vida de José fue un servicio al misterio de la encarnación y a la misión redentora de Cristo. Pablo VI lo explicó bellamente: de la autoridad que le correspondía en la sagrada familia hizo un don total de sí, de su vida, de su trabajo; su vocación humana al amor doméstico la convirtió en sobrehumana oblación de sí mismo, de su corazón y de toda su capacidad, en el amor puesto al servicio del Mesías que germinó en su casa. Me parece que, sin exageración alguna, podemos considerar la paternidad virginal de San José como un modelo de la paternidad sacerdotal que se recibe en la ordenación como una dote fundamental del ministerio del presbítero, don que se encarna en el sustrato afectivo y espiritual de la consagración al celibato. El tiempo del Seminario es un largo período nazaretano para configurar la personalidad del futuro sacerdote en orden a la vivencia y al ejercicio futuro de aquella paternidad. Será esencialmente amor puesto al servicio del Mesías, del pueblo cristiano y de la obra de salvación universal.

Deseo referirme ahora a otro aspecto de la personalidad josefina: la armonía del trabajo y la contemplación. Nos es bien familiar la figura tradicional del carpintero José. Este dato acerca de su oficio procede indirectamente del Evangelio, donde se llama a Jesús “hijo del carpintero” (cf. Mt. 13, 55). Digamos de paso que la obediencia de Jesús implicaba participar también del trabajo de su padre, por eso se lo llama “carpintero” a él mismo (Mc. 6, 3). Con ese empleo sencillo, popular, José sostenía la noble pobreza de la Sagrada Familia. Es notable que en los Evangelios –sobre todo en las respectivas secciones sobre la infancia de Cristo en Mateo y Lucas– se nos hable de lo que hizo José, pero no se recojan palabras suyas. Obviamente eso no significa que no hablara como todo el mundo, como habla un esposo y un padre; pero pareciera que sus acciones están rodeadas de una atmósfera de silencio, envueltas en un fecundo silencio. Juan Pablo II sugería que a partir de ese rasgo como antecedente se puede pensar que vivía en un clima de profunda contemplación; con la lógica y la fuerza propia de las almas simples y transparentes permanecía afianzado en el misterio de la encarnación, al que servía con inalterable fidelidad. Su singular relación con María y con Jesús alimentaba día a día su vida interior; tendríamos que asumir este hecho como un objeto frecuente de meditación. Copio el consejo bellamente formulado por José María Cabodevilla: lo que hace falta es adorar en silencio, ponernos al lado de San José y callar. Semejante testimonio del patrono de nuestro Seminario invita a subrayar lo que la Iglesia ha expresado en tantos documentos sobre la formación sacerdotal y sobre el ministerio propio del presbítero: la entrega generosa al trabajo apostólico sostenida por una intensa vida interior. Por otra parte, es ese doble fundamento el que explica la riqueza espiritual y la abundancia fecundísima de frutos que reconocemos en los santos pastores que jalonan la historia católica. La acción y la contemplación no se armonizan sin la superación de fuertes tensiones, pero la gracia humildemente suplicada y la perseverancia de una voluntad impregnada de amor hacen posible el triunfo sobre las dificultades y el logro de una personalidad sacerdotal concertada y feliz. En este campo San José es también nuestro modelo y nuestro intercesor.

Concluyo con una cita de San Francisco de Sales, que en una plática sobre las virtudes de San José invitaba a recurrir a él. Decía: Él nos obtendrá, si tenemos confianza en él, crecer en todas las virtudes, pero especialmente en aquellas que poseía en el más alto grado: la pureza de cuerpo y espíritu, la amable virtud de la humildad, la constancia, el coraje y la perseverancia, virtudes que en esta vida nos darán la victoria sobre nuestros enemigos y nos harán merecer la gracia de ir a gozar en la vida eterna de la recompensa preparada para los que imitaren el ejemplo que San José les ha dado; nada menos que la felicidad eterna en la que gozaremos de la clara visión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

A esa lista de virtudes josefinas podemos añadir el espíritu de la paternidad, la plena dedicación al trabajo y la oración contemplativa. ¡Que San José nos valga!

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


Publicado por verdenaranja @ 23:35  | Hablan los obispos
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