Jueves, 27 de marzo de 2014

Reflexión de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, en el programa radial Compartiendo el Evangelio (Tercer Domingo de Cuaresma, 23 de marzo de de 2014) (AICA)

Somos viajeros que buscamos a Dios

Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía. Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: "Dame de beber". Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos. La samaritana le respondió: "¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?". Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos. Jesús le respondió: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva". "Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?". Jesús le respondió: "El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna". "Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla". () Después agregó: "Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar". Jesús le respondió: "Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad". La mujer le dijo: "Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo". Jesús le respondió: "Soy yo, el que habla contigo". () Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él () por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer: "Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo. (San Juan 4, 5-42)


El Evangelio de San Juan habla mucho de los símbolos: el agua no es el agua material, tiene algo que ver pero se trata del agua eterna, del agua profunda, el agua de Dios. Reconozcamos que todos tenemos una exigencia profunda de conversión, a través de estos símbolos que se usan en la liturgia catecumenal y especialmente en el tiempo de Pascua. El agua, la luz y la vida son signos vitales.

El hombre, en búsqueda permanente, está sediento de esa “agua viva”, sediento de valores y de amor. Todos tenemos necesidad de la verdad, anhelamos vivir la justicia, tener libertad, vivir en comunión y en paz. También sabemos que siempre hay deseos insatisfechos ¿verdad? Tenemos un apetito infinito y eterno, inagotable, que debe insertarse en nuestra vida de todos los días.

San Agustín decía “nos has hecho para ti Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que no repose en ti”; somos peregrinos de lo absoluto, somos viajeros que buscamos a Dios y desde Él lo encontramos y expresamos en la vida cotidiana. Por eso decimos que para estar allá, hay que amasarlo acá, y para poder amasarlo acá tenemos que vivir en la presencia de Dios. Reconozcamos que el ser humano necesita trascenderse y buscar a Dios; cuando se abre a Dios se equilibra a sí mismo y equilibra sus vínculos con los demás. Reconozcamos nuestro apetito de Dios, que no nos empobrece sino que, al contrario, nos fortalece para seguir viviendo con dignidad.

Queridos hermanos: busquemos el “agua viva”, que es Cristo, el Señor.

Les dejo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús


Publicado por verdenaranja @ 23:28  | Hablan los obispos
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