Martes, 15 de abril de 2014

Reflexión de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el programa "Claves para un Mundo Mejor" (12 de abril de 2014) 

La preparación de la Semana Santa

Mis queridos amigos: estamos por comenzar la Semana Santa y quiero compartir con ustedes una breve meditación acerca del sentido litúrgico de la sucesión de celebraciones y del sentido profundamente espiritual y humano que entraña nuestra participación en ellas. 

El Domingo de Ramos es el inicio, la puerta, de la Semana Santa y allí recordamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Jesús iba para sufrir la pasión que, sin duda, acabaría en la resurrección. La celebración del Domingo de Ramos tiene dos aspectos: la procesión en honor de Cristo Rey, con los ramos bendecidos, pero luego una misa que es una misa de la pasión, que nos recuerda que ese era el sentido de la entrega, del sacrificio de Cristo. 

Ahora bien, el núcleo de la Semana Santa es lo que se llama el Triduo Pascual, el Santo Triduo Pascual, que comienza en la tarde del Jueves Santo donde recordamos la Última Cena de Jesús con sus discípulos, la institución de la Eucaristía, que es el sacramento de la Pascua del Señor, y el sacerdocio porque Jesús les encarga a sus apóstoles “hagan esto en memoria mía. 

Allí, en esa celebración del Jueves por la tarde se realiza también ese gesto tan significativo del lavatorio de los pies a doce personas, a doce miembros de la comunidad, que nos recuerda el sentido de la entrega de Jesús como un servicio de amor, y además el mandamiento del amor. Así como Él lo hizo nosotros también tenemos que hacerlo. Es decir que tenemos que servir a nuestros hermanos, tenemos que dedicarnos, a la búsqueda del bien de todos ellos. 

Todo esto está asociado a lo que sigue después. La primera gran jornada del triduo es el Viernes Santo, que es el día de la muerte de Jesús. Nosotros esto lo decimos fácilmente, lo repetimos todos los años, pero pensemos lo que significa que el Hijo de Dios se hizo hombre, que asumió plenamente el destino humano. Nuestro destino que va a parar a la muerte. El Señor lo asumió también por nosotros, para llevarnos más allá de la muerte, a la vida y a la resurrección. 

Entonces el Viernes Santo es un día en el que la liturgia adquiere una sobriedad especial, precisamente para subrayar esa entrega de Jesús por nosotros a la muerte. Allí se lee solemnemente el relato entero de la Pasión y luego se realiza la Adoración de la Cruz, se venera ese signo que de algún modo representa a Jesucristo mismo, Jesucristo que toma la forma de cruz con sus brazos extendidos para entregarse al Padre en sacrificio por la humanidad entera. 

Algo que suele pasar inadvertido, incluso para los fieles más cercanos, es el sentido del Sábado Santo, porque literalmente hablando en esa segunda jornada de Triduo Pascual no pasa nada. En el Sábado Santo no hay una celebración litúrgica, es un día de silencio, de profundo silencio. Es el día en que Dios estuvo muerto. Permanecemos en espera, en esperanza, junto al sepulcro del Señor. 

También otra vez aquí pensemos lo que implica esto. Como decíamos, la aceptación por Jesús del destino sufriente del hombre y también de la muerte, para desde el seno de la muerte abrirnos a la vida. 

Ese Sábado termina en la noche, en el comienzo de la Pascua, en la Vigilia Pascual. Actualmente por razones de comodidad, de seguridad y por tantas otras razones, (¡ha ido cambiando tanto la cultura!) porque en realidad, rigurosamente hablando, la Vigilia Pascual tendría que comenzar a las 11 o a las 12 de la noche para encontrarnos en el nuevo día celebrando la aparición del día verdadero, la aparición de la luz de Cristo Resucitado. 

Hoy se suele adelantar por distintas razones, como decía. De todas maneras tenemos que conservar ese sentido que es el paso de la noche al día, el paso de la muerte a la vida y a la vida verdadera, a la vida definitiva, que es lo que se expande en el Domingo de Pascua, en el Domingo de Resurrección. 

La Pascua del Señor es eso: el Señor ha superado la muerte, ha vuelto a la vida. Pero no ha vuelto a la vida que llevaba antes, sino que su cuerpo ha sido penetrado y traspasado por la gloria de Dios. Y Él es entonces el inicio de una nueva creación, de un mundo nuevo. 

Nosotros, cuando en el Credo decimos “Creo en la Resurrección de los Muertos”, nos estamos refiriendo a que esperamos participar también de esa gracia definitiva, que se anticipa ahora misteriosamente en lo que llamamos la gracia, estar en gracia de Dios. 

Para concluir: la preparación fundamental para nuestra participación en la Pascua del Señor en la Semana Santa es confesar nuestros pecados al sacerdote, recibir la absolución, poder hacer la comunión pascual. Es decir, unirnos a Cristo que es la vida nueva, la vida de la resurrección que comienza a transformar nuestra existencia, nuestro corazón, nuestra mentalidad, el cambio que se tiene que reflejar luego en nuestras acciones. 

El año cristiano en su totalidad es una especie de prolongación de la Pascua. Cada domingo será un recuerdo de este cambio fundamental de la humanidad que ha ocurrido en la Semana Santa. Hasta la próxima y muy feliz Pascua. 

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


Publicado por verdenaranja @ 21:53  | Hablan los obispos
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