Martes, 10 de junio de 2014

Reflexión de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el programa "Claves para un Mundo Mejor" (7 de junio de 2014) (AICA)

Pentecostés renueva nuestra relación con el Espíritu Santo


Mis amigos; hoy quiero hablarles de la solemnidad de Pentecostés, que celebramos este domingo. Pentecostés es la culminación del tiempo pascual.

No sé si ustedes recuerdan que otras veces les he dicho que la Pascua la celebra la Iglesia, desde la antigüedad, como un solo gran día, que dura cincuenta días. Desde el día de la Resurrección, el Domingo de Pascua, se suceden seis semanas hasta el jueves de la Ascensión. Ustedes dirán: ¿cómo el jueves si la Ascensión fue el domingo pasado? Pues no: antiguamente se celebraba, y hasta hace poco, se celebraba el jueves y en muchos lugares del mundo se continúa celebrando el jueves de la sexta semana de Pascua. Entonces, desde la resurrección de Jesús hasta la Fiesta de la Ascensión hay cuarenta días. En ese tiempo Jesús se manifestó a sus discípulos, se les apareció muchas veces y les dio pruebas de que estaba vivo. Después de la Ascensión quedan esos diez días hasta completar la cincuentena.

Jesús les había dicho que debían esperar hasta que recibieran al Espíritu Santo y lo definió así: la fuerza de lo alto, que los iba a preparar para la gran misión que les encomendaba, la evangelización del mundo entero y la creación de comunidades cristianas en todas las naciones.

El día de Pentecostés, como leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu Santo se manifestó de una manera visible a los Apóstoles que formaban corona alrededor de la Santísima Virgen María. ¿Y qué hizo el Espíritu Santo en ellos? Pues los llenó de su luz y de su fuerza, de tal modo que aquellos apóstoles, que habían huido cuando Jesús fue condenado y que eran pobres hombres como nosotros, quedaron transformados. Se lanzaron entonces a la evangelización del mundo.

Podemos leer, en el mismo libro de los Hechos de los Apóstoles, cómo han ido poco a poco desarrollando esa misión; cómo nació la Iglesia, ya que el Espíritu Santo es el que señala, en su venida, el nacimiento de la Iglesia. Jesús ya les había hablado, antes de su Pasión, acerca de cómo debían recibirlo y de lo que iba a hacer en ellos el Espíritu Santo. Además el Espíritu Santo iba a morar en cada uno. No solo en los doce apóstoles sino en cada uno de los que creyeran en Jesús.

Esta solemnidad de Pentecostés es una ayuda, es un aviso, para que nosotros contemos realmente en nuestra vida cristiana con la presencia y la acción del Espíritu Santo. Porque es algo que noto, y no es solo de ahora sino desde hace tiempo, que se ha ido como borroneando en la espiritualidad concreta de los fieles católicos la referencia del Espíritu Santo. Por lo general, a Jesús sí y al Padre también nos dirigimos. Si nos acordamos, cuando rezamos el Padre Nuestro nos estamos dirigiendo al Padre. Es verdad que Jesús se hizo hombre, podemos decir que su presencia es más concreta, que Él es más cercano a nosotros; cuando él partió y ya no lo vemos más con nuestros ojos, se quedó presente, de algún modo, e hizo presente al Padre, en la persona del Espíritu Santo.

Nosotros tenemos que recuperar esa relación con el Espíritu Santo, que es la Tercera Persona de la Trinidad, en nuestras oraciones, en nuestra orientación espiritual. Darnos cuenta de que, en realidad, cuando nos dirigimos a Dios usando ese nombre, que parece tan genérico, nos estamos refiriendo a los tres: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Eso es lo que el Espíritu Santo vino a enseñarles cabalmente a los Apóstoles y ellos comprendieron este misterio central de nuestra fe.

Que esta Solemnidad de Pentecostés no pase inadvertida. Por supuesto que la celebramos asistiendo a la Santa Misa pero debiéramos reflexionar sobre cuál es nuestra relación con el Espíritu Santo según la condición cristiana. No es que tengamos que pedirle al Espíritu Santo suerte para ganar la lotería, como sé que algunos hacen, o únicamente para salir de un problema concreto, o para que nos inspire en alguna circunstancia insignificante. No es eso. El Espíritu Santo es el que tiene que configurar nuestra vida de cristianos, tiene que darnos el pleno conocimiento de Cristo. Es él también quien nos recuerda que, según nuestra vocación, debemos aspirar a la santidad; es él quien nos ayuda para intentarlo.

Yo quería sobre todo subrayar este aspecto de la Solemnidad del Pentecostés para que no nos pase inadvertida.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


Publicado por verdenaranja @ 23:22  | Hablan los obispos
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