Jueves, 10 de julio de 2014

Reflexión de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, en el programa radial Compartiendo el Evangelio (Domingo 6 de julio de 2014) (AICA)

Confianza, pequeñez, simplicidad

Jesús dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana". (San Mateo 11, 25-30)

 
Una de las cosas que este Evangelio nos enseña es la gran confianza que uno tiene que tener al Señor. Confianza que está sostenida por la humildad, la pequeñez y la simplicidad. El Señor mismo, en una oración, bendice al Padre y lo alaba porque las cosas de Dios no son producto de la inteligencia, ni de la sabiduría, ni de la ciencia, ni de los prudentes. Es decir que no son producto de la razón humana, o de los logros humanos, o de los poderes humanos.

Esta actitud es para todos porque Dios viene para todos, no para un sector social simplemente, no es para unos en contra de otros. El Señor no usa esa dialéctica pero sí pone una condición –independientemente de los estratos sociales y de las capacidades humanas– lo que pide es confianza, pequeñez y simplicidad. Cuando uno se hace pequeño, es simple y confía, se abre a la esperanza y ya no depende de uno, sino de Dios y de los demás. Necesita a Dios y necesita de los demás.

Esta es la actitud del creyente, del santo, del cristiano, del católico, del hijo de Dios y hermano de los demás. Cristo dice que “todo me ha sido dado por el Padre” y que ambos se conocen mutuamente; ese conocimiento Dios nos lo participa por medio de Cristo “y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

Lo más importante es que el Señor nos llama a todos; nos llama en las condiciones y estados en los que nos encontramos: afligidos, agobiados, atribulados, apenados, cansados por todo lo que significa el peso de la existencia humana, también con los límites de lo ético, con los problemas sicológicos, con los problemas afectivos y las soledades humanas. Nos dice “vengan todos, están todos llamados a mi Reino, carguen su cruz y aprenda de mí que soy paciente y humilde de corazón”

Con esa fuerza, Dios no nos quita la cruz, da sentido a la cruz; Dios no nos quita el dolor, da sentido al dolor; Dios no nos quita el sufrimiento, da sentido al sufrimiento. En Él nos encontramos todos: ricos, pobres, altos, bajos, flacos, gordos, buenos, malos, porque el llamado de Dios es personal y universal al mismo tiempo, es decir a todos.

Que podamos entender esa pobreza, esa pequeñez, para confiar en Dios y poner en Él toda nuestra vida, toda nuestra existencia.

Les dejo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús


Publicado por verdenaranja @ 22:11  | Hablan los obispos
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