Jueves, 07 de agosto de 2014

Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el Día del Ex Alumno (Seminario Mayor "San José", 6 de agosto de 2014)

La transfiguración de Jesús y la nuestra

Una razón de calendario nos hace celebrar hoy el Día de Ex Alumno en coincidencia con la fiesta de la Transfiguración del Señor. Esta circunstancia nos invita ante todo a contemplar este misterio, como si nosotros mismos acompañáramos a aquellos tres dichosos apóstoles elegidos por Cristo para subir con Él a la montaña.

En su obra Jesús de Nazaret, Josef Ratzinger - Benedicto XVI hace notar el papel de la montaña como el lugar de una cercanía particular de Dios con los hombres, de tal modo que en los montes suceden acontecimientos importantes de la vida de Jesús. Enumera así el de la tentación, el de su predicación, inmortalizada como Sermón de la Montaña, el monte de la oración, el de la transfiguración, el de la angustia (Getsemaní), el Calvario, sitio donde ocurrió la crucifixión y la muerte, y finalmente el de la ascensión. Esta figura remite como antecedente a las montañas del Antiguo Testamento en las que se produjo la revelación de Dios: Sinaí, Horeb, Moria.

El monte simboliza la subida, tanto la exterior cuanto la interior: allí se respira el aire puro de la creación; allí se puede contemplar al Creador, escuchar de él palabras decisivas, quedar deslumbrados y ser atraídos por la belleza divina. Cuando hablamos de Dios solemos destacar su Ser perfectísimo, como corresponde al que Es; su Verdadabsoluta por la cual son verdaderas todas las verdades; su Bondad, que es fuente de todo bien. Pero frecuentemente olvidamos su Belleza. Esa belleza se refleja en la persona de Jesús, que es Luz de Luz; en la misteriosa escena de la transfiguración su rostro brilló como el sol y sus vestiduras se tiñeron de un blanco fulgurante. Los tres evangelios sinópticos se complementan en la descripción del acontecimiento, pero además habría que fijar la mirada en los íconos orientales que lo representan, los cuales no han sido pintados con una intencionalidad estética sino en virtud de un designio teológico admirable, que mueve a la contemplación del misterio. En la transfiguración de Jesús culmina la revelación de su filiación divina y de su pascua: se oye la voz del Padre que señala a su Hijo muy amado, y en la conversación con Moisés y Elías se habla de la partida de Jesús que iba a cumplirse en Jerusalén.

Advirtamos que, por añadidura, la escena revela la futura transformación de los hombres por la gracia del bautismo y la esperanza de los fieles en la resurrección final. Entre el bautismo y la resurrección, la vida cristiana es un proceso de transfiguración. San Pablo, en la Segunda Carta a los Corintios dice: Nosotros, con el rostro descubierto reflejamos, como en un espejo, la gloria del Señor, y somos transfigurados a su propia imagen con un esplendor cada vez más glorioso, por la acción del Señor, que es Espíritu (2 Cor. 3, 18). El texto paulino y los relatos de Mateo y Marcos emplean el mismo verbo griego para referirse a la transfiguración de Jesús y a la nuestra: en el primer caso se dice metemorphothe –así escriben los evangelistas– y en el segundo, en el caso de nuestra transformación, Pablo escribe, en plural, metamorphoúmetha. Queda claro que nuestra transfiguración se modela sobre la de Cristo. Cito a este propósito un texto elocuente de la tradición; es de Dionisio Areopagita: Alcemos los ojos hacia la cima y recibamos en paz el Rayo benéfico de Cristo que es el Bien absoluto y que trasciende todo bien; que su Luz nos eleve hasta las divinas operaciones de su Bondad. ¿No es acaso Él, que habiendo creado todo, quiere que todas las creaturas vivan tan cercanas a Él y que participen de la comunidad con Él en cuanto sea posible a cada una participar?

Lo que ocurrió en la montaña de la transfiguración incumbe también al sentido del ministerio apostólico, del cual nosotros participamos, en diverso grado presbíteros y obispos. No me parece una exageración pensar que en la actitud de los tres afortunados apóstoles puede verse un modelo que ilustra el momento original y la fuente continua de nuestro sacerdocio. Ellos subieron con Cristo y quisieron quedarse en la cima para siempre. Interpretando el deseo de sus dos compañeros, lo expresó Pedro, deslumbrado: es bueno quedarnos aquí; hagamos tres carpas... no para ellos sino para Jesús, Moisés y Elías. Digamos entre paréntesis que es como si estuviera evocando la fiesta judía de Sukkot, de las Carpas. Pero quizá también percibía la continuidad entre el Tabor y el cielo. Nosotros también tenemos que subir y asimilarnos allá arriba a la luz del Señor Resucitado, y contemplar cómo se refleja en Él la belleza del Dios Trino. Sin embargo es preciso bajar llevando esa carga dulcísima, inigualable, para compartirla con los hombres, para conducirlos a la comunión con Dios, que es el objeto principal de nuestro ministerio. En el llano damos testimonio de lo que vimos y vivimos en la cima. Quiero decir que si no subimos cada día y nos demoramos un rato, siquiera un rato en la contemplación del Señor, si no nos dejamos envolver por la claridad de la transfiguración, nuestro descenso al campo del servicio cotidiano, tan variado y muchas veces agitado y exigente hasta el extremo del cansancio, no podrá rendir frutos verdaderos. Nos amenazaría, además, la tentación del fastidio, de la desesperanza, o por el contrario, el escapismo del acomodo, de la mundanidad.

Bajar significa trabajar, ejercer un oficio que es servicio. El filón de una tradición desviada se ha detenido muchas veces –antaño especialmente– en ponderar, como se decía entonces, la excelsa dignidad del sacerdocio –que la tiene, sin duda, si se lo comprende como un servicio, que eso significa ministerio, en latín y en castellano. Nuestro servicio consiste en dar de comer a nuestro pueblo del pan de la Palabra y el de la Eucaristía, servicio sostenido por la coherencia de una vida que responda íntegramente a la vocación recibida. Pero hay algo más que debemos a nuestro pueblo: le debemos a los pobres el pan material y cotidiano, el pan de una plena humanización, la que corresponde a la dignidad de la persona y que sólo el Evangelio puede dar. La Iglesia es su depositaria, y nosotros en ella; sólo este don que es caridad activa alcanza una eficacia duradera, más allá de las ideologías y de su predominio circunstancial.

La oración y el ejemplo de vida autentifican nuestro servicio y tornan transparente nuestra palabra, hacen de ella Palabra de Dios. Hay que trabajar y orar como nos enseñan Vianney y Brochero, contemplativos y activísimos, cada uno según su época y con su estilo. En uno de sus Sermones, San Francisco de Sales presentaba una ingeniosa clasificación de los pastores. Según él hay cuatro clases: los que ni hacen ni dicen –se refiere a la predicación y a la vida–; éstos son ignorantísimos y estúpidos, ¡así los califica! Los que dicen y no hacen y por eso causan escándalo; los que hacen pero no dicen son más o menos tolerables; son óptimos, en cambio, los que dicen y hacen. ¡Ojalá nosotros podamos caber en esta cuarta categoría, y ratifiquemos con nuestra acción y nuestra vida lo que predicamos!

Añado otros dos valores que enriquecen la vida sacerdotal: la mansedumbre y la alegría. La mansedumbre no debe confundirse con la cobardía o la blandura ñoña. Se trata de aprender de Cristo: aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y así encontrarán alivio (Mt. 11, 29). El trato asiduo con la gente puede causar una irritación que empuja al destrato, a poner una cara y usar tales maneras que alejan y escandalizan. El alivio surge de la intimidad y la imitación del Corazón de Cristo. No es fácil alcanzar ese estado, aunque a algunos puede ayudarlos su talante natural. La mansedumbre verdadera, que solía llamarse dulzura y que el Papa Francisco llama frecuentemente ternura, es una delicada realidad sobrenatural que hay que implorar como una gracia y ensayar de continuo con una libertad empeñosa, con voluntad fuerte. Depende, sin duda, del dominio sereno de las pasiones.

También cuesta mantenerse en la alegría, a pesar de la tristeza o aun la depresión que muchas veces causan ciertas dificultades que parecen insuperables, o el tedio de la rutina diaria. Pero Jesús nos la ha dejado como herencia: Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes y ese gozo sea perfecto (Jn. 15, 11). Además, la alegría se pide: Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta (Jn. 16, 24). En los peores momentos, cuando el miedo o la angustia atrapan el alma, puede quedar en el fondo un residuo de alegría; debe quedar, y misteriosamente puede crecer hasta impregnar el espíritu, e incluso los sentidos, de serenidad y de paz. Después de todo, el gozo y la paz, como enseña Santo Tomás, son frutos del amor, de la caridad.

Queridos hermanos sacerdotes, queridos seminaristas: que el misterio de la Transfiguración del Señor nos ilustre y nos anime para vivir con fervor unos, y otros, preparándose seriamente y con ardor, el ministerio sacerdotal.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


Publicado por verdenaranja @ 23:09  | Hablan los obispos
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