Lunes, 25 de agosto de 2014

Mensaje de monseñor Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio, pronunciado en el Encuentro Catequístico Diocesano -ENCADI- (Ameghino, 23 de agosto de 2014)

Iglesia, Familia, Comunidad, Comunión

Queridos sacerdotes, diáconos, seminaristas,
queridos catequistas, hermanos y hermanas:

Nos encontramos reunidos como todos los años, sacerdotes y diáconos, catequistas y ministros, educadores cristianos, para una nueva celebración diocesana de la catequesis. Y lo hacemos en Ameghino, comunidad dinámica y generosa, que albergó años atrás un ciclo del Seminario catequístico. Estoy seguro que los frutos de este encuentro darán sobrada satisfacción a quienes lo han preparado, desde la Junta diocesana y en la organización local.

He dicho celebración, porque se trata de un encuentro que, ante todo, quiere renovar el compromiso cristiano en este ámbito fundamental de la vida eclesial, que es la introducción en la fe de niños y adultos. Eso solo se puede realizar en un espíritu de profunda comunión con la gracia divina. Y la gracia llega a nosotros por el ministerio de la Iglesia, por los sacramentos, y se vive en la comunión de fe y de adoración, iluminada por la Palabra. A ello unimos la súplica comprometida e insistente a Dios, para que este servicio evangelizador, verdadero ministerio, pueda, siempre, expresar cuanto el Señor ha confiado a sus discípulos y logre integrar en la Iglesia a todos los que Él mismo convoca para formar parte de su pueblo y alcanzar la salvación.

El Sínodo de la Familia
Centramos nuestros trabajos sobre la familia, que es el argumento que tratarán los pastores de la Iglesia en el Sínodo de Obispos de este año, sesión extraordinaria, y el próximo, sesión ordinaria. Nos proponemos profundizar en la primera iniciación del cristiano, la que recibe en su hogar, por la enseñanza y el testimonio de sus padres en el clima familiar. Luego señalaremos, desde allí, algunas pautas útiles para que el acompañamiento de las familias prosiga junto al niño y al joven en su itinerario catequístico, y en cierto modo, lo conduzca hasta su incorporación, con madurez y compromiso, a la participación plena, sacramental y apostólica, en la vida de la Iglesia. Nuestro Encuentro de este año, retoma para la reflexión y el intercambio de los participantes, el tema propuesto por el papa Francisco para el Sínodo, con el propósito de motivar a los catequistas, pero también para llegar a los hogares cristianos como una visita de la gracia de Dios. Nos dirigimos con afecto a las familias que asumen con convicción y alegría su vocación de formadores para que sus hijos alcancen a vivir el Evangelio en la santidad y con la firme esperanza de la vida eterna.

La Nueva evangelización es el contexto dentro del cual se plantea la cuestión pastoral de la familia. No es solo por sus características sociológicas o para interpretar las estadísticas, que se ha propuesto este tema; hay una situación que se refiere inmediatamente a la fe y a la presentación de la misma, al accionar del cristiano, en consonancia con esta misma fe (la moral), y la catequesis tiene la misión de preparar a los fieles para poder recibir y confesar la doctrina que nos dejó Jesucristo. Es decir, que la preocupación de la Iglesia es evangelizar, y preparar a sus hijos para lo puedan hacer en todos los ámbitos, afianzando con raíces sólidas en los espíritus jóvenes aquello que deberá desarrollarse a lo largo de la vida. Y ello comienza en el ámbito familiar, y se afianza y trasmite desde la familia.

La familia cristiana trasmite la fe
El primer encuentro de cada uno de nosotros con la fe, en la inmensa mayoría de los casos, ha acontecido en el seno y por iniciativa de la propia familia. Son los padres quienes presentan a sus hijos a la Iglesia, para que reciban la vida divina en el Bautismo y sean incorporados como miembros vivos del Cuerpo de Cristo. Al hacerlo, los padres asumen un compromiso, que es un compromiso ante Dios y su propia conciencia, expresándolo frente a la comunidad eclesial. Se comprometen a educar a sus hijos en la fe, y esto significa iniciarlos en el conocimiento de Dios y de su Ley, en el amor de su Hijo y enviado Jesucristo y promover en ellos, por la oración y el testimonio, el deseo de seguirlo, tomando el ejemplo que nos trasmite el Evangelio, preparándose para vivir en la comunión del Espíritu Santo, es decir en la santidad y en la unidad de la Iglesia.

Porque este inicio se da en la familia, la familia resulta ser, en efecto, la primera catequista, ante todo con el clima espiritual que se vive, la práctica de los mandamientos cristianos y la manifestación de su fe en el ámbito interior y en la participación en la sociedad. Por eso, la catequesis atiende y asiste a las familias de quienes se están formando, para que puedan llevar adelante con mayor conciencia su misión y acompañen y alienten a sus hijos.

Comunidad eclesial e iglesia doméstica
La participación en la gracia divina se obtiene e inicia en la Iglesia, en ella se alimenta y ejercita. No es solamente estar en la Iglesia, sino que el cristiano es Iglesia. Por eso, la vivencia de la fe, comenzada en el hogar cristiano, se expresa y se desarrolla en el seno de la familia, iglesia doméstica. Esto significa que el ámbito íntimo de la familia reúne algunas de las características de la comunidad eclesial, simbolizadas en el templo, que es imagen de Cristo y es imagen del cristiano regenerado por Cristo. En la familia se ora, en la familia se aprende a vivir la fe, en la familia encontramos los ejemplos que nos ilustran sobre las actitudes y conductas propias del discípulo. Pero lo que produce el arraigo profundo y sólido de la fe recibida en el alma de los cristianos, especialmente de los niños, en su hogar, es la oración, que nos vincula con Dios y establece lazos fuertísimos entre los creyentes, al orar juntos. Es así que la oración da sentido y establece la orientación de toda la existencia; es la invocación a Dios para que bendiga y acompañe el camino de la pequeña comunidad familiar y es el ofrecimiento a Él, con la alabanza y el agradecimiento, de cuanto nos ha dado.

La familia así consagrada se funda en el sacramento del matrimonio, para volverse signo del amor de Dios, que se expresan los esposos recíprocamente y se derrama y hace manifiesto en la generación de la vida y en la proyección en la sociedad. En nuestro tiempo, con la crisis de la estabilidad matrimonial y un fuerte desapego por la formalización de los vínculos esponsales, un proyecto formativo en la fe no puede soslayar este problema, sino que debe, por el contrario, abordarlo con la mayor delicadeza y comprensión, y mostrando el sentido profundo del sacramento del matrimonio. Y en aquellos casos en que no sea posible celebrar el sacramento, habrá que acompañarlos discretamente, sugiriendo aquellos sentimientos y actitudes que más los acerquen a los valores cristianos, que son a la vez los más profundamente humanos. La presencia del amor recíproco, la colaboración con Dios en la trasmisión de la vida, la responsabilidad por contribuir a mejorar la sociedad, hacerla más justa y solidaria, y volcar todos estos aspectos tan importantes en la educación de los hijos, ofrece a los esposos una vivencia que los acerca a Dios, del cual son instrumento amante e inteligente, y será fuente de bendiciones abundantes.

Catequesis y fe
Cuando los padres presentan un hijo suyo a la catequesis están demostrando que tienen una vivencia de la fe. Tal vez no sea tan profunda y desarrollada, incluso puede estar acompañada por motivaciones sociales y culturales y no llegue a provocar en los padres un acompañamiento más adecuado de sus hijos en el proceso catequístico, como tampoco se preocuparon por sentar las bases de una vida cristiana. Pero existe un principio, por débil que sea, que el catequista debe reconocer y esforzarse por fortalecer. En cierto modo, es como una evangelización dirigida a los padres, ontológicamente anterior a la catequesis, en cierto sentido, pero que se presenta con motivo de esta, y que la debe acompañar. El itinerario de la incorporación de los hijos en la Iglesia no puede hacerse sin el concurso de los padres y es además una oportunidad para estos, que podría no volver a presentarse.

Abordar la acción catequística desde la fe es importante, para apreciar en su justa dimensión lo que significa la adhesión a la Iglesia y la participación en los sacramentos, y no quedar en una mera afiliación registral o un paso por ritos que pueden quedar en lo puramente exterior. La nueva evangelización requiere la audacia que tan bien expresaba san Juan Pablo II, recordándonos que debe ser nueva en su ardor, en sus métodos, en su contenido. Y volvemos siempre a ello: es el anuncio de la fe, confesada, orada, practicada, y la catequesis forma parte de ella. El resultado de la evangelización es vivir según las enseñanzas de Jesús, y la participación en la catequesis de niños y jóvenes es una ocasión para alcanzar a sus familias con el mensaje de Cristo, y llevarlas a que vivan su condición eclesial, como iglesia doméstica.

Oración y actitudes cristianas
Una de las expresiones de la eclesialidad de la familia es la práctica sincera y frecuente de la oración en el hogar. El catequista puede ayudar a las familias a rezar juntos, sugiriéndoles ocasiones y motivos, facilitándoles modos y fórmulas, con el protagonismo de todos los miembros. El sentido religioso, la adoración, la reverencia frente al misterio, aparecen en el niño a una edad muy temprana, generalmente antes de iniciar la catequesis sacramental formal; así perdemos muchas veces, si las familias no saben o no pueden descubrirlo y acompañarlo, el momento más adecuado para que ese despertar en el alma del niño se encamine hacia su meta propia, con los elementos y ayudas que necesita. Si a las familias en nuestras comunidades les pudiéramos trasmitir la importancia que tiene la oración, en sí misma, en primer lugar, como culto ofrecido a Dios, y su valor como causa y también resultado de la fe vivida, se fortalecería el crecimiento espiritual de los niños y ello repercutiría favorablemente en el clima de la familia toda. La práctica de la oración sostiene la actitud religiosa, forma para vivir en la presencia de Dios, alimenta la dimensión contemplativa, sostiene los esfuerzos de todos, con la confianza en el recurso a Dios y el recuerdo de la destinación sobrenatural de nuestras obras.

Retengamos esto, entonces: hay que invitar a las familias que recen, y formarlos para ello; por eso, los catequistas deben ser, primero, testigos de una vida comprometida con la oración.

Solicitud del catequista por llegar a las familias
La catequesis no se limita a ocuparse del niño y del joven, para la iniciación en los sacramentos, como tampoco la formación religiosa se ciñe a los contenidos impartidos en el aula. La condición de bautizado se expresa en el compromiso por la presencia y la acción. Y ello debe comenzar en el seno del hogar, desde los comienzos de la instrucción en la fe. Por eso mismo, el catequista debe estar capacitado para incorporar a los niños en la vida de la Iglesia, y no solo como recipiendarios pasivos. Son muchos las aspectos para tener en cuenta: la participación y la colaboración en la evangelización, la caridad, el sacrificio que hace posible la limosna, el incorporarse a los puestos donde el testimonio del Evangelio se hace patente y da fruto.

Señalemos las acciones más urgentes y significativas, que todo catequista, todo educador cristiano, deben realizar para trasmitir la fe:

Promover una participación en la liturgia que no sea exclusivamente exterior ni ocupada por acciones, muchas veces desprovistas de significado y de toda relación con el misterio que se celebra. La liturgia expresa en las palabras, los gestos y los cantos el mensaje de salvación; ella dirige a nosotros, los participantes, la palabra que viene de Dios con la seguridad de la promesa, nos hace vivir desde ya el encuentro y la presencia del misterio de Cristo. Es escuela de sensibilidad a esa presencia y nos conduce a expresar con gestos y palabras la respuesta a esa llamada, y así se convierte en diálogo. La importancia del silencio no necesita ser subrayada. Y tiene que haber una introducción del niño en el clima espiritual de la celebración, sin pretender llenarlo como si estuviera vacía, sin contenidos propios. El mejor ejemplo es el episodio de la Transfiguración, cuando los discípulos descubren quién es verdaderamente Jesús, con el testimonio de Moisés y Elías y la voz del Padre.

Complementar la trasmisión de conocimientos, afirmados en la celebración litúrgica y asumidos para fortalecer la fe profesada, con las acciones apostólicas, misioneras, caritativas, formativas, que se encuentran tan ligadas a la vida cristiana. Llevar a los grupos de catequesis a realizar acciones apostólicas y caritativas, a promover iniciativas de oración y de sacrificio para ayudar a los que sufren, ofrecer de lo propio, cuando aprendieron a abstenerse de gastar con egoísmo o con una actitud consumística, para entregarlo a la Iglesia y aplicarlo al servicio de la caridad, a las necesidades pastorales, a la evangelización, a la formación de seminaristas y de ministros.

Capacitarse para motivar a los niños y jóvenes y a sus familiares, para que se incorporen a estas actividades, atendiendo por supuesto al espíritu que debe animarlas.

Promover la presencia y colaboración de los padres en la catequesis misma, ya sea en los mismos encuentros, invitándolos a apoyar con su testimonio la introducción de sus hijos en la fe de la Iglesia, ya sea recurriendo a su ayuda para actividades complementarias, aunque no estén directamente vinculadas a la trasmisión catequística, por ejemplo, oración, caridad, misión, recreación.


Participar en la vida de la comunidad
Cuanto se ha expresado hasta aquí, que constituye el modo de realizar la catequesis, necesita obligadamente, pero no como imposición institucional sino en virtud de la misma naturaleza de la evangelización, un vínculo estrecho con la vida de la comunidad cristiana. La catequesis no es un área independiente ni aislada; al contrario, es para introducir en la Iglesia, por personas que se han formado para ello y han recibido un mandato de parte de los pastores. Cuando se trata de la catequesis sacramental de niños y jóvenes, el fin de este proceso no puede ser la participación material en un acto, cualquiera sea su grado de preparación. Al contrario, se requiere convicción, adhesión cordial, y sobre todo la fe confesada y afirmada en una conducta. La celebración comunitaria de los sacramentos de iniciación no es un expediente para aligerar la tarea de los sacerdotes; puede ser una ocasión excepcional para afianzar la comunión que vive esta familia congregada en el templo, en una auténtica fiesta de la fe.

El clima que reine en una celebración sacramental es el indicio infalible que nos permite saber si la catequesis ha tenido en cuenta y ha sabido preparar esta proyección eclesial, llevando a los niños y a sus familias al encuentro con Cristo, fuente de vida eterna, en la Iglesia. A partir de esta celebración, cima y fuente de la vida sobrenatural del cristiano, surgirá el compromiso de cada uno de los fieles, con su participación en la Iglesia.

La misión del catequista no concluye con una celebración de cierre, especie de acto de egresados -¿egresados de qué? Preguntémonos -. La perseverancia, que es un tema que tanto nos preocupa a todos, tenemos que relacionarla con la calidad de las celebraciones litúrgicas, primero, con la práctica de la oración - ¿el catequista enseña a orar? -, después, con la participación en las acciones evangelizadoras y caritativas, finalmente. Y un ciclo catequístico que termina sin una aproximación de los padres de estos niños, sin una propuesta dirigida a ellos que los invite y motive, será probablemente un ciclo más en el que hemos perdido una oportunidad preciosa para evangelizar.

***

En la misma línea quiero agregar un párrafo dirigido a los educadores cristianos, y en especial a los catequistas escolares y a los encargados de ofrecer la formación religiosa en nuestras escuelas católicas. En los últimos encuentros de la JUREC (Junta Regional de Educación Católica) hemos insistido frecuentemente, muy enfáticamente, también, en el deber insoslayable de la evangelización en el aula, de la trasmisión de los principios evangélicos para la vida en la sociedad, el progreso de la ciencia, el empleo justo de tantos adelantos científicos y tecnológicos. La llegada a los padres de los alumnos y a los docentes es una prioridad evangelizadora, y pensamos que pueden obtenerse muchos y valiosos frutos del encuentro de las familias con lo que reciben sus hijos en la escuela.

Por eso, sin querer exagerar las oposiciones, –de ninguna manera–, pero sí marcando prioridades, una escuela católica tiene que procurar que la trasmisión del saber se haga en el marco de la fe. De poco sirve una catequesis sacramental, en el ámbito de la escuela, si el niño y el joven no reciben los instrumentos adecuados para conducirse en la vida según la luz del Evangelio, con el compromiso de su inteligencia, alimentada desde la fuente de la verdad, y la aplicación que se realiza con una voluntad libre y un esfuerzo generoso. Si puedo hacer público un sentimiento que se ha ido fortaleciendo en mí en todos estos años es: a) que en los colegios católicos, aunque haya catequesis sacramental, no hay generalmente una iluminación por la fe del esfuerzo de la inteligencia; si ello es así ¿este colegio cumple su vocación?, y b) que en las comunidades donde existen escuelas parroquiales o congregacionales, la mayoría, casi sin excepción, de quienes reciben los sacramentos de la Eucaristía y de la Confirmación, proceden de esos colegios, y no de niños y jóvenes que frecuentan las escuelas de gestión estatal. Esto quiere decir que no se alcanza a llevar la invitación a la catequesis a los niños de las capillas e incluso del centro, o no se puede ayudarlos a perseverar. Permítanme que diga que en algunos casos locales, de los que se confirman, casi dos tercios son jóvenes de escuelas católicas o privadas con enseñanza catequística, y apenas un tercio de los jóvenes provienen del sector mayoritario de la población. Si esto lo proyectamos en la posibilidad de alcanzar a las familias de la comunidad, vemos que hay todavía un abismo por superar, que el número de alumnos de las escuelas confesionales, aunque siga creciendo, nunca podrá compensar. Como ustedes saben que como obispo me propuse administrar siempre que pudiera hacerlo el sacramento de la Confirmación, me parece que la observación que les trasmito está fundada en la realidad.

Pidamos a la Santísima Virgen María, y al Patrono de los catequistas, San Pío X, que intercedan ante Dios Nuestro Señor para que la misión evangelizadora confiada a la Iglesia de Jesucristo en nuestra familia diocesana de Nueve de Julio, se consolide con catequistas santos y comprometidos, alcance frutos abundantes para todos, especialmente los niños que nos han sido confiados y sus familias, y a todos ustedes, queridos hermanos catequistas, les retribuya su generosidad y disposición.

Mons. Martín de Elizalde, obispo de Nueve de Julio


Publicado por verdenaranja @ 23:26  | Hablan los obispos
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