Martes, 26 de agosto de 2014

Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la misa del “Día del Catequista” (Iglesia Catedral, 23 de agosto de 2014) (AICA)

Catequesis y evangelización

Como todos los años, presido gustosamente esta celebración del “Día del Catequista”, extensión de la memoria litúrgica de San Pío X, gran impulsor de la catequesis a comienzos del siglo XX. Habría que releer, adaptándola a las circunstancias actuales su encíclica Acerbo nimis, en la cual subraya los males que se siguen de la ignorancia de las cosas de Dios.

Tradicionalmente nosotros consagramos esta jornada con la entrega del mandato a los egresados de las escuelas arquidiocesanas en las que tantos fieles generosos se preparan para ejercer la tarea catequística. El mandato, como el nombre mismo lo sugiere, no es un título que se otorga a los que “se reciben”; quienes lo alcanzan quedan comprometidos con la misión de la Iglesia. Insisto en esta afirmación porque, en efecto, a ellos se les confía una misión eclesial. Algunos de ustedes, queridos hermanos, ya están ejerciendo la tarea catequística en sus comunidades, y se han preparado en estos años para hacerlo mejor. Todos son llamados ahora a un compromiso mayor. Quiero ofrecerles entonces algunas indicaciones para ejercer eclesialmente aquella misión.

En nuestra arquidiócesis estamos privilegiando la presencia de la Iglesia en las periferias geográficas de La Plata, allí donde son más exigentes para los pobladores las necesidades de todo tipo, también las espirituales. El vacío daría lugar a la expansión deletérea de las sectas y de las supersticiones. No podemos abandonar a los pobres: sería una traición a la misión de Jesús, que ha venido precisamente para llevar la Buena Noticia a los pobres, como lo dijo al iniciar su ministerio en Nazaret y cumpliendo lo que se leyó –y se lee– en Libro de Isaías (cf. Lc. 4, 16 ss.; Is. 61, 1-2). Los pobres de nuestros barrios, que las más veces carecen de todo, están marcados por esas carencias, no sólo las materiales, sino también las culturales y las espirituales, que únicamente el Evangelio y la gracia del Señor pueden sanar. Necesitan una catequesis que, al comunicarles las verdades fundamentales de la fe y las orientaciones de vida propias del ser cristiano, los rescate de la decadencia que en la Argentina de hoy amenaza y en muchos casos afecta seriamente a las mayorías populares. La evangelización es fuente y garantía de humanización. Los pobres son abandonados por los agentes políticos; abandonados o utilizados clientelísticamente. En el corazón y en la palabra del catequista debe resonar el anuncio de la salvación, como nos recuerda el Papa Francisco; este anuncio: Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte (Evangelii gaudium, 164).

Pensemos también en las periferias existenciales, constituidas por tantos contemporáneos nuestros, cristianos o no, quebrados por las contrariedades y tragedias de la vida, necesitados de comprensión y de amor; muchas veces ellos, de modo inconsciente, aspiran al alivio que sólo el encuentro con Dios les puede brindar. En el ámbito urbano se verifican asimismo ciertas periferias culturales; allí aparece como preponderante el pensamiento anticristiano o la ajenidad a la dimensión religiosa de la existencia. Así se sucede frecuentemente en los círculos universitarios, políticos y de poder económico. En estos ambientes también debe penetrar el Evangelio; para que efectivamente se abra paso es preciso buscar las rendijas, abrir un boquete en los muros de la cerrazón a la fe y al cambio de vida que le sigue. Esta situación, lejos de desanimarnos nos apremia a dotarnos de una especial preparación. Es otro lance que se presenta hoy al catequista, si se comprende a sí mismo como evangelizador y está dispuesto a consagrarse a ese múltiple servicio eclesial. Nadie debe quedar excluido de esa intención evangelizadora.

Me detengo ahora un momento en subrayar la dimensión kerigmática y mistagógica de la catequesis. Estos términos, que pueden parecer difíciles –por sus raíces en la lengua griega– se refieren a realidades vividas intensamente en los primeros siglos de la Iglesia y que guardan una perenne actualidad. Cito otra vez al Papa Francisco que dice: en la catequesis tiene un rol fundamental el primer anuncio o kerigma (E.G. 164). Se lo llama primero no sólo en cuanto inicial, o porque es seguido por otros contenidos que lo superan. Es verdad que en la tradición primitiva se distinguían en orden sucesivo tres modos de instrucción: el kerigoma, que identificamos con el primer anuncio del contenido de la fe; la catequesis, como su profundización y desarrollo; la homilía, como enseñanza asidua impartida a los fieles en la asamblea litúrgica. Actualmente, cuando designamos al kerigma primer anuncio, nos referimos a él como cualitativamente primero. Es –podríamos decir– transversal a toda la catequesis: los temas tratados en el trienio catequístico de los niños que se preparan para completar la iniciación bautismal; el itinerario ofrecido a los adultos con la misma finalidad y con mayor razón si recientemente han decidido incorporarse a la Iglesia, deben estar inspirados en el kerigma y hacerlo presente, para expresar la verdad del Evangelio y la propuesta de unirse a Jesús, con el ardor y el entusiasmo espiritual de una fe viva. Ese primer anuncio está sintetizado en la profesión de fe de Pedro, que escuchamos en el Evangelio de la misa de hoy: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt. 16, 16).

El Santo Padre nos habla también del carácter mistagógico de la catequesis. Mistagogía es, desde los primeros siglos, la conducción o preparación a los misterios del culto divino, a la participación en la liturgia, el ámbito adecuado, bellísimo, en el que resuena la Palabra; en la asamblea de los fieles, que se reúne en torno al sacrificio del Señor y a su presencia real en medio de nosotros. En ese contexto kerigmático y mistagógico se sitúa la propuesta moral, es decir, el llamado a identificarse cada vez más con Cristo para abrazar un estilo de vida según el Evangelio. Francisco dice que se trata de “observar” lo que el Señor nos ha indicado, como respuesta a su amor (E.G. 161). Se refiere, sobre todo, al mandamiento nuevo, síntesis del mensaje moral cristiano. Los apóstoles proponían a las primeras comunidades un camino de crecimiento en el amor, que es precedido por el don de la gracia. La catequesis está al servicio de ese crecimiento (EG. 163).

Estas características del ministerio catequístico no podrían hacerse verdad operativa y realizable sin contar con una profunda vida espiritual de los catequistas. No me refiero a una espiritualidad en sentido genérico, sino a aquella que se despliega por la apertura a la acción del Espíritu Santo de la que brota la relación continua con Dios, la oración, espacio en el cual la verdad conocida se hace amor, comunión, diálogo. El fruto es el entusiasmo misionero, la alegría de evangelizar, la esperanza y la paciencia que ayudan a perseverar en la tarea sin desánimo, a pesar de las dificultades. Señalo además que el ministerio del catequista no se puede identificar sin más con el empeño del docente, del maestro de escuela; en todo caso es, en su espacio propio, maestro de la fe, que no sólo se inspira en sus estudios –que son imprescindibles-, sino también en su experiencia de fe y en su “sentir con la Iglesia”. Esta dimensión eclesial se concreta en la participación del catequista en la vida de la diócesis y en los acontecimientos principales de la misma, de los que no puede estar ajeno.

Vuelvo a mi exhortación del comienzo. El gesto de otorgarles el mandato es una incitación al amor de aquellos a quienes se han de dirigir sus desvelos, sean niños, jóvenes o adultos. A este propósito pueden apropiarse ustedes de las palabras del Apóstol que evoca su actitud paternal y maternal para con los fieles de Tesalónica: Fuimos tan condescendientes con ustedes como una madre que alimenta y cuida a sus hijos. Sentíamos por ustedes tanto afecto, que deseábamos entregarles, no solamente la Buena Noticia de Dios, sino también nuestra propia vida: tan queridos llegaron a sernos (1 Tes. 2, 7-8).

Concluyo. La virgen María ha sido llamada Patrona de la Palabra. La razón la expone con acierto San Roberto Belarmino: Aquella que dotando al Verbo de carne mortal, lo había hecho visible y tangible, es la más apta para hacer visible a las gentes la palabra divina anunciada por los predicadores. Nosotros podemos traducir: por los catequistas. A ella, a la Madre de la Palabra hecha carne, los encomiendo de corazón.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


Publicado por verdenaranja @ 21:28  | Homil?as
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