Jueves, 23 de octubre de 2014

Reflexión de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, en el programa radial Compartiendo el Evangelio (Domingo 19 de octubre de 2014 - Vigésimo noveno del tiempo ordinario) (AICA)

La esperanza es una sola

Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: "Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?". Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: "Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto". Ellos le presentaron un denario. Y él les preguntó: "¿De quién es esta figura y esta inscripción?". Le respondieron: "Del César". Jesús les dijo: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios" (San Mateo 22, 15-21).

¡Qué sintético y claro es Jesús! Es el hombre de los dos reinos, el del cielo y el de la tierra, en Él no hay dicotomías, tampoco hay fusión, no es una sola cosa. No puedo decir “porque sigo a Dios no me ocupo de lo ciudadano o de las cosas de la sociedad”, tampoco decir “sólo me ocupo de lo ciudadano, lo cívico, y no me ocupo de Dios”.

Esto quiere decir que no hay dos realidades, sino hay una sola y que hay una jerarquía, un orden establecido. No existen dos esperanza, por así decirlo, una terrena y la otra celestial. La esperanza es una sola pero mira la realidad de cada cosa. A través del compromiso cristiano uno anticipa la realidad terrestre.

Para llegar al cielo tengo que vivir bien en la tierra. Por eso no hay dicotomía, ni esquizofrenia, ni separación, pero sí hay un orden y una subordinación de jerarquías. Primero Dios y después la sociedad, la nación, las personas. Nunca Dios va a ser excusa para que uno vaya en contra de la sociedad o en contra del hombre. Todo lo contrario: la cercanía de Dios es la garantía de que uno respete a los hombres. La cercanía y el reconocimiento de Dios nos hacen vivir más plenamente. Podemos decirlo de esta manera: somos hijos de Dios pero hermanos entre nosotros, por lo tanto, para ser un buen hijo hay que ser un buen hermano.

Que demos al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios pero hagámoslo con una jerarquía de valores, donde cada cosa tenga su lugar, sea bien estimada y ponderada. Pero tengamos en cuenta que en este tiempo, a la gente no le gusta la idea de la participación, ni de la filiación, ni de la paternidad, ni de la fraternidad.

Les dejo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús


Publicado por verdenaranja @ 17:41  | Hablan los obispos
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