Lunes, 27 de octubre de 2014

Reflexión de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el programa "Claves para un Mundo Mejor" (25 de octubre de 2014) (AICA)

Dimension educativa de la familia

Se oye frecuentemente decir que hay una crisis en la educación, en el sistema educativo. Crisis quiere decir que se trata de un momento difícil en el que hay que decidirse por una cosa o por otra; significa también la máxima tensión en el desarrollo de un problema. Pero el problema nuestro es que las crisis son crónicas aunque, por definición, crisis tendría que ser un momento. Un momento de decisión, pero nuestras crisis suelen ser crónicas.

Se habla de crisis de la educación pero yo, quisiera enfocar solo un aspecto parcial, que es el papel de la familia. Lo que no se advierte muchas veces es que tiene que haber una continuidad en el proceso educativo entre lo que se aprende en la familia y lo que se aprende en la escuela. Y no me refiero a la instrucción, como por ejemplo que los chicos tendrían que entrar al colegio ya sabiendo leer y escribir, no se trata de eso.

La educación es algo mucho más amplio que la instrucción; se trata de la formación integral de una persona, en lo intelectual, en lo afectivo, en la adquisición de valores y virtudes, en la visión del mundo y de la cultura que se va asumiendo aún desde pequeño. Esto comienza en la casa, comienza en la familia. Si en la familia no se cumple ese aspecto liminar de la educación es muy difícil que se cumpla en la escuela. Entonces los problemas no son sólo problemas escolares o del sistema educativo; son problemas culturales muy profundos, son problemas de la sociedad.

Hablo de problemas, pero no quiero problematizarlos con esta visión si desea valorar lo que implica la educación familiar y esa continuidad en la escuela de lo que ha comenzado en la familia.

Esto no solamente supone que los papás están en contacto con la escuela y las autoridades educativas, sino que cuando llevan al chico al colegio no lo “depositan” en un sitio para que los educadores se las arreglen solos, sino que lo que han ellos realizado en la familia continúan acompañándolo en el complemento escolar. Y me refiero, sobre todo, a la educación entendida como formación de la persona.

Los grandes problemas de hoy día consisten en que si la familia está en crisis la educación de esos niños está en crisis. Y hablo de niño porque se empieza desde muy pequeño, se empieza casi desde bebé, porque la educación es algo, de alguna manera, no formulable pero se verifica ya en el contacto del chico con la madre y el empezar a conocer al padre, y demás. Si falla esto, esta dimensión educativa de la familia, el itinerario educativo no comienza bien.

Y ¿por qué puede fallar? Porque la familia es la que está en crisis. Para que la familia pueda asumir en serio su función educativa, y tiene que darse en ella unidad o constituirse en una unidad, tiene que haber un acuerdo educativo entre los padres, y sumarse los hermanos a todo eso; si no se da ese clima adecuado para la de formación de la persona, al chico la faltará algo, y a veces algo fundamental.

Quiero decir que la escuela no puede reemplazar aquello que en la casa no se dio. Insisto, me estoy refiriendo a la formación integral, no solo al desarrollo de la inteligencia. Uno de los problemas más serios de hoy es la formación afectiva. La orientación de las primeras pasiones, cómo la voluntad va eligiendo y como aprende a elegir, con qué criterios. Los niños, aunque sean pequeños, van formando criterios para elegir, especialmente en el trato con el prójimo, la ubicación en la vida social, desde las relaciones más elementales.

Y luego hay que decir algo también sobre la dimensión religiosa, que es fundamental. La dimensión religiosa, por más que vayan a un colegio católico. Pueden recibir allí enseñanza religiosa escolar o catequesis, pero la cuestión es ésta: que la formación religiosa, el sentido de lo religioso, el sentido de lo sagrado, el sentido de Dios, empieza en la familia. Si los chicos desde muy pequeños ven que el papá y la mamá rezan, por ejemplo, si se les enseña desde muy pequeños a hacer la señal de la Cruz, o les enseñan el Padre Nuestro, aunque balbuceando, el chico lo aprende. Esto es un problema fundamental para la Argentina y para el mundo de hoy. Hay que recuperar la función educativa de la familia. Y desde la perspectiva del sistema educativo hay que tener en cuenta el papel fundamental de la familia. La escuela no es un principio absoluto y necesita de este apoyo familiar, esa especie de continuidad, que yo decía al principio, entre estas dos instituciones. Más que algo institucional. Se trata de valores, porque la escuela reside fundamentalmente en la relación maestro-discípulo, maestra-alumno. Esto tiene algo de paterno-filial, materno-filial. Este valor puede realizarse si ha existido un influjo verdaderamente materno y paterno en la formación familiar de ese hijo.

Por eso aquí estamos tratando de cuestiones fundamentales que tienen que ver con el futuro de la sociedad. Claro, esto puede parecer algo muy genérico, muy teórico, pero observen ustedes la realidad juzgando, discerniendo en la realidad qué es lo que pasa y qué es lo que se podría hacer, lo que se podría mejorar.

¿Puede haber una política educativa para la familia? Sí, puede haberla pero la cuestión es vivirla. Aquí se trata sobre todo de crear en la familia ese ámbito de formación. Es una cuestión de vida: que la familia advierta este papel fundamental que tienen no solamente para la educación de sus hijos en cuanto tales sino para el conjunto de la comunidad. Pidámosle a la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, María y José, que nos ayuden a comprender esto y que ayuden a todas las familias a vivirlo.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de Buenos Aires


Publicado por verdenaranja @ 21:23  | Hablan los obispos
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