Martes, 04 de noviembre de 2014

Homilía de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús en la misa en conmemoración de los fieles difuntos (Cementerio de Lanús, 2 de noviembre 2014) (AICA)

Conmemoración de los fieles difuntos

Queridos hermanos:

Quiero reflexionar sobre dos temas que nos tocan a todos profundamente: en primer lugar la vida y luego el límite de la muerte.

Dos aguijones han golpeado permanentemente a la humanidad, el pecado y la muerte; dos azotes que fueron resueltos, diluidos, derrotados, transformados por el Señor Jesucristo. Estas dos realidades pesaban tanto a la humanidad que, el que vino por amor y misericordia, dio la vida para sacarnos estos dos flagelos. Cristo cargó sobre sus espaldas la ignominia, la porquería de los hombres, sacándolos para liberarnos del pecado y de la muerte. Por eso ya no tienen la última palabra. ¡La Palabra es vida, es resurrección, es gracia, es amistad, es luz, es ternura, es misericordia! El pecado fue diluido y la muerte ya no puede obrar despóticamente. Así, aquellos que han muerto, si creían y creyeron en el Señor, vivirán.

¿Qué nos da Cristo? ¿Qué nos trae Cristo además de liberarnos de esos dos flagelos? ¡Nos da la vida eterna!, ¡nos da lo absoluto!, ¡aquello que no tiene ocaso ni fin! Es algo original, estupendo, extraordinario, saber que donde Dios está es lo absoluto, lo único, lo eterno, lo “que no pasará jamás” y permanecerá por siempre y para siempre. Cristo nos trae lo eterno.

Mientras peregrinamos en este mundo vamos caminando hacia la madurez, hacia la plenitud, o vamos involucionando, perdiendo la madurez y la plenitud. Este es el camino que tenemos para alcanzar la madurez, para ser alcanzados por Cristo, para vivir lo eterno y definitivo que es Dios. Es un camino largo que no hay que demorarlo para poder alcanzar la madurez.

La vida de un creyente, de un cristiano, está en transformación, en un proceso. Mientras tenemos tiempo podemos hacer este proceso, esta maduración y esta transformación. Pero los caminos son casi dobles o ambiguos: madurez o inmadurez, plenitud o vaciamiento, eternidad o la nada. Tenemos que saber en qué camino queremos estar, en qué camino queremos seguir para vivir en serio como creyentes.

Hoy venimos a rezar por los difuntos, por aquellos que ya partieron, por aquellos que ya han definido su vida. Y nuestra oración, en Cristo y por Cristo, puede alcanzar aquellas almas que ya no están más en el tiempo pero que están en la cercanía o en la presencia de Dios. Por eso podemos rezar por nuestros queridos difuntos, por las almas del Purgatorio, por aquellos que tengan alguna pena que sanar; es así que por la caridad, por la oración, podemos alcanzarlos y llevarles este regalo.

La oración y la fe, no tienen límites ni fronteras; traspasan el tiempo y la contingencia de lo histórico llegando a aquellos que ya han partido, porque en Dios no hay tiempo, porque es eterno. Cuando rezamos por ellos lo hacemos por lo eterno, por lo absoluto. ¡Qué consuelo nos da Dios!

Fijémonos que tenemos un apetito tan infinito que no podemos dejar de gustar, de anhelar, de buscar, y el único capaz de saciar el corazón humano ¡es Dios! ¡Lo demás es figurita! Dios nos da esa paz, nos la regala, nos la concede por gracia, por su bondad; y podemos recibirla y estar siempre en actitud de agradecimiento.

También es cierto que la fe -que nos hace reconocer que Jesucristo es Dios de vivos y no de muertos- nos hace reconciliarnos y reconciliar con aquellos que ya han partido. Cristo es el bálsamo, el ungüento, para nuestras heridas. A los que han partido debemos dejarlos ir tranquilos y no vivir con el remordimiento, la nostalgia, la tristeza, la pena que no tiene consuelo, o la amargura, o ignorando todo para no sufrir. Tanto una cosa como otra, para mí, están equivocados.

Tenemos que saber ofrecer y dejar partir a nuestros queridos difuntos, para que en la fe ellos nos perdonen, si alguna vez los hemos ofendido. Y que también seamos capaces de perdonar si alguna vez ellos nos han ofendido.

Para vivir en paz, reconciliados, con serenidad, no hay otro camino en la vida humana de la historia de no vivir en paz. En paz con uno mismo, con los demás, con los vivos, con los difuntos, con todos. Esa paz no tiene precio, pero esa paz la pagó Cristo por nosotros. Él nos da la paz porque Él es la paz. ¡Qué consuelo!, ¡cuánta luz!, ¡cuánta ternura!, ¡cuánto amor!

Que seamos capaces de recibirlo y de vivir una vida en la que todavía tenemos tiempo, ¡pero no abusemos!, porque no sabemos cuánto tiempo tendremos, tanto en calidad como en cantidad de tiempo. ¿Quién sabe cuánto tiempo va a vivir? ¡Ninguno de nosotros! Pero ciertamente tenemos que ganar la vida y ¿saben cómo?: viviendo éste presente en la presencia de Dios, vivir aquí y ahora en Dios. Así, lo eterno ya ha comenzado y nadie nos lo va a quitar. Vivir en Dios, con los demás, con las personas, con la Iglesia, en el apostolado, en el servicio, en la fidelidad, en todo ¡vivir éste presente en la presencia de Dios!

Estoy convencido que las cosas hay que hacerlas en vida; las cosas hay que darlas en vida. En vida se reza, se ama, se sirve, se hace obra; en vida se es fiel, se entrega por Cristo, por la Iglesia y por los demás. Lo otro son palabras y “las palabras se las lleva el viento”, pero las obras permanecen para siempre.

¡Qué cosa hermosa es saber que Dios está tocando nuestra existencia! Y está tocando la existencia de nuestros seres queridos difuntos, que tiene más gloria haber vivido que no vivido y que sus nombres están anotados en el Libro, ante la presencia de Dios.

¡Qué cosa hermosa es saber que no somos un número, ni un olvido, ni una placa! Somos personas que participamos y vivimos en la presencia de Dios, aunque ya hayamos partido. Como decía muy bien “aunque hubiera muerto, quien cree en Mí, vivirá”, porque Dios es Dios de vivos y no de muertos.

Le damos gracias a Jesús porque rompió nuestra soledad, porque nos dio la vida eterna, porque tenemos y contamos con su amor, transformó nuestra existencia, nos iluminó; pero también le decimos “Señor, ya que contamos contigo, te pedimos que puedas contar con nosotros”

Se lo pedimos al Señor, por medio de la Virgen para que ella nos ayude a vivir el consuelo y la esperanza de saber que la vida en Dios no tiene ocaso y no tiene fin.

Que así sea.

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús


Publicado por verdenaranja @ 21:22  | Hablan los obispos
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