S?bado, 29 de noviembre de 2014

I domingo de Adviento Por Mons. Enrique Díaz Diaz. SAN CRISTóBAL DE LAS CASAS, 27 de noviembre de 2014 (Zenit.org)

¡Despierten!

Isaías 63, 16-17. 19; 64, 2-7: “Ojalá, Señor, rasgaras los cielos y bajaras”
Salmo 79: “Señor, muéstranos tu favor y sálvanos”
I Corintios 1, 3-9: “Él nos hará permanecer irreprochables hasta el fin”
San Marcos 13, 13-37: “Velen y estén preparados”

Si el oráculo de Isaías no hubiese sido escrito hace muchos siglos, pensaríamos que está describiendo las penurias y sufrimientos de nuestro país en los momentos actuales como una desgracia nacional. Un grito de auxilio brota del dolor y se dirige al Único que puede auxiliarlos en ese momento. La súplica se convierte en un deseo ardiente de la vuelta del Señor. Dios tiene que volver, no por deber sino por amor. Tras la petición de auxilio del profeta, se desgrana una confesión genérica de los pecados, los mismos ayer y hoy, personales y comunitarios. El pecado es general: una justicia convertida en un trapo asqueroso que conlleva la muerte interior del hombre y lo deja desnudo e impotente a merced de su propia culpa. “¿Por qué has permitido que nos alejemos de Ti y has dejado endurecer nuestro corazón?” El reconocimiento de la propia culpa, personal y nacional, es el inicio de la conversión y de la reconstrucción de un pueblo afligido y aniquilado. “Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia”, suspira lleno del esperanza el profeta. El mismo suspiro y deseo que expresamos nosotros también, confiados no en nuestros propios recursos, sino sostenidos en el amor siempre fiel de nuestro Dios. También nosotros hoy exclamamos: “Señor, tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero”. El pueblo suspira por la llegada del Señor de la paz, de la verdad, de la justicia.

El primer domingo de Adviento nos lanza a prepararnos y a estar atentos a la venida del Hijo del Hombre. En esta primera etapa hay un doble juego que nos impulsa a estar expectantes tanto por el último día, el día del juicio final, como por la venida en la carne del Verbo, Mesías, que viene a salvarnos. Tanto en la Encarnación como en la Parusía, el Dios que nos ama y esperamos, es un Dios sorprendente. Sorprendente porque no es ocasional ni episódico, sino es el “Dios con nosotros” que quiere estar en medio de nosotros, en el centro de nuestra existencia. Sorprendente porque puede llegar en cualquier momento: “al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la madrugada”. Sorprendente porque para acogerlo hay que vivir el hoy en plenitud. Sorprendente porque nos invita a discernir los signos de los tiempos, a andar por caminos de justicia. Sorprendente porque no viene ante todo a exigir, sino a dar, pues por Él “hemos sido enriquecidos en todo”. Sorprendente porque cuando todo parece perdido, enciende la luz de la esperanza.

El adviento es un tiempo de esperanza, de un dinamismo interior muy profundo que se desarrolla entre la expectación y la vigilancia, entre la búsqueda y el movimiento. Un llamado a superar la apatía, el estancamiento, la pasividad o la indiferencia, a despertar de nuestras somnolencias, iluminar y descubrir nuestras corrupciones. El pequeño ejemplo que nos ofrece el evangelio de este día es la última parte de las enseñanzas que ofrece Jesús a sus discípulos. Y esta última palabra de Jesús es una invitación a la esperanza y a una paciencia activa, pues con su venida al mundo, muerte y resurrección, han llegado los últimos tiempos. El desconocimiento del cuándo futuro no puede hacer disminuir la importancia del presente. En resumidas cuentas, lo que se necesita es despertar a los hombres, pues cada momento, cada instante, puede ser tiempo de Dios y no solamente tiempo mundano. Es precisamente la espera del “momento” final la que otorga este carácter divino-humano a la historia concreta de cada hombre. Así, la tarea del creyente es avivar la esperanza a la luz del futuro definitivo.

“¡Despierten!”, nos dice el Señor. Es el grito para todos los mexicanos azorados, paralizados ante tanta maldad. Porque no se puede estar atentos al tiempo de Dios en la inconsciencia; no se puede ser fiel a un Dios sorprendente ¡estando dormidos! Hay que estar alerta. No podemos delegar a nadie este encargo de vigilar y trabajar. Hay que estar siempre con el corazón abierto para recibirlo. Somnoliento, adormilado, el cristiano no se da cuenta de nada, llega la tormenta, destruye su casa y patrimonio, causa enormes daños, y él sólo acierta a decir ¿Por qué brota la corrupción? ¿Por qué tanta mentira y tantos crímenes?... La violencia, la inseguridad, los robos y secuestros nos angustian y mortifican, no estamos preparados para enfrentarlos, por todos lados nos invaden, a nosotros que vivíamos tan seguros, que descuidamos la educación para conseguir unos pesos más. La ambición de los bienes terrenos ha agotado nuestro interés y nuestro tiempo y nos hemos vuelto sordos a la voz de Dios. Han vulnerado nuestra casa y nuestras personas y ahora nos sentimos indefensos. ¿Cómo hacer para prepararnos a recibir al Señor?

Este tiempo de adviento es – o debería ser – una fuerte llamada que nos despierta y nos pone alertas para prepararnos a la venida del Señor. Es el aguijón que nos sacude para descubrir en cada momento la presencia irrepetible y única de nuestro Dios, aun en medio de las oscuridades que parecen ahogar la verdad. ¡Nuestro Dios está con nosotros! Vigilantes para recibir a Jesús, construimos no en la angustia del día final, sino en la espera enamorada de quien sabe llega la persona amada. Para descubrir a este Jesús que ya llega es preciso tener el oído fino, los ojos limpios y abiertos, el corazón expectante y comprometerse en el presente con lucidez, con perspectiva de plenitud y de futuro y la mirada fija en Él. ¿A qué me compromete personalmente? ¿Qué consecuencias ha tenido en nuestra vida espiritual, familiar, pastoral, social, el no estar vigilantes y atentos? ¿Cuáles son nuestros descuidos? ¿Qué podemos hacer para estar atentos a recibir a Jesús que ya llega? Contemplemos con ansia y deseo a este Jesús, Mesías, que se avecina. ¡Despertemos! Avivemos el anhelo de que ya esté presente en medio de nosotros.

Señor Jesús, que con tu llamado a despertar, nos recuerdas la urgencia de responder a tu amor, concédenos que en este Adviento, llenos de esperanza, hagamos presente tu Reino, que se manifieste con mayor claridad que Tú te haces “Dios con nosotros”, das sentido a nuestras vidas y las llenas de amor. Amén.


Publicado por verdenaranja @ 21:23  | Espiritualidad
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