Viernes, 27 de febrero de 2015

Reflexión a las lecturas del domingo segundo de Cuaresma- B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"  

Domingo 2º de Cuaresma B

 El anuncio de la Pasión y Muerte del Señor desencadenó en los discípulos una profunda crisis, que iba a llegar a su punto culminante en aquellos días horribles en los que aquel anuncio se hace realidad en la Pasión y la Cruz.

Ellos tropezaron, como nosotros tantas veces, en la cuestión del sufrimiento: ¿Por qué Jesús, el Maestro, en quien tenían puesta toda su confianza y por quien lo habían dejado todo, tenía que sufrir  y morir para después resucitar? El hecho de que el Mesías tuviera que ser desechado  y morir era algo impensable, inaceptable para cualquier israelita de la época.

Entonces Jesús lleva a los tres predilectos, Pedro, Santiago y Juan, a  lo alto de una montaña, y  se transfigura delante de ellos; es decir, les muestra algo de la gloria que escondía su Humanidad. Porque la condición humana de Cristo, revela su grandeza divina, pero también la oculta. S. Marcos nos dice que “sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo”.

Y ¿por qué aparecen en la escena Moisés y Elías conversando con Él? S. Lucas añade: “Hablaban de su muerte que se iba a consumar en Jerusalén” (Lc 9, 31).

El Prefacio de la Misa de este Domingo, dice que Jesús “después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo, el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la Ley y los profetas, que la Pasión es el camino de la Resurrección”. En efecto, Moisés representa a la Ley y Elías, a los profetas. Por eso se dice, “de acuerdo con la Ley y los profetas…” Es decir, con todo el Antiguo Testamento.

El día de la Resurrección, por la tarde, Jesús reprocha a los dos discípulos que caminan hacia Emaús: “¿No sabíais  que el Mesías tenía que padecer esto para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les enseñó lo que se refería a Él en toda la Escritura” (Lc 24, 26-28).

Los discípulos descubren, en lo alto de la montaña, que aquel que va  a padecer, morir y resucitar “según las Escrituras”, no es un hombre como los demás. Algo había en Él más grandioso,  más extraordinario. Y, por si fuera poco, se oye, desde la nube, la voz del Padre que les dice: “Éste es mi Hijo amado; escuchadlo”.

Los discípulos se abren al Misterio pero, entonces, no entendían nada y “discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos”.  Pero todo esto dejó una huella profunda en el corazón de aquellos predilectos, que no olvidarán nunca. S. Pedro, por ejemplo, en su segunda carta, escribe: "Cuando os dimos a conocer el poder y la última Venida de nuestro Señor Jesucristo, no nos fundábamos en fábulas fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza. Él recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando la sublime Gloria le trajo aquella voz: "Este es mi Hijo amado, mi predilecto”. Esta voz, traída del Cielo, la oímos nosotros en la Montaña Sagrada. Esto confirma la palabra de los profetas..."(2 Pe 1, 16-20).

¡Cuantas cosas aprendemos aquí! Pero, hay más… ¿Por qué en este segundo domingo de Cuaresma se nos presentan estos textos y no otros que tal vez, pudieran parecer, a primera vista, más adecuados? ¿Por qué cada año, se pone delante de nosotros, en el segundo domingo de Cuaresma, esta escena de la vida del Señor?

Porque a nosotros, los cristianos, en el tiempo de Cuaresma se nos van presentando poco a poco, día a día, en  toda su crudeza, las exigencias de la vida cristiana, que pudieran resumirse en aquellas palabras del Señor, que se leen apenas comenzada la Cuaresma: "El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará” (Lc 9,23-25) (Jueves después Ceniza). Se nos recuerda, además,  que nos preparamos en este tiempo de gracia, para que seamos capaces de renovar en la Noche Santa de la Pascua, nuestro Bautismo; pero de verdad; como si fuéramos bautizados de nuevo y comenzáramos de nuevo  a ser cristianos.

 En medio de todo esto, pueden surgir la duda, la rebeldía interior, la propia fragilidad, y también ciertos interrogantes, como éstos:  ¿Por qué todo esto? ¿Y para qué?  Y ¿por qué siempre tanta exigencia? ¿Por qué hay que tomarlo tan en serio? ¿Por qué hay que ir siempre contracorriente? ¿Y esto no podría ser de otra manera? Porque la Pascua es importante…, pero tanta preparación… Y tan en serio… Luego, miramos a los que siguen otros caminos  y nos resultan envidiables  porque nos engañamos pensando que son felices. Y, como los discípulos, podemos entrar también nosotros, en una especie crisis espiritual. Y entonces, también nosotros necesitamos subir a lo alto de la  Montaña para acoger una vez más el Mensaje de la Transfiguración: Que la Pasión y la Muerte de Cristo  no terminan en sí mismas;  que son sólo camino, paso, Pascua. ¡La Pasión, en efecto, es el camino de la Resurrección! ¡Y no hay otro! Y nosotros, si queremos vida, dicha, alegría, si queremos ser felices en el tiempo y en la eternidad, aquí se nos revela el verdadero camino; ¡el único camino! ¡Dichosos nosotros que lo hemos encontrado!, mientras tantos lo siguen buscando, a veces de manera desesperada, en el afán desordenado de tener, de gozar, de poder.... Y no lo encuentran. Y sabemos que, por ese camino, no lo encontrarán nunca.  Nosotros, por el contrario, bajamos de la Montaña sagrada con una energía y una ilusión nuevas, para continuar el camino de la Cuaresma.

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 18:18  | Espiritualidad
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