S?bado, 14 de marzo de 2015

Reflexión de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, en el programa radial Compartiendo el Evangelio (2º Domingo de Cuaresma, 8 de marzo de 2015) (AICA)

Cuaresma: Buscar a Dios, encontrarlo y testimoniarlo

Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: "Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio". Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá. Entonces los judíos le preguntaron: "¿Qué signo nos das para obrar así?". Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar". Los judíos le dijeron: "Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?". Pero él se refería al templo de su cuerpo. Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado. Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: él sabía lo que hay en el interior del hombre (San Juan 2,13-25)


El misterio central es que Cristo es el Templo, verdadero Dios y verdadero Hombre. En el Templo es donde se afirma la presencia de Dios. Ese Templo, Cristo, se ofrece, se entrega, muere y resucita; de ahí nuestra afirmación de que “en tres días” Él construirá el Nuevo Templo, con su propio cuerpo y con su propio espíritu.

Ahora bien, aquello que pasó en el tiempo de Israel, de todas las cosas que se dicen –los vendedores de bueyes, de palomas, de ovejas, los cambistas, en una especie de atrio donde se vendían esas cosas y se hacían intercambios– no es el problema material de esas descripciones; el problema es que, de alguna manera, suplantaban a Dios quedándose en ese tipo de comercio como única finalidad.

Esa realidad que Cristo critica, y nos hace discernir, pasa muchas veces también en nosotros porque en ocasiones nos acercamos a Dios a través de la Iglesia para “obtener algo”, para hacer un intercambio, un trueque: “yo doy pero vos me tenés que dar”, “yo te pido esto y te ofrezco aquello”. Sucede que de alguna forma, en lugar de confiar, de pedir, de alabar, de contemplar, de adorar, a veces uno quiere hacer un “negocio”, y creo que ahí nos equivocamos fuertemente. Porque Dios es el que nos traspasa y Él no tiene que someterse a nuestros criterios sino que somos nosotros que tenemos que someternos a su voluntad.

La Cuaresma es esto: discernir, pensar, reflexionar, retomar, ordenar y no quedarnos en cosas chiquitas, en cosas que de alguna manera justifiquen nuestra existencia, nuestra presencia, haciendo algo; quizás dando una limosna a un pobre, haciendo una oración, visitando el Templo, y con eso ¡ya está! ¡Ya cumplí! El cumplimiento, cumplo y miento. Cumplí pero no lo busco a Dios con todo el corazón y con toda el alma.

Que esta Cuaresma nos ayude a buscar a Dios, a encontrarlo y a dar testimonio de Él.

Les dejo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús


Publicado por verdenaranja @ 23:37  | Hablan los obispos
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