Mi?rcoles, 01 de abril de 2015
Alocución de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz (29 de marzo de 2015) (AICA)

Domingo de Ramos
 
Comenzamos en el Domingo de Ramos la celebración mayor de nuestra fe, la Semana Santa. Nuestra fe se apoya en Jesucristo que es: “su iniciador y consumador” (Heb. 12, 2); vamos a participar en la Pascua de su “hora mayor”, para esto he venido nos dice (cfr. Jn. 18, 37). ¿Cuál es el origen de esta hora? Solo el amor de Dios que: “tanto amó al mundo, que entregó a su Hijo único” (Jn. 3, 16). ¿Cuál es el centro de esta hora?, la respuesta de Jesucristo que por amor al Padre: “se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Filp. 2 8). Solo se explica el misterio de la Pascua en el marco del amor de Dios y en la obediencia de Jesucristo, que es un acto de amor a su Padre y a la misión que le ha encomendado. Este hecho es la manifestación mayor del amor providente de Dios por cada uno de sus hijos. En la Pascua no recordamos un hecho del pasado, actualizamos sacramentalmente el misterio que celebramos.

Descubrirnos como destinatarios de este acontecimiento que vamos a celebrar en la Semana Santa, es el comienzo de una participación activa y fructuosa. No somos en la Iglesia espectadores de lo que vivió Jesucristo en los últimos momentos de su vida, sino testigos de un acontecimiento que nos tiene como destinatarios. La obra de Dios tiene fuerza en sí misma, pero necesita para hacerse fecunda de nuestra apertura y disponibilidad. El amor y la acción de Dios llaman a la libertad del hombre. Esta es nuestra grandeza, así nos ha creado Dios, pero también nuestra responsabilidad. Dios no busca seguidores ciegos sino hombres y mujeres libres, que lo escuchen y lo sigan. Siempre me gusta recordar aquella imagen del Apocalipsis en la que el Señor nos dice: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap. 3, 20). ¡Qué sepamos, Señor, abrirte en esta Semana Santa las puertas de nuestro corazón, de nuestras familias y comunidades!

La celebración de la Pascua tiene un sentido personal, pero también social. El triunfo de Jesucristo sobre el pecado es el comienzo de una vida nueva, por ello no está llamado a quedarse en la intimidad de cada persona. Hay una dimensión social, y diría cósmica, que debe estar presente en la celebración de la Pascua. Recordemos que es el mundo creado por Dios el objeto de la venida de Jesucristo. La Pascua tiene por finalidad la “recreación” del mundo. Esta obra de la recreación tiene en Jesucristo su centro, pero en el hombre su continuidad y realización. Es el hombre, soy yo, el que está llamado a participar de esta mediación salvífica que nace en Jesucristo y necesita de mi compromiso para hacerse realidad en la historia. Dios actúa a través del hombre. La celebración de la Pascua no puede quedar, por lo tanto, en la intimidad de mi vida, sino que debe llegar a mis relaciones para alcanzar su madurez cristiana y ser principio de un mundo nuevo. ¡Qué triste la celebración de una Pascua que no despierte en nosotros el deseo y el compromiso de transformar mi vida y mis relaciones?

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

Publicado por verdenaranja @ 23:58  | Hablan los obispos
 | Enviar