Deuteronomio 4, 32-34. 39-40: “El Señor es el Dios del cielo y de la tierra, y no hay otro”.
Salmo 32: “Dichoso el pueblo escogido por Dios”.
Romanos 8, 14-17: “Ustedes han recibido un espíritu de hijos en virtud del cual podemos llamar Padre a Dios”.
Mateo 28, 16-20: “Bauticen a todos los pueblos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

 

Hay un precioso mosaico que sirvió como símbolo del Encuentro Mundial de las Familias en Milán en 2012. Cuenta con hermosos colores que ofrecen una oportunidad para purificar nuestros ojos. La luz y el color inicialmente nos atraen. Luego distinguimos las formas, muy sencillas de tres personas: Jesús, José y María. Hay paz en estas tres personas. Una paz que se expresa en los colores y en la luz. José mira hacia lo alto como para tomar inspiración desde el cielo. El cielo se abre y “la Mano de Dios” hace descender una llama de Amor sobre el mundo. En particular “la Llama” baja sobre María que fija sus ojos sobre cada uno de nosotros como se mira a un hijo predilecto. Mientras tanto, con gesto de madre, sostiene los primeros pasos de Jesús que camina hacia nosotros y fija sus ojos en los nuestros como diciendo: “Aquí estoy para ti como un don, un don para tu corazón, un don de amor que nace del corazón de la Trinidad y se encarna en la Sagrada Familia”. Familia de carne y modelo de familia sostenida y cimentada en el Amor Trinitario.

Todos los días iniciamos nuestra jornada “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Todos los días queremos vivir a plenitud esa participación que nos ofrece nuestro Dios Trino y Uno. Pero hoy nuestra celebración tiene un sentido muy especial. Es cierto que cada día, y en especial los domingos, nuestra alabanza y contemplación están dirigidas a nuestro Dios, es cierto que siempre todo lo que hacemos tiene su origen y su finalidad en Él, pero hoy lo queremos hacer de un modo más consciente, detenernos un momento y contemplarlo, experimentar su vida interior, y dejarnos “bañar”, envolver, por su amor. Moisés, en la primera lectura de este domingo, se deshace en elogios y alabanzas a un Dios que ha mostrado su poder a favor del pueblo, que ha creado con amor especial al hombre, que le habla, que lo acompaña, que lo ha sacado de la esclavitud para hacerlo su pueblo. Dios es alguien que se ha revelado, se ha descubierto y ha dejado entrever su rostro en medio del fuego. Se vincula con toda la persona; ha convertido a Israel en su pueblo predilecto; ha pasado a ser su propiedad personal. Todos estos beneficios han sido gratuitos, inmerecidos por parte de los israelitas. Y por eso Moisés le pide al pueblo que no lo olvide, que su ley es ley de vida para mantener la relación con Dios, fuente de felicidad.

Cuando escucho a Moisés hablar y expresarse así de Dios, me resulta extraño oír a quienes afirman que el Dios del Antiguo Testamento es un dios cruel y castigador… Es cierto, es celoso, pero por amor. Pero más extrañas me resultan las imágenes que muchos de nosotros tenemos de Dios, reducido a caricatura de lo que no es. A una especie de tapagujeros para solucionar lo que nuestra ignorancia o pereza no han descubierto. Alguien a quien echarle la culpa de nuestros complejos y fracasos. Alguien lejano y al mismo tiempo inquisidor. Y entonces, cuando se tiene este concepto tan erróneo de Dios, se acaba por negarlo, aunque después se le busque en la belleza, en la justicia, en el deseo de comunidad y de amor.

Si ya en el Antiguo Testamento encontrábamos destellos de esta bondad y belleza de un Dios cercano, con Cristo, “el Verbo hecho carne”, Dios rompe los muros donde lo habíamos encerrado, el cielo, el templo y el santuario, y se hace caminante, compañero, amigo y hermano. Un rostro que descubre y devela un gran misterio y que nos llama a conocerlo y vivirlo: “Ven y lo verás”. “No los llamo siervos porque el siervo no sabe lo que hace su amo, los llamo amigos porque les he dado a conocer todo lo que he aprendido del Padre.” Y nos invita a participar de esa vida, unidad y dinamismo que en compañía del Espíritu están viviendo. Su deseo es que: “todos sean uno como tú en mí y yo en ti somos uno”. Nuestro Dios en su misterio más íntimo no es soledad, sino una familia. Y a esta unidad y vitalidad nos invita el Señor Jesús. Es el misterio que nos quiere revelar, pero no para examinarlo científicamente, sino para vivirlo en amor y amistad. Los científicos ahora se preocupan de las glándulas y hormonas que ayudan o estorban a despertar el amor o la amistad, pero quien ama de verdad, quien es amigo de verdad, no necesita descripciones sino la experiencia del amor. Así también Jesús nos llama y nos invita a vivir en esta armonía, dinámica y creadora, de la Santísima Trinidad, donde todo es unidad, creación y explosión de amor. Como dice San Pablo podemos llamar cariñosamente a Dios “Abbá”, “Papá”, con la sencillez de un niño, guiados por el Espíritu y sostenidos por nuestro hermano Jesús.

¿Hemos vivido esta experiencia a la que nos invita Jesús? ¿Hemos exprimentado la unión y el amor trinitario en nuestras vidas? Entonces no podremos callarlo. El envío de Jesús en el evangelio no tendría ningún sentido si no hemos vivido el amor en primera persona. No tiene sentido “bautizarse”, sumergirse, perderse en la Trinidad, si no estamos llenos del Espíritu de Amor. No es cuestión de aprendizaje, es cuestión de vida, de dejarse amar, de perderse en el infinito de este Dios Trino que nos llena de toda su vida, de su amor y de su Espíritu creador. Nuestro envío tiene el mismo sentido y el mismo poder de Jesús: “Así como el Padre me ha enviado”. Entonces también nosotros somos enviados a proclamar, a vivir y a anunciar el amor que hay en nuestro Dios. Necesitamos compartir lo que nosotros hemos experimentado y a hacer partícipes de este amor a todos los hombres. Día de la Santísima Trinidad, día en que debemos vivir plenamente esta comunión con nuestro Dios, con nuestra familia y con todos nuestros hermanos ¿Cómo lo estamos viviendo?

Dios Padre, que al enviar al mundo al Verbo de verdad y al Espíritu de santidad, revelaste a los hombres tu misterio admirable, concédenos que al profesar la fe verdadera, reconozcamos la gloria de la eterna Trinidad y adoremos la unidad de su majestad omnipotente. Amén.