Lunes, 01 de junio de 2015
Alocución de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz solemnidad de la Santísima Trinidad (30 de mayo de 2015)
El misterio de la Santísima trinidad

En Pentecostés celebrábamos con gozo el envío del Espíritu Santo prometido por Jesús a los apóstoles y el comienzo de la vida pública de la Iglesia. Este acontecimiento nos revelaba que Dios, además de Padre e Hijo es Espíritu Santo, tres personas distintas en la unidad de un solo Dios. Hoy celebramos el Misterio de la Santísima Trinidad, al que solo conocemos por Jesucristo. Solo él nos puede hablar de la intimidad de Dios: “nadie conoce al Hijo, nos dice, sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar” (Mt. 11, 27). Dios no es una idea que elaboramos, sino una Persona que se nos ha dado a conocer en nuestra historia. Al celebrar a la Santísima Trinidad la Iglesia manifiesta su fe en la verdad plena de Dios.

Hemos sido bautizados en Ella. Así nos lo enseñó Jesús: “Vayan, nos dice, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28, 19). Cada vez que nos persignamos o invocamos a la Santísima Trinidad confesamos nuestra fe en Dios. En la oración nos dirigimos a un Dios que no es un ser solitario, sino una comunidad de vida y de amor que es fuente y modelo para el hombre. Cuando tuve que elegir el lema del episcopado pensé en aquella oración en la que Jesús nos habla de la intimidad trinitaria de Dios, y en la que le pide al Padre que sus discípulos sean uno: “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno, como nosotros somos uno” (Jn. 17, 21).

La fe en Dios no nos aísla del mundo, ella tiene consecuencias en nuestra vida social. No sería coherente manifestar la fe en un Dios que es comunidad de vida y amor, y vivir una realidad signada por el individualismo y el enfrentamiento. Hemos sido creados a “imagen y semejanza de Dios”, este hecho nos define como personas llamadas a vivir en el amor y la comunión. En este sentido el Concilio Vaticano II, nos dice: “cuando el Señor ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros también somos uno, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre no puede encontrar su propia plenitud si no en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (G. S. 24). Por ello, un verdadero acto de fe en Dios es el mejor camino para que el hombre se conozca a sí mismo y se descubra en su dimensión social.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

Publicado por verdenaranja @ 23:07  | Hablan los obispos
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