Síntesis del mensaje: Siguen los milagros con que Jesús demuestra su condición divina. Si el domingo pasado calmaba la tempestad del lago, hoy se nos presenta como señor y liberador de la enfermedad y de la muerte. Y sólo con un toque. “Grande es el poder de Cristo, poder que no sólo habita en su alma, sino que del alma pasa al cuerpo, y del cuerpo redunda hasta el propio vestido” (San Hilario). Para ser curados de la enfermedad o de la muerte es necesario que seamos tocados por Cristo (hija de Jairo) o que nosotros lo toquemos con la fe y confianza (mujer hemorroísa).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, Dios se hizo hombre para entrar en contacto con nosotros1. Dios descendió hasta nosotros para poder tocarnos a nosotros y para que nosotros pudiéramos tocarlo a Él. El contacto con Cristo es nuestra salud: “Toda la gente quería tocarlo porque salía de él una fuerza que sanaba a todos”. La Encarnación fue justamente ese intento de Dios para tocar a la humanidad y sanarla, porque estaba herida por el pecado; pecado que provocó la enfermedad y la muerte. Las correrías apostólicas de Cristo durante su vida pública no fueron otra cosa que el grande deseo de tocar a los hombres con su Palabra confortadora, su gesto y su mirar misericordioso y sus milagros maravillosos que sanaban cuerpo y alma. La sangre que derramó en Getsemaní y en el Calvario purificó y fecundó nuestro suelo, sembrando la vida divina en nuestros corazones.

En segundo lugar, sabemos por el evangelio que no todos supieron tocar a Jesús ni se dejaron tocar por Jesús. Algunos sumos sacerdotes, fariseos y escribas quisieron tocar a Jesús desde su envidia e inquina, y no permitieron que la fuerza salvadora y sanadora de Cristo entrara en sus almas y las curase de su soberbia y orgullo. También hubo reyes –Herodes- y procuradores –Pilato- que intentaron tocar a Jesús sólo desde la razón de Estado; y nada consiguieron. Muchos de los que a Él acudían le quisieron tocar exteriormente sólo por pura curiosidad o conveniencia; a éstos tampoco les llegó la radiación del poder salvador de Cristo. Pero sabemos que hubo también bastantes que se acercaron a Cristo con la fe y la confianza, como Jairo y la hemorroísa, mujer considerada impura por sus semejantes hebreos, pues sufría de un extraño flujo desde hacía años. Y, ¿qué pasó? Obtuvieron la salud del cuerpo y del alma.

Finalmente, preguntémonos: ¿cómo y dónde podemos hoy tocar a Cristo y ser tocados por Él, y así ser curados? Hoy podemos tocar a Cristo en los sacramentos, en el hermano pobre que está en las periferias existenciales y en el hermano que vive a tu lado, en tu familia. Primero, en los sacramentos: en la Eucaristía tocamos ese Pan de vida que nos tonifica, nos alimenta, nos santifica. En la confesión tocamos a ese Cristo Médico que nos perdona, nos alienta, nos cura las llagas que dejó el pecado. En los demás sacramentos tocamos a Cristo que con su gracia bendice y eleva el matrimonio al nivel sobrenatural, haciendo a esos esposos reflejo fiel y fecundo de Cristo y la Iglesia; hace de ese hombre “otro Cristo”, un ministro ungido y consagrado; en la unción de enfermos, ese toque es todavía más visible y trepidante cuando el sacerdote derrama el óleo consagrado sobre la frente y las manos del enfermo. Segundo, podemos tocar a Cristo en nuestro hermano pobre que está en las periferias, como nos dice el Papa Francisco; tocarle con nuestra caridad misericordiosa, atenta y generosa, sin asco ni recelo. Y finalmente, podemos tocar a Cristo en ese prójimo que está a mi lado: mi esposo, mi esposa, mis hijos, mis parientes, amigos y vecinos…con la sonrisa, el perdón, el gesto servicial, la palabra amable, la palmadita en la espalda…

Para reflexionar: Así que si nosotros también queremos ser curados, toquemos por la fe la orla de Cristo. La hemorroísa del evangelio de hoy soy yo, que tantas veces se me va la vida a chorros, desangrándome por las calles y las plazas, buscándome a mí mismo, en lugar de amar a los que salen a mi encuentro; inmisericorde, enjuiciando, condenando… viviendo de las apariencias, del dinero, del ego. Yo soy esa mujer impura, esa mujer necesitada del perdón de Dios.

Para rezar: Señor, ten misericordia de mí, que soy un pecador. Tócame con tu gracia divina y cúrame. Aumenta mi fe para acercarme a tus sacramentos donde te toco en lo profundo de mi alma. Que con mi caridad lleve tu toque divino a mis hermanos.

 

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: [email protected]

1 Saenz Alfredo, Palabra y Vida, Glaudius 1993, p. 195.