Queridos jóvenes, buenas tardes:

Después de haber leído el Evangelio, Orlando se acercó a saludarme y me dijo te pido que reces por la libertad de cada uno de nosotros, de todos. Es la bendición que pidió Orlando para cada uno de nosotros. Es la bendición que pedimos ahora todos juntos. La libertad, porque la libertad es un regalo que nos da Dios, pero hay que saber recibirlo, hay que saber tener el corazón libre, porque todos sabemos que en el mundo hay tantos lazos que nos atan el corazón. Y no dejan que el corazón sea libre. La explotación, la falta de medios para sobrevivir, la drogadicción, la tristeza, todas esas cosas nos quitan la libertad. Así que todos juntos, agradeciéndole a Orlando que haya pedido esta bendición, tener un corazón libre, un corazón que pueda decir lo que piensa, que pueda decir lo que siente y que pueda hacer lo que piensa y lo que siente. Ese es un corazón libre. Y eso es lo que vamos a pedir todos juntos. Esa bendición que Orlando pidió para todos.

Repitan conmigo.

Señor Jesús, dame un corazón libre, que no sea esclavo de todas las trampas del mundo, que no sea esclavo de la comodidad, del engaño, que no sea esclavo de la buena vida, que no sea esclavo de los vicios, que no sea esclavo de una falsa libertad que es hacer lo que me gusta en cada momento.

Gracias Orlando por hacernos caer en la cuenta de que tenemos que pedir un corazón libre, pídanlo todos los días.

Y hemos escuchado dos testimonios. El de Liz y el de Manuel. Liz nos enseña una cosa, así como Orlando nos enseñó a rezar para tener un corazón libre, Liz con su vida nos enseña que no hay que ser como Poncio Pilato, lavarse las manos. Liz podía haber tranquilamente puesto a su mamá en un asilo, a su abuela en otro asilo y vivir su vida de joven divirtiéndose, estudiando lo que quería y Liz dijo no. La abuela, la mamá. Y Liz se convirtió en sierva, en servidora, y si quieren más fuerte todavía, en sirvienta de la mamá y de la abuela, y lo hizo con cariño.

Hasta tal punto, decía ella, que hasta se cambiaron los roles, y ella terminó siendo la mamá de su mamá, en el modo en cómo la cuidaba, su mamá con esa enfermedad tan cruel que confunde las cosas. Y ella quemó su vida hasta ahora, los 25 años, sirviendo a su mamá y a su abuela. ¿Sola? No, Liz no estaba sola. Ella dijo dos cosas que nos tienen que ayudar. Habló de un ángel, de una tía, que fue como un ángel. Y habló del encuentro con los amigos los fines de semana, con la comunidad juvenil de evangelización, con el grupo juvenil que alimentaba su fe. Y esos dos ángeles, esa tía que la custodiaba y ese grupo juvenil le daban más fuerza para seguir adelante. Y eso se llama solidaridad. ¿Cómo se llama? Cuando nos hacemos cargo del problema de otro. Y ella encontró allí un remanso para su corazón, cansado, pero hay algo que se nos escapa. Ella no dijo, ‘bueno, hago esto y nada más’. Estudió y es enfermera. Y haciendo todo eso, la ayuda, la solidaridad que recibió de ustedes, del grupo de ustedes, que recibió de esta tía que era como un ángel, la ayudó a seguir adelante. Y hoy a los 25 años, tiene la gracia que Orlando nos hacía pedir. Tiene un corazón libre.

Liz cumple el cuarto mandamiento, honrarás a tu padre y a tu madre. Liz muestra su vida, la quema en el servicio a su madre. Es un grado altísimo de solidaridad. Es un grado de amor. Un testimonio. Padre, ¿entonces se puede amar? Ahí tienen a alguien que nos enseña a amar.

Primero libertad, corazón libre. Entonces, todos juntos, primero corazón libre. Segundo, solidaridad para acompañar. Solidaridad. Eso es lo que nos enseña este segundo testimonio.

Y a Manuel no le regalaron la vida. Manuel no es un nene bien. No es un nene, no fue un nene, no es un chico, no es un muchacho a quien la vida le fue fácil. Dijo palabras duras. Fui explotado. Fui maltratado. A riesgo de caer en las adiciones. Estuve solo. Explotación, maltrato y soledad. Y en vez de salir a hacer maldades, en vez de salir a robar, se fue a trabajar. En vez de salir a vengarse de la vida, miró adelante.  

Manuel usó un frase linda. Pude salir adelante porque en las situaciones que yo estaba era difícil hablar de futuro. ¿Cuántos jóvenes, ustedes hoy, tienen la posibilidad de estudiar, de sentarse a la mesa con la familia todos los días, tienen la posibilidad de que no le falte lo esencia? ¿Cuántos de ustedes tienen eso? Todos juntos, los que tiene eso, digan ‘Gracias Señor’. Gracias porque acá tuvimos un testimonio de un muchacho que desde chico supo lo que era el dolor, la tristeza, que fue explotado, maltratado, que no tenía que comer y que estaba solo. Señor, salva a esos chicos y chicas que están en esa situación. Y para nosotros Señor, gracias, gracias Señor. Todos. Gracias Señor.

Libertad de corazón, ¿se acuerdan? Libertad de corazón, lo que nos decía Orlando. Servicio, solidaridad, lo que nos decía Liz. Esperanza, trabajo, luchar por la vida. Salir adelante, lo que nos decía Manuel. Como ven la vida no es fácil para muchos jóvenes y esto quiero que lo entiendan, quiero que se lo metan en la cabeza. Si a mí la vida me es relativamente fácil, hay otros chicos y chicas que no les es relativamente fácil. Más aún que la desesperación los empuja a la delincuencia, los empuja al delito, los empuja a colaborar con la corrupción. A esos chicos, a esas chicas les tenemos que decir que nosotros les estamos cerca, que queremos darles una mano, que queremos ayudarles con solidaridad, con amor, con esperanza.

Hubo dos frases que dijeron los dos que hablaron. Liz y Manuel. Dos frases son lindas, escúchenlas. Liz dijo que empezó a conocer a Jesús, conocer a Jesús. Y eso es abrir la puerta a la esperanza. Y Manuel dijo ‘conocí a Dios, mi fortaleza’. Conocer a Dios es fortaleza. Conocer a Dios, acercarse a Jesús es esperanza y fortaleza.

Y eso es lo que necesitamos de los jóvenes hoy. Jóvenes con esperanza y jóvenes con fortaleza. No queremos jóvenes debiluchos, jóvenes que están ahí no más, ni sí ni no. No queremos jóvenes que se cansen rápido y que vivan cansados, con cara de aburridos. Queremos jóvenes fuertes, jóvenes con esperanza y con fortaleza. ¿Por qué? Porque conocen a Jesús, porque conocen a Dios. Porque tienen un corazón libre. Corazón libre, repitan. Solidaridad. Trabajo. Esperanza. Esfuerzo. Conocer a Jesús. Conocer a Dios mi fortaleza. Un joven que vive así, ¿tiene la cara aburrida? ¿Tiene el corazón triste? Ese es el camino.

Pero para eso hace falta sacrificio. Hace falta andar contracorriente. Las bienaventuranzas que leímos hace un rato son el plan de Jesús para nosotros. El plan, ese plan contracorriente. Jesús les dice: ‘felices los que tienen alma de pobre’, no dice felices los ricos, los que acumulan plata. No, los que tienen el alma de pobre, los que son capaces de acercarse y comprender lo que es un pobre. Jesús no dice felices los que la pasan bien, sino que dice felices los que tienen capacidad de afligirse por el dolor de los demás. Y así yo les recomiendo que lean después en casa las bienaventuranzas, que están en el capítulo quinto de San Mateo. ¿En qué capítulo están? ¿De qué evangelio? Léanla y medítenla que le va a hacer bien.

Yo te agradezco Liz, que andas por aquí supongo, estás allá, te agradezco Manuel ¿por dónde andas metido? Y te agradezco Orlando.

Corazón libre es lo que les deseo. Y me tengo que ir. El otro día, el otro día, un cura en broma me dijo: ‘sí, usted siga aconsejando a los jóvenes que hagan lío, siga, siga, pero después los líos que hacen los jóvenes los tenemos que arreglar nosotros’. Hagan lío, pero también ayuden a arreglar y a organizar el lío que hacen. ¿Eh? Las dos cosas. Hagan lío y organícenlo bien.   Un lío que nos dé un corazón libre, un lío que nos dé solidaridad, un lío que nos dé esperanza, un lío que nazca de haber conocido a Jesús y de saber que Dios, a quien conocí, es mi fortaleza. Ese es el lío que hagan.

Como sabía las preguntas porque me las habían pasado antes, había escrito un discurso para ustedes, para dárselo. Pero los discurso son aburridos, así que se los dejo al señor obispo, encargado de la juventud para que lo publique.

Y ahora, antes de irme, les pido, primero que sigan rezando por mí. Segundo que sigan haciendo lío. Tercero, que ayuden a organizar el lío que hacen para que no destruya nada. Y todos juntos ahora en silencio vamos a elevar el corazón a Dios cada uno.

Señor Jesús, cada uno desde su corazón, en voz baja, repita las palabras. Señor Jesús te doy gracias por estar aquí, te doy gracias porque me diste hermanos como Liz, Manuel y Orlando. Te doy gracias porque nos diste muchos hermanos que son como ellos, que te encontraron Jesús, que te conocen Jesús, que saben que vos sos, su Dios, sos su fortaleza. Jesús te pido por los chicos y chicas que no saben que vos sos su fortaleza y que tienen miedo de vivir, miedo de ser felices, tienen miedo de soñar. Jesús, enséñanos a soñar. A soñar cosas grandes, cosas lindas, cosas que aunque parezcan cotidianas son cosas que engrandecen el corazón. Señor Jesús, danos fortaleza, danos un corazón libre. Danos esperanza, danos amor. Y enséñanos a servir. Amén.

Ahora les voy a dar la bendición y les pido por favor, que recen por mí y que recen por tantos chicos y chicas que no tienen la gracia que tienen ustedes de haber conocido a Jesús que les da esperanza, les da un corazón libre y los hace fuertes.

Que los bendiga Dios Todopoderoso, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.



Texto transcrito por ZENIT