Jeremías 23, 1-6: “Reuniré el resto de mis ovejas y les pondré pastores”. Salmo 22: “El Señor es mi pastor, nada me faltará”. Efesios 2, 13-18: “Cristo es nuestra paz: él ha hecho de los judíos y de los no judíos un solo pueblo”. Marcos 6, 30-34: “Andaban como ovejas sin pastor”.

La enfurecida muchedumbre estuvo apunto de lincharlo. “Prometió el camino y la escuela. Dijo que iba solucionar el problema del agua en el pueblo y ahora llevamos ya casi tres meses sin agua. Lo único que le ha preocupado es construir su casa, dar trabajo y seguridad a sus parientes y guardarse una bolsa grande de dinero”. Así hablan de “su presidente”, el que con porras y fiestas fue electo y que ahora detestan y casi quisieran matarlo. Al final deciden amarrarlo y retenerlo hasta que no se asegure el presupuesto para las obras más urgentes. Así lo retienen hasta tres días, mientras “autoridades superiores” buscan soluciones y nuevas promesas. Es la política de Chiapas y de muchas de sus autoridades. “Sólo busca su propio provecho y se olvidan de sus ciudadanos”. Parece una sentencia muy cercana a la de Jeremías: “Ustedes han rechazado y dispersado a mis ovejas y no las han cuidado”.

Los discípulos han experimentado lo que es ser pastor: “Colocar el corazón cerca de los que sufren”. Contentos y entusiasmados regresan de la misión. Fueron días de actividad, de predicación, de sanar enfermos, y ahora regresan eufóricos, queriendo continuar la misión. Hay tantas cosas que hacer que no se debe perder el tiempo. Una vez iniciado el trabajo apostólico se entra en una especie de torbellino que los lleva a buscar más y más actividad. Su alegría y entusiasmo son inmensos. Sin embargo, Jesús los llama y los invita a un momento de intimidad y cercanía, de descanso y compartir. Es muy importante el trabajo y la misión pero es más importante la persona. Se necesita retornar a las fuentes que dan energía; si no, terminará secándose, agotándose y será una campana hueca, que sigue resonando pero que no tiene vida. La disponibilidad para entregar la vida no anula el derecho y la obligación de cuidar que la propia fuente no se gaste en un activismo sin alma que, en vez de liberar las energías, las consume y las agota. Jesús propone el silencio, la compañía cercana, el diálogo. Estar en presencia de Jesús, la oración, el encuentro con Él, nos restituye fuerzas, nos alienta y restablece. ¡La oración no es tiempo perdido!

Muchos “pastores” se imaginan que a base de activismo resolverán los problemas y se olvidan de las personas. La cercanía y humanidad de Jesús nos hace reflexionar a quienes de alguna manera tenemos el oficio de pastor: sacerdotes, maestros, líderes, autoridades, padres de familia, responsables de grupos. Jesús no rehúye el trabajo, pero sabe que está en relación con personas y no con máquinas. Es triste mirar la forma como vivimos y convivimos: yuxtapuestos pero no relacionados; cada quien metido en su mundo. La televisión, el celular, la compu, todo es para relacionarse y todo acaba aislándonos. Nos hemos despersonalizado y no contamos como individuos. Una esposa reclamaba a su atormentado y frenético marido: “¿Qué te pasa? Está bien que te preocupes de las cosas, pero no son las cosas que nos hacen felices. Métete bien en la cabeza que tenemos necesidad de ti, no de las cosas. ¿Para qué las querríamos si tú no estás con nosotros?”. Damos demasiada importancia a las cosas y poco valor a las personas. Vivimos juntos pero en soledad. Admiro a esas personas capaces de establecer una relación muy personal con quienes están a su lado, de tomarlos en cuenta, de hacerlos sentir valiosos. Así lo hace Jesús. Nosotros siempre tenemos prisa, corremos sin saber a dónde y “no tenemos tiempo” para atender con calma a los otros.

Cristo, aunque habría querido estar a solas con sus discípulos, se compadece para atender a las multitudes que lo buscan como ovejas sin pastor. El Papa Francisco ha resaltado mucho esta misericordia de Jesús: no podemos ni debemos vivir con el corazón cerrado. Necesitamos abrir las ventanas, las de los sentidos y las del corazón, las de la mente y las del espíritu, las personales y las comunitarias, para darnos cuenta del dolor y el sufrimiento de los demás, para mirar que hay personas con hambre y maltrechas. Es la actitud fundamental de Jesús y de todo el que quiera ser discípulo suyo. Se requiere tener compasión y entrañas de misericordia. No levantar murallas para defenderse, aislarse y permanecer mirándose narcisistamente. Se comparte de verdad cuando se empieza a acoger y a compartir con el hermano. Hay riesgo en amar y en entregar la amistad, pero siempre es preferible salir lastimado por amar que acabar con el corazón entumecido y empedernido porque nunca se arriesgó en el amor. El amor siempre nos torna débiles y frágiles pero es cuando somos más fuertes en la vida. El pastor no se alimenta a sí mismo, sino da vida a las ovejas.

Hoy escuchemos las palabras de Jesús dirigidas también a nosotros: “Ven conmigo”. Hoy busquemos sentirnos envueltos en la mirada cariñosa de Jesús, llena de ternura y con sus brazos abiertos a pesar de nuestras miserias. Nos acepta como somos, como hemos llegado del camino, como nos ha dejado la vida: maltratados, heridos, desconfiados. Su amor y su compasión son capaces de rehacernos y de devolvernos dignidad. Será éste un día especial para sentir su protección y cuidados. También, en esta oración, junto con Jesús, será ocasión para mirar nuestras relaciones con los demás y nuestra capacidad para abrirnos y comprometernos con los demás. ¿Cómo y con quién comparto el regalo de la vida? ¿Con quiénes convivo y cómo me relaciono? ¿Hay alguien cercano a mí que se siente solo y no me he dado cuenta? ¿Tengo un corazón misericordioso? Hoy nos dejamos amar por Jesús y abrimos nuestro corazón a los hermanos.

Señor Jesús, mira con amor a los que vagamos como ovejas sin pastor, haznos sentir tus cuidados amoroso, y toca nuestra mente y nuestros ojos para que nos compadezcamos y abramos nuestro corazón a los hermanos. Amén