Viernes, 14 de agosto de 2015

Reflexión a la las lecturas del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 20º del T. Ordinario B

 

Nos dice el Evangelio de hoy: “Disputaban los judíos entre sí:  ¿cómo puede éste darnos a comer su carne?”. Sin embargo, con qué facilidad lo resuelve el Señor en la Última Cena… Y su Cuerpo sabe a pan y su Sangre sabe a vino. ¡Asombrosa transformación! ¡Inefable Misterio!

Por eso el Señor se limita a decir: “Os aseguro que si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis su Sangre, no tenéis vida en vosotros”.

Ciertamente, si hay algo que todo el mundo entiende es que, sin alimento, no hay posibilidad de vida en un ser humano. A eso nos referíamos el domingo pasado cuando constatábamos que creer en Jesucristo es tener una vida nueva. Por tanto, nadie puede sentirse excluido ni dispensado de recibir con frecuencia este sacramento admirable. No podemos olvidar que, en los primeros tiempos, cuando se celebraba la Eucaristía, se daba la comunión a todos los presentes que se encontraban dispuestos; y los diáconos llevaban la Comunión a los ausentes. De ahí la costumbre de llevar la Comunión a los enfermos e impedidos, pues el enfermo  está dispensado de ir a la Santa Misa, pero no puede dispensarse, por largo tiempo, como tantas veces sucede, del alimento de la Eucaristía.

Y Jesús continúa diciendo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él”. ¡Qué grandeza! Sucede algo distinto de lo que pasa con el alimento natural. En éste,  el organismo trata de asimilar lo que comemos para convertirlo en algo suyo. En la Comunión es al revés.  Es Jesucristo el que nos convierte en Él, el que nos transforma en Él. ¡Se trata de una unión muy grande, inefable! ¡Nuestro ser queda “penetrado” y “empapado” de Dios! Como una esponja.

Y es ésta toda una corriente de vida divina que procede del Padre: “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí”. Tomamos parte de la misma vida de la Santísima Trinidad, es decir, de aquella vida por la que existe Dios, desde siempre y para siempre.

Pero hay más. La Comunión nos une también a los hermanos, con los que formamos un solo Cuerpo. Podemos recordar aquí las palabras del Papa Pablo VI en la Solemnidad del Corpus del año 1969, cuando decía: “¿Cómo llama el pueblo cristiano a la Eucaristía? Comunión. Está bien, es verdad, ¿pero Comunión con quién? Aquí el horizonte se abre, se ensancha, se alarga hasta perder sus límites. Se trata de una doble comunión: Con Cristo y entre nosotros, que en  Él somos y nos hacemos hermanos”. De ahí que no podamos acercarnos a comulgar si no estamos en paz y en comunión con todos.

Dice también el Señor: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.

Por tanto, también nuestro cuerpo, tantas veces morada de Dios e instrumento del quehacer cristiano, tiene que participar de la gloria de la resurrección.

¡Verdaderamente, la Eucaristía es el Pan de la Vida! ¡En plenitud!

Y después de comulgar, hay que “demostrar con obras de caridad, piedad y apostolado, lo que se ha recibido por la fe y el sacramento”. Con la Misa, por tanto, no termina todo. Al revés. La Eucaristía  es alimento y tiene que producir sus frutos. El parásito es el que come y vive sin trabajar. Al que recibe el Pan del Cielo, se le exige con razón, “obras de caridad, piedad y apostolado”.              

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 21:51  | Espiritualidad
 | Enviar