Proverbios 9, 1-6: “Coman mi pan y beban del vino que les he preparado”

Salmo 33: “Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor”

Efesios 5, 15-20: “Traten de entender cuál es la voluntad de Dios”

San Juan 6, 51-58: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”


Hay quien opina que esta fiesta tiene su raíces en tiempos prehispánicos como celebración de agradecimiento a los dioses por el maíz. Hay quien dice que es muy parecida a la Eucaristía que une a toda la comunidad. Lo cierto es que el ritual en la  fiesta de la comunidad Guaquitepec tiene mucho de banquete, de participación, de acción de gracias, de hermandad y de realización del ideal de la vida: una mesa donde todos aportan, una mesa donde todos reciben. Se van amontonando las diversas clases y colores de tortillas, se presentan los atoles y los alimentos cuidadosamente preparados. Llegan de muy diversas manos, traen sus alegrías y sus sueños, traen el “aroma” de diversos fogones, pero se unen al aroma de la hermandad. Es alimento que sabe a gratuidad, a alegría, a hermano. Y así se consumen, sin saber a ciencia cierta de dónde vienen, en un clima de fiesta, de confianza y de alegría.

Algo semejante sucedería con el cordero de Israel. Comenzaría como una ofrenda de las primicias de sus rebaños: ofrenda y protección contra el maligno. Después adquirió un profundo sentido: la carne y la sangre del cordero de la Pascua. Lo mismo sucedió con los panes ázimos. De una profunda motivación campirana, las fiestas pastoriles fueron adquiriendo el sentido de liberación. La carne del cordero pascual o los panes ázimos, no son sólo el sabroso  bocado de un pueblo campesino que se reúne a disfrutar lo que con tanto trabajo ha logrado. Ni siquiera, tienen la alegría entusiasta de quien da gracias a Dios por los rebaños o por las mieses,  o eleva sus cantos y oraciones por los frutos recibidos. Pan, carne y sangre, tienen un significado mucho más profundo: son la señal de la liberación de un pueblo que sufrió el yugo de la opresión y que por la mano poderosa de Dios, ha alcanzado su libertad. La sangre que mancha los dinteles dibuja y recuerda las hazañas del Señor; la carne, asada, comida de prisa, trae a la memoria los primeros pasos a la liberación y hace presente, en este día y en este momento, al Dios liberador; los panes ázimos, apenas puestos al fuego por la prisa, hacen revivir el caminar por el desierto, bajo la mano protectora de su Dios. Hablar de pan, de maná, de la sangre y de la carne, no es hablar de signos sin importancia, es tocar las fibras más íntimas de un pueblo.

El banquete que vislumbra el libro de los proverbios: “Ha preparado un banquete, ha mezclado el vino y puesto la mesa”, es el anhelo de un pueblo adolorido y con hambre.

Un anhelo que se hace más fuerte cuanta más oposición y dificultades encuentra, un anhelo encajado en la intimidad del corazón. Y allí es donde se hace presente Jesús: “el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida”. No es ya ni la carne ni la sangre del cordero, no es ya el pan ázimo, por más sentido de liberación que tengan, será el mismo Jesús quien se haga alimento para que el hombre tenga vida. Con el término “carne” se designa la condición terrena de Jesús, “el verbo se hizo carne”, que ahora se transforma en alimento. La Encarnación no es solamente presencia, sino da vida, salva y alimenta. La Encarnación no es sólo apariencia, sino realidad del Jesús que hecho carne se inserta profundamente en las aspiraciones de todo hombre, les da sentido y las plenifica. Cristo no se queda en la superficie, ni se contenta con apariencias, Cristo entra en carne viva en la historia humana, de todas y cada una de las personas. Se deja tocar, sentir, oler, partir y tragar. No es ideología que se aprende, se modifica y se desvirtúa. Es carne que se come y que da vida. Dios entra en nosotros a través del camino más natural, el de los sentidos. Se hace experiencia en cada comida compartida, en cada pan repartido y en cada Eucaristía celebrada.

Recibir a Cristo hecho pan, no puede quedar, o no debería quedar, en un acto meramente externo. Se crea una comunión recíproca entre Cristo y el creyente a tal grado que asegura: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él”, una permanencia constante y estable. Quien cree en Jesús y vive en comunión de fe y amor con Él, se ve introducido misteriosamente en una amistad divina. “Comer la carne de Cristo”, nos involucra en todo su dinamismo pascual. Entramos en su misma entrega, muerte y resurrección. No es fácil para el mundo judío asimilar las palabras de Jesús y les causa escándalo. Tampoco es fácil para nosotros asimilar y comprender en profundidad estas palabras de Jesús. Hay quienes comulgan como un acto participativo de un evento social, muy comunicativo, muy emocionante, pero que queda en el exterior y que no implica la transformación interna. Al comulgar entramos a vivir todo el misterio del dolor y el sufrimiento de Cristo, participamos en carne viva de su misma misión y experimentamos su propia resurrección. Tan profunda, tan comprometedora y tan mística es la comunión.

Ya el banquete en sí es símbolo de comunión y de intimidad. Si, además, en este banquete tenemos como alimento la Carne y la Sangre de Jesús, adquiere una fuerza y una integración formidables. Cada Eucaristía nos asemeja más a Jesús y nos abre mil posibilidades para el encuentro con los hermanos. Hoy también nos dice a cada uno de nosotros que Él es pan, carne y sangre para vida nuestra. ¿Cómo vivo yo la Eucaristía y cómo experimento ese “permanecer” en Jesús? ¿Son la carne, la sangre y el pan, elementos que me llevan a una liberación plena e íntegra? ¿Me comprometen en el misterio de salvación?

Padre nuestro, concédenos que, unidos a Cristo, pan, carne y sangre de liberación, hagamos el banquete de  vida plena y compartida para toda la humanidad. Amén