Deuteronomio 4, 1-2. 6-8: “No añadirán nada a lo que les mando… Cumplan los mandamientos del Señor”.
Salmo 14: “¿Quién será grato a tus ojos, Señor?”.
Santiago 1, 17-18. 21-22. 27: “Pongan en práctica la palabra”.
San Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23: “Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a las tradiciones de los hombres”

Salió a correr y lo que más llamó la atención fueron sus calcetas. La polémica inició cuando se observó al mandatario utilizar calcetas con un distintivo gris en el empeine, que se confundía con el talón. Las redes sociales crearon memes que se mofaban de que al parecer el Presidente había utilizado las calcetas al revés. Y entonces al Presidente se le ocurrió dar una explicación, aclarando el “#calcetagate”. Y todo fue peor. ¿Qué importan unos calcetines mal usados cuando el país está de cabeza? ¿Por qué no se tiene la misma sensibilidad y prontitud para explicar la corrupción, los desaparecidos, la depreciación del peso, el hambre y la violencia en que se hunde nuestra patria? ¿Por qué siguen libres los defraudadores, por qué tanta miseria…? Y mil preguntas más que nunca han recibido una respuesta satisfactoria y veraz. Importa más un trapo que la dignidad y la vida de las personas.

Hemos cerrado un ciclo de varios domingos compartiendo y disfrutando el Pan sabroso, multiplicado y compartido, que nos da vida y nos sostiene, tal y como nos lo presentaba el Evangelio de San Juan. Hoy retornamos al Evangelio de Marcos para seguir profundizando en el conocimiento y descubrir en profundidad qué significa ser discípulo de Jesús. Descendemos de lo sublime de un banquete celestial a lo cotidiano de la mesa con Jesús y sus discípulos. Y nos topamos de repente con una acalorada discusión sobre las minucias y exterioridades que pretenden imponer los fariseos, frente a la exigencia de interioridad y justicia que exige Jesús. Algo muy parecido a la discusión de las calcetas y la dignidad de una nación con todos sus habitantes. La pregunta de los fariseos no se refiere a la higiene sino a la pureza: “¿Por qué tus discípulos comen con manos impuras y no siguen la tradición de nuestros mayores?”. La respuesta de Jesús no se refiere a prescripciones de urbanidad sino a descubrir el corazón: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. ¿Cómo puede lavar el agua y los perfumes la podredumbre del corazón? Por más perfumes y enjuagues, por más adornos y distractores que pongamos, si el corazón está podrido, apestará y contaminará.

¿Quién será grato a tus ojos, Señor?”, es el estribillo que repetimos en el salmo, pero es también la inquietud que el verdadero discípulo se hace frente al amor bondadoso de Dios. Y cada vez que repetimos el verso, se clava más honda y cuestionante la pregunta porque se va alternando con respuestas que no corresponden a las supuestas prioridades que el mundo nos propone. “El que procede honradamente y obra con justicia”, canta el salmista, mientras los canciones del mundo alaban al que es más listo y puede comprar la justicia, al que sabe disfrazar sus maldades, al que se aprovecha de las debilidades de su hermano. “El que es sincero en sus palabras y con su lengua a nadie desprestigia”, propone el salmo, pero encontramos un ambiente de mentira y corrupción, donde decir la verdad es como firmar la sentencia de muerte; donde se difama y se destruye como táctica política; donde el rostro de las personas se cambia y camuflajea de acuerdo a las corrientes. “Quien no hace mal al prójimo”, continua alabando nuestro cantor para enfrentarse a la absurda violencia que arrebata vidas inocentes, que arrastra multitudes, que destruye poblaciones y que se instala en medio de los pueblos.

Quien no ve con aprecio a los malvados”, continúa en sus sugerencias, mientras contemplamos los personajes de moda apreciados y respetados no por sus virtudes y valores, sino por su desfachatez, su inmoralidad y su mentira. “Quien presta sin usura y quien no acepta soborno en perjuicio de inocentes”, nos exige el salmo. En cambio nuestro mundo se rige por estructuras económicas que recargan los impuestos sobre los que menos tienen, que inclinan la balanza de la in-justicia hacia el poderoso, que sobornan, chantajean y someten al más débil e indefenso. Pero el pensamiento del Señor no es el pensamiento del mundo y esos que aparecen como poderosos y atractivos no son los agradables al Señor.

Todas las propuestas del salmista coinciden con la exigencia del Maestro: “Honrar a Dios con el corazón”. Los fariseos y escribas se han desviado y confundido: se han conformado con lavar el exterior y no miran la justicia, la verdad y el amor. A nosotros nos pasa igual: es más fácil aparentar, que descubrir lo que sale del corazón. Es más fácil maquillar el rostro que convertirnos desde nuestro interior. Tenemos bellas tradiciones, nos acomodamos a las costumbres, pero nuestro corazón se queda vacío. Dejamos a un lado el mandamiento de Dios para aferrarnos a las tradiciones de los hombres. El apóstol Santiago recordaba en su carta: “Pongan en práctica la Palabra y no se limiten a escucharla, engañándose a ustedes mismos”. Si solamente miramos el exterior no dejaremos crecer esa Palabra sembrada en nosotros.

Hoy Cristo nos exige conversión. Esta conversión nos llevará a acciones concretas en cada momento de nuestra vida. Ser discípulo de Jesús implica vivir de acuerdo a sus criterios en todos los ámbitos de nuestra existencia porque en todos lados ponemos el corazón. La fe no es un saco que se pone y se quita al entrar en la Iglesia, sino es una vivencia personal que nos exige actuar en forma coherente en todos los rincones de nuestro mundo. Es falsa ilusión decir que estamos buscando una sociedad más justa y humana, si ninguno de nosotros estamos dispuestos a reconvertir y a cambiar el corazón, y seguimos aferrados a nuestras tradiciones y privilegios. ¿Influye el evangelio en cada momento de nuestra vida? ¿Es solamente un accesorio o brota desde nuestro interior? ¿Qué tendremos que cambiar?

Padre misericordioso, inflámanos con tu amor y acércanos más a ti, a fin de que podamos ser coherentes con nuestro compromiso cristiano en cada momento de nuestra vida. Amén.