Lunes, 31 de agosto de 2015

Texto completo del ángelus del domingo 30 de Agosto de 2015 (ZENIT.org)

«El evangelio de este domingo presenta una disputa entre Jesús y algunos fariseos y escribas. La discusión se refiere a la “tradición de los antepasados” (Mc 7,3) que Jesús citando al profeta Isaías define “preceptos humanos”. Y que no deben nunca tomar el “mandamiento de Dios”. Las antiguas prescripciones en cuestión incluian no solamente los preceptos de Dios revelados a Moisés, sino una serie de detalles que especificaban las indicaciones de la ley de Moisés.

Los interlocutores aplicaban tales normas de manera muy escrupulosa y las presentaban como expresión de la auténtica religiosidad. Por lo tanto reprenden a Jesús y a sus discípulos por la trasgresión de éstas, en particular las que se refieren a la purificación exterior del cuerpo.

La respuesta de Jesús tiene la fuerza de un pronunciamiento profético: “Dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres».

Son palabras que nos llenan de admiración por nuestro Maestro: sentimos que en Él está la verdad y que su sabiduría nos libera de los prejuicios.

¡Pero atención!, con estas palabras Jesús quiere ponernos en guardia, hoy, ¿no? del pensar que la observancia exterior de la ley sea suficiente para ser buenos cristianos. Como entonces para los fariseos, existe también para nosotros el peligro de considerar que estamos bien o que somos mejores de los otros por el simple hecho de observar determinadas reglas, costumbres, aunque no amemos al prójimo, seamos duros de corazón y orgullosos.

La observancia literal de los preceptos es algo estéril si no se cambia el corazón, si no se traducen en actitudes concretas: abrirse al encuentro con Dios y su palabra, buscar la justicia y la paz, ayudar a los pobres, a los débiles y a los oprimidos.

Todos sabemos, en nuestras comunidades, en nuestras parroquias, en nuestros barrios, el mal que hace ha Iglesia y el escándalo dado por aquellas personas que se dicen muy católicas, que van con frecuencia a la Iglesia, pero que después en su vida cotidiana descuidan la familia, hablan mal de los otros, etc. Esto es lo que Jesús condena, porque esto es un anti-testimonio cristiano.

Siguiendo en su exhortación, Jesús focaliza la atención en otro aspecto más profundo y afirma: “Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo vuelve impuro es aquello que sale del hombre”.

De esta manera subraya el primado de la interioridad del 'corazón': no son las cosas exteriores que nos hacen santos o no santos, sino el corazón que expresa nuestas intenciones, nuestros deseos y el deseo de hacer todo por amor de Dios.

Las actitudes exteriores son la consecuencia de lo que hemos decidido en el corazón, y no lo contrario. Con actitudes exteriores, si el corazón no cambia, no somos verdaderos cristianos. La frontera entre el bien y el mal no pasa afuera de nosotros, sino más bien dentro de nosotros, de nuestra conciencia.

Podemos preguntarnos: ¿dónde está mi corazón? Jesús decía: tu tesoro está donde está tú corazón. ¿Cuál es mi tesoro? ¿Es Jesús y su doctrina? ¿El corazón es bueno o el tesoro es otra cosa? Por lo tanto es el corazón el que tiene que ser purificado y convertirse. Sin un corazón purificado, no se puede tener nunca las manos verdaderamente limpias y los labios que pronuncien palabras sinceras de amor, de misericordia y de perdón.

Pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen Santa, de darnos un corazón puro, libre de toda hipocresía, este es el adjetivo que Jesús dice a los fariseos: 'hipócritas', porque dicen una cosa y hacen otra. Libres de toda hipocresía para que así seamos capaces de vivir según el espíritu de la ley y alcanzar su fin, que es el amor».

El Papa rezá el ángelus y a continuación dice:

«Ayer en Harisa, en el Líbano, fue proclamado beato el obispo siro-católico Flaviano Miguel Melki, mártir. En el contexto de una tremenda presecución contra los cristianos, él fue defensor incansable de los derechos de su pueblo, exhortando a todos a que permanecieran firmes en la fe.

También hoy, queridos hermanos y hermanas, en Oriente Medio y en otras partes del mundo los cristianos son perseguidos. La beatificación de este obispo mártir infunda en ellos consolación, coraje y esperanza. Hay más mártires de los que hubieron en los primeros siglos.

Pero sea también un estímulo a los legisladores y gobernantes para que sea asegurada en todas partes la libertad religiosa; y a la comunidad internacional le pido que haga algo para que se ponga fin a las violencias y abusos.

Lamentablemente también en los días pasados, numerosos inmigrantes han perdido la vida en sus terribles viajes. Para todos estos hermanos y hermanas, rezo e invito a rezar. En particular me uno al cardenal Schönborn --que hoy está aquí presente-- y a toda la Iglesia en Austria, en la oración por las 71 víctimas entre las cuales 4 niños, encontradas en un camión en el autopista Budapest-Viena. Encomendamos cada una de ellas a la misericordia de Dios, y a Él le pedimos de ayudarnos a cooperar con eficacia para impedir estos crímenes que ofenden a toda la familia humana. Recemos en silencio por estos inmigrantes que sufren y por aquellos que han perdido la vida

(Instantes de silencio).

Saludo a los peregrinos que provienen de Italia y desde tantas partes del mundo, en particular a los scouts de Lisboa, ¿Donde están? (se escuchan aplausos y gritos) y los fieles de Zara (Croacia). Saludo a los fieles de Verona y Bagnolo de Norgarole; a los jóvenes de la diócesis de Vicenza, a los de Rovato y a los de la parroquia de San Galdino en Milán; y a los niños de Salzano y de Arconate.

A todos les deseo un buen domingo. Y por favor no se olviden de rezar por mi». Y concluyó con su «¡Buon pranzo e arrivederci!».

(Traducido por ZENIT desde el audio)


Publicado por verdenaranja @ 19:02  | Habla el Papa
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Domingo, 30 de agosto de 2015

¿Quién será grato?. Por Mons. Enrique Díaz Díaz. San Cristóbal de las Casas,27 de agosto de 2015 (ZENIT.org)

XXII Domingo Ordinario 

 

Deuteronomio 4, 1-2. 6-8: “No añadirán nada a lo que les mando… Cumplan los mandamientos del Señor”.
Salmo 14: “¿Quién será grato a tus ojos, Señor?”.
Santiago 1, 17-18. 21-22. 27: “Pongan en práctica la palabra”.
San Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23: “Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a las tradiciones de los hombres”

Salió a correr y lo que más llamó la atención fueron sus calcetas. La polémica inició cuando se observó al mandatario utilizar calcetas con un distintivo gris en el empeine, que se confundía con el talón. Las redes sociales crearon memes que se mofaban de que al parecer el Presidente había utilizado las calcetas al revés. Y entonces al Presidente se le ocurrió dar una explicación, aclarando el “#calcetagate”. Y todo fue peor. ¿Qué importan unos calcetines mal usados cuando el país está de cabeza? ¿Por qué no se tiene la misma sensibilidad y prontitud para explicar la corrupción, los desaparecidos, la depreciación del peso, el hambre y la violencia en que se hunde nuestra patria? ¿Por qué siguen libres los defraudadores, por qué tanta miseria…? Y mil preguntas más que nunca han recibido una respuesta satisfactoria y veraz. Importa más un trapo que la dignidad y la vida de las personas.

Hemos cerrado un ciclo de varios domingos compartiendo y disfrutando el Pan sabroso, multiplicado y compartido, que nos da vida y nos sostiene, tal y como nos lo presentaba el Evangelio de San Juan. Hoy retornamos al Evangelio de Marcos para seguir profundizando en el conocimiento y descubrir en profundidad qué significa ser discípulo de Jesús. Descendemos de lo sublime de un banquete celestial a lo cotidiano de la mesa con Jesús y sus discípulos. Y nos topamos de repente con una acalorada discusión sobre las minucias y exterioridades que pretenden imponer los fariseos, frente a la exigencia de interioridad y justicia que exige Jesús. Algo muy parecido a la discusión de las calcetas y la dignidad de una nación con todos sus habitantes. La pregunta de los fariseos no se refiere a la higiene sino a la pureza: “¿Por qué tus discípulos comen con manos impuras y no siguen la tradición de nuestros mayores?”. La respuesta de Jesús no se refiere a prescripciones de urbanidad sino a descubrir el corazón: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. ¿Cómo puede lavar el agua y los perfumes la podredumbre del corazón? Por más perfumes y enjuagues, por más adornos y distractores que pongamos, si el corazón está podrido, apestará y contaminará.

¿Quién será grato a tus ojos, Señor?”, es el estribillo que repetimos en el salmo, pero es también la inquietud que el verdadero discípulo se hace frente al amor bondadoso de Dios. Y cada vez que repetimos el verso, se clava más honda y cuestionante la pregunta porque se va alternando con respuestas que no corresponden a las supuestas prioridades que el mundo nos propone. “El que procede honradamente y obra con justicia”, canta el salmista, mientras los canciones del mundo alaban al que es más listo y puede comprar la justicia, al que sabe disfrazar sus maldades, al que se aprovecha de las debilidades de su hermano. “El que es sincero en sus palabras y con su lengua a nadie desprestigia”, propone el salmo, pero encontramos un ambiente de mentira y corrupción, donde decir la verdad es como firmar la sentencia de muerte; donde se difama y se destruye como táctica política; donde el rostro de las personas se cambia y camuflajea de acuerdo a las corrientes. “Quien no hace mal al prójimo”, continua alabando nuestro cantor para enfrentarse a la absurda violencia que arrebata vidas inocentes, que arrastra multitudes, que destruye poblaciones y que se instala en medio de los pueblos.

Quien no ve con aprecio a los malvados”, continúa en sus sugerencias, mientras contemplamos los personajes de moda apreciados y respetados no por sus virtudes y valores, sino por su desfachatez, su inmoralidad y su mentira. “Quien presta sin usura y quien no acepta soborno en perjuicio de inocentes”, nos exige el salmo. En cambio nuestro mundo se rige por estructuras económicas que recargan los impuestos sobre los que menos tienen, que inclinan la balanza de la in-justicia hacia el poderoso, que sobornan, chantajean y someten al más débil e indefenso. Pero el pensamiento del Señor no es el pensamiento del mundo y esos que aparecen como poderosos y atractivos no son los agradables al Señor.

Todas las propuestas del salmista coinciden con la exigencia del Maestro: “Honrar a Dios con el corazón”. Los fariseos y escribas se han desviado y confundido: se han conformado con lavar el exterior y no miran la justicia, la verdad y el amor. A nosotros nos pasa igual: es más fácil aparentar, que descubrir lo que sale del corazón. Es más fácil maquillar el rostro que convertirnos desde nuestro interior. Tenemos bellas tradiciones, nos acomodamos a las costumbres, pero nuestro corazón se queda vacío. Dejamos a un lado el mandamiento de Dios para aferrarnos a las tradiciones de los hombres. El apóstol Santiago recordaba en su carta: “Pongan en práctica la Palabra y no se limiten a escucharla, engañándose a ustedes mismos”. Si solamente miramos el exterior no dejaremos crecer esa Palabra sembrada en nosotros.

Hoy Cristo nos exige conversión. Esta conversión nos llevará a acciones concretas en cada momento de nuestra vida. Ser discípulo de Jesús implica vivir de acuerdo a sus criterios en todos los ámbitos de nuestra existencia porque en todos lados ponemos el corazón. La fe no es un saco que se pone y se quita al entrar en la Iglesia, sino es una vivencia personal que nos exige actuar en forma coherente en todos los rincones de nuestro mundo. Es falsa ilusión decir que estamos buscando una sociedad más justa y humana, si ninguno de nosotros estamos dispuestos a reconvertir y a cambiar el corazón, y seguimos aferrados a nuestras tradiciones y privilegios. ¿Influye el evangelio en cada momento de nuestra vida? ¿Es solamente un accesorio o brota desde nuestro interior? ¿Qué tendremos que cambiar?

Padre misericordioso, inflámanos con tu amor y acércanos más a ti, a fin de que podamos ser coherentes con nuestro compromiso cristiano en cada momento de nuestra vida. Amén.


Publicado por verdenaranja @ 21:38  | Espiritualidad
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S?bado, 29 de agosto de 2015

Reflexiones del obispo de San Cristóbal de Las Casas. San Cristóbal de las Casas,26 de agosto de 2015 (ZENIT.org)

Vacaciones ecológicas

Por Mons. Felipe Arizmendi Esquivel

 

VER

Estoy disfrutando unos días de vacaciones en mi pueblo natal, Chiltepec, que no rebasa los mil habitantes, a una hora al sur de Toluca, con un clima agradable de dos mil doscientos metros de altura, con una vegetación sobresaliente de pinos. Es una comunidad campesina, donde se produce maíz y frijol, habas y chícharos, duraznos, peras y aguacates. Ahora hay muchos invernaderos para producir flores de primera calidad, jitomate y otras variedades alimenticias. Lo que les está dejando buenos ingresos es la producción de chile manzano, que exportan a los Estados Unidos. Se han creado fuentes de trabajo, con lo que ha disminuido la emigración. Hemos insistido en que usen abonos orgánicos, lo más posible, pero aún no se ha logrado satisfactoriamente.

Por las mañanas, acostumbro retirarme solo a la montaña, donde camino, leo, medito, dormito y, sobre todo, contemplo los árboles, las pequeñas plantas, las diminutas florecillas, las abejas y los pajarillos; experimento el aire fresco y puro; observo el ir y venir de las nubes, advierto la llegada de la lluvia, miro los sembradíos de mis paisanos y recuerdo mis años de infancia. No llevo aparatos de música. Al disfrutar este ambiente campirano, sale espontánea la oración de alabanza y de adoración al Creador, pues sólo su amor es capaz de crear esta vida tan exultante. Estos períodos de soledad en la montaña me descansan profundamente. Hace muchos años, aprovechaba mis vacaciones para viajar y conocer otros lugares, junto con mi familia; ahora descanso en mi pueblo.

Dedico parte de mi tiempo a visitar enfermos, escuchar a personas con problemas, confesar, platicar más con mis parientes y con vecinos del pueblo, y también atender las celebraciones familiares y de la comunidad, de común acuerdo con el párroco. Estar cerca del pueblo, sobre todo de quienes sufren material o espiritualmente, le da otra dimensión a mi descanso.

 

PENSAR

El Papa Francisco, en su Encíclica Laudato Si, sobre el cuidado de la casa común, la madre y hermana tierra, dice: “El Señor podía invitar a otros a estar atentos a la belleza que hay en el mundo porque él mismo estaba en contacto permanente con la naturaleza y le prestaba una atención llena de cariño y asombro. Cuando recorría cada rincón de su tierra se detenía a contemplar la hermosura sembrada por su Padre, e invitaba a sus discípulos a reconocer en las cosas un mensaje divino” (LS 97).

“Prestar atención a la belleza y amarla nos ayuda a salir del pragmatismo utilitarista. Cuando alguien no aprende a detenerse para percibir y valorar lo bello, no es extraño que todo se convierta para él en objeto de uso y abuso inescrupuloso” (LS 215). “La paz interior de las personas tiene mucho que ver con el cuidado de la ecología y con el bien común, porque, auténticamente vivida, se refleja en un estilo de vida equilibrado unido a una capacidad de admiración que lleva a la profundidad de la vida. La naturaleza está llena de palabras de amor, pero ¿cómo podremos escucharlas en medio del ruido constante, de la distracción permanente y ansiosa, o del culto a la apariencia? Muchas personas experimentan un profundo desequilibrio que las mueve a hacer las cosas a toda velocidad para sentirse ocupadas, en una prisa constante que a su vez las lleva a atropellar todo lo que tienen a su alrededor. Esto tiene un impacto en el modo como se trata al ambiente. Una ecología integral implica dedicar algo de tiempo para recuperar la serena armonía con la creación, para reflexionar acerca de nuestro estilo de vida y nuestros ideales, para contemplar al Creador, que vive entre nosotros y en lo que nos rodea” (LS 225). “Una ecología integral también está hecha de simples gestos cotidianos: una palabra amable, una sonrisa, cualquier pequeño gesto que siembre paz y amistad” (LS 230).

 

ACTUAR

Aprendamos a descansar. Cada quien lo hace a su manera y según sus posibilidades. Pero buscar tiempos para disfrutar el campo, la naturaleza, la obra de la creación, sin olvidar a los prójimos y sobre todo a la familia, nos recarga de vitalidad y energía. Evitemos tanto ruido y valoremos el silencio contemplativo.


Publicado por verdenaranja @ 23:33  | Hablan los obispos
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Texto completo de la catequesis del Papa del 26 de agosto. Ciudad del Vaticano,26 de agosto de 2015 (ZENIT.org)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Después de haber reflexionado sobre cómo la familia vive los tiempos de la fiesta y del trabajo, consideramos ahora el tiempo de la oración. La queja más frecuente de los cristianos tiene que ver precisamente con el tiempo: “Debería rezar más…; quisiera hacerlo, pero a menudo me falta tiempo”. Escuchamos esto continuamente. El disgusto es sincero, ciertamente, porque el corazón humano busca siempre la oración, incluso sin saberlo; y no tiene paz si no la encuentra. Pero para que se encuentre, es necesario cultivar en el corazón un amor “cálido” por Dios, un amor afectivo.

Podemos hacernos una pregunta muy simple. Está bien creer en Dios con todo el corazón, está bien esperar que nos ayude en las dificultades, está bien sentir el deber de agradecerle. Todo bien. Pero, ¿lo queremos algo también al Señor? ¿El pensamiento de Dios nos conmueve, nos asombra, nos enternece?

Pensemos a la formulación del gran mandamiento, que sostiene a todos los demás: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu”. La fórmula usa el lenguaje intenso del amor, derramándolo sobre Dios. Entonces, el espíritu de oración vive principalmente aquí. Y si vive aquí, vive todo el tiempo y no se va nunca. ¿Podemos pensar en Dios como la caricia que nos mantiene con vida, antes de la cual no hay nada? ¿Una caricia de la cual nada, ni siguiera la muerte, nos puede separar? ¿O lo pensamos solo como el gran Ser, el Todopoderoso que ha creado todas las cosas, el Juez que controla cada acción? Todo es verdad, naturalmente.

Pero solo cuando Dios es el afecto de todos nuestros afectos, el significado de estas palabras se hace pleno. Entonces nos sentimos felices, y también un poco confundidos, porque Él piensa en nosotros ¡y sobretodo nos ama! ¿No es impresionante esto? ¿No es impresionante que Dios nos acaricie con amor de padre? Es muy hermoso, muy hermoso. Podía simplemente darse a conocer como el Ser supremo, dar sus mandamientos y esperar los resultados. En cambio Dios ha hecho y hace infinitamente más que eso. Nos acompaña en el camino de la vida, nos protege, nos ama.

Si el afecto por Dios no enciende el fuego, el espíritu de la oración no calienta el tiempo. Podemos también multiplicar nuestras palabras, “como hacen los paganos”, decía Jesús; o también mostrar nuestros ritos, “como hacen los fariseos”. Un corazón habitado por el amor a Dios convierte en oración incluso un pensamiento sin palabras, o una invocación delante de una imagen sagrada, o un beso enviado hacia la iglesia.  

Es hermoso cuando las madres enseñan a los hijos pequeños a mandar un beso a Jesús o a la Virgen. ¡Cuánta ternura hay en eso! En aquel momento el corazón de los niños se transforma en lugar de oración. Y es un don del Espíritu Santo. ¡No olvidemos nunca pedir este don para cada uno de nosotros! El Espíritu de Dios tiene su modo especial de decir en nuestros corazones “Abbà”, “Padre”, nos enseña a decir padre precisamente como lo decía Jesús, un modo que no podremos nunca encontrar solos. Este don del Espíritu es en familia donde se aprende a pedirlo y a apreciarlo. Si lo aprendes con la misma espontaneidad con la que aprendes a decir “papá” y “mamá”, lo has aprendido para siempre. Cuando esto sucede, el tiempo de la entera vida familiar viene envuelto en el vientre del amor de Dios, y busca espontáneamente el tiempo de la oración.

El tiempo de la familia, lo sabemos bien, es un tiempo complicado y concurrido, ocupado y preocupado. Siempre es poco, no basta nunca. Siempre hay tantas cosas que hacer. Quien tiene una familia aprende pronto a resolver una ecuación que ni siquiera los grandes matemáticos saben resolver: ¡dentro de las veinticuatro horas consigue que haya el doble! Es así ¿eh? ¡Existen mamás y papás que podrían ganar el Nobel por esto! ¿eh? ¡De 24 horas hacen 48! No sé cómo lo hacen, pero se mueven y hacen. Hay tanto trabajo en la familia.

El espíritu de la oración restituye el tiempo a Dios, sale de la obsesión de una vida a la que le falta siempre el tiempo, reencuentra la paz de las cosas necesarias y descubre la alegría de los dones inesperados. Unas buenas guías para esto son las dos hermanas Marta y María, de quienes habla el Evangelio que hemos escuchado; ellas aprendieron de Dios la armonía de los ritmos familiares: la belleza de la fiesta, la serenidad del trabajo, el espíritu de oración. La visita de Jesús, a quien querían mucho, era su fiesta. Un día, sin embargo, Marta aprendió que el trabajo de la hospitalidad, si bien es importante, no lo es todo, sino que escuchar al Señor, como hacía María, era la cosa verdaderamente esencial, la “parte mejor” del tiempo.

Que la oración brote de la escucha de Jesús, de la lectura del Evangelio, no olviden... cada día leer un pasaje del Evangelio. La oración brote de la confianza con la Palabra de Dios. ¿Hay esta confianza en nuestra familia? ¿Tenemos en casa el Evangelio? ¿Lo abrimos alguna vez para leerlo juntos? ¿Lo meditamos rezando el Rosario? El Evangelio leído y meditado en familia es como un pan bueno que nutre el corazón de todos. Y por la mañana y por la noche, y cuando nos sentamos en la mesa, aprendamos a decir juntos una oración, con mucha sencillez: es Jesús el que viene entre nosotros, como iba en la familia de Marta, María y Lázaro.

Una cosa que tengo en el corazón, que he visto en las ciudades... ¡Hay niños que no han aprendido a hacer la señal de la cruz! Tú, mamá, papá, enseña a tu niño a rezar, a hacer la señal de la cruz. Esta es una tarea hermosa de las mamás y de los papás.

En la oración de la familia, en sus momentos fuertes y en sus pasos difíciles, somos confiados los unos a los otros, para que cada uno de nosotros en la familia sea custodiado por el amor de Dios. Gracias.

(Texto traducido y transcrito del audio por ZENIT)


Publicado por verdenaranja @ 23:26  | Habla el Papa
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Viernes, 28 de agosto de 2015

Reflexión a las lecturas del domingo veintidos del Tiempo Ordinario b ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Pilero bajo el epígrafe  "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR

 Domingo 22º del T. Ordinario B

 

De nuevo volvemos a S. Marcos. Lo habíamos dejado durante cinco domingos, para acercarnos a escuchar y a reflexionar el Discurso del Pan de Vida.

El texto de hoy trata de resolver y, realmente lo hace, el tema que llamamos nosotros de “la pureza o impureza legal”, con el que nos encontramos a cada paso en la S. Escritura.

Uno de los objetivos del creyente de cualquier religión es, precisamente, agradar a Dios, ser puro e irreprochable en su presencia, servirle con un corazón limpio… Pero éste no era el sentido que tenía para los fariseos y escribas. Para ellos todo se reducía a una pureza externa, ritual, legal.

Estos se acercan a Jesucristo para hacerle una pregunta muy concreta: “¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras (es decir, sin el lavado ritual de manos) y no siguen la tradición de los mayores?”.

Jesús les responde citando a Isaías que había profetizado sobre ellos, diciéndoles que no practican la verdadera religión de Moisés, porque honran a Dios sólo con los labios, mientras  su corazón está lejos de Él…  Porque el culto que le dan está vacío pues han dejado la Ley Santa de Dios (1ª lect.) y la han cambiado por preceptos humanos. Y concluye: “Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”

¡Qué importante es esta reflexión para tantas ocasiones en que, en la existencia cristiana, se le da más importancia a esta o aquella tradición o costumbre que a los auténticos valores del Evangelio!

Y el evangelista, que quiere resolver de una vez el problema, alude a otra ocasión en la que Jesús trata el mismo tema, y dice: “Nada  que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina”. “¡Con esto declaraba puros todos los alimentos!”

Y añade: “Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”.

¡El corazón, por tanto, es la clave!

Jesucristo ha venido al mundo, precisamente, para arrancar al hombre de toda impureza y de todo pecado y para llevarle al culto verdadero del Dios vivo (Hb 9,14),  a la práctica de la verdadera religión que radica en el interior del hombre.

¡Él es el modelo, el prototipo y el camino de todo hombre que quiera vivir así!

La primera lectura nos habla de los preceptos que Dios dio a Moisés, que constituyen el camino para practicar la verdadera religión y el culto verdadero y para conseguir la pureza interior auténtica. El salmo responsorial es un diálogo precioso entre el salmista y la asamblea eucarística que va preguntando: “¿Señor quién puede hospedarse en tu tienda?” Y el salmista va respondiendo: “El que procede honradamente y practica la justicia…” etc.

Santiago, en la segunda lectura, nos advierte: “La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo”.

La súplica de este domingo podría ser: “Oh Dios crea en mí un corazón puro”. 

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 19:16  | Espiritualidad
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DOMINGO 22º DEL TIEMPO ORDINARIO B 

 MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

         A punto de entrar en la tierra prometida, Moisés recuerda al pueblo la alianza que ha hecho con el Señor, hablándole de los mandamientos que debe cumplir. 

 

SEGUNDA LECTURA

         Comenzamos hoy a leer la Carta de Santiago. La actitud religiosa auténtica –nos dirá- lleva consigo el cumplimiento de la Palabra de Dios, no limitándonos a escucharla; sino llevándola a la práctica en la solidaridad y la ayuda efectiva  a los más necesitados. 

 

TERCERA LECTURA

Volvemos de nuevo al Evangelio de S. Marcos, después de haber escuchado, durante cinco domingos, el capítulo sexto de S. Juan.

Jesús nos enseña hoy en qué consiste la verdadera práctica de la religión.

Y antes de escuchar el Evangelio, cantemos de pie el aleluya. 

 

COMUNIÓN

         En la Comunión recibimos la luz y la fuerza que necesitamos para  seguir cada vez mejor a Jesucristo, maestro y modelo en el  cumplimiento de los mandatos del Señor. Que Él nos  dé un corazón limpio del que nunca salga el mal, sino siempre el bien.


Publicado por verdenaranja @ 19:12  | Liturgia
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DOMINGO 22º DEL TIEMPO ORDINARIO B 

 MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

         A punto de entrar en la tierra prometida, Moisés recuerda al pueblo la alianza que ha hecho con el Señor, hablándole de los mandamientos que debe cumplir. 

 

SEGUNDA LECTURA

         Comenzamos hoy a leer la Carta de Santiago. La actitud religiosa auténtica –nos dirá- lleva consigo el cumplimiento de la Palabra de Dios, no limitándonos a escucharla; sino llevándola a la práctica en la solidaridad y la ayuda efectiva  a los más necesitados. 

 

TERCERA LECTURA

Volvemos de nuevo al Evangelio de S. Marcos, después de haber escuchado, durante cinco domingos, el capítulo sexto de S. Juan.

Jesús nos enseña hoy en qué consiste la verdadera práctica de la religión.

Y antes de escuchar el Evangelio, cantemos de pie el aleluya. 

 

COMUNIÓN

         En la Comunión recibimos la luz y la fuerza que necesitamos para  seguir cada vez mejor a Jesucristo, maestro y modelo en el  cumplimiento de los mandatos del Señor. Que Él nos  dé un corazón limpio del que nunca salga el mal, sino siempre el bien.


Publicado por verdenaranja @ 19:11  | Liturgia
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Jueves, 27 de agosto de 2015

Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo veintiuno del Tiempo Ordinario B.

NO AFERRARNOS A TRADICIONES HUMANAS

No sabemos cuándo ni dónde ocurrió el enfrentamiento. Al evangelista solo le interesa evocar la atmósfera en la que se mueve Jesús, rodeado de maestros de la ley, observantes escrupulosos de las tradiciones, que se resisten ciegamente a la novedad que el Profeta del amor quiere introducir en sus vidas.

Los fariseos observan indignados que sus discípulos comen con manos impuras. No lo pueden tolerar: «¿Por qué tus discípulos no siguen las tradiciones de los mayores?». Aunque hablan de los discípulos, el ataque va dirigido a Jesús. Tienen razón. Es Jesús el que está rompiendo esa obediencia ciega a las tradiciones al crear en torno suyo un «espacio de libertad» donde lo decisivo es el amor.

Aquel grupo de maestros religiosos no ha entendido nada del reino de Dios que Jesús les está anunciando. En su corazón no reina Dios. Sigue reinando la ley, las normas, los usos y las costumbres marcadas por las tradiciones. Para ellos lo importante es observar lo establecido por «los mayores». No piensan en el bien de las personas. No les preocupa «buscar el reino de Dios y su justicia».

El error es grave. Por eso, Jesús les responde con palabras duras: «Vosotros dejáis de lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».

Los doctores hablan con veneración de «tradición de los mayores» y le atribuyen autoridad divina. Pero Jesús la califica de «tradición humana». No hay que confundir jamás la voluntad de Dios con lo que es fruto de los hombres.

Sería también hoy un grave error que la Iglesia quedara prisionera de tradiciones humanas de nuestros antepasados, cuando todo nos está llamando a una conversión profunda a Jesucristo, nuestro único Maestro y Señor. Lo que nos ha de preocupar no es conservar intacto el pasado, sino hacer posible el nacimiento de una Iglesia y de unas comunidades cristianas capaces de reproducir con fidelidad el Evangelio y de actualizar el proyecto del reino de Dios en la sociedad contemporánea.

Nuestra responsabilidad primera no es repetir el pasado, sino hacer posible en nuestros días la acogida de Jesucristo, sin ocultarlo ni oscurecerlo con tradiciones humanas, por muy venerables que nos puedan parecer.

José Antonio Pagola

22 Tiempo Ordinario – B
(Marcos 7,1-8.14-15.21-23)
Evangelio del 30/08/2015


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Comentario a la liturgia dominical por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiae de são Paulo (Brasil). Brasil,25 de agosto de 2015 (ZENIT.org)

Domingo 22 del Tiempo Ordinario - Ciclo B 

Textos: Deut 4, 1-2, 6-8; Sant 1, 17-18. 21-27; Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23

Idea principal: ¿En qué consiste la verdadera religión?

Síntesis del mensaje: Nuestra religión no está hecha de exterioridades, como creían algunos fariseos a quienes Cristo trata con tanta dureza en el evangelio, a punto de querer agradar a Dios y ganarse la salvación. Esas “cosas” en un principio fueron adornos de la religión, luego contrincantes de la religión y finalmente suplantaron a la religión. 

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, la verdadera religión no es de labios para afuera. “Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí” (Is 29, 13). La verdadera religión la hemos sustituido muchas veces por ritos, costumbres, piedades, tradiciones. Oír misa, bautizar a la criatura, hacer la primera comunión, casarse por la Iglesia, arrodillarse en el confesonario, enterrar a un muerto cristianamente, peregrinaciones y procesiones, etc. no son la religión. Esas son cosas de la religión, pero no la religión. Prueba de ello es que no siempre existieron esas “cosas” pero siempre existió la religión. Otras veces fueron otras costumbres, ritos, tradiciones…pero la religión fue la misma. Cristo no está despreciando las normas de vida de los judíos: Él dijo que no había venido a abolir la ley, sino a darle plenitud y llevarla a la perfección. Jesús interiorizó esa ley, para que no nos conformemos con la apariencia exterior. Jesús condena el legalismo formalista, sin alma, sin sensibilidad, sin caridad, que esclaviza más que libera.

En segundo lugar, la verdadera religión es la fe en Jesús vivo, muerto, resucitado, glorificado, Hijo de Dios. Fe es la actitud trascendental del corazón del hombre, para quien Jesús lo es todo, como su escala de valores y de principios, sus esperanzas eternas, sus destinos…La actitud transcendental es la obediencia a Dios, el seguimiento de los dictámenes de la conciencia recta y el servicio desinteresado a los hombres (2ª lectura). La fe, pues, es la actitud transcendental del corazón como estilo de vida; sin esa fe no hay ni misa ni sacramentos ni teología ni moral…que valgan, pero con esa fe en Dios misa y sacramentos y piedades…hacen la religión florida y hermosa. O sea, creyentes, más que practicantes, quiere Dios. Y si practicantes, es porque le dan vida y espíritu a la letra, que de por sí sólo mataría. Es decir, que a misa, sacramentos y piedades se les echa alma, espíritu, corazón y vida o aquí ni hombre ni religión ni nada.

Finalmente, concretemos lo dicho. Por ejemplo, algunas primeras comuniones son ya suntuosas como una boda, y eso es un escándalo económico, social y religioso. ¿Esa es la religión verdadera? Algunas bodas son ya un rito tan secularizado como una fiesta social, donde valen más las fotos, el video y la parafernalia musical… y eso es una degradación, la humillación y el desprestigio del sacramento. ¿Religión verdadera? Y así las confesiones mecánicas, las comuniones mercantiles: “voy a ofrecer esta comunión para conseguir esta o aquella gracia para…”. ¿Qué decir de procesiones o peregrinaciones que parecen más una feria donde se vende todo, que un gesto exterior de algo profundo del corazón? ¿Religión verdadera? Ahora entendemos por qué Jesús fue tan duro con estos fariseos ritualistas que cifraban la religión en prácticas exteriores y no en la fe en Dios. Por eso Jesús, entre el hombre y el sábado, se quedaba con el hombre, para quien ahí está el sábado; no al revés. Por eso, Jesús echó una mano al hombre religioso y le asentó la mano al hombre ritualista (cf. Mc 2, 27). El año, mes y día, en que Jesús dijo –evangelio de hoy- que las cosas externas no hacen malo al hombre sino las internas oriundas del corazón son las que le hacen bueno, malo, regular, santo, etc.., en ese momento pronunció Jesús “una de las mayores frases en toda la historia de las religiones” (Montefiore). Frase que va al corazón del hombre –en sentido bíblico de la expresión-, es decir, a la inteligencia, la voluntad y el sentimiento del hombre…Esa es la verdadera religión, que vino a enseñarnos Jesús, el Hijo de Dios.

Para reflexionar: ¿Soy hombre religioso o sólo ritualista? ¿Ritualista o espiritualista? ¿Creyente o sólo cumplidor? ¿Vivo en esa actitud transcendental, en obediencia a Dios, en el seguimiento de la conciencia recta y en el servicio desinteresado a los hombres (2ª lectura)? Huyamos del fariseísmo y del ritualismo sin fe y sin alma (evangelio), para ser gratos a Dios (salmo). Fueron los “practicantes” los que llevaron a la cruz a Cristo y lo mandaron crucificar. ¿Dónde estaba la fe de esos “piadosos practicantes”?

Para rezar: Hazme entender que tú me conoces enteramente, pues eres mi Creador, y sabes de todas mis cosas. Y eres tú, mi Señor, quien me transformas, quien me instruyes, quien me modelas, quien me perfeccionas, quien haces de mí tu hijo, quien me ama y quien me salva. Finalmente, Señor, haz que me deje caer confiado y esperanzado en tus manos y, como un niño en brazos de su padre, me duerma en tu regazo.

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: arivero@legionaries.org


Publicado por verdenaranja @ 16:34  | Espiritualidad
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Mi?rcoles, 26 de agosto de 2015
Reflexión de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el programa "Claves para un Mundo Mejor" (22 de agosto de 2015)
Todo se faranduliza y así nos va

Mis amigos: ustedes notaron con qué frecuencia se habla actualmente de la farándula. El otro día pensaba “esto de la farándula” qué querrá decir, porque por farándula entendemos los chimentos del ambiente artístico y las frivolidades correspondientes.

Por eso se me ocurrió buscar en el Diccionario de la Real Academia Española; fíjense ustedes lo que dice este mataburros fundamental. En su primera acepción dice: “profesión de los farsantes o comediantes y, en general, el ambiente relacionado con ellos” . Por farsante ahora solemos entender “embustero”, “macaneador”, pero en el sentido clásico era una especie de comediante, por eso la agrega como si fueran sinónimos. La segunda acepción dice: “Una de las compañías que antiguamente formaban los cómicos y que andaban representando por los pueblos”. Y la tercera acepción es el sentido figurado de la palabra farándula, que señala: “charla engañosa”. Es el montaje del engaño.

Pues bien, hoy el mundo está farandulizado. La política está farandulizada y parece que para tener más votos hay que ir a farandulizarse en un programa de alto rating o hacer conocer detalles de la vida íntima y todo el mundo se ceba en eso y entonces el personaje y el nombre son bien conocidos. Esto ocurre en otros ámbitos, no sólo en lo político. Hay una tendencia a farandulizarlo todo, a convertirlo todo en apariencia, en “charla engañosa”, en embuste más o menos divertido.

Noten ustedes que también nos farandulizan a nosotros, a los curas y a las monjas. Saben seguramente que existe una telenovela con su versión teatral que se llama “Esperanza mía” . Es la farandulización del sacerdocio y de la vida religiosa, son los amoríos de un curita con una pseudo monjita. Y lo digo en diminutivo porque es todo una cosa infantiloide, una cosa de adolescentes, pero eso ha llevado a que ahora el disfraz más vendido para nenas, de 3 a 13 años, sea el disfraz de monjita.

Hay una tendencia a la farandulización universal. No queda nada más que sea serio. Ya nada es intocable. Esta es la triste suerte de la Argentina. ¿Ocurrirá en otros países del mundo? No sé, seguramente sí o habrá otros más “amargados” que nosotros. Nosotros somos muy divertidos y así nos va. No queda nada serio, todo es charla engañosa, y somos todos comediantes. De una tragicomedia.

¿Qué nos quiere decir esto? Quiere decir que tenemos que hacer lo que podamos para que esto no siga así. No es posible. No se puede farandulizar todo. Hay cosas que van en serio. Quizá exagerando un poco podríamos decir que en el nuevo Código Civil se faranduliza el matrimonio y la familia.

En efecto: ¿qué queda del matrimonio? Una especie de rejunte provisorio, del que ha desaparecido la profunda seriedad propia de un estado de vida que es el fundamento de la sociedad. Así tantas otras cosas en nuestra complicada actualidad. No, así no va. Lo contrario de farandulizar es la seria búsqueda de la verdad, es el reconocimiento de las cosas tal como deben ser según su propia naturaleza, en su auténtica realidad. No nos dejemos engañar por las apariencias, aunque tenga rating y parezcan la llave de la felicidad.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata

Publicado por verdenaranja @ 19:15  | Hablan los obispos
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Martes, 25 de agosto de 2015

Como cada domingo, el papa Francisco rezó el Ángelus desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico, ante una multitud que le atendía en la Plaza de San Pedro. Ciudad del Vaticano,23 de agosto de 2015 (ZENIT.org)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Concluye hoy la lectura del capítulo sexto del Evangelio de Juan, con el discurso sobre el Pan de la vida, pronunciado por Jesús, al día siguiente del milagro de la multiplicación de los panes y peces.

Al final de este discurso, el gran entusiasmo del día anterior se apagó, porque Jesús había dicho que era el Pan bajado del cielo y que daba su carne como alimento y su sangre como bebida, aludiendo así claramente al sacrificio de su misma vida. Estas palabras suscitaron desilusión en la gente, que las juzgó indignas del Mesías, no ‘ganadoras’.

Así, algunos miraban a Jesús como a un mesías que debía hablar y actuar de modo que su misión tuviera éxito, ¡enseguida!

¡Pero, precisamente sobre esto se equivocaban: sobre el modo de entender la misión del Mesías!

Ni siquiera los discípulos logran aceptar ese lenguaje, lenguaje inquietante del Maestro. Y el pasaje de hoy cuenta su malestar: “¡Es duro este lenguaje! --decían-- ¿Quién puede escucharlo?”.

En realidad, ellos entendieron bien las palabras de Jesús. Tan bien que no quieren escucharlo, porque es un discurso que pone en crisis su mentalidad. Siempre las palabras de Jesús nos ponen en crisis; en crisis, por ejemplo, ante el espíritu del mundo, a la mundanidad. Pero Jesús ofrece la clave para superar la dificultad; una clave hecha con tres elementos. Primero, su origen divino: Él ha bajado del cielo y subirá allí donde estaba antes.

Segundo, sus palabras se pueden comprender solo a través de la acción del Espíritu Santo, Aquel que “da la vida”. Y es precisamente el Espíritu Santo el que nos hace comprender bien a Jesús.

Tercero: la verdadera causa de la incomprensión de sus palabras es la falta de fe: “hay entre ustedes algunos que no creen”, dice Jesús. En efecto, desde ese momento, dice el Evangelio, “muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo”. Ante estas defecciones, Jesús no hace descuentos y no atenúa sus palabras, aún más obliga a realizar una opción precisa: o estar con Él o separarse de Él, y dice a los Doce: “¿También ustedes quieren irse?”.

En ese momento, Pedro hace su confesión de fe en nombre de los otros Apóstoles: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna”. No dice: “¿dónde iremos?”, sino “¿a quién iremos?”. El problema de fondo no es ir y abandonar la obra emprendida, sino a quién ir. De esa pregunta de Pedro, nosotros comprendemos que la fidelidad a Dios es cuestión de fidelidad a una persona, con la cual nos unimos para caminar juntos por el mismo camino. Y esta persona es Jesús. Todo lo que tenemos en el mundo no sacia nuestra hambre de infinito. ¡Tenemos necesidad de Jesús, de estar con Él, de alimentarnos en su mesa, con sus palabras de vida eterna!

Creer en Jesús significa hacer de Él el centro, el sentido de nuestra vida. Cristo no es un elemento accesorio: es el “pan vivo”, el alimento indispensable. Unirse a Él, en una verdadera relación de fe y de amor, no significa estar encadenados, sino ser profundamente libres, siempre en camino.

Cada uno de nosotros puede preguntarse, ahora: ¿Quién es Jesús para mí? ¿Es un nombre, es una idea, es un personaje histórico solamente? O es verdaderamente aquella persona que me ama, que ha dado su vida por mí y camina conmigo. ¿Para ti quién es Jesús? ¿Estás con Jesús? ¿Intentas conocerlo en su palabra? ¿Lees el Evangelio todos los días, un pasaje del Evangelio, para conocer a Jesús? ¿Llevas el pequeño Evangelio en el bolsillo, en el bolso, para leerlo, en todas partes? Porque cuanto más estamos con Él, más crece el deseo de permanecer con él. Ahora les pediré amablemente, hagamos un momentito de silencio y cada uno de nosotros en silencio, en su corazón, se pregunte: ¿quién es Jesús para mí? En silencio, cada uno responda, en su corazón: ¿quién es Jesús para mí?

Que la Virgen María nos ayude a “ir” siempre a Jesús, para experimentar la libertad que Él nos ofrece, y que nos consiente limpiar nuestras opciones de las incrustaciones mundanas y también de los miedos.

Al término de estas palabras, el Santo Padre rezó la oración mariana:

Angelus Domini nuntiavit Mariae...

Al concluir la plegaria, el Pontífice renovó su llamamiento para que se respeten los acuerdos de paz en Ucrania:

Queridos hermanos y hermanas,

Con preocupación, sigo el conflicto en Ucrania oriental, que se ha agravado nuevamente en estas últimas semanas. Renuevo mi llamamiento para que se respeten los acuerdos asumidos para alcanzar la pacificación, y con la ayuda de las organizaciones y de las personas de buena voluntad, se responda a la emergencia humanitaria en el país.

Que el Señor conceda la paz a Ucrania, que se prepara a celebrar, mañana, la fiesta nacional. ¡Que la Virgen María interceda por nosotros!

A continuación llegó el turno de los saludos que tradicionalmente realiza el Santo Padre:

Saludo cordialmente a todos los peregrinos romanos y a los procedentes de varios países, en particular a los nuevos seminaristas del Pontificio Colegio Norteamericano, llegados a Roma para realizar los estudios teológicos.

Saludo al grupo deportivo de San Giorgio su Legnano, a los fieles de Luzzana y de Chioggia; a los chicos y los jóvenes de la diócesis de Verona.

Y no se olviden, esta semana, deténganse cada día un momentito y háganse la pregunta: “¿quién es Jesús para mí?”. Y cada uno responda en su corazón. ¿Quién es Jesús para mí?

Como de costumbre, el papa Francisco concluyó su intervención diciendo:

A todos les deseo un buen domingo. Y por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

(Texto traducido y transcrito del audio por ZENIT)


Publicado por verdenaranja @ 23:48  | Habla el Papa
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Domingo, 23 de agosto de 2015

Catholic Calendar & Daily Meditations
Sunday, August 23, 2015

Twenty-First Sunday in Ordinary Time


Scripture from today's Liturgy of the Word:
http://new.usccb.org/bible/readings/082315.cfm

Joshua 24:1-2a, 15-17, 18b
Psalm 34:2-3, 16-17, 18-19, 20-21
Ephesians 5:21-32
John 6:60-69


A reflection on today's Sacred Scriptures:


Today's readings capture two momentous events in all of salvation history. They capture two decisions that changed everything for Israel and for the Catholic Church.

The first reading describes a choice that God offers Joshua and those who have just entered the Promised Land. Joshua challenges the frightened people gathered around him, "Decide today whom you will serve…" The God who brought you from Egypt to this lush, fertile land, or the gods of the Amorites in whose territory you now dwell? The choice is up to you. And while still pondering the decision they must make, he adds the now-famous statement, "As for me and my household, we will serve the Lord." Fortunately for themselves and their children, they respond, "We also will serve the one Lord God."

In today's Gospel, Jesus does the same thing. He puts the choice to His apostles of following Him, or of leaving Him. Many of the Lord's followers had left Him because of His teaching that He Himself is the Bread of Life. If they were willing to eat of His flesh and drink of His blood, they would live forever. Otherwise, they would die. Many were shocked and offended. So they "walked with Him no longer."

Jesus turns to the Twelve and says, "Do you also want to leave?" It's as though He had added, "It's your decision. I'm not going to make your minds up for you!" Fortunately for them and for the future Church, they must have seen the hurt in His eyes. Peter loved Him enough to reply, "Master, to whom shall we go? You have the words of eternal life. For we have come to believe and are convinced that You are the Holy One of God." There are many former Catholics who find the message of the Church today "too much for them." Some have left because of Church doctrine, others because of the stand of the Church on abortion or contraception—or social justice issues. If only they too could see the hurt on Jesus' face! It might change their minds.

The second reading from Ephesians should capture the attention of all married couples, since it is so often misunderstood. It's the famous passage about wives being "subordinate" to their husbands. Women feel that this statement has led to much "wife beating" and worse.

It all hinges on the word "subordinate." We need to read the whole passage to understand St. Paul properly. He starts off by telling us that Christians ought to be "subordinate to one another out of reverence for Christ." That means loving and caring for one another as Christ loves us. It means being attentive to each other's gifts. Furthermore, St. Paul tells husbands to love their wives "as their own bodies…for no one hates one's own flesh but rather nourishes and cherishes it." In a nutshell, marriage is all about sacrificing for one another, listening carefully to each other, and telling the truth to one another. All lack of respect, all physical, verbal, emotional or spiritual abuse, is out. And that's really God's idea of a perfect marriage—a romance between equals.
.
- Msgr. Paul Whitmore
| email: pwhitmore29( )yahoo.com

 
 
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(c)2010  Reprints permitted, except for profit.  Credit required.

Publicado por verdenaranja @ 22:49  | Espiritualidad
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S?bado, 22 de agosto de 2015

Radicalidad y definición por Mons. Enrique Díaz Díaz. San Cristóbal de las Casas,20 de agosto de 2015 (ZENIT.org)

XXI Domingo Ordinario

Josué 24, 1-2. 15-17. 18: “Serviremos al Señor, porque Él es nuestro Dios”.

Salmo 33: “Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor”.

Efesios 5, 21-32: “Éste es un gran misterio y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia”.

San Juan 6, 55. 60-69: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.

           

Serafín realmente está contrariado: “Cambian de partido como cambiar de calzones y nos dejan colgados con el compromiso”, y tiene toda la razón. El dizque “licenciado” que entusiasmó y logró convencer a un gran grupo de campesinos para enrolarse con el nuevo partido, que parecía tan derecho y firme, que los lanzó por nuevas propuestas… a la mera hora “chaqueteó” y se fue con el partido dominante. Y todavía trató de convencerlos de que también ellos se cambiaran pero lo único que logró fue una gran división. Serafín y mucha gente ha quedado hastiada y desilusionada, no quieren saber nada de partidos, ni de política, ni de corrupción. No comprenden que alguien se pueda vender tan fácilmente y que cambie de ideales como si nada. Serafín recuerda con añoranza que “antes la palabra se sostenía y lo que uno prometía lo cumplía aunque no hubiera firmado nada, pero ahora parecemos las hojas de los árboles que se van para donde las jala el viento”.

¿Por qué las palabras de Jesús provocan tan grave crisis entre sus seguidores y sus discípulos? Quizás porque exigen coherencia y compromiso serio. Las multitudes se alejan bruscamente de Él porque después de haber comido esperarían nuevos milagros, pan gratis y nueva vida. Las palabras de Jesús han interrumpido sus sueños de  grandeza cimentados en fórmulas materiales, económicas y militares. “Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?”. Les parece, y quizás también a nosotros nos parezca intolerancia, la coherencia de Jesús. Pueden admitir injusticias, pueden admitir mentiras y corrupción pero un Cristo hecho alimento, compartido para todos, signo de fraternidad, les parece excesivo. Sobre todo cuando al comer de ese Pan, tendremos que asumir sus mismas cualidades: generosidad, verdad, servicio. Quisiéramos alimentarnos, quisiéramos comulgar, pero solamente para satisfacción personal, sin ningún compromiso. En cambio nosotros condescendemos con situaciones de violencia y de desigualdad, luchamos por sobrevivir aplastando a los demás, sometemos nuestra voluntad y damos reverencia al dinero. Cuando Cristo nos exige una decisión firme y comprometida nos parece intolerante.  Quisiéramos una religión acorde con nuestro mundo de exterioridades, que se adapte a las nuevas formas de “usar y tirar”,  que el día que necesitemos podamos utilizar  esa religión y cuando nos estorbe, la coloquemos olvidada en un rincón. Cristo propone radicalidad y definición, no ambigüedad ni acomodamiento. ¿Será excesiva también para nosotros esta forma de hablar?

El Papa Francisco constantemente denuncia este mundo falso, sin convicciones, sin arriesgar. Sus palabras calan, igual que las de Jesús nos gustan, y sin embargo las dejamos de lado. Este día descubramos la radicalidad del Evangelio y contemplando la entrega de Jesús descubramos que vale la pena seguirlo y asumir sus mismos criterios. Cuando Jesús contempla los rostros azorados y dubitantes de los discípulos, les exige una respuesta concreta y clara. “¿También ustedes quieren dejarme?”. Nada de endulzar su radical entrega, nada de componendas, nada de medianías. No está preguntando sobre aspectos accidentales o pasajeros. Quiere una entrega total y plena de toda nuestra persona, nuestro tiempo, nuestros intereses. Por eso sin tapujos pregunta si su forma de hablar nos escandaliza, si también a nosotros nos parece intolerable. Quizás tengamos que reconocer que algunos aspectos suyos no van muy de acuerdo con nuestro mundo, que ahora es más importante el dinero que las personas, que nos postramos ante el poder, que cedemos ante el placer, que no hay que tomarse tan en serio la religión… al cabo que todas las religiones son iguales… Y le podremos decir muchas otras objeciones, pero al final de cuentas tendremos que responder personal y directamente mirándole a los ojos a su pregunta inquietante: “¿También tú quieres dejarme?”.

El mundo nos presenta muchas tentaciones y hemos caído en ellas, pero después nos descubrimos vacíos y huecos. Quienes alguna vez nos hemos equivocado, quienes hemos vivido en el error, quienes nos hemos extraviado buscando la felicidad en el placer, en el poder o en el dinero, podemos decirle a Jesús: “Señor, ¿a quién iremos?”, porque regresamos desahuciados de aquellas quimeras. Hemos buscado en muchos lugares que nos prometían felicidad y al final nos hemos encontrado con las manos vacías y con el corazón agrietado. Por eso hoy,  reconociendo nuestros errores, le podremos decir que ya nos hemos equivocado muchas veces y que “sólo Él tiene palabras de vida eterna”. Queremos optar por Jesús, queremos poner los ojos fijos en Él y caminar a su lado. Estamos dispuestos a dejar de lado aquellas seducciones y seguir su camino. Es cierto hay muchas cosas que nos costarán trabajo porque estamos acostumbrados a nuestras comodidades y arreglos, pero esto no nos trae la verdadera felicidad.

Después de escuchar el evangelio, urge que hagamos una verdadera elección. Así como el discurso de Josué (en la primera lectura) exige una definición: “Si no les agrada servir al Señor, digan a quién quieren servir” porque no se puede vivir en ambigüedades,  se nos exige también hoy que demos nuestra palabra. No se puede servir a dos señores y hay que tomar bando: o se está por el Dios de la vida, o bien se opta por seguir a los otros dioses, los ídolos, y hoy hay muchos ídolos que nos seducen y atraen. Se disfrazan de “dioses buenos” pero llevan a la muerte: el poder, el placer, el dinero, el bienestar, la superación, etc. Destruyen la comunidad y acaban con los pequeños; en fin, se oponen al Dios de la vida. Hoy nos parece dura la palabra de Jesús, pero debemos dejar que nos cuestione, que nos interrogue y descubrir qué quiere Dios de mí, qué piensa de mí, cómo me mira Jesús.

Señor, nuestro corazón está sediento de Ti, no lo han saciado las aguas seductoras de mentiras y engaños. Danos tu Palabra de vida eterna. Amén.


Publicado por verdenaranja @ 23:02  | Espiritualidad
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Viernes, 21 de agosto de 2015

Reflexión a las lecturas del domingo veintiuno del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 21º del T. Ordinario B

 

El discurso del Pan de la Vida concluye de un modo inesperado. A lo largo de su exposición, la gente le ha ido presentando al Señor toda una serie de objeciones, pero nadie espera que, al llegar al final, muchos discípulos dijeran: “Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?”  Y que, desde entonces, muchos se echaran para atrás y no volvieran a ir con Él.

Y Jesús no tiene miedo de que le dejen solo, porque sabe que lo que Él enseña es la verdad,  y que, muy pronto, lo llevará todo a cabo en la Última Cena y lo entregará a  los Apóstoles, a la Iglesia, para que lo hagan en conmemoración suya, y, entonces, todos contemplarán, estupefactos,  “el Misterio”.

Por eso, le dice a los doce. “¿También vosotros queréis marcharos?” Simón Pedro le contesta: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”.

Pedro habla en nombre de los doce. Y el objeto directo de su profesión de fe no es la Eucaristía sino Jesucristo: “Nosotros sabemos que tú eres el Santo de Dios”. Todo lo demás, incluso, la Eucaristía, es consecuencia de su sabiduría y su bondad, porque Él tiene palabras de vida eterna.

Por tanto, la Santa Misa no es, simplemente, una reunión de amigos, admiradores o simpatizantes de Jesús, que se reúnen para recordarlo, sino de gente que ha hecho una opción por Cristo y que tiene que expresarla y alimentarla en la Eucaristía.

La primera lectura nos enseña que, al llegar a la tierra prometida, Josué convoca en Siquén, a los representantes de Israel y les presenta esta alternativa: Escoged a quien servir: al Señor o a los otros dioses. Yo y mi casa serviremos al Señor. Y el pueblo contesta: También nosotros serviremos al Señor, porque Él es nuestro Dios…

De esta forma, Yahvé será el Dios de aquella tierra nueva y ellos serán su pueblo, que le obedece y le ama.

Qué necesidad tenemos los cristianos tantas veces, de hacer un alto en nuestra vida, y plantearnos una alternativa parecida. De este modo, seremos verdaderos cristianos que, en el cruce de caminos de la vida, hemos hecho una opción por Cristo, firme y definitiva. Es el verdadero sentido de la fe en Cristo, Pan de Vida.

Al llegar aquí, constatamos, una vez más, cómo la Eucaristía siempre ha venido envuelta en contradicciones a lo largo de los siglos, desde que Jesús la anuncia en este discurso, hasta nuestros días, en que la Santa Misa se designa muchas veces como “el problema del domingo” y donde grandes masas de cristianos han dejado la Iglesia y se han alejado de Cristo, Pan de la Vida.

¡Siempre, la dificultad! ¡Siempre, la contradicción! ¡Siempre, el Misterio! 

Nosotros, en medio de nuestras limitaciones, al terminar estas enseñanzas de Cristo, hacemos este domingo, una profesión de fe, una opción por Él y con el salmo responsorial, proclamamos de nuevo: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

Al terminar este discurso, cuántas gracias debemos darle al Señor que nos ha concedido  este verano,  el don de escuchar y de reflexionar sobre el Misterio central de nuestra fe. Y qué provechoso sería que hiciéramos un esfuerzo por retener y meditar tantas cosas como nos ha enseñado.  

     

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 18:14  | Espiritualidad
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  DOMINGO  21º DEL TIEMPO ORDINARIO B  

 MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

         Después de su larga peregrinación por el desierto, el pueblo de Israel llegó a la Tierra Prometida y se estableció allí. Empezaba una nueva etapa de su historia. Y en esta nueva etapa los israelitas deben escoger qué camino van a seguir. Escuchemos. 

 

SALMO

         El salmo nos invita un domingo más a admirar y alabar la bondad de Dios que nos da el Pan del Cielo. Cantamos: "Gustad y ved qué bueno es el Señor". 

 

SEGUNDA LECTURA

         La unión del hombre y la mujer en el matrimonio cristiano es fuerte y profunda. San Pablo la compara con la que existe entre Jesucristo y la Iglesia. En este contexto han de entenderse sus expresiones. 

 

TERCERA LECTURA

         Terminamos hoy la lectura del capítulo sexto del Evangelio de S. Juan, que hemos venido escuchando durante los últimos domingos. Contemplemos hoy la distinta reacción que producen sus palabras en aquellos que le escuchan.

         Aclamemos a Cristo, Pan de Cielo, con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

         La Comunión de hoy es una invitación a dar gracias a Dios, nuestro Padre, porque nos ha concedido el don de llegar hasta Cristo, Pan de vida, de conocerle  y de permanecer con Él. Ojalá que también nosotros podamos decirle como S. Pedro: "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios".        


Publicado por verdenaranja @ 18:11  | Liturgia
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Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo veintiuno del Tiempo Ordinario - B.

¿POR QUÉ NOS QUEDAMOS?

Durante estos años se han multiplicado los análisis y estudios sobre la crisis de las Iglesias cristianas en la sociedad moderna. Esta lectura es necesaria para conocer mejor algunos datos, pero resulta insuficiente para discernir cuál ha de ser nuestra reacción. El episodio narrado por Juan nos puede ayudar a interpretar y vivir la crisis con hondura más evangélica.

Según el evangelista, Jesús resume así la crisis que se está creando en su grupo: «Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, algunos de vosotros no creen». Es cierto. Jesús introduce en quienes le siguen un espíritu nuevo; sus palabras comunican vida; el programa que propone puede generar un movimiento capaz de orientar el mundo hacia una vida más digna y plena.

Pero, no por el hecho de estar en su grupo, está garantizada la fe. Hay quienes se resisten a aceptar su espíritu y su vida. Su presencia en el entorno de Jesús es ficticia; su fe en él no es real. La verdadera crisis en el interior del cristianismo siempre es esta: ¿creemos o no creemos en Jesús?

El narrador dice que «muchos se echaron atrás y no volvieron a ir con él». En la crisis se revela quiénes son los verdaderos seguidores de Jesús. La opción decisiva siempre es esa: ¿Quiénes se echan atrás y quiénes permanecen con él, identificados con su espíritu y su vida? ¿Quién está a favor y quién está en contra de su proyecto?

El grupo comienza a disminuir. Jesús no se irrita, no pronuncia ningún juicio contra nadie. Solo hace una pregunta a los que se han quedado junto a él: «¿También vosotros queréis marcharos?». Es la pregunta que se nos hace hoy a quienes seguimos en la Iglesia: ¿Qué queremos nosotros? ¿Por qué nos hemos quedado? ¿Es para seguir a Jesús, acogiendo su espíritu y viviendo a su estilo? ¿Es para trabajar en su proyecto?

La respuesta de Pedro es ejemplar: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna». Los que se quedan, lo han de hacer por Jesús. Solo por Jesús. Por nada más. Se comprometen con él. El único motivo para permanecer en su grupo es él. Nadie más.

Por muy dolorosa que nos parezca, la crisis actual será positiva si los que nos quedamos en la Iglesia, muchos o pocos, nos vamos convirtiendo en discípulos de Jesús, es decir, en hombres y mujeres que vivimos de sus palabras de vida.

José Antonio Pagola


21 Tiempo Ordinario – B (Juan 6,60-69)
Evangelio del 23/08/2015
Publicado el 17/ ago/ 2015
por Coordinador Grupos de Jesús


 


Publicado por verdenaranja @ 18:07  | Espiritualidad
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Jueves, 20 de agosto de 2015

Comentario a la liturgia dominical por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiae de são Paulo (Brasil). Brasil,18 de agosto de 2015 (ZENIT.org)

Domingo 21 del Tiempo Ordinario    Ciclo B   

Textos: Josué 24, 1-2a.15-17.18b; Ef 5, 21-32; Jn 6, 60-69

Idea principal: La Eucaristía nos pone ante una disyuntiva: “¿También vosotros queréis marcharos?”: creer o abandonarlo.

Síntesis del mensaje: Hoy terminamos la lectura del capítulo 6 de san Juan, sobre el discurso eucarístico. Y lo terminamos con las reacciones de los presentes ante las palabras de Jesús:“¿Quién puede tolerar este discurso tan duro?”. Es la misma disyuntiva que puso Josué a los suyos al entrar en la tierra prometida: “¿Prefieren servir a Yahvé o a los dioses falsos?” (1ª lectura).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, en la primera lectura está clara la disyuntiva: ¿a quién elegir: a Yahvé o a los dioses extranjeros? Los dioses de “más allá del río” exigen menos, son más cómodos, no prohíben esto y aquello; no imponen no robar, no fornicar, no matar. Lo que exige la Alianza de Yahvé es mucho más duro que la floja moral de los dioses de los pueblos vecinos. Josué, sucesor de Moisés, convoca en asamblea solemne a todos, para renovar la Alianza del Sinaí, un tanto olvidada ya, y les plantea una clara disyuntiva: ¿a quién quieren servir, al Dios que les ha liberado de Egipto o a los dioses que van encontrando en los pueblos vecinos y que son más permisivos? Porque siguen teniendo la tentación terrible de la idolatría. Ese día la respuesta del pueblo a Josué fue: ¡elegimos a Dios! Y así el pueblo en Siquem, reunido en asamblea con Josué, pudo entrar en posesión de la tierra prometida. Sabemos también que luego en su historia, el pueblo de Israel faltó muchas veces a lo prometido.

En segundo lugar, ahora es Cristo quien pregunta a los que le seguían: ¿queréis quedaros conmigo o iros? De nuevo la disyuntiva. Lo que pedía Jesús a los suyos no era fácil, porque suponía un cambio de mentalidad y de vida. Son libres. Jesús ve que algunos se van marchando, asustados por sus palabras y hace esa pregunta directa a sus apóstoles. En efecto, algunos se van y otros se quedan. Pedro, que no entiende mucho de lo que ha dicho Jesús –como tampoco debían entender los demás- pero que tiene una fe y un amor enormes hacia Cristo, contesta decidido: “¿A quién iremos?”.  Han hecho la opción por Él y  se quedan los doce que formarán la Iglesia, pero ya no se quedan como antes, sin compromiso; ahora saben que lo han elegido para la vida y para la muerte. En Cafarnaúm, fue la primera comunidad apostólica, todavía fiel, la que dijo, por boca de Pedro: “Señor, ¿a quién iremos?”.

Finalmente, nos toca a nosotros responder hoy a Cristo: ¿a quién vamos a seguir: a él y su doctrina o al mundo con sus propuestas fáciles, tentadoras y embriagantes? De nuevo la disyuntiva. También nosotros como el pueblo de Israel (1ª lectura) y como los primeros discípulos de Jesús (evangelio) hemos sido elegidos. Elegidos como objeto de su amor, admitidos en la familia de Dios en el bautismo, admitidos a su misma mesa en la Eucaristía, admitidos a la “feliz esperanza” de la venida de su Reino. Por nuestra parte, también nosotros hemos elegido a Dios. Prueba de esto: nuestro bautismo, reafirmado en la confirmación. Prueba de esto: tomamos la primera comunión. Prueba de esto: nos casamos en Cristo por la Iglesia. Pero, ¿qué nos pasa? Somos inestables. Nuestra vida se parece a la tela de Penélope: es un continuo hacer y deshacer propósitos, un oscilar continuo entre los dos polos de atracción que son Dios y el mundo con sus ídolos. Servimos a dos señores. Pero Dios detesta esto. O a Él o al mundo. Dios es celoso. Y por eso, no estamos de acuerdo con la doctrina del matrimonio indisoluble. Y por eso no aceptamos la doctrina sobre la moral sexual y regulación de la natalidad que la Iglesia enseña y defiende. Y por eso rehuimos de la cruz, cuando la vemos asomar en la esquina. Y por eso, guiñamos el ojo ante las ideologías que nos están sirviendo en el plato, por ejemplo, la ideología del género. Y no aceptamos lo de poner la otra mejilla. Y ahí estamos: doblando una rodilla ante Dios y la otra ante Baal. ¡Cuántos pasan de una plegaria a la blasfemia! Salen de la Iglesia y se van a lugares de perdición. No, hay que hacer una opción: o Cristo o el mundo. O el evangelio de Cristo o las máximas del mundo.

Para reflexionar:  ¿A quién estoy alimentando y siguiendo en mi vida: al hombre viejo y pasional, o al hombre nuevo, que vive conforme al Espíritu? ¿Opté ya por Cristo y su Evangelio o prefiero escuchar y seguir las sirenas de este mundo? ¿Cada cuanto renuevo mis promesas bautismales?

Para rezar: con santo Tomás de Aquino, quiero rezar:

“Todopoderoso y eterno Dios, me acerco al sacramento de tu Unigénito Hijo, mi Señor Jesucristo, como enfermo al médico de la vida, como manchado a la fuente de la misericordia, como ciego a la luz de la eterna claridad, como pobre y mendigo al Señor del cielo y de la tierra.Ruego, pues, Señor, a tu infinita generosidad que dignes curar mi enfermedad, lavar mis manchas, alumbrar mi ceguera, enriquecer mi pobreza, vestir mi desnudez, para que me acerque a recibir el pan de los ángeles, al Rey de los reyes y Señor de los que dominan, con tanta reverencia y humildad, con tanta contrición y devoción, con tanta pureza y fe, con tal propósito e intención como conviene a la salud de mi alma.Concédeme, te ruego, recibir no sólo el sacramento del cuerpo y la sangre del Señor sino también la gracia y virtud del sacramento. Benignísimo Dios, concédeme recibir el cuerpo que tu Hijo Unigénito, nuestro Señor Jesucristo, tomó de la Virgen María, de tal manera que merezca ser incorporado a su Cuerpo Místico y ser contado entre sus miembros”.

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: arivero@legionaries.org


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Mensaje de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, con motivo del Día del Catequista (19 de agosto de 2015)
Día del Catequista

El 21 de Agosto, memoria de san Pío X, celebramos el Día del Catequista. A veces pienso: ¡qué sería de la vida pastoral en la Iglesia sin la presencia generosa de tantos catequistas! Esta certeza me lleva a valorar y agradecer la vocación y la entrega de cada Catequista. Hablo de vocación para darle el sentido profundo que tiene el ser catequista. No es una profesión, aunque deba prepararse y actualizarse, ella es un llamado y una respuesta. Esto nos ubica en un plano teológico, espiritual y eclesial. Solo desde una fe vivida en la comunión de la Iglesia es posible comprender la catequesis como lo que es, una expresión de amor y de verdad. Es Dios quién acompaña en la Iglesia y a través de ellos, a sus hijos. Sacarla de este ámbito que tiene su origen en Dios, su manifestación en Jesucristo y su fuerza en el Espíritu Santo, es desconocer su fuente, su camino y su finalidad. El catequista es testigo y maestro en el crecimiento de la fe.

El catequista tiene mucho de docente, pero es ante todo un testigo calificado en el plan de Dios, que asume una tarea de modo personal a la que lo convoca la Iglesia, para ser un colaborador en su misión de enseñar lo que Jesucristo les confió a los apóstoles. Mantener viva, alentar y cuidar esta vocación pertenece a toda la Iglesia. Pienso, por ello, que habría que elaborar una suerte de “pastoral vocacional” que presente la importancia y la espiritualidad de este camino eclesial, que permita conocer la riqueza, la espiritualidad y la alegría de ser catequista. La vocación necesita ver y escuchar un llamado. No se trata solo de cubrir un lugar, sino de despertar una vocación que sea fuente de vida y de sentido para quien se siente llamado. En este despertar vocacional tiene mucho valor lo testimonial, es cierto, pero es necesario, el llamado, la palabra que invita y presenta a la catequesis como un camino de compromiso eclesial de la fe. Compartir la fe y hacer crecer en ella es un acto de amor y de madurez espiritual.

Cuando veo la cantidad de chicos que se acercan a nuestras parroquias y capillas para la catequesis, he pensado si estamos preparados para recibirlos y acompañarlos a ellos, y a sus familias. Esto me llevó a pensar en la necesidad de una “pastoral vocacional para catequistas”, sobre todo en el contexto de la catequesis familiar. No es el momento y el lugar de avanzar en este tema, pero creo que lo debemos tener en cuenta con todo lo que ello implica de propuesta, acompañamiento y formación. Queridos catequistas, quiero hacerles llegar en este día mi palabra de afecto y gratitud y, al mismo tiempo, decirles que vivan su misión con la alegría de saberse amados por el Señor y cumpliendo una de las tareas más noble, importante y urgente en la vida de la Iglesia. Cuando veo un Catequista, veo en él a un cristiano comprometido con su fe al servicio de sus hermanos.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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Mi?rcoles, 19 de agosto de 2015
Reflexión de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, en el programa radial Compartiendo el Evangelio (Vigésimo domingo durante el año, 16 de agosto de 2015) (AICA)
“¡Este es el Pan bajado del Cielo!”

Jesús dijo a los judíos: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo". Los judíos discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?". Jesús les respondió: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente". Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaúm. San Juan 6, 51-58


Ante este texto que meditamos, es importante darnos cuenta que ese alimento sagrado es Cristo mismo. Y ese alimento sagrado es para nosotros. No es simplemente que uno reciba y que permanezca inactivo o en total pasividad. No. Es una interacción: ¡viene Dios, entra en nuestra vida, en nuestro corazón, ilumina nuestra inteligencia y fortalece nuestra voluntad!

La presencia de Dios en nosotros provoca un cambio de actitud, una conversión; es una renovación de esa propia fidelidad de Dios en la alianza que Él tuvo para con su Pueblo. Ya en el éxodo Dios liberó al pueblo de Israel y esa liberación actualiza la esperanza. Cristo instaura una nueva y eterna alianza para tener la vida de Él, comer su Cuerpo y beber su Sangre.

Dice muy bien San Ireneo que “ya al recibir a Cristo nuestros cuerpos no son corruptibles, porque llevan en sí mismos la esperanza de la resurrección eterna; la muerte no es eliminada sino superada: Yo lo resucitaré en el último día”.

Por eso es importante tomar conciencia en la Misa, la fe, Cristo y el sacramento. El sacramento es el signo por excelencia que nos da a Cristo. Nosotros, por la fe, no inventamos sino reconocemos que Cristo está presente en la Sagrada Eucaristía. Celebrarla, recibirla o participar de Ella tiene que provocar en nosotros un encuentro, una transformación; estamos juntos con Él y compartimos el Banquete, la Comida Sagrada. Es el encuentro personal con la persona de Cristo; es un encuentro de amistad y entendimiento. Si no reaccionáramos o respondiéramos, sería una actitud o una respuesta falsa e inauténtica. La fe y la vida. Es esencial el ejercicio completo de la Ley de la Caridad universal para con todos.

Queridos hermanos, “este es el Pan bajado del cielo” ¡si nos diéramos cuenta, nuestra vida sería distinta! Se los deseo y me lo deseo porque, cuando Dios está nadie puede quedar igual.

Les dejo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús


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Martes, 18 de agosto de 2015

Pan, carne y sangre por Mons. Enrique Díaz Díaz. San Cristóbal de las Casas,16 de agosto de 2015 (ZENIT.org)

XX Domingo Ordinario

Proverbios 9, 1-6: “Coman mi pan y beban del vino que les he preparado”

Salmo 33: “Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor”

Efesios 5, 15-20: “Traten de entender cuál es la voluntad de Dios”

San Juan 6, 51-58: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”


Hay quien opina que esta fiesta tiene su raíces en tiempos prehispánicos como celebración de agradecimiento a los dioses por el maíz. Hay quien dice que es muy parecida a la Eucaristía que une a toda la comunidad. Lo cierto es que el ritual en la  fiesta de la comunidad Guaquitepec tiene mucho de banquete, de participación, de acción de gracias, de hermandad y de realización del ideal de la vida: una mesa donde todos aportan, una mesa donde todos reciben. Se van amontonando las diversas clases y colores de tortillas, se presentan los atoles y los alimentos cuidadosamente preparados. Llegan de muy diversas manos, traen sus alegrías y sus sueños, traen el “aroma” de diversos fogones, pero se unen al aroma de la hermandad. Es alimento que sabe a gratuidad, a alegría, a hermano. Y así se consumen, sin saber a ciencia cierta de dónde vienen, en un clima de fiesta, de confianza y de alegría.

Algo semejante sucedería con el cordero de Israel. Comenzaría como una ofrenda de las primicias de sus rebaños: ofrenda y protección contra el maligno. Después adquirió un profundo sentido: la carne y la sangre del cordero de la Pascua. Lo mismo sucedió con los panes ázimos. De una profunda motivación campirana, las fiestas pastoriles fueron adquiriendo el sentido de liberación. La carne del cordero pascual o los panes ázimos, no son sólo el sabroso  bocado de un pueblo campesino que se reúne a disfrutar lo que con tanto trabajo ha logrado. Ni siquiera, tienen la alegría entusiasta de quien da gracias a Dios por los rebaños o por las mieses,  o eleva sus cantos y oraciones por los frutos recibidos. Pan, carne y sangre, tienen un significado mucho más profundo: son la señal de la liberación de un pueblo que sufrió el yugo de la opresión y que por la mano poderosa de Dios, ha alcanzado su libertad. La sangre que mancha los dinteles dibuja y recuerda las hazañas del Señor; la carne, asada, comida de prisa, trae a la memoria los primeros pasos a la liberación y hace presente, en este día y en este momento, al Dios liberador; los panes ázimos, apenas puestos al fuego por la prisa, hacen revivir el caminar por el desierto, bajo la mano protectora de su Dios. Hablar de pan, de maná, de la sangre y de la carne, no es hablar de signos sin importancia, es tocar las fibras más íntimas de un pueblo.

El banquete que vislumbra el libro de los proverbios: “Ha preparado un banquete, ha mezclado el vino y puesto la mesa”, es el anhelo de un pueblo adolorido y con hambre.

Un anhelo que se hace más fuerte cuanta más oposición y dificultades encuentra, un anhelo encajado en la intimidad del corazón. Y allí es donde se hace presente Jesús: “el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida”. No es ya ni la carne ni la sangre del cordero, no es ya el pan ázimo, por más sentido de liberación que tengan, será el mismo Jesús quien se haga alimento para que el hombre tenga vida. Con el término “carne” se designa la condición terrena de Jesús, “el verbo se hizo carne”, que ahora se transforma en alimento. La Encarnación no es solamente presencia, sino da vida, salva y alimenta. La Encarnación no es sólo apariencia, sino realidad del Jesús que hecho carne se inserta profundamente en las aspiraciones de todo hombre, les da sentido y las plenifica. Cristo no se queda en la superficie, ni se contenta con apariencias, Cristo entra en carne viva en la historia humana, de todas y cada una de las personas. Se deja tocar, sentir, oler, partir y tragar. No es ideología que se aprende, se modifica y se desvirtúa. Es carne que se come y que da vida. Dios entra en nosotros a través del camino más natural, el de los sentidos. Se hace experiencia en cada comida compartida, en cada pan repartido y en cada Eucaristía celebrada.

Recibir a Cristo hecho pan, no puede quedar, o no debería quedar, en un acto meramente externo. Se crea una comunión recíproca entre Cristo y el creyente a tal grado que asegura: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él”, una permanencia constante y estable. Quien cree en Jesús y vive en comunión de fe y amor con Él, se ve introducido misteriosamente en una amistad divina. “Comer la carne de Cristo”, nos involucra en todo su dinamismo pascual. Entramos en su misma entrega, muerte y resurrección. No es fácil para el mundo judío asimilar las palabras de Jesús y les causa escándalo. Tampoco es fácil para nosotros asimilar y comprender en profundidad estas palabras de Jesús. Hay quienes comulgan como un acto participativo de un evento social, muy comunicativo, muy emocionante, pero que queda en el exterior y que no implica la transformación interna. Al comulgar entramos a vivir todo el misterio del dolor y el sufrimiento de Cristo, participamos en carne viva de su misma misión y experimentamos su propia resurrección. Tan profunda, tan comprometedora y tan mística es la comunión.

Ya el banquete en sí es símbolo de comunión y de intimidad. Si, además, en este banquete tenemos como alimento la Carne y la Sangre de Jesús, adquiere una fuerza y una integración formidables. Cada Eucaristía nos asemeja más a Jesús y nos abre mil posibilidades para el encuentro con los hermanos. Hoy también nos dice a cada uno de nosotros que Él es pan, carne y sangre para vida nuestra. ¿Cómo vivo yo la Eucaristía y cómo experimento ese “permanecer” en Jesús? ¿Son la carne, la sangre y el pan, elementos que me llevan a una liberación plena e íntegra? ¿Me comprometen en el misterio de salvación?

Padre nuestro, concédenos que, unidos a Cristo, pan, carne y sangre de liberación, hagamos el banquete de  vida plena y compartida para toda la humanidad. Amén


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Texto completo del ángelus del Papa del 16 de agosto de 2015 (ZENIT.org)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!                           

 En estos domingos, la Liturgia nos está proponiendo, del Evangelio de Juan, el discurso de Jesús sobre el Pan de la vida, que es Él mismo y que es también el sacramento de la eucaristía. El pasaje de hoy (Jn 6, 51 -58) presenta la última parte de este discurso, y habla de algunos que se escandalizaron porque Jesús dijo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6,54). El estupor de los oyentes es comprensible; Jesús, de hecho, usa el estilo típico de los profetas para provocar en la gente --y también en nosotros-- preguntas y, al final, una decisión. Primero de todo las preguntas: ¿qué significa “comer la sangre y beber la sangre” de Jesús? ¿es solo una imagen, un símbolo, o indica algo real? Para responder, es necesario intuir qué sucede en el corazón de Jesús mientras parte el pan entre la multitud hambrienta. Sabiendo que deberá morir en la cruz por nosotros, Jesús se identifica con ese pan partido y compartido, y eso se convierte para Él en “signo” del Sacrificio que le espera. Este proceso tiene su cúlmen en la Última Cena, donde el pan y el vino se convierten realmente en su Cuerpo y su Sangre. Y la eucaristía, que Jesús nos deja con un fin preciso: que nosotros podamos convertirnos en una sola cosa con Él. De hecho dice: “Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (v. 56). Ese permanecer en Jesús y Jesús en nosotros.  La comunión es asimilación: comiéndole a Él, nos hacemos como Él. Pero esto requiere nuestro “sí”, nuestra adhesión a la fe.

A veces, se escucha sobre la santa misa esta objeción: “¿Para qué sirve la misa? Yo voy a la iglesia cuando me apetece, y rezo mejor en soledad”. Pero la eucaristía no es una oración privada o una bonita experiencia espiritual, no es una simple conmemoración de lo que Jesús hizo en la Última Cena. Nosotros decimos, para entender bien, que la eucaristía es “memorial”, o sea, un gesto que actualiza y hace presente el evento de la muerte y resurrección de Jesús: el pan es realmente su Cuerpo donado por nosotros, el vino es realmente su Sangre derramada por nosotros.

La eucaristía es Jesús mismo que se dona por entero a nosotros. Nutrirnos de Él y vivir en Él mediante la Comunión eucarística, si lo hacemos con fe, transforma nuestra vida, la transforma en un don a Dios y a los hermanos. Nutrirnos de ese “Pan de vida” significa entrar en sintonía con el corazón de Cristo, asimilar sus elecciones, sus pensamientos, sus comportamientos. Significa entrar en un dinamismo de amor oblativo y convertirse en personas de paz, personas de perdón, de reconciliación, de compartir solidario. Lo mismo que Jesús ha hecho.

Jesús concluye su discurso con estas palabras: “Quien come este pan tendrá vida eterna” (Jn 6, 58). Sí, vivir en comunión real con Jesús sobre esta tierra, nos hace pasar de la muerte a la vida. Y el Cielo empieza precisamente en esta comunión con Jesús.  En el Cielo nos espera ya María nuestra Madre --ayer celebramos este misterio. Ella nos obtenga la gracia de nutrirnos siempre con fe de Jesús, Pan de vida.

Palabras del Santo Padre después del ángelus:

Queridos hermanos y hermanas, os saludo a todos con afecto, romanos y peregrinos: las familias, los grupos parroquiales, las asociaciones, los jóvenes.

Saludo al grupo folclórico “Organización de arte y cultura mexicana”, los jóvenes de Verona que están viviendo una experiencia de fe en Roma, y los fieles de Beverare.

Dirijo un saludo especial a los numerosos jóvenes del Movimiento Juvenil Salesiano, reunidos en Turín en los lugares de San Juan Bosco para celebrar el bicentenario de su nacimiento; les animo a vivir en lo cotidiano la alegría del Evangelio para generar esperanza en el mundo.

Os deseo a todos un feliz domingo. Y por favor, ¡no os olvidéis de rezar por mí! ¡Buen almuerzo y hasta pronto!


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Alocución de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz para el domingo 16 de agosto de 2015. (AICA)
Asunción de la Virgen María

Celebramos hoy, 15 de agosto, una de las Fiestas mayores de la Virgen María, su Asunción a los cielos. Ella, como toda criatura, tuvo su origen en Dios y vivió en este mundo su camino hacia Dios, al igual que nosotros. María pertenece a nuestra misma condición humana, sin embargo, a diferencia de nosotros, fue elegida para una misión única, la de ser la madre del Hijo de Dios. Este hecho no la aleja de nosotros, pero ha gozado de un cuidado especial de Dios en su vida. A diferencia de nosotros fue concebida sin mancha del pecado original, que es lo propio de nuestra condición humana. A esta gracia que la distingue la celebramos en su Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre. En razón de esa misma elección no padeció las consecuencias humanas de la muerte, sino que su muerte fue como un Tránsito, un pasaje de este mundo al cielo. La Asunción no significa que María no ha muerto, ha sido una muerte única y distinta por obra de Dios.

Estas dos realidades de la Virgen María, su Inmaculada Concepción como su Asunción a los cielos, pertenecen al obrar exclusivo de Dios. Se trata de una historia de gracia que no la exime de caminar en este mundo con los límites, dolores y esperanzas que ello implica. Por ello la sentimos muy cerca de nosotros, su camino de fe es similar al nuestro. Podemos decir que María es para todo cristiano el testimonio de una vida de fe, de esperanza y caridad. En el evangelio la conocemos en su pequeñez y grandeza, en su humildad y servicio, en su oración y compromiso con el camino de su Hijo. Ella acompaña sin ocupar el primer lugar, ella sabe estar presente desde el silencio y la palabra oportuna. María habla poco, lo necesario, sabe que la Palabra le corresponde a su Hijo y a aquellos que su Hijo ha elegido para formar la primera comunidad, la Iglesia. Jesús no le encarga a su madre hablar y presidir la comunidad, sí le encomienda la misión de madre con sus discípulos. María escucha, medita y guarda en su corazón las palabras y el caminar de su Hijo, no siempre lo entiende, lo vive y acepta en la fe.

Conocer la presencia de María en el plan de Dios es esencial para la vida cristiana y es el fundamento de nuestra devoción. Aislarla de la Iglesia y hacer de ella una fuente de mensajes no pertenece a esa voluntad de Dios, que hemos conocido por Jesucristo. Solo desde el Evangelio y en la comunión de la Iglesia podemos conocer la misión de María acompañando a sus hijos, como el Señor se lo ha encomendado. La mayor alegría de María es ver en nosotros la presencia de su Hijo y el compromiso con su Evangelio. Cuando la Iglesia nos habla de ser discípulos y misioneros de Jesucristo, nos propone como ejemplo la figura de María. Pidamos la gracia de poder contemplar a Jesucristo con los ojos de su Madre, para llegar a ser como ella fieles discípulos y comprometidos misioneros de su Evangelio. Una auténtica devoción mariana nos debe llevar a un encuentro vivo con Jesucristo y en la Iglesia. Este será el mejor regalo que le podemos hacer en su día.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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Ave a La Virgen de La Esperanza de La Guancha. Letra y música del sacerdote Luis Pérez y Pérez, canónigo maestro 1º de Capilla, de la Santa Iglesia Catedral de La Laguna, diócesis Nivariense.


Ave a La Virgen de La Esperanza de la Guancha

 

AVE, AVE, AVE, MARÍA.

MADRE DE LA ESPERANZA.

AVE, AVE, AVE, MARÍA.

MADRE DE LA ESPERANZA

 

La Guancha tiene un tesoro

de color de verde esmeralda:

Tú, que brillas más que el oro,

¡oh, Virgen de La Esperanza!

 

La Guancha es un manto verde

desde la cumbre hasta el mar

como Tú, Esperanza nuestra,

en lo alto de tu altar.

 

Del cielo Dios nos envía

a Jesús, "ancla" que salva;

por eso Tú eres, María,

La Virgen de la Esperanza.

 

Adornada de oro y plata,

de perlas y de brillantes;

exvotos son de tus hijos,

de propios y caminantes.

 

Prendas llenan tus vestidos,

 rosarios de oro y corales;

son lagrimas y suspiros,

flores de bellos rosales.

 

El Cerro Gordo bendices:

papas bonitas, frutales;

de su mar rico, pescado;

madroños en sus pinares.

 

Es tu pueblo fiel y culto,

laborioso y artesano,

los vinos de sus viñedos,

aguas labor de sus manos.


Luis pérez y Pérez


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S?bado, 15 de agosto de 2015

Texto completo de la catequesis del Papa del 12 de agosto de 2015 (ZENIT.org)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy abrimos un pequeño recorrido de reflexión sobre las tres dimensiones que marcan, por así decir, el ritmo de la vida familiar: la fiesta, el trabajo, la oración.

Comenzamos por la fiesta. Y decimos enseguida que la fiesta es una invención de Dios. Recordamos la conclusión del pasaje de la creación, en el Libro de Génesis: “El séptimo día, Dios concluyó la obra que había hecho, y cesó de hacer la obra que había emprendido. Dios bendijo el séptimo día y lo consagró, porque en él cesó de hacer la obra que había creado”.(2,2-3). Dios mismo nos enseña la importancia de dedicar un tiempo a contemplar y a gozar de lo que en el trabajo se ha hecho bien. Hablo de trabajo, naturalmente, no solo en el sentido de la labor y la profesión, sino en un sentido más amplio: cada acción con la que nosotros hombres y mujeres podemos colaborar a la obra creadora de Dios.

Por tanto, la fiesta no es la pereza de estar en el sofá, o la emoción de una tonta evasión. La fiesta es sobre todo una mirada amorosa y agradecida por el trabajo bien hecho. También vosotros, recién casados, estáis festejando el trabajo de un bonito tiempo de noviazgo: ¡y esto es bello! Es el tiempo para ver a los hijos, o los nietos, que están creciendo, y pensar: ¡qué bello! Es el tiempo para mirar nuestra casa, a los amigos que hospedamos, la comunidad que nos rodea, y pensar: ¡qué bueno! Dios lo ha hecho así. Y continuamente lo hace así, porque Dios crea siempre, también en este momento.

Puede suceder que una fiesta llegue en circunstancias difíciles y dolorosas, y se celebra quizá “con un nudo en la garganta”. Y, también en estos casos, pedimos a Dios la fuerza de no vaciarla completamente. Vosotros, mamás y papás sabéis bien esto: ¡cuántas veces por amor a los hijos, sois capaces de apartar las penas para dejar que ellos vivan bien la fiesta, gusten el sentido bueno de la vida! ¡Hay tanto amor en esto!

También en el ambiente del trabajo, a veces --sin dejar de lado los deberes-- sabemos  “infiltrar” algún toque de fiesta: un cumpleaños, un matrimonio, un nuevo nacimiento, como también una despedida o una nueva llegada… es importante. Es importante hacer fiesta. Son momentos de familiaridad en el engranaje de la máquina productiva: ¡nos hace bien!

Pero el verdadero tiempo de la fiesta suspende el trabajo profesional, y es sagrado, porque recuerda al hombre y a la mujer que son hechos a imagen de Dios, quien no es esclavo del trabajo, sino Señor, y por tanto tampoco nosotros debemos ser nunca esclavos del trabajo, sino “señores”. Hay un mandamiento para esto, un mandamiento que es para todos, ¡nadie excluido! ¡Y sin embargo hay millones de hombres y mujeres e incluso niños esclavos del trabajo! En este tiempo existen esclavos ¡Son explotados, esclavos del trabajo y esto es en contra de Dios y en contra de la dignidad de la persona humana! La obsesión por el beneficio económico y la eficiencia de la técnica amenaza los ritmos humanos de la vida, porque la vida tiene sus ritmos humanos.

El tiempo de descanso, sobre todo el del domingo, está destinado a nosotros para que podamos gozar de lo que no se produce ni consume, no se compra ni se vende.

Y sin embargo vemos que la ideología del beneficio y del consumo quiere comerse también la fiesta: también a veces es reducida a un “negocio”, a una forma para hacer dinero y para gastarlo. ¿Pero trabajamos para esto? La codicia del consumir, que implica desperdicio, es un virus malo que, entre otras cosas, nos hace estar más cansados al final que antes. Perjudica el verdadero trabajo y consume la vida. Los ritmos desregulados de la fiesta causan víctimas, a menudo jóvenes.

Finalmente, el tiempo de la fiesta es sagrado porque Dios lo habita de una forma especial. La Eucaristía del domingo lleva a la fiesta toda la gracia de Jesucristo: su presencia, su amor, su sacrificio, su hacerse comunidad, su estar con nosotros… Y así cada realidad recibe su sentido pleno: el trabajo, la familia, las alegría y las fatigas de cada día, también el sufrimiento y la muerte; todo es transfigurado por la gracia de Cristo.

La familia es dotada de una competencia extraordinaria para entender, dirigir y sostener el auténtico valor del tiempo de la fiesta. Pero ¡qué bonitas son las fiestas en familia, son bellísimas! Y en particular la del domingo. No es casualidad si las fiestas en las que hay sitio para toda la familia ¡son aquellas que salen mejor!

La misma vida familiar, mirada con los ojos de la fe, nos parece mejor que los cansancios que comportan. Nos aparece como una obra de arte de sencillez, bonito precisamente porque no es artificial, no fingido, sino capaz de incorporar en sí todos los aspectos de la vida verdadera. Nos aparece como una cosa “muy buena”, como Dios dijo al finalizar la creación del hombre y de la mujer (cfr Gen 1,31). Por tanto, la fiesta es un precioso regalo que Dios ha hecho a la familia humana: ¡no lo estropeemos!


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Reflexión de  José Antonio Pagola al evangelio del domingo veinte del Tiempo ordinario B. 

LO DECISIVO ES TENER HAMBRE

El evangelista Juan utiliza un lenguaje muy fuerte para insistir en la necesidad de alimentar la comunión con Jesucristo. Solo así experimentaremos en nosotros su propia vida. Según él, es necesario comer a Jesús: «El que me come, vivirá por mí».

El lenguaje adquiere un carácter todavía más agresivo cuando dice que hay que comer la carne de Jesús y beber su sangre. El texto es rotundo. «Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él».

Este lenguaje ya no produce impacto alguno entre los cristianos. Habituados a escucharlo desde niños, tendemos a pensar en lo que venimos haciendo desde la primera comunión. Todos conocemos la doctrina aprendida en el catecismo: en el momento de comulgar, Cristo se hace presente en nosotros por la gracia del sacramento de la eucaristía.

Por desgracia, todo puede quedar más de una vez en doctrina pensada y aceptada piadosamente. Pero, con frecuencia, nos falta la experiencia de incorporar a Cristo a nuestra vida concreta. No sabemos cómo abrirnos a él para que nutra con su Espíritu nuestra vida y la vaya haciendo más humana y más evangélica.

Comer a Cristo es mucho más que adelantarnos distraídamente a cumplir el rito sacramental de recibir el pan consagrado. Comulgar con Cristo exige un acto de fe y apertura de especial intensidad, que se puede vivir sobre todo en el momento de la comunión sacramental, pero también en otras experiencias de contacto vital con Jesús.

Lo decisivo es tener hambre de Jesús. Buscar desde lo más profundo encontrarnos con él. Abrirnos a su verdad para que nos marque con su Espíritu y potencie lo mejor que hay en nosotros. Dejarle que ilumine y transforme zonas de nuestra vida que están todavía sin evangelizar.

Entonces, alimentarnos de Jesús es volver a lo más genuino, lo más simple y más auténtico de su Evangelio; interiorizar sus actitudes más básicas y esenciales; encender en nosotros el instinto de vivir como él; despertar nuestra conciencia de discípulos y seguidores para hacer de él el centro de nuestra vida. Sin cristianos que se alimenten de Jesús, la Iglesia languidece sin remedio.

José Antonio Pagola

16 de agosto 2015
20 Tiempo Ordinario - B
(Juan 6,51-58)


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Viernes, 14 de agosto de 2015

Reflexión a la las lecturas del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 20º del T. Ordinario B

 

Nos dice el Evangelio de hoy: “Disputaban los judíos entre sí:  ¿cómo puede éste darnos a comer su carne?”. Sin embargo, con qué facilidad lo resuelve el Señor en la Última Cena… Y su Cuerpo sabe a pan y su Sangre sabe a vino. ¡Asombrosa transformación! ¡Inefable Misterio!

Por eso el Señor se limita a decir: “Os aseguro que si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis su Sangre, no tenéis vida en vosotros”.

Ciertamente, si hay algo que todo el mundo entiende es que, sin alimento, no hay posibilidad de vida en un ser humano. A eso nos referíamos el domingo pasado cuando constatábamos que creer en Jesucristo es tener una vida nueva. Por tanto, nadie puede sentirse excluido ni dispensado de recibir con frecuencia este sacramento admirable. No podemos olvidar que, en los primeros tiempos, cuando se celebraba la Eucaristía, se daba la comunión a todos los presentes que se encontraban dispuestos; y los diáconos llevaban la Comunión a los ausentes. De ahí la costumbre de llevar la Comunión a los enfermos e impedidos, pues el enfermo  está dispensado de ir a la Santa Misa, pero no puede dispensarse, por largo tiempo, como tantas veces sucede, del alimento de la Eucaristía.

Y Jesús continúa diciendo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él”. ¡Qué grandeza! Sucede algo distinto de lo que pasa con el alimento natural. En éste,  el organismo trata de asimilar lo que comemos para convertirlo en algo suyo. En la Comunión es al revés.  Es Jesucristo el que nos convierte en Él, el que nos transforma en Él. ¡Se trata de una unión muy grande, inefable! ¡Nuestro ser queda “penetrado” y “empapado” de Dios! Como una esponja.

Y es ésta toda una corriente de vida divina que procede del Padre: “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí”. Tomamos parte de la misma vida de la Santísima Trinidad, es decir, de aquella vida por la que existe Dios, desde siempre y para siempre.

Pero hay más. La Comunión nos une también a los hermanos, con los que formamos un solo Cuerpo. Podemos recordar aquí las palabras del Papa Pablo VI en la Solemnidad del Corpus del año 1969, cuando decía: “¿Cómo llama el pueblo cristiano a la Eucaristía? Comunión. Está bien, es verdad, ¿pero Comunión con quién? Aquí el horizonte se abre, se ensancha, se alarga hasta perder sus límites. Se trata de una doble comunión: Con Cristo y entre nosotros, que en  Él somos y nos hacemos hermanos”. De ahí que no podamos acercarnos a comulgar si no estamos en paz y en comunión con todos.

Dice también el Señor: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.

Por tanto, también nuestro cuerpo, tantas veces morada de Dios e instrumento del quehacer cristiano, tiene que participar de la gloria de la resurrección.

¡Verdaderamente, la Eucaristía es el Pan de la Vida! ¡En plenitud!

Y después de comulgar, hay que “demostrar con obras de caridad, piedad y apostolado, lo que se ha recibido por la fe y el sacramento”. Con la Misa, por tanto, no termina todo. Al revés. La Eucaristía  es alimento y tiene que producir sus frutos. El parásito es el que come y vive sin trabajar. Al que recibe el Pan del Cielo, se le exige con razón, “obras de caridad, piedad y apostolado”.              

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 20º  DEL T. ORDINARIO B     

 MONICIONES

 

PRIMERA LECTURA

         La lectura del Antiguo Testamento que vamos a escuchar, nos invita a comer y beber el pan y el vino de la Sabiduría divina. Para los cristianos la Sabiduría del Padre es Jesucristo, a quien estos domingos contemplamos como el Pan del Cielo.

 

 

SALMO

         El salmo nos invita un domingo más a admirar y alabar la bondad de Dios, que nos da el Pan del Cielo. Decimos: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

 

 

SEGUNDA LECTURA

         La fe, cuando es auténtica, tiene consecuencias prácticas muy concretas en la vida de los cristianos. S. Pablo nos habla de ellas en estos domingos. Escuchemos la lectura de hoy.

 

 

EVANGELIO

         En el Evangelio, Jesucristo continúa hablándonos del Pan de vida. Sin comida no hay vida, nos vuelve a decir hoy.

Dispongámonos a escuchar su Palabra cantando el aleluya.

 

 

COMUNIÓN

         Al acercarnos a comulgar, recordemos la palabra escuchada: “Mi Carne es verdadera comida, mi Sangre es verdadera bebida”. A este respecto dice el Concilio de Florencia: “Todos los efectos que el alimento y la bebida material producen en la vida del cuerpo, como son: el sustento, el crecimiento, la restauración y el gusto, los opera este sacramento en la vida del espíritu”.

Ojalá lo recibamos siempre bien y con frecuencia.


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Jueves, 13 de agosto de 2015

Comentario a la liturgia dominical por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiae de são Paulo (Brasil). Brasil,11 de agosto de 2015 (ZENIT.org)

Domingo 20 del Tiempo Ordinario     Ciclo B   

Textos: Pro 9, 1-6; Ef 5, 15-20; Jn 6, 51-58

Idea principal: La Eucaristía es banquete celestial donde Cristo nos une a Él en la comunión.

Síntesis del mensaje: Vimos en los domingos pasados algunas dimensiones de la Eucaristía: la Eucaristía como sacrificio, como presencia real de Cristo y como prendade inmortalidad. Hoy la liturgia nos propone otra dimensión: la Eucaristía como banquete y alimento que nos une a Cristo en la comunión (1ª lectura y evangelio). Y los términos que san Juan emplea y repite son de un realismo que no cabe duda alguna: no es cualquier comida, sino comida celestial. A esta comida son invitados todos sin excepción, como dice san Francisco de Sales: “los perfectos para no decaer; los imperfectos, para que aspiren a la perfección; los fuertes para no enflaquecer; los débiles para robustecerse; los enfermos para sanar; los sanos para no enfermar” (Introducción a la vida devota, II, 21). Lógicamente, con las debidas disposiciones interiores.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, valoremos este aspecto de la Eucaristía como banquete que nos une a Cristo. Banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y Sangre del Señor. Mediante la comunión, Cristo entra en común unión íntima con nosotros. Nos hace partícipes de su vida divina. Somos contemporáneos de la Última Cena. Conserva, aumenta y renueva la vida de gracia recibida en el bautismo. Nos separa del pecado. Borra los pecados veniales. Nos preserva de los pecados mortales futuros. Y nos da la prenda de la gloria futura, como ya vimos. La aspiración a la comunión con Dios está presente en todas las religiones. De ahí, los sacrificios y comidas sagradas en las que se considera que Dios comparte algo con el hombre. Esos sacrificios del Antiguo Testamente preparan ya ese deseo del hombre de entrar en comunión con Dios. Fue Cristo quien llenó ese deseo del hombre. Con su Encarnación, Cristo compartió nuestra naturaleza humana para hacernos partícipes de su naturaleza divina. Fue en la Eucaristía donde Dios concretó e hizo realidad este deseo del hombre. De una manera plástica san Juan Crisóstomo dice: “Tenemos que beber el cáliz como si pusiésemos los labios en el costado abierto de Cristo”.

En segundo lugar, ¿qué efectos produce, pues, esta comunión del Cuerpo y Sangre de Cristo en nosotros? Efecto cristológico: nos incorpora a Cristo, aumentando la gracia y concediéndonos el perdón de los pecados veniales. Efecto eclesiológico: nos une a la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, pues la Eucaristía simboliza la unidad de la Iglesia; es más, construye y edifica a la Iglesia como nos dijo san Agustín y nos lo recordó san Juan Pablo II en su encíclica sobre la Eucaristía. Efecto escatológico: la Eucaristía es banquete del Reino, inaugurado por Cristo y que se consumará de forma definitiva en el cielo. La Eucaristía es figura del banquete celestial. La Eucaristía anticipa el gozo del banquete futuro. La comunión es el germen y remedio de inmortalidad, como nos dijo san Ignacio de Antioquía.

Finalmente, ahora bien, para entrar en este banquete se necesitan unas condiciones. Primero, fe, pues la Eucaristía es un misterio de fe. Vemos, saboreamos y tocamos pan; pero ya no es pan, sino el Cuerpo Sacratísimo de Cristo y la Sangre bendita de Cristo. “No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor, porque Él, que es la Verdad, no miente” (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica III, 75, 1). Segundo, humildad, para reconocernos hambrientos y necesitados de ese Pan de vida eterna. Quien está ahíto y lleno de los manjares terrenos, difícilmente tendrá hambre de este manjar celestial. Tercero, con el alma limpia de pecadograve. El alma en gracia es el traje de fiesta que pedía Jesús (cf. Mt 22, 11). San Juan Crisóstomo dice: “Si te acercas bien purificado, recibes gran beneficio; si te acercas manchado de culpa, te haces acreedor a la pena y al castigo eterno. Porque con tus culpas le vuelves a crucificar” (Homilía evangelio de san Juan, 45). Junto a estas disposiciones interiores están las disposiciones externas: ayuno, es decir, no comer nada una hora antes de comulgar; el modo digno de vestir y las posturas respetuosas. El cura de Ars decía: “Debemos presentarnos con vestidos decentes; no pretendo que sean trajes ni adornos ricos, mas tampoco deben ser descuidados y estropeados…Habéis de venir bien peinados, con el rostro y las manos limpias” (Sermón sobre la comunión).

Para reflexionar: ¿Me acerco a la santa misa y a la santa comunión con el alma en gracia? ¿Tengo hambre de Cristo Eucaristía o puedo pasarme meses y meses sin comulgar? En el caso de que no pueda comulgar sacramentalmente, ¿he aprendido a hacer ya una comunión espiritual?

Para rezar: Gracias, Señor, porque en la Última Cena partiste tu pan y vino –ya consagrados en tu Cuerpo y Sangre- en infinitos trozos, para saciar nuestra hambre y nuestra sed...Gracias, Señor, porque en el pan y el vino consagrados nos entregas tu vida y nos llenas de tu presencia. Gracias, Señor, porque nos amaste hasta el final, hasta el extremo que se puede amar: morir por otro, dar la vida por otro. Gracias, Señor, porque quisiste celebrar tu entrega, en torno a una mesa con tus amigos, para que fuesen una comunidad de amor. Gracias, Señor, porque en la Eucaristía nos haces UNO contigo, nos unes a tu vida, en la medida en que estamos dispuestos a entregar la nuestra... Gracias, Señor, porque todo el día puede ser una preparación para celebrar y compartir la Eucaristía... Gracias, Señor, porque todos los días puedo volver a empezar..., y continuar mi camino de fraternidad con mis hermanos, y mi camino de transformación en ti.


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Comentario a la Liturgia Dominical por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiae de são Paulo (Brasil). (Zenit)

15 de agosto, Solemnidad de la Asunción de la Virgen al cielo1

Ciclo B

Textos: Ap 11, 19ª; 12, 1.3-6a. 10ab; 1 Co 15, 20-27; Lc 1, 39-57 

Idea principal: El misterio glorioso de la Asunción de María al cielo es como la contrapartida del misterio gozoso de la Anunciación.

Síntesis del mensaje: Si María se encuentra en el cielo con cuerpo y alma no cabe el pesimismo absoluto: la humanidad no está  condenada a la corrupción. Si María ha sido asunta al cielo, no cabe el orgullo prometeico: el hombre no es un ser autosuficiente, sino que para alcanzar su realización final depende de las manos de Dios.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, resumamos un poco la historia y el contenido del dogma de la Asunción de María al cielo. Desde el siglo VI a este día, 15 de agosto, se le llamaba la Dormición de la Virgen, título con que hoy se la sigue designando en Oriente junto con el de Tránsito da María. En el siglo VII fue adoptada por la Liturgia romana, por cuyo influjo se difundió posteriormente en Occidente, donde se la designó Asunción de María. La liturgia romana actual la considera como la “fiesta de su destino de plenitud y bienaventuranza, de la glorificación de su alma inmaculada y de su cuerpo virginal, de su perfecta glorificación con Cristo resucitado; una fiesta que propone a la Iglesia y a la humanidad entera la imagen y la consoladora prenda del cumplimiento de la esperanza final; pues dicha glorificación plena es el destino de aquellos que Cristo ha hecho hermanos teniendo en común con ellos la carne y la sangre” (Pablo VI, MarialisCultus, 6).  La asunción de María es un dogma definido solemnemente por Pío XII el 1 de noviembre de 1950 con la constitución apostólica Munificentissimus Deus. Ella participa de la resurrección de Cristo en cuanto que estuvo perfectamente unida con él, escuchando su palabra y poniéndola en práctica. La asunción es la epifanía de la transformación tan profunda que la semilla de la palabra divina produjo en María, en la integridad de su persona.

En segundo lugar, este misterio glorioso es la contrapartida del misterio gozoso de la Anunciación. En el misterio de la Anunciación, el abismo de humildad de María provocó el vértigo de Dios que descendió a su seno. En el misterio de la Asunción, Nuestra Señora se rinde a la nostalgia vertical del Dios que enamoró su juventud y que ahora la atrae a las alturas. Y así como por la Anunciación, María franqueó a Dios la entrada a este mundo haciéndose en cierto modo puerta de la tierra, así por la Asunción es llevada a la gloria como Madre nuestra, convirtiéndose de esta manera en la puerta del cielo, “ianua coeli”, según se las letanías lauretanas del santo rosario. Ella es, así, la nueva escala de Jacob por la que Dios desciende a los hombres (Anunciación), y por la que los hombres ascendemos hasta Dios (Asunción).

Finalmente, la glorificación de María asume un valor de signo escatológico para todo el pueblo de Dios que camina todavía hacia el día del Señor; signo adaptado para sostener en la seguridad la esperanza de la propia realización escatológica, como la de María, y para dar aliento a cuantos se encuentran aún en medio de peligros y de afanes luchando contra el pecado y la muerte. Por tanto, la asunción de María no es una realidad alienante para el pueblo de Dios en camino, sino un estímulo y un punto de referencia que lo compromete en la realización de su propio camino histórico hacia la perfección escatológica final. Celebrar la asunción de María, la petición tiene que dirigirse a suplicar que cuanto se realizó -después de Cristo- en la Virgen Madre se realice también para nosotros, sus hijos. Ni pesimismo: todo acaba con nuestra muerte. Ni orgullo prometeico: yo alcanzaré mi plenitud y realización aquí en la tierra, robando a escondidas el fuego a nuestro Dios, sin necesidad de Él ni de su cielo. Así como María fue llevada en cuerpo y alma al cielo inmediatamente después de terminar el curso de su vida aquí en la tierra, así también nosotros resucitaremos en nuestros cuerpos al final de los tiempos, cuando venga Jesucristo por última vez.

Para reflexionar: San Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente: "Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios".

Para rezar: Hoy, tu Hijo, te viene a buscar, Virgen y Madre: “Ven, amada mía”, te pondré sobre mi trono, prendado está el Rey de tu belleza. Te quiero junto a mí para consumar mi obra salvadora, ya tienes preparada tu “casa” donde voy a celebrar las Bodas del Cordero”. Dichosa tú que has creído, porque lo que se te ha dicho
de parte del Señor, en ti ya se ha cumplido. Madre, prepárame un lugar en el cielo, junto a Ti. 

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: arivero@legionaries.org 

1. Para este comentario, me serví de algunas ideas del padre Alfredo Sáenz en su libro “Palabra y Vida”, ciclo B,  Gladius 1993.


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COMENTARIO A LA LITURGIA DOMINICAL

15 de agosto, Solemnidad de la Asunción de la Virgen al cielo1

Ciclo B

Textos: Ap 11, 19ª; 12, 1.3-6a. 10ab; 1 Co 15, 20-27; Lc 1, 39-57

P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiae de são Paulo (Brasil).

 

Idea principal: El misterio glorioso de la Asunción de María al cielo es como la contrapartida del misterio gozoso de la Anunciación.

Síntesis del mensaje: Si María se encuentra en el cielo con cuerpo y alma no cabe el pesimismo absoluto: la humanidad no está  condenada a la corrupción. Si María ha sido asunta al cielo, no cabe el orgullo prometeico: el hombre no es un ser autosuficiente, sino que para alcanzar su realización final depende de las manos de Dios.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, resumamos un poco la historia y el contenido del dogma de la Asunción de María al cielo. Desde el siglo VI a este día, 15 de agosto, se le llamaba la Dormición de la Virgen, título con que hoy se la sigue designando en Oriente junto con el de Tránsito da María. En el siglo VII fue adoptada por la Liturgia romana, por cuyo influjo se difundió posteriormente en Occidente, donde se la designó Asunción de María. La liturgia romana actual la considera como la “fiesta de su destino de plenitud y bienaventuranza, de la glorificación de su alma inmaculada y de su cuerpo virginal, de su perfecta glorificación con Cristo resucitado; una fiesta que propone a la Iglesia y a la humanidad entera la imagen y la consoladora prenda del cumplimiento de la esperanza final; pues dicha glorificación plena es el destino de aquellos que Cristo ha hecho hermanos teniendo en común con ellos la carne y la sangre” (Pablo VI, MarialisCultus, 6).  La asunción de María es un dogma definido solemnemente por Pío XII el 1 de noviembre de 1950 con la constitución apostólica Munificentissimus Deus. Ella participa de la resurrección de Cristo en cuanto que estuvo perfectamente unida con él, escuchando su palabra y poniéndola en práctica. La asunción es la epifanía de la transformación tan profunda que la semilla de la palabra divina produjo en María, en la integridad de su persona.

En segundo lugar, este misterio glorioso es la contrapartida del misterio gozoso de la Anunciación. En el misterio de la Anunciación, el abismo de humildad de María provocó el vértigo de Dios que descendió a su seno. En el misterio de la Asunción, Nuestra Señora se rinde a la nostalgia vertical del Dios que enamoró su juventud y que ahora la atrae a las alturas. Y así como por la Anunciación, María franqueó a Dios la entrada a este mundo haciéndose en cierto modo puerta de la tierra, así por la Asunción es llevada a la gloria como Madre nuestra, convirtiéndose de esta manera en la puerta del cielo, “ianua coeli”, según se las letanías lauretanas del santo rosario. Ella es, así, la nueva escala de Jacob por la que Dios desciende a los hombres (Anunciación), y por la que los hombres ascendemos hasta Dios (Asunción).

Finalmente, la glorificación de María asume un valor de signo escatológico para todo el pueblo de Dios que camina todavía hacia el día del Señor; signo adaptado para sostener en la seguridad la esperanza de la propia realización escatológica, como la de María, y para dar aliento a cuantos se encuentran aún en medio de peligros y de afanes luchando contra el pecado y la muerte. Por tanto, la asunción de María no es una realidad alienante para el pueblo de Dios en camino, sino un estímulo y un punto de referencia que lo compromete en la realización de su propio camino histórico hacia la perfección escatológica final. Celebrar la asunción de María, la petición tiene que dirigirse a suplicar que cuanto se realizó -después de Cristo- en la Virgen Madre se realice también para nosotros, sus hijos. Ni pesimismo: todo acaba con nuestra muerte. Ni orgullo prometeico: yo alcanzaré mi plenitud y realización aquí en la tierra, robando a escondidas el fuego a nuestro Dios, sin necesidad de Él ni de su cielo. Así como María fue llevada en cuerpo y alma al cielo inmediatamente después de terminar el curso de su vida aquí en la tierra, así también nosotros resucitaremos en nuestros cuerpos al final de los tiempos, cuando venga Jesucristo por última vez.

Para reflexionar: San Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente: "Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios".

Para rezar: Hoy, tu Hijo, te viene a buscar, Virgen y Madre: “Ven, amada mía”, te pondré sobre mi trono, prendado está el Rey de tu belleza. Te quiero junto a mí para consumar mi obra salvadora, ya tienes preparada tu “casa” donde voy a celebrar las Bodas del Cordero”. Dichosa tú que has creído, porque lo que se te ha dicho
de parte del Señor, en ti ya se ha cumplido. Madre, prepárame un lugar en el cielo, junto a Ti. 

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: arivero@legionaries.org 

1. Para este comentario, me serví de algunas ideas del padre Alfredo Sáenz en su libro “Palabra y Vida”, ciclo B,  Gladius 1993.


Publicado por verdenaranja @ 18:28
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SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN  

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

         Dentro de un lenguaje simbólico, propio del libro del Apocalipsis, se nos presenta ahora una visión de la Iglesia, que lucha y que triunfa sobre el enemigo y sobre el mal.  María es figura y primicia de esa Iglesia que un día será glorificada. 

SALMO             

El salmo responsorial que hoy recitamos, contempla y proclama la gloria de la Virgen María en el cielo, donde vive para siempre junto a Dios, como la reina de una antigua corte real.

SEGUNDA LECTURA

         Entre la glorificación de Cristo y de todos los cristianos cuando Él vuelva, se sitúa la glorificación de María, llevada en cuerpo y alma al Cielo. Es la solemnidad que hoy celebramos. Escuchemos. 

TERCERA LECTURA

         En la Asunción de María llegan a su punto culminante las palabras de su célebre cántico: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. 

COMUNIÓN

         El Banquete de la Eucaristía en el que participamos ahora, es un anticipo del Banquete festivo del Cielo, hacia donde nos dirigimos como peregrinos; y al mismo tiempo, es garantía de nuestra futura resurrección.

         Ojalá participemos siempre de la Eucaristía como lo hacía María, la Madre del Señor. 


Publicado por verdenaranja @ 14:37  | Liturgia
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Reflexión a las lecturas de la Asunción de la Virgen María ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

La Asunción de la Virgen María

 

La Asunción de la Virgen María es una fiesta hermosa, alegre, y esperanzadora. Viene a confirmar nuestra fe, nuestra certeza, sobre nuestra victoria definitiva sobre la muerte. Es la Pascua de María. “Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección”, escuchamos en la segunda lectura.

Entonces, ¿por qué la gente sigue muriendo? ¿Y la resurrección? El apóstol San Pablo nos lo clarifica todo. “Pero cada uno en su puesto: Primero Cristo, como primicia, después cuando Él vuelva, todos los que son de Cristo…” “El último enemigo aniquilado será la muerte”. Por eso, todos continuamos sufriendo la muerte. Y el Apóstol añade: “Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies”.

En la Asunción de María no tratamos, por tanto, de una ilusión, de una imaginación, de un deseo… Se trata de la Palabra de Dios. Es un dato fundamental de nuestra fe.

Entonces ¿qué nos dice esta gran Solemnidad?

Que la Virgen no ha tenido que esperar como nosotros, hasta la Venida Gloriosa del Señor, para ser glorificada, sino que terminada su vida en la tierra, ha sido llevada en cuerpo y alma al Cielo.   

Por tanto, la Palabra de Dios ha comenzado a cumplirse ya, en la Virgen, Madre de Dios. Fue el Vaticano II el que nos enseñó que la Iglesia contempla ahora en María, lo que ella misma espera y ansía ser. Ella es, por tanto, el espejo en el que podemos contemplar nuestro futuro eterno.

Hoy es un día en el que experimentamos la dicha de creer. “Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”, escuchamos en el Evangelio, que este día. “Que se ha cumplido ya en ti” dice una antífona.

En esta Solemnidad comprendemos mejor la necesidad de conservar y acrecentar nuestra fe y también de transmitirla a todos, especialmente, a los que lloran la muerte reciente de seres queridos.

La Santa Misa que celebramos este día es acción de gracias. ¡Cuántas gracias debemos dar al Señor, que nos concede un destino tan glorioso! Jesús nos dice: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día” (Jn 6, 54) Por tanto, el que quiera tener vida, ya sabe dónde se encuentran las fuentes de la vida: en la Muerte y Resurrección de Cristo que, “muriendo, destruyó nuestra muerte y resucitando, restauró la vida”. (Pref. Pasc. I).

La Iglesia, que peregrina rumbo a la Eternidad gloriosa, levanta los ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos (L. G. 65). Ella, “asunta al Cielo, no ha olvidado su función salvadora, sino que continúa procurándonos, con su múltiple intercesión, los dones de la salvación eterna. Con su amor de Madre cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan  y viven entre angustias y peligros, hasta que lleguen a la patria feliz” (L. G. 62).

Esta condición gloriosa de María la contemplamos en la mayoría de sus imágenes como, por ejemplo, en la de la Virgen de la Candelaria, Patrona de nuestras islas, que recordamos y festejamos este día. En esa imagen bendita, en efecto, está representada su condición gloriosa, que contemplamos en la primera lectura. No en vano la vemos con  una corona en su cabeza, con un manto enriquecido con prendas, con la luna bajo sus pies, llena de luces y flores. Y en el salmo cantamos: “De pie a tu derecha está la Reina, enjoyada con oro de Ofir”.

Toda esta grandeza ha de tener su repercusión en la vida de cada día: “Os anima a esto, nos dice San Pablo, lo que Dios os tiene reservado en los cielos…” (Col 1, 5).

Terminamos nuestra reflexión, dirigiéndonos a la Virgen y diciéndole: “Y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre, oh clementísima, o piadosa, oh dulce Virgen María”.

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 14:34  | Espiritualidad
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Mi?rcoles, 12 de agosto de 2015

Como cada domingo, el papa Francisco rezó el Ángelus desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico, ante una multitud que le atendía en la Plaza de San Pedro el 09 de agosto de 2015 (ZENIT.org)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este domingo prosigue la lectura del capítulo sexto del Evangelio de Juan, donde Jesús, habiendo cumplido el gran milagro de la multiplicación de los panes, explica a la gente el significado de aquel “signo” (Jn 6,41-51).Como había hecho antes con la Samaritana, a partir de la experiencia de la sed y del signo del agua, aquí Jesús parte de la experiencia del hambre y del signo del pan, para revelarse e invitarnos a creer en Él.

La gente lo busca, la gente lo escucha, porque se ha quedado entusiasmada con el milagro, ¡querían hacerlo rey! Pero cuando Jesús afirma que el verdadero pan, donado por Dios, es Él mismo, muchos se escandalizan, no comprenden, y comienzan a murmurar entre ellos: “De él --decían--, ¿no conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo puede decir ahora: 'Yo he bajado del cielo'? (Jn 6,42)”. Y comienzan a murmurar. Entonces Jesús responde: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió”, y añade “el que cree, tiene la vida eterna” (vv 44.47).

Nos sorprende, y nos hace reflexionar esta palabra del Señor: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre”, “el que cree en mí, tiene la vida eterna”. Nos hace reflexionar. Esta palabra introduce en la dinámica de la fe, que es una relación: la relación entre la persona humana, todos nosotros, y la persona de Jesús, donde el Padre juega un papel decisivo, y naturalmente, también el Espíritu Santo, que está implícito aquí. No basta encontrar a Jesús para creer en Él, no basta leer la Biblia, el Evangelio, eso es importante ¿eh?, pero no basta. No basta ni siquiera asistir a un milagro, como el de la multiplicación de los panes. Muchas personas estuvieron en estrecho contacto con Jesús y no le creyeron, es más, también lo despreciaron y condenaron. Y yo me pregunto: ¿por qué, esto? ¿No fueron atraídos por el Padre? No, esto sucedió porque su corazón estaba cerrado a la acción del Espíritu de Dios. Y si tú tienes el corazón cerrado, la fe no entra. Dios Padre siempre nos atrae hacia Jesús. Somos nosotros quienes abrimos nuestro corazón o lo cerramos.

En cambio la fe, que es como una semilla en lo profundo del corazón, florece cuando nos dejamos “atraer” por el Padre hacia Jesús, y “vamos a Él” con ánimo abierto, con corazón abierto, sin prejuicios; entonces reconocemos en su rostro el rostro de Dios y en sus palabras la palabra de Dios, porque el Espíritu Santo nos ha hecho entrar en la relación de amor y de vida que hay entre Jesús y Dios Padre. Y ahí nosotros recibimos el don, el regalo de la fe.

Entonces, con esta actitud de fe, podemos comprender el sentido del “Pan de la vida” que Jesús nos dona, y que Él expresa así: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6,51). En Jesús, en su “carne” --es decir, en su concreta humanidad-- está presente todo el amor de Dios, que es el Espíritu Santo. Quien se deja atraer por este amor va hacia Jesús, y va con fe, y recibe de Él la vida, la vida eterna.

Aquella que ha vivido esta experiencia en modo ejemplar es la Virgen de Nazaret, María: la primera persona humana que ha creído en Dios acogiendo la carne de Jesús. Aprendamos de Ella, nuestra Madre, la alegría y la gratitud por el don de la fe. Un don que no es “privado”, un don que no es “propiedad privada”, sino que es un don para compartir: es un don “para la vida del mundo”.

Al término de estas palabras, el Santo Padre rezó la oración mariana:

Angelus Domini nuntiavit Mariae...

Al concluir la plegaria, el Papa recordó a Hiroshima y Nagasaki en el 70 aniversario del trágico suceso:

Queridos hermanos y hermanas,

Hace setenta años, el 6 y el 9 de agosto de 1945, sucedieron los tremendos bombardeos atómicos en Hiroshima y Nagasaki. A distancia de tanto tiempo, este trágico suceso suscita todavía horror y repulsión. Este se ha convertido en el símbolo del ilimitado poder destructivo del hombre cuando hace un uso equivocado del progreso de la ciencia y de la técnica, y constituye una advertencia continua para la humanidad, para que repudie para siempre la guerra y destierre las armas nucleares y toda arma de destrucción masiva. Esta triste ocasión nos llama sobre todo a rezar y a comprometernos por la paz, para difundir en el mundo una ética de fraternidad y un clima de serena convivencia entre los pueblos. De cada tierra se eleve una única voz: ¡no a la guerra, no a la violencia, sí al diálogo, sí a la paz! Con la guerra siempre se pierde. ¡El único modo de vencer una guerra es no hacerla!

Además, el Pontífice manifestó su preocupación por la situación que atraviesa El Salvador:

Sigo con viva preocupación las noticias que llegan desde El Salvador, donde en los últimos tiempos se ha agravado la situación de la población a causa de la carestía, de la crisis económica, de agudos contrastes sociales y de la creciente violencia. Animo al querido pueblo salvadoreño a perseverar unido en la esperanza, y exhorto a todos a rezar para que en la tierra del beato Óscar Romero florezcan de nuevo la justicia y la paz.

A continuación llegó el turno de los saludos que tradicionalmente realiza el Santo Padre:

Dirijo mi saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos; en especial a los jóvenes de Mason Vicentino, Villaraspa, Nova Milanese, Fossò, Sandon, Ferrara, y a los monaguillos de Calcarelli.

Saludo a los motociclistas de San Zeno (Brescia), comprometidos a favor de los niños hospitalizados en el Hospital Bambin Gesú.

Como de costumbre, el papa Francisco concluyó su intervención diciendo:

Y a todos les deseo un buen domingo. Y por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

(Texto traducido y transcrito del audio por ZENIT)


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XIX Domingo Ordinario por Mons. Enrique Díaz Díaz. San Cristóbal de las Casas,07 de agosto de 2015 (ZENIT.org)

Un pan de escándalo

I Reyes 19, 4-8: “Con la fuerza de aquel alimento, caminó hasta el monte de Dios”.
Salmo 33: “Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor”.
Efesios 4, 30-5,2: “Vivan amando como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros”.
San Juan 6, 41-51: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”.

No sé cómo haya sido la experiencia del profeta Elías, pero desear morir, porque el hambre acaba no sólo las fuerzas sino las ganas de vivir, es una experiencia constante de migrantes, indígenas y pobres en los caminos de Chiapas. El hambre muerde a pesar de los informes oficiales que optimistamente hacen descender la pobreza en el papel pero no en la miseria real. Con hambre se nublan los ideales, se marchita la esperanza y se cierran los caminos. La vida y el pan son los primeros derechos de la persona. Un pan y un jarro de agua levantaron a Elías de su postración. Pan vivo de dignidad, agua de justicia y de verdad, podrán levantar al más pobre de los pueblos. Hoy Cristo nos dice que es ese pan que da vida y que levanta en dignidad.

Cristo ha dado de comer a miles el pan material pero aún quiere dar más a pesar de la incredulidad y la oposición de sus adversarios. Cuando proclama: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”, suscita nuevas controversias y la murmuración de los dirigentes del pueblo. Quien no tiene hambre, puede despreciar un pedazo de pan. No es lo que esperan de un Mesías y su propuesta de vida no coincide con las expectativas. Que se presente ahora como el “pan” y que se diga “bajado del cielo” causa escándalo y para ellos no tiene explicación. Lo conocen desde su infancia, saben quiénes son sus padres y miran sólo su dimensión humana. No logran percibir ninguna relación con las promesas del Padre y con el proyecto de justicia revelado desde antiguo. Sin embargo, en esta autopresentación Jesús se nos manifiesta como la respuesta a las necesidades y esperanzas del ser humano y la única condición que impone es la fe. Seguir a Jesús y creer en él, es tener vida eterna desde ahora. Jesús es el pan de esa vida, la alimenta con su testimonio, con su enseñanza y con la entrega de su existencia. San Juan utiliza esta figura del escándalo y del no poder ver más allá de la dimensión humana de Jesús, para dar a conocer la misión que encierra la persona y la obra del Maestro. La humanidad de Jesús se presenta como fuente de fe y como fuente de vida para su pueblo.

Cristo se presenta como el pan, muy concreto, en una realidad que choca a sus paisanos; pero además, proclama que “da vida eterna” porque nos lanza a mirar más allá, en lo profundo del corazón. La humanidad de Jesús nos debe llevar a valorar el hambre y la sed concretas e históricas en el camino de la vida. No puede haber vida digna cuando se muere de hambre y se sufren las consecuencias y enfermedades de la pobreza y la miseria. Pero no podemos conformarnos con llenar el estómago y dejar vacío el espíritu. Jesús propone asumir el paso de la vida humana con un total compromiso. El alimento, que es indispensable para vivir, es utilizado como metáfora para hacer ver que más allá de la dimensión humana de cada persona hay otra dimensión que requiere también ser alimentada. Nosotros hemos hecho consistir la felicidad y la vida digna en cosas externas, como si los bienes y las apariencias pudieran llenar y satisfacer nuestros deseos de eternidad e inmortalidad. El ser humano, llamado a trascenderse a sí mismo, tiene que esforzarse también continuamente para que su ciclo de vida no se quede sólo en lo material. Conocer a Jesús, creer en él, es asumir su misma propuesta de una vida digna e íntegra para cada hombre y para todos los hombres.

Creer en Jesús es asumirlo como el pan diario, partido y compartido. Seguirlo es creer que, roto, puede dar unidad e integración a toda persona. Ser su discípulo es creer que hecho migaja se convierte en banquete de pobres y mendigos. El escándalo del pan, que causa murmuración de los judíos, es este Jesús que nos dice que compartiendo se puede saciar el hambre de todos, que amando se puede construir un mundo de fraternidad y que estamos llamados a vivir una vida en plenitud. El escándalo del pan, propuesto por Jesús, es una fuerte recriminación a las situaciones de miseria y hambruna que viven nuestros hermanos mientras unos pocos se atiborran de manjares; es el grito angustioso de los pequeños triturados por un sistema injusto; es el silencio de quien ya no tiene ni ilusión ni esperanza en una vida digna. Hoy Jesús nos invita a creer en Él y en la posibilidad de vivir conforme a su reino. La incredulidad es una tentación siempre presente que empieza a echar raíces cuando organizamos nuestra existencia a espaldas de Dios, cuando lo dejamos arrinconado y en silencio. No es que Dios no hable, es que llenos de ruido, ambiciones, posesiones y autosuficiencia, ahogamos su voz y no queremos percibir su presencia en medio de nosotros.

San Pablo ha entendido este gesto amoroso de Jesús como el fundamento de nuestra fe: “Vivan amando como Cristo que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y víctima”. Pan que se ofrece, víctima que salva. En un mundo de violencia y de muerte, se nos presenta hoy Jesús como la fuerza salvadora que puede darnos vida. La vida eterna que promete Jesús no podemos entenderla solamente como “para el cielo”, es la vida que inicia aquí, por la que debemos luchar y que no terminará con la muerte. Se trata de una vida en profundidad, de calidad nueva; una vida que no puede acabar por una enfermedad o un mal acontecimiento; una vida plena que va más allá de nosotros mismos, porque ya es una participación de la misma vida de Dios.

Contemplemos por un momento nuestro pan y alimento diario, mirémoslo como lo miraría Jesús y pensemos a qué nos invita Jesús, ¿podemos tragar el alimento sin acordarnos de nuestros hermanos? ¿Somos capaces de alimentarnos del mismo Pan de Vida y después dar la espalda al que tiene necesidad? ¿Qué podemos hacer para construir en nuestros hogares, en nuestras parroquias, en nuestras comunidades, estructuras más justas que propicien que todos tengamos una mesa común y una vida digna?

Señor Jesús, víctima inmolada que da vida, pan triturado que da paz, ofrenda agradable que santifica, sacia nuestra hambre y llénanos de vida plena. Amén. 


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Martes, 11 de agosto de 2015

Reflexiones del obispo de San Cristóbal de Las Casas, Mons. Felipe Arizmendi Esquivel  San Cristóbal de las Casas,07 de agosto de 2015 (ZENIT.org)

Frontera o Muralla Sur

VER
El 7 de julio se cumplió un año del Plan Frontera Sur entre México y nuestros vecinos del sur, Honduras, El Salvador y Guatemala, los mayores expulsores de migrantes hacia los Estados Unidos. Se anunció como respuesta a la crisis de menores migrantes, que habían aumentado exponencialmente. Se quiso dar una mejor imagen del país, evitando que los migrantes subieran al tren llamado La Bestia, y tener un mayor control del tránsito hacia los Estados Unidos. Los resultados, sin embargo, no son halagüeños, sino preocupantes y, en muchos casos, inhumanos e injustos. Siguen pasando niños, mamás con bebés, y los caminos se han diversificado para conseguir su objetivo. Hay más sufrimiento, más despojos, más extorsiones y más peligros. Aunque se ponga una muralla, la migración no se logra detener.

Este Plan no ha logrado bajar el flujo de migrantes, sino aumentar su deportación. En el primer trimestre de 2015, México deportó, según datos del Instituto Nacional de Migración, a 39,316 centroamericanos, un 79% más que en el mismo período del año anterior. Con razón se acusa a México de ser el brazo ejecutor de las políticas migratorias de Estados Unidos.

El Plan no ha logrado poner las bases de la “prosperidad” que anunciaba para los estados del sur de México y los tres países del Triángulo Norte de Centroamérica (Guatemala, Honduras, El Salvador). Mientras no haya trabajo digno, oportunidades justas de desarrollo integral, seguridad y reducción de la violencia, esto no se detendrá.

El Plan no da más “seguridad” a las personas. Sólo han aumentado los retenes, las redadas, los vehículos-scanner, los operativos para impedir subirse al tren, las vejaciones y los abusos, más la creación de Centros de Atención Integral al Tránsito Fronterizo (CAITF), que nos detienen a todos cuantos pasamos por allí. Hay uno en la costa, cerca de Villa Comaltitlán; otro entre Comitán y La Trinitaria, y otro entre Palenque y Playas de Catazajá. No están en la frontera, sino en nuestro propio territorio; ya no podemos circular libremente por nuestro país.

PENSAR
En el año 2003, los Obispos de Estados Unidos y de México publicamos la Carta Pastoral “Juntos en el Camino de la Esperanza, Ya no somos extranjeros”, en la que se afirma: “Reconocemos el papel que tienen los gobiernos de Estados Unidos y de México de interceptar a los migrantes indocumentados que intenten transitar o cruzar por sus territorios; sin embargo, lo que no aceptamos, son las políticas y estrategias que ambos gobiernos han utilizado para cumplir con esta responsabilidad” (No. 78).

El 14 de julio de 2014 se celebró en la Ciudad de México el Coloquio México-Santa Sede sobre Migración Internacional y Desarrollo. En esa ocasión, el Papa Francisco envió este Mensaje: “Es necesario un cambio de actitud hacia los migrantes y refugiados por parte de todos; el paso de una actitud de defensa y de miedo, de desinterés o de marginación – que, al final, corresponde precisamente a la “cultura del descarte” – a una actitud que tenga a la base la cultura del encuentro, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno, un mundo mejor”.

El Papa, hijo de emigrantes, dijo en su Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado 2014: “Se trata de ver en el emigrante y en el refugiado no sólo un problema que debe ser afrontado, sino un hermano y una hermana que deben ser acogidos, respetados y amados, una ocasión que la Providencia nos ofrece para contribuir a la construcción de una sociedad más justa, una democracia más plena, un país más solidario, un mundo más fraterno y una comunidad cristiana más abierta, de acuerdo con el Evangelio”.

ACTUAR
Seguir fortaleciendo la cultura de la fraternidad desde las Casas para Migrantes y la atención a los migrantes en las parroquias.

Que el gobierno de México dé una respuesta humanitaria, que sustituya el enfoque de seguridad impuesto por el Plan Frontera Sur.

Que la actual política restrictiva de refugio de México cambie, aplicando unos mecanismos más ágiles y humanos en las solicitudes de asilo.

Que miremos a nuestros hermanos del sur con un corazón de hermanos.  


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El Año de la Misericordia ya tiene himno. La música es de Paul Inwood y la letra del jesuita Eugenio Costa. Ciudad del Vaticano,06 de agosto de 2015 (ZENIT.org)

El Año Jubilar de la Misericordia ya tiene himno oficial. La canción abre con las palabras “Misericordes sicut Pater”, es decir, el lema del Jubileo: “Misericordiosos como el Padre”, del Evangelio de Lucas. Respondiendo a la convocatoria del papa Francisco, la Iglesia en todo el mundo celebrará este Año Jubilar que comienza el 8 de diciembre de 2015, Solemnidad de la Inmaculada Concepción, con la Santa Misa de apertura de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro. El Año dedicado a la Misericordia concluirá el 20 de noviembre de 2016, Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. 

Los autores de la música, Paul Inwood, y de la letra, el padre jesuita Eugenio Costa, han concedido los derechos de la obra al Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización para facilitar la difusión del himno en toda la Iglesia. La grabación se ha realizado en la Capilla Musical Pontificia, dirigida por el maestro monseñor Massimo Palombella, y ha sido editada por Radio Vaticano.

Escuchar el himno aquí

“Damos gracias al Padre, porque es bueno

Damos gracias al Hijo, luz de las gentes

Pidamos al Espíritu los siete santos dones

Pidamos la paz al Dios de toda paz”

“Ha creado el mundo con sabiduría

Que ha amado con un corazón de carne

Fuente de todo bien, dulcísimo alivio

La tierra espera el evangelio del Reino”

“Conduce a su pueblo en la historia

De Él recibimos, a Él nos donamos

Confortados por Él, ofrecemos consuelo

Alegría y perdón en el corazón de los pequeños”

“Perdona y acoge a sus hijos

El corazón se abra a quien tiene hambre y sed

El amor espera y todo soporta

Serán nuevos los cielos y la tierra”.

(TRADUCIDO POR ZENIT)

 

Publicado por verdenaranja @ 23:49  | Oraciones
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Jueves, 06 de agosto de 2015

Texto completo de la catequesis del Papa en la audiencia del miércoles 5 de agosto. Ciudad del Vaticano,05 de agosto de 2015 (ZENIT.org

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Con esta catequesis retomamos nuestra reflexión sobre la familia. Después de haber hablado la última vez, de las familias heridas a causa de la incomprensión de los cónyuges, hoy quisiera detener nuestra atención sobre otra realidad: cómo cuidar de aquellos que, después de un fallo irreversibles de su unión matrimonial, han comenzado una nueva unión.

La Iglesia sabe que esta situación contradice el Sacramento cristiano. Sin embargo, su mirada de maestra que viene siempre de un corazón de madre; un corazón que, animado por el Espíritu Santo, busca siempre el bien y la salvación de las personas. Por eso siente el deber, “por amor a la verdad”, de “discernir bien las situaciones”. Así se expresaba san Juan Pablo II, en la Exhortación apostólica Familiaris consortio (n. 84), dando como ejemplo la diferencia entre quien ha sufrido la separación respecto a quien la ha provocado. Se debe hacer este discernimiento.

Si después miramos también estos nuevos lazos con los ojos de los hijos pequeños, los pequeños miran, de los niños, vemos aún más la urgencia de desarrollar en nuestras comunidades una acogida real hacia las personas que viven estas situaciones. Por esto, es importante que el estilo de la comunidad, su lenguaje, sus actitudes, estén siempre atentos a las personas, a partir de los pequeños, ellos son quienes más sufren estas situaciones. Después de todo, ¿cómo podríamos aconsejar a estos padres hacer de todo para educar a los hijos en la vida cristiana, dando ellos el ejemplo de una fe convencida y practicada, si los tenemos alejados de la vida de la comunidad como si fueran excomulgados? No se deben añadir otros pesos a aquellos que los hijos, en estas situaciones, ¡ya deben cargar! Lamentablemente, el número de estos niños y jóvenes es realmente grande. Es importante que ellos sientan a la Iglesia como madre atenta a todos, dispuesta siempre a la escucha y al encuentro.

En estos decenios, en realidad, la Iglesia no ha sido ni insensible ni perezosa. Gracias a la profundización cumplida por los Pastores, guiados y confirmados por mis predecesores, ha crecido mucho la conciencia de que es necesaria una acogida fraterna y atenta, en el amor y en la verdad, hacia los bautizados que han establecido una nueva convivencia después del fracaso del matrimonio sacramental; de hecho, estas personas no son excomulgadas, no están excomulgadas, y no van absolutamente tratadas como tales: forman parte siempre de la Iglesia.

El papa Benedicto XVI intervino sobre esta cuestión, solicitando un discernimiento atento y un sabio acompañamiento pastoral, sabiendo que no existen “recetas simples” (Discurso al VII Encuentro Mundial de las Familias, Milán, 2 junio 2012, respuesta n. 5).

De aquí la reiterada invitación de los Pastores a manifestar abiertamente y coherentemente la disponibilidad de la comunidad a acogerles y a animarles, para que vivan y desarrollen cada vez más su pertenencia a Cristo y a la Iglesia con la oración, con la escucha de la Palabra de Dios, con la frecuencia a la liturgia, con la educación cristiana de los hijos, con la caridad y el servicio a los pobres, con el compromiso por la justicia y la paz.

El ícono bíblico del Buen Pastor (Jn 10, 11-18) resume la misión que Jesús ha recibido del Padre: la de dar la vida por las ovejas. Tal actitud es un modelo también para la Iglesia, que acoge a sus hijos como una madre que dona su vida por ellos. “La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre. Ninguna puerta cerrada. Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden formar parte de la comunidad. La Iglesia es la casa paterna donde hay sitio para cada uno con su vida a cuestas” (Exort. ap.Evangelii gaudium, n. 47).

Del mismo modo, todos los cristianos están llamados a imitar al Buen Pastor. Sobre todo las familias cristianas pueden colaborar con Él cuidando de las familias heridas, acompañándolas en la vida de fe de la comunidad. Cada uno haga su parte asumiendo la actitud del Buen Pastor, que conoce cada una de sus ovejas ¡y no excluye a ninguna de su infinito amor! Gracias.

Texto traducido por ZENIT 


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Mi?rcoles, 05 de agosto de 2015

Comentario a la liturgia dominical por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiae de são Paulo (Brasil). Brasil,04 de agosto de 2015 (ZENIT.org)

Domingo 19 del Tiempo Ordinario - Ciclo B - 

Textos: 1 Re 19, 4-8; Ef 4, 30 – 5, 2; Jn 6, 41-51

Idea principal: Sin fe es imposible entender, valorar y acercarse al banquete donde se nos sirve este Pan de vida eterna, que es Jesús.

Síntesis del mensaje: Sigue la catequesis de Jesús sobre el Pan de la Vida en la sinagoga de Cafarnaún. Hoy Cristo nos pide fe para creer que Él es el verdadero Pan de la vida que Dios envía a la humanidad para que sacie su hambre. El que crea en Él tendrá la vida eterna.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, la fe puede pasar por momentos duros psicológicos, como le pasó al profeta Elías en la primera lectura de hoy. Elías, huyendo de las amenazas de muerte de la reina Jezabel, es vencido por el miedo y la depresión, a pesar de haber hecho gala de coraje y confianza en la escena anterior. Esta imagen del profeta, tocando los límites de la existencia, resulta entrañable y co_nMovedora. No menos conmovedores son los cuidados de Dios hacia el profeta, brindándole comida y aliento por medio de un ángel en una doble escena que nos recuerda la del torrente Querit. Ya en el desierto, la huida de Elías se convierte en peregrinación hacia el Horeb, la montaña de Dios: “Fortalecido por ese alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta la montaña de Dios, el Horeb”. Elías parece desandar el camino del pueblo en busca de los orígenes de la fe. Para acercarnos y gustar del Pan de la Eucaristía tenemos que vencer todos los obstáculos desde la fe y confianza en Dios. Dios le dio a Elías pan para comer, y lo llenó de energía. Así también a nosotros en la Eucaristía.

En segundo lugar, el Evangelio me invita a purificar la fe de otros obstáculos mentales. La gente, que ha seguido a Jesús hasta ahora más por interés propio que por fe, lo empieza a criticar. No están listos para creer y seguir sus palabras, cuando les reprocha su prudencia humana y sus ideas preconcebidas. No es extraño a nuestra propia experiencia: tendemos también a elegir lo que nos gustaría o no nos gustaría creer. Jesús deja bien claro que la fe es un regalo de Dios: “Nadie puede venir a mí si mi Padre que me envió no lo atrae”. ¡Tenemos que sentir la atracción por Jesús! De lo contrario, cualquier tío-vivo, carrusel psicodélico o feria de la plaza nos llamará más la atención que este Pan de vida eterna.

Finalmente, y con la fe robustecida y purificada, entonces estamos preparados para comer de este Pan y nuestra alma tendrá vida; creceremos en fe, esperanza, amor a Dios; amor, justicia y solidaridad con los demás. Si comemos el Cuerpo de Cristo, no moriremos para siempre; viviremos para siempre después de la muerte, pues la Eucaristía es prenda de la gloria futura. La semana pasada contemplamos la Eucaristía como sacrificio; sacrificio incruento de Cristo, actualizado en la santa misa. Hoy damos un paso más: la Eucaristía también es prenda de la gloria final. El que la recibe como corresponde, vivirá para siempre. No quiere decir, lógicamente, que la recepción de la Eucaristía nos ahorre la muerte corporal. Nosotros comulgamos con frecuencia, y a pesar de todo un día moriremos. Acá se trata de la muerte espiritual, de la muerte eterna. El Pan que desciende del cielo nos libra de esa muerte y nos da la vida que no perece. Todo alimento nutre según sus propiedades. El alimento de la tierra alimenta para el tiempo. El alimento celestial, que es Cristo, Pan bajado del cielo, alimenta para la vida eterna. Nuestro Horeb es el cielo. Hasta allí, hasta ese umbral, nos acompañará el Pan bajado del cielo.

Para reflexionar: ¿Cuáles son mis motivaciones para recibir la Santa Comunión? ¿Disfruto de este banquete de la Eucaristía? ¿Cada día crece mi fe en la Eucaristía?

Para rezar: Gracias, Señor, por tu Eucaristía que no sólo nos acompaña en nuestra peregrinación al cielo, sino que, en cierto modo, ya desde ahora siembra algo de “cielo” en nuestro interior. Señor, dame conciencia de que en la Sagrada Comunión te recibo a Ti resucitado y glorioso; y me aplicas el fruto de tu Pasión y me comunicas el germen de tu resurrección. Me da alegría lo que me dice san Gregorio de Nisa: “al recibirte, me conviertes en principio de resurrección, frenando en Ti la descomposición de mi naturaleza”. Tú eres, Señor, el remedio de inmortalidad, como decía san Ignacio de Antioquía. Y yo lo creo.

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: arivero@legionaries.org


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Texto completo del discurso del Santo Padre a los monaguillos. Ciudad del Vaticano,04 de agosto de 2015 (ZENIT.org)

     

Queridos monaguillos
Agradezco vuestra presencia tan numerosa, que ha desafiado el sol romano de agosto.

Agradezco al Obispo Nemet, vuestro Presidente, las palabras con las que ha introducido este encuentro. Os habéis puesto en camino desde diversos países para peregrinar a Roma, el lugar del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo. Es importante ver que la proximidad y la familiaridad con Jesús en la Eucaristía sirviendo el altar se convierte también en una oportunidad para abrirse a los demás, para caminar juntos, para marcarse metas comprometidas y encontrar la fuerza para alcanzarlas. Es fuente de verdadera alegría reconocerse pequeño y débil, pero saber que, con la ayuda de Jesús, podemos ser revestidos de fuerza y emprender un gran viaje en la vida a su lado.

También el profeta Isaías descubre esta verdad, a saber, que Dios purifica sus intenciones, perdona sus pecados, sana su corazón y lo hace idóneo para llevar a cabo una tarea importante, la de llevar al pueblo la palabra de Dios, convirtiéndose en un instrumento de la presencia y de la misericordia divina. Isaías descubre que, poniéndose confiadamente en manos del Señor, toda su vida se transformará.

El pasaje bíblico que hemos escuchado nos habla precisamente de esto. Isaías tiene una visión que le permite percibir la majestad del Señor, pero, al mismo tiempo, le revela que él, aun revelándose, sigue estando muy distante.

Isaías descubre con asombro que Dios es quien da el primer paso, el primero en acercarse; se da cuenta de que la acción divina no se ve obstaculizada por sus imperfecciones, que únicamente la benevolencia divina es lo que le hace idóneo para la misión, transformándole en una persona totalmente nueva y, por tanto, capaz de responder a su llamada y decir: «Aquí estoy, mándame» (Is 6,8).

Hoy, vosotros sois más afortunados que el Profeta Isaías. En la Eucaristía y en los demás sacramentos experimentáis la íntima cercanía de Jesús, la dulzura y la eficacia de su presencia. No encontráis a Jesús en un inalcanzable trono alto y elevado, sino en el pan y el vino eucarísticos, y su palabra no hace vibrar las paredes, sino las fibras del corazón. Al igual que Isaías, cada uno de vosotros descubre también que Dios, aunque en Jesús se hace cercano y se inclina sobre vosotros con amor, sigue siendo siempre inmensamente más grande y permanece más allá de nuestra capacidad de comprender su íntima esencia. Como Isaías, también vosotros tenéis la experiencia de que la iniciativa es siempre de Dios, porque es él quien os ha creado y querido. Es él quien, en el bautismo, os ha hecho criaturas nuevas, y es siempre él quien espera pacientemente la respuesta a su iniciativa y el que ofrece el perdón a todo el que se lo pida con humildad.

Si no ponemos resistencia a su acción, él tocará nuestros labios con la llama de su amor misericordioso, como lo hizo con el profeta Isaías, y esto nos hará aptos para acogerlo y llevarlo a nuestros hermanos. Como Isaías, también a nosotros se nos invita a no permanecer cerrados en nosotros mismos, custodiando nuestra fe en un depósito subterráneo en el que nos retiramos en los momentos difíciles. Estamos llamados más bien a compartir la alegría de reconocerse elegidos y salvados por la misericordia de Dios, a ser testigos de que la fe es capaz de dar un nuevo rumbo a nuestros pasos, que ella nos hace libres y fuertes para estar disponibles y aptos para la misión.

Qué bello es descubrir que la fe nos hace salir de nosotros mismos, de nuestro aislamiento y que, precisamente rebosantes de la alegría de ser amigos de Cristo, el Señor, nos mueve hacia los demás, convirtiéndonos naturalmente en misioneros.

Vosotros, queridos monaguillos, cuanto más cerca estéis del altar, tanto más os recordaréis de dialogar con Jesús en la oración cotidiana, más os alimentaréis de la Palabra y del Cuerpo del Señor y seréis más capaces de ir hacia el prójimo llevándole el don que habéis recibido, dándole a su vez con entusiasmo la alegría que se os ha dado.

Gracias por vuestra disponibilidad de servir en el altar del Señor, haciendo de este servicio una cancha de educación en la fe y en el amor al prójimo. Gracias por haber iniciado también vosotros a responder al Señor como el profeta Isaías: «Aquí estoy, mándame» (Is 6,8). 

Texto distribuido por la Sala de Prensa del Vaticano

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Martes, 04 de agosto de 2015

Texto completo del ángelus del papa Francisco del 2 de agosto de 2015.  (ZENIT.org)

«Queridos hermanos y hermanas, buenos días. En este domingo continua la lectura del capítulo sexto del Evangelio de Juan.

Después de la multiplicación de los panes, la gente había iniciado a buscar a Jesús y finalmente lo encuentra en Cafarnaún. Él entiende bien el motivo de tanto entusiasmo por seguirlo y lo revela con claridad: “Me buscan no porque han visto signos, sino porque han comido de aquellos panes y se han saciado”.

En realidad esas personas lo siguen por el pan material que el día anterior había saciado su hambre, cuando Jesús había realizado la multiplicación de los panes. No habían entendido que ese pan partido para tantos, para muchos, era la expresión del amor del mismo Jesús. Han dado más valor a aquellos panes que a su donador.

Delante a esta ceguera espiritual, Jesús evidencia la necesidad de ir más allá del don y descubrir al donador. Dios mismo es el don y el donador. Y así en aquel pan, en aquel gesto, la gente puede encontrar a Aquel que lo da, que es Dios.

Invita a abrirse a una perspectiva que no es solamente la de las preocupaciones cotidianas: el comer, vestir, el éxito, la carrera. Jesús habla de otro alimento, habla de un alimento que no se corrompe y que es necesario buscar y acoger. Él exhorta: “Empéñense no por el alimento que no dura, pero por el alimento que queda para la vida eterna y que el Hijo del hombre dará. O sea busquen la salvación, el encuentro con Dios.

Con estas palabras nos quiere hacer entender que más allá del hambre físico el hombre lleva consigo otro hambre --todos tenemos este hambre-- un hambre más importante que no puede ser saciado con el alimento normal. Se trata de hambre de vida, hambre de eternidad que solamente Él puede satisfacer en cuanto es 'el pan de vida'.

Jesús no elimina la preocupación y la búsqueda del alimento cotidiano, no, no elimina la preocupación de todo esto que puede volver la vida más avanzada. Pero Jesús nos recuerda que el verdadero significado de nuestra existencia terrena está al final en la eternidad, está en el encuentro con Él, que es don y donador. Y nos recuerda también que la historia humana con sus sufrimientos y sus alegría tiene que ser vista en un horizonte de eternidad, o sea en aquel horizonte del encuentro definitivo con Él.

Y este encuentro nos ilumina durante todos los días de nuestra vida. Si pensamos a este encuentro, a este gran don, los pequeños dones de la vida, también los sufrimientos, las preocupaciones serán iluminadas por la esperanza de este encuentro. 'Yo soy el pan de vida, quien viene a mi no tendrá más hambre y quien cree en mi no tendrá nunca sed. Esta es la referencia a la Eucaristía, el don más grande que sacia el alma y el cuerpo.

Encontrar y acoger en nosotros a Jesús, “pan de vida”, da significado y esperanza en el camino habitualmente tortuoso de la vida. Pero este 'pan de vida' nos ha sido dado con una tarea: para que podamos saciar al mismo tiempo el hambre espiritual y material de nuestros hermanos, anunciando el Evangelio por todas partes.

Con el testimonio de nuestra actitud fraterna y solidaria hacia el prójimo, volvamos presente a Cristo y su amor en medio de los hombres. La Virgen Santa nos ayude en la búsqueda y en seguir a su hijo Jesús, el pan verdadero, el pan vivo que no se corrompe y dura en la vida eterna».

El papa ha rezado el ángelus y a continuación ha dicho las siguientes palabras:

«Queridos hermanos y hermanas, les dirijo mi saludo a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos de diversos países.

Saludo a los jóvenes españoles de Zizur Mayor, Elizondo y Pamplona, y también a los italianos de Badia, San Matteo della Décima, Zugliano y Grumolo Pedemonte. Y saludo la peregrinación a caballo de la 'Archicofradía Parte Guelfa' de Florencia.

Hoy se recuerda el perdón de Asís. Es un fuerte llamado para acercarnos al Señor en el sacramento de la misericordia y también para recibir la comunión. Hay gente que tiene miedo de acercarse a la confesión olvidándose que allí no encontramos a un juez severo sino al Padre inmensamente misericordioso.

Es verdad que cuando vamos al confesionario sentimos un poco de vergüenza, y esto nos sucede a todos, a todos nosotros, pero tenemos que recordar que también esta vergüenza es una gracia que nos prepara al abrazo del Padre que siempre perdona y siempre perdona todo. A todos ustedes les deseo un buen domingo. Y por favor no se olviden de rezar por mi. 'Buon pranzo' y 'buona domenica'


Publicado por verdenaranja @ 21:53  | Habla el Papa
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S?bado, 01 de agosto de 2015

Eucaristía viva y comprometida por Mons. Enrique Díaz Díaz. San Cristóbal de las Casas,31 de julio de 2015 (ZENIT.org)

XVIII Domingo Ordinario

Éxodo 16, 2-4. 12-15: “Voy a hacer que llueva pan del cielo”.
Salmo 77. “El Señor le dio pan del cielo”.
Efesios 4, 17. 20-24: “Revístanse del nuevo yo, creado a imagen de Dios”.
San Juan 6, 24-35: “El que viene a mí no tendrá hambre, el que cree en mí nunca tendrá sed”.


Les dijeron que estaban locos pero ellos no podían dejar que el niño muriera de hambre. Así, a la angustia y necesidad de alimentar tres niños, se añadía una boca más. David llegó a ser parte de aquella humilde familia cuando perdió a su madre y su padre lo abandonó a su suerte. Ahora llama “mamá y papá” a quienes sólo por generosidad lo recogieron, lo alimentaron y lo hicieron crecer. “Crecimos en mucha pobreza. Tuvimos que trabajar duro para salir adelante, pero nunca me faltó el cariño y una tortilla. Más que la tortilla fue el calor de un hogar y el amor de una familia que me protegió. Sus pobres tortillas me hicieron persona, me dieron nueva vida”. Recuerda ahora David con mucho agradecimiento.

¿Por qué buscamos nosotros a Jesús? El pasaje de este día resulta revelador. Jesús ha dado de comer a miles de personas, lo más natural es que ahora lo quieran seguir a todos lados. Alguien hablaría de populismo, dar al pueblo pan y circo, que se olvide de sus problemas y alimente su estómago. Jesús no acepta esta búsqueda interesada, exige una búsqueda más comprometida y seria. Exhibe lo equivocado de esa actitud pues al hacer su pregunta: “¿Qué obras debemos hacer?”, continúan en el plano de lo exterior y de lo superficial, Cristo los invita a una nueva actitud. No es sólo lo exterior, implica un cambio profundo en lo interior. Les pide una única obra: “creer en Él”, no basta encontrar solución a la necesidad material, hay que aspirar a la plenitud humana, y esto requiere su colaboración. Los invita a trabajar por conseguir el alimento que no acaba, que permanece, el que da la vida sin término, dándole su adhesión a Él como enviado de Dios. Es elevar más allá la mirada. Estamos tan absortos y necesitados del pan material que nos ahogamos en la angustia de cada día. “Trabajamos para comer y comemos para poder trabajar”.

¿Es escandalosa la propuesta de Jesús? Ya desde los signos que rodean el milagro, nos manifiesta que el pan que sacia el hambre debe ir acompañado también del reconocimiento de la dignidad de cada hombre y de cada pueblo. Nadie tiene derecho a utilizar el hambre como arma para controlar la voluntad de un pueblo. Saciar el hambre, progresar solamente en el aspecto económico y tecnológico, no basta para dar a la persona su verdadero puesto en la creación. Con frecuencia el progreso va unido a nuevas formas de esclavitud y de explotación que atan y deshumanizan. Es urgente buscar caminos que acaben con el hambre pero no basta, se requieren nuevas formas de acercar a la mesa a los hermanos en unidad y fraternidad, compartiendo y construyendo un mundo donde los individuos y los pueblos alcancen un desarrollo integral y pleno. El día que no necesitemos “campañas contra el hambre” y todos tengan lo suficiente para vivir, estaremos cumpliendo el plan de Dios. Cristo propone una nueva visión de la persona que incluye su realización plena: “No busquen el alimento que perece”. La persona requiere, además del alimento, su reconocimiento, su realización y su integración en la comunidad. Requiere también esa vida en plenitud con Dios donde encuentra sentido su existencia.

¿Habrá una integración más plena entre dos cuerpos que la proporcionada por el alimento? El pan que nos alimenta se convierte en nuestra sangre, en nuestros miembros, en nuestra carne y no podemos decir “aquí tengo un trozo de pan que comí en la mañana”, sino que se transforma en nosotros mismos, en nuestros miembros. El aparato digestivo descompone y trabaja los elementos de la tortilla, el frijol o el pan que comemos y da vida y fortaleza a nuestro cuerpo. Cristo ha escogido el pan como signo de su presencia y de su integración a cada uno de nosotros. El pan tan común en su cultura, tan insignificante y tan indispensable. Compuesto de pequeños granos triturados, descompuesto para dar vida, sostiene a la persona y le da energía para su trabajo. Llega a ser parte de la misma persona y así se transforma en vida al morir. Cristo ha escogido este signo y se hace para nosotros pan de vida. Se une a nosotros, pasa desapercibido y se convierte en parte nuestra, o, quizás sea mejor decir, nos convierte en parte suya para seguir dándonos vida. Quizás no hemos reflexionado profundamente en esta maravillosa transformación y no hemos dado gracias suficientes por este regalo de Jesús que se quiere quedar tan dentro de nosotros hasta formar parte de nosotros mismos, hacerse cuerpo nuestro, hacernos cuerpo suyo.

Creer en esta presencia, creer en Él, es la exigencia que este día nos presenta. Si tomáramos en serio este signo, cómo cambiaría nuestra vida en cada comunión. Nos unimos a Cristo, Él se une a nosotros, y así también nos unimos a todos los hermanos. Es una verdadera “comunión” que comporta compromisos muy coherentes en la vida diaria. No tenemos derecho a vivir una vida adormilada e indiferente, sino una vida en plenitud y unidos a Jesús. No podemos vivir una vida individualista y comodina, sino compartida y comprometida con cada uno de los hermanos a los que nos ha unido Jesús. Es la única obra que nos pide Jesús: “creer en Él”, pero creerlo en serio y de verdad; una fe que lleve a las obras, una fe que no se quede en simples deseos, sino que se transforma en acción y en entrega.

¿Cómo es nuestra fe en Jesús? ¿Qué significa para mí que se haya hecho pan, que me alimente, que me dé fuerzas y me sostenga? ¿Cómo vivo la comunión con Él y con los hermanos? ¿A qué compromisos sociales y evangelizadores me impulsa la Eucaristía así vivida?

Señor, tú eres el pan de vida, formado de múltiples granos, entregado y triturado para darnos vida, concédenos creer en ti, en tu Eucaristía y entregarnos para vivir plenamente en comunión contigo y con los hermanos. Amén.


Publicado por verdenaranja @ 23:52  | Espiritualidad
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Reflexión de josé Antonio Pagola al evangelio del domingo dieciocho del Tiempo Ordinario - B.

EL CORAZÓN DEL CRISTIANISMO

 

La gente necesita a Jesús y lo busca. Hay algo en él que los atrae, pero todavía no saben exactamente por qué lo buscan ni para qué. Según el evangelista, muchos lo hacen porque el día anterior les ha distribuido pan para saciar su hambre.

Jesús comienza a conversar con ellos. Hay cosas que conviene aclarar desde el principio. El pan material es muy importante. Él mismo les ha enseñado a pedir a Dios «el pan de cada día» para todos. Pero el ser humano necesita algo más. Jesús quiere ofrecerles un alimento que puede saciar para siempre su hambre de vida.

La gente intuye que Jesús les está abriendo un horizonte nuevo, pero no saben qué hacer, ni por dónde empezar. El evangelista resume sus interrogantes con estas palabras: «y ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?». Hay en ellos un deseo sincero de acertar. Quieren trabajar en lo que Dios quiere, pero, acostumbrados a pensarlo todo desde la Ley, preguntan a Jesús qué obras, prácticas y observancias nuevas tienen que tener en cuenta.

La respuesta de Jesús toca el corazón del cristianismo: «la obra (¡en singular!) que Dios quiere es esta: que creáis en el que él ha enviado». Dios solo quiere que crean en Jesucristo pues es el gran regalo que él ha enviado al mundo. Esta es la nueva exigencia. En esto han de trabajar. Lo demás es secundario.

Después de veinte siglos de cristianismo, ¿no necesitamos descubrir de nuevo que toda la fuerza y la originalidad de la Iglesia está en creer en Jesucristo y seguirlo? ¿No necesitamos pasar de la actitud de adeptos de una religión de «creencias» y de «prácticas» a vivir como discípulos de Jesús?

La fe cristiana no consiste primordialmente en ir cumpliendo correctamente un código de prácticas y observancias nuevas, superiores a las del antiguo testamento. No. La identidad cristiana está en aprender a vivir un estilo de vida que nace de la relación viva y confiada en Jesús el Cristo. Nos vamos haciendo cristianos en la medida en que aprendemos a pensar, sentir, amar, trabajar, sufrir y vivir como Jesús.

Ser cristiano exige hoy una experiencia de Jesús y una identificación con su proyecto que no se requería hace unos años para ser un buen practicante. Para subsistir en medio de la sociedad laica, las comunidades cristianas necesitan cuidar más que nunca la adhesión y el contacto vital con Jesús el Cristo.

José Antonio Pagola

18 Tiempo Ordinario – B (Juan 6,24-35)
Evangelio del 02/08/2015
Publicado el 27/ jul/ 2015
por Coordinador Grupos de Jesús



Publicado por verdenaranja @ 23:48  | Espiritualidad
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