Viernes, 11 de septiembre de 2015

Reflexión a las lecturas del domingo veinticuatro del Tiempo ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 24º del T. Ordinario B

 

Por el camino a las aldeas de Cesarea de Filipo se realiza hoy una gran revelación: ¡Jesús es el Mesías!

Pero la reacción de Jesucristo nos resulta extraña: en primer lugar, les prohíbe terminantemente a los discípulos decírselo a nadie. Luego les hace otra gran revelación: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. “Se lo explicaba con toda claridad”.

Pero ¿quién podía entender, en todo Israel, que el Mesías tuviera que padecer? ¿El que venía a liberarles de la dominación romana, cómo iba a terminar derrotado? ¿El que iba a conducirles a un Reino muy grande, jamás soñado, cómo iba a ser condenado y ejecutado? Porque de resucitar, ellos no entendían nada.

Por tanto, es normal que Pedro se lo lleve aparte y se ponga a increparlo. Pedro ama intensamente a Cristo y espera el Reino prometido. Y Jesús se siente realmente tentado y sabe que los demás discípulos piensan lo mismo que Pedro.  Por eso, de cara a los discípulos, dirige a Pedro unas palabras desconcertantes: “¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios”.

Y ya sabemos lo que pensamos los hombres y lo que piensa Dios:

Los hombres, ante todo, rehuimos no sólo la enfermedad y la muerte, sino también todo tipo de sufrimiento. ¡Cuánto nos cuesta afrontar el dolor, sobre todo, cuando es prolongado! Y no sólo eso. Rehuimos todo lo que suene a sacrificio, renuncia, entrega. Y luego, luchamos y nos esforzamos por vivir y gozar a tope.

¿Y cómo piensa Dios?

El sufrimiento y la muerte nunca son para Dios término de todo, fin en sí mismos, sino que  siempre son camino, grano de trigo en el surco, paso, pascua. Dios no busca nunca hacernos sufrir o amargarnos la vida. Todo lo contrario. Dios quiere nuestro bien y nuestra felicidad no sólo en el alma sino también, en el cuerpo. No sólo en la vida futura, sino también en el tiempo. Y si nos pide o nos exige algo, es para hacerla posible. Como un grano de trigo: para convertirse en una espiga preciosa,  tiene que ser enterrado en el surco.

Por todo ello, nos dice el Evangelio que Jesús llama a la gente y a los discípulos y les dice: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.

¡Estas son las condiciones de su seguimiento! En definitiva, ir por su mismo camino. Y añade: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará”. ¡Qué impresionante es todo esto! Estas palabras del Señor las ha “traducido” el Vaticano II, diciendo: “El hombre jamás logrará alcanzar su plenitud, mientras no entregue su vida como un don al servicio de los demás” (G. et Sp. 24).

Sin embargo, nos cuesta entender que hemos recibido la vida para darla; no para quemarla en la hoguera de nuestro egoísmo. Por ahí anda la razón y la raíz de

De nuestra existencia cristiana.

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:48  | Espiritualidad
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