Idea principal: Cuidemos en nuestra vida la intolerancia, los celos y la intransigencia, pues no son evangélicos. Nadie tiene el monopolio del Espíritu, pues Él sopla donde quiere y cuando quiere.

Síntesis del mensaje: No es propio del Cristianismo el ser intolerante, tajante y radical. Basta ver a Jesús manso y humilde de corazón que tuvo paciencia con los apóstoles, que predicaba el Reino con respeto, exigía desde los valores de la justicia, verdad y solidaridad, y valoraba las cosas positivas de los maestros de la ley y fariseos.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, Moisés no se puso celoso porque Eldad y Medad profetizasen. “Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos el espíritu del Señor”. Es un preludio de lo que nos dirá el Espíritu Santo en el concilio Vaticano II: “El Pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad y ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza…Además, el mismo Espíritu Santo no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los ministerios…sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia” (Lumen Gentium, 12).

En segundo lugar, ahora es el apóstol Juan, quien se definía “el discípulo amado”, el que parece intolerante y prohíbe a uno expulsar demonios en nombre de Jesús. Cree que sólo ellos, los apóstoles, tienen el monopolio y la exclusiva de estos ministerios. Intolerante, tajante y radical, porque un hombre de pueblo se mete a exorcista y despacha a los demonios. Ya vimos en la primera lectura cómo Moisés paró los pies a esos intolerantes que le pedían que les prohibiese profetizar. La intolerancia es cerrilismo, ignorancia y pecado. La tolerancia es cortesía, inteligencia y virtud. Ahora entendemos mejor al Papa Francisco. La intolerancia es un escándalo. Y escandalizar, según nuestra moral y el evangelio, no es dar que hablar, sino incitar, colaborar….con el pecado. En este caso la intolerancia es virtud porque su objetivo es lo malo. Las palabras de Jesús hoy son una exhortación a la tolerancia y a la magnanimidad. La exclusión sectaria, la mirada narcisista, la pretensión monopolizadora, son actitudes extrañas al espíritu de Jesús. Eliminando toda cerrazón ortodoxa, el cristianismo ha de saber acoger, apoyar y estimular a todos los hombres que defiendan una causa noble, aunque no estén inscritos en su comunidad ni pertenezcan a su confesión. A éstos, por mínima que sea su acción humanitaria, no se les negará la recompensa divina. ¡Cuánto menos la acogida humana!

Finalmente, habría que preguntarnos si realmente somos tolerantes o intolerantes. Tolerantes en qué. Intolerantes en qué y cuándo. Ya sabemos lo que nos vendrá. La intolerancia de los intolerantes es tan grave, que Jesús les cuelga hoy al cuello una rueda de molino ¡y al mar!, los mutila –ojo, brazo, pierna- ¡y al tostadero!, les cierra a cal y canto la puerta del cielo ¡y a la calle! Naturalmente, es un decir de decires, una hipérbole, pero no un decir por decir. La intolerancia religiosa es las ganas fracasadas de alzarse con el santo y la peana, es decir, con Dios en exclusiva y eso es un sacrilegio. La intolerancia divide a los hombres, les amarga la existencia y eso es un pecado contra el amor y su unidad. La intolerancia fastidia a los hombres, y los hombres por eso se enemistan con Dios. La intolerancia es intolerable. Punto.

Para reflexionar: ¿Con quién soy intolerante: con los demás, conmigo? ¿A qué o a quién debo ser intolerante: a mi hermano que piensa o cree distinto que yo, al pecado y al que me invita a ofender a Dios? ¿Por qué creo que yo tengo el monopolio de la verdad y la salvación? ¿Creo que “mi” verdad es “la” verdad?

Para rezar: Señor, te pido, que me liberes de mi mal carácter, agresividad e intolerancia. La inestabilidad de mi carácter, el mal trato hacia los que se me acercan o se relacionan conmigo, así como con mis familiares, parroquianos, amigos y vecinos gobierna, tristemente mi vida, y el daño que les causo a los demás, al prójimo, a los que en general tratan conmigo, es excesivamente doloroso, y el que me infiero a mi mismo es también insoportable y me produce una inevitable y gran culpa, al punto que me paralizo, y veo pasar los días en una secuencia interminable. Me arrepiento de haber incurrido en esta actitud y conducta, pero necesito de tu celestial y poderoso auxilio para liberarme definitivamente de la intolerancia. Te doy gracias Señor porque tú siempre escuchas al que te invoca. Amén.

 

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: [email protected]