Mi?rcoles, 30 de septiembre de 2015

Publicamos a continuación la homilía del Santo Padre en la Basílica de Filadelfia en la mias con obispos, clero, religiosos y religiosas de Pensilvania. Ciudad del Vaticano,26 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

 

Esta mañana he aprendido algo sobre la historia de esta hermosa Catedral: la historia que hay detrás de sus altos muros y ventanas. Me gusta pensar, sin embargo, que la historia de la Iglesia en esta ciudad y en este Estado es realmente una historia que no trata solo de la construcción de muros, sino también de derribarlos. Es una historia que nos habla de generaciones y generaciones de católicos comprometidos que han salido a las periferias y construido comunidades para el culto, la educación, la caridad y el servicio a la sociedad en general.

Esa historia se ve en los muchos santuarios que salpican esta ciudad y las numerosas iglesias parroquiales cuyas torres y campanarios hablan de la presencia de Dios en medio de nuestras comunidades. Se ve en el esfuerzo de todos aquellos sacerdotes, religiosos y laicos que, con dedicación, durante más de dos siglos, han atendido a las necesidades espirituales de los pobres, los inmigrantes, los enfermos y los encarcelados. Y se ve en los cientos de escuelas en las que hermanos y hermanas religiosas han enseñado a los niños a leer y a escribir, a amar a Dios y al prójimo y a contribuir como buenos ciudadanos a la vida de la sociedad estadounidense. Todo esto es un gran legado que ustedes han recibido y que están llamados a enriquecer y transmitir.

La mayoría de ustedes conocen la historia de santa Catalina Drexel, una de las grandes santas que esta Iglesia local ha dado. Cuando le habló al Papa León XIII de las necesidades de las misiones, el Papa –era un Papa muy sabio– le preguntó intencionadamente: «¿Y tú?, ¿qué vas a hacer?». Esas palabras cambiaron la vida de Catalina, porque le recordaron que al final todo cristiano, hombre o mujer, en virtud del bautismo, ha recibido una misión. Cada uno de nosotros tiene que responder lo mejor que pueda al llamado del Señor para edificar su Cuerpo, la Iglesia.

«¿Y tú?». Me gustaría hacer hincapié en dos aspectos de estas palabras en el contexto de nuestra misión particular para transmitir la alegría del Evangelio y edificar la Iglesia, ya sea como sacerdotes, diáconos o miembros de institutos de vida consagrada.

En primer lugar, aquellas palabras –«¿Y tú?»– fueron dirigidas a una persona joven, a una mujer joven con altos ideales, y cambiaron su vida. Le hicieron pensar en el inmenso trabajo que había que hacer y la llevaron a darse cuenta de que estaba siendo llamada a hacer algo al respecto. ¡Cuántos jóvenes en nuestras parroquias y escuelas tienen los mismos altos ideales, generosidad de espíritu y amor por Cristo y la Iglesia! ¿Los desafiamos? ¿Les damos espacio y les ayudamos a que realicen su cometido? ¿Encontramos el modo de compartir su entusiasmo y sus dones con nuestras comunidades, sobre todo en la práctica de las obras de misericordia y en la preocupación por los demás? ¿Compartimos nuestra propia alegría y entusiasmo en el servicio al Señor?

Uno de los grandes desafíos de la Iglesia en este momento es fomentar en todos los fieles el sentido de la responsabilidad personal en la misión de la Iglesia, y capacitarlos para que puedan cumplir con tal responsabilidad como discípulos misioneros, como fermento del Evangelio en nuestro mundo. Esto requiere creatividad para adaptarse a los cambios de las situaciones, transmitiendo el legado del pasado, no solo a través del mantenimiento de las estructuras e instituciones, que son útiles, sino sobre todo abriéndose a las posibilidades que el Espíritu nos descubre y mediante la comunicación de la alegría del Evangelio, todos los días y en todas las etapas de nuestra vida.

«¿Y tú?». Es significativo que esas palabras del anciano Papa fueran dirigidas a una mujer laica. Sabemos que el futuro de la Iglesia, en una sociedad que cambia rápidamente, reclama ya desde ahora una participación de los laicos mucho más activa. La Iglesia en los Estados Unidos ha dedicado siempre un gran esfuerzo a la catequesis y a la educación. Nuestro reto hoy es construir sobre esos cimientos sólidos y fomentar un sentido de colaboración y de responsabilidad compartida en la planificación del futuro de nuestras parroquias e instituciones. Esto no significa renunciar a la autoridad espiritual que se nos ha confiado; más bien, significa discernir y emplear sabiamente los múltiples dones que el Espíritu derrama sobre la Iglesia. De manera particular, significa valorar la inmensa contribución que las mujeres, laicas y religiosas, han hecho y siguen haciendo a la vida de nuestras comunidades.

Queridos hermanos y hermanas, les doy las gracias por la forma en que cada uno de ustedes ha respondido a la pregunta de Jesús que inspiró su propia vocación: «¿Y tú?». Los animo a que renueven la alegría de ese primer encuentro con Jesús y a sacar de esa alegría renovada fidelidad y fuerza. Espero con ilusión compartir con ustedes estos días y les pido que lleven mi saludo afectuoso a los que no pudieron estar con nosotros, especialmente a los numerosos sacerdotes y religiosos ancianos que se unen espiritualmente.

Durante estos días del Encuentro Mundial de las Familias, les pediría de modo especial que reflexionen sobre nuestro servicio a las familias, a las parejas que se preparan para el matrimonio y a nuestros jóvenes. Sé lo mucho que se está haciendo en sus iglesias particulares para responder a las necesidades de las familias y apoyarlas en su camino de fe. Les pido que oren fervientemente por ellas, así como por las deliberaciones del próximo Sínodo sobre la Familia.

Con gratitud por todo lo que hemos recibido, y con segura confianza en medio de nuestras necesidades, dirijámonos a María, nuestra Madre Santísima. Que con su amor de madre interceda por la Iglesia en América, para que siga creciendo en el testimonio profético del poder que tiene la cruz de su Hijo para traer alegría, esperanza y fuerza a nuestro mundo. Rezo por cada uno de ustedes, y les pido que, por favor, lo hagan por mí. 


Publicado por verdenaranja @ 21:26  | Habla el Papa
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Discurso del Santo Padre en la Fiesta de las familias y  la vigilia de oración en el B. Franklin Parkway de Filadelfia. Madrid,27 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

Queridos hermanos y hermanas, queridas familias:

Gracias a quienes han dado testimonio. Gracias a quienes nos alegraron con el arte, con la belleza, que es el camino para llegar a Dios. La belleza nos lleva a Dios. Y un testimonio verdadero nos lleva a Dios, porque Dios también es la verdad, es la belleza y es la verdad, y un testimonio dado para servir es bueno, nos hace buenos, porque Dios es bondad. Nos lleva a Dios. Todo lo bueno, todo lo verdadero y todo lo bello nos lleva a Dios. Porque Dios es bueno, Dios es bello, Dios es verdad. Gracias a todos, a los que nos dieron un mensaje aquí y a la presencia de ustedes que también es un testimonio, un verdadero testimonio de que vale la pena la vida en familia, de que una sociedad crece fuerte, crece buena, crece hermosa y crece verdadera si se edifica sobre la base de la familia.

Una vez un chico me preguntó… Ustedes saben que los chicos preguntan cosas difíciles. Me preguntó: 'Padre, ¿qué hacía Dios antes de crear el mundo?' Les aseguro que me costó contestarle. Y le dije lo que les digo ahora a ustedes: antes de crear el mundo, Dios amaba, porque Dios es amor. Pero era tal el amor que tenía en sí mismo, ese amor entre el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, era tan grande, tan desbordante que, esto no sé si es muy teológico pero lo van a entender, era tan grande que no podía ser egoísta, tenía que salir de sí mismo para tener a quien amar fuera de sí.

Y ahí Dios creó el mundo. Ahí Dios hizo esta maravilla en la que vivimos y que, como estamos un poquito mareados, la estamos destruyendo. Pero lo más lindo que hizo Dios, dice la Biblia, fue la familia. Creo al hombre y a la mujer: ¡y les entrego todo, les entregó el mundo! Crezcan, multiplíquense, cultiven la tierra, háganla producir, háganla crecer. Todo el amor que hizo en esa creación maravillosa se la entregó a una familia.

Volvemos atrás un poquito. Todo el amor que Dios tiene en sí, toda la belleza que Dios tiene en sí, toda la verdad que Dios tiene en sí la entrega a la familia. Y una familia es realmente familia cuando es capaz de abrir los brazos y recibir todo ese amor.

Por supuesto que el paraíso terrenal no está más acá, que la vida tiene sus problemas, que los hombres por la astucia del demonio aprendieron a dividirse. Y todo ese amor que Dios nos dio casi se pierde. Y al poquito tiempo el primer crimen, el primer fratricidio. Un hermano mata a otro hermano, la guerra. El amor, la belleza y la verdad de Dios, y la destrucción de la guerra. Y entre esas dos posiciones caminamos nosotros hoy. Nos toca a nosotros elegir. Nos toca a nosotros decidir el camino para andar.

Pero volvamos atrás. Cuando el hombre y su esposa se equivocaron y se alejaron de Dios, Dios no los dejó solos. Tanto el amor, tanto el amor, que empezó a caminar con la humanidad. empezó a caminar con su pueblo, hasta que llegó el momento maduro, y le dio la muestra de amor más grande, su Hijo. Y a su hijo ¿dónde lo mandó? ¿a un palacio, a una ciudad, a hacer una empresa? ¡Lo mando a una familia! Dios entró al mundo en una familia.

Y pudo hacerlo porque esa familia era una familia que tenía el corazón abierto al amor, que tenía las puertas abiertas al amor. Pensemos en María, jovencita. No lo podía creer. ¿Cómo puede suceder esto? Y cuando le explicaron, obedeció. Pensemos en José, lleno de ilusiones de formar un  hogar. Se encuentra con esta sorpresa que no entiende. Acepta. Obedece. Y en la obediencia de amor de esta mujer María y de este hombre José se da una familia en la que viene Dios. Dios siempre golpea las puertas de los corazones. Le gusta hacerlo. Le sale de adentro. Pero ¿saben qué es lo que más le gusta? Golpear las puertas de la familias y encontrar la familias unidas, encontrar las familias que se quieren, encontrar las familias que hacen crecer a sus hijos y los educan y que los llevan adelante y que crean una sociedad de bondad, de verdad y de belleza.

Estamos en la Fiesta de la familias. La familia tiene carta de ciudadanía divina, ¿está claro? La carta de ciudadanía que tiene la familia se la dio Dios, para que en su seno creciera cada vez más la verdad, el amor y la belleza. Claro, alguno de ustedes me pueden decir: 'Padre, usted habla así porque es soltero'. En las familias hay dificultades. En las familias discutimos, en las familias a veces vuelan los platos, en las familias los hijos traen dolores de cabeza. No voy a hablar de la suegra, pero en las familias siempre, siempre, hay cruz. Siempre. Porque el amor de Dios, el Hijo de Dios, nos abrió también ese camino. Pero en las familias también, después de la cruz hay resurrección. Porque el Hijo de Dios nos abrió ese camino. Por eso, la familia es, perdónenme la palabra, es una fábrica de esperanza, de esperanza de vida y resurrección. Dios fue el que abrió ese camino.

Y los hijos. Los hijos dan trabajo. Nosotros como hijos dimos trabajo. A veces, en casa veo algunos de mis colaboradores que vienen a trabajar con ojeras. Tienen un bebé de un mes, dos meses, y les pregunto: '¿No dormiste?' 'Eh no, lloró toda la noche'. En la familia hay dificultades, pero esas dificultades se superan con amor. El odio no supera ninguna dificultad. La división de los corazones no supera ninguna dificultad, solamente el amor es capaz de superar la dificultad. El amor es fiesta, el amor es gozo, el amor es seguir adelante.

Y no quiero seguir hablando, porque se hace demasiado largo. Pero quisiera marcar dos puntitos de la familia en los que quisiera que se tuviera un especial cuidado. No solo quisiera, tenemos que tener un especial cuidado: los niños y los abuelos. Los niños y los jóvenes son el futuro, son la fuerza, los que llevan adelante. Son aquellos en los que ponemos esperanzas. Los abuelos son la memoria de la familia, son los que nos dieron la fe, nos transmitieron la fe. Cuidar a los abuelos y cuidar a los niños es la muestra de amor, no se si más grande, pero yo diría más promisoria de la familia, porque promete el futuro. Un pueblo que no sabe cuidar a los niños y un pueblo que no sabe cuidar a los abuelos es un pueblo sin futuro, porque no tiene la fuerza y no tiene la memoria que lo lleve adelante.

Y bueno... La familia es bella, pero cuesta. Trae problemas. En la familia a veces hay enemistades. El marido se pelea con la mujer o se miran mal, o los hijos con el padre… Les sugiero un consejo: nunca terminen el día sin hacer la paz en la familia. En una familia no se puede terminar el día en guerra. Que Dios los bendiga, que Dios les de fuerzas, que Dios los anime a seguir adelante. Cuidemos la familia, defendemos la familia, porque ahí, ahí se juega nuestro futuro. Gracias, que Dios los bendiga, y recen por mí, por favor.

(Texto transcrito del audio por ZENIT)


Publicado por verdenaranja @ 21:24  | Habla el Papa
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Discurso del papa Francisco en el Encuentro por la libertad religiosa con la comunidad hispana y con otros inmigrantes, en el Independence National Historical Park. Ciudad del Vaticano,26 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

                    

Queridos amigos, buenas tardes.

Uno de los momentos más destacados de mi visita es la presencia aquí, en el Independence Mall, el lugar de nacimiento de los Estados Unidos de América. Aquí fueron proclamadas por primera vez las libertades que definen este País. La Declaración de Independencia proclamó que todos los hombres y mujeres fueron creados iguales; que están dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, y que los gobiernos existen para proteger y defender esos derechos. Esas palabras siguen resonando e inspirándonos hoy, como lo han hecho con personas de todo el mundo, para luchar por la libertad de vivir de acuerdo con su dignidad.    

La historia también muestra que estas y otras verdades deben ser constantemente reafirmadas, nuevamente asimiladas y defendidas. La historia de esta Nación es también la historia de un esfuerzo constante, que dura hasta nuestros días, para encarnar esos elevados principios en la vida social y política. Recordemos las grandes luchas que llevaron a la abolición de la esclavitud, la extensión del derecho de voto, el crecimiento del movimiento obrero y el esfuerzo gradual para eliminar todo tipo de racismo y de prejuicios contra la llegada posterior de nuevos americanos. Esto demuestra que, cuando un país está determinado a permanecer fiel a esos principios fundacionales, basados en el respeto a la dignidad humana, se fortalece y renueva.    Cuando un país guarda la memoria de sus raíces, sigue creciendo, se renueva y sigue asumiendo en su seno nuevos pueblos y nueva gente que viene a él. Nos ayuda mucho recordar nuestro pasado. Un pueblo que tiene memoria no repite los errores del pasado; en cambio, afronta con confianza los retos del presente y del futuro. La memoria salva el alma de un pueblo de aquello o de aquellos que quieren dominarlo o quieren utilizarlo para sus propios intereses. Cuando los individuos y las comunidades ven garantizado el ejercicio efectivo de sus derechos, no sólo son libres para realizar sus propias capacidades, sino que también con estas capacidades, con su trabajo, contribuyen al bienestar y al enriquecimiento de la sociedad.        

En este lugar, que es un símbolo del modelo de los Estados Unidos, me gustaría reflexionar con ustedes sobre el derecho a la libertad religiosa. Es un derecho fundamental que da forma a nuestro modo de interactuar social y personalmente con nuestros vecinos, que tienen creencias religiosas distintas a la nuestra. El ideal del dialogo interreligiosos donde todos los hombres y mujeres de diferentes tradiciones religiosas pueden dialogar sin pelearse. Eso lo da la libertad religiosa.     

La libertad religiosa, sin duda, comporta el derecho a adorar a Dios, individualmente y en comunidad, de acuerdo con nuestra conciencia. Pero, por otro lado, la libertad religiosa, por su naturaleza, trasciende los lugares de culto y la esfera privada de los individuos y las familias. Porque el hecho religioso, la dimensión religiosa, no es un subcultura, es parte de la cultura de cualquier pueblo y de cualquier nación.

Nuestras distintas tradiciones religiosas sirven a la sociedad sobre todo por el mensaje que proclaman. Ellas llaman a los individuos y a las comunidades a adorar a Dios, fuente de la vida, de la libertad y de la felicidad. Nos recuerdan la dimensión trascendente de la existencia humana y de nuestra libertad irreductible frente a la pretensión de cualquier poder absoluto. Necesitamos acercarnos a la historia, nos hace bien acercanos a la historia, especialmente a la historia del siglo pasado, para ver las atrocidades perpetradas por los sistemas que pretendían construir algún tipo de «paraíso terrenal», dominando pueblos, sometiéndolos a principios aparentemente indiscutibles y negándoles cualquier tipo de derechos. Nuestras ricas tradiciones religiosas buscan ofrecer sentido y dirección, «tienen una fuerza motivadora que abre siempre nuevos horizontes, estimula el pensamiento, amplía la mente y la sensibilidad» (Evangelii gaudium, 256). Llaman a la conversión, a la reconciliación, a la preocupación por el futuro de la sociedad, a la abnegación en el servicio al bien común y a la compasión por los necesitados. En el corazón de su misión espiritual está la proclamación de la verdad y la dignidad de la persona humana y de todos los derechos humanos.

Nuestras tradiciones religiosas nos recuerdan que, como seres humanos, estamos llamados a reconocer a Otro, que revela nuestra identidad relacional frente a todos los intentos por imponer «una uniformidad a la que el egoísmo de los poderosos, el conformismo de los débiles o la ideología de la utopía quiere imponernos» (M. de Certeau).                

En un mundo en el que diversas formas de tiranía moderna tratan de suprimir la libertad religiosa, o de reducirla a una subcultura sin derecho a voz y voto en la plaza pública, o de utilizar la religión como pretexto para el odio y la brutalidad, es necesario que los fieles de las diversas religiones unan sus voces para clamar por la paz, la tolerancia y el respeto a la dignidad y a los derechos de los demás.    

Nosotros vivimos en un mundo sujeto a la «globalización del paradigma tecnocrático» (Laudato si', 106), que conscientemente apunta a la uniformidad unidimensional y busca eliminar todas las diferencias y tradiciones en una búsqueda superficial de la unidad. Las religiones tienen, pues, el derecho y el deber de dejar claro que es posible construir una sociedad en la que «un sano pluralismo que, de verdad respete a los diferentes y los valore como tales» (Evangelii gaudium, 255), es un aliado valioso «en el empeño por la defensa de la dignidad humana... y un camino de paz para nuestro mundo tan herido por las guerras» (ibíd., 257).        

Los cuáqueros que fundaron Filadelfia estaban inspirados por un profundo sentido evangélico de la dignidad de cada individuo y por el ideal de una comunidad unida por el amor fraterno. Esta convicción los llevó a fundar una colonia que fuera un refugio para la libertad religiosa y la tolerancia. El sentido de preocupación fraterna por la dignidad de todos, especialmente de los más débiles y vulnerables, se convirtió en una parte esencial del espíritu norteamericano. San Juan Pablo II, durante su visita a los Estados Unidos en 1987, rindió un co_nMovedor homenaje al respecto, recordando a todos los americanos que «la prueba definitiva de su grandeza es la manera en que tratan a todos los seres humanos, pero sobre todo a los más débiles e indefensos» (Ceremonia de despedida, 19 septiembre 1987).

Aprovecho esta oportunidad para agradecer a todos los que, se cual fuera su religión, han tratado de servir al Dios de la paz construyendo ciudades de amor fraterno, cuidando del prójimo necesitado, defendiendo la dignidad del don divino, del don de la vida en todas sus etapas, defendiendo la causa de los pobres y los inmigrantes. Con demasiada frecuencia los más necesitados, en todas partes, no son escuchados. Ustedes son su voz, y muchos de ustedes, hombres y mujeres religiosos, han hecho que su grito se escuche. Con este testimonio, que frecuentemente encuentra una fuerte resistencia, recuerdan a la democracia norteamericana los ideales que la fundaron, y que la sociedad se debilita siempre que –y allí donde– cualquier injusticia prevalece.

Hace un momento hablé de la tendencia a una globalización. La globalización no es mala, al contrario, la tendencia a globalizarnos es buena, nos une. Lo que puede ser malo es el modo de hacerlo. Si una globalización pretende igualar a todos como si fuera una esfera, esa globalización destruye la riqueza y la particularidad de cada persona y de cada pueblo. Si una globalización busca unir a todos pero respetando a cada persona, a su persona, a su riqueza, a su peculiaridad, respetando a cada pueblo, a su riqueza, a cada persona, esa globalización es buena y nos hace crecer a todos y lleva a la paz.

Me gusta usar un poco la geometría aquí. Si la globalización es una esfera donde cada punto es igual, equidistante del centro, anula, no es buena. Si la globalización une como un poliedro donde están todos unidos pero cada uno conserva su propia identidad, es buena y hace crecer a un pueblo, y da dignidad a todos los hombres y le otorga derecho.

Entre nosotros hoy hay miembros de la gran población hispana de América, así como representantes de inmigrantes recién llegados a los Estados Unidos. Gracias por abrir la puerta. Los saludo con mucho afecto. Muchos de ustedes han emigrado a este País con un gran costo personal, pero con la esperanza de construir una nueva vida. No se desanimen por los retos y dificultades que tengan que afrontar. Les pido que no olviden que, al igual que los que llegaron aquí antes, ustedes traen muchos dones a esta nación. Por favor, no se avergüencen nunca de sus tradiciones. No olviden las lecciones que aprendieron de sus mayores, y que pueden enriquecer la vida de esta tierra americana. Repito, no se avergüencen de aquello que es parte esencial de ustedes. También están llamados a ser ciudadanos responsables, están llamados a ser ciudadanos responsables, y a contribuir, como lo hicieron con tanta fortaleza los que vinieron antes, a contribuir provechosamente a la vida de las comunidades en que viven. Pienso, en particular, en la vibrante fe que muchos de ustedes poseen, en el profundo sentido de la vida familiar y los demás valores que han heredado. Al contribuir con sus dones, no solo encontrarán su lugar aquí, sino que ayudarán a renovar la sociedad desde dentro. No perder la memoria de lo que pasó aquí hace más de dos siglos. No perder la memoria de aquella Declaración que proclamó que todos los hombres y mujeres fueron creados iguales y que están dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables y que los Gobiernos existen para proteger y defender esos derechos.

 Queridos amigos, les doy las gracias por su calurosa bienvenida y por acompañarme hoy aquí. Conservemos la libertad, cuidemos la libertad, la libertad de conciencia, la libertad religiosa, la libertad de cada familia, de cada pueblo, que es la que da lugar a los derechos. Que este País, y cada uno de ustedes, dé gracias continuamente por las muchas bendiciones y libertades que disfrutan. Que puedan defender estos derechos, especialmente la libertad religiosa, que Dios les ha dado. Que Él los bendiga a todos. Y por favor les pido que recen un poquito por mí.              


Publicado por verdenaranja @ 21:19  | Habla el Papa
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Texto completo del santo padre Francisco ante la ONU. Roma,25 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

Señor Presidente, Señoras y Señores:

Una vez más, siguiendo una tradición de la que me siento honrado, el Secretario General de las Naciones Unidas ha invitado al Papa a dirigirse a esta honorable Asamblea de las Naciones. En nombre propio y en el de toda la comunidad católica, Señor Ban Ki-moon, quiero expresarle el más sincero y cordial agradecimiento. Agradezco también sus amables palabras. Saludo asimismo a los Jefes de Estado y de Gobierno aquí presentes, a los Embajadores, diplomáticos y funcionarios políticos y técnicos que les acompañan, al personal de las Naciones Unidas empeñado en esta 70a Sesión de la Asamblea General, al personal de todos los programas y agencias de la familia de la ONU, y a todos los que de un modo u otro participan de esta reunión. Por medio de ustedes saludo también a los ciudadanos de todas las naciones representadas en este encuentro. Gracias por los esfuerzos de todos y de cada uno en bien de la humanidad.

Esta es la quinta vez que un Papa visita las Naciones Unidas. Lo hicieron mis predecesores Pablo VI en 1965, Juan Pablo II en 1979 y 1995 y, mi más reciente predecesor, hoy el Papa emérito Benedicto XVI, en 2008. Todos ellos no ahorraron expresiones de reconocimiento para la Organización, considerándola la respuesta jurídica y política adecuada al momento histórico, caracterizado por la superación tecnológica de las distancias y fronteras y, aparentemente, de cualquier límite natural a la afirmación del poder. Una respuesta imprescindible ya que el poder tecnológico, en manos de ideologías nacionalistas o falsamente universalistas, es capaz de producir tremendas atrocidades. No puedo menos que asociarme al aprecio de mis predecesores, reafirmando la importancia que la Iglesia Católica concede a esta institución y las esperanzas que pone en sus actividades.

La historia de la comunidad organizada de los Estados, representada por las Naciones Unidas, que festeja en estos días su 70 aniversario, es una historia de importantes éxitos comunes, en un período de inusitada aceleración de los acontecimientos. Sin pretensión de exhaustividad, se puede mencionar la codificación y el desarrollo del derecho internacional, la construcción de la normativa internacional de derechos humanos, el perfeccionamiento del derecho humanitario, la solución de muchos conflictos y operaciones de paz y reconciliación, y tantos otros logros en todos los campos de la proyección internacional del quehacer humano. Todas estas realizaciones son luces que contrastan la oscuridad del desorden causado por las ambiciones descontroladas y por los egoísmos colectivos. Es cierto que aún son muchos los graves problemas no resueltos, pero es evidente que, si hubiera faltado toda esa actividad internacional, la humanidad podría no haber sobrevivido al uso descontrolado de sus propias potencialidades. Cada uno de estos progresos políticos, jurídicos y técnicos son un camino de concreción del ideal de la fraternidad humana y un medio para su mayor realización. 

Rindo por eso homenaje a todos los hombres y mujeres que han servido leal y sacrificadamente a toda la humanidad en estos 70 años. En particular, quiero recordar hoy a los que han dado su vida por la paz y la reconciliación de los pueblos, desde Dag Hammarskjöld hasta los muchísimos funcionarios de todos los niveles, fallecidos en las misiones humanitarias, de paz y de reconciliación.

La experiencia de estos 70 años, más allá de todo lo conseguido, muestra que la reforma y la adaptación a los tiempos es siempre necesaria, progresando hacia el objetivo último de conceder a todos los países, sin excepción, una participación y una incidencia real y equitativa en las decisiones. Tal necesidad de una mayor equidad, vale especialmente para los cuerpos con efectiva capacidad ejecutiva, como es el caso del Consejo de Seguridad, los organismos financieros y los grupos o mecanismos especialmente creados para afrontar las crisis económicas. Esto ayudará a limitar todo tipo de abuso o usura sobre todo con los países en vías de desarrollo. Los organismos financieros internacionales han de velar por el desarrollo sustentable de los países y la no sumisión asfixiante de éstos a sistemas crediticios que, lejos de promover el progreso, someten a las poblaciones a mecanismos de mayor pobreza, exclusión y dependencia.

La labor de las Naciones Unidas, a partir de los postulados del Preámbulo y de los primeros artículos de su Carta Constitucional, puede ser vista como el desarrollo y la promoción de la soberanía del derecho, sabiendo que la justicia es requisito indispensable para obtener el ideal de la fraternidad universal. En este contexto, cabe recordar que la limitación del poder es una idea implícita en el concepto de derecho. Dar a cada uno lo suyo, siguiendo la definición clásica de justicia, significa que ningún individuo o grupo humano se puede considerar omnipotente, autorizado a pasar por encima de la dignidad y de los derechos de las otras personas singulares o de sus agrupaciones sociales. La distribución fáctica del poder (político, económico, de defensa, tecnológico, etc.) entre una pluralidad de sujetos y la creación de un sistema jurídico de regulación de las pretensiones e intereses, concreta la limitación del poder. El panorama mundial hoy nos presenta, sin embargo, muchos falsos derechos, y –a la vez– grandes sectores indefensos, víctimas más bien de un mal ejercicio del poder: el ambiente natural y el vasto mundo de mujeres y hombres excluidos. Dos sectores íntimamente unidos entre sí, que las relaciones políticas y económicas preponderantes han convertido en partes frágiles de la realidad. Por eso hay que afirmar con fuerza sus derechos, consolidando la protección del ambiente y acabando con la exclusión.

Ante todo, hay que afirmar que existe un verdadero «derecho del ambiente» por un doble motivo. Primero, porque los seres humanos somos parte del ambiente. Vivimos en comunión con él, porque el mismo ambiente comporta límites éticos que la acción humana debe reconocer y respetar. El hombre, aun cuando está dotado de «capacidades inéditas» que «muestran una singularidad que trasciende el ámbito físico y biológico» (Laudato si’, 81), es al mismo tiempo una porción de ese ambiente. Tiene un cuerpo formado por elementos físicos, químicos y biológicos, y solo puede sobrevivir y desarrollarse si el ambiente ecológico le es favorable. Cualquier daño al ambiente, por tanto, es un daño a la humanidad. Segundo, porque cada una de las creaturas, especialmente las vivientes, tiene un valor en sí misma, de existencia, de vida, de belleza y de interdependencia con las demás creaturas. Los cristianos, junto con las otras religiones monoteístas, creemos que el universo proviene de una decisión de amor del Creador, que permite al hombre servirse respetuosamente de la creación para el bien de sus semejantes y para gloria del Creador, pero que no puede abusar de ella y mucho menos está autorizado a destruirla. Para todas las creencias religiosas, el ambiente es un bien fundamental (cf. ibíd., 81).

El abuso y la destrucción del ambiente, al mismo tiempo, van acompañados por un imparable proceso de exclusión. En efecto, un afán egoísta e ilimitado de poder y de bienestar material lleva tanto a abusar de los recursos materiales disponibles como a excluir a los débiles y con menos habilidades, ya sea por tener capacidades diferentes (discapacitados) o porque están privados de los conocimientos e instrumentos técnicos adecuados o poseen insuficiente capacidad de decisión política. La exclusión económica y social es una negación total de la fraternidad humana y un gravísimo atentado a los derechos humanos y al ambiente. Los más pobres son los que más sufren estos atentados por un triple grave motivo: son descartados por la sociedad, son al mismo tiempo obligados a vivir del descarte y deben sufrir injustamente las consecuencias del abuso del ambiente. Estos fenómenos conforman la hoy tan difundida e inconscientemente consolidada «cultura del descarte».

Lo dramático de toda esta situación de exclusión e inequidad, con sus claras consecuencias, me lleva junto a todo el pueblo cristiano y a tantos otros a tomar conciencia también de mi grave responsabilidad al respecto, por lo cual alzo mi voz, junto a la de todos aquellos que anhelan soluciones urgentes y efectivas. La adopción de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible en la Cumbre mundial que iniciará hoy mismo, es una importante señal de esperanza. Confío también que la Conferencia de París sobre cambio climático logre acuerdos fundamentales y eficaces.

No bastan, sin embargo, los compromisos asumidos solemnemente, aun cuando constituyen un paso necesario para las soluciones. La definición clásica de justicia a que aludí anteriormente contiene como elemento esencial una voluntad constante y perpetua: Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi. El mundo reclama de todos los gobernantes una voluntad efectiva, práctica, constante, de pasos concretos y medidas inmediatas, para preservar y mejorar el ambiente natural y vencer cuanto antes el fenómeno de la exclusión social y económica, con sus tristes consecuencias de trata de seres humanos, comercio de órganos y tejidos humanos, explotación sexual de niños y niñas, trabajo esclavo, incluyendo la prostitución, tráfico de drogas y de armas, terrorismo y crimen internacional organizado. Es tal la magnitud de estas situaciones y el grado de vidas inocentes que va cobrando, que hemos de evitar toda tentación de caer en un nominalismo declaracionista con efecto tranquilizador en las conciencias. Debemos cuidar que nuestras instituciones sean realmente efectivas en la lucha contra todos estos flagelos.

La multiplicidad y complejidad de los problemas exige contar con instrumentos técnicos de medida. Esto, empero, comporta un doble peligro: limitarse al ejercicio burocrático de redactar largas enumeraciones de buenos propósitos –metas, objetivos e indicadores estadísticos–, o creer que una única solución teórica y apriorística dará respuesta a todos los desafíos. No hay que perder de vista, en ningún momento, que la acción política y económica, solo es eficaz cuando se la entiende como una actividad prudencial, guiada por un concepto perenne de justicia y que no pierde de vista en ningún momento que, antes y más allá de los planes y programas, hay mujeres y hombres concretos, iguales a los gobernantes, que viven, luchan y sufren, y que muchas veces se ven obligados a vivir miserablemente, privados de cualquier derecho.

Para que estos hombres y mujeres concretos puedan escapar de la pobreza extrema, hay que permitirles ser dignos actores de su propio destino. El desarrollo humano integral y el pleno ejercicio de la dignidad humana no pueden ser impuestos. Deben ser edificados y desplegados por cada uno, por cada familia, en comunión con los demás hombres y en una justa relación con todos los círculos en los que se desarrolla la socialidad humana –amigos, comunidades, aldeas y municipios, escuelas, empresas y sindicatos, provincias, naciones–. Esto supone y exige el derecho a la educación –también para las niñas, excluidas en algunas partes–, que se asegura en primer lugar respetando y reforzando el derecho primario de las familias a educar, y el derecho de las Iglesias y de agrupaciones sociales a sostener y colaborar con las familias en la formación de sus hijas e hijos. La educación, así concebida, es la base para la realización de la Agenda 2030 y para recuperar el ambiente.

Al mismo tiempo, los gobernantes han de hacer todo lo posible a fin de que todos puedan tener la mínima base material y espiritual para ejercer su dignidad y para formar y mantener una familia, que es la célula primaria de cualquier desarrollo social. Ese mínimo absoluto tiene en lo material tres nombres: techo, trabajo y tierra; y un nombre en lo espiritual: libertad del espíritu, que comprende la libertad religiosa, el derecho a la educación y los otros derechos cívicos.

Por todo esto, la medida y el indicador más simple y adecuado del cumplimiento de la nueva Agenda para el desarrollo será el acceso efectivo, práctico e inmediato, para todos, a los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda propia, trabajo digno y debidamente remunerado, alimentación adecuada y agua potable; libertad religiosa, y más en general libertad del espíritu y educación. Al mismo tiempo, estos pilares del desarrollo humano integral tienen un fundamento común, que es el derecho a la vida y, más en general, lo que podríamos llamar el derecho a la existencia de la misma naturaleza humana.

La crisis ecológica, junto con la destrucción de buena parte de la biodiversidad, puede poner en peligro la existencia misma de la especie humana. Las nefastas consecuencias de un irresponsable desgobierno de la economía mundial, guiado solo por la ambición de lucro y de poder, deben ser un llamado a una severa reflexión sobre el hombre: «El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza» (Benedicto XVI, Discurso al Parlamento Federal de Alemania, 22 septiembre 2011; citado en Laudato si’, 6). La creación se ve perjudicada «donde nosotros mismos somos las últimas instancias [...] El derroche de la creación comienza donde no reconocemos ya ninguna instancia por encima de nosotros, sino que solo nos vemos a nosotros mismos» (Id., Discurso al Clero de la Diócesis de Bolzano-Bressanone, 6 agosto 2008; citado ibíd.). Por eso, la defensa del ambiente y la lucha contra la exclusión exigen el reconocimiento de una ley moral inscrita en la propia naturaleza humana, que comprende la distinción natural entre hombre y mujer (cf. Laudato si’, 155), y el absoluto respeto de la vida en todas sus etapas y dimensiones (cf. ibíd., 123; 136).

Sin el reconocimiento de unos límites éticos naturales insalvables y sin la actuación inmediata de aquellos pilares del desarrollo humano integral, el ideal de «salvar las futuras generaciones del flagelo de la guerra» (Carta de las Naciones Unidas, Preámbulo) y de «promover el progreso social y un más elevado nivel de vida en una más amplia libertad» (ibíd.) corre el riesgo de convertirse en un espejismo inalcanzable o, peor aún, en palabras vacías que sirven de excusa para cualquier abuso y corrupción, o para promover una colonización ideológica a través de la imposición de modelos y estilos de vida anómalos, extraños a la identidad de los pueblos y, en último término, irresponsables.

La guerra es la negación de todos los derechos y una dramática agresión al ambiente. Si se quiere un verdadero desarrollo humano integral para todos, se debe continuar incansablemente con la tarea de evitar la guerra entre las naciones y entre los pueblos.

Para tal fin hay que asegurar el imperio incontestado del derecho y el infatigable recurso a la negociación, a los buenos oficios y al arbitraje, como propone la Carta de las Naciones Unidas, verdadera norma jurídica fundamental. La experiencia de los 70 años de existencia de las Naciones Unidas, en general, y en particular la experiencia de los primeros 15 años del tercer milenio, muestran tanto la eficacia de la plena aplicación de las normas internacionales como la ineficacia de su incumplimiento. Si se respeta y aplica la Carta de las Naciones Unidas con transparencia y sinceridad, sin segundas intenciones, como un punto de referencia obligatorio de justicia y no como un instrumento para disfrazar intenciones espurias, se alcanzan resultados de paz. Cuando, en cambio, se confunde la norma con un simple instrumento, para utilizar cuando resulta favorable y para eludir cuando no lo es, se abre una verdadera caja de Pandora de fuerzas incontrolables, que dañan gravemente las poblaciones inermes, el ambiente cultural e incluso el ambiente biológico.

El Preámbulo y el primer artículo de la Carta de las Naciones Unidas indican los cimientos de la construcción jurídica internacional: la paz, la solución pacífica de las controversias y el desarrollo de relaciones de amistad entre las naciones. Contrasta fuertemente con estas afirmaciones, y las niega en la práctica, la tendencia siempre presente a la proliferación de las armas, especialmente las de destrucción masiva como pueden ser las nucleares. Una ética y un derecho basados en la amenaza de destrucción mutua –y posiblemente de toda la humanidad– son contradictorios y constituyen un fraude a toda la construcción de las Naciones Unidas, que pasarían a ser «Naciones unidas por el miedo y la desconfianza». Hay que empeñarse por un mundo sin armas nucleares, aplicando plenamente el Tratado de no proliferación, en la letra y en el espíritu, hacia una total prohibición de estos instrumentos.

El reciente acuerdo sobre la cuestión nuclear en una región sensible de Asia y Oriente Medio es una prueba de las posibilidades de la buena voluntad política y del derecho, ejercitados con sinceridad, paciencia y constancia. Hago votos para que este acuerdo sea duradero y eficaz y dé los frutos deseados con la colaboración de todas las partes implicadas.

En ese sentido, no faltan duras pruebas de las consecuencias negativas de las intervenciones políticas y militares no coordinadas entre los miembros de la comunidad internacional. Por eso, aun deseando no tener la necesidad de hacerlo, no puedo dejar de reiterar mis repetidos llamamientos en relación con la dolorosa situación de todo el Oriente Medio, del norte de África y de otros países africanos, donde los cristianos, junto con otros grupos culturales o étnicos e incluso junto con aquella parte de los miembros de la religión mayoritaria que no quiere dejarse envolver por el odio y la locura, han sido obligados a ser testigos de la destrucción de sus lugares de culto, de su patrimonio cultural y religioso, de sus casas y haberes y han sido puestos en la disyuntiva de huir o de pagar su adhesión al bien y a la paz con la propia vida o con la esclavitud.

Estas realidades deben constituir un serio llamado a un examen de conciencia de los que están a cargo de la conducción de los asuntos internacionales. No solo en los casos de persecución religiosa o cultural, sino en cada situación de conflicto, como en Ucrania, en Siria, en Irak, en Libia, en Sudán del Sur y en la región de los Grandes Lagos, hay rostros concretos antes que intereses de parte, por legítimos que sean. En las guerras y conflictos hay seres humanos singulares, hermanos y hermanas nuestros, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, niños y niñas, que lloran, sufren y mueren. Seres humanos que se convierten en material de descarte cuando solo la actividad consiste en enumerar problemas, estrategias y discusiones.

Como pedía al Secretario General de las Naciones Unidas en mi carta del 9 de agosto de 2014, «la más elemental comprensión de la dignidad humana [obliga] a la comunidad internacional, en particular a través de las normas y los mecanismos del derecho internacional, a hacer todo lo posible para detener y prevenir ulteriores violencias sistemáticas contra las minorías étnicas y religiosas» y para proteger a las poblaciones inocentes.

En esta misma línea quisiera hacer mención a otro tipo de conflictividad no siempre tan explicitada pero que silenciosamente viene cobrando la muerte de millones de personas. Otra clase de guerra viven muchas de nuestras sociedades con el fenómeno del narcotráfico. Una guerra «asumida» y pobremente combatida. El narcotráfico por su propia dinámica va acompañado de la trata de personas, del lavado de activos, del tráfico de armas, de la explotación infantil y de otras formas de corrupción. Corrupción que ha penetrado los distintos niveles de la vida social, política, militar, artística y religiosa, generando, en muchos casos, una estructura paralela que pone en riesgo la credibilidad de nuestras instituciones.

Comencé esta intervención recordando las visitas de mis predecesores. Quisiera ahora que mis palabras fueran especialmente como una continuación de las palabras finales del discurso de Pablo VI, pronunciado hace casi exactamente 50 años, pero de valor perenne: «Ha llegado la hora en que se impone una pausa, un momento de recogimiento, de reflexión, casi de oración: volver a pensar en nuestro común origen, en nuestra historia, en nuestro destino común. Nunca, como hoy, [...] ha sido tan necesaria la conciencia moral del hombre, porque el peligro no viene ni del progreso ni de la ciencia, que, bien utilizados, podrán [...] resolver muchos de los graves problemas que afligen a la humanidad» (Discurso a los Representantes de los Estados, 4 de octubre de 1965). Entre otras cosas, sin duda, la genialidad humana, bien aplicada, ayudará a resolver los graves desafíos de la degradación ecológica y de la exclusión. Continúo con Pablo VI: «El verdadero peligro está en el hombre, que dispone de instrumentos cada vez más poderosos, capaces de llevar tanto a la ruina como a las más altas conquistas» (ibíd.).

La casa común de todos los hombres debe continuar levantándose sobre una recta comprensión de la fraternidad universal y sobre el respeto de la sacralidad de cada vida humana, de cada hombre y cada mujer; de los pobres, de los ancianos, de los niños, de los enfermos, de los no nacidos, de los desocupados, de los abandonados, de los que se juzgan descartables porque no se los considera más que números de una u otra estadística. La casa común de todos los hombres debe también edificarse sobre la comprensión de una cierta sacralidad de la naturaleza creada.

Tal comprensión y respeto exigen un grado superior de sabiduría, que acepte la trascendencia, renuncie a la construcción de una elite omnipotente, y comprenda que el sentido pleno de la vida singular y colectiva se da en el servicio abnegado de los demás y en el uso prudente y respetuoso de la creación para el bien común. Repitiendo las palabras de Pablo VI, «el edificio de la civilización moderna debe levantarse sobre principios espirituales, los únicos capaces no sólo de sostenerlo, sino también de iluminarlo» (ibíd.).

El gaucho Martín Fierro, un clásico de la literatura en mi tierra natal, canta: «Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera».

El mundo contemporáneo, aparentemente conexo, experimenta una creciente y sostenida fragmentación social que pone en riesgo «todo fundamento de la vida social» y por lo tanto «termina por enfrentarnos unos con otros para preservar los propios intereses» (Laudato si’, 229).

El tiempo presente nos invita a privilegiar acciones que generen dinamismos nuevos en la sociedad hasta que fructifiquen en importantes y positivos acontecimientos históricos (cf. Evangelii gaudium, 223). No podemos permitirnos postergar «algunas agendas» para el futuro. El futuro nos pide decisiones críticas y globales de cara a los conflictos mundiales que aumentan el número de excluidos y necesitados.

La laudable construcción jurídica internacional de la Organización de las Naciones Unidas y de todas sus realizaciones, perfeccionable como cualquier otra obra humana y, al mismo tiempo, necesaria, puede ser prenda de un futuro seguro y feliz para las generaciones futuras. Lo será si los representantes de los Estados sabrán dejar de lado intereses sectoriales e ideologías, y buscar sinceramente el servicio del bien común. Pido a Dios Todopoderoso que así sea, y les aseguro mi apoyo, mi oración y el apoyo y las oraciones de todos los fieles de la Iglesia Católica, para que esta Institución, todos sus Estados miembros y cada uno de sus funcionarios, rinda siempre un servicio eficaz a la humanidad, un servicio respetuoso de la diversidad y que sepa potenciar, para el bien común, lo mejor de cada pueblo y de cada ciudadano.

La bendición del Altísimo, la paz y la prosperidad para todos ustedes y para todos sus pueblos. Gracias.


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Martes, 29 de septiembre de 2015

Discurso que el Santo Padre ha pronunciado en el encuentro interreligioso que se ha celebrado en el Memorial de la Zona Cero en Nueva York. Ciudad del Vaticano,25 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

Queridos amigos:

Distintos sentimientos, emociones, me genera estar en la Zona Cero donde miles de vidas

fueron arrebatadas en un acto insensato de destrucción. Aquí el dolor es palpable. El agua que vemos correr hacia ese centro vacío nos recuerda todas esas vidas que se fueron bajo el poder de aquellos que creen que la destrucción es la única forma de solucionar los conflictos. Es el grito silencioso de quienes sufrieron en su carne la lógica de la violencia, del odio, de la revancha. Una lógica que lo único que puede producir es dolor, sufrimiento, destrucción, lágrimas. El agua cayendo es símbolo también de nuestras lágrimas. Lágrimas por las destrucciones de ayer, que se unen a tantas destrucciones de hoy. Este es un lugar donde lloramos, lloramos el dolor que genera sentir la impotencia frente a la injusticia, frente al fratricidio, frente a la incapacidad de solucionar nuestras diferencias dialogando. En este lugar lloramos la pérdida injusta y gratuita de inocentes por no poder encontrar soluciones en pos del bien común. Es agua que nos recuerda el llanto de ayer y el llanto de hoy.                    

Hace unos minutos encontré a algunas de las familias de los primeros socorristas caídos en servicio. En el encuentro pude constatar una vez más cómo la destrucción nunca es impersonal, abstracta o de cosas; sino, por sobre todo, tiene rostro e historia, es concreta, posee nombres. En los familiares, se puede ver el rostro del dolor, un dolor que nos deja atónitos y grita al cielo.    Pero a su vez, ellos me han sabido mostrar la otra cara de este atentado, la otra cara de su dolor: la potencia del amor y del recuerdo. Un recuerdo que no nos deja vacíos. El nombre de tantos seres queridos están escritos aquí en lo que eran las bases de las torres, así los podemos ver, tocar y nunca olvidar.                    

Aquí, en medio del dolor lacerante, podemos palpar la capacidad de bondad heroica de la que es capaz también el ser humano, la fuerza oculta a la que siempre debemos apelar. En el momento de mayor dolor, sufrimiento, ustedes fueron testigos de los mayores actos de entrega y ayuda. Manos tendidas, vidas entregadas. En una metrópoli que puede parecer impersonal, anónima, de grandes soledades, fueron capaces de mostrar la potente solidaridad de la mutua ayuda, del amor y del sacrificio personal. En ese momento no era una cuestión de sangre, de origen, de barrio, de religión o de opción política; era cuestión de solidaridad, de emergencia, de hermandad. Era cuestión de humanidad. Los bomberos de Nueva York entraron en las torres que se estaban cayendo sin prestar tanta atención a la propia vida. Muchos cayeron en servicio y en su sacrificio permitieron la vida de tantos otros.

Este lugar de muerte se transforma también en un lugar de vida, de vidas salvadas, un canto que nos lleva a afirmar que la vida siempre está destinada a triunfar sobre los profetas de la destrucción, sobre la muerte, que el bien siempre despertará sobre el mal, que la reconciliación y la unidad vencerá sobre el odio y la división.

Me llena de esperanza, en este lugar de dolor y de recuerdo, la oportunidad de asociarme a los líderes que representan las muchas tradiciones religiosas que enriquecen la vida de esta gran ciudad. Espero que nuestra presencia aquí sea un signo potente de nuestras ganas de compartir y reafirmar el deseo de ser fuerzas de reconciliación, fuerzas de paz y justicia en esta comunidad y a lo largo y ancho de nuestro mundo. En las diferencias, en las discrepancias, es posible vivir en un mundo de paz. Frente a todo intento uniformizador es posible y necesario reunirnos desde las diferentes lenguas, culturas, religiones y alzar la voz a todo lo que quiera impedirlo. Juntos hoy somos invitados a decir «no» a todo intento uniformante y «sí» a una diferencia aceptada y reconciliada.

Para eso necesitamos desterrar de nosotros sentimientos de odio, de venganza, de rencor. Y sabemos que eso solo es posible como un don del cielo. Aquí, en este lugar de la memoria, cada uno a su manera, pero juntos, les propongo hacer un momento de silencio y oración. Pidamos al cielo el don de empeñarnos por la causa de la paz. Paz en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras escuelas, en nuestras comunidades. Paz en esos lugares donde la guerra parece no tener fin. Paz en esos rostros que lo único que han conocido ha sido el dolor. Paz en este mundo vasto que Dios nos lo ha dado como casa de todos y para todos. Tan solo, PAZ.

Así, la vida de nuestros seres queridos no será una vida que quedará en el olvido, sino que se hará presente cada vez que luchemos por ser profetas de construcción, profetas de reconciliación, profetas de paz.


Publicado por verdenaranja @ 22:05  | Habla el Papa
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Discurso del Santo Padre con familias inmigrantes en Nueva York. Ciudad del Vaticano,25 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

 Queridos hermanos y hermanas, buenas tardes.

Estoy contento de estar hoy aquí con ustedes junto a toda esta gran familia que los acompaña. Veo a sus maestros, educadores, padres y familiares. Gracias por recibirme y les pido perdón especialmente a los maestros por «robarles» unos minutos de la lección, de la clase. Están todos contentos ya sé.

Me han contado que una de las lindas características de esta escuela y de este trabajo es que algunos de sus alumnos, algunos de ustedes, vienen de otros lugares, y muchos de otros países. Y eso es bueno. Aunque sé que no siempre es fácil tener que trasladarse y encontrar una nueva casa, encontrar nuevos vecinos, amigos; no es fácil. Pero hay que empezar. Al principio puede ser algo cansador. Muchas veces aprender un nuevo idioma, adaptarse a una nueva cultura, un nuevo clima. Cuántas cosas tienen que aprender. No solo las tareas de la escuela sino tantas cosas, hasta jugar con la pelota ...                

Lo bueno es que también encontramos nuevos amigos, y esto es muy importante. Los nuevos amigos que encontramos. Encontramos personas que nos abren puertas y nos muestran su ternura, su amistad, su comprensión, y buscan ayudarnos para que no nos sintamos extraños, extranjeros. Todo el trabajo de gente que nos va ayudando para sentirnos en casa. Aunque a veces la imaginación se vuelve a nuestra patria, pero encontramos gente buena que nos ayuda a sentirnos en casa. Qué lindo que es poder sentir la escuela, los lugares de reunión, como una segunda casa. Y esto no sólo es importante para ustedes, sino para sus familias. De esta manera, la escuela se vuelve una gran familia para todos. En donde junto a nuestras madres, padres, abuelos, educadores, maestros y compañeros aprendemos a ayudarnos, a compartir lo bueno de cada uno, a dar lo mejor de nosotros, a trabajar en equipo, a jugar en equipo que es tan importante, y a perseverar en nuestras metas.

Bien cerquita de aquí hay una calle muy importante con el nombre de una persona que hizo mucho bien por los demás, y quiero recordarla con ustedes. Me refiero al Pastor Martin Luther King. Un día dijo: «Tengo un sueño». Y él soñó que muchos niños, muchas personas tuvieran igualdad de oportunidades. El soñó que muchos niños como ustedes tuvieran acceso a la educación. Él soñó que muchos hombres y mujeres como ustedes pudieran llevar la frente bien alta, con la dignidad de quien puede ganarse la vida. Es hermoso tener sueños y es hermoso poder luchar por los sueños. No se olviden.

Hoy queremos seguir soñando y celebramos todas las oportunidades que, tanto a ustedes como a nosotros los grandes, nos permiten no perder la esperanza en un mundo mejor y con mayores posibilidades. Y tantas personas que he saludado y que me han presentado, también sueñan con ustedes, sueñan con esto y por eso se involucran en este trabajo, se inlocran en la vida de ustedes para acompañarlos en este camino, todos soñamos. Sé que uno de los sueños de sus padres, de sus educadores, y de todos los que los ayudan, y también del cardenal Dolan ¿eh?, que es muy bueno, es que ustedes puedan crecer y vivir con alegría. Aquí se los ve sonrientes: sigan así, ayuden a contagiar la alegría a todas las personas que tienen cerca. No siempre es fácil, en todas las casas hay problemas, hay situaciones difíciles, hay enfermedades, pero no dejen de soñar con que puedan vivir con alegría.

Todos ustedes los que están acá, chicos y grandes, tienen derecho a soñar y me alegra mucho que puedan encontrar sea en la escuela, sea aquí, en sus amigos, en sus maestros, en todos los que se acercan a ayudar, ese apoyo necesario para poder hacerlo. Donde hay sueños, donde hay alegría, ahí siempre está Jesús. Siempre. En cambio, ¿quién es el que siembra tristeza, el que desconfianza, el que siembra envidia, el que siembra los malos deseos? ¿cómo se llama? ¡El diablo! El diablo. El diablo siempre siembra tristeza porque no nos quiere alegres, no nos quiere soñando.

Donde hay alegría está siempre Jesús porque alegría y quiere ayudarnos a que esa alegría permanezca todos los días.

Antes de irme quiero dejarles un homework, ¿puede ser? Es un pedido sencillo pero muy importante: no se olviden de rezar por mí para que yo pueda compartir con muchos la alegría de Jesús. Y recemos también para que muchos puedan disfrutar de esta alegría como la que tienen ustedes cuando se sienten acompañados, ayudados, aconsejados, aunque haya problemas pero está esa paz en el corazón de que Jesús nunca abandona.

Que Dios los bendiga a todos y cada uno de ustedes y la Virgen los proteja. Gracias


Publicado por verdenaranja @ 22:02
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Homilía del Santo Padre en el Madison Square Garden. Madrid,26 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

Estamos en el Madison Square Garden, lugar emblemático de esta ciudad, sede de importantes encuentros deportivos, artísticos, musicales, que logra congregar a personas provenientes de distintas partes, y no solo de esta ciudad, sino del mundo entero. En este lugar que representa las distintas facetas de la vida de los ciudadanos que se congregan por intereses comunes, hemos escuchado: «El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz» (Is 9,1). El pueblo que caminaba, el pueblo en medio de sus actividades, de sus rutinas; el pueblo que caminaba cargando sobre sí sus aciertos y sus equivocaciones, sus miedos y sus oportunidades, ese pueblo ha visto una gran luz. El pueblo que caminaba con sus alegrías y esperanzas, con sus desilusiones y amarguras, ese pueblo ha visto una gran luz.

El Pueblo de Dios es invitado en cada época histórica a contemplar esta luz. Luz que quiere iluminar a las naciones. Así, lleno de júbilo, lo expresaba el anciano Simeón. Luz que quiere llegar a cada rincón de esta ciudad, a nuestros conciudadanos, a cada espacio de nuestra vida.

«El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz». Una de las particularidades del pueblo creyente pasa por su capacidad de ver, de contemplar en medio de sus «oscuridades» la luz que Cristo viene a traer. Ese pueblo creyente que sabe mirar, que saber discernir, que sabe contemplar la presencia viva de Dios en medio de su vida, en medio de su ciudad. Con el profeta hoy podemos decir: el pueblo que camina, respira, vive entre el «smog», ha visto una gran luz, ha experimentado un aire de vida.

Vivir en una ciudad es algo bastante complejo: contexto pluricultural con grandes desafíos no fáciles de resolver. Las grandes ciudades son recuerdo de la riqueza que esconde nuestro mundo: la diversidad de culturas, de tradiciones e de historias. La variedad de lenguas, de vestidos, de alimentos. Las grandes ciudades se vuelven polos que parecen presentar la pluralidad de maneras que los seres humanos hemos encontrado de responder al sentido de la vida en las circunstancias donde nos encontrábamos. A su vez, las grandes ciudades esconden el rostro de tantos que parecen no tener ciudadanía o ser ciudadanos de segunda categoría. En las grandes ciudades, bajo el ruido del tránsito, bajo «el ritmo del cambio», quedan silenciados tantos rostros por no tener «derecho» a ciudadanía, no tener derecho a ser parte de la ciudad –los extranjeros, sus hijos (y no solo) que no logran la escolarización, los privados de seguro médico, los sin techo, los ancianos solos–, quedando al borde de nuestras calles, en nuestras veredas, en un anonimato ensordecedor. Y se convierten en parte de un paisaje urbano que lentamente se va naturalizando ante nuestros ojos y especialmente en nuestro corazón.

Saber que Jesús sigue caminando en nuestras calles, mezclándose vitalmente con su pueblo, implicándose e implicando a las personas en una única historia de salvación, nos llena de esperanza, una esperanza que nos libera de esa fuerza que nos empuja a aislarnos, a desentendernos de la vida de los demás, de la vida de nuestra ciudad. Una esperanza que nos libra de «conexiones» vacías, de los análisis abstractos o de las rutinas sensacionalistas. Una esperanza que no tiene miedo a involucrarse actuando como fermento en los rincones donde nos toque vivir y actuar. Una esperanza que nos invita a ver en medio del «smog» la presencia de Dios que sigue caminando en nuestra ciudad, porque Dios está en la ciudad.

¿Cómo es esta luz que transita nuestras calles? ¿Cómo encontrar a Dios que vive con nosotros en medio del «smog» de nuestras ciudades? ¿Cómo encontrarnos con Jesús vivo y actuante en el hoy de nuestras ciudades pluriculturales?

El profeta Isaías nos hará de guía en este «aprender a mirar». Habló de la luz que es Jesús y ahora nos presenta a Jesús como «Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz» (9,5-6). De esta manera, nos introduce en la vida del Hijo para que también esa sea nuestra vida.

«Consejero maravilloso». Los Evangelios nos narran cómo muchos van a preguntarle: «Maestro, ¿qué debemos hacer?». El primer movimiento que Jesús genera con su respuesta es proponer, incitar, motivar. Propone siempre a sus discípulos ir, salir. Los empuja a ir al encuentro de los otros, donde realmente están y no donde nos gustarían que estuviesen. Vayan, una y otra vez, vayan sin miedo, vayan sin asco, vayan y anuncien esta alegría que es para todo el pueblo.

«Dios fuerte». En Jesús Dios se hizo el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, el Dios que camina a nuestro lado, que se ha mezclado en nuestras cosas, en nuestras casas, en nuestras «ollas», como le gustaba decir a santa Teresa de Jesús.

«Padre para siempre». Nada ni nadie podrá apartarnos de su Amor. Vayan y anuncien, vayan y vivan que Dios está en medio de ustedes como un Padre misericordioso que sale todas las mañanas y todas las tardes para ver si su hijo vuelve a casa, y apenas lo ve venir corre a abrazarlo. Esto es lindo. Un abrazo que busca asumir, busca purificar y elevar la dignidad de sus hijos. Padre que, en su abrazo, es «buena noticia a los pobres, alivio de los afligidos, libertad a los oprimidos, consuelo para los tristes» (Is 61,1).

«Príncipe de la paz». El andar hacia los otros para compartir la buena nueva que Dios es nuestro Padre, que camina a nuestro lado, nos libera del anonimato, de una vida sin rostros, una vida vacía y nos introduce en la escuela del encuentro. Nos libera de la guerra de la competencia, de la autorreferencialidad, para abrirnos al camino de la paz. Esa paz que nace del reconocimiento del otro, esa paz que surge en el corazón al mirar especialmente al más necesitado como a un hermano.

Dios vive en nuestras ciudades, la Iglesia vive en nuestras ciudades y Dios y la Iglesia que viven en nuestras ciudades quieren ser fermento en la masa, quieren mezclarse con todos, acompañando a todos, anunciando las maravillas de Aquel que es Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz.

«El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz» y nosotros, cristianos, somos testigos. 

(Texto transcrito del audio por ZENIT)


Publicado por verdenaranja @ 21:56  | Habla el Papa
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S?bado, 26 de septiembre de 2015

Discurso del Papa al Congreso de Estados Unidos. Ciudad del Vaticano,24 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

Señor Vicepresidente,
Señor Presidente,
Distinguidos Miembros del Congreso, Queridos amigos:

Les agradezco la invitación que me han hecho a que les dirija la palabra en esta sesión conjunta del Congreso en «la tierra de los libres y en la patria de los valientes». Me gustaría pensar que lo han hecho porque también yo soy un hijo de este gran continente, del que todos nosotros hemos recibido tanto y con el que tenemos una responsabilidad común.

Cada hijo o hija de un país tiene una misión, una responsabilidad personal y social. La de ustedes como Miembros del Congreso, por medio de la actividad legislativa, consiste en hacer que este País crezca como Nación. Ustedes son el rostro de su pueblo, sus representantes. Y están llamados a defender y custodiar la dignidad de sus conciudadanos en la búsqueda constante y exigente del bien común, pues éste es el principal desvelo de la política. La sociedad política perdura si se plantea, como vocación, satisfacer las necesidades comunes favoreciendo el crecimiento de todos sus miembros, especialmente de los que están en situación de mayor vulnerabilidad o riesgo. La actividad legislativa siempre está basada en la atención al pueblo. A eso han sido invitados, llamados, convocados por las urnas.

Se trata de una tarea que me recuerda la figura de Moisés en una doble perspectiva. Por un lado, el Patriarca y legislador del Pueblo de Israel simboliza la necesidad que tienen los pueblos de mantener la conciencia de unidad por medio de una legislación justa. Por otra parte, la figura de Moisés nos remite directamente a Dios y por lo tanto a la dignidad trascendente del ser humano. Moisés nos ofrece una buena síntesis de su labor: ustedes están invitados a proteger, por medio de la ley, la imagen y semejanza plasmada por Dios en cada rostro.

En esta perspectiva quisiera hoy no sólo dirigirme a ustedes, sino con ustedes y en ustedes a todo el pueblo de los Estados Unidos. Aquí junto con sus Representantes, quisiera tener la oportunidad de dialogar con miles de hombres y mujeres que luchan cada día para trabajar honradamente, para llevar el pan a su casa, para ahorrar y –poco a poco– conseguir una vida mejor para los suyos. Que no se resignan solamente a pagar sus impuestos, sino que –con su servicio silencioso– sostienen la convivencia. Que crean lazos de solidaridad por medio de iniciativas espontáneas pero también a través de organizaciones que buscan paliar el dolor de los más necesitados.

Me gustaría dialogar con tantos abuelos que atesoran la sabiduría forjada por los años e intentan de muchas maneras, especialmente a través del voluntariado, compartir sus experiencias y conocimientos. Sé que son muchos los que se jubilan pero no se retiran; siguen activos construyendo esta tierra. Me gustaría dialogar con todos esos jóvenes que luchan por sus deseos nobles y altos, que no se dejan atomizar por las ofertas fáciles, que saben enfrentar situaciones difíciles, fruto muchas veces de la inmadurez de los adultos. Con todos ustedes quisiera dialogar y me gustaría hacerlo a partir de la memoria de su pueblo.

Mi visita tiene lugar en un momento en que los hombres y mujeres de buena voluntad conmemoran el aniversario de algunos ilustres norteamericanos. Salvando los vaivenes de la historia y las ambigüedades propias de los seres humanos, con sus muchas diferencias y límites, estos hombres y mujeres apostaron, con trabajo, abnegación y hasta con su propia sangre, por forjar un futuro mejor. Con su vida plasmaron valores fundantes que viven para siempre en el alma de todo el pueblo. Un pueblo con alma puede pasar por muchas encrucijadas, tensiones y conflictos, pero logra siempre encontrar los recursos para salir adelante y hacerlo con dignidad. Estos hombres y mujeres nos aportan una hermenéutica, una manera de ver y analizar la realidad. Honrar su memoria, en medio de los conflictos, nos ayuda a recuperar, en el hoy de cada día, nuestras reservas culturales.

Me limito a mencionar cuatro de estos ciudadanos: Abraham Lincoln, Martin Luther King, Dorothy Day y Thomas Merton.

Estamos en el ciento cincuenta aniversario del asesinato del Presidente Abraham Lincoln, el defensor de la libertad, que ha trabajado incansablemente para que «esta Nación, por la gracia de Dios, tenga una nueva aurora de libertad». Construir un futuro de libertad exige amor al bien común y colaboración con un espíritu de subsidiaridad y solidaridad.

Todos conocemos y estamos sumamente preocupados por la inquietante situación social y política de nuestro tiempo. El mundo es cada vez más un lugar de conflictos violentos, de odio nocivo, de sangrienta atrocidad, cometida incluso en el nombre de Dios y de la religión. Somos conscientes de que ninguna religión es inmune a diversas formas de aberración individual o de extremismo ideológico. Esto nos urge a estar atentos frente a cualquier tipo de fundamentalismo de índole religiosa o del tipo que fuere. Combatir la violencia perpetrada bajo el nombre de una religión, una ideología, o un sistema económico y, al mismo tiempo, proteger la libertad de las religiones, de las ideas, de las personas requiere un delicado equilibrio en el que tenemos que trabajar. Y, por otra parte, puede generarse una tentación a la que hemos de prestar especial atención: el reduccionismo simplista que divide la realidad en buenos y malos; permítanme usar la expresión: en justos y pecadores. El mundo contemporáneo con sus heridas, que sangran en tantos hermanos nuestros, nos convoca a afrontar todas las polarizaciones que pretenden dividirlo en dos bandos. Sabemos que en el afán de querer liberarnos del enemigo exterior podemos caer en la tentación de ir alimentando el enemigo interior. Copiar el odio y la violencia del tirano y del asesino es la mejor manera de ocupar su lugar. A eso este pueblo dice: No.

Nuestra respuesta, en cambio, es de esperanza y de reconciliación, de paz y de justicia. Se nos pide tener el coraje y usar nuestra inteligencia para resolver las crisis geopolíticas y económicas que abundan hoy. También en el mundo desarrollado las consecuencias de estructuras y acciones injustas aparecen con mucha evidencia. Nuestro trabajo se centra en devolver la esperanza, corregir las injusticias, mantener la fe en los compromisos, promoviendo así la recuperación de las personas y de los pueblos. Ir hacia delante juntos, en un renovado espíritu de fraternidad y solidaridad, cooperando con entusiasmo al bien común.

El reto que tenemos que afrontar hoy nos pide una renovación del espíritu de colaboración que ha producido tanto bien a lo largo de la historia de los Estados Unidos. La complejidad, la gravedad y la urgencia de tal desafío exige poner en común los recursos y los talentos que poseemos y empeñarnos en sostenernos mutuamente, respetando las diferencias y las convicciones de conciencia.

En estas tierras, las diversas comunidades religiosas han ofrecido una gran ayuda para construir y reforzar la sociedad. Es importante, hoy como en el pasado, que la voz de la fe, que es una voz de fraternidad y de amor, que busca sacar lo mejor de cada persona y de cada sociedad, pueda seguir siendo escuchada. Tal cooperación es un potente instrumento en la lucha por erradicar las nuevas formas mundiales de esclavitud, que son fruto de grandes injusticias que pueden ser superadas sólo con nuevas políticas y consensos sociales.

La política responde a la necesidad imperiosa de convivir para construir juntos el bien común posible, el de una comunidad que resigna intereses particulares para poder compartir, con justicia y paz, sus bienes, sus intereses, su vida social. No subestimo la dificultad que esto conlleva, pero los aliento en este esfuerzo.

En esta sede quiero recordar también la marcha que, cincuenta años atrás, Martin Luther King encabezó desde Selma a Montgomery, en la campaña por realizar el «sueño» de plenos derechos civiles y políticos para los afro-americanos. Su sueño sigue resonando en nuestros corazones. Me alegro de que Estados Unidos siga siendo para muchos la tierra de los «sueños». Sueños que movilizan a la acción, a la participación, al compromiso. Sueños que despiertan lo que de más profundo y auténtico hay en los pueblos.

En los últimos siglos, millones de personas han alcanzado esta tierra persiguiendo el sueño de poder construir su propio futuro en libertad. Nosotros, pertenecientes a este continente, no nos asustamos de los extranjeros, porque muchos de nosotros hace tiempo fuimos extranjeros. Les hablo como hijo de inmigrantes, como muchos de ustedes que son descendientes de inmigrantes. Trágicamente, los derechos de cuantos vivieron aquí mucho antes que nosotros no siempre fueron respetados. A estos pueblos y a sus naciones, desde el corazón de la democracia norteamericana, deseo reafirmarles mi más alta estima y reconocimiento. Aquellos primeros contactos fueron bastantes convulsos y sangrientos, pero es difícil enjuiciar el pasado con los criterios del presente. Sin embargo, cuando el extranjero nos interpela, no podemos cometer los pecados y los errores del pasado. Debemos elegir la posibilidad de vivir ahora en el mundo más noble y justo posible, mientras formamos las nuevas generaciones, con una educación que no puede dar nunca la espalda a los «vecinos», a todo lo que nos rodea. Construir una nación nos lleva a pensarnos siempre en relación con otros, saliendo de la lógica de enemigo para pasar a la lógica de la recíproca subsidiaridad, dando lo mejor de nosotros. Confío que lo haremos.

Nuestro mundo está afrontando una crisis de refugiados sin precedentes desde los tiempos de la II Guerra Mundial. Lo que representa grandes desafíos y decisiones difíciles de tomar. A lo que se suma, en este continente, las miles de personas que se ven obligadas a viajar hacia el norte en búsqueda de una vida mejor para sí y para sus seres queridos, en un anhelo de vida con mayores oportunidades. ¿Acaso no es lo que nosotros queremos para nuestros hijos? No debemos dejarnos intimidar por los números, más bien mirar a las personas, sus rostros, escuchar sus historias mientras luchamos por asegurarles nuestra mejor respuesta a su situación. Una respuesta que siempre será humana, justa y fraterna. Cuidémonos de una tentación contemporánea: descartar todo lo que moleste. Recordemos la regla de oro: «Hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes» (Mt 7,12).

Esta regla nos da un parámetro de acción bien preciso: tratemos a los demás con la misma pasión y compasión con la que queremos ser tratados. Busquemos para los demás las mismas posibilidades que deseamos para nosotros. Acompañemos el crecimiento de los otros como queremos ser acompañados. En definitiva: queremos seguridad, demos seguridad; queremos vida, demos vida; queremos oportunidades, brindemos oportunidades. El parámetro que usemos para los demás será el parámetro que el tiempo usará con nosotros. La regla de oro nos recuerda la responsabilidad que tenemos de custodiar y defender la vida humana en todas las etapas de su desarrollo.

Esta certeza es la que me ha llevado, desde el principio de mi ministerio, a trabajar en diferentes niveles para solicitar la abolición mundial de la pena de muerte. Estoy convencido que este es el mejor camino, porque cada vida es sagrada, cada persona humana está dotada de una dignidad inalienable y la sociedad sólo puede beneficiarse en la rehabilitación de aquellos que han cometido algún delito. Recientemente, mis hermanos Obispos aquí, en los Estados Unidos, han renovado el llamamiento para la abolición de la pena capital. No sólo me uno con mi apoyo, sino que animo y aliento a cuantos están convencidos de que una pena justa y necesaria nunca debe excluir la dimensión de la esperanza y el objetivo de la rehabilitación.

En estos tiempos en que las cuestiones sociales son tan importantes, no puedo dejar de nombrar a la Sierva de Dios Dorothy Day, fundadora del Movimiento del trabajador católico. Su activismo social, su pasión por la justicia y la causa de los oprimidos estaban inspirados en el Evangelio, en su fe y en el ejemplo de los santos.

¡Cuánto se ha progresado, en este sentido, en tantas partes del mundo! ¡Cuánto se viene trabajando en estos primeros años del tercer milenio para sacar a las personas de la extrema pobreza! Sé que comparten mi convicción de que todavía se debe hacer mucho más y que, en momentos de crisis y de dificultad económica, no se puede perder el espíritu de solidaridad internacional. Al mismo tiempo, quiero alentarlos a recordar cuán cercanos a nosotros son hoy los prisioneros de la trampa de la pobreza. También a estas personas debemos ofrecerles esperanza. La lucha contra la pobreza y el hambre ha de ser combatida constantemente, en sus muchos frentes, especialmente en las causas que las provocan. Sé que gran parte del pueblo norteamericano hoy, como ha sucedido en el pasado, está haciéndole frente a este problema.

No es necesario repetir que parte de este gran trabajo está constituido por la creación y distribución de la riqueza. El justo uso de los recursos naturales, la aplicación de soluciones tecnológicas y la guía del espíritu emprendedor son parte indispensable de una economía que busca ser moderna pero especialmente solidaria y sustentable. «La actividad empresarial, que es una noble vocación orientada a producir riqueza y a mejorar el mundo para todos, puede ser una manera muy fecunda de promover la región donde instala sus emprendimientos, sobre todo si entiende que la creación de puestos de trabajo es parte ineludible de su servicio al bien común» (Laudato si’, 129). Y este bien común incluye también la tierra, tema central de la Encíclica que he escrito recientemente para «entrar en diálogo con todos acerca de nuestra casa común» (ibíd., 3).

«Necesitamos una conversación que nos una a todos, porque el desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos interesan y nos impactan a todos» (ibíd., 14).

En Laudato si’, aliento el esfuerzo valiente y responsable para «reorientar el rumbo» (N. 61) y para evitar las más grandes consecuencias que surgen del degrado ambiental provocado por la actividad humana. Estoy convencido de que podemos marcar la diferencia y no tengo alguna duda de que los Estados Unidos –y este Congreso– están llamados a tener un papel importante. Ahora es el tiempo de acciones valientes y de estrategias para implementar una «cultura del cuidado» (ibíd., 231) y una «aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza» (ibíd., 139). La libertad humana es capaz de limitar la técnica (cf. ibíd., 112); de interpelar «nuestra inteligencia para reconocer cómo deberíamos orientar, cultivar y limitar nuestro poder» (ibíd., 78); de poner la técnica al «servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral» (ibíd., 112). Sé y confío que sus excelentes instituciones académicas y de investigación pueden hacer una contribución vital en los próximos años.

Un siglo atrás, al inicio de la Gran Guerra, «masacre inútil», en palabras del Papa Benedicto XV, nace otro gran norteamericano, el monje cisterciense Thomas Merton. Él sigue siendo fuente de inspiración espiritual y guía para muchos. En su autobiografía escribió: «Aunque libre por naturaleza y a imagen de Dios, con todo, y a imagen del mundo al cual había venido, también fui prisionero de mi propia violencia y egoísmo. El mundo era trasunto del infierno, abarrotado de hombres como yo, que le amaban y también le aborrecían. Habían nacido para amarle y, sin embargo, vivían con temor y ansias desesperadas y enfrentadas». Merton fue sobre todo un hombre de oración, un pensador que desafió las certezas de su tiempo y abrió horizontes nuevos para las almas y para la Iglesia; fue también un hombre de diálogo, un promotor de la paz entre pueblos y religiones.

En tal perspectiva de diálogo, deseo reconocer los esfuerzos que se han realizado en los últimos meses y que ayudan a superar las históricas diferencias ligadas a dolorosos episodios del pasado. Es mi deber construir puentes y ayudar lo más posible a que todos los hombres y mujeres puedan hacerlo. Cuando países que han estado en conflicto retoman el camino del diálogo, que podría haber estado interrumpido por motivos legítimos, se abren nuevos horizontes para todos

Esto ha requerido y requiere coraje, audacia, lo cual no significa falta de responsabilidad. Un buen político es aquel que, teniendo en mente los intereses de todos, toma el momento con un espíritu abierto y pragmático. Un buen político opta siempre por generar procesos más que por ocupar espacios (cf. Evangelii gaudium, 222-223).

Igualmente, ser un agente de diálogo y de paz significa estar verdaderamente determinado a atenuar y, en último término, a acabar con los muchos conflictos armados que afligen nuestro mundo. Y sobre esto hemos de ponernos un interrogante: ¿por qué las armas letales son vendidas a aquellos que pretenden infligir un sufrimiento indecible sobre los individuos y la sociedad? Tristemente, la respuesta, que todos conocemos, es simplemente por dinero; un dinero impregnado de sangre, y muchas veces de sangre inocente. Frente al silencio vergonzoso y cómplice, es nuestro deber afrontar el problema y acabar con el tráfico de armas.

Tres hijos y una hija de esta tierra, cuatro personas, cuatro sueños: Abraham Lincoln, la libertad; Martin Luther King, una libertad que se vive en la pluralidad y la no exclusión; Dorothy Day, la justicia social y los derechos de las personas; y Thomas Merton, la capacidad de diálogo y la apertura a Dios.

Cuatro representantes del pueblo norteamericano.

Terminaré mi visita a su País en Filadelfia, donde participaré en el Encuentro Mundial de las Familias. He querido que en todo este Viaje Apostólico la familia fuese un tema recurrente. Cuán fundamental ha sido la familia en la construcción de este País. Y cuán digna sigue siendo de nuestro apoyo y aliento. No puedo esconder mi preocupación por la familia, que está amenazada, quizás como nunca, desde el interior y desde el exterior. Las relaciones fundamentales son puestas en  duda, como el mismo fundamento del matrimonio y de la familia. No puedo más que confirmar no sólo la importancia, sino por sobre todo, la riqueza y la belleza de vivir en familia.

De modo particular quisiera llamar su atención sobre aquellos componentes de la familia que parecen ser los más vulnerables, es decir, los jóvenes. Muchos tienen delante un futuro lleno de innumerables posibilidades, muchos otros parecen desorientados y sin sentido, prisioneros en un laberinto de violencia, de abuso y desesperación. Sus problemas son nuestros problemas. No nos es posible eludirlos. Hay que afrontarlos juntos, hablar y buscar soluciones más allá del simple tratamiento nominal de las cuestiones. Aun a riesgo de simplificar, podríamos decir que existe una cultura tal que empuja a muchos jóvenes a no poder formar una familia porque están privados de oportunidades de futuro. Sin embargo, esa misma cultura concede a muchos otros, por el contrario, tantas oportunidades, que también ellos se ven disuadidos de formar una familia.

Una Nación es considerada grande cuando defiende la libertad, como hizo Abraham Lincoln; cuando genera una cultura que permita a sus hombres «soñar» con plenitud de derechos para sus hermanos y hermanas, como intentó hacer Martin Luther King; cuando lucha por la justicia y la causa de los oprimidos, como hizo Dorothy Day en su incesante trabajo; siendo fruto de una fe que se hace diálogo y siembra paz, al estilo contemplativo de Merton.

Me he animado a esbozar algunas de las riquezas de su patrimonio cultural, del alma de su pueblo. Me gustaría que esta alma siga tomando forma y crezca, para que los jóvenes puedan heredar y vivir en una tierra que ha permitido a muchos soñar. Que Dios bendiga a América. 


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Dscurso que el Santo Padre a dirigido a los sintecho de la casa de caridad de la parroquia de San Patricio en Washington.  Ciudad del Vaticano,24 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)                          

Queridos amigos:

La primera palabra que quiero decirles es gracias. Gracias por recibirme y por el esfuerzo que han hecho para que este encuentro pueda realizarse.

Aquí recuerdo a una persona que quiero, que es y ha sido muy importante a lo largo de mi vida. Ha sido sostén y fuente de inspiración. Es a quien recurro cuando estoy medio «apretado». Ustedes me recuerdan a san José. Sus rostros me hablan del suyo.

En la vida de José hubo situaciones difíciles de enfrentar. Una de ellas fue cuando María estaba por dar a luz, por tener a Jesús. Dice la Biblia: «Estaban en Belén, le llegó a María el tiempo de dar a luz. Y allí nació su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en el establo, porque no había alojamiento para ellos» (Lc 2,6-7). La Biblia es muy clara: «No había alojamiento para ellos». Me imagino a José, con su esposa a punto de tener a su hijo, sin un techo, sin casa, sin alojamiento. El Hijo de Dios entró en este mundo como uno que no tiene casa. El hijo de Dios entró como un homeless. El Hijo de Dios supo lo que es comenzar la vida sin un techo. Imaginemos las preguntas de José en ese momento: ¿Cómo el Hijo de Dios no tiene un techo para vivir? ¿Por qué estamos sin hogar, por qué estamos sin un techo? Son preguntas que muchos de ustedes pueden hacerse a diario. Y se las hacen. Al igual que José se cuestionan: ¿Por qué estamos sin un techo, sin un hogar? A los que tenemos techo y hogar son preguntas que nos hará bien hacernos también: ¿Por qué estos hermanos nuestros están sin hogar, por qué estos hermanos nuestros no tienen un techo?

Las preguntas de José siguen presentes hoy, acompañando a todos los que a lo largo de la historia han vivido y están sin un hogar.

José era un hombre que se hizo preguntas pero, sobre todo, era un hombre de fe. Fue la fe la que le permitió a José poder encontrar luz en ese momento que parecía todo a oscuras; fue la fe la que lo sostuvo en las dificultades de su vida. Por la fe, José supo salir adelante cuando todo parecía detenerse.

Ante situaciones injustas, dolorosas, la fe nos aporta esa luz que disipa la oscuridad. Al igual que a José, la fe nos abre a la presencia silenciosa de Dios en toda vida, en toda persona, en toda situación. Él está presente en cada uno de ustedes, en cada uno de nosotros.

Quiero ser muy claro. No hay ningún tipo de justificación social, moral o del tipo que sea para aceptar la falta de alojamiento. Son situaciones injustas, pero sabemos que Dios está sufriéndolas con nosotros, está viviéndolas a nuestro lado. No nos deja solos.

Sabemos que Jesús no solo ha querido solidarizarse con cada persona, no solo quiso que nadie sienta o viva la falta de su compañía, de su auxilio, de su amor. Él mismo se ha identificado con todos aquellos que sufren, que lloran, que padecen alguna injusticia. Él nos lo dice claramente: «Tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; anduve como forastero y me dieron alojamiento» (Mt 25,35).

Es la fe la que nos hace saber que Dios está con ustedes, Dios está en medio nuestro y su presencia nos moviliza a la caridad. Esa caridad que nace de la llamada de un Dios que sigue golpeando nuestra puerta, la puerta de todos para invitarnos al amor, a la compasión, a la entrega de unos por otros.

Jesús sigue golpeando nuestras puertas, nuestra vida. No lo hace mágicamente, no lo hace con artilugios, con carteles luminosos o fuegos artificiales. Jesús sigue golpeando nuestra puerta en el rostro del hermano, en el rostro del vecino, en el rostro del que está a nuestro lado.

Queridos amigos, uno de los modos más eficaces de ayuda que tenemos lo encontramos en la oración. La oración nos une, nos hermana, nos abre el corazón y nos recuerda una verdad hermosa que a veces olvidamos. En la oración, todos aprendemos a decir Padre, papá, y en ella nos encontramos como hermanos. En la oración, no hay ricos y pobres, hay hijos y hermanos. En la oración no hay personas de primera o de segunda, hay fraternidad.

Es en la oración donde nuestro corazón encuentra la fuerza para no volverse insensible, frío ante las situaciones de injusticia. En la oración, Dios nos sigue llamando y levantando a la caridad.

Qué bien nos hace rezar juntos, qué bien nos hace encontrarnos en ese espacio donde nos miramos como hermanos y nos reconocemos los unos necesitados del apoyo de los otros. Hoy quiero rezar con ustedes, quiero unirme a ustedes porque necesito su apoyo, su cercanía. Quiero invitarlos a rezar juntos, los unos por los otros, los unos con los otros. Así podremos continuar con este sostén que nos ayuda a vivir la alegría de saber que Jesús siempre está en medio nuestro. Que Jesús nos ayude a solucionar las injusticias que Él conoció primero. La de no tener casa ¿Se animan a rezar juntos?  

Yo empiezo en castellano y ustedes siguen en inglés

Padre nuestro que estás en el cielo...                    

Antes de irme, me gustaría darles la bendición de Dios:

Que el Señor los bendiga y los proteja;

que el Señor los mire con agrado y les muestre su bondad;

que el Señor los mire con amor y les conceda su paz (Nm 6, 24-26).                    

Y no se olviden de rezar por mí.


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Texto completo de la homilía del Santo Padre en la catedral de Nueva York. Madrid,25 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

Escuchamos al apóstol: «Alégrense, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas» (1P 1,6). Estas palabras nos recuerdan algo esencial: tenemos que vivir nuestra vocación con alegría.

Esta bella Catedral de San Patricio, construida a lo largo de muchos años con el sacrificio de tantos hombres y mujeres, es símbolo del trabajo de generaciones de sacerdotes, religiosos y laicos americanos que han contribuido a la edificación de la Iglesia en los Estados Unidos. Son muchos los sacerdotes y consagrados de este País que, no solo en el campo de la educación, han tenido un papel fundamental, ayudando a los padres en la labor de dar a sus hijos el alimento que los nutre para la vida.

Muchos lo hicieron a costa de grandes sacrificios y con una caridad heroica. Pienso, por ejemplo, en santa Isabel Ana Seton, cofundadora de la primera escuela católica gratuita para niñas en los Estados Unidos, o en san Juan Neumann, fundador del primer sistema de educación católica en este País.

Esta tarde, queridos hermanos y hermanas, he venido a rezar con ustedes, sacerdotes, consagradas, consagrados, para que nuestra vocación siga construyendo el gran edificio del Reino de Dios en este País. Sé que ustedes, como cuerpo presbiteral, junto con el Pueblo de Dios, recientemente han sufrido mucho a causa de la vergüenza provocada por tantos hermanos que han herido y escandalizado a la Iglesia en sus hijos más indefensos.

Con las palabras del Apocalipsis, les digo que ustedes «vienen de la gran tribulación» (7,13). Los acompaño en este momento de dolor y dificultad, así como agradezco a Dios el servicio que realizan acompañando al Pueblo de Dios. Con el propósito de ayudarles a seguir en el camino de la fidelidad a Jesucristo, y me permito hacer dos breves reflexiones.

La primera se refiere alespíritu de gratitud. La alegría de los hombres y mujeres que aman a Dios atrae a otros; los sacerdotes y los consagrados están llamados a descubrir y manifestar un gozo permanente por su vocación. La alegría brota de un corazón agradecido. Verdaderamente, hemos recibido mucho, tantas gracias, tantas bendiciones, y nos alegramos. Nos hará bien volver sobre nuestra vida con la gracia de la memoria. Memoria de aquel primer llamado, memoria del camino recorrido, memoria de tantas gracias recibidas y sobre todo memoria del encuentro con Jesucristo en tantos momentos a lo largo del camino. Memoria del asombro que produce en nuestro corazón el encuentro con Jesucristo. Hermanas y hermanos, consagrados y sacerdotes, pedid la gracia de la memoria para hacer crecer el espíritu de gratitud. Preguntémonos: ¿Somos capaces de enumerar las bendiciones recibidas? ¿O me las he olvidado?

Un segundo aspecto es elespíritu de laboriosidad. Un corazón agradecido busca espontáneamente servir al Señor y llevar un estilo de vida de trabajo intenso. El recuerdo de lo mucho que Dios nos ha dado nos ayuda a entender que la renuncia a nosotros mismos para trabajar por Él y por los demás es el camino privilegiado para responder a su gran amor.

Sin embargo, y para ser honestos, tenemos que reconocer con qué facilidad se puede apagar este espíritu de generoso sacrificio personal. Esto puede suceder de dos maneras, y las dos maneras son ejemplo de la «espiritualidad mundana», que nos debilita en nuestro camino de mujeres y hombres consagrados, de servicio, y oscurece la fascinación, el estupor del primer encuentro con Jesucristo.

Podemos caer en la trampa de medir el valor de nuestros esfuerzos apostólicos con los criterios de la eficiencia, de la funcionalidad y del éxito externo, que rige el mundo de los negocios. Ciertamente, estas cosas son importantes. Se nos ha confiado una gran responsabilidad y justamente por ello el Pueblo de Dios espera de nosotros una correspondencia. Pero el verdadero valor de nuestro apostolado se mide por el que tiene a los ojos de Dios. Ver y valorar las cosas desde la perspectiva de Dios exige que volvamos constantemente al comienzo de nuestra vocación y –no hace falta decirlo– exige una gran humildad. La cruz nos indica una forma distinta de medir el éxito: a nosotros nos corresponde sembrar, y Dios ve los frutos de nuestras fatigas. Si alguna vez nos pareciera que nuestros esfuerzos y trabajos se desmoronan y no dan fruto, tenemos que recordar que nosotros seguimos a Jesucristo, cuya vida, humanamente hablando, acabó en un fracaso: en el fracaso de la cruz.

El otro peligro surge cuando somos celosos de nuestro tiempo libre. Cuando pensamos que las comodidades mundanas nos ayudarán a servir mejor. El problema de este modo de razonar es que se puede ahogar la fuerza de la continua llamada de Dios a la conversión, al encuentro con Él. Poco a poco, pero de forma inexorable, disminuye nuestro espíritu de sacrificio, nuestro espíritu de renuncia y de trabajo. Y además nos aleja de las personas que sufren la pobreza material y se ven obligadas a hacer sacrificios más grandes que los nuestros, sin ser consagrados.

El descanso es necesario, así como un tiempo para el ocio y el enriquecimiento personal, pero debemos aprender a descansar de manera que aumente nuestro deseo de servir generosamente. La cercanía a los pobres, a los refugiados, a los inmigrantes, a los enfermos, a los explotados, a los ancianos que sufren la soledad, a los encarcelados y a tantos otros pobres de Dios nos enseñará otro tipo de descanso, más cristiano y generoso.

Gratitud y laboriosidad: estos son los dos pilares de la vida espiritual que deseaba compartir con ustedes, sacerdotes, religiosas y religiosos, esta tarde. Les doy las gracias por sus oraciones y su trabajo, así como por los sacrificios cotidianos que realizan en los diversos campos de apostolado. Muchos de ellos sólo los conoce Dios, pero dan mucho fruto a la vida de la Iglesia.

Quisiera, de modo especial, expresar mi admiración y mi gratitud a las religiosas de los Estados Unidos. ¿Qué sería de la Iglesia sin ustedes? Mujeres fuertes, luchadoras; con ese espíritu de coraje que las pone en la primera línea del anuncio del Evangelio. A ustedes, religiosas, hermanas y madres de este pueblo, quiero decirles «gracias», un «gracias» muy grande... y decirles también que las quiero mucho.

Sé que muchos de ustedes están afrontando el reto que supone la adaptación a un panorama pastoral en evolución. Al igual que San Pedro, les pido que, ante cualquier prueba que deban enfrentar, no pierdan la paz y respondan como hizo Cristo: dio gracias al Padre, tomó su cruz y miró hacia delante.

Queridos hermanos y hermanas, dentro de poco, de unos minutos, cantaremos el Magníficat. Pongamos en las manos de la Virgen María la obra que se nos ha confiado; unámonos a su acción de gracias al Señor por las grandes cosas que ha hecho y que seguirá haciendo en nosotros y en quienes tenemos el privilegio de servir. Que así sea.

(Texto transcrito del audio por ZENIT)


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El Santo Padre dirigió el 23 de septiembre las siguientes palabras en la Casa Blanca, en su viaje apostólico a Estados Unidos. Roma,23 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

 

Señor Presidente:
Le agradezco mucho la bienvenida que me ha dispensado en nombre de todos los

ciudadanos estadounidenses. Como hijo de una familia de inmigrantes, me alegra estar en este país, que ha sido construido en gran parte por tales familias. En estos días de encuentro y de diálogo, me gustaría escuchar y compartir muchas de las esperanzas y sueños del pueblo norteamericano.

Durante mi visita, voy a tener el honor de dirigirme al Congreso, donde espero, como un hermano de este País, transmitir palabras de aliento a los encargados de dirigir el futuro político de la Nación en fidelidad a sus principios fundacionales. También iré a Filadelfia con ocasión del Octavo Encuentro Mundial de las Familias, para celebrar y apoyar a la institución del matrimonio y de la familia en este momento crítico de la historia de nuestra civilización.

Señor Presidente, los católicos estadounidenses, junto con sus conciudadanos, están comprometidos con la construcción de una sociedad verdaderamente tolerante e incluyente, en la que se salvaguarden los derechos de las personas y las comunidades, y se rechace toda forma de discriminación injusta. Como a muchas otras personas de buena voluntad, les preocupa también que los esfuerzos por construir una sociedad justa y sabiamente ordenada respeten sus más profundas inquietudes y su derecho a la libertad religiosa. Libertad, que sigue siendo una de las riquezas más preciadas de este País. Y, como han recordado mis hermanos Obispos de Estados Unidos, todos estamos llamados a estar vigilantes, como buenos ciudadanos, para preservar y defender esa libertad de todo lo que pudiera ponerla en peligro o comprometerla.

Señor Presidente, me complace que usted haya propuesto una iniciativa para reducir la contaminación atmosférica. Reconociendo la urgencia, también a mí me parece evidente que el cambio climático es un problema que no se puede dejar a la próxima generación. Con respecto al cuidado de nuestra «casa común», estamos viviendo en un momento crítico de la historia. Todavía tenemos tiempo para hacer los cambios necesarios para lograr «un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar» (Laudato si’, 13). Estos cambios exigen que tomemos conciencia seria y responsablemente, no sólo del tipo de mundo que podríamos estar dejando a nuestros hijos, sino también de los millones de personas que viven bajo un sistema que les ha ignorado. Nuestra casa común ha formado parte de este grupo de excluidos, que clama al cielo y afecta fuertemente a nuestros hogares, nuestras ciudades y nuestras sociedades. Usando una frase significativa del reverendo Martin Luther King, podríamos decir que hemos incumplido un pagaré y ahora es el momento de saldarlo.

La fe nos dice que «el Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común» (Laudato si', 13). Como cristianos movidos por esta certeza, queremos comprometernos con el cuidado consciente y responsable de nuestra casa común.

Los esfuerzos realizados recientemente para reparar relaciones rotas y abrir nuevas puertas a la cooperación dentro de nuestra familia humana constituyen pasos positivos en el camino de la reconciliación, la justicia y la libertad. Me gustaría que todos los hombres y mujeres de buena voluntad de esta gran Nación apoyaran las iniciativas de la comunidad internacional para proteger a los más vulnerables de nuestro mundo y para suscitar modelos integrales e inclusivos de desarrollo, para que nuestros hermanos y hermanas en todas partes gocen de la bendición de la paz y la prosperidad que Dios quiere para todos sus hijos.

Señor Presidente, una vez más, le agradezco su acogida, y tengo puestas grandes esperanzas en estos días en su País. ¡Que Dios bendiga a América! 


Publicado por verdenaranja @ 23:32  | Habla el Papa
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Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo veistiséis del Tiempo Ordinario B. 

SON AMIGOS, NO ADVERSARIOS

 

A pesar de los esfuerzos de Jesús por enseñarles a vivir como él, al servicio del reino de Dios, haciendo la vida de las personas más humana, más digna y dichosa, los discípulos no terminan de entender el Espíritu que lo anima, su amor grande a los más necesitados y la orientación profunda de su vida. 

El relato de Marcos es muy iluminador. Los discípulos informan a Jesús de un hecho que les ha molestado mucho. Han visto a un desconocido «expulsando demonios». Está actuando «en nombre de Jesús» y en su misma línea: se dedica a liberar a las personas del mal que les impide vivir de manera humana y en paz. Sin embargo, a los discípulos no les gusta su trabajo liberador. No piensan en la alegría de los que son curados por aquel hombre. Su actuación les parece una intrusión que hay que cortar.

Le exponen a Jesús su reacción: «Se lo hemos querido impedir porque no es de los nuestros». Aquel extraño no debe seguir curando porque no es miembro del grupo. No les preocupa la salud de la gente, sino su prestigio de grupo. Pretenden monopolizar la acción salvadora de Jesús: nadie debe curar en su nombre si no se adhiere al grupo. 

Jesús reprueba la actitud de sus discípulos y se coloca en una lógica radicalmente diferente. Él ve las cosas de otra manera. Lo primero y más importante no es el crecimiento de aquel pequeño grupo, sino que la salvación de Dios llegue a todo ser humano, incluso por medio de personas que no pertenecen al grupo: «el que no está contra nosotros, está a favor nuestro». El que hace presente en el mundo la fuerza curadora y liberadora de Jesús está a favor de su grupo. 

Jesús rechaza la postura sectaria y excluyente de sus discípulos que solo piensan en su prestigio y crecimiento, y adopta una actitud abierta e inclusiva donde lo primero es liberar al ser humano de aquello que lo destruye y hace desdichado. Este es el Espíritu que ha de animar siempre a sus verdaderos seguidores. 

Fuera de la Iglesia católica, hay en el mundo un número incontable de hombres y mujeres que hacen el bien y viven trabajando por una humanidad más digna, más justa y más liberada. En ellos está vivo el Espíritu de Jesús. Hemos de sentirlos como amigos y aliados, nunca como adversarios. No están contra nosotros pues están a favor del ser humano, como estaba Jesús.

José Antonio Pagola

26 Tiempo Ordinario – B
(Marcos 9,38-43.45.47-48)
Evangelio del 27/sept/2015


 


Publicado por verdenaranja @ 21:19  | Espiritualidad
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Viernes, 25 de septiembre de 2015

Reflexión a las lecturas del domingo veintiséis del Tiemp Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 26º del T. Ordinario B

 

Si algo aprendemos en la Historia de la Salvación es que Dios no se deja manipular y, mucho menos, monopolizar por nadie; que tiene un corazón muy grande donde cabemos todos los que soñamos y luchamos por el bien; pero en el que no tiene cabida el que hace el mal si no se convierte. Es lo que contemplamos en el Evangelio de hoy.

El escenario es el mismo del domingo pasado: Jesús ha llegado a  Cafarnaún con los doce, está en casa y habla con ellos del Reino de Dios. Los apóstoles  le dicen a Jesús que han visto a uno que echaba demonios en su nombre, y quisieron impedírselo porque no era del grupo de los discípulos, “no es de los nuestros”. Pero Jesús les advierte que en el Reino no se reacciona así, porque no se puede estar con Él y contra de Él al mismo tiempo; porque “el que no está contra nosotros está a favor nuestro”.

La primera lectura, como siempre, es anticipo y preparación de la enseñanza del Evangelio. En el campamento de Moisés también quieren impedir que Eldad y Medad profeticen porque no estaban en el grupo de los setenta ancianos, cuando bajó sobre ellos el Espíritu del Señor. Moisés deja que profeticen. Se trata de que se haga el bien, de que hable el Espíritu del Señor y cuantos más hablen, mejor. De este modo, comprendemos que Dios no quiere a los creyentes aislados, sectarios, agresivos, sino abiertos al bien y a todo el que haga el bien.

 Como si se tratara de un imposible, Moisés dice:  “¡Ojalá que todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor!”.

Pues eso se ha hecho realidad: el día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, que no eran oficialmente profetas, y aquello se interpretó como el cumplimiento de esta profecía de Joel: “Y sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne: profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros ancianos soñarán sueños y vuestros jóvenes verán visiones” (Hch 2, 16-17). Y los Apóstoles no sólo recibieron el Espíritu Santo sino también la misión de darlo a todos los fieles.

Contemplamos hasta qué punto se ha multiplicado la presencia  y la acción del Espíritu Santo en el mundo, en la historia. Es una consecuencia del Misterio de la Pascua.

En la Liturgia de esa gran solemnidad, proclamamos también que “El Espíritu del Señor llena la tierra”, que llena con su presencia el universo, y “promueve la verdad, la bondad y la belleza; y alienta en la Humanidad la firme esperanza de una tierra nueva” (Cfr. L. Sede). Por eso, decimos muchas veces que el Espíritu del Señor actúa también más allá de las fronteras visibles de la Iglesia.

Desde antiguo, se ha acuñado la expresión “semina Verbi”: “Las semillas del Verbo”. Son aquellas realidades, personas y acontecimientos que parecen sembrados por el Verbo de Dios y que son como “señales de su paso”. Y, al mismo tiempo, son signos luminosos que conducen a todos los hombres a la verdadera Iglesia de Cristo, a la salvación. Por este camino, nos encontramos en el corazón del Movimiento Ecuménico y de otros movimientos, personas e instituciones que propugnan la unidad de los creyentes y de todos los hombres de buena voluntad, para una acción común en el mundo. Y todo, como ya sabemos, para bien del hombre, de todo hombre y de cada hombre, por el que Cristo murió; para su alegría y su dicha, en el tiempo y en la eternidad. ¡A Él la gloria por los siglos!

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:39  | Espiritualidad
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DOMINGO 26º DEL T. ORDINARIO B     

  Moniciones 

 

PRIMERA LECTURA

         Nos enseña el Señor, en la primera lectura, que su Espíritu no es propiedad exclusiva de nadie; y que Él lo envía sobre quien quiere, como quiere y cuando quiere. Escuchemos.

 

SALMO

         En el salmo vamos a repetir unas palabras que deberíamos recordar con frecuencia: "Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón". 

 

SEGUNDA LECTURA

         Escuchemos hoy el último fragmento de la carta de Santiago, que hemos venido escuchando durante los últimos domingos. La riqueza injusta, el lujo insolidario y el placer egoísta son testigos acusadores en el juicio de Dios. 

 

TERCERA LECTURA

         Jesús, como Moisés, quiere que todos hagan el bien, aunque no sean del grupo, y nos advierte, con palabras muy duras, sobre la necesidad de evitar el escándalo y de entrar en la vida. 

 

COMUNIÓN

         En la Comunión recibimos al Señor como alimento y fuerza, para que nos ayude, especialmente, a cumplir nuestra misión de apostolado en el mundo,  a reconocer la presencia y la acción de su Espíritu donde se encuentre, y a evitar el escándalo que aparta de Él a los hermanos por los que Cristo murió.


Publicado por verdenaranja @ 13:34  | Liturgia
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Se ha recibido en la parroquia modelo de envío para agentes de pastoral sociocaritativo para el curso pastoral 2015-2016 desde el área socio-pastoral de la diócesis de Tenerife


CELEBRACIÓN DE ENVIO  

Agentes de pastoral caritativa social

Diócesis Nivariense 

Área de Pastoral  Social:

Apostolado del Mar, Cáritas, Confer, Justicia y Paz, Pastoral Penitenciaria, Pastoral de la Salud, Manos Unidas.                          

 

Octubre, 2015


MONICIÓN DE ENTRADA 

Cada domingo nos reunimos en torno a la mesa del Señor para escuchar su Palabra y compartir su pan de vida. Hoy nuestra reunión tiene además un sentido particular.

Hoy, en este primer domingo de mes, día de la Comunicación Cristiana de Bienes, queremos visualizar y sentirnos enviados a ser testigos de la Misericordia de Dios.

El pasado domingo dábamos gracias al Señor por los catequistas, mensajeros de la misericordia. Hoy van a ser enviados a diversas tareas de servicio misericordioso un grupo de nuestra parroquia. Toda nuestra parroquia debe ser misionera y enviada a evangelizar, pero cada uno según sus cualidades y carismas.

 Con la alegría que nos da el Señor, comencemos esta celebración.

 

MONICIONES A LAS LECTURAS

Esta lectura del Génesis nos presenta el proyecto original de Dios, que no tiene que ver con individuos aislados  sino con personas en comunión con su entorno, con su pareja y con Dios.

El salmo 127 que vamos a proclamar es un salmo bendicional que nos recuerda que, como seguidores de Jesús, debemos asumir el encargo de transformar  la vida humana a través de las palabras de vida que le dan sentido y esperanza al mundo.

El autor de la carta a los Hebreos nos invita a considerar el proyecto de hermandad que nos ofrece Jesús de Nazaret como una iniciativa digna de nuestro compromiso y de nuestros mayores esfuerzos.

Jesús, en el Evangelio, sin caer en la casuística, refrenda la unidad fundamental del Ser humano y la equidad de la pareja en el proyecto divino. Escuchemos. 


Terminada la homilía. 

RITO DEL ENVÍO  

Monición

Se va a proceder ahora al rito del envío de nuestros agentes de pastoral caritativa-social. Es un modo de expresar que no actúan en nombre propio, sino en nombre de la Iglesia, en nombre de esta Comunidad.  

El párroco: ¡Acérquense quienes van a recibir la misión de servir a las personas más necesitadas! (se puede llamar a cada uno/a por su nombre, respondiendo: AQUÍ ESTOY o bien lo hacen en silencio y se colocan en semicírculo delante del altar 

Queridos hermanas y hermanos:

Dios, nuestro Padre, reveló y realizó su designio de salvar al mundo por medio de su Hijo hecho hombre, Jesucristo, quien confió a la Iglesia la misión de anunciar con obras y palabras su Evangelio a todas las personas.  

Ustedes, que no actúan en nombre propio, sino en nombre de la Iglesia que les envía, tienen una misión muy importante que cumplir: ser testigos con su vida y con su entrega gozosa y gratuita del mensaje de Jesús. Y, especialmente en este curso, SER TESTIGOS DE LA MISERICORDIA DE DIOS.  

Ser discípulos-misioneros de ese Dios misericordioso lleva consigo dejarse encontrar y experimentar la compasión, la misericordia , la ternura y el amor de Dios manifestado en Jesús e, impulsados por su Espíritu de amor, servir a los últimos y no atendidos, luchando por un mundo que responda al sueño de Dios: un mundo más humano y solidario en el  que reine la paz, fruto de la justicia.  

No olviden en ningún momento que se trata, sobre todo, de mostrar con el gesto y la palabra apropiados a las personas que sufren en su cuerpo o en su alma, el rostro misericordioso de nuestro Padre Dios y así puedan experimentar  el encuentro personal con Jesús, que es el protagonista principal.  


Profesión de fe y compromiso: Para ello, antes de recibir la misión, es necesario que profesen públicamente su fe; que expresen ante la Iglesia aquí  reunida, su disponibilidad a la tarea que se les encomienda y la aceptación del compromiso que asumen. Así pues:   

S/ ¿Creen en Dios, Padre todopoderoso en amor, origen y fuente de todo lo creado, que  quiere un mundo de hermanos?  

 Sí, creo.  

S/¿Creen en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació de Santa María Virgen, pasó por la vida haciendo el bien, murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre?  

Agentes: Sí, creo.  

S/¿Creen en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, en la santa Iglesia católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna?  

Agentes: Sí, creo.  

S/¿Están  dispuestas y dispuestos a realizar su servicio viviendo hondamente la fe, siendo testigos de esperanza y amor? 

Agentes: Sí, estoy dispuesto/a  

S/¿Se comprometen a cuidar su espiritualidad y su formación para servir mejor?  

Catequistas: Sí, me comprometo.

 

RECIBID LA PALABRA DE DIOS:  

Mediten la Palabra de Dios que llevarán cada día en sus manos, en sus labios y en su corazón para ser siempre Testigos de la Misericordia de Dios.

(A continuación, los agentes  van besando o tocando el libro del Evangelio y /o reciben la Bula Misericordiae vultus, o la Instrucción Pastoral "Iglesia, servidora de los pobres" o bien un folio con las Obras de Misericordia materiales y espirituales y se retiran a sus sitios.)


ORACIÓN UNIVERSAL  

Oremos, hermanos, a Dios por las necesidades de la Iglesia y del mundo, por nosotros y, de modo especial, por quienes se dedican al servicio de la caridad.  

  1. Por la Iglesia universal, por nuestra Diócesis.  Para que sea un Iglesia pobre y para  los pobres. ROGUEMOS AL SEÑOR. 

  2. Por los que tienen autoridad.  Para que descubran que el poder es servicio. ROGUEMOS AL SEÑOR. 

  3. Por nuestros agentes de pastoral caritativa-social. Para que  den testimonio del Dios de la Misericordia por  una  vida entregada, alimentada en la oración y la participación en los sacramentos. ROGUEMOS AL SEÑOR. 

  4. Por  nuestra comunidad parroquial. Para que, con el testimonio de su vida y con la oración, haga exclamar a los no creyentes: "miren cómo se aman". ROGUEMOS AL SEÑOR. 

  5. Por todos los que sufren en su cuerpo o en su alma. Para que encuentren en el Señor y en nosotros ayuda y consuelo. ROGUEMOS AL SEÑOR. 

    Oremos: ¡Oh Dios, fuente de luz y de bondad, que enviaste a tu Hijo único, Palabra de vida, a manifestar tu amor fiel! Bendice a estas hermanas  y hermanos nuestros, que han acogido tu llamada para el servicio de la caridad. Por Jesucristo nuestro Señor.

     

    OFERTORIO 

    Presentamos el PAN Y EL VINO alimento y fuerza  en nuestro caminar. 

    Presentamos esta colecta, expresión de nuestro compartir y de nuestro compromiso en favor de  un mundo más justo, más de acuerdo con el proyecto de Dios..

     

    PALABRAS FINALES 

    (Después de la Comunión, antes de la Oración un/a agente dice:)  

    Hermanas y hermanos: 

    En nombre de Jesús, hemos sido enviados por la Iglesia para ser testigos  de la Buena Noticia de Jesús expresada en obras concretas. 

    En nombre de todos, le damos gracias al Señor y pedimos a esta querida Comunidad Parroquial que nos ayude con su oración y apoyo a cumplir esta tarea con gozo y con esperanza, fundamentados en la fuerza del Espíritu y bajo la mirada de María de Nazaret, la humilde servidora del Señor, cuya fiesta del Rosario celebraremos pronto.

     

    ENVÍO Y DESPEDIDA (Sacerdote) 

    Obedientes al mandato de Cristo y confiados en la gracia del Espíritu, les envío a ustedes, agentes de pastoral caritativa-social y a todos ustedes, miembros de esta comunidad, a  anunciar la Buena Noticia de Jesús para que experimenten la alegría del Evangelio: La bendición de Dios Todopoderoso en amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros y permanezca para siempre. 

    Amén. 

    La alegría del Señor es vuestra fortaleza. ¡Podéis ir en paz!


Publicado por verdenaranja @ 13:31  | Liturgia
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Jueves, 24 de septiembre de 2015

Refexiones del obispo de San Cristóbal de Las Casas, Felipe Arizmendi Esquivel. San Cristóbal de las Casas,23 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

El Papa en Cuba 

VER

Me han preguntado por qué el Papa fue a Cuba y no vino a México. Por qué visitó Ecuador, Bolivia y Paraguay, y no su propia tierra. Es que el Papa es coherente con lo que nos ha pedido: privilegiar las periferias, los pobres, los marginados, los que sufren. Y estos países tienen problemáticas especiales y pasan por situaciones delicadas. Cuba está en una interesante transición, de un régimen que controlaba todas las libertades, a una apertura más democrática. Si va a Estados Unidos, no es por su riqueza y su poder, sino porque ahí se celebra la Jornada Mundial de la Familia y es tradicional que participen los papas.

No viaja por intereses políticos o económicos, sino para presentar a Jesús como el mejor camino para construir un mundo más justo y fraterno, sin guerras ni exclusiones. Algunos querrían que hubiera hablado más sobre derechos humanos y otros asuntos políticos coyunturales, pero no advierten el meollo profundo de su mensaje evangélico, que lleva a posturas capaces de transformar todo lo que atente contra la dignidad humana. En Cuba se acercó a los hermanos Castro, no para una discusión ideológica, sino con respeto y afecto. Esperamos que, en su diálogo privado con el Presidente Obama, abogue por el fin del bloqueo que ha padecido Cuba desde 1959.

PENSAR

Resalto algunas de sus palabras. Desde su llegada, habló sobre “la normalización de las relaciones entre dos pueblos (USA y CUBA), tras años de distanciamiento”. Citando a José Martí, gran prócer cubano, dijo que esa nueva relación es “un signo de la victoria de la cultura del encuentro, del diálogo, del ‘sistema del acrecentamiento universal... por sobre el sistema, muerto para siempre, de dinastías y de grupos’ ”. Y con toda claridad afirmó: “Animo a los responsables políticos a continuar avanzando por este camino y a desarrollar todas sus potencialidades, como prueba del alto servicio que están llamados a prestar en favor de la paz y el bienestar de sus pueblos y de toda América, y como ejemplo de reconciliación para el mundo entero. El mundo necesita reconciliación, en esta atmósfera de tercera guerra mundial por etapas que estamos viviendo”. 

Sobre las relaciones entre el Estado y la Iglesia, antes distantes, dijo: “Hoy renovamos estos lazos de cooperación y amistad para que la Iglesia siga acompañando y alentando al pueblo cubano en sus esperanzas y en sus preocupaciones, con libertad y con los medios y espacios necesarios para llevar el anuncio del Reino hasta las periferias existenciales de la sociedad”. Pero esto no es para tener poder, sino, como dijo en Santiago de Cuba, “queremos ser una Iglesia que sirve, que sale de casa, que sale de sus templos, de sus sacristías, para acompañar la vida, sostener la esperanza, ser signo de unidad. Como María, queremos ser una Iglesia que salga de casa para tender puentes, romper muros, sembrar reconciliación”.

En la plaza de la Revolución, recalcó: “Quien quiera ser grande, que sirva a los demás, no que se sirva de los demás. Ser cristiano entraña servir la dignidad de sus hermanos, luchar por la dignidad de sus hermanos y vivir para la dignidad de sus hermanos. Por eso, el cristiano es invitado siempre a dejar de lado sus búsquedas, afanes, deseos de omnipotencia ante la mirada concreta a los más frágiles. Todos estamos invitados, estimulados por Jesús a hacernos cargo los unos de los otros por amor. La importancia de una persona siempre se basa en cómo sirve la fragilidad de sus hermanos. «Quien no vive para servir, no sirve para vivir».

Jesús va delante, nos precede, abre el camino y nos invita a seguirlo. Nos invita a ir lentamente superando nuestros preconceptos, nuestras resistencias al cambio de los demás e incluso de nosotros mismos. Nos desafía día a día con la pregunta: ¿Crees que es posible que un recaudador se transforme en servidor? ¿Crees que es posible que un traidor se vuelva un amigo? Compartamos su ternura y su misericordia con los enfermos, los presos, los ancianos o las familias en dificultad”.

ACTUAR

Meditemos los profundos mensajes del Papa, y no nos quedemos sólo con estar informados de lo que hace o dice.


Publicado por verdenaranja @ 22:01  | Hablan los obispos
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El Papa en el encuentro con los obispos de Estados Unidos. Ciudad del Vaticano,23 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

Queridos Hermanos en el Episcopado:

Antes que nada quisiera enviar un saludo a la comunidad judía, a nuestros hermanos judíos que hoy celebran la fiesta de Yom Kippur, el Señor les bendiga con paz y les haga ir adelante en la vida de la santidad según esto que hoy hemos escuchado de su Palabra. Sed santos porque yo soy santo

Me alegra tener este encuentro con ustedes en este momento de la misión apostólica que me ha traído a su País. Agradezco de corazón al Cardenal Wuerl y al Arzobispo Kurtz las amables palabras que me han dirigido en nombre de todos. Muchas gracias por su acogida y por la generosa solicitud con que han programado y organizado mi estancia entre ustedes.

Viendo con los ojos y con el corazón sus rostros de Pastores, quisiera saludar también a las Iglesias que amorosamente llevan sobre sus hombros; y les ruego encarecidamente que, por medio de ustedes, mi cercanía humana y espiritual llegue a todo el Pueblo de Dios diseminado en esta vasta tierra.

El corazón del Papa se dilata para incluir a todos. Ensanchar el corazón para dar testimonio de que Dios es grande en su amor es la sustancia de la misión del Sucesor de Pedro, Vicario de Aquel que en la cruz extendió los brazos para acoger a toda la humanidad. Que ningún miembro del Cuerpo de Cristo y de la nación americana se sienta excluido del abrazo del Papa. Que, donde se pronuncie el nombre de Jesús, resuene también la voz del Papa para confirmar: «¡Es el Salvador!». Desde sus grandes metrópolis de la costa oriental hasta las llanuras del midwest, desde el profundo sur hasta el ilimitado oeste, en cualquier lugar donde su pueblo se reúna en asamblea eucarística, que el Papa no sea un nombre que se repite por fuerza de la costumbre, sino una compañía tangible destinada a sostener la voz que sale del corazón de la Esposa: «¡Ven, Señor!».

Cuando echan una mano para realizar el bien o llevar al hermano la caridad de Cristo, para enjugar una lágrima o acompañar a quien está solo, para indicar el camino a quien se siente perdido o para fortalecer a quien tiene el corazón destrozado, para socorrer a quien ha caído o enseñar a quien tiene sed de verdad, para perdonar o llevar a un nuevo encuentro con Dios... sepan que el Papa los acompaña y los ayuda, pone también él su mano –vieja y arrugada pero, gracias a Dios, capaz todavía de apoyar y animar– junto a las suyas.

Mi primera palabra es de agradecimiento a Dios por el dinamismo del Evangelio que ha hecho que la Iglesia de Cristo crezca con fuerza en estas tierras y le ha permitido ofrecer su aportación generosa, en el pasado y en la actualidad, a la sociedad estadounidense y al mundo. Aprecio vivamente y agradezco conmovido su generosidad y solidaridad con la Sede Apostólica y con la evangelización en tantas sufridas partes del mundo. Me alegro del firme compromiso de su Iglesia a favor de la vida y de la familia, motivo principal de mi visita. Sigo con atención el enorme esfuerzo que realizan para acoger e integrar a los inmigrantes que siguen llegando a Estados Unidos con la mirada de los peregrinos que se embarcan en busca de sus prometedores recursos de libertad y prosperidad. Admiro los esfuerzos que dedican a la misión educativa en sus escuelas a todos los niveles y a la caridad en sus numerosas instituciones. Son actividades llevadas a cabo muchas veces sin que se reconozca su valor y sin apoyo y, en todo caso, heroicamente sostenidas con la aportación de los pobres, porque esas iniciativas brotan de un mandato sobrenatural que no es lícito desobedecer. Conozco bien la valentía con que han afrontado momentos oscuros en su itinerario eclesial sin temer a la autocrítica ni evitar humillaciones y sacrificios, sin ceder al miedo de despojarse de cuanto es secundario con tal de recobrar la credibilidad y la confianza propia de los Ministros de Cristo, como desea el alma de su pueblo. Sé cuánto les ha hecho sufrir la herida de los últimos años, y he seguido de cerca su generoso esfuerzo por curar a las víctimas, consciente de que, cuando curamos, también somos curados, y por seguir trabajando para que esos crímenes no se repitan nunca más.

Les hablo como Obispo de Roma, llamado por Dios –siendo ya mayor– desde una tierra también americana, para custodiar la unidad de la Iglesia universal y para animar en la caridad el camino de todas las Iglesias particulares, para que progresen en el conocimiento, en la fe y en el amor a Cristo. Leyendo sus nombres y apellidos, viendo sus rostros, consciente de su alto sentido de la responsabilidad eclesial y de la devoción que han profesado siempre al Sucesor de Pedro, tengo que decirles que no me siento forastero entre ustedes. También yo vengo de una tierra vasta, inmensa y no pocas veces informe, que como la de ustedes, ha recibido la fe del bagaje de los misioneros. Conozco bien el reto de sembrar el Evangelio en el corazón de hombres procedentes de mundos diversos, a menudo endurecidos por el arduo camino recorrido antes de llegar. No me es ajeno el cansancio de establecer la Iglesia entre llanuras, montañas, ciudades y suburbios de un territorio a menudo inhóspito, en el que las fronteras siempre son provisionales, las respuestas obvias no perduran y la llave de entrada requiere conjugar el esfuerzo épico de los pioneros exploradores con la sabiduría prosaica y la resistencia de los sedentarios que controlan el territorio alcanzado. Como cantaba uno de sus poetas: «Alas fuertes e incansables», pero también la sabiduría de quien «conoce las montañas»1

No les hablo sólo yo. Mi voz está en continuidad con la de mis Predecesores. Desde los albores de la «nación americana», cuando apenas acabada la revolución fue erigida la primera diócesis en Baltimore, la Iglesia de Roma los ha acompañado y nunca les ha faltado su contante asistencia y su aliento. En los últimos decenios, tres de mis venerados Predecesores les han visitado, entregándoles un notable patrimonio de magisterio todavía actual, que ustedes han utilizado para orientar programas pastorales con visión de futuro, para guiar a esta querida Iglesia.                    

No es mi intención trazar un programa o delinear una estrategia. No he venido para juzgarles o para impartir lecciones. Confío plenamente en la voz de Aquel que «enseña todas las cosas» (cf. Jn 14,26). Permítanme tan sólo, con la libertad del amor, que les hable como un hermano entre hermanos. No pretendo decirles lo que hay que hacer, porque todos sabemos lo que el Señor nos pide. Prefiero más bien realizar de nuevo ese esfuerzo –antiguo y siempre nuevo– de preguntarnos por los caminos a seguir, los sentimientos que hemos de conservar mientras trabajamos, el espíritu con que tenemos que actuar. Sin ánimo de ser exhaustivo, comparto con ustedes algunas reflexiones que considero oportunas para nuestra misión.

Somos obispos de la Iglesia, pastores constituidos por Dios para apacentar su grey. Nuestra mayor alegría es ser pastores, y nada más que pastores, con un corazón indiviso y una entrega personal irreversible. Es preciso custodiar esta alegría sin dejar que nos la roben. El maligno ruge como un león tratando de devorarla, arruinando todo lo que estamos llamados a ser, no por nosotros mismos, sino por el don y al servicio del «Pastor y guardián de nuestras almas» (1 P 2,25).

La esencia de nuestra identidad se ha de buscar en la oración asidua, en la predicación (cf. Hch 6,4) y el apacentar (cf. Jn 21,15-17; Hch 20,28-31).

No una oración cualquiera, sino la unión familiar con Cristo, donde poder encontrar cotidianamente su mirada y escuchar la pregunta que nos dirige a todos: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» (Mc 3,32). Y poderle responder serenamente: «Señor, aquí está tu madre, aquí están tus hermanos. Te los encomiendo, son aquellos que tú me has confiado». La vida del pastor se alimenta de esa intimidad con Cristo.

No una predicación de doctrinas complejas, sino el anuncio gozoso de Cristo, muerto y resucitado por nosotros. Que el estilo de nuestra misión suscite en cuantos nos escuchan la experiencia del «por nosotros» de este anuncio: que la Palabra dé sentido y plenitud a cada fragmento de su vida, que los sacramentos los alimenten con ese sustento que no se pueden proporcionar a sí mismos, que la cercanía del Pastor despierte en ellos la nostalgia del abrazo del Padre. Estén atentos a que la grey encuentre siempre en el corazón del Pastor esa reserva de eternidad que ansiosamente se busca en vano en las cosas del mundo. Que encuentren siempre en sus labios el reconocimiento de su capacidad de hacer y construir, en la libertad y la justicia, la prosperidad de la que esta tierra es pródiga. Pero que no falte sereno valor de confesar que es necesario buscar no «el alimento que perece, sino el que perdura para la vida eterna» (Jn 6,27).

No apacentarse a sí mismos, sino saber retroceder, abajarse, descentrarse, para alimentar con Cristo a la familia de Dios. Vigilar sin descanso, elevándose para abarcar con la mirada de Dios a la grey que sólo a él pertenece. Elevarse hasta la altura de la Cruz de su Hijo, el único punto de vista que abre al pastor el corazón de su rebaño.

No mirar hacia abajo, a la propia autoreferencialidad, sino siempre hacia el horizonte de Dios, que va más allá de lo que somos capaces de prever o planificar. Vigilar también sobre nosotros mismos, para alejar la tentación del narcisismo, que ciega los ojos del pastor, hace irreconocible su voz y su gesto estéril. En las muchas posibilidades que se abren en su solicitud pastoral, no olviden mantener indeleble el núcleo que unifica todas las cosas: «Lo hicieron conmigo» (Mt 25,31.45).

Ciertamente es útil al obispo tener la prudencia del líder y la astucia del administrador, pero nos perdemos inexorablemente cuando confundimos el poder de la fuerza con la fuerza de la impotencia, a través de la cual Dios nos ha redimido. Es necesario que el obispo perciba lúcidamente la batalla entre la luz y la oscuridad que se combate en este mundo. Pero, ay de nosotros si convertimos la cruz en bandera de luchas mundanas, olvidando que la condición de la victoria duradera es dejarse despojarse y vaciarse de sí mismo (cf. Flp 2,1-11).

No nos resulta ajena la angustia de los primeros Once, encerrados entre cuatro paredes, asediados y consternados, llenos del pavor de las ovejas dispersas porque el pastor ha sido abatido. Pero sabemos que se nos ha dado un espíritu de valentía y no de timidez. Por tanto, no es lícito dejarnos paralizar por el miedo.

Sé bien que tienen muchos desafíos, que a menudo es hostil el campo donde siembran y no son pocas las tentaciones de encerrarse en el recinto de los temores, a lamerse las propias heridas, llorando por un tiempo que no volverá y preparando respuestas duras a las resistencias ya de por sí ásperas.

Y, sin embargo, somos artífices de la cultura del encuentro. Somos sacramento viviente del abrazo entre la riqueza divina y nuestra pobreza. Somos testigos del abajamiento y la condescendencia de Dios, que precede en el amor incluso nuestra primera respuesta.

El diálogo es nuestro método, no por astuta estrategia sino por fidelidad a Aquel que nunca se cansa de pasar una y otra vez por las plazas de los hombres hasta la undécima hora para proponer su amorosa invitación (cf. Mt 20,1-16).

Por tanto, la vía es el diálogo entre ustedes, diálogo en sus Presbiterios, diálogo con los laicos, diálogo con las familias, diálogo con la sociedad. No me cansaré de animarlos a dialogar sin miedo. Cuanto más rico sea el patrimonio que tienen que compartir con parresía, tanto más elocuente ha de ser la humildad con que lo tienen que ofrecer. No tengan miedo de emprender el éxodo necesario en todo diálogo auténtico. De lo contrario no se puede entender las razones de los demás, ni comprender plenamente que el hermano al que llegar y rescatar, con la fuerza y la cercanía del amor, cuenta más que las posiciones que consideramos lejanas de nuestras certezas, aunque sean auténticas. El lenguaje duro y belicoso de la división no es propio del Pastor, no tiene derecho de ciudadanía en su corazón y, aunque parezca por un momento asegurar una hegemonía aparente, sólo el atractivo duradero de la bondad y del amor es realmente convincente.

 Es preciso dejar que resuene perennemente en nuestro corazón la palabra del Señor: «Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas» (Mt 11,28-29). El yugo de Jesús es yugo de amor y, por tanto, garantía de descanso. A veces nos pesa la soledad de nuestras fatigas, y estamos tan cargados del yugo que ya no nos acordamos de haberlo recibido del Señor. Nos parece solamente nuestro y, por tanto, nos arrastramos como bueyes cansados en el campo árido, abrumados por la sensación de haber trabajado en vano, olvidando la plenitud del descanso vinculado indisolublemente a Aquel que hizo la promesa.

Aprender de Jesús; mejor aún, aprender a ser como Jesús, manso y humilde; entrar en su mansedumbre y su humildad mediante la contemplación de su obrar. Poner nuestras iglesias y nuestros pueblos, a menudo aplastados por la dura pretensión del rendimiento bajo el suave yugo del Señor. Recordar que la identidad de la Iglesia de Jesús no está garantizada por el «fuego del cielo que consume» (cf. Lc 9,54), sino por el secreto calor del Espíritu que «sana lo que sangra, dobla lo que es rígido, endereza lo que está torcido».

La gran misión que el Señor nos confía, la llevamos a cabo en comunión, de modo colegial. ¡Está ya tan desgarrado y dividido el mundo! La fragmentación es ya de casa en todas partes. Por eso, la Iglesia, «túnica inconsútil del Señor», no puede dejarse dividir, fragmentar o enfrentarse. Nuestra misión episcopal consiste en primer lugar en cimentar la unidad, cuyo contenido está determinado por la Palabra de Dios y por el único Pan del Cielo, con el que cada una de las Iglesias que se nos ha confiado permanece Católica, porque está abierta y en comunión con todas las Iglesias particulares y con la de Roma, que «preside en la caridad». Es imperativo, por tanto, cuidar dicha unidad, custodiarla, favorecerla, testimoniarla como signo e instrumento que, más allá de cualquier barrera, une naciones, razas, clases, generaciones.

Que el inminente Año Santo de la Misericordia, al introducirnos en las profundidades inagotables del corazón divino, en el que no hay división alguna, sea para todos una ocasión privilegiada para reforzar la comunión, perfeccionar la unidad, reconciliar las diferencias, perdonarnos unos a otros y superar toda división, de modo que alumbre su luz como «la ciudad puesta en lo alto de un monte» (Mt 5,14).

Este servicio a la unidad es particularmente importante para su amada nación, cuyos vastísimos recursos materiales y espirituales, culturales y políticos, históricos y humanos, científicos y tecnológicos requieren responsabilidades morales no indiferentes en un mundo abrumado y que busca con afán nuevos equilibrios de paz, prosperidad e integración. Por tanto, una parte esencial de su misión es ofrecer a los Estados Unidos de América la levadura humilde y poderosa de la comunión. Que la humanidad sepa que contar con el «sacramento de unidad» (Lumen gentium, 1) es garantía de que su destino no es el abandono y la disgregación.

Este testimonio es un faro que no se puede apagar. En efecto, en la densa oscuridad de la vida, los hombres necesitan dejarse guiar por su luz, para tener la certidumbre del puerto al que acudir, seguros de que sus barcas no se estrellarán en los escollos ni quedarán a merced de las olas. Así que les animo a hacer frente a los desafíos de nuestro tiempo. En el fondo de cada uno de ellos está siempre la vida como don y responsabilidad. El futuro de la libertad y la dignidad de nuestra sociedad dependen del modo en que sepamos responder a estos desafíos.

Las víctimas inocentes del aborto, los niños que mueren de hambre o bajo las bombas, los inmigrantes se ahogan en busca de un mañana, los ancianos o los enfermos, de los que se quiere prescindir, las víctimas del terrorismo, de las guerras, de la violencia y del tráfico de drogas, el medio ambiente devastado por una relación predatoria del hombre con la naturaleza, en todo esto está siempre en juego el don de Dios, del que somos administradores nobles, pero no amos. No es lícito por tanto eludir dichas cuestiones o silenciarlas. No menos importante es el anuncio del Evangelio de la familia que, en el próximo Encuentro Mundial de las Familias en Filadelfia, tendré ocasión de proclamar con fuerza junto a ustedes y a toda la Iglesia.

 Estos aspectos irrenunciables de la misión de la Iglesia pertenecen al núcleo de lo que nos ha sido transmitido por el Señor. Por eso tenemos el deber de custodiarlos y comunicarlos, aun cuando la mentalidad del tiempo se hace impermeable y hostil a este mensaje (Evangelii gaudium, 34-39). Los animo a ofrecer este testimonio con los medios y la creatividad del amor y la humildad de la verdad. Esto no sólo requiere proclamas y anuncios externos, sino también conquistar espacio en el corazón de los hombres y en la conciencia de la sociedad.

Para ello, es muy importante que la Iglesia en los Estados Unidos sea también un hogar humilde que atraiga a los hombres por el encanto de la luz y el calor del amor. Como pastores, conocemos bien la oscuridad y el frío que todavía hay en este mundo, la soledad y el abandono de muchos –también donde abundan los recursos comunicativos y la riqueza material–, el miedo a la vida, la desesperación y las múltiples fugas.

Por eso, solamente una Iglesia que sepa reunir en torno al «fuego» es capaz de atraer. Ciertamente, no un fuego cualquiera, sino aquel que se ha encendido en la mañana de Pascua. El Señor resucitado es el que sigue interpelando a los Pastores de la Iglesia a través de la voz tímida de tantos hermanos: «¿Tienen algo que comer?». Se trata de reconocer su voz, como lo hicieron los Apóstoles a orillas del mar de Tiberíades (cf. Jn 21,4-12). Y es todavía más decisivo conservar la certeza de que las brasas de su presencia, encendidas en el fuego de la pasión, nos preceden y no se apagarán nunca. Si falta esta certeza, se corre el riesgo de convertirse en guardianes de cenizas y no custodios y en dispensadores de la verdadera luz y de ese calor que es capaz de hacer arder el corazón (cf. Lc 24,32).

Antes de concluir estas reflexiones, permítanme hacerles aún dos recomendaciones que considero importantes. La primera se refiere a su paternidad episcopal. Sean Pastores cercanos a la gente, Pastores próximos y servidores. Esta cercanía ha de expresarse de modo especial con sus sacerdotes. Acompáñenles para que sirvan a Cristo con un corazón indiviso, porque sólo la plenitud llena a los ministros de Cristo. Les ruego, por tanto, que no dejen que se contenten de medias tintas. Cuiden sus fuentes espirituales para que no caigan en la tentación de convertirse en notarios y burócratas, sino que sean expresión de la maternidad de la Iglesia que engendra y hace crecer a sus hijos. Estén atentos a que no se cansen de levantarse para responder a quien llama de noche, aun cuando ya crean tener derecho al descanso (cf. Lc 11,5-8). Prepárenles para que estén dispuestos para detenerse, abajarse, rociar bálsamo, hacerse cargo y gastarse en favor de quien, «por casualidad», se vio despojado de todo lo que creía poseer (cf. Lc 10,29-37).

Mi segunda recomendación se refiere a los inmigrantes. Pido disculpas si hablo en cierto modo casi in causa propia. La iglesia en Estados Unidos conoce como nadie las esperanzas del corazón de los inmigrantes. Ustedes siempre han aprendido su idioma, apoyado su causa, integrado sus aportaciones, defendido sus derechos, promovido su búsqueda de prosperidad, mantenido encendida la llama de su fe. Incluso ahora, ninguna institución estadounidense hace más por los inmigrantes que sus comunidades cristianas. Ahora tienen esta larga ola de inmigración latina en muchas de sus diócesis. No sólo como Obispo de Roma, sino también como un Pastor venido del sur, siento la necesidad de darles las gracias y de animarles. Tal vez no sea fácil para ustedes leer su alma; quizás sean sometidos a la prueba por su diversidad. En todo caso, sepan que también tienen recursos que compartir. Por tanto, acójanlos sin miedo. Ofrézcanles el calor del amor de Cristo y descifrarán el misterio de su corazón. Estoy seguro de que, una vez más, esta gente enriquecerá a su País y a su Iglesia.

Que Dios los bendiga y la Virgen los cuide.


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Homilía del Santo Padre en la misa de canonización de fray Junípero Serra. Madrid,24 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)


«Alégrense siempre en el Señor. Repito: Alégrense» (Flp 4,4). Una invitación que golpea fuerte nuestra vida. «Alégrense» nos dice Pablo con una fuerza casi imperativa. Una invitación que se hace eco del deseo que todos experimentamos de una vida plena, una vida con sentido, una vida con alegría. Es como si Pablo tuviera la capacidad de escuchar cada uno de nuestros corazones y pusiera voz a lo que sentimos y vivimos. Hay algo dentro de nosotros que nos invita a la alegría y a no conformarnos con placebos que siempre quieren contentarnos.

Pero a su vez, vivimos las tensiones de la vida cotidiana. Son muchas las situaciones que parecen poner en duda esta invitación. La propia dinámica a la que muchas veces nos vemos sometidos parece conducirnos a una resignación triste que poco a poco se va transformando en acostumbramiento, con una consecuencia letal: anestesiarnos el corazón.

No queremos que la resignación sea el motor de nuestra vida, ¿o lo queremos?; no queremos que el acostumbramiento se apodere de nuestros días, ¿o sí?. Por eso podemos preguntarnos, ¿cómo hacer para que no se nos anestesie el corazón? ¿Cómo profundizar la alegría del Evangelio en las diferentes situaciones de nuestra vida?

Jesús lo dijo a los discípulos de ayer y nos lo dice a nosotros: ¡vayan!, ¡anuncien! La alegría del evangelio se experimenta, se conoce y se vive solamente dándola, dándose.

El espíritu del mundo nos invita al conformismo, a la comodidad; frente a este espíritu humano «hace falta volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo» (Laudato si’, 229). Tenemos la responsabilidad de anunciar el mensaje de Jesús. Porque la fuente de nuestra alegría «nace de ese deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva» (Evangelii gaudium, 24). Vayan todos a anunciar ungiendo y a ungir anunciando.

A esto el Señor nos invita hoy y nos dice: La alegría el cristiano la experimenta en la misión: «Vayan a las gentes de todas las naciones» (Mt 28,19).

La alegría el cristiano la encuentra en una invitación: Vayan y anuncien.
La alegría el cristiano la renueva, la actualiza con una llamada: Vayan y unjan.

Jesús los envía a todas las naciones. A todas las gentes. Y en ese «todos» de hace dos mil años estábamos también nosotros. Jesús no da una lista selectiva de quién sí y quién no, de quiénes son dignos o no de recibir su mensaje, y su presencia. Por el contrario, abrazó siempre la vida tal cual se le presentaba. Con rostro de dolor, hambre, enfermedad, pecado. Con rostro de heridas, de sed, de cansancio. Con rostro de dudas y de piedad. Lejos de esperar una vida maquillada, decorada, trucada, la abrazó como venía a su encuentro. Aunque fuera una vida que muchas veces se presenta derrotada, sucia, destruida. A «todos» dijo Jesús, a todos vayan y anuncien; a toda esa vida como es y no como nos gustaría que fuese, vayan y abracen en mi nombre. Vayan al cruce de los caminos, vayan... a anunciar sin miedo, sin prejuicios, sin superioridad, sin purismos a todo aquel que ha perdido la alegría de vivir, vayan a anunciar el abrazo misericordioso del Padre. Vayan a aquellos que viven con el peso del dolor, del fracaso, del sentir una vida truncada y anuncien la locura de un Padre que busca ungirlos con el óleo de la esperanza, de la salvación. Vayan a anunciar que el error, las ilusiones engañosas, las equivocaciones, no tienen la última palabra en la vida de una persona. Vayan con el óleo que calma las heridas y restaura el corazón.

La misión no nace nunca de un proyecto perfectamente elaborado o de un manual muy bien estructurado y planificado; la misión siempre nace de una vida que se sintió buscada y sanada, encontrada y perdonada. La misión nace de experimentar una y otra vez la unción misericordiosa de Dios.

La Iglesia, el Pueblo santo de Dios, sabe transitar los caminos polvorientos de la historia atravesados tantas veces por conflictos, injusticias y violencia para ir a encontrar a sus hijos y hermanos. El santo Pueblo fiel de Dios, no teme al error; teme al encierro, a la cristalización en elites, al aferrarse a las propias seguridades. Sabe que el encierro en sus múltiples formas es la causa de tantas resignaciones.

Por eso, «salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo» (Evangelii gaudium, 49). El Pueblo de Dios sabe involucrarse porque es discípulo de Aquel que se puso de rodillas ante los suyos para lavarles los pies (cf. ibíd., 24).

Hoy estamos aquí, podemos estar aquí, porque hubo muchos que se animaron a responder a esta llamada, muchos que creyeron que «la vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad» (Documento de Aparecida, 360). Somos hijos de la audacia misionera de tantos que prefirieron no encerrarse «en las estructuras que nos dan una falsa contención... en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta» (Evangelii gaudium, 49). Somos deudores de una tradición, de una cadena de testigos que han hecho posible que la Buena Nueva del Evangelio siga siendo generación tras generación Nueva y Buena.

Y hoy recordamos a uno de esos testigos que supo testimoniar en estas tierras la alegría del Evangelio, Fray Junípero Serra. Supo vivir lo que es «la Iglesia en salida», esta Iglesia que sabe salir e ir por los caminos, para compartir la ternura reconciliadora de Dios. Supo dejar su tierra, sus costumbres, se animó a abrir caminos, supo salir al encuentro de tantos aprendiendo a respetar sus costumbres y peculiaridades. Aprendió a gestar y a acompañar la vida de Dios en los rostros de los que iba encontrando haciéndolos sus hermanos. Junípero buscó defender la dignidad de la comunidad nativa, protegiéndola de cuantos la habían abusado. Abusos que hoy nos siguen provocando desagrado, especialmente por el dolor que causan en la vida de tantos.

Tuvo un lema que inspiró sus pasos y plasmó su vida: supo decir, pero sobre todo supo vivir diciendo: «siempre adelante». Esta fue la forma que Junípero encontró para vivir la alegría del Evangelio, para que no se le anestesiara el corazón. Fue siempre adelante, porque el Señor espera; siempre adelante, porque el hermano espera; siempre adelante, por todo lo que aún le quedaba por vivir; fue siempre adelante. Que, como él ayer, hoy nosotros podamos decir: «siempre adelante». 


Publicado por verdenaranja @ 21:49  | Habla el Papa
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Desde la Delegación Diocesana de catequesis de la diócesis de Tenerife nos remiten el rito del Envío de los Catequistas para el curso pastoral 2015-2016

RITO DEL ENVÍO DE CATEQUISTAS


MONICIÓN DE ENTRADA:

Hoy, como todos los domingos, nos reunimos en torno a la mesa del Señor para escuchar su palabra y compartir su pan de vida. Pero hoy nuestra reunión tiene además un sentido particular.

Hemos dado comienzo al nuevo curso de catequesis de nuestra parroquia, y hoy enviamos aquellas personas que, en nombre de la Iglesia, llevarán a cabo, junto al Párroco, la tarea de acompañar en el camino de la fe a nuestros niños, jóvenes y adultos.

Están aquí también un buen grupo de padres y madres, preocupados por la formación religiosa de sus hijos, y la Comunidad Cristiana, parte importante en todo el proceso catequético. Con la alegría que nos da el Señor, comencemos llenos de gozo esta celebración.

Terminada la homilía.

RITO DEL ENVÍO

Monición (un miembro de la Comunidad, preferiblemente que NO sea un catequista):

Se va a proceder ahora al rito del envío de nuestros catequistas que este año llevarán a cabo la misión de ser “Testigos de la Misericordia de Dios” en nuestra Parroquia de_______. Es un modo de expresar que no actúan en nombre propio, sino en nombre de la Iglesia, en nombre de esta Comunidad.

El rito comienza con una exhortación del Sacerdote en nombre del Señor; seguirá con la confesión de fe de los catequistas que manifiestan su compromiso y disponibilidad; a continuación, el párroco pronunciará la bendición del Señor sobre ellos para que Jesús les ayude con su fuerza y los mantenga en su fidelidad; por último, besarán el libro del Evangelio que han de testimoniar.


El párroco: ¡Pónganse en pie los que van a recibir la misión de catequista! (se puede llamar a cada catequista por su nombre, respondiendo: AQUÍ ESTOY)

Queridos hermanos:

Dios, nuestro Padre, reveló y realizó su designio de salvar al mundo por medio de su Hijo hecho hombre, Jesucristo, quien confió a la Iglesia la misión de anunciar su Evangelio a todos los hombres.

Ustedes, catequistas, que no actúan en nombre propio, sino en nombre de la Iglesia que les envía, tienen una misión muy importante que cumplir: ser testigos del mensaje de Jesús, y en este curso especialmente: SER TESTIGOS DE LA MISERICORDIA DE DIOS.

Serán discípulos-misioneros de la Palabra de Dios en la catequesis y, de esta forma, con su esfuerzo y la ayuda del Señor, los catequizando irán madurando en su camino de crecimiento en la fe. No olviden en ningún momento que se trata, sobre todo, de llevarlos al encuentro personal con Jesús, que es el protagonista principal.

Que sus vidas sean testimonios de Jesucristo y de su mensaje en el seno de la Iglesia que es siempre el punto de referencia de la catequesis.

Profesión de fe y compromiso: (Los catequistas encienden las velas del Cirio Pascual) (se puede cantar algún canto sencillo si son varios los catequistas)

Antes de recibir la misión, es necesario que profesen públicamente su fe; que expresen ante la Iglesia reunida su disponibilidad a la tarea que se les encomienda y la aceptación del compromiso que asumen.

S/ ¿Creéis en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra?

Catequistas: Sí, creo.

S/¿Creéis en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació de Santa María Virgen, proclamó con obras admirables el Evangelio de Dios, murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre?

Catequistas: Sí, creo.

S/ ¿Creéis en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna?

Catequistas: Sí, creo.

S/ ¿Estáis dispuestos a realizar vuestra tarea viviendo la fe con sinceridad de corazón y proclamándola de palabra y de obra, según el Evangelio y la Tradición de la Iglesia?

Catequistas: Sí, estoy dispuesto/a

S/ ¿Os preocuparéis de vuestra mejor formación y preparación y acudiréis con asiduidad a las reuniones organizadas para ello en la Parroquia?

Catequistas: Sí, lo haré.

S/ ¿Prometéis, con la ayuda del Espíritu Santo, perseverar en la tarea a pesar de las dificultades, realizarla con diligencia según vuestra capacidad y buscar en todo el bien de la Iglesia y de aquellos que se os encomiendan?

Catequistas: Sí, lo prometo.

(Los catequistas se arrodillan ahora, mientras todos los demás fieles se ponen en pie)

Bendición de los catequistas

Oremos, pues, al Señor que derrame su luz sobre ellos.

Yo, como vuestro Párroco y Pastor, y nombre de la Comunidad aquí reunida les envío en nombre del Señor Jesús para que, como catequistas, conduzcan a los niños, a los jóvenes y adultos al encuentro con Jesús Vivo y Resucitado, (bendiciendo a los catequistas) En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo... AMEN

RECIBID LA PALABRA DE DIOS: 

Mediten la Palabra de Dios que llevarán cada día en sus manos en sus labios y en su corazón para ser siempre Testigos de la Misericordia de Dios.

(A continuación, los catequistas van besando el libro del Evangelio y se retiran a sus sitios. Mientras, la asamblea acompaña con un canto apropiado)

 

ORACIÓN UNIVERSAL DE LOS FIELES (aconsejable que la realice un miembro de la comunidad que NO sea un catequista)

Oremos, hermanos, a Dios por las necesidades de la Iglesia y del mundo, por nosotros y, de modo especial, por quienes se dedican a la tarea de evangelizar.

1. Para que los catequistas, en comunión con el Papa, el Obispo y los sacerdotes, sean auténticos portavoces de la Iglesia, de cuya experiencia de fe les viene su certeza, ROGUEMOS AL SEÑOR.

2. Para que los catequistas, que actúan en nombre de la Iglesia, se vean apoyados por la estima, la colaboración y la oración de toda la comunidad, ROGUEMOS AL SEÑOR.

3. Para que los catequistas sean fieles servidores del Evangelio y sepan transmitirlo intacto y vivo, de un modo comprensible y persuasivo, ROGUEMOS AL SEÑOR.

4. Para que los catequistas den testimonio de la Palabra con la santidad de su vida, en la oración, la meditación y la participación frecuente en los sacramentos, ROGUEMOS AL SEÑOR.

5. Para que nuestra comunidad, con el testimonio de su vida y con la oración, secunde el servicio a la Palabra de los catequistas, ROGUEMOS AL SEÑOR.

6. Para que los padres, a cuyo servicio actúan los catequistas en la formación cristiana de sus hijos, no renuncien a su misión de ser los «primeros anunciadores de la fe», ROGUEMOS AL SEÑOR.

7. Para que cuantos escuchan la Palabra de Dios experimenten el gozo de conocer a Dios y ser conocidos por El, de contemplarlo y abandonarse en El, ROGUEMOS AL SEÑOR.  

Oremos: ¡Oh Dios, fuente de luz y de bondad, que enviaste a tu Hijo único, Palabra de vida, a revelar a los hombres el misterio de tu amor!

Bendice a estos hermanos nuestros, elegidos para el ministerio de catequistas. Ayúdales a meditar asiduamente tu Palabra, para que se dejen penetrar por su enseñanza y la anuncien fielmente a sus hermanos. Por Jesucristo nuestro Señor.

PRESENTACIÓN DE LOS SÍMBOLOS (OFERTORIO)

Presentamos al Señor nuestro ser y quehacer de catequistas.

Presentamos el PAN Y EL VINO alimento y fuerza de nuestro camino.

Presentamos esta VELA ENCENDIDA Y LA SAL porque Jesús nos manda ser luz por el testimonio de vida cristiana y sal que condimenta y da sabor como tenemos que ser los catequistas.

Monición a la Despedida

(Después de la Comunión, antes de la Oración un catequista dice:)

Hermanos: En nombre de Jesús, hemos sido enviados para ser testigos a los niños, jóvenes y adultos del mensaje del Evangelio.

Queridos Padres y Madres, querida Comunidad Parroquial de_______: Sabemos que sin su colaboración no podemos hacer casi nada; por eso, en nombre de todos los catequistas les pedimos que recen por nosotros y que nos ayuden en para que estos sus hijos se preparen lo mejor posible y conozcan a Jesús y su Evangelio.

ENVÍO Y DESPEDIDA

Obedientes al mandato de Cristo y confiados en la gracia del Espíritu, id y anunciad el Evangelio a vuestros hermanos en nombre de la Iglesia. ¡Podéis ir en paz!  


Publicado por verdenaranja @ 16:26  | Catequesis
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Mi?rcoles, 23 de septiembre de 2015
Comentario a la liturgia dominical por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiae de são Paulo (Brasil). Brasil, 22 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

Domingo 26 del Tiempo Ordinario

Textos: Nm 11, 25-29; St 5, 1-6; Mc 9, 37-42

 

Idea principal: Cuidemos en nuestra vida la intolerancia, los celos y la intransigencia, pues no son evangélicos. Nadie tiene el monopolio del Espíritu, pues Él sopla donde quiere y cuando quiere.

Síntesis del mensaje: No es propio del Cristianismo el ser intolerante, tajante y radical. Basta ver a Jesús manso y humilde de corazón que tuvo paciencia con los apóstoles, que predicaba el Reino con respeto, exigía desde los valores de la justicia, verdad y solidaridad, y valoraba las cosas positivas de los maestros de la ley y fariseos.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, Moisés no se puso celoso porque Eldad y Medad profetizasen. “Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos el espíritu del Señor”. Es un preludio de lo que nos dirá el Espíritu Santo en el concilio Vaticano II: “El Pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad y ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza…Además, el mismo Espíritu Santo no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los ministerios…sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia” (Lumen Gentium, 12).

En segundo lugar, ahora es el apóstol Juan, quien se definía “el discípulo amado”, el que parece intolerante y prohíbe a uno expulsar demonios en nombre de Jesús. Cree que sólo ellos, los apóstoles, tienen el monopolio y la exclusiva de estos ministerios. Intolerante, tajante y radical, porque un hombre de pueblo se mete a exorcista y despacha a los demonios. Ya vimos en la primera lectura cómo Moisés paró los pies a esos intolerantes que le pedían que les prohibiese profetizar. La intolerancia es cerrilismo, ignorancia y pecado. La tolerancia es cortesía, inteligencia y virtud. Ahora entendemos mejor al Papa Francisco. La intolerancia es un escándalo. Y escandalizar, según nuestra moral y el evangelio, no es dar que hablar, sino incitar, colaborar….con el pecado. En este caso la intolerancia es virtud porque su objetivo es lo malo. Las palabras de Jesús hoy son una exhortación a la tolerancia y a la magnanimidad. La exclusión sectaria, la mirada narcisista, la pretensión monopolizadora, son actitudes extrañas al espíritu de Jesús. Eliminando toda cerrazón ortodoxa, el cristianismo ha de saber acoger, apoyar y estimular a todos los hombres que defiendan una causa noble, aunque no estén inscritos en su comunidad ni pertenezcan a su confesión. A éstos, por mínima que sea su acción humanitaria, no se les negará la recompensa divina. ¡Cuánto menos la acogida humana!

Finalmente, habría que preguntarnos si realmente somos tolerantes o intolerantes. Tolerantes en qué. Intolerantes en qué y cuándo. Ya sabemos lo que nos vendrá. La intolerancia de los intolerantes es tan grave, que Jesús les cuelga hoy al cuello una rueda de molino ¡y al mar!, los mutila –ojo, brazo, pierna- ¡y al tostadero!, les cierra a cal y canto la puerta del cielo ¡y a la calle! Naturalmente, es un decir de decires, una hipérbole, pero no un decir por decir. La intolerancia religiosa es las ganas fracasadas de alzarse con el santo y la peana, es decir, con Dios en exclusiva y eso es un sacrilegio. La intolerancia divide a los hombres, les amarga la existencia y eso es un pecado contra el amor y su unidad. La intolerancia fastidia a los hombres, y los hombres por eso se enemistan con Dios. La intolerancia es intolerable. Punto.

Para reflexionar: ¿Con quién soy intolerante: con los demás, conmigo? ¿A qué o a quién debo ser intolerante: a mi hermano que piensa o cree distinto que yo, al pecado y al que me invita a ofender a Dios? ¿Por qué creo que yo tengo el monopolio de la verdad y la salvación? ¿Creo que “mi” verdad es “la” verdad?

Para rezar: Señor, te pido, que me liberes de mi mal carácter, agresividad e intolerancia. La inestabilidad de mi carácter, el mal trato hacia los que se me acercan o se relacionan conmigo, así como con mis familiares, parroquianos, amigos y vecinos gobierna, tristemente mi vida, y el daño que les causo a los demás, al prójimo, a los que en general tratan conmigo, es excesivamente doloroso, y el que me infiero a mi mismo es también insoportable y me produce una inevitable y gran culpa, al punto que me paralizo, y veo pasar los días en una secuencia interminable. Me arrepiento de haber incurrido en esta actitud y conducta, pero necesito de tu celestial y poderoso auxilio para liberarme definitivamente de la intolerancia. Te doy gracias Señor porque tú siempre escuchas al que te invoca. Amén.

 

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: arivero@legionaries.org


Publicado por verdenaranja @ 16:33  | Espiritualidad
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Texto de la homilía del papa Francisco en el Santuario de la Caridad del Cobre, patrona de CubaRoma,22 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

El Evangelio que escuchamos nos pone de frente al movimiento que genera el Señor cada vez que nos visita: nos saca de casa. Son imágenes que una y otra vez somos invitados a contemplar. La presencia de Dios en nuestra vida nunca nos deja quietos, siempre nos motiva al movimiento. Cuando Dios visita, siempre nos saca de casa. Visitados para visitar, encontrados para encontrar, amados para amar.


Ahí vemos a María, la primera discípula. Una joven quizás de entre 15 y 17 años, que en una aldea de Palestina fue visitada por el Señor anunciándole que sería la madre del Salvador. Lejos de «creérsela» y pensar que todo el pueblo tenía que venir a atenderla o servirla, ella sale de casa y va a servir. Sale a ayudar a su prima Isabel. La alegría que brota de saber que Dios está con nosotros, con nuestro pueblo, despierta el corazón, pone en movimiento nuestras piernas, «nos saca para afuera», nos lleva a compartir la alegría recibida como servicio, como entrega en todas esas situaciones «embarazosas» que nuestros vecinos o parientes puedan estar viviendo. El Evangelio nos dice que María fue de prisa, paso lento pero constante, pasos que saben a dónde van; pasos que no corren para «llegar» rápido o van demasiado despacio como para no «arribar» jamás. Ni agitada ni adormentada, María va con prisa, a acompañar a su prima embarazada en la vejez. María, la primera discípula, visitada ha salido a visitar. Y desde ese primer día ha sido siempre su característica particular. Ha sido la mujer que visitó a tantos hombres y mujeres, niños y ancianos, jóvenes. Ha sabido visitar y acompañar en las dramáticas gestaciones de muchos de nuestros pueblos; protegió la lucha de todos los que han sufrido por defender los derechos de sus hijos. Y ahora, ella todavía no deja de traernos la Palabra de Vida, su Hijo nuestro Señor.

Estas tierras también fueron visitadas por su maternal presencia. La patria cubana nació y creció al calor de la devoción a la Virgen de la Caridad. «Ella ha dado una forma propia y especial al alma cubana –escribían los Obispos de estas tierras– suscitando los mejores ideales de amor a Dios, a la familia y a la Patria en el corazón de los cubanos».
También lo expresaron sus compatriotas cien años atrás, cuando le pedían al Papa Benedicto XV que declarara a la Virgen de la Caridad Patrona de Cuba, y escribieron:
«Ni las desgracias ni las penurias lograron “apagar” la fe y el amor que nuestro pueblo católico profesa a esa Virgen, sino que, en las mayores vicisitudes de la vida, cuando más cercana estaba la muerte o más próxima la desesperación, surgió siempre como luz disipadora de todo peligro, como rocío consolador…, la visión de esa Virgen bendita, cubana por excelencia… porque así la amaron nuestras madres inolvidables, así la bendicen nuestras esposas».

En este Santuario, que guarda la memoria del santo Pueblo fiel de Dios que camina en Cuba, María es venerada como Madre de la Caridad. Desde aquí Ella custodia nuestras raíces, nuestra identidad, para que no nos perdamos en los caminos de la desesperanza. El alma del pueblo cubano, como acabamos de escuchar, fue forjada entre dolores, penurias que no lograron apagar la fe, esa fe que se mantuvo viva gracias a tantas abuelas que siguieron haciendo posible, en lo cotidiano del hogar, la presencia viva de Dios; la presencia del Padre que libera, fortalece, sana, da coraje y que es refugio seguro y signo de nueva resurrección. Abuelas, madres, y tantos otros que con ternura y cariño fueron signos de visitación, de valentía, de fe para sus nietos, en sus familias. Mantuvieron abierta una hendija pequeña como un grano de mostaza por donde el Espíritu Santo seguía acompañando el palpitar de este pueblo.
Y «cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño» (Evangelii gaudium, 288).

Generación tras generación, día tras día, somos invitados a renovar nuestra fe. Somos invitados a vivir la revolución de la ternura como María, Madre de la Caridad. Somos invitados a «salir de casa», a tener los ojos y el corazón abierto a los demás. Nuestra revolución pasa por la ternura, por la alegría que se hace siempre projimidad, que se hace siempre compasión y nos lleva a involucrarnos, para servir, en la vida de los demás. Nuestra fe nos hace salir de casa e ir al encuentro de los otros para compartir gozos y alegrías, esperanzas y frustraciones.

Nuestra fe, nos saca de casa para visitar al enfermo, al preso, al que llora y al que sabe también reír con el que ríe, alegrarse con las alegrías de los vecinos. Como María, queremos ser una Iglesia que sirve, que sale de casa, que sale de sus templos, de sus sacristías, para acompañar la vida, sostener la esperanza, ser signo de unidad. Como María, Madre de la Caridad, queremos ser una Iglesia que salga de casa para tender puentes, romper muros, sembrar reconciliación. Como María, queremos ser una Iglesia que sepa acompañar todas las situaciones «embarazosas» de nuestra gente, comprometidos con la vida, la cultura, la sociedad, no borrándonos sino caminando con nuestros hermanos.

Éste es nuestro cobre más precioso, ésta es nuestra mayor riqueza y el mejor legado que podamos dejar: como María, aprender a salir de casa por los senderos de la visitación. Y aprender a orar con María porque su oración es memoriosa, agradecida; es el cántico del Pueblo de Dios que camina en la historia. Es la memoria viva de que Dios va en medio nuestro; es memoria perenne de que Dios ha mirado la humildad de su pueblo, ha auxiliado a su siervo como lo había prometido a nuestros padres y a su descendencia por siempre.


Publicado por verdenaranja @ 16:29  | Habla el Papa
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Publicamos a continuación el discurso del Santo Padre a las familias en la Catedral de Santiago de Cuba. Ciudad del Vaticano,22 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

Estamos en familia. Y cuando uno está en familia se siente en casa. Gracias familias cubanas, gracias cubanos por hacerme sentir todos estos días en familia, por hacerme sentir en casa. Gracias. Este encuentro con ustedes es como «la frutilla de la torta». Terminar mi visita viviendo este encuentro en familia es un motivo para dar gracias a Dios por el «calor» que brota de gente que sabe recibir, que sabe acoger, que sabe hacer sentir en casa. Gracias a todos los cubanos.                    

Agradezco a Mons. Dionisio García, Arzobispo de Santiago, el saludo que me ha dirigido en nombre de todos y al matrimonio que ha tenido la valentía de compartir con todos nosotros sus anhelos y esfuerzos por vivir el hogar como una «iglesia doméstica».

El Evangelio de Juan nos presenta como primer acontecimiento público de Jesús las Bodas de Caná, en la fiesta de una familia. Ahí está con María su madre y algunos de sus discípulos compartiendo la fiesta familiar.

 Las bodas son momentos especiales en la vida de muchos. Para los «más veteranos», padres, abuelos, es una oportunidad para recoger el fruto de la siembra. Da alegría al alma ver a los hijos crecer y que puedan formar su hogar. Es la oportunidad de ver, por un instante, que todo por lo que se ha luchado valió la pena. Acompañar a los hijos, sostenerlos, estimularlos para que puedan animarse a construir sus vidas, a formar sus familias, es un gran desafío para los padres. A su vez, la alegría de los jóvenes esposos. Todo un futuro que comienza, todo tiene «sabor» a casa nueva, a esperanza. En las bodas, siempre se une el pasado que heredamos y el futuro que nos espera. Hay memoria y esperanza.  Siempre se abre la oportunidad para agradecer todo lo que nos permitió llegar hasta el hoy con el mismo amor que hemos recibido.                    

Y Jesús comienza su vida pública precisamente en una boda. Se introduce en esa historia de siembras y cosechas, de sueños y búsquedas, de esfuerzos y compromisos, de arduos trabajos que araron la tierra para que ésta dé su fruto. Jesús comienza su vida en el interior de una familia, en el seno de un hogar. Y es precisamente en el seno de nuestros hogares donde continuamente Él se sigue introduciendo, Él sigue siendo parte. Le gusta meterse en la familia.                 

Es interesante observar cómo Jesús se manifiesta también en las comidas, en las cenas. Comer con diferentes personas, visitar diferentes casas fue un lugar privilegiado por Jesús para dar a conocer el proyecto de Dios. Él va a la casa de sus amigos –Marta y María–, pero no es selectivo, no le importa si son publicanos o pecadores, como Zaqueo. No sólo Él actuaba así, sino cuando envió a sus discípulos a anunciar la buena noticia del Reino de Dios, les dijo: «Quédense en la casa que los reciba, coman y beban de los que ellos tengan» (Lc 10,7). Bodas, visitas a los hogares, cenas, algo de «especial» tendrán estos momentos en la vida de las personas para que Jesús elija manifestarse ahí.

Recuerdo en mi diócesis anterior que muchas familias me comentaban que el único momento que tenían para estar juntos era normalmente en la cena, a la noche, cuando se volvía de trabajar, donde los más chicos terminaban la tarea de la escuela. Era un momento especial de vida familiar. Se comentaba el día, lo que cada uno había hecho, se ordenaba el hogar, se acomodaba la ropa, se organizaban las tareas fundamentales para los demás días. Los chicos se peleaban, pero era el momento. Son momentos en los que uno llega también cansado y alguna que otra discusión, alguna que otra «pelea» entre marido y mujer aparecce. Pero no hay que tenerle mido. Yo le tengo más miedo a los matrimonios que nunca nunca tuvieron una discusión, es raro. Jesús elije estos momentos para mostrarnos el amor de Dios, Jesús elije estos espacios para entrar en nuestras casas y ayudarnos a descubrir el Espíritu vivo y actuando en nuestras cosas cotidianas. Es en casa donde aprendemos la fraternidad, donde aprendemos la solidaridad, donde aprendemos el no ser avasalladores. Es en casa donde aprendemos a recibir y a agradecer la vida como una bendición y que cada uno necesita a los demás para salir adelante. Es en casa donde experimentamos el perdón, y estamos invitados a perdonar, a dejarnos transformar. Es curioso, en casa no hay lugar para las «caretas», somos lo que somos y de una u otra manera estamos invitados a buscar lo mejor para los demás.

Por eso la comunidad cristiana llama a las familias con el nombre de iglesias domésticas, porque en el calor del hogar es donde la fe empapa cada rincón, ilumina cada espacio, construye comunidad. Porque en momentos así es como las personas iban aprendiendo a descubrir el amor concreto y operante de Dios.                    

En muchas culturas hoy en día van despareciendo estos espacios, van desapareciendo estos momentos familiares, poco a poco todo lleva a separarse, aislarse; escasean momentos en común, para estar juntos, para estar en familia. Entonces no se sabe esperar, no se sabe pedir permiso, no se sabe perdir perdón, no se sabe dar gracias, porque la casa va quedando vacía. No de gente, sino vacía de relaciones, vacía de contactos, vacía de encuentros. De padres, hijos, abuelos, nietos, hermanos. Hace poco, una persona que trabaja conmigo me contaba que su esposa e hijos se habían ido de vacaciones y él se había quedado solo porque le tocaba trabajar.  El primer día, la casa estaba toda en silencio, en paz, estaba feliz, nada estaba desordenado. Al tercer día, cuando le pregunto cómo estaba, me dice: quiero que vengan ya todos de vuelta todos. Sentía que no podía vivir sin su esposa y sus hijos. Y eso es lindo.

Sin familia, sin el calor de hogar, la vida se vuelve vacía, comienzan a faltar las redes que nos sostienen en la adversidad, nos alimentan en la cotidianidad y motivan la lucha para la prosperidad. La familia nos salva de dos fenómenos actuales, dos cosas que suceden: la fragmentación (la división) y la masificación. En ambos casos, las personas se transforman en individuos aislados fáciles de manipular y de gobernar. Y entonces encontramos en el mundo sociedades divididas, rotas, separadas o altamente masificadas que son consecuencia de la ruptura de los lazos familiares; cuando se pierden las relaciones que nos constituyen como personas, que nos enseñan a ser personas. Uno se olvida de cómo se dice papá, mamá, hijo, hija, abuelo, abuela. Se van como olvidando esas relaciones que son el fundamento.

La familia es escuela de humanidad, escuela que enseña a poner el corazón en las necesidades de los otros, a estar atento a la vida de los demás. Cuando vivimos bien en familia los egoísmos quedan chiquitos, existen porque todos tenemos algo de egoísmo. Pero cuando no se vive una vida de familia se van engendrando esas personalidad que las podemos llamar así: yo, me, mí conmigo, para mí, totalmente centradas en sí mismo, que no saben de solidaridad, de fraternidad, de trabajo en común, de amor, de discusión entre hermanos, no saben.

A pesar de tantas dificultades como aquejan hoy a nuestras familias del mundo, no nos olvidemos de algo, por favor: las familias no son un problema, son principalmente una oportunidad. Una oportunidad que tenemos que cuidar, proteger, acompañar. Es una manera de decir que son una bendición, cuando vos empiezas a vivir la familia como un problema, te estancas, no caminas, estás muy centrado en vos mismo.

Mucho se discute sobre el futuro, sobre qué mundo queremos dejarle a nuestros hijos, qué sociedad queremos para ellos. Creo que una de las posibles respuestas se encuentra en mirarlos a ustedes: esta familia que habló a cada uno de ustedes. Dejemos un mundo con familias. Es la mejor herencia, dejemos un mundo con familias. Es cierto que no existe la familia perfecta, no existen esposos perfectos, padres perfectos, ni hijos perfectos, y si no se enojan yo diría suegra perfecta, no existe, pero eso no impide que no sean la respuesta para el mañana. Dios nos estimula al amor y el amor siempre se compromete con las personas que ama. El amor siempre se compromete con la persona que ama. Por eso, cuidemos a nuestras familias, verdaderas escuelas del mañana. Cuidemos a nuestras familias, verdaderos espacios de libertad. Cuidemos a nuestras familias, verdaderos centros de humanidad. Y aquí me viene una imagen, cuando las audiencias de los miércoles paso a saludar a la gente, tantas tantas mujeres me muestran la panza y me dicen ‘padre me lo bendice’. Les voy a proponer algo, a todas aquellas mujeres que están embarazas de esperanza, porque un hijo es una esperanza, que en este momento se toquen la panza. Si hay alguna acá, que lo haga acá, o las que están escuchando por radio o televisión. Y yo a cada una de ellas, a cada chico o chica que está ahí dentro esperando, le doy la bendición, así que cada una se toca la panza, y yo le doy la bendición, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.  Y deseo que venga sano, que crezca bien, que lo pueda criar. Acaricien al hijo que están esperando.

No quiero terminar sin hacer mención a la Eucaristía. Se habrán dado cuenta que Jesús quiere utilizar como espacio de su memorial, una cena. Elige como espacio de su presencia entre nosotros un momento concreto en la vida familiar. Un momento vivido y entendible por todos, la cena.

La Eucaristía es la cena de la familia de Jesús, que a lo largo y ancho de la tierra se reúne para escuchar su Palabra y alimentarse con su Cuerpo. Jesús es el Pan de Vida de nuestras familias, Él quiere estar siempre presente alimentándonos con su amor, sosteniéndonos con su fe, ayudándonos a caminar con su esperanza, para que en todas las circunstancias podamos experimentar que es el verdadero Pan del cielo.

En unos días participaré junto a familias del mundo en el Encuentro Mundial de las Familias y en menos de un mes en el Sínodo de Obispos, que tiene como tema la Familia. Los invito a rezar especialmente por estas dos instancias, para que sepamos entre todos ayudarnos a cuidar a la familia, para que sepamos seguir descubriendo al Emmanuel, es decir al Dios que vive en medio de su Pueblo haciendo de cada familia y de todas las familias su hogar. Cuento con la oración de ustedes.


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Homilía del Santo Padre en la misa celebrada en la Plaza de la Revolución de Holguín.  Ciudad del Vaticano,21 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

 

Celebramos la fiesta del apóstol y evangelista san Mateo. Celebramos la historia de una conversión. Él mismo, en su evangelio, nos cuenta cómo fue el encuentro que marcó su vida, él nos introduce en un «juego de miradas» que es capaz de transformar la historia.

Un día, como otro cualquiera, mientras estaba sentado a la mesa de la recaudación de los impuestos, Jesús pasaba y lo vio, se acercó y le dijo: «“Sígueme”. Y él, levantándose, lo siguió».

Jesús lo miró. Qué fuerza de amor tuvo la mirada de Jesús para movilizar a Mateo como lo hizo; qué fuerza han de haber tenido esos ojos para levantarlo. Sabemos que Mateo era un publicano, es decir, recaudaba impuestos de los judíos para dárselos a los romanos. Los publicanos eran mal vistos e incluso considerados pecadores, y por eso vivían apartados y despreciados por los demás. Con ellos no se podía comer, ni hablar, ni orar. Eran traidores para el pueblo: le sacaban a su gente para dárselo a otros. Los publicanos pertenecían a esta categoría social.

Y Jesús se detuvo, no pasó de largo precipitadamente, lo miró sin prisa, lo miró con paz. Lo miró con ojos de misericordia; lo miró como nadie lo había mirado antes. Y esta mirada abrió su corazón, lo hizo libre, lo sanó, le dio una esperanza, una nueva vida como a Zaqueo, a Bartimeo, a María Magdalena, a Pedro y también a cada uno de nosotros. Aunque no nos atrevamos a levantar los ojos al Señor, Él siempre nos mira primero. Es nuestra historia personal; al igual que muchos otros, cada uno de nosotros puede decir: yo también soy un pecador en el que Jesús puso su mirada. Lo invito que hoy en sus casas, o en la iglesia, cuando están tranquilos, solos, hagan un momento de silencio para recordar con gratitud y alegría aquellas circunstancias, aquel momento en que la mirada misericordiosa de Dios se posó en nuestra vida.

Su amor nos precede, su mirada se adelanta a nuestra necesidad. Él sabe ver más allá de las apariencias, más allá del pecado, más allá del fracaso o de la indignidad. Sabe ver más allá de la categoría social a la que podemos pertenecer. Más allá de todo eso, Él ve esa dignidad de hijo, que todos tenemos, tal vez ensuciada por el pecado, pero siempre presente en el fondo de nuestra alma. Es nuestra dignidad de hijos. Él ha venido precisamente a buscar a todos aquellos que se sienten indignos de Dios, indignos de los demás. Dejémonos mirar por Jesús, dejemos que su mirada recorra nuestras calles, dejemos que su mirada nos devuelva la alegría, la esperanza, el gozo de la vida. 

Después de mirarlo con misericordia, el Señor le dijo a Mateo: «Sígueme». Y Mateo se levantó y lo siguió. Después de la mirada, la palabra. Tras el amor, la misión. Mateo ya no es el mismo; interiormente ha cambiado. El encuentro con Jesús, con su amor misericordioso, lo transformó. Y allá atrás quedó el banco de los impuestos, el dinero, su exclusión. Antes, él esperaba sentado para recaudar, para sacarle a otros, ahora con Jesús tiene que levantarse para dar, para entregar, para entregarse a los demás. Jesús lo miró y Mateo encontró la alegría en el servicio. Para Mateo, y para todo el que sintió la mirada de Jesús, sus conciudadanos no son aquellos a los que «se vive», se usa y se abusa. La mirada de Jesús genera una actividad misionera, de servicio, de entrega. Sus conciudadanos son aquellos a quien él sirve. Su amor cura nuestras miopías y nos estimula a mirar más allá, a no quedarnos en las apariencias o en lo políticamente correcto.

Jesús va delante, nos precede, abre el camino y nos invita a seguirlo. Nos invita a ir lentamente superando nuestros preconceptos, nuestras resistencias al cambio de los demás e incluso de nosotros mismos. Nos desafía día a día con la pregunta: ¿Crees? ¿Crees que es posible que un recaudador se transforme en servidor? ¿Crees que es posible que un traidor se vuelva un amigo? ¿Crees que es posible que el hijo de un carpintero sea el Hijo de Dios? Su mirada transforma nuestras miradas, su corazón transforma nuestro corazón. Dios es Padre que busca la salvación de todos sus hijos.

Dejémonos mirar por el Señor en la oración, en la Eucaristía, en la Confesión, en nuestros hermanos, especialmente en los que se sienten dejados, más solos. Y aprendamos a mirar como Él nos mira. Compartamos su ternura y su misericordia con los enfermos, los presos, los ancianos o las familias en dificultad. Una y otra vez somos llamados a aprender de Jesús que mira siempre lo más auténtico que vive en cada persona, que es precisamente la imagen de su Padre.

Sé con qué esfuerzo y sacrificio la Iglesia en Cuba trabaja para llevar a todos, aun en los sitios más apartados, la palabra y la presencia de Cristo. Una mención especial merecen las llamadas «casas de misión» que, ante la escasez de templos y de sacerdotes, permiten a tantas personas poder tener un espacio de oración, de escucha de la Palabra, de catequesis y vida de comunidad. Son pequeños signos de la presencia de Dios en nuestros barrios y una ayuda cotidiana para hacer vivas las palabras del apóstol Pablo: «Les ruego que anden como pide la vocación a la que han sido convocados. Sean siempre humildes y amables, sean comprensivos, sobrellevándose mutuamente con amor; esfuércense en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz» (Ef 4,2).

Deseo dirigir ahora la mirada a la Virgen María, Virgen de la Caridad del Cobre, a quien Cuba acogió en sus brazos y le abrió sus puertas para siempre, y a Ella le pido que mantenga sobre todos y cada uno de los hijos de esta noble nación su mirada maternal y que esos «sus ojos misericordiosos» estén siempre atentos a cada uno de ustedes, sus hogares, familias, a las personas que puedan estar sintiendo que para ellos no hay lugar. Que Ella nos guarde a todos como cuidó a Jesús en su amor. Y que Ella nos enseñe a mirar a los demás como Jesús nos miró a cada uno de nosotros. 


Publicado por verdenaranja @ 16:23  | Habla el Papa
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Martes, 22 de septiembre de 2015

Texto completo del mensaje a los jóvenes del Centro Cultural Padre Félix Varela. Madrid,21 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

Ustedes están parados y yo estoy sentado. ¡Qué vergüenza! Pero saben por qué me siento, porque tomé notas de algunas cosas que dijo nuestro compañero y sobre estas les quiero hablar.

Una palabra que cayó fuerte: “soñar”. Un escritor latinoamericano decía que las personas tenemos dos ojos: uno de carne y otro de vidrio. Con el ojo de carne vemos lo que miramos, con el ojo de vidrio vemos lo que soñamos. Esta lindo, ¿eh? En la objetividad de la vida tiene que entrar la capacidad de soñar. Y un joven que no es capaz de soñar está clausurado en sí mismo, está encerrado en sí mismo. Claro, uno a veces sueña cosas que nunca van a suceder. Pues soñalas, desealas, busca horizontes, abrite, abrite a cosas grandes.

No sé si en Cuba se usa la palabra, pero los argentinos decimos: “No te arrugues”, ¿eh? No te arrugues, abrite, abrite y soñá. Soñá que el mundo con vos puede ser distinto. Soñá que si vos ponés lo mejor de vos, vas a ayudar a que ese mundo sea distinto. No se olviden. Sueñen. Por ahí se les va la mano y sueñan demasiado y la vida les corta el camino. No importa. Sueñen y cuenten sus sueños. Cuenten. Hablen de las cosas grandes que desean, porque cuanto más grande es la capacidad de soñar, y la vida te deja a mitad de camino, más camino has recorrido. Así que primero, soñar.

Vos dijiste ahí una frasecita, yo tenía acá escrita la intervención de él, pero la subrayé y tomé alguna nota: que sepamos acoger y aceptar al que piensa diferente. Realmente a veces nosotros somos cerrados. Nos metemos en nuestro mundito: “o este es como yo quiero que sea, o no”. Y fuiste más allá todavía: que no nos encerremos en los conventillos de las ideologías o en los conventillos de las religiones. Y que podamos crecer ante los individualismos.

Cuando una religión se convierte en conventillo pierde lo mejor que tiene, pierde su realidad de adorar a Dios, de creer en Dios, es un conventillo, es un conventillo de palabras, de oraciones, de yo soy bueno vos sos malo, de prescripciones morales. Y cuando yo tengo mi ideología, mi modo de pensar, y vos tenés el tuyo, me encierro en este conventillo de la ideología.

Corazones abiertos, mentes abiertas. Si vos pensás distinto que yo, ¿por qué no vamos a hablar? ¿Por qué siempre nos tiramos la piedra sobre aquello que nos separa, sobre aquello en lo que somos distintos? ¿Por qué no nos damos la mano en aquello que tenemos en común? Animarnos a hablar de lo que tenemos en común. Y después, podemos hablar de las cosas que tenemos diferentes. Pero digo hablar, no digo pelearnos, no digo encerrarnos, no digo “conventillar”, como usaste vos la palabra. Pero eso solo es posible cuando uno tiene la capacidad de hablar de aquello que tengo en común con el otro, de aquello para lo cual somos capaces de trabajar juntos.

En Buenos Aires, estaba una parroquia nueva, en una zona muy muy pobre, estaban construyendo unos salones parroquiales, un grupo de jóvenes de la universidad, y el párroco me dijo: “por qué no te venís un sábado y así te los presento”. Trabajaban los sábados y los domingos en la construcción. Eran chicos y chicas de la universidad. Yo llegué, y los vi y me los fue presentando: “Este es el arquitecto, es judío. Este es comunista. Este es católico práctico, este...”. Todos eran distintos, pero todos estaban trabajando en común, por el bien común. Eso se llama amistad social: buscar el bien común. La enemistad social destruye. Y una familia se destruye por la enemistad, un país se destruye por la enemistad, el mundo se destruye por la enemistad. Y la enemistad más grande es la guerra. Y hoy día vemos que el mundo se está destruyendo por la guerra, porque son incapaces de sentarse y hablar. Bueno, negociemos. ¿Qué podemos hacer en común? ¿En qué cosas no vamos a ceder? Pero no matemos más gente. Cuando hay división hay muerte, hay muerte en el alma, porque estamos matando la capacidad de unir. Estamos matando la amistad social. Y eso es lo que yo les pido a ustedes hoy: sean capaces de crear la amistad social.

Después salió otra palabra que vos dijiste: la palabra esperanza. Los jóvenes son la esperanza de un pueblo, eso lo oímos de todos los lados. Pero, ¿qué es la esperanza? ¿Es ser optimista? No. El optimismo es un estado de ánimo. Mañana te levantás con dolor de hígado y no sos optimista, ves todo negro. La esperanza es algo más.

La esperanza es sufrida. La esperanza sabe sufrir para llevar adelante un proyecto. Sabe sacrificarse. ¿Vos sos capaz de sacrificarte por un futuro o solamente querés vivir el presente y que se arreglan los que vengan? La esperanza es fecunda, la esperanza da vida. ¿Vos sos capaz de dar vida, o vas a ser un chico o una chica espiritualmente estéril, sin capacidad de crear vida a los demás, sin capacidad de crear amistad social, sin capacidad de crear patria, sin capacidad de crear grandeza?

La esperanza es fecunda. La esperanza se da en el trabajo, y aquí me quiero referir a un problema muy grave, que se está viviendo en Europa. La cantidad de jóvenes que no tienen trabajo. Hay países en Europa que jóvenes de 25 años hacia abajo viven desocupados en un porcentaje del 40 por ciento. Pienso en un país. Otro país el 47 por ciento. Otro país el 50 por ciento.

Evidentemente que un pueblo que no se preocupa por dar trabajo a los jóvenes, un pueblo, y cuando digo “pueblo” no digo gobiernos, todo el pueblo, la preocupación de la gente, si los jóvenes no trabajan, es pueblo no tiene futuro.

Los jóvenes entran a formar parte de la cultura del descarte y todos sabemos que hoy, en este imperio del dios dinero, se descartan las cosas y se descartan las personas, se descartan los chicos, porque no se los quiere, porque se les mata antes de nacer, se descartan los ancianos, estoy hablando del mundo en general, se descartan los ancianos porque ya no producen.

En algunos países hay ley de eutanasia, pero en tantos otros hay una eutanasia escondida, encubierta. Se descartan los jóvenes porque no les dan trabajo. Entonces, ¿qué le queda a un joven sin trabajo? Un país que no inventa, un pueblo que no inventa posibilidades laborales para su jóvenes, a ese joven le quedan o las adicciones, o el suicidio, o irse por ahí buscando ejércitos de destrucción para crear guerras.

Esta cultura del descarte nos está haciendo mal a todos, nos quita la esperanza, y es lo que vos pediste para los jóvenes: “queremos esperanza”. Esperanza que es sufrida, es trabajadora, es fecunda, nos da trabajo y nos salva de la cultura del descarte. Y esta esperanza que es convocadora, convocadora de todos, porque un pueblo que sabe autoconvocarse para mirar el futuro y construir la amistad social, como dije, aunque piense diferente, ese pueblo tiene esperanza.

Y si yo me encuentro con un joven sin esperanza, por ahí una vez dije “un joven es jubilado”. Hay jóvenes que parece que se jubilan a los 22 años. Son jóvenes con tristeza existencial. Son jóvenes que han apostado su vida al derrotismo básico. Son jóvenes que se lamentan. Son jóvenes que se fugan de la vida. El camino de la esperanza no es fácil. Y no se puede recorrer solo. Hay un proverbio africano que dice; “Si querés ir de prisa, andá solo, pero si querés llegar lejos, andá acompañado”.

Y yo a ustedes, jóvenes cubanos, aunque piensen diferente, aunque tengan su punto de vista diferente, quiero que vayan acompañados, juntos, buscando la esperanza, buscando el futuro y la nobleza de la patria.

Y así, empezando como empezamos con la palabra soñar, y quiero terminar con otra palabra que vos dijiste, y que yo la suelo usar bastante: la cultura del encuentro. Por favor, no nos “desencontremos” entre nosotros mismos. Vayamos acompañados, uno. Encontrados, aunque pensemos distinto, aunque sintamos distinto, pero hay algo que es superior a nosotros, que es la grandeza de nuestro pueblo, que es la grandeza de nuestra patria, que es esa belleza, esa dulce esperanza de la patria a la que tenemos que llegar. Muchas gracias.

Bueno, me despido deseándoles lo mejor, deseándoles todo esto que les dije, se los deseo. Voy a rezar por ustedes. Y les pido que recen por mí y si alguno de ustedes no es creyente y no puede rezar porque no es creyente, que al menos me desee cosas buenas. Que Dios los bendiga y los haga caminar en este camino de esperanza, hacia la cultura del encuentro, y evitando esos “conventillos” de los cuales habló nuestro compañero. Y que Dios los bendiga a todos.

(Texto transcrito del audio por ZENIT)


Publicado por verdenaranja @ 23:07  | Habla el Papa
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Texto  de la homilía del Santo Padre en la oración de vísperas en la Catedral de la Inmaculada Concepción y San Cristóbal en La Habana.   Ciudad del Vaticano,21 de septiembre de 2015 (ZENIT.org

   

El cardenal Jaime nos habló de pobreza y la hermana Yaileny nos habló del más pequeños, de los más pequeños. Son todos niños. Tenía preparada una homilía para decir ahora en base a los texto bíblicos, pero cuando hablan los profetas y todo sacerdote es profeta, todo bautizado es profeta, todo consagrado es profeta, vamos a hacerle caso a ellos. Entonces yo le voy a dar la homilía al cardenal Jaime para que se la haga llegar a ustedes y la publique y después la meditan. Y ahora charlemos un poquito sobre lo que dijeron estos dos profetas.

Al cardenal Jaime se le ocurrió pronunciar una palabra muy incómoda, sumamente incómoda que incluso va de contramano con toda la estructura cultural, entre comillas, del mundo. Dijo pobreza.  Y la repitió varias veces. Pienso que el Señor quiso que la escucháramos varias veces y la recibiéramos en el corazón. El espíritu mundano no la conoce, no la quiere, la esconde, no por pudor, sino por desprecio. Y si tiene que pecar y ofender a Dios para que no le llegue la pobreza, lo hace. El espíritu del mundo no ama el camino del Hijo de Dios, que se vació a sí mismo, se hizo pobre, se hizo nada, se humilló para ser uno de nosotros.

La pobreza que le dio miedo a aquel muchacho tan generoso, había cumplido todos los mandamientos. Y cuando Jesús le dijo vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, se puso triste, le tuvo miedo a la pobreza. La pobreza siempre tratamos de escamotearla, sea por cosas razonables, pero estoy hablando de escamotearla en el corazón. Que hay que saber administrar los bienes, es una obligación. Los bienes son un bien de Dios. Pero cuando esos bienes entran en el corazón y te empiezan a conducir la vida, ahí perdiste. Ya no eres como Jesús, tienes tu seguridad donde la tenía el joven triste, el que se fue entristecido.

Ustedes sacerdotes, consagrados, consagradas, creo que les puede servir lo que decía san Ignacio y esto no es propaganda publicitaria de familia. Decía que la pobreza era el muro y la madre de la vida consagrada. Era la madre porque engendraba más confianza en Dios. Y era el muro porque la protegía de toda mundanidad. Cuántas almas destruidas, almas generosas como la del joven entristecido, que empezaron bien y después se les fue apegando el amor a esa mundanidad rica y terminaron mal. Es decir, mediocres.

Terminaron sin amor porque la riqueza pauperiza. Pero pauperiza mal, nos quita lo mejor que tenemos, nos hace pobres en la única riqueza que vale la pena para poner la seguridad en lo otro.

El espíritu de pobreza, el espíritu de despojo, el espíritu de dejarlo todo para seguir a Jesús, este dejarlo todo no lo invento yo, varias veces aparece en Evangelio. En el llamado de los primeros, que dejaron la barca, las redes y lo siguieron. Los que dejaron todo para seguir a Jesús.

Una vez me contaba un viejo cura sabio, hablando de cuando se mete el espíritu de riqueza, de mundanidad rica en el corazón de un consagrado, de una consagrada, de un sacerdote, un obispo, un Papa, lo que sea. Cuando uno empieza a juntar plata y para asegurar el futuro, ¿no es cierto? Entonces el futuro no está en Jesús, está en una compañía de seguros de tipo espiritual que yo manejo ¿no? Entonces cuando, por ejemplo, una congregación religiosa, por poner un ejemplo como decía él, empieza a juntar plata y a ahorrar, Dios es tan bueno que le manda un ecónomo desastroso que las lleva a la quiebra. Son de las mejores bendiciones de Dios a su Iglesia. Los ecónomos desastrosos porque la hacen libre, la hacen pobre. Nuestra Santa Madre Iglesia es pobre. Dios la quiere pobre como quiso pobre a nuestra Santa Madre María.

Amen la pobreza como a madre.Simplemente les sugiero, si alguno de ustedes tiene ganas de preguntarse ¿cómo está mi espíritu de pobreza? ¿cómo está mi despojo interior? Creo que puede hacer bien a nuestra vida consagrada, a nuestra vida presbiteral.

Después de todo, no nos olvidemos que es la primera de las bienaventuranzas. Felices los pobres de espíritu, los que no están apegados a la riqueza, a los poderes de este mundo.

Y la hermana nos hablaba de los últimos, de los más pequeños. Que aunque sean grandes unos terminan tratándolos como niños porque se presentan como niños. El más pequeño. Es una frase de Jesús esa. El que está en el protocolo sobre el cual vamos a ser juzgados. Lo que hiciste al más pequeño de estos hermanos, me lo hiciste a mí. Hay servicios pastorales, pueden ser más gratificantes desde el punto de vista humano, sin ser malos ni mundanos. Pero cuando uno busca en la preferencia interior al más pequeño, al más abandonado, al más enfermo, al que nadie tiene en cuenta, al que nadie quiere, el más pequeño, y sirve al más pequeño, está sirviendo a Jesús de manera superlativa. A vos te mandaron donde no querías ir, y lloraste, lloraste porque no te gustaba, lo cual no quiere decir que seas una monja llorona. Dios nos libre de las monjas lloronas que siempre se están lamentando. Eso no es mío, eso lo decía santa Teresa a sus monjas. Es de ella. Guai de aquella monja que anda todo el día lamentándose porque me hicieron una injusticia. En el lenguaje castellano de la época decía guai de la monja que anda diciendo hicieronme sin razón.  Vos lloraste porque eras joven, tenías otras ilusiones, pensabas quizá que en un colegio podías hacer más cosas, que podías organizar futuros para la juventud. Y te mandaron ahí, casa de misericordia, donde la ternura y la misericordia del Padre se hace más patente. Donde la ternura y la misericordia de Dios se hace caricia. ¡Cuántas religiosas y religiosos queman y repito el verbo, queman su vida acariciando material de descarte! Acariciando a quienes el mundo descarta, a quienes el mundo desprecia, a quienes el mundo prefiere que no estén, a quienes el mundo hoy día con métodos de análisis nuevos que hay, cuando se prevé que puede venir con una enfermedad degenerativa se propone mandarlo de vuelta antes de que nazca. El más pequeño. Y una chica joven llena de ilusiones empieza su vida consagrada haciendo viva la ternura de Dios, su misericordia.  A veces no entienden, no saben pero ¡qué linda es para Dios, y qué bien que hace a uno, por ejemplo la sonrisa de un espástico que no sabe cómo hacerla! O cuando te quieren besar y te babosean la cara. Esa es la ternura de Dios, esa es la misericordia de Dios.

O cuando están enojados y te dan un golpe. ¿Y quemar mi vida así? Con material de descarte a los ojos del mundo. Eso nos habla solamente de una persona, nos habla de Jesús, que por pura misericordia del Padre se hizo nada. Se anonadó dice el texto de Filipenses capítulo 2.    Se hizo nada. Y esa gente a la que vos dedicas tu vida, imitan a Jesús, no porque lo quisieron, sino porque el mundo los trajo así. Son nada. Y se les esconde no se les muestra o no se les visita. Y si se puede y todavía se está a tiempo, se los manda de vuelta.

Gracias por lo que haces y en vos gracias a todas estas mujeres y a tantas mujeres consagradas al servicio de lo inútil porque no se puede hacer ninguna empresa, no se puede ganar plata, no se llevar adelante absolutamente nada constructivo, entre comillas con esos hermanos nuestros, con los menores, con los más pequeños. Ahí resplandece Jesús y ahí resplandece mi opción por Jesús. Gracias a vos, y a todos los consagrados y consagradas que hacen esto.

Padre yo no soy monja. Yo no cuido enfermos yo soy cura. Y tengo una parroquia o ayudo a un párroco. ¿Cuál es mi Jesús predilecto? ¿Cuál es el más pequeño? ¿Cuál es aquel que me muestra más la misericordia del Padre? ¿Dónde lo tengo que encontrar? Obviamente sigo recorriendo el protocolo de Mateo 25, ahí los tienes a todos: en el hambriento, en el preso, en el enfermo, ahí los vas a encontrar. Pero hay  un lugar privilegiado para el sacerdote donde aparece ese último, ese mínimo, el más pequeño, y es el confesionario. Y ahí, cuando ese hombre o esa mujer te muestra su miseria, ojo que es la misma que tienes vos y que Dios te salvó ¿eh? de no llegar hasta ahí. Cuando te muestra su miseria, por favor, no lo retes, no la retes, no lo castigues, si no tienes pecado tira la primera piedra. Pero solamente con esa condición. Si no piensa en tus pecados y piensa que vos puede ser esa persona, y piensa que vos potencialmente puedes llegar más bajo todavía y piensa que vos en ese momento tienes un tesoro en las manos que es la misericordia del Padre. Por favor, a los sacerdotes, no se cansen de perdonar. Sean perdonadores. No se cansen de perdonar como lo hacía Jesús. No se escondan en miedos o en rigideces. Así como esta monja y todas las que están en su mismo trabajo, no se ponen furiosas cuando encuentran al enfermo sucio, mal sino que lo sirven, los limpian, lo cuidan. Así vos, cuando te llega el penitente, no te pongas mal, no te pongas neurótico, no lo eches del confesionario, no lo retes. Jesús los abrazaba, Jesús los quería. Mañana festejamos san Mateo. Cómo robaba ese y además cómo traicionaba a su pueblo. Y dice el Evangelio que a la noche Jesús fue a cenar con él y otros como él. San Ambrosio tiene una frase que a mí me conmueve mucho, ‘donde hay misericordia está el Espíritu de Jesús, donde hay rigidez están solamente sus ministros’.

Hermanos sacerdote, hermano obispo, no le tengan miedo a la misericordia, deja que fluya por tus manos y por tu abrazo de perdón. Porque ese o esa que está ahí son el más pequeño y por lo tanto es Jesús.

Esto es lo que se me ocurre decir después de haber escuchado a estos dos profetas. Que el Señor nos conceda estas gracias que ellos dos han sembrado en nuestro corazón. Pobreza y misericordia, porque ahí está Jesús.


Publicado por verdenaranja @ 23:04  | Habla el Papa
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Texto completo de la homilía del papa Francisco en La Habana. Roma,20 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

 

El Evangelio nos presenta a Jesús haciéndole una pregunta aparentemente indiscreta a sus discípulos: «¿De qué discutían por el camino?». Una pregunta que también puede hacernos hoy: ¿De qué hablan cotidianamente? ¿Cuáles son sus aspiraciones? «Ellos –dice el Evangelio– no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante». Los discípulos tenían vergüenza de decirle a Jesús de lo que hablaban. En los discípulos de ayer, como en nosotros hoy, nos puede acompañar la misma discusión: ¿Quién es el más importante?

Jesús no insiste con la pregunta, no los obliga a responderle de qué hablaban por el camino, pero la pregunta permanece no solo en la mente, sino en el corazón de los discípulos. ¿Quién es el más importante? Una pregunta que nos acompañará toda la vida y en las distintas etapas seremos desafiados a responderla. No podemos escapar a esta pregunta, está grabada en el corazón. Recuerdo más de una vez en reuniones familiares preguntar a los hijos: ¿A quién querés más, a papá o a mamá? Es como preguntarle: ¿Quién es más importante para vos? ¿Es tan solo un simple juego de niños esta pregunta? La historia de la humanidad ha estado marcada por el modo de responder a esta pregunta.

Jesús no le teme a las preguntas de los hombres; no le teme a la humanidad ni a las distintas búsquedas que ésta realiza. Al contrario, Él conoce los «recovecos» del corazón humano, y como buen pedagogo está dispuesto a acompañarnos siempre. Fiel a su estilo, asume nuestras búsquedas, aspiraciones y les da un nuevo horizonte. Fiel a su estilo, logra dar una respuesta capaz de plantear un nuevo desafío, descolocando «las respuestas esperadas» o lo aparentemente establecido. Fiel a su estilo, Jesús siempre plantea la lógica del amor. Una lógica capaz de ser vivida por todos, porque es para todos.

Lejos de todo tipo de elitismo, el horizonte de Jesús no es para unos pocos privilegiados capaces de llegar al «conocimiento deseado» o a distintos niveles de espiritualidad. El horizonte de Jesús, siempre es una oferta para la vida cotidiana también aquí en «nuestra isla»; una oferta que siempre hace que el día a día tenga sabor a eternidad.

¿Quién es el más importante? Jesús es simple en su respuesta: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Quien quiera ser grande, que sirva a los demás, no que se sirva de los demás.

He ahí la gran paradoja de Jesús. Los discípulos discutían quién ocuparía el lugar más importante, quién sería seleccionado como el privilegiado, quién estaría exceptuado de la ley común, de la norma general, para destacarse en un afán de superioridad sobre los demás. Quién escalaría más pronto para ocupar los cargos que darían ciertas ventajas. Jesús les trastoca su lógica diciéndoles sencillamente que la vida auténtica se vive en el compromiso concreto con el prójimo.

La invitación al servicio posee una peculiaridad a la que debemos estar atentos. Servir significa, en gran parte, cuidar la fragilidad. Cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo. Son los rostros sufrientes, desprotegidos y angustiados a los que Jesús propone mirar e invita concretamente a amar. Amor que se plasma en acciones y decisiones. Amor que se manifiesta en las distintas tareas que como ciudadanos estamos invitados a desarrollar. Las personas de carne y hueso, con su vida, su historia y especialmente con su fragilidad, son las que estamos invitados por Jesús a defender, a cuidar, a servir. Porque ser cristiano entraña servir la dignidad de sus hermanos, luchar por la dignidad de sus hermanos y vivir para la dignidad de sus hermanos. Por eso, el cristiano es invitado siempre a dejar de lado sus búsquedas, afanes, deseos de omnipotencia ante la mirada concreta a los más frágiles.

Hay un «servicio» que sirve; pero debemos cuidarnos del otro servicio, de la tentación del «servicio» que «se» sirve. Hay una forma de ejercer el servicio que tiene como interés el beneficiar a los «míos», en nombre de lo «nuestro». Ese servicio siempre deja a los «tuyos» por fuera, generando una dinámica de exclusión.

Todos estamos llamados por vocación cristiana al servicio que sirve y a ayudarnos mutuamente a no caer en las tentaciones del «servicio que se sirve». Todos estamos invitados, estimulados por Jesús a hacernos cargo los unos de los otros por amor. Y esto sin mirar al costado para ver lo que el vecino hace o ha dejado de hacer. Jesús nos dice: «Quien quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos». No dice, si tu vecino quiere ser el primero que sirva. Debemos cuidarnos de la mirada enjuiciadora y animarnos a creer en la mirada transformadora a la que nos invita Jesús.

Este hacernos cargo por amor no apunta a una actitud de servilismo, por el contrario, pone en el centro de la cuestión al hermano: el servicio siempre mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su proximidad y hasta en algunos casos la «padece» y busca su promoción. Por eso nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a las personas.

El santo Pueblo fiel de Dios que camina en Cuba, es un pueblo que tiene gusto por la fiesta, por la amistad, por las cosas bellas. Es un pueblo que camina, que canta y alaba. Es un pueblo que tiene heridas, como todo pueblo, pero que sabe estar con los brazos abiertos, que marcha con esperanza, porque su vocación es de grandeza. Hoy los invito a que cuiden esa vocación, a que cuiden estos dones que Dios les ha regalado, pero especialmente quiero invitarlos a que cuiden y sirvan, de modo especial, la fragilidad de sus hermanos. No los descuiden por proyectos que puedan resultar seductores, pero que se desentienden del rostro del que está a su lado. Nosotros conocemos, somos testigos de la «fuerza imparable» de la resurrección, que «provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo» (cf. Evangelii gaudium, 276.278).

No nos olvidemos de la Buena Nueva de hoy: la importancia de un pueblo, de una nación; la importancia de una persona siempre se basa en cómo sirve la fragilidad de sus hermanos. En eso encontramos uno de los frutos de una verdadera humanidad. «Quien no vive para servir, no sirve para vivir».


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Texto completo del papa Francisco con motivo de la oración del ángelus en La Habana. Roma,20 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

«Agradezco al Cardenal Jaime Ortega y Alamino, Arzobispo de La Habana, sus amables palabras, así como a mis hermanos Obispos, sacerdotes, religiosos y fieles laicos. Saludo también al Señor Presidente y a todas las autoridades presentes.

Hemos oído en el evangelio cómo los discípulos tenían miedo de preguntar a Jesús cuando les habla de su pasión y muerte. Les asustaba y no podían comprender la idea de ver a Jesús sufriendo en la Cruz. También nosotros tenemos la tentación de huir de las cruces propias y de las cruces de los demás, de alejarnos del que sufre.

Al concluir la santa Misa, en la que Jesús se nos ha entregado de nuevo con su cuerpo y su sangre, dirijamos ahora nuestros ojos a la Virgen, Nuestra Madre. Y le pedimos que nos enseñe a estar junto a la cruz del hermano que sufre. Que aprendamos a ver a Jesús en cada hombre postrado en el camino de la vida; en cada hermano que tiene hambre o sed, que está desnudo o en la cárcel o enfermo. Junto a la Madre, en la Cruz, podemos comprender quién es verdaderamente «el más importante», y qué significa estar junto al Señor y participar de su gloria.

Aprendamos de María a tener el corazón despierto y atento a las necesidades de los demás. Como nos enseñó en las Bodas de Caná, seamos solícitos en los pequeños de detalles de la vida, y no cejemos en la oración los unos por los otros, para que a nadie falte el vino del amor nuevo, de la alegría que Jesús nos trae.

En este momento me siento en el deber de dirigir mi pensamiento a la querida tierra de Colombia, «consciente de la importancia crucial del momento presente, en el que, con esfuerzo renovado y movidos por la esperanza, sus hijos están buscando construir una sociedad en paz». Que la sangre vertida por miles de inocentes durante tantas décadas de conflicto armado, unida a aquella del Señor Jesucristo en la Cruz, sostenga todos los esfuerzos que se están haciendo, incluso en esta bella Isla, para una definitiva reconciliación.

Y así la larga noche de dolor y de violencia, con la voluntad de todos los colombianos, se pueda transformar en un día sin ocaso de concordia, justicia, fraternidad y amor en el respeto de la institucionalidad y del derecho nacional e internacional, para que la paz sea duradera. Por favor, no tenemos derecho a permitirnos otro fracaso más en este camino de paz y reconciliación.

Les pido ahora que se unan conmigo en la plegaria a María, para poner todas nuestras preocupaciones y aspiraciones cerca del Corazón de Cristo. Y de modo especial, le pedimos por los que han perdido la esperanza, y no encuentran motivos para seguir luchando; por los que sufren la injusticia, el abandono y la soledad; pedimos por los ancianos, los enfermos, los niños y los jóvenes, por todas las familias en dificultad, para que María les enjugue sus lágrimas, les consuele con su amor de Madre, les devuelva la esperanza y la alegría. Madre santa, te encomiendo a estos hijos tuyos de Cuba: ¡No los abandones nunca!. Y por favor no se olviden de rezar por mi».


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Domingo, 20 de septiembre de 2015

Servir o servirse por Mons. Enrique Díaz Díaz. San Cristóbal de las Casas,18 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

XXV Domingo Ordinario

Sabiduría 2, 12. 17-20: “Condenemos al justo a una muerte ignominiosa”
Salmo 53: “El Señor es quien me ayuda”
Santiago 3, 16-4, 3: “Los pacíficos siembran la paz y cosechan frutos de justicia”
San Marcos 9, 30-37: “El Hijo del hombre va a ser entregado.- Si alguno quiere ser el primero, que sea el servidor de todos”

Abdiel ya no entiende lo que sucede en la comunidad. Le han contado la historia y no lo puede creer. Originalmente todos eran católicos, priistas y, según ellos, tenían una gran unidad. Cuando alguien comprendió que estaban a manos de los caciques, que los explotaban y que sólo ellos sacaban provecho, comenzaron los problemas, sobre todo en cuestión de tierras. Para darse más fuerza y ánimo un gran grupo se hizo protestante y del nuevo partido. Pasado el tiempo, hermanos de sangre pelearon entre sí, crearon una nueva iglesia y colocaron su templo frente al templo protestante anterior. Así han continuado pleitos y graves divisiones y todo por la ambición del poder. Es pequeña la comunidad, sin embargo ya tiene doce ermitas y cada tiempo de elección se distribuyen entre todos los partidos simplemente por llevarse la contraria. Venganzas, ambiciones y chismes, están destruyendo la comunidad muy contrario a lo que dice San Pablo: “Los pacíficos siembran la paz y cosechan frutos de justicia”.

¡Qué contradicción! Mientras Jesús está anunciando que se entregará en manos de los hombres y que su amor y servicio lo llevarán hasta la muerte, pero que habrá resurrección, sus discípulos, los que más se han empapado de su doctrina y enseñanzas, los que han visto su ejemplo, ¡vienen peleando por los primeros lugares! Así son de contrastantes los caminos de Dios y los caminos del hombre. Hoy también, aunque parece que estamos cerca de Jesús, caemos en la tentación de arrebatar y pleitear por los primeros lugares. Así “el Hombre de la Cruz” continúa siendo condenado a “una muerte” infame. Su presencia y sus palabras son motivo de embarazo y desconcierto para quien pretende tener un campo libre para sus propias operaciones no tan transparentes. Los dueños del poder, del saber y del haber, los promotores de instrumentos de la muerte, los adictos al mercado del sexo y el éxito, no soportan ninguna crítica ni cuestionamiento. Y Jesús, con su simple presencia, cuestiona toda injusticia y hace brotar la sentencia que lo condena: “Tendamos una trampa al justo porque nos molesta y se opone a lo que hacemos”.

Es muy elocuente San Marcos: los discípulos “ no entendían aquellas palabras y tenían miedo de pedir explicaciones”. La incomprensión al mensaje de Jesús continúa a través de toda la historia. Y también hoy debemos reconocer que no hemos entendido estas palabras y tenemos miedo de pedir explicaciones que nos comprometan. Es cierto que hemos llenado de cruces las cimas de las montañas, es cierto que no faltan hermosos crucifijos en nuestros lugares, pero no podemos decir que hemos aprendido la lógica del crucificado. Las discusiones por los primeros lugares, las luchas y los celos, las envidias y las zancadillas, son elementos que aparecen en nuestras comunidades. Es el arma de los políticos para ganar los votos, es táctica de las grandes empresas, es el camino que siguen muchos para salir adelante: derribar al hermano para pasar sobre él. Cristo trastoca los esquemas de la sociedad, siempre dispuesta a encumbrar al primero y despreciar al último, en virtud de la vanidad, del orgullo y de la ambición. La exigencia de ser el último y el servidor de todos, contradice ciertamente la historia de la convivencia humana pero es el ejemplo de Jesús. Acoger y servir a Dios, pertenecer a la comunidad de Jesús, implica acoger y servir al último, al que no cuenta. Es la opción por los pobres el criterio para sabernos discípulos de Jesús.

De repente en algún negocio o firma comercial escuchamos estas acogedoras palabras: “Estamos a sus órdenes, servirle es nuestro gusto…”. O bien, en las campañas políticas los candidatos siempre se postulan para “servir al pueblo”. Pero para ellos significa “servirse del pueblo”, que no es lo mismo. Se entra en un plan de comercialización y se obliga a los pequeños a ser los sirvientes del poderoso, servir de tapete que se pisa, se les utiliza en aras de una ganancia mejor. Cuando Cristo nos dice: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”, lo dice en serio, no es apariencia, ni política de negocio. No es el servilismo que se exige a los empleados y subalternos para que puedan ganarse unos cuantos pesos. El servicio es un impulso vital de toda comunidad cristiana. El verdadero discípulo mira a Jesús, lo contempla sirviendo con toda libertad, llevando su servicio hasta la radicalidad de dar la vida, y decide seguir su ejemplo. No es una persona que “presta servicios”, sino hace de sí mismo una entrega generosa en búsqueda del bien integral de la persona, del crecimiento de la comunidad y del surgimiento del Reino.

Los discípulos de Jesús no acertaban a entender su comportamiento, pero finalmente se dejan cuestionar. Hoy también nosotros tendremos que dejarnos interpelar y revisar por Jesús. Dejar que, con su mirada amorosa, mire nuestro interior, que nos analice, nos impulse a tomar esta nueva vida. Quizás debamos revisar a cuántos pequeños y desamparados recibimos en nuestra casa, quiénes son nuestros amigos, en quién tenemos confianza y cuáles son nuestros proyectos. ¿Estamos en el camino de Jesús? Revisemos también esa especie de cobranza que vamos pasando a todos los que están cerca de nosotros. Miremos si somos generosos o estamos exigiendo pagos, directos o indirectos, a Dios, a los amigos, a la familia, a los desconocidos, a amigos y enemigos. Intentemos vivir hoy haciendo nuestras obras “gratis”. ¿Nos parecemos a Jesús en nuestra forma de servir?

Dios nuestro, que en el amor a ti y a nuestro prójimo has querido resumir toda tu ley, concédenos descubrirte, amarte y servirte en nuestros hermanos para que podamos alcanzar la vida eterna. Amén.


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Discurso completo del Santo Padre en la ceremonia de acogida en La Habana. Ciudad del Vaticano,19 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

 

Señor Presidente, Distinguidas Autoridades, Hermanos en el Episcopado, Señoras y señores:

Muchas gracias, Señor Presidente, por su acogida y sus atentas palabras de bienvenida en nombre del Gobierno y de todo el pueblo cubano. Mi saludo se dirige también a las autoridades y a los miembros del Cuerpo diplomático que han tenido la amabilidad de hacerse presentes en este acto.

Al Cardenal Jaime Ortega y Alamino, Arzobispo de La Habana, a Monseñor Dionisio Guillermo García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba y Presidente de la Conferencia Episcopal, a los demás Obispos y a todo el pueblo cubano, les agradezco su fraterno recibimiento.

Gracias a todos los que se han esmerado para preparar esta visita pastoral. Quisiera pedirle a Usted, Señor Presidente, que transmita mis sentimientos de especial consideración y respeto a su hermano Fidel. A su vez, quisiera que mi saludo llegase especialmente a todas aquellas personas que, por diversos motivos, no podré encontrar y a todos los cubanos dispersos por el mundo.

Como señaló usted, señor presidente, este año 2015 se celebra el 80 aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas  ininterrumpidas entre la República de Cuba y la Santa Sede. La Providencia me permite llegar hoy a esta querida Nación, siguiendo las huellas indelebles del camino abierto por los inolvidables viajes apostólicos que realizaron a esta Isla mi dos predecesores, san Juan Pablo II y Benedicto XVI. Sé que su recuerdo suscita gratitud y cariño en el pueblo y las autoridades de Cuba. Hoy renovamos estos lazos de cooperación y amistad para que la Iglesia siga acompañando y alentando al pueblo cubano en sus esperanzas y en sus preocupaciones, con libertad y con los medios y espacios necesarios para llevar el anuncio del Reino hasta las periferias existenciales de la sociedad.

Este viaje apostólico coincide además con el I Centenario de la declaración de la Virgen de la Caridad del Cobre como Patrona de Cuba, por Benedicto XV. Fueron los veteranos de Guerra de la Independencia, movidos por sentimientos de fe y patriotismo, quienes pidieron que la Virgen mambisa fuera la patrona de Cuba como nación libre y soberana. Desde entonces, Ella ha acompañado la historia del pueblo cubano, sosteniendo la esperanza que preserva la dignidad de las personas en las situaciones más difíciles y abanderando la promoción de todo lo que dignifica al ser humano. Su creciente devoción es testimonio visible de la presencia de la Virgen en el alma del pueblo cubano. En estos días tendré ocasión de ir al Cobre, como hijo y peregrino, para pedirle a nuestra Madre por todos sus hijos cubanos y por esta querida Nación, para que transite por los caminos de justicia, paz, libertad y reconciliación.

Geográficamente, Cuba es un archipiélago que mira hacia todos los caminos, con un valor extraordinario como «llave» entre el norte y el sur, entre el este y el oeste. Su vocación natural es ser punto de encuentro para que todos los pueblos se reúnan en amistad, como soñó José Martí, «por sobre la lengua de los istmos y la barrera de los mares» (La Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América, en Obras escogidas II, La Habana 1992, 505). Ese mismo fue el deseo de san Juan Pablo II con su ardiente llamamiento a «que Cuba se abra con todas sus magníficas posibilidades al mundo y que el mundo se abra a Cuba» (Discurso en la ceremonia de llegada, 21- 1-1998, 5).

Desde hace varios meses, estamos siendo testigos de un acontecimiento que nos llena de esperanza: el proceso de normalización de las relaciones entre dos pueblos, tras años de distanciamiento... Es un signo de la victoria de la cultura del encuentro, del diálogo, del «sistema del acrecentamiento universal... por sobre el sistema, muerto para siempre, de dinastía y de grupos» (José Martí, ibíd.). Animo a los responsables políticos a continuar avanzando por este camino y a desarrollar todas sus potencialidades, como prueba del alto servicio que están llamados a prestar en favor de la paz y el bienestar de sus pueblos y de toda América, y como ejemplo de reconciliación para el mundo entero. El mundo necesita reconciliación en esta atmósfera de tercera guerra mundial por etapas que estamos viviendo. 

Pongo estos días bajo la intercesión de la Virgen de la Caridad del Cobre, de los beatos Olallo Valdés y José López Piteira y del venerable Félix Varela, gran propagador del amor entre los cubanos y entre todos los hombres, para que aumenten nuestros lazos de paz, solidaridad y respeto mutuo.

Nuevamente, muchas gracias, Señor Presidente. 


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Viernes, 18 de septiembre de 2015

Reflexión al  las lecturas del domingo veinticinco del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

 Domingo 25º del T. Ordinario B

 

Lógico que los apóstoles se quedaran callados, "azorrados", cuando Jesús les pregunta de qué discutían por el camino. Mientras Él les hablaba de sufrimientos, de muerte  y de cruz, ellos discutían acerca de su tema favorito: quién era el más importante en el nuevo Reino que venía a instaurar. Pero Cristo no destruye aquel afán, aquel deseo de ser grandes, de ser el primero; señala el verdadero camino para conseguirlo: "El que quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos".  

¡Y esta enseñanza del Evangelio es siempre actual!

También hoy estamos envueltos por la mentalidad de ser gente importante en la vida social, económica, política… Y también, con frecuencia, este espíritu anida en la vida de la Iglesia. Muchas veces, incluso, en la vida familiar: “Que me sirvan” podría ser el slogan de muchos en su casa.

¡Parece que se ha instalado por todas partes la ley del más fuerte!

Y Jesucristo coge un niño, signo de lo pobre y débil, lo coloca entre los discípulos y lo abraza, para enseñarnos el verdadero camino para ser grandes e importantes.

Pero también es verdad que, a cada paso, encontramos a muchos hombres y mujeres que han hecho de su vida un servicio por amor a Dios y a los hermanos.

Y, de algún modo, este espíritu ha estado siempre en el corazón de la Iglesia.

Recuerdo que, cuando era pequeño nos enseñaban que, cuando nos preguntaran por nuestro nombre, teníamos que añadir:  “Para servirle a Dios y a Vd”. Y también que, cuando en una conversación nos referíamos a nosotros mismos, no debíamos decir “yo” sino “un servidor”. Es la influencia de la cultura cristiana en nuestros ambientes.

¡Y esto está al alcance de todos!

Si nos dijeran que para ser grandes e importantes, “para ser el primero”, tuviéramos que ser sabios o ricos o  famosos, no todos podríamos aspirar a ese ideal. Pero si lo que se nos pide es servir, ¡ah! eso, quien más, quien menos, ya lo sabe; y, además, estamos  en un mundo lleno de necesidades de todo tipo, y es fácil “experimentarlo”.

¡Se trata de proponérselo, con la ayuda de Dios! 

¡Jesucristo es siempre el Maestro! ¡Él es el prototipo de ese estilo de vida! En el Evangelio de S. Mateo (20, 28) nos dice: “Igual que el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido sino para servir y dar la vida en rescate por muchos”.

¡Perfecto! ¡Servir y dar la vida! ¡Servir hasta dar la vida!

La segunda lectura nos presenta el peligro que supone para la vida de la comunidad cristiana el otro espíritu: “Donde hay envidias y peleas, hay desorden y toda clase de males…”

         La primera lectura es una profecía de la Pasión del Señor: algunas expresiones las escuchamos, casi a la letra, junto a la Cruz de Cristo.

         Ahora que comienza el curso, qué importante sería que nos propusiéramos esta tarea: “ser el último de todos y el servidor de todos”. Llegaríamos entonces hasta sentir vergüenza de pretender para nosotros un camino distinto del que siguió y nos mandó seguir Jesucristo, nuestro Salvador.                      

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo veinticinco del Tiempo Ordinario B.

DOS ACTITUDES MUY DE JESÚS

 

El grupo de Jesús atraviesa Galilea, camino de Jerusalén. Lo hacen de manera reservada, sin que nadie se entere. Jesús quiere dedicarse enteramente a instruir a sus discípulos. Es muy importante lo que quiere grabar en sus corazones: su camino no es un camino de gloria, éxito y poder. Es lo contrario: conduce a la crucifixión y al rechazo, aunque terminará en resurrección.

 

A los discípulos no les entra en la cabeza lo que les dice Jesús. Les da miedo hasta preguntarle. No quieren pensar en la crucifixión. No entra en sus planes ni expectativas. Mientras Jesús les habla de entrega y de cruz, ellos hablan de sus ambiciones: ¿Quién será el más importante en el grupo? ¿Quién ocupará el puesto más elevado? ¿Quién recibirá más honores?

 

Jesús «se sienta». Quiere enseñarles algo que nunca han de olvidar. Llama a los Doce, los que están más estrechamente asociados a su misión y los invita a que se acerquen, pues los ve muy distanciados de él.

 

Para seguir sus pasos y parecerse a él han de aprender dos actitudes fundamentales.

Primera actitud: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y servidor de todos». El discípulo de Jesús ha de renunciar a ambiciones, rangos, honores y vanidades. En su grupo nadie ha de pretender estar sobre los demás. Al contrario, ha de ocupar el último lugar, ponerse al nivel de quienes no tienen poder ni ostentan rango alguno. Y, desde ahí, ser como Jesús: «servidor de todos».

 

La segunda actitud es tan importante que Jesús la ilustra con un gesto simbólico entrañable. Pone a un niño en medio de los Doce, en el centro del grupo, para que aquellos hombres ambiciosos se olviden de honores y grandezas, y pongan sus ojos en los pequeños, los débiles, los más necesitados de defensa y cuidado.
Luego, lo abraza y les dice: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí». Quien acoge a un «pequeño» está acogiendo al más «grande», a Jesús. Y quien acoge a Jesús está acogiendo al Padre que lo ha enviado.

 
Una Iglesia que acoge a los pequeños e indefensos está enseñando a acoger a Dios. Una Iglesia que mira hacia los grandes y se asocia con los poderosos de la tierra está pervirtiendo la Buena Noticia de Dios anunciada por Jesús.

José Antonio Pagola

 


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DOMINGO 25º DEL TIEMPO ORDINARIO B  

MONICIONES                                     

 

 

PRIMERA LECTURA

         La presencia del justo es incómoda, porque es una acusación continua para los malvados, que estos no pueden soportar. Para que sus malas obras no sean puestas en evidencia, prefieren liquidar al inocente. Es lo que sucede con Jesucristo. Escuchemos ahora esta lectura  profética 

 

SEGUNDA LECTURA

         La ambición y la codicia, el afán desordenado de tener y de ser más que los demás, es fuente de discordia y veneno que corroe a las personas y a los grupos. Es el querer ser el más importante, que enemistaba a los discípulos y que Jesús quería corregir tal como nos recordará el Evangelio que después escucharemos. 

 

TERCERA LECTURA

Acojamos la Palabra de Jesucristo en el Evangelio: Él no ha venido para que le sirvan sino para servir y dar su vida en rescate por todos.                                      

Aclamémosle ahora con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

         En la Comunión recibimos a Jesucristo que ha renovado entre nosotros su entrega salvadora, su servicio supremo. Que Él nos ayude a seguir su ejemplo de servicio y entrega al Padre y a los hermanos, especialmente, a los más débiles.


Publicado por verdenaranja @ 17:21  | Espiritualidad
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Mi?rcoles, 16 de septiembre de 2015

Discurso del Cardenal Filoni a los formadores, seminaristas, novicios y novicias de la Archidiócesis de Calcuta, con quienes se ha reunido en el Seminario regional “Morning Star” en Barrackpore, el 14 de Septiembre de 2015. (Agencia Fides)

PASTORAL VISIT TO INDIA

 13-15 SEPTEMBER 2015

MEETING WITH FORMATORS, SEMINARIANS AND NOVICES

ARCHDIOCESE OF CALCUTTA

Monday, 14 September 2015

 

Your Excellencies, Formators and Staff, Seminarians and Novices,

   It is my great pleasure being here with you today, as part of my second Pastoral Visit to your beautiful country, as Prefect of the Congregation for the Evangelization of Peoples.  I take this occasion to convey to you greetings from His Holiness Pope Francis and his Apostolic Blessing.

        From its very inception, the Congregation for the Evangelization of Peoples considered priestly formation as one of the most important ministries in the Church, since future Priests, along with the Religious and Laity, become the main pastoral agents and collaborators of the Bishop in building the local community and in fostering communion within the Diocese.[1] 

        I must say that formation today is indeed a great challenge, especially in the context of contemporary globalization. At a time when many values are being eroded, it is all the more important to have priests who are well grounded in Gospel values within their own culture so that they can serve as wise and good shepherds that are close to their people, both in their struggles and challenges.  By their good example they are to lead their people to discover the presence of God in the depths of their hearts and within their surroundings.

        It is my duty and pleasure to thank the formators who understand well their responsibility before God, the Church, and society at large, in forming tomorrow’s priests and religious. I greatly appreciate that as Formators you keep yourselves well versed in the most recent Church Teachings and Norms on Priestly and Religious Formation. What immediately comes to mind is Pope Francis’ most recent directive of not allowing Seminary “hopping.” When a Seminarian is dismissed by a Seminary or by a House of Religious Formation, the decision was most certainly taken after careful discernment and comprehensive evaluation of the candidate and those responsible must surely have had good reason for taking such a decision. Therefore, it would neither be wise or opportune for a Seminarian dismissed by one Seminary to be admitted by another Seminary or a House of Religious Formation, except for grave reasons known to the Ordinary or his Delegate for Formation.

        During these last fifty years, it has been the constant desire of the Church that “the whole pattern of Seminary life, permeated with a desire for piety and silence and a careful concern for mutual help, be arranged that it provides, in a certain sense, an initiation into the future life which the priest shall lead” (cfr. Optatam totius n.11, Decree on priestly training, published 28th October 1965). Thus, as the signs of our times indicate, a holistic formation program with a particular missionary thrust in a given seminary’s pastoral formation deserve much attention and appreciation in order to intensify the missionary activity of the particular Churches in the Region of West Bengal. To pursue this goal, great care must be taken to ensure that seminarians are introduced to an authentic missionary spirituality that would transform them into zealous, committed, and joyful ministers of the Gospel of Jesus.

The world is constantly changing, cultures continuously move forward and are transformed, people easily change their ideas, nevertheless, as as St. John Paul II stated in Pastores dabo vobis, his Apostolic Exhortation on the Formation of Priests in present day circumstances (published on the 25th March 1992): “there is an essential aspect of the priest that does not change: the priest of tomorrow, no less than the priest of today, must resemble Christ. When Jesus lived on this earth, he manifested in himself the definitive role of the priestly establishing a ministerial priesthood with which the apostles were the first to be invested.[2]

Dear Seminarians and Novices, this is what Jesus asks from you; this is what the Church expects from you as people of faith. Yes, through your faith and generosity you gave a positive response to the One who called you; the One who chose you to be “an instrument in His hands.” Your humble response must be consonant with a life of faith and is easily recognized by others in your words and actions. Remember you are being called to a spiritual service, not to something that brings personal gain, status in society, or power.

        So ask yourselves: Why are you here today? What motivates you to attend the Seminary? Are you ready, through faith and generosity, to offer your whole life to Christ? Are you ready to offer all of your physical energy to serve Christ and His Church, in a celibate and chaste life? Are you ready to serve the People of God, the poor and the Gospel, in obedience? Are you ready to sacrifice the temptation to pursue an egoistic career in order to be a Priest at the service of the People of God: offering them the Sacrament of the Eucharist and the forgiveness of sins; consoling the afflicted; and imparting the Holy Spirit? From your answers to these questions you will know if your presence in the Seminary today makes sense, or it is a sheer waste of time. Do not forget that these questions are the same questions that your Bishop will formally put to you on the day of your priestly ordination. Nevertheless, allow me to forcefully remind you that you needed to have given a positive response to these questions long before that day.

Dear Seminarians and Novices, I further urge you to realize that as ministers of Jesus Christ, the head and shepherd, you need to be thankful and joyful for what you have received throughout your formation: a singular grace and treasure from Jesus Christ. It is truly a grace that you have been freely chosen to be a “living instrument” in the work of salvation. But what will be your response to this grace you received? First and foremost, there must be a thirst for God and for an active and meaningful relationship with Him. In order to progress in this relationship the Seminary program provides you with the necessary aids of spiritual accompaniment, time for personal and communal prayer and meditation, retreats and penitential services etc. It is up to you to make the best of the formation offered to you with great commitment and dedication. At the end of the day, it is you who are responsible before God for your formation.

Your response to God’s grace is the gift of yourself: now, in your responsibilities during your formation, and later in the pastoral charity that you will offer throughout your many years of your priestly ministry. Be aware that there is an intrinsic relationship between a priest’s and a religious’ spiritual life and the exercise of his ministry, especially in the celebration of the sacraments and in receiving the saving effects from the action of Christ himself present in the Sacraments.[3]

A future priest must certainly train himself in obedience. Priestly and Religious obedience also demands from you a marked spirit of asceticism, by this I mean not giving in to the tendency to become too bound up by one’s own preferences or points of view. It also has a particular pastoral character. It is lived in an atmosphere of constant readiness to allow oneself to be taken up, and “consumed” by the needs and demands of the flock. Here, I remind you once again of your response to God’s grace as your gift: to your bishop, your superiors, your parish priest and your parishioners.

Often times giving of yourselves in your ministry may lead to a search for compensations or half-measures. It is only God who will compensate you. Here, it is vital for you to understand the importance of the theological motivation of the Church’s law on celibacy, which is based on the words of Jesus himself: “If any of you wants to be my follower, you must turn from your selfish ways, take up your cross, and follow me” (Mt. 16, 24). Priestly celibacy is a Church law but it is also an expression of your readiness to configure yourself to Jesus Christ, the head and spouse of the Church. For an adequate spiritual life, this “sweet burden” as Blessed Paul VI referred to it in his Encyclical Letter on the Celibacy of the Priest, Sacerdotalis Caelibatus, (published on the 24th June 1967), ought not to be considered and lived as an isolated or purely negative reality, but as one aspect of the positive, specific, and characteristic approach to being a priest.

Please remember that prayer, together with the Church’s Sacraments and ascetical practices, will give you hope in difficulties, forgiveness in failings, and confidence and courage in your life and ministry. In the context of the Year of Consecrated Life I urge you to find more time for prayer and reflection. Remember that when we pray and spend time before Jesus in the Holy Tabernacle we see and feel the depth of Christ’s love for us, which sustains us and gives us dignity.

As Pope Francis wrote in his Apostolic Letter for the Year of Consecrated Life of the 21st November 2014, II, 2: “radical evangelical living is not only for religious: it is demanded of everyone. But religious follow the Lord in a special way, in a prophetic way. This is the priority that is deeded right now: to be prophets who witness to how Jesus lived on this earth.” Although there are various ways of defining what prophecy entails, when it comes to consecrated life, first and foremost the consecrated persons’ commitment must be to community life. Community life is more than just doing things together. It is a commitment to one another in order to give testimony to the Church and the world. Indeed, it is in the context of community life that the living the vows of chastity, poverty, and obedience are better understood and made possible. Last, but not least, among the prophetic aspects of Consecrated Life are the various charisms of particular congregations. Such charisms reach their goal in as much as they reinvigorate the members of religious congregations and offer particular gifts to the Church and to the world.

        Dear Seminarians and Novices, it is my sincere prayer, that with the full cooperation of the formators and all of staff members, your precious time devoted to your formation will prepare you to continue to be responsive to the needs of the Church in West Bengal and to the mission of the Universal Church. May God help you and bless you. Thank you.

 



[1] In fact, in 1627 Pope Urban the 8th (VIII) (1623-1644) specifically established a Pontifical College, known as the Urbanum, for the formation of candidates for the priesthood from mission countries. The Urban College continues to prepare future generations of indigenous candidates for Holy Orders, including many of those who are later appointed Bishops of the young Churches, none the least of which in India. Today, however, most of these candidates are formed in minor and major seminaries that have been established in their own countries, which is true also for India.  Nevertheless, even today, candidates from mission countries are chosen and sent by their bishops for their priestly formation to the Urbanum in Rome and for their theological and pastoral specialization at the Pontifical Colleges of St. Peter, and St. Paul. Maybe some of you present here today are ex-alumni of these Colleges.   

[2]This priesthood is destined to last in endless succession throughout history. In this sense the priest of the third millennium will continue the work of the priests who, in the preceding millennia, have animated the life of the Church. In the third millennium the priestly vocation will continue to be the call to live the unique and permanent priesthood of Christ. It is equally certain that the life and ministry of the priest must also adapt to every era and circumstance of life.... For our part we must therefore seek to be as open as possible to light from on high from the Holy Spirit, in order to discover the tendencies of contemporary society, recognize the deepest spiritual needs, determine the most important concrete tasks and the pastoral methods to adopt, and thus respond adequately to human expectations” (PDV n.5).

 

[3] Among the various Sacraments and the specific grace proper to each of them, I would like to make special mention of the Sacrament of Penance, of which you will be ministers but should also be its beneficiaries and witnesses of God’s mercy towards sinners. I advise you to receive the Sacrament of Penance regularly, in order to become effective and efficacious ministers of God’s mercy.

 


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 El Cardenal Fernando Filoni se dirige a lo obispos, sacerdotes, religiosos y laicos en la Archidiócesis de Calcuta el lunes 14 de Septiembre de 2015 en su visita pastoral ala India. (Agencia Fides)


PASTORAL VISIT TO INDIA

13-15 SEPTEMBER 2015

MEETING WITH THE BISHOPS, PRIESTS,

 RELIGIOUS AND LAY-FAITHFUL

ARCHDIOCESE OF CALCUTTA

Monday, 14 September 2015

 

Dear Brother Bishops, Priests, Religious and Lay-faithful,

        It is my great pleasure to be here with you for these couple of days, in your noble country. I recall with fond memories my visit, two years and a half ago, when I came to India as Special Envoy to Vailankanni in Chennai for the celebrations of the Fiftieth Anniversary of the elevation of the Shrine of Our Lady of Good Health to the dignity of Minor Basilica, and the Twenty-fifth Anniversary of the establishment of the Conference of the Catholic Bishops of India. After having visited Delhi and Ranchi, your Archbishop together with the Apostolic Nuncio, have unfailingly invited me to visit Calcutta.

This time, visiting the Diocese of Rajshahi in Bangladesh for the Twenty-fifth Anniversary of the creation of the same Diocese, I wanted to also take the opportunity to be with you, here, in Calcutta.

 I come to this Archdiocese as a pilgrim, just three months before the inauguration of the Jubilee Year of Mercy announced by His Holiness Pope Francis, from whom I bring to you his Apostolic Blessing. In India and throughout the world, Calcutta has become synonymous with mercy through the foresight, love, and mercy of Blessed Mother Teresa towards the poor and under-privileged. That is why I come to you as a pilgrim.

        I have now served four years as the Prefect of the Congregation for the Evangelization of Peoples. During these years I came to know more about the Church in your beloved country and in this particular Region of West Bengal, with its dynamic forces, efforts and difficulties that need to be faced from time to time. Today, I also come to you to share the Gospel with you, which as the source of spiritual joy brings the power of grace for all men and women (cfr. Evangelii Gaudium n. 1).

        As Bishops, priests, religious and lay-faithful our witness, to use the words of Pope Benedict XVI, must be “animated by the fire of the Spirit, so as to inflame the hearts of the faithful who regularly take part in community worship and gather on the Lord’s day to be nourished by his word and by the bread of eternal life.”[1] We must exercise ourselves spiritually in an active way so as to help other believers, and perhaps even non-believers, to respond to God’s love and call to holiness through the realities of everyday life.

        Unfortunately, among baptized people we come across those “whose lives do not reflect the demands of Baptism,”[2] who lack a meaningful relationship to the Church and their life in it; people who no longer experience the consolation of being born in faith and the joy of the Gospel. There are also others, who not only live as if they never received baptism, but think that it is not necessary for their salvation or for a life of grace. The Catechism of the Catholic Church teaches: “The Lord himself affirms that Baptism is necessary for salvation. He also commands his disciples to proclaim the Gospel to all nations and to baptize them. Baptism is necessary for salvation for those to whom the Gospel has been proclaimed and who have had the possibility of asking for this sacrament. The Church does not know of any means other than Baptism that assures entry into eternal beatitude; this is why she takes care not to neglect the mission she has received from the Lord to see that all who can be baptized are “reborn of water and the Spirit.” God has bound salvation to the sacrament of Baptism, but he himself is not bound by his Sacraments” (CCC n. 1257). Through our Baptism we become: “a new creature,” “members of the Body of Christ,” “living stones,” “a holy priesthood,” to be “built into a spiritual house.”

        Let us not forget that evangelization, our mission by virtue of our Baptism and for those who also received the Holy Orders, is first and foremost about preaching the Gospel to those who do not yet know Jesus Christ as the only Saviour, and to those who have rejected him. Many of them are quietly seeking God, led by a yearning to see his face. All of them have a right to receive the Good News. All Christians have the duty to proclaim the Gospel without excluding anyone. As St. Paul, the Apostle of the Gentiles, said to the people of Corinth: “Woe to me if I do not preach the Gospel.” (1 Cor. 9,16). We should appear as people who wish to welcome others, who share our true joy, who point to a horizon of beauty and who invite others to a special occasion, where a special table is prepared and all partake of the delicious banquet. The Church grows not by proselytizing, but by its witness and by attraction (cfr. Evangelii Gaudium n. 15). Usually, those who do not evangelize might have lost the sense of their faith and Christian identity. That is, they are in a state of spiritual malaise.

        Today missionary activity is the greatest challenge of the Church and our missionary task must always remain at the top of the Diocesan agenda or pastoral plan. We cannot “stay put” or passive in our churches, chapels, and mission stations. I would like to recall what the Holy Father Pope Francis says in the Apostolic Exhortation Evangelii Gaudium n. 15, “we need to move from a pastoral ministry of mere conservation to a decidedly missionary pastoral ministry.” These are very significant words, which help us reflect.

        Dear brother Bishops, as successors of the Apostles we carry a great responsibility for the life of the Church. We must lead by example and we must take the first step. Remember that the Lord has taken the initiative, he has loved us first (cfr. 1 Jn 4,19), and therefore we must go forward, courageously take the necessary initiatives within the communities we have been entrusted with, reaching out, seeking those who have fallen away and welcoming the poor and the underprivileged.

        Dear Priests, get involved by word and deed in the people’s daily lives: bridge distances in families in difficulty, help those who are going through a separation or those who are in an irregular marriage situation, always defend the human person in connection with migration, refugees, and unemployment. Allow me to once again quote the words of Pope Francis in his Apostolic Exhortation Evangelii Gaudium n.24: “Evangelizers thus take on the “smell of the sheep” and the sheep are willing to hear their voice. An evangelizing community is also supportive, standing by people at every step of the way, no matter how difficult or lengthy this may prove to be. It is familiar with patient expectation and apostolic endurance. Evangelization consists mostly of patience and disregard for constraints of time.”

         Dear Religious, in the context of the Year of the Consecrated Life I urge you to devote yourselves more to prayer and reflection. Remember that the desire to follow Jesus Christ more closely prompted the emergence of consecrated life in the Church. We thank God that, throughout its history, the Church was enriched with different charisms, as was most certainly the Church in India. These charisms are meant to renew and build up the Church and not to hinder its growth through the formation of cliques, false security, or power games. When a particular charism is directed to the heart of the Gospel, it becomes more ecclesial, authentic and fruitful. In your conscience ask yourselves why you chose and accepted religious life for what it truly is: a gift of love at the service of a missionary Church. Please allow Christ to be at the centre of your spirituality and of all your activities, just like Mother Teresa, who used to see and feel Christ’s face everywhere.

        Dear Lay-faithful, at times we lose our enthusiasm for mission because we do not believe that the Gospel responds to our deepest needs. The Gospel is friendship with Jesus Christ; the Gospel is love of our neighbor. If you manage to convey this basic and fundamental message in your neighbourhood, place of work, and other venues you frequent, it will speak directly to the hearts of people because, in the words of St. John Paul II, “the missionary is convinced that, through the working of the Spirit, there already exists in individuals and peoples an expectation, even if an unconscious one, of knowing the truth about God, about man, about how we are to be set free from sin and death. The missionary’s enthusiasm in proclaiming Christ comes from the conviction that he is responding to that expectation.”[3] The true missionary senses Jesus alive with him in the midst of the missionary initiative. Unless we see him present in our commitment and in our activities, our enthusiasm wears out and we are no longer sure of what we are carrying out. Dear brothers and sisters: please remember that those who are not convinced, enthusiastic, certain, and passionate in what they are doing, will become sterile.

        Let us look to our Mother Mary as a model of evangelization. What we see in her, that is, humility and tenderness are not the virtues of the weak but of the strong; virtues of those who do not need to treat others poorly in order to feel good about themselves. Let us ask for the intercession of Mary, the Star of evangelization, that the Church may become a home for the many, excluding no one on the basis of race, colour, ethnicity or caste. May love and communion be at the heart of everything we do in the Church in India! I pray that the Lord inspire all of you to look forward, to listen deeply, and to move together in the spirit of the upcoming Year of Mercy.

On behalf of the Congregation for the Evangelization of Peoples, I sincerely thank each and every one of you for your dedication to the various ministries entrusted to you by the Church. I also wish to convey to you the Apostolic Blessing of the Holy Father and to assure you of my prayers, that your missionary initiatives in West Bengal will bear much fruit for the benefit of the Church in India. Thank you.

 



[2] Idem.

[3] St. John Paul II, Encyclical Letter Redemptoris Missio (7 December 1990), 45: AAS 83 (1991), 292.


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El 14 de Septiembre de 2015, lunes por la tarde, el Cardenal Filoni presidió la Eucaristía en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz en la Basílica de “Our Lady of the Rosary” en Bandel. (Agencia Fides)

PASTORAL VISIT TO INDIA

 13-15 SEPTEMBER 2015

HOLY MASS AT THE BASILICA OF

OUR LADY OF THE ROSARY, BANDEL

ARCHDIOCESE OF CALCUTTA

HOMILY: Monday, 14 September 2015, time: 17.00

 

Feast of the Exaltation of the Cross

Readings: 1st Reading: Philippians 2, 6-11

      Responsorial Psalm: Psalm 78

      Gospel: John 3, 13-17

 

Dear Brothers and Sisters,

On this day, when we celebrate the feast of the Exaltation of the Holy Cross, we honor the mystery of our redemption: Christ died out of love for us and by his death on the cross he brought Salvation to the world. The Cross of Christ is the instrument of love through which God saved us. The public veneration of the Cross of Christ originated in the fourth century, and shows that faith from the early centuries was accompanied by the people’s piety towards the Redeemer. The Cross, because of what it represents, became the most potent and universal symbol of the Christian faith. We adore this instrument by which Jesus Christ, Our Lord, sacrificed Himself.

From being an object of scorn and shame, the Cross has become the sign of love and glory. In fact, the adoration of the Cross is the adoration of Jesus Christ, and this instrument of torture and death became an instrument of life and grace. The Cross represents the one and unique sacrifice by which Jesus, obedient even unto death, accomplished our salvation. The Cross in itself summarizes the passion, the crucifixion, the death and resurrection of Christ. It reminds us, as Christians, of God’s act of love in Christ’s sacrifice, and as it is expressed in a very beautiful way by St. John: “For God so loved the world that He gave His only begotten son, that whosoever believeth in Him may not perish, but have everlasting life” (Jn 3,16).

Through the torture of the Cross, Jesus turned the world’s way of thinking upside down, revolutionizing also the supreme action of those who exercise power and violenceFor this reason, writing to the Galatians, St. Paul could say: God saved the world by the cross of our Lord Jesus Christ (cfr. Gal. 6, 14); and he reminded the Philippians that Christ “became obedient unto death, even the death of the cross” (Phil. 2, 8). We know that in Christian thought the «cross» means the afflictions, trials, and persecutions, which make us close to and part of the mystery of Christ. This is the sense in which our Lord uses the word, when he says, “He who does not take up his cross, and follow after me daily, is not worthy of me” (Mt.  10, 38).

The Cross of Christ is a sign of forgiveness and Jesus did this while hanging on the Cross: “Father, forgive them, they know not what they do” (Lk 23, 34). Thus, we can understand Paul when tells the Galatians: “God forbid that I should glory, save in the cross of our Lord Jesus Christ” (Gal. 6, 14). He simply indicates: I will glory in nothing, but in Christ crucified: our joy and delight, comfort and peace, hope and confidence, foundation and resting-place, ark and refuge, food and medicine. The example Paul gives us, together with his perception of the mystery of the Cross of Christ, is fascinating. In his writings he did not consider his accomplishments or the extent of his suffering. He did not meditate on his own goodness or righteousness. He loved to think of what Christ had done; what Christ had suffered. In this he found glory and something to boast about.

On this day, when the liturgy celebrates the feast of the Exaltation of the Holy Cross, the Gospel reminds us of the meaning of this great mystery: “God so loved the world that he gave his only Son, so that men might be saved”(Jn. 3, 16). The Church invites us to proudly lift up this glorious Cross so that the world can see the full extent of the love of the Crucified one for all.

Now I would like to pass on to a more personal and subjective reflection, by asking some questions:  what sense does the Cross have for me? Does the mystery of the Cross make sense for me? What sense is there in my celebrating the mystery of the Cross? Is it only a memory of a dramatic moment in the life of Jesus? Is it only a mystery that has to do with others but not with me? For example, consoling someone who is suffering as a result of an injustice, a severe physical ailment, a tragedy, or someone suffering moral anguish due to some vice or family crisis, like the drug addiction of a son, or because of a social injustice due to unemployment, lack of housing or money? I would like to mention something that touches each and every one of us.

When we begin to reflect in a more subjective and personal way, we must say: “What” is the Cross of Christ - an object that brings about death, or “Who” is the Cross of Christ - a personification of the Cross? Some mystics see the Cross as the second option, the Cross of Christ as a person: it is me. I am the Cross of Christ, which he silently takes upon his shoulders. I am that Cross, which for just a brief moment Christ seems to entrust to Simon the Cyrene, but which he immediately takes back upon his own shoulders, embracing me intensely and not wanting to part from me, a sinner.  More than that, he wants to be nailed to me. Because for every sin the Cross is the death of Christ, it is also its forgiveness, the most profound embrace of Jesus: today you will be with me in Paradise, according to the promise given to the Good Thief!

In this perspective the sense of this liturgical celebration should not be considered for its historical or theological significance alone. The sense of this celebration is complete when we give it a personal meaning, or rather that the Cross of Christ is me and for that reason Christ loved and took me on his shoulders. Just as the Good Shepherd places the lost sheep on his shoulders so too I as the lost sheep am now found and feasted. In this way we understand more fully the meaning of mercy and why the Holy Father wanted to inaugurate the Jubilee Year of Mercy, which will begin in a few months. At the end of the day, the Gospel is quite simple. It is the same road that the Saints took, the same road followed by Mother Teresa. It is the road to conversion and returning to God. It is a road paved with humility and love, a road that touches the heart, a road of tenderness and beauty. In a word, it is the road of mercy. 

Today’s liturgical celebration is the feast of the Merciful Love of God that is manifested in the Cross of the Lord.

Amen.

 


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Homilía del Cardenal Fernando Filoni durante la misa que presidió en Calcuta el 15 de septiembre de 2015 en la tumba de la Beata Madre Teresa, fundadora de las Misioneras de la Caridad, y último día de su visita pastoral a la India. (Agencia Fides)


PASTORAL VISIT TO INDIA  13-15 SEPTEMBER 2015

HOLY MASS AT THE TOMB OF BLESSED MOTHER TERESA (MISSIONARIES OF CHARITY)

ARCHDIOCESE OF CALCUTTA

HOMILY: Tuesday, 15 September 2015 

Memorial of the Blessed Virgin Mary, Our Lady of Sorrows 

Readings: 1st Reading: Hebrews 5, 7-9

      Responsorial Psalm: Psalm 31

      Gospel: Luke 2, 33-35

 

Dear Brothers and Sisters,

Today we remember the sorrows of our Blessed Virgin Mother Mary, above all the sorrow of seeing her son die on the Cross.

Mary’s sorrow was profound. The fact that the Blessed Virgin Mary was human, although we know that according to Catholic doctrine she was preserved from the original sin, does not mean that she was without feelings. On the contrary, Mary lived her womanhood to the full: she loved, she had her worries, she felt the pain of loss, she exercised hope when facing her difficult moments. In a word, she lived every moment of her life intensely.

Today we celebrate this liturgical memorial one day after having celebrated the Feast of the Triumph of the Holy Cross, the instrument upon which Mary’s son Jesus was crucified, a scene that she personally witnessed in sorrow and in prayer.

Mary’s sorrow was lived with the same faith by which she accepted her divine maternity. It is the same spirit of faith that is ours as we experience the sorrow and tragic intensity of the crucifixion.

Mary’s sorrow was connected to the sufferings of Christ. Moreover, at the foot the Cross, as her Son was gasping for his last breath, Mary once again became the mother of a newborn infant, the Church.

In this sense Mary’s sorrow, as labor pains, was not without hope. In the Resurrection of Christ she came to understand what Christian hope truly is: a theological virtue that holds the other two virtues of faith and charity together. Her hope, therefore, did not keep her from feeling pain, nor did the pain keep her from expecting the Resurrection of Jesus. 

The Blessed Virgin Mary is our mother and like every good mother, she teaches us, she is an example for us, and she walks with us throughout our life.

Today we gather together at the tomb of another “mother,” who, when confronted with pain and sorrow, sought to do something about it. Blessed Mother Teresa restored dignity to the suffering, the abandoned, indeed, to the “poorest of the poor”. She offered self-giving love to myriads of people. More than that, she offered “love until it hurts”. She alleviated the pain that human beings can inflict upon one another through injustice. She offered rays of hope to those, who through her kindness were given shelter and food. She led by example; she evangelized through her “simple love” put into deeds and actions.

Her maternal example towards the underprivileged managed to captivate a great number of young people who were inspired to follow her. There is no doubt that she inspired many to imitate her in answering God’s call. Perhaps this was the most captivating aspect of her human and Christian endeavor.

This extraordinary fascination continues to captivate a great multitude of people in India, of all creeds and religions, as well as millions of others throughout the world, including all of the members of the Religious family she founded, the Missionaries of Charity. May she continue to be an inspiration and model of love for God and for the poor; a beacon of light and hope; a friend and intercessor to all; and, as she always was, a caring Mother. Through her intercession may God bless your Congregation of the Missionaries of Charity with more vocations! Finally, I urge and encourage you my dear brothers and sisters to continue the precious work that Blessed Mother Teresa initiated for the good of the Church and the world.


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Lunes, 14 de septiembre de 2015

 «La señal del cristiano, único camino para conquistar la unión con la Santísima Trinidad, condición puesta por Cristo para seguirle. Motivo de gozo y esperanza, signo de nuestra salvación» Madrid,13 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

Por Isabel Orellana Vilches

Los cristianos sabemos que la señal que nos identifica es la Santa Cruz. Lo aprendimos en el catecismo y el Evangelio nos enseña que cualquiera que se disponga a seguir a Cristo tiene en ella su única brújula, la que va a guiarle por el camino que lleva a la unión con la Santísima Trinidad. Es la condición puesta por Él: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame» (Lc 9, 23). San Juan de la Cruz lo recordaba con estas palabras: «Quien busca la gloria de Cristo y no busca la cruz de Cristo, no busca a Cristo». La cruz exige renunciar por amor a Él y al prójimo a lo que más cuesta. Quien no la acepta no sabe amar. Requiere coherencia, disponibilidad, valentía, etc. Dios rechaza la tibieza. Cuando la cruz se acepta con alegría resulta liviana; fortalece y dispone para superar las dificultades que se presentan.

No hay integrante de la vida santa que no haya contemplado este «árbol de la vida»; todos se han abrazado a él. El beato Charles de Foucauld advertía: «Sin cruz, no hay unión a Jesús crucificado, ni a Jesús Salvador. Abracemos su cruz, y si queremos trabajar por la salvación de las almas con Jesús, que nuestra vida sea una vida crucificada». No hay otra vía para alcanzar la santidad, como también reconocía santa Maravillas de Jesús: «El camino de la propia santificación es el santo misterio de la cruz». La cruz confiere sentido al sufrimiento humano, ilumina y consuela en las fatigas del camino, inunda de esperanza el corazón, suaviza las circunstancias más adversas, lima toda aspereza. «Poned los ojos en el Crucificado y se os hará todo poco...», manifestaba santa Teresa de Jesús.

El «árbol de la cruz» es el símbolo de la Salvación. Contiene todos los matices semánticos que se atribuyen a la expresión exaltar. Se reconocen en el santo madero los excelsos méritos que Cristo le otorgó con su propia vida, ya que en él estuvo «colgado» salvando al mundo libremente, mostrando su insondable amor. Se deja correr el caudal de pasión que inspira cuando se contempla, induciéndonos a ir a él y adorarlo. La cruz es signo de unidad, de paz y de reconciliación, es el distintivo de los «ciudadanos del cielo» (Flp 3, 20), llave que nos abre sus puertas. «O morir o padecer; no os pido otra cosa para mí. En la cruz está la vida y el consuelo, y ella sola es camino para el cielo», expresaba Teresa de Jesús. Solo es «necedad», como decía san Pablo, para los que se pierden; para el resto, es «fuerza de Dios»: «Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan –para nosotros– es fuerza de Dios […]. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres» (I Corintios 1, 18ss).

Esta festividad rememora el acontecimiento que se produjo el 14 de septiembre del año 320, cuando la emperatriz de Constantinopla, santa Elena, madre de Constantino el Grande, encontró el madero (Vera Cruz) en el que murió el Redentor. Hechos extraordinarios marcaron este momento: la resurrección de una persona y la aparición de la cruz en el cielo. Para albergar esta excelsa reliquia signo de la victoria de Cristo, manifestación del perdón y de la misericordia de Dios, esperanza para los creyentes, centro de nuestra fe, santa Elena y Constantino hicieron construir la basílica del Santo Sepulcro. Unos siglos más tarde, en el 614, el rey de Persia, Cosroes II, conquistó Jerusalén y tomó como trofeo la Vera Cruz, el venerado emblema cristiano que se custodiaba en el templo. Mofándose de los cristianos, lo utilizó como escabel de sus pies. Pero catorce años más tarde el emperador Heraclio, una vez que derrotó a los persas, pudo devolver el santo madero a Constantinopla. Después, fue trasladado a Jerusalén el 14 de septiembre del año 628.

Al parecer, cuando Heraclio se propuso introducir la cruz solemnemente no pudo cargarla sobre sus hombros; se quedó paralizado. El patriarca Zacarías, que formaba parte de la comitiva caminando a su lado, señaló que el esplendor de la procesión nada tenía que ver con la faz de Cristo humilde y doliente en su camino hacia el Calvario. El emperador se desprendió de sus ricas vestiduras y de la corona que ceñía su cabeza, y cubierto con una humilde túnica pudo transportar la cruz caminando descalzo por las calles de Jerusalén para depositarla en el lugar de donde había sido arrebatada siglos atrás. Desde entonces se celebra litúrgicamente esta festividad de la Exaltación de la Santa Cruz. Con objeto de evitar otro expolio, fue dividida en cuatro fragmentos. Uno de ellos quedó custodiado en Jerusalén en un cofre de plata; otro se llevó a Roma, un tercero a Constantinopla y el resto fue convertido en minúsculas astillas que se repartieron en templos dispersos por el mundo.

Esta fecha litúrgica es crucial para los creyentes. La cruz no es un ninguna tragedia, como no lo es amarla, algo que resultará extraño fuera de la fe. Es una bendita «locura» que inunda el corazón de gozo. Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) lo advertía: «ayudar a Cristo a llevar la cruz proporciona una alegría fuerte y pura». No la rehuyamos. Cristo nos ayuda a portarla con su gracia; sigue compartiéndola con nosotros. Que un día no nos tenga que decir lo que en celeste coloquio le confió al Padre Pío: «Casi todos vienen a Mí para que les alivie la cruz; son muy pocos los que se me acercan para que les enseñe a llevarla».


Publicado por verdenaranja @ 17:19  | Espiritualidad
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El papa Francisco rezó el domingo 13 de septiembre de 2015 la oración y del ángelus desde la ventana de su estudio, delante de una multitud de fieles y peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro que le recibió con un caluroso aplauso. Ciudad del Vaticano,13 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

« ¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El evangelio de hoy nos presenta a Jesús que en camino hacia Cesarea de Filipo, interroga a los discípulos: “¿Quién dice la gente que soy yo? Estos responden que algunos lo consideran Juan el Bautista resucitado, otros Elias o uno de los grandes profetas. La gente apreciaba a Jesús, lo consideraba un 'enviado de Dios', pero no lograba aún a reconocerlo como el Mesías anunciado y esperado. Y Jesús pregunta nuevamente '¿Y ustedes quién dicen que soy yo?'.

Esta es la pregunta más importante con la cual Jesús se dirige directamente a aquellos que lo han seguido, para verificar la propia fe. Pedro en nombre de todos exclama de manera espontánea: 'Tu eres el Cristo'.

Jesús queda impresionado con la fe de Pedro, reconoce que ésta es fruto de una gracia especial de Dios Padre. Y entonces revela abiertamente a los discípulos lo que le espera en Jerusalén, o sea que 'el Hijo del hombre deberá sufrir mucho... ser asesinado y después de tres días resucitar'.

El mismo Pedro que ha apenas profesado su fe en Jesús como el Mesías, se escandaliza de estas palabras. Llama aparte al Maestro y le reta.

¿Y cómo reacciona Jesús? A su vez le llama la atención a Pedro por ésto, con palabras muy severas. '¡Retírate de mí, Satanás!, --le dice Satanás-- porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres'.

Jesús se da cuenta que en Pedro, como en los otros discípulos --y en cada uno de nosotros-- a la gracia del Padre se opone la tentación del maligno, que quiere distraerlo de la voluntad de Dios.

Anunciando que tendrá que sufrir y ser condenado a muerte para después resucitar, Jesús quiere hacerle entender a quienes los siguen que Él es un Mesías humilde y servidor. Es el Siervo obediente a la voluntad del Padre, hasta el sacrificio completo de la propia vida.

Por esto dirigiéndose a la toda la multitud que allí estaba, declara que quien desea ser su discípulo tiene que aceptar ser siervo, como Él se ha hecho siervo, y advierte: 'Si alguien quiere venir atrás de mi, reniegue a sí mismo, tome su cruz y me siga'.

Ponerse en el camino de Jesús significa tomar la propia cruz --todos la tenemos-- para acompañarlo en su camino, un camino incómodo que no es el del éxito o de la gloria terrenal, sino el que lleva a la verdadera libertad, la libertad del egoísmo, del pecado.

Se trata de operar un neto rechazo de aquella mentalidad mundana que pone el propio yo y los propios intereses en el centro de la existencia. No, esto no es lo que Jesús quiere de nosotros. En cambio nos invita a perder la propia vida por Cristo y el evangelio, para recibirla renovada y auténtica.

Podemos estar seguros, gracias a Jesús, que este camino lleva a la resurrección, a la vida plena y definitiva con Dios. Decidir seguir a nuestro Maestro y Señor que se ha hecho siervo de todos, exige una unión fuerte con Él, escuchar con atención y asiduidad su palabra, --hay que acordarse de leer todos los días un pasaje del evangelio-- y en los sacramentos.

Hay jóvenes aquí en la plaza, yo les pregunto solamente: ¿han sentido el deseo de seguir a Jesús más de cerca? Hay que pensarlo, rezar y dejar que el Señor les hable.

La Virgen María que ha seguido a Jesús hasta el Calvario, nos ayude a purificar siempre nuestra fe de las falsas imágenes de Dios, para adherir plenamente a Cristo y a su evangelio».

El Papa reza el ángelus... y a continuación dice: 

«Queridos hermanos y hermanas, hoy en Sudáfica proclaman beato al Samuel Benedict Daswa, padre de familia, asesinado en 1990 --apenas hace 25 años-- por su fidelidad al evangelio. En su vida demostró siempre gran coherencia, asumiendo con coraje actitudes cristianas y rechazando costumbres mundanas y paganas.

Su testimonio ayude especialmente a las familias a difundir la verdad y la caridad de Cristo. Y su testimonio se une al testimonio de tantos hermanos y hermanas nuestros, jóvenes, ancianos, jovencitos, niños, perseguidos, asesinados, desplazados por confesar a Jesús. A todos estos mártires, a Samuel Benedict Daswa, agradecemos su testimonio y le pedimos que rece por nosotros.

Saludo con cariño a todos los aquí presentes, romanos y peregrinos provenientes de diversos países: familias y grupos parroquiales, asociaciones. Saludo a los fieles de las diócesis de Friburgo, a la asociación 'El árbol de Zaqueo” de Aosta, a los fieles de Corte Franca y Orzinuovi, a la Acción Católica 'Ragazzi di Alpago' y al grupo de motociclistas de Ravenna.

Saludo a los maestros precarios que han venido desde Cerdeña y deseo que los problemas del mundo del trabajo sean enfrentados teniendo concretamente en cuenta la familia y sus exigencias.

¡A todos les deseo una buen domingo. Y por favor no se olviden de rezar por mi !». Y concluyó con: «Buon pranzo e arrivederci!».

(Texto traducido desde el audio por ZENIT)


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Viernes, 11 de septiembre de 2015

Reflexión a las lecturas del domingo veinticuatro del Tiempo ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 24º del T. Ordinario B

 

Por el camino a las aldeas de Cesarea de Filipo se realiza hoy una gran revelación: ¡Jesús es el Mesías!

Pero la reacción de Jesucristo nos resulta extraña: en primer lugar, les prohíbe terminantemente a los discípulos decírselo a nadie. Luego les hace otra gran revelación: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. “Se lo explicaba con toda claridad”.

Pero ¿quién podía entender, en todo Israel, que el Mesías tuviera que padecer? ¿El que venía a liberarles de la dominación romana, cómo iba a terminar derrotado? ¿El que iba a conducirles a un Reino muy grande, jamás soñado, cómo iba a ser condenado y ejecutado? Porque de resucitar, ellos no entendían nada.

Por tanto, es normal que Pedro se lo lleve aparte y se ponga a increparlo. Pedro ama intensamente a Cristo y espera el Reino prometido. Y Jesús se siente realmente tentado y sabe que los demás discípulos piensan lo mismo que Pedro.  Por eso, de cara a los discípulos, dirige a Pedro unas palabras desconcertantes: “¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios”.

Y ya sabemos lo que pensamos los hombres y lo que piensa Dios:

Los hombres, ante todo, rehuimos no sólo la enfermedad y la muerte, sino también todo tipo de sufrimiento. ¡Cuánto nos cuesta afrontar el dolor, sobre todo, cuando es prolongado! Y no sólo eso. Rehuimos todo lo que suene a sacrificio, renuncia, entrega. Y luego, luchamos y nos esforzamos por vivir y gozar a tope.

¿Y cómo piensa Dios?

El sufrimiento y la muerte nunca son para Dios término de todo, fin en sí mismos, sino que  siempre son camino, grano de trigo en el surco, paso, pascua. Dios no busca nunca hacernos sufrir o amargarnos la vida. Todo lo contrario. Dios quiere nuestro bien y nuestra felicidad no sólo en el alma sino también, en el cuerpo. No sólo en la vida futura, sino también en el tiempo. Y si nos pide o nos exige algo, es para hacerla posible. Como un grano de trigo: para convertirse en una espiga preciosa,  tiene que ser enterrado en el surco.

Por todo ello, nos dice el Evangelio que Jesús llama a la gente y a los discípulos y les dice: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.

¡Estas son las condiciones de su seguimiento! En definitiva, ir por su mismo camino. Y añade: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará”. ¡Qué impresionante es todo esto! Estas palabras del Señor las ha “traducido” el Vaticano II, diciendo: “El hombre jamás logrará alcanzar su plenitud, mientras no entregue su vida como un don al servicio de los demás” (G. et Sp. 24).

Sin embargo, nos cuesta entender que hemos recibido la vida para darla; no para quemarla en la hoguera de nuestro egoísmo. Por ahí anda la razón y la raíz de

De nuestra existencia cristiana.

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 24º DEL TIEMPO ORDINARIO B  

MONICIONES

 

 

PRIMERA LECTURA

         Escuchemos en primer lugar, unas palabras del profeta Isaías: en ellas nos anuncia que el Mesías soportará sufrimientos e injurias con ánimo generoso y lleno de confianza en Dios. 

 

SEGUNDA LECTURA

          En la lectura apostólica,  Santiago nos enseña que, sin obras, es decir, sin una verdadera actuación cristiana, no hay fe auténtica. Escuchemos.

 

TERCERA LECTURA

         En el Evangelio junto a la confesión de fe de Pedro, escucharemos el duro reproche que le hace el Señor, porque pretende separarle del camino de la Pasión y de la Cruz. 

 

COMUNIÓN

         El camino de la cruz es duro y difícil. Por eso necesitamos acercarnos con frecuencia al Señor, verdadero Pan de vida, para no desfallecer por el camino.


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Jueves, 10 de septiembre de 2015

Carta pastoral del arzobispo de Madrid con motivo de la constitución de la Mesa por la hospitalidad de la Iglesia en Madrid. Madrid,08 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

Por Mons. Carlos Osoro

Con motivo de la jornada de ayuno y oración por la paz en Siria, en Oriente Medio y en el mundo entero, convocada para el 7 de septiembre de 2015 por el Papa Francisco, en la víspera de la Natividad de María, Reina de la Paz, os quiero acercar a todos los cristianos, hombres y mujeres de buena voluntad lo que el apóstol San Juan nos recuerda: “Amaos unos a otros, ya que el amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. […] También nosotros debemos amarnos unos a otros” (1Jn 4,7-11).

Este momento tiene rostros, situaciones y personas a las que el Señor, a través del Papa Francisco, nos está llamando para que realicemos los que nos pide. Tenemos una oportunidad singular para ofertar a lo que más necesita el ser humano: sentirse amado.

I.- UNA TRAGEDIA LLAMA A NUESTRAS PUERTAS… Y SE SUMA A OTRAS

I.- Mi última carta pastoral se titulaba “Nunca robemos la dignidad del hombre” y buena parte de ella estaba dedicada a la crisis de los refugiados. No me ha parecido suficiente y he querido hacer una reflexión más amplia y, sobre todo, trazar directrices para la acción que sean operativas y que respondan al llamamiento a gestos concretos de hospitalidad que ayer mismo nos hacía el Papa Francisco en el Ángelus dominical. 

Todos somos conscientes de que una nueva catástrofe nos sacude la conciencia y llama a las mismas puertas de Europa. La catarata de noticias e imágenes de estos días nos han conmovido como seres humanos y como creyentes. Sabemos que en nuestra diócesis muchas personas siguen sufriendo el flagelo del paro, la precariedad laboral, la exclusión y muchas formas de vulnerabilidad personal y social. Ello nos desafía a vivir la verdadera solidaridad, que conlleva en sus entrañas la cualidad de la universalidad y nos impide caer en la tentación de las “disputas entre nuestros pobres y los que llegan”. Todos son pobres de Cristo, todos son hijos de Dios. Todos tienen derecho a reclamarnos, en un mundo en el que la pobreza no es un problema técnico, sino ético, una verdadera justicia social global. Responder con eficacia, humanidad y prontitud a unas y a otras situaciones corresponde a las autoridades públicas y a los organismos competentes. Pero ello no obsta para que la sociedad civil, y la Iglesia católica en particular, no tenga una palabra que decir y, sobre todo, un grano de arena que aportar para aliviar tanto dolor ajeno. Es cuestión de humanidad y a la Iglesia, que quiere prolongar la mano acogedora de su Señor, nada humano le puede ser ajeno.

El dolor humano es la experiencia más universal y quizá por ello tiene la capacidad de movilizar lo mejor de nosotros mismos. Quizá por esa razón, hemos visto como los gobernantes de la Unión Europea han ido evolucionando hacia posiciones más  solidarias y respetuosas con las exigencias de los tratados en materia de protección internacional. También la sociedad civil se ha conmovido por esta debacle que nos recuerda otras muchas que, tal vez porque nos resultaron más lejanas o no fueron tan profusamente cubiertas por los medios de comunicación, no nos provocaron la movilización de esta. Desde el tejido social se han ido realizando diversos ofrecimientos que tienen en común el poner en valor la hospitalidad y la fraternidad; expresiones de la verdadera fe cristiana y de la ética de la acogida y el cuidado, lugar de encuentro de todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

No se trata de hacer carreras para ver quién es más solidario. La tragedia tiene tal magnitud que exige dejar de lado protagonismos y debates partidistas para centrarnos en lo esencial: el socorro a quienes lo necesitan para salvar su vida. Aunque ahora no debiéramos enredarnos en debates sobre culpas de unos u otros, en un  segundo momento, tendremos que esclarecer las causas que han provocado esta situación y otras similares. La verdadera ayuda exige un discernimiento profético y una profunda conversión que evite que esta situación  vuelva a repetirse.  En cualquier caso, es el momento de asumir conjunta y solidariamente responsabilidades. Ser responsables es tener el deber de responder. Y hacerlo desde el convencimiento de que en la familia humana, todos somos responsables de todos y nadie está exento del deber de ser custodio de la vida del otro. Esa responsabilidad es ética y religiosa, es decir, social, pero también jurídica y política (respeto a los derechos humanos y a los tratados internacionales) e histórica y económica (los refugiados huyen de conflictos provocados o alentados por intereses económicos y geoestratégicos de los que Occidente no es ajeno). Estas emergencias eran previsibles y son el resultado de la inacción. La globalización económica no se ha traducido en una globalización ética volcada en la promoción, defensa, respeto y cumplimiento de los más elementales derechos humanos. Hay que reconocer la responsabilidad de todos en un mundo global, como paso previo para construir un sistema de acogida solidario y sostenible, pues “emigrantes y refugiados no son peones sobre el tablero de la humanidad. Se trata de niños, mujeres y hombres que abandonan o son obligados a abandonar sus casas por muchas razones, que comparten el mismo deseo legítimo de conocer, de tener, pero sobre todo de ser algo más”1

No es función de una carta pastoral hacer un  análisis político, económico o sociológico de la actual crisis de desplazados. Pero es evidente que hay que acudir a las causas de la misma y procurar intervenciones en el origen si no queremos limitarnos a remendar soluciones siempre parciales e incompletas. Es claro que compete a los gobiernos, a la Unión Europea y a organismos supraestatales el dar respuestas eficaces y no seguir mirando hacia otro lado ante realidades, por poner solo un ejemplo, como la de la guerra en Siria. Como miembros de la Iglesia nos duele en el alma la persecución de los cristianos sirios, la de quienes no lo son y la falta de respuesta suficiente por parte de los países de la Unión Europea, incluido el nuestro. 

No es tiempo de lamentos, sino de arrimar el hombro y sacar lo mejor de nosotros mismos ante el sufrimiento ajeno. Por eso, permitidme que esta carta la dirija no solo a los católicos de Madrid, sino también a todos los hombres y mujeres de la diócesis con entrañas de misericordia. Ya en su momento, el cardenal Rouco iluminó la realidad de un Madrid cada vez más pluricultural con su “Acogida generosa e integración digna del inmigrante y su familia”, o los mensajes “Emigrantes y madrileños, una sola familia”, “Emigrantes y refugiados hacia un mundo mejor”, entre otros documentos a cuya relectura invito. Me propongo seguir en la misma estela que ha animado con su excelente trabajo nuestra Delegación diocesana de Migraciones,expresión del amor especial que la Iglesia siente por los migrantes, y que ha manifestado a lo largo de la Historia de diversas formas. No en vano, seguimos y proclamamos Señor de nuestras vidas a quien dijo: “fui forastero y me acogisteis”.

Acoger en casa al forastero o dar posada al peregrino, en la formulación de una de nuestras  obras de misericordia, son una práctica que además de satisfacer una necesidad, dignifica y plenifica la vida de quienes lo practican. “El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad con nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría, serenos. [...] Como ama el Padre, así aman los hijos” (MV 9d). Algo que se está haciendo desde siempre en esta querida, plural y abierta archidiócesis de Madrid. En ella, particulares, familias e instituciones religiosas de todo tipo vienen compartiendo trabajo, techo, comida, alegrías, sueños, anhelos y lágrimas con personas que han sufrido cualquier forma de exclusión. Todas estas realizaciones (también a cargo de otros credos religiosos y de personas no creyentes) constituyen una luz de esperanza que nos permite seguir creyendo en las enormes posibilidades del ser humano, nada menos que imagen de Dios que se hace más nítida y creíble desde estas actitudes. Vaya con ellos la gratitud de la Iglesia y de todos los hombres y mujeres de bien. Junto con ellos, las instituciones de la diócesis dedicadas a la acogida de los migrantes, al trabajo con personas vulnerables y la defensa de sus derechos, tratan de visibilizar con gestos concretos de solidaridad y justicia el amor de Dios hacia todos, pero muy especialmente hacia los que padecen el dolor o la injusticia que constituyen el rostro de Cristo y un juicio (no solo después de la muerte) sobre la dignidad con la que  acometemos la aventura apasionante de la vida.

Todavía dista mucho para que nuestra conciencia ciudadana y eclesial quede tranquila. La acogida no es solo un acto humanitario, sino, en muchos casos, de estricta justicia y de respeto al ordenamiento jurídico internacional. A nadie demos por caridad lo que le es debido por justicia (cfr. AA 8). En todo caso, Europa no puede echar a perder sus raíces cristianas profundamente humanistas y vender su alma solo a la razón mercantil. Nuestra respuesta ante quienes llaman angustiados a nuestra puerta, no puedo ser atrincherarnos ante nuevos muros y vallas de la vergüenza coronadas de espino. No podemos vivir estas llamadas angustiosas como un ataque a nuestras cuotas de bienestar, ni podemos alimentar el discurso del miedo al diferente. Europa debe responder de forma humanitaria, coordinada, conjunta y generosa a este gran desafío. Nos jugamos mucho en ello. Pero es verdad que hay que hacerlo bien y debemos aprovechar la ocasión para acentuar la necesidad de avanzar en cohesión  y en justicia social. Se trata de acoger con calidez y calidad. Y ello debe llevar a revisar las insuficiencias de la política social de las administraciones y las carencias de nuestra propia intervención caritativa y social.

Hemos de usar con prudencia la cabeza, pero nuestra racionalidad ha de ser compasiva, hospitalaria, abierta al otro y dispuesta a modificar la agenda para acoger a quien llama a nuestra puerta. Recuerdo aquí que la estructura antropológica que nos descubre el mismo Dios en la parábola del buen samaritano es la que ofrece salidas auténticas a quien encuentra al borde del camino. Nuestra agenda es hija de la ética del cuidado del otro, de la ternura, de la hospitalidad y también de la justicia, que es “la medida mínima de la caridad”. De otro modo seriamos hijos de una globalización que nos hace más cercanos, pero no más humanos (CV 19), de esa globalización de la indiferencia que se ahorra las lágrimas por el dolor y las sustituye por el cálculo frío del coste-beneficio.

II.- LOS MOMENTOS DIFÍCILES: OPORTUNIDAD PARA SACAR LO MEJOR DE NOSOTROS MISMOS

Si atendemos el clamor de nuestros hermanos y  nos dejamos inundar por la fuerza de Dios en la adversidad, descubriremos que, cuando somos sensibles al dolor del otro, somos más fuertes.  Nuestra sociedad se hará más vigorosa, ganará músculo moral y estará más cohesionada, en la medida en que sea más abierta, más sensible y más solidaria. Madrid ha dado muchas y muy probadas muestras de esta capacidad para la integración, la acogida y la solidaridad.

Ante una lógica meramente cuantitativa,enemiga de la economía amable con el ser humano que defiende Caritas in veritate, debemos introducir lo que podríamos llamar las matemáticas de Dios. Aquellas que nos recuerdan que cuando compartimos y dividimos, en realidad multiplicamos. Por paradójico que resulte, cuando la desgracia ajena nos pone en estado de alerta, aun siendo los recursos escasos, se produce una multiplicación de posibilidades y recursos. No faltan ejemplos que muestran como la escasez, sumada a lo mejor de lo humano, acaba produciendo mejoras cuantitativas y cualitativas. Lo acabamos de ver en Cáritas con el incremento de voluntarios y de recursos a raíz de la crisis económico-financiera.

Estos días los gestos se multiplican en el ámbito político, económico, deportivo, social y, sobre todo, en el de la disponibilidad de la gente sencilla que se ofrece a compartir lo que tiene. Las dificultades, cuando se afrontan conjuntamente, nos hacen ser mejores a todos. Nosotros, los cristianos, afirmamos incluso que los pobres nos evangelizan. Para ello, es preciso no pasar de largo, no mirar hacia otro lado y detenernos frente a los que están en las cunetas. Una Iglesia samaritana es la que  se pone a tiro de las necesidades del prójimo,  tiene la audacia de mirar su rostro y sostenerles la mirada en sus ojos. Nos espanta tanto horror. Pero más debiera asustarnos quedar anestesiados y acostumbrarnos a él o dar respuestas meramente coyunturales o emotivistas.  Ante la multitud ingente y desprotegida, el mandato imperativo del Señor Jesús sigue siendo actual y desafiante: “Dadles vosotros de comer” (Lc 9,13). 

Los seres humanos somos capaces de lo peor y de lo mejor. Es inasumible,vergonzosa e inmoral la inacción ante la persecución de cristianos (somos la minoría más perseguida del planeta) y de no cristianos a manos del fundamentalismo islámico. Pido a nuestros queridos hermanos musulmanes, entre los que se encuentran muchos que buscan el reconocimiento de la dignidad del otro, sea quien sea, que actúen ante quienes suplantan la identidad de un Dios Compasivo y Misericordioso por una atroz ideología de violencia, destrucción y muerte. Europa no puede quedar reducida a un mercado para el intercambio de productos o a un espacio atrincherado obsesionado por el control de flujos, la seguridad y el miedo al diferente. Sus profundas raíces cristianas, su noción de persona y su contribución a la cultura de los derechos humanos deben movilizarnos a una acción coherente con lo mejor de nuestra Historia y cultura.

Estábamos hondamente preocupados por las llamadas de socorro en la Frontera Sur y ahora se abre la Frontera. Los problemas están cada vez están más globalizados y nadie debe sentirse ajeno a ellos. Pero también las soluciones pueden y deben ser cada vez más globales, integrales y duraderas. En una sociedad interdependiente, los problemas de los otros inevitablemente van a ser cada vez los nuestros. El sueño de la gran familia humana y de la fraternidad universal que canta el art. 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos parece avanzar, aunque a veces sea a empellones. 

Ya no podemos pensar en clave egoísta de Estado-Nación, ni siquiera de continente europeo. Urge la globalización de las respuestas y de la solidaridad. Es verdad que este nivel macro podemos sentirlo lejano, pero sin el concurso de la sociedad civil dejamos el gobierno del planeta a manos exclusivas del mercado o del Estado. Ninguno de los dos en exclusiva son buenos conductores del destino de nuestra humanidad. Por eso es preciso el concurso de la sociedad civil.  También a nivel internacional debe concurrir ese tejido social solidario que se ha activado en mil formas en los momentos más difíciles y que ha reconducidosituaciones dramáticas e inhumanas, desde el orden de los valores, hacia horizontes de bien común y justicia social. La tradición cristiana, con su visión trascendente de la persona, y la Iglesia, experta en humanidad, pueden y deben contribuir eficazmente a este esfuerzo colectivo.

Como Iglesia que peregrina en Madrid, no tenemos soluciones técnicas para problemas tan complejos. Tampoco tenemos los recursos humanos y materiales para dar una solución. Pero sí disponemos de la fuerza humanizadora e iluminadora del Evangelio. Este es siempre una palabra que decir y un gesto que realizar. Palabras y signos eficaces que visibilicen la ternura y el amor de nuestro Dios que nos invita a escuchar su clamor desesperado, aunando la ética de la justicia, el respeto a los derechos humanos y la moral de la ternura, el cuidado, el mimo y la hospitalidad que debemos a nuestro hermanos y hermanas en situación de desamparo. Cada uno de ellos es Cristo crucificado que llama a nuestra puerta. Como recuerda la Evangelii gaudium, mencionando a los refugiados, “es indispensable prestar atención para estar cerca de nuevas formas de pobreza y fragilidad donde estamos llamados a reconocer a Cristo sufriente, aunque eso aparentemente no nos aporte beneficios tangibles e inmediatos” (EG 210).

Son precisas soluciones globales con una activa y audaz participación de organizaciones supraestatales y el compromiso de la UE y de sus Estados. Debemos primar, por encima de cualquier otra consideración geoestratégica o comercial, el bien de las personas que provienen de  países que sufren guerras intestinas, corrupción, fundamentalismo religioso, o dependencias coloniales económicas o políticas que deben ser abordadas por la comunidad internacional sin dilación.

La justicia distributiva exige un reparto equitativo de las cargas y, por consiguiente, el oportuno abordaje de los problemas exige ponderar responsabilidades compartidas exigibles también a otros. Pero eso no nos debe hacer mirar para otro lado cuando está en juego la vida de nuestros semejantes y la dignidad con que somos capaces de vivirla quienes tenemos más posibilidades. Los acuerdos internacionales, urgidos por España desde hace muchos años, deben estar presididos por los principios de humanidad, solidaridad y justicia. Deben ser, además, oportunidad para otra forma de hacer las cosas. Para ello nada como poner como fundamento la dignidad de la persona, imagen de Dios, y los principios del destino universal de los bienes de la tierra, la solidaridad, el bien común, la subsidiaridad y la participación corresponsable. 

III.- LA ENSEÑANZA SOCIAL DE LA IGLESIA: UN PRECIOSO TESORO

Quiero ofreceros ahora unas reflexiones y unas palabras de iluminación desde el rico acervo de la Doctrina Social de la Iglesia. Hago una apretada síntesis porque considero que, lamentablemente, aunque representa el rostro más social y amable de la Iglesia, es todavía una  gran desconocida.

Varias voces de Iglesia se han alzado poniendo en valor los principios de  nuestra enseñanza social: Comisión Episcopal de Migraciones, Cáritas, Confer, Justicia y Paz, Acción Católica, Manos Unidas, congregaciones religiosas, hermanos obispos, etc. Me gustaría iluminar este momento con unas reflexiones que no olviden la proverbial sabiduría popular: “obras son amores y no buenas razones”. He dedicado bastantes años a la enseñanza y siempre me ha parecido que una buena teoría es condición de posibilidad de una buena práctica. Ninguna enseñanza es más fecunda que nuestra DSI. De ella extraemos algunas referencias ineludibles:

I. El Dios cristiano es un Dios encarnado en Cristo y su Espíritu está presente en la creación, en la Historia, en la vida de los hombres y mujeres y, singularmente, en los anhelos y el sufrimiento de las personas injusticiadas y empobrecidas. Por eso, necesitamos una “escucha activa y creyente de la realidad”, como lugar de Dios para escrutar los “signos de los tiempos” (GS 4a). No podemos obviar una lectura explícitamente religiosa, creyente, de lo que ocurre. Así lo hace la Doctrina Social de la Iglesia. Es más, estamos seguros de  que “la dimensión teológica se hace necesaria para interpretar y resolver los actuales problemas de la convivencia humana” (CA 55).

II. Tenemos que dejarnos afectar por los rostros de los que sufren. Debemos darles respuestas concretas sin olvidarnos de  “transformar las estructuras injustas para establecer el respeto a la dignidad del hombre” (DA 546). También evitar que la opción por los pobres corra el riesgo de “quedarse en un plano teórico y meramente emotivo, sin verdadera incidencia que se manifieste en acciones y gestos concretos” (DA 397). Los creyentes trabajaremos junto con los demás ciudadanos e instituciones desde el diálogo constructivo y el consenso en favor del bien del ser humano y de un orden sin inequidad (cfr. DA 384). Ciertamente, aunque la Iglesia no se pueda identificar con ninguna realización intrahistórica ni política,  no puede quedarse al margen de la lucha por la justicia (cfr.28). Al anunciar la Buena Nueva de Jesucristo, debe tratar de cohesionar, inyectar valores morales y despertar fuerzas espirituales que allanen el camino a una humanidad que se aproxime al sueño de Dios. 

III. Nuestra tradición cristiana nos enseña que somos “hijos de un arameo errante” (Dt 26,5).Abraham, padre de las tres grandes religiones monoteístas, agasajó a los forasteros (cfr. Gn 18,2-7). En la Sagrada Escritura y, sobre todo, en los textos con más sensibilidad, hay una sacralización del migrante que culmina en la encarnación: en Cristo somos hermanos-prójimos y no extranjeros. Con la hospitalidad se hace memoria de “que extranjeros fuisteis en el país de Egipto” (Ex 22,20; 23,9; Dt 10,17-19). Ello explica las leyes del espigueo y del diezmo (Lv 19,9-10; Dt 14,28-29) y un imperativo sin igual en las culturas limítrofes: “amarás al extranjero como a ti mismo” (Lv 19,34), bajo la misma ley y derechos (cfr. Lv 24,22). Mateo recuerda que la Sagrada Familia  fue obligada a desplazamientos forzosos (cfr. Mt 2,15) y en el Juicio Final se llega a la identificación sacramental de Jesucristo con los migrantes (cfr. Mt 25,35-36). El Resucitado envío a los discípulos a todos los pueblos y la fuerza del Espíritu  une a todos en la única familia de Dios (cfr. Hch 10,35-36; Ef 2,17-20; Gal 3,28; Col 3,11). No debe extrañarnos que, pasado el tiempo, “las grandes estructuras de acogida, hospitalidad y asistencia surgieran junto a los monasterios” (DCE 40).

IV. Por otra parte, los desplazamientos humanos son “un fenómeno natural y universal” (MM 123).  En un mundo interdependiente y globalizado es inevitable que se produzca el mayor movimiento de personas de todos los tiempos. Esto constituye toda una realidad estructural (cfr. Erga migrantes 1). Constituye una experiencia dolorosa (cfr. PT 102, 103, 107; GS 66, 88; PP 67-69), pero también un imponente kairós y un gran desafío para nuestra época.  Desde luego, hay que procurar por todos los medios que la movilidad forzosa deje de serlo (cfr. RN 33, MM 125-127, 150; PT 102…).

V.  En la constitución apostólica Exsul Familia, el Papa Pío XII confirmaba el compromiso de la Iglesia de atender y cuidar a los peregrinos, forasteros, exiliados y migrantes de todo tipo, afirmando que todo pueblo tiene el derecho a condiciones dignas para la vida humana, y si éstas no se dan, tiene derecho a desplazarse. En su encíclica Sollicitudo rei socialis, san Juan Pablo II hace referencia a la crisis mundial de los refugiados como “una plaga típica y reveladora de los desequilibrios y conflictos del mundo contemporáneo. […] El derecho al asilo jamás debe negarse cuando la vida de la persona peligre realmente si permanece en su tierra natal”. La enseñanza social no niega el derecho de los estados a regular los flujos migratorios, pero este derecho deberá armonizarse con los derechos humanos de las personas desplazadas y ser contemplado desde el criterio superior del bien común de la entera familia humana y la dignidad de la persona, y no obedecer a criterios políticos localistas.

VI.- La Doctrina Social de la Iglesia nos aporta importantes criterios de juicio que, a su vez, marcan líneas de acción a todos los actores sociales. No quiero ser exhaustivo. Me basta con un ramillete apretado de citas para mostraros esta riqueza que muchas veces ignoramos.

a). El primer derecho es el derecho a no emigrar, a no tener que desplazarse a la fuerza. Mucho más si esta movilidad humana es provocada por la persecución religiosa, la violencia, la guerra o la injusticia estructural. Este derecho brota de la dignidad de la persona y del derecho a tener las necesidades básicas cubiertas (cfr. RN 33). En el caso de la emigración económica, se trata de que “el capital busque al trabajador y no al contrario” (PT 102). Por eso, se debe favorecer la  cooperación al desarrollo con el país de origen (cfr. CDSI 298, GS 66 y Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1993). El derecho a no emigrar consiste en vivir en paz y dignidad en la propia patria (cfr. Mensaje para la Jornada Mundial de las Migraciones 2004 y PT 11 y 102). Se trata de una aplicación del destino universal de los bienes de la tierra tan fundamental como desatendido (cfr. MM 30, 33; GS 65; CIC 2402-2406; CDSI 171-184). En suma, como dicen conjuntamente los obispos mexicanos y norteamericanos: “Toda persona tiene el derecho de encontrar en su propio país oportunidades económicas, políticas y sociales, que le permitan alcanzar una vida digna y plena mediante el uso de sus dones. Es en este contexto cuando un trabajo que proporcione un salario justo, suficiente para vivir, constituye una necesidad básica de todo ser humano”2

b). Por otra parte, existe el  derecho a emigrar y a desplazarse: El titular de este derecho natural (PT 106) es la persona e incluye el deber de salvaguardar a su familia. Hay que proteger este derecho para que no  deje ser tal en el imaginario colectivo. Debe ser respetado en la práctica y recogido en  la legislación nacional e internacional como derecho (cfr. PT 25 y 106; OA 17) extensible a la familia del migrante (cfr. La solemnita, MM 45). Es lícito emigrar a otros países y establecer su domicilio en ellos. Lo reconoce el art. 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y Pío XII en su radiomensaje e navidad de 1952: “Vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur…” (Lc 13,29)”. La Iglesia reconoce que todos los bienes de la tierra pertenecen a todos los pueblos. En el caso de persecución por cualquier causa, la comunidad internacional se ha dotado de instrumentos que garanticen el acceso a los derechos de asilo y protección internacional subsidiaria para los refugiados. Buena parte de nuestros potenciales huéspedes vienen en esa condición.Queremos mencionar en este punto las siguientes palabras del Papa Francisco: “Es trágico el aumento de los migrantes huyendo de la miseria empeorada por la degradación ambiental, que no son reconocidos como refugiados en las convenciones internacionales y llevan el peso de sus vidas abandonadas sin protección normativa alguna. Lamentablemente, hay una general indiferencia ante estas tragedias, que suceden ahora mismo en distintas partes del mundo. La falta de reacciones ante estos dramas de nuestros hermanos y hermanas es un signo de la pérdida de aquel sentido de responsabilidad por nuestros semejantes sobre el cual se funda toda sociedad civil” (LS 25).

c). El deber de cooperación internacional “clarividente” (CV 42) precisa una “moral de renovada solidaridad” en todos los órdenes: en cuestiones energéticas y de recursos, mayor socialización de la propiedad intelectual e industrial (CV 22), cuidado del medio ambiente (CV 50),  consolidación de instituciones  democráticas en los países de origen (CV 41) y legislación internacional garantista (CV 62). Las ayudas internacionales al desarrollo no deben  generar relaciones de dependencia (CV 58). Se debe incrementar el porcentaje del PIB para esta ayuda (CV 60). En este punto precisamos un urgente examen de conciencia: hemos hecho lo contrario en una proporción  que no se justifica por la crisis en España (Cfr. cap. 8, VII Informe Foessa 2014 de Caritas española). Del mismo modo, la enseñanza social de la Iglesia invita a la apertura de los mercados a los países del Sur para evitar el proteccionismo del Norte (SRS 45), así como a la regulación de los flujos financieros, a la lucha contra la corrupción y a dotar de estructura democrática y perfil ético a los organismos supranacionales (ONU, OMC, BM, FMI, etc.) (cfr. CV 67, CDSI  368- 374; 440-450). No es ahora el momento de ser más exhaustivo, pero este ramillete de citas muestra hasta qué punto la Iglesia está comprometida con estas cuestiones.

d). El deber de hospitalidad (PP 67) por razones humanitarias, de asilo y refugio nos evita repetir aquel triste: “…y los suyos no le recibieron”  (Jn 1,11). Es la respuesta al “no os olvidéis de la hospitalidad” (Hebr 13,2). En otro caso, la sociedad acabaría en “guerra de los poderosos contra los débiles” (EV 12), y pasaría de ser una sociedad de convivientes a una sociedad de excluidos, rechazados y eliminados (EV 18). Se trata de ejercer “la cercanía que nos hace amigos”. Por eso, nuestros hermanos y hermanas de otros países deber ser recibidos “en cuanto personas” y “ayudados junto con sus familiar a integrarse en la vida social” (CDSI 298, GS 66, OA 17, FC 77). Pío XII insistía en algo que hay que repetir hoy: los desplazamientos humanos no puede subordinarse a cálculos políticos o a los prejuicios demográficos, ni a las disposiciones legales de la sociedad (cfr. Levate capita). La incorporación social y eclesial de los migrantes reclama que  sean recibidos “en cuanto personas” y ayudados, junto con sus familias, a integrarse en la vida social. El estado de acogida debe favorecer la armónica integración (cfr. GS 66 y OA 17), facilitar la promoción profesional (OA 17, FC 77), el acceso a un alojamiento decente (OA 17), garantizar la protección jurídica de sus derechos, respetar su identidad cultural (FC 77), el trato igualitario con respecto a los nacionales (FC 77), permitir la posesión de la tierra necesaria para trabajar y vivir (FC 77) y vigilar el salario y las condiciones de trabajo (CA 15). Para ello, los sindicatos deberán ampliar su radio de acción a los emigrantes (CA 15). En la Iglesia y en la sociedad, los migrantes “tienen derecho a ser lo que son y especialmente a serlo entre nosotros3. En conclusión: “no existe el forastero para quien deba hacerse prójimo del necesitado” (EV 41c).Todo miembro de la Iglesia católica debe hacer suyas las palabras de Francisco: “Los migrantes me plantean un desafío particular por ser pastor de una Iglesia sin fronteras que se siente madre de todos. Por ello, exhorto a los países a una generosa apertura, que en lugar de temer la destrucción de la identidad local sea capaz de crear nuevas síntesis culturales. ¡Qué hermosas son las ciudades que superan la desconfianza enfermiza e integran a los diferentes, y que hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo! ¡Qué lindas son las ciudades que, aun en su diseño arquitectónico, están llenas de espacios que conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del otro! (EG 210). Si tenemos en cuenta que muchos refugiados sirios son musulmanes, no debemos olvidar que el mismo Papa Francisco, dice que “los cristianos deberíamos acoger con afecto y respeto a los inmigrantes del islam que llegan a nuestros países, del mismo modo que esperamos y rogamos ser acogidos y respetados en los países de tradición islámica” (EG 253).

Los medios de comunicación tienen una especial responsabilidad en fomentar una cultura del encuentro, frente a la cultura de rechazo,  desenmascarando estereotipos y ofreciendo información objetiva que facilite el paso de una actitud recelosa hacia otra facilitadora de la acogida (cfr. Francisco, “Emigrantes y refugiados: hacia un mundo mejor” 2014).

e). La regulación de los flujos de personas y sus límites. En general “las autoridades deben admitir a los extranjeros”, pero no es un deber absoluto: puede ser limitado por el  país de acogida (PT 106), pero siempre desde el bien común de la entera familia humana. Su finalidad no es preservar un bienestar elitista de la sociedad de acogida, al modo del rico Epulón frente al pobre Lázaro (Lc 16, 19-31; RH 16, SRS 16-19), ni legitimar la sima planetaria, expresión del “imperialismo del dinero” (QA 109) y visibilizada en que el “lujo pulula junto a la miseria” (GS 9b, 63). Ciertamente, un día  los “pueblos del Sur juzgarán a los del Norte” (Juan Pablo II, homilía en el aeropuerto de Namao en Canadá, 17 de septiembre de 1984). En suma, el referente ético de la regulación de los flujos no pueden ser los intereses egoístas del país receptor, sino que se fundamenta en “criterios de equidad y de equilibrio” (CDSI 298) y no en imperativos electoralistas o economicistas4. Precisamos un sistema de acogida urgente y sostenible en el tiempo con respeto exquisito a los derechos humanos y evitando legislar atajos, evitando una política migratoria centrada en el control de flujos.

f). Los principios de subsidiariedad y solidaridad son bidireccionales. Reclaman que el Estado y los organismos supraestatales y organizaciones internacionales asuman la responsabilidad indelegable que les corresponde en la tutela de los derechos de las personas desplazadas, y promuevan las condiciones de su plena incorporación a la sociedad y salvaguardando la cohesión social. Al mismo tiempo, la Iglesia muestra su disposición a colaborar con las entidades públicas en la acogida e integración de las personas que lleguen, desde su propia identidad y posibilidades, y sumando fuerzas para el logro del bien común.

g). Se precisa la creación de una autoridad supraestatal que regule los flujos de movilidad humana. Debe evitarse que determinados países estén blindados y otros se vean desbordados por una presión migratoria superior a su capacidad. El bien común universal, los derechos humanos y sucesivos tratados internacionales han limitado el principio de absolutización de las fronteras (derecho de injerencia humanitaria, derecho de asistencia humanitaria, normas de protección internacional para refugiados, etc.). La política común de migración y asilo debe estar basada en la solidaridad con las personas migradas y refugiadas y no en la solidaridad interesada entre los estados. Será preciso establecer rutas seguras y, sobre todo, soluciones duraderas que garanticen la plena integración de los refugiados. Como afirmaba Benedicto XVI, “para gobernar la economía mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis, para prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral, la seguridad alimenticia y la paz, para garantizar la salvaguardia del ambiente y regular los flujos migratorios, urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial” (LS 175).

h). Finalmente, el principio orientador general vinculante es que: “Todo emigrante  posee derechos inalienables en cualquier situación” (CV 62). “El primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad” (CV 26) (cfr. GS 63).  Por eso, los desplazados “no pueden ser considerados como una mercancía o una mera fuerza laboral” (CV 62). A la postre, no podemos realizar nuestra identidad contra la de otros más débiles, sino junto con ellos. Ello exige huir tanto  del asimilacionismo, que no respeta a la cultura de origen, como de la tentación de replegarnos en guetos que absoluticen las diferencias y obvien lo que nos debe vincular. El desafío es  crear una sana interculturalidad que rechace lo que desiguale y respete lo que diferencia en un marco de continuo diálogo, siempre respetuoso con la cultura de los derechos humanos y la democracia como expresión de la voluntad popular (cfr. CDSI 16 y 442).

¡MANOS A LA OBRA!

“La caridad de Cristo nos urge” (2 Cor 5,14). Nos toca comenzar ya a trabajar, ceñirnos el cinturón y ponernos en disposición de lavar los pies a los heridos de la vida. En la Iglesia nadie es extranjero. Las Iglesia no será jamás extranjera para ningún ser humano, decía san Juan Pablo II. Por eso, está llamada a “ser abogada de la justicia y defensora de los pobres” (DA 395). Nuestro objetivo debe ser que las personas que se acercan a nosotros, “se sientan como en su propia casa” (TMI 50). 

Pablo VI después de mirar a la cara en directo al dolor y a la miseria, exclamó: ¡Es hora de actuar! ¡El momento es apremiante! ¡No podemos esperar! Haciendo míos esos sentimientos y esas palabras, confiado en la fuerza de Dios y en vuestra plegaria, os convoco a las siguientes directrices de acción:

1º. Se constituye la Mesa por la hospitalidad de la Iglesia en Madrid. Será el órgano encargado de coordinar la oferta de ayuda de las instituciones, familias y particulares ante este problema. Se reunirá con carácter urgente hoy mismo, presidida por mí.

2º. Sin perjuicio de las directrices que esta Mesa vaya dando a conocer, pido a todas las instancias de la Iglesia en Madrid, a sus parroquias, a los sacerdotes, a la vida religiosa,  a los  movimientos, a los consagrados y consagradas, familias y fieles que disciernan evangélicamente qué actitudes profundas hemos de tener, evitar que se hagan guetos y ver qué inmuebles, recursos económicos, profesionales y humanos se pueden compartir y poner a disposición de la acogida de las personas que vengan. Todo ello sin olvidarnos de las distintas formas de pobreza que subsisten en nuestra archidiócesis y que están necesitadas de respuestas públicas de calidad. Hago literalmente mías las palabras del Papa ayer en el rezo del Ángelus cuando pedía que  “cada parroquia, cada comunidad religiosa, cada monasterio, acoja a una familia de prófugos, comenzando por mi diócesis de Roma. […] Frente a la tragedia de decenas de miles de prófugos, que huyen de la muerte por la guerra y por el hambre, y están en camino hacia una esperanza de vida, el Evangelio nos llama, nos pide ser prójimos de los más pequeños y abandonados, darles una esperanza concreta, no solamente pedirles valor y paciencia”.

3º. Tenemos que hacer las cosas bien. Las personas que llegan merecen una atención integral y un itinerario de inclusión social que tiene que ser estudiado para satisfacer todas sus necesidades, incluyendo las espirituales y religiosas. Queremos ejercer la hospitalidad, no almacenar personas. La capacidad y los medios para una respuesta estructural corresponden a las autoridades públicas con las que colaboraremos desde nuestras posibilidades.

4º. Pido una respuesta solidaria, organizada y sin protagonismos ni descalificaciones. Que cada uno aporte lo que pueda y deba. Tendremos que hacer un esfuerzo de coordinación que nos vendrá muy bien para ser uno. Ojalá podamos desarrollar una respuesta como Iglesia en Madrid y esta unidad se traduzca también a otros campos pastorales. Sería un regalo de Dios para nuestra Iglesia a través de los refugiados.  

5º. Los necesitados de última hora no compiten con los otros. Al contrario, nos obligan a revisar nuestras prácticas para mejorar la atención a aquellos y a estos. La política social de las distintas administraciones también se desafía: es preciso que, desde la atención a estos nuevos pobres, se articulen mejores respuestas para los antiguos y, sobre todo, se pongan en el centro de la acción política la lucha contra la exclusión y un modelo de desarrollo basado en la persona y en sus necesidades. 

6º. No renunciemos a nuestra especificidad. Encontrarnos solidariamente con hombres y mujeres de otros credos nos ayudará a construir nuevos caminos para la paz y el diálogo interreligioso. Os animo a orar incesantente por los perseguidos y a pedir luz y audacia al Señor para que sepamos ayudarlos. Perseverar en la gozosa experiencia de encuentro con Él en la plegaria y los sacramentos nos invitará a vivir con más intensidad su sueño sobre la humanidad y a disponernos con pasión a colaborar con Él.

Me gustaría que esta carta pastoral y su llamamiento llegasen no solo a nuestras comunidades cristianas, sino también a todos los hombres y mujeres de la archidiócesis con independencia de sus creencias religiosas. ¡Estoy  convencido de que lo que hagamos con las personas más vulnerables pone en juego nuestra propia dignidad como individuos y como sociedad! 

Que el buen Dios nos ayude a todos a acertar, aquí y en el origen de estas tragedias.

Os quiere y os bendice,

+Carlos

Arzobispo de Madrid


1. Papa Francisco, “Emigrantes y refugiados: hacia un mundo mejor”, Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado, 2014.

2. Carta Pastoral conjunta, “Juntos en el camino de la esperanza. Ya no somos extranjeros”, n. 34.

3. Pontificio Consejo Justicia y Paz, “La Iglesia ante el racismo. Para una sociedad más fraterna”, Ciudad del Vaticano 2001, 42.

4. Cfr. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2001,13.


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Las entidades de acción social de la Iglesia católica en España -Cáritas, la Comisión Episcopal de Migraciones, CONFER, HOSPITALIDAD y JUSTICIA promueven Oración especial por los refugiados


VIGILIA DE ORACIÓN


1.- Presentación

Como todos sabéis, el Mediterráneo está viviendo la mayor crisis de refugiados desde la II Guerra Mundial. El próximo lunes 14 de septiembre tendrá lugar una cumbre europea extraordinaria para dar respuesta a esta trágica situación. El objetivo principal de esta vigilia es invitar a toda la Iglesia en España a orar para que esta reunión y los líderes comunitarios den una respuesta humanitaria que ponga la vida y la dignidad de las personas en el centro; bajo una mirada integral que no nos bloquee en el inmediatismo, sino que vaya a sus causas profundas.

"Queridos hermanos y hermanas:

la Misericordia de Dios viene reconocida a través de nuestras obras […] Ante la tragedia de decenas de miles de refugiados que huyen de la muerte por la guerra y el hambre, y que han emprendido una marcha movidos por la esperanza vital, el Evangelio nos llama a ser "próximos" a los más pequeños y abandonados. A darles una esperanza concreta." (Ángelus, 6 de septiembre de 2015)

"La necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no puede esperar, no solo por una exigencia pragmática de obtener resultados y de ordenar la sociedad, sino para sanarla de una enfermedad que la vuelve frágil e indigna y que solo podrá llevarla a nuevas crisis. Los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, solo deberían pensarse como respuestas pasajeras." (EG)

2.- Canto

3.- Palabra de Dios

Mt. 25, 31-46

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, con todos sus ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros, como separa el pastor las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda. 2

Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: "Venid vosotros, a quienes mi Padre ha bendecido; recibid vuestra herencia, el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me disteis alojamiento; necesité ropa, y me vestisteis; estuve enfermo, y me atendisteis; estuve en la cárcel, y me visitasteis." Y le contestarán los justos: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o falto de ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos?" El Rey les responderá: "Os aseguro que todo lo que hicisteis por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, por mí lo hicisteis."

Después dirá a los que estén a su izquierda: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis nada de comer; tuve sed, y no me disteis nada de beber; fui forastero, y no me disteis alojamiento; necesité ropa, y no me vestisteis; estuve enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis." Ellos también le contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o como forastero, o necesitado de ropa, o enfermo, o en la cárcel, y no te ayudamos?" Él les responderá: "Os aseguro que todo lo que no hicisteis por el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicisteis por mí."

Aquéllos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.

4.- Nuestras respuestas

"Los migrantes me plantean un desafío particular por ser Pastor de una Iglesia sin fronteras que se siente madre de todos. Por ello, exhorto a los países a una generosa apertura, que en lugar de temer la destrucción de la identidad local sea capaz de crear nuevas síntesis culturales. ¡Qué hermosas son las ciudades que superan la desconfianza enfermiza e integran a los diferentes, y que hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo! ¡Qué lindas son las ciudades que, aun en su diseño arquitectónico, están llenas de espacios que conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del otro!" (EG 210)

"La Iglesia cuenta con una larga experiencia de trabajo sobre la realidad de la migración y el refugio, tanto en las regiones de origen como en los países de tránsito y de acogida. Conocemos tanto sus causas como las necesidades de acompañamiento y protección de cada una de las personas que abandonan sus hogares en busca de justicia, libertad y dignidad." (Nota informativa, 8 de septiembre de 2015)

"se necesita por parte de todos un cambio de actitud hacia los inmigrantes y los refugiados, el paso de una actitud defensiva y recelosa, de desinterés o de marginación 3

–que, al final, corresponde a la ‘cultura del rechazo’- a una actitud que ponga como fundamento la ‘cultura del encuentro’, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno, un mundo mejor." (Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2014)

"No vale decir solo: '¡Ánimo, paciencia!...' La esperanza cristiana es combativa, con la tenacidad de quien va hacia una meta segura. Por tanto, […] hago un llamamiento a las parroquias, a las comunidades religiosas, a los monasterios y a los santuarios de toda Europa para que expresen la concreción del Evangelio y acojan a una familia de refugiados". (Ángelus, 6 de septiembre de 2015)

"No estamos sólo ante una crisis humana, sino ante la evidencia de un fracaso absoluto de las políticas europeas de migración y de cooperación, que han estado más preocupadas en cerrar las fronteras a cualquier precio antes que ocuparse de la desesperada situación de miles de seres humanos o de la obligada protección de sus derechos humanos. No se trata únicamente de una crisis de refugiados. Y no podemos ni debemos quedarnos sólo en una respuesta de emergencia a todas esas personas que, efectivamente, necesitan de nuestra protección." (Nota informativa, 8 de septiembre de 2015)

"Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad" (EG, 187), "lo cual implica tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza y para promover el desarrollo integral de los pobres, como los gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas que encontramos" (EG, 188)

"Se ha desarrollado una globalización de la indiferencia" y una "cultura del bienestar" que "nos anestesia" (EG, 54) "La necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no puede esperar, no solo por una exigencia pragmática de obtener resultados y de ordenar la sociedad, sino para sanarla de una enfermedad que la vuelve frágil e indigna y que solo podrá llevarla a nuevas crisis. Los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, solo deberían pensarse como respuestas pasajeras. Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales" (EG, 202)

"Nos preocupa, en ese sentido, el riesgo para la convivencia que supone la consolidación del mensaje que se escucha estos días de "refugiados sí, migrantes no". Debemos ser capaces de romper ese mensaje, trasladando a toda la opinión pública y a nuestros espacios y comunidades eclesiales la complejidad de las causas comunes que motivan la movilidad humana, ya se trata de refugio o de migración, como ámbitos inseparables e íntimamente relacionados. Urge, por ello, recordar la inspiración evangélica de nuestro compromiso, que ante la pregunta «Señor, ¿cuándo 4

te vimos forastero, y te acogimos?», Dios Padre nos responde: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,31-46)." (Nota informativa, 8 de septiembre de 2015)

"Buscar un desarrollo auténtico e integral, trabajar para que haya condiciones de vida dignas para todos, para que sea respetada, custodiada y cultivada la creación que Dios nos ha entregado… Nuestro corazón desea ‘algo más’,… El mundo sólo puede mejorar si la atención primaria está dirigida a la persona, si la promoción de la persona es integral, en todas sus dimensiones, incluida la espiritual; si no se abandona a nadie, comprendidos los pobres, los enfermos, los presos, los necesitados, los forasteros (cf. Mt 25,31-46); si somos capaces de pasar de una cultura del rechazo a una cultura del encuentro y de la acogida." (Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2014)

"…no podemos limitarnos a correr tras las emergencias. El fenómeno se ha manifestado ya en toda su amplitud y de una forma que hace época. Ha llegado el momento de enfrentarlo con una perspectiva política seria y responsable que toque todos los niveles: mundial, continental, de macro-regiones, de relaciones entre las naciones, hasta el ámbito nacional y local." (Discurso a Embajadores, 15 de mayo de 2014)

5.- Un gesto

Escribir en un pequeño trozo de papel aquella palabra o frase que más resuene en nosotros. Tal vez, una petición, un ofrecimiento,… A medida que vamos escribiendo la frase la depositamos en una cesta junto al altar. Este gesto irá acompañado de un ambiente que ayude a la oración. Se invita a que ese texto, petición, etc. acompañe nuestra oración de esta semana rezando especialmente por los frutos de la cumbre del 14.

6.- Peticiones

En esta fecha en la que recordamos a aquellas personas que tienen que dejar su tierra huyendo de la muerte y buscando una vida más digna, pidamos al Dios de Bondad que en su caminar encuentren en nuestras comunidades una mano amiga, un futuro mejor y una vida con mayores condiciones de igualdad. A cada petición respondamos:

DIOS PEREGRINO: DANOS VIDA EN ABUNDANCIA

Pedimos por la Iglesia

1. Por la Iglesia, la familia de los hijos de Dios, para que viva y promueva en todo el 5

mundo la fraternidad y la hospitalidad con los migrantes y refugiados: Roguemos al Señor…

Pedimos por los gobernantes

2. Por los gobernantes y legisladores, para que dejándose guiar por los valores del Evangelio, definan políticas y leyes que promuevan y defiendan la dignidad y los derechos de todas las personas, especialmente de los y las migrantes: Roguemos al Señor.

Pedimos por la Cumbre Europea

3.- Por los líderes comunitarios que se reunirán en la Cumbre el próximo lunes 14 de septiembre, para que den una respuesta humanitaria y generosa que ponga la vida y la dignidad de las personas en el centro: Roguemos al Señor.

Pedimos por los migrantes

4. Por todos los migrantes y refugiados, para que sean reconocidos en sus derechos y valores, acogidos y ayudados y puedan integrarse humanamente en los distintos países en los que están en diáspora: Roguemos al Señor.

Pedimos por las instituciones que trabajan por la integración y la convivencia

5. Por las instituciones que acompañan a las personas que buscan un futuro mejor, algunas que vienen desde situaciones de conflicto, para que el Señor les ayude a ser testigos de su amor misericordioso para con ellos/as: Roguemos al Señor.

Pedimos por nuestras comunidades

6. Por nuestras comunidades, para que sepamos transformarlas en espacios de convivencia y solidaridad con los hermanos y hermanas que llegan de otros países: Roguemos al Señor.

Pedimos por la paz

7. Por el mundo y cada uno de nosotros, para que seamos constructores de la paz en un proceso dinámico y participativo, combatiendo la guerra, los conflictos, la violencia, la discriminación y la opresión: Roguemos al Señor.

Pedimos por cada uno de nosotros

8. Por todos nosotros, para que la celebración de esta Vigilia nos una más a Jesucristo y 6

a toda Iglesia en una respuesta solidaria y generosa ante el drama que estamos viviendo: Roguemos al Señor

7.- Canto

8.- Oración final

Viajar hacía Ti, eso es vivir. Partir es un poco morir; Llegar nunca es llegar definitivo hasta descansar en Ti. Tú, Señor, conociste la migración, Y la hiciste presente a todo hombre que comprende qué es vivir Y quiere llegar seguro al puerto de la vida. Tú sacaste de su tierra a Abraham, padre de todos los creyentes. Tú recordaste cuáles eran los caminos para llegar a Ti, Por los profetas y los apóstoles. Tú mismo te hiciste migrante del cielo a la tierra en el seno de tu Madre, apenas concebido, en tu precipitada fuga a Egipto, por los caminos sembrando el Evangelio, multiplicando el pan, sanando a los enfermos y regresando al Padre en tu ascensión. Concédenos fe inconmovible, esperanza confiada y alegre, caridad ardiente y generosa, para emigrar con paz en el alma y llegar hasta Ti cada día, y el último día. Amén

(Mons. Francisco Valdés Obispo de Osorno (1908—1982)

9.- Bendición


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Mi?rcoles, 09 de septiembre de 2015

Mensaje del Santo Padre al encuentro peace is possible de la Comunidad de San Egidio, que reúne durante tres días en Tirana a 400 jefes religiosos y a representantes de las distintas tradiciones culturales. Madrid,07 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

  

Ilustres representantes de las Iglesias y Comunidades cristianas y de las grandes religiones mundiales,

les envío mi más sincero saludo al tiempo que manifiesto mi proximidad espiritual al Encuentro Internacional por la Paz que la Comunidad de Sant'Egidio ha organizado en Tirana. 

Estos encuentros siguen el surco que abrió san Juan Pablo II con el primer e histórico Encuentro de Asís en octubre de 1986. Desde entonces se ha desarrollado una peregrinación de hombres y mujeres de distintas religiones que, de año en año, ha ido cumpliendo etapas en distintas ciudades del mundo. Mientras cambian los escenarios de la historia y los pueblos están llamados a confrontarse con transformaciones profundas y a veces dramáticas, se ve cada vez más la necesidad de que los seguidores de religiones diferentes se encuentren, dialoguen, caminen juntos y colaboren por la paz, en aquel "espíritu de Asís" que alude al luminoso testimonio de san Francisco.

Este año han decidido hacer una etapa en Tirana, capital de un país que se ha erigido en símbolo de la convivencia pacífica entre las religiones, tras una larga historia de sufrimiento. Es una decisión que comparto, como manifesté con la visita que hice a Tirana en septiembre del año pasado. Quise elegir Albania como el primero de los países europeos que visité precisamente para alentar el camino de convivencia pacífica tras las trágicas persecuciones que sufrieron los creyentes albaneses el siglo pasado. La larga lista de mártires todavía habla hoy de aquel período oscuro, pero habla también de la fuerza de la fe que no se deja doblegar por la prepotencia del mal.

La decisión de excluir a Dios de la vida de un pueblo no ha sido tan fuerte en ningún otro país del mundo: el mero hecho de tener un signo religioso bastaba para ser castigado con la cárcel o incluso con la muerte. Esa triste primacía marcó profundamente al pueblo albanés hasta el momento de recuperar la libertad, cuando los miembros de las distintas comunidades religiosas, que habían experimentado un sufrimiento común, volvieron a convivir en paz.

Por eso, queridos amigos, les agradezco especialmente que hayan elegido Albania. Querría reafirmar junto a ustedes lo que dije el año pasado en Tirana: "Lo que sucede en Albania demuestra en cambio que la convivencia pacífica y fructífera entre personas y comunidades que pertenecen a religiones distintas no solo es deseable, sino posible y realizable de modo concreto" (Encuentro con las autoridades, 21 de septiembre de 2014). Eso es el Espíritu de Asís: vivir juntos en paz, recordando que la paz y la convivencia tienen una base religiosa. ¡La oración siempre es la base de la paz!

Y precisamente porque se basa en Dios, "la paz siempre es posible", como reza el título de su Encuentro de este año. Es necesario reafirmar esas verdades sobre todo hoy, cuando en algunas partes del mundo parecen prevalecer la violencia, las persecuciones y los abusos contra la libertad religiosa, junto a la resignación ante los conflictos que asolan el mundo. ¡Nunca debemos resignarnos a la guerra! Y tampoco podemos ser indiferentes ante quien sufre por la guerra y la violencia. Por eso elegí como tema del próximo Día Mundial de la paz: "Vence la indiferencia y conquista la paz".

Pero también es violencia levantar muros y barreras para detener a quien busca un lugar de paz. Es violencia expulsar a quien huye de condiciones inhumanas esperando un futuro mejor. Es violencia descartar a los niños y a los ancianos de la sociedad e incluso de la vida. Es violencia hacer más grande el foso que existe entre quien malgasta lo que es superfluo y quien no tiene ni siquiera lo más necesario. 

En este mundo nuestro, la fe en Dios hace que creamos y que gritemos que la paz es posible. Como creyentes estamos llamados a recuperar aquella vocación universal por la paz que contienen nuestras distintas tradiciones religiosas, y a reproponerla con valentía a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo. Y reafirmo cuanto dije a ese respecto en Tirana hablando a los líderes religiosos: "La religión auténtica es fuente de paz y no de violencia. Nadie puede usar el nombre de Dios para cometer violencia. Matar en nombre de Dios es un gran sacrilegio. Discriminar en nombre de Dios es inhumano" (Discurso en el Encuentro interreligioso).

Queridos amigos, afirmar que la paz siempre es posible no es una afirmación ingenua, sino que manifiesta nuestra fe de que para Dios no hay nada imposible. Evidentemente, es necesaria nuestra participación personal y la participación de nuestras comunidades para el gran trabajo de la paz. Que de la tierra de Albania, tierra de mártires, pueda surgir una nueva profecía de paz. Me uno a todos ustedes para que, en la variedad de las tradiciones religiosas, podamos continuar viviendo la pasión común por el crecimiento de la convivencia pacífica entre todos los pueblos de la tierra. 

Vaticano, 29 de agosto de 2015
Día de recuerdo del martirio de san Juan Bautista.

Francisco

(Texto ofrecido en español por la Comunidad de Sant'Egidio)


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Carta pastoral del arzobispo de Madrid, Mons. Carlos Osoro Sierra. Madrid,03 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

El título de la carta pastoral del arzobispo de Madrid, Mons. Carlos Osoro Sierra, para esta semana es "Nunca robemos la dignidad del hombre". A continuación publicamos el texto íntegro de la misma:

Al comenzar mi encuentro con vosotros de todas las semanas, quiero hablaros del resumen que hace el Señor de los mandamientos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. ¿Por qué? En estos meses de verano y en los días presentes, estamos leyendo, oyendo y viendo por los diferentes medios de comunicación social las frecuentes tensiones que amenazan la paz y la convivencia entre los hombres de todos los pueblos, aunque muy especialmente algunos se encuentren afectados con más crudeza. El fenómeno migratorio constituye un dato importante en las relaciones entre los países y los pueblos. Proviene de desigualdades injustas e insidiosas, y de derechos no reconocidos al acceso a los bienes más esenciales: comida, agua, casa, salud, trabajo, paz, vida de familia. Los inmigrantes buscan mejores condiciones de vida o salidas en búsqueda de paz y de salvar sus vidas y las de sus familias, y llaman a las puertas de Europa. Los problemas que surgen para su acogida solamente se pueden resolver colaborando todos los países y teniendo como meta el respeto a la persona: el hombre es el valor fundamental, vale más que todas las estructuras sociales en las que participa. La persistente desigualdad en el ejercicio de los derechos humanos fundamentales ahoga a tantos hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos. Es un imperativo para todos el reconocimiento de la igualdad esencial entre las personas humanas. Nace de su misma dignidad trascendente y está inscrita en la gramática natural que se desprende cuando contemplamos el proyecto de Dios sobre toda la creación. Contemplemos al ser humano desde el valor que Dios le da.

¡Qué hondura tiene contemplar y acoger lo que dice la Sagrada Escritura sobre el ser humano! En esa contemplación escuchamos: “Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó” (Gn 1, 27). Y en esa contemplación descubrimos las consecuencias que tiene tal hechura humana: por haber sido creado a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona. No es algo, es alguien con capacidad de conocerse, poseerse, entregarse libremente y entrar en comunión con otras personas. Por pura gracia está llamado a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y amor que nadie puede dar en su lugar (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 357). Solamente desde el horizonte que Dios le ha dado, se puede comprender al ser humano. Desde esta perspectiva admirable en todos los aspectos es desde donde podemos comprender la tarea que le ha confiado al ser humano de madurar en su capacidad de amor y de hacer progresar el mundo en justicia, verdad, paz, fraternidad, unidad, defensa de la vida y ver al prójimo como a uno mismo. Hay urgencia y necesidad de anunciar el Evangelio, de entregar la alegría del Evangelio, en un mundo de muchas conquistas, de grandes descubrimientos, pero de grandes robos de la dignidad de las personas. Jesús ha venido a este mundo a darnos su vida para que aprendamos a enriquecer al ser humano, para que descubramos que vivir junto a los otros es siempre enriquecerlos en su verdad plena, en la justicia verdadera.

Como nos ha dicho el Papa Francisco en la bula del Jubileo de la Misericordia, “el amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad con nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría, serenos. [...] Como ama el Padre, así aman los hijos” (Misericordiae vultus, 23). Hoy ese amor en nuestra vida tiene rostros concretos en los que se debe mostrar: los refugiados, los emigrantes, los pobres. ¡Qué bien lo decía san Agustín! “Dios, que nos ha creado sin nosotros, no ha querido salvarnos sin nosotros” (Sermón 169, 11, 13: PL 38, 923). En el origen de las tensiones, luchas y enfrentamientos entre nosotros, que nacen de las frecuentes afrentas de la dignidad de todo ser humano, la Iglesia se hace pregonera de los derechos fundamentales de cada persona que habita esta tierra. La convivencia y el logro de la fraternidad entre los hombres necesita que se establezca un límite claro entre lo que es disponible y lo que no lo es: no se puede disponer de la persona, no se le puede robar su dignidad, hay que respetar los derechos que le ha dado el mismo Creador. Y todos, personas, instituciones y fuerzas sociales, hemos de buscar no hacer intromisiones indebidas en ese patrimonio indisponible del ser humano.

La persona emigrante, refugiada, prófuga, desplazada, objeto de trata, pobre en todas sus dimensiones, quien por diversas causas y motivos tiene que marchar fuera de su país de origen, tiene derecho a encontrarse con quien les diga como el apóstol Pablo: “También yo fui conquistado por Cristo Jesús”. Añadió algo fundamental: “Sed imitadores míos” (cf. Fil 3, 12-17). Y es que, quien se ha dejado conquistar por Cristo, tiene su Vida e imita a Cristo, da siempre como Jesucristo hasta su vida, construye, rehace a quien se encuentra, le hace vivir desde la profundidad a la que él ha llegado con Jesucristo, pone fundamentos a su vida que le hacen no solo vivir seguro a él, sino también da seguridad a quien se encuentra en el camino. Trabajemos incansablemente por quienes llegan de otros lugares. Hagamos que se reconozcan sus derechos, y todo lo que está en nuestra mano para que todos los que llegan encuentren hermanos que les reconocen en su dignidad de “imagen y semejanza de Dios”. Esto es un don y una tarea inaplazable. El don nos ha sido regalado por Dios; Él desea que esta tarea la hagamos con quienes nos encontremos, reconociendo la grandeza de ese don y haciendo lo posible para que se desarrolle en su plenitud.

Vivir en la alegría del Evangelio no es secundario. Cuanto más unidos estemos a Jesucristo, más solícitos seremos con el prójimo, más reconoceremos su dignidad; nos sentiremos “hermanos”, y veremos cómo el tesoro de la fraternidad nos hace practicar la hospitalidad. ¿Cómo no vamos a hacernos cargo de las personas que se encuentran en penuria, en situaciones y condiciones difíciles? ¿Cómo no salir al encuentro de quien tiene necesidad de que se le reconozca su dignidad? ¿Qué dignidad? No existe otra más sublime y suprema que la que da Dios mismo a todas las personas sin excepción. Los seres humanos no podemos poner medidas que limitan el reconocimiento de esa dignidad, sin caer nosotros mismos en el abismo de la indignidad. “No os olvidéis de mostrar hospitalidad, porque por ella, sin saberlo, algunos hospedaron ángeles” (Hebreos 13, 2). La construcción de un mundo habitable, de esta “casa de todos” en la que nadie tiene que desplazarse forzosamente, no es cuestión secundaria, sino fundamental. El Dios que se revela en Jesucristo exige construir la convivencia desde derechos inalienables, iguales para todos. Su fundamento y garante es Dios. Nosotros somos llamados a ser “guardianes de nuestros hermanos” (Gen. 4, 9).

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos, Arzobispo de Madrid


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Martes, 08 de septiembre de 2015

'Palabra y Vida' del arzobispo de Barcelona. Barcelona,06 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

La maternidad de la Iglesia

Por Card. Lluís Martínez Sistach

El 8 de septiembre es la fiesta del nacimiento de la Virgen María, día en que celebran la fiesta patronal muchos de los santuarios marianos de nuestro país. Otros años he aprovechado esta fiesta para hablar de la presencia de la Virgen en nuestra tierra, una presencia tan numerosa y tan arraigada que ha marcado profundamente nuestra historia.

Este año quisiera comentar cómo María ha de inspirar la dimensión maternal de la Iglesia. El papa Francisco, profundamente devoto de la Virgen, ha hablado de la maternidad de la Iglesia en varias ocasiones. La maternidad, a nivel humano, ya indica proximidad, misericordia, acogida y cuidado del hijo. Y la Iglesia está llamada a actuar con entrañas de misericordia, con proximidad a las personas, con espíritu de acogida y de comprensión.

“La madre da afecto, acaricia, toca, besa, ama. Cuando la Iglesia, ocupada en mil cosas, no tiene cuidado de la proximidad y se comunica sólo con documentos, es como una madre que se comunicara con sus hijos sólo por carta”, declaró el Papa con motivo de la visita pastoral a Brasil. En esta visita, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Río de Janeiro, tuvo una especial significación el discurso que el Papa dirigió a los obispos del país.

La Iglesia -dijo Francisco a los obispos-, como manifestación que es del Reino de Dios, es la expresión del amor de la Santísima Trinidad. “Por eso somos invitados repetidamente a ser una Iglesia que da a luz, que amamanta, hace crecer, corrige, alimenta, que enseña a caminar dando la mano... Tenemos necesidad, pues, de una Iglesia que sea capaz de redescubrir las entrañas maternales de la misericordia. Sin la misericordia poco se puede hacer hoy para integrarse en un mundo de personas heridas, que necesitan comprensión, perdón y amor.”

En la maternidad de la Iglesia, podemos captar también la manera de la transmisión de la fe. Esta transmisión comporta siempre una relación personal, un contacto testimonial de persona a persona. La transmisión de documentos o de noticias -hoy tan facilitada por las nuevas tecnologías- tiene una función valiosa, pero no es suficiente. Por eso es sobre todo en la relación entre las personas, en el encuentro -un concepto muy presente en las enseñanzas del papa Francisco- donde nos podemos acercar a aquella proximidad que ayuda a crear, ya en esta tierra, el cielo nuevo y la tierra nueva de que nos habla la Sagrada Escritura.

En el pensamiento del Santo Padre esta dimensión maternal de la Iglesia debe manifestarse también en su capacidad de ir al encuentro de los pobres, que hoy y siempre son los destinatarios privilegiados del Evangelio. Este encuentro con los pobres se produce cuando la Iglesia misma es sencilla y pobre. Por eso ha pasado a ser emblemático el deseo que Francisco expresó en el primer encuentro con los medios de comunicación tras ser elegido: “¡Cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!”.


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Como cada domingo, el papa Francisco rezó el Ángelus desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico, ante una multitud que le atendía en la Plaza de San Pedro. Ciudad del Vaticano,06 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

"Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy relata la curación de un sordomudo por parte de Jesús, un acontecimiento prodigioso que muestra cómo Jesús restablece la plena comunicación del hombre con Dios y con los demás hombres. El milagro está ambientado en la zona de la Decápolis, es decir, en pleno territorio pagano; por lo tanto, aquel sordomudo que es llevado ante Jesús se transforma en el símbolo del no creyente que cumple un camino hacia la fe. En efecto, su sordera expresa la incapacidad de escuchar y de comprender no solo las palabras de los hombres, sino también la Palabra de Dios. Y san Pablo nos recuerda que “la fe nace de la escucha de la predicación”.

La primera cosa que Jesús hace es llevar a aquel hombre lejos de la multitud: no quiere dar publicidad al gesto que va a realizar, pero no quiere tampoco que su palabra sea cubierta por el estruendo de las voces y las habladurías del entorno. La Palabra de Dios que Cristo nos transmite necesita de silencio para ser acogida como Palabra que sana, que reconcilia y restablece la comunicación.

Se evidencian después dos gestos de Jesús. Él toca las orejas y la lengua del sordomudo. Para restablecer la relación con aquel hombre “bloqueado” en la comunicación, busca primero restablecer el contacto. Pero el milagro es un don que viene de lo alto, que Jesús implora al Padre; por eso, levanta los ojos al cielo y ordena: '¡Ábrete!' Y las orejas del sordo se abren, se desata el nudo de su lengua y comienza a hablar correctamente.

La enseñanza que sacamos de este episodio es que Dios no está cerrado en sí mismo, sino que se abre y se pone en comunicación con la humanidad. En su inmensa misericordia, supera el abismo de la infinita diferencia entre Él y nosotros, y sale a nuestro encuentro. Para realizar esta comunicación con el hombre, Dios se hace hombre: no le basta hablarnos a través de la ley y los profetas, sino que se hace presente en la persona de su Hijo, la Palabra hecha carne. Jesús es el gran “constructor de puentes” que construye en sí mismo el gran puente de la comunión plena con el Padre.

Pero este Evangelio nos habla también de nosotros: a menudo nosotros estamos replegados y encerrados en nosotros mismos, y creamos muchas islas inaccesibles e inhóspitas. Incluso las relaciones humanas más elementales a veces crean realidades incapaces de apertura recíproca: la pareja cerrada, la familia cerrada, el grupo cerrado, la parroquia cerrada, la patria cerrada. Y esto no es de Dios. Esto es nuestro. Es nuestro pecado.

Sin embargo, en el origen de nuestra vida cristiana, en el Bautismo, están precisamente aquel gesto y aquella palabra de Jesús: '¡Effetá! - ¡Ábrete!'. Y el milagro se ha cumplido: hemos sido curados de la sordera del egoísmo y del mutismo de la cerrazón, y del pecado, y hemos sido insertados en la gran familia de la Iglesia; podemos escuchar a Dios que nos habla y comunicar su Palabra a cuantos no la han escuchado nunca, o a quien la ha olvidado y sepultado bajo las espinas de las preocupaciones y de los engaños del mundo.

Pidamos a la Virgen Santa, mujer de la escucha y del testimonio alegre, que nos sostenga en el compromiso de profesar nuestra fe y de comunicar las maravillas del Señor a los que encontramos en nuestro camino".

Al término de estas palabras, el Santo Padre rezó la oración mariana:

Angelus Domini nuntiavit Mariae...

Al concluir la plegaria, el Pontífice se refirió a la crisis de los refugiados en Europa:

"Queridos hermanos y hermanas,

la Misericordia de Dios viene reconocida a través de nuestras obras, como nos ha testimoniado la vida de la beata Madre Teresa de Calcuta, de la que ayer se ha conmemorado el aniversario de su muerte.

Ante la tragedia de decenas de miles de refugiados que huyen de la muerte por la guerra y el hambre, y que han emprendido una marcha movidos por la esperanza vital, el Evangelio nos llama a ser “próximos” a los más pequeños y abandonados. A darles una esperanza concreta. No vale decir solo: '¡Ánimo, paciencia!...' La esperanza cristiana es combativa, con la tenacidad de quien va hacia una meta segura.

Por tanto, ante la proximidad del Jubileo de la Misericordia, hago un llamamiento a las parroquias, a las comunidades religiosas, a los monasterios y a los santuarios de toda Europa para que expresen la concreción del Evangelio y acojan a una familia de refugiados. Un gesto concreto en preparación al Año Santo de la Misericordia.

Que cada parroquia, cada comunidad religiosa, cada monasterio, cada santuario de Europa acoja a una familia, comenzando por mi diócesis de Roma.

Me dirijo a mis hermanos los Obispos de Europa, verdaderos pastores, para que en sus diócesis apoyen mi llamamiento, recordando que Misericordia es el segundo nombre del Amor: 'Todo lo que hayáis hecho en favor del más pequeño de mis hermanos, a mí me lo habéis hecho'.

También las dos parroquias del Vaticano acogerán en los próximos días a dos familias de refugiados".

El Papa prosiguió su discurso recordando los problemas fronterizos entre Venezuela y Colombia:

"Ahora diré unas palabras en español sobre la situación entre Venezuela y Colombia.

En estos días, los Obispos de Venezuela y Colombia se han reunido para examinar juntos la dolorosa situación que se ha creado en la frontera entre ambos Países. Veo en este encuentro un claro signo de esperanza. Invito a todos, en particular a los amados pueblos venezolano y colombiano, a rezar para que, con un espíritu de solidaridad y fraternidad, se puedan superar las actuales dificultades".

Francisco también recordó la beatificación en Gerona de tres religiosas mártires:

"Ayer en Gerona, en España, han sido proclamadas beatas Fidela Oller, Josefa Monrabal y Facunda Margenat, hermanas del Instituto de Religiosas de San José de Gerona, asesinadas por su fidelidad a Cristo y a la Iglesia. A pesar de las amenazas y las intimidaciones, estas mujeres permanecieron valientemente en su lugar para asistir a los enfermos, confiando en Dios. Su heroico testimonio, hasta la efusión de la sangre, conceda fortaleza y esperanza a cuantos hoy son perseguidos por su fe cristiana. Y sabemos que son muchos".

Sobre la XI edición de los Juegos Africanos, el Pontífice dijo:

"Hace dos días se han inaugurado en Brazaville, capital de la República del Congo, los undécimos Juegos Africanos, en los que participan miles de atletas de todo el continente. Deseo que esta gran fiesta del deporte contribuya a la paz, a la fraternidad y al desarrollo de todos los países de África. Saludo, saludemos a los africanos que están haciendo estos undécimos Juegos".

A continuación llegó el turno de los saludos que tradicionalmente realiza el Santo Padre:

"Saludo cordialmente a todos ustedes, queridos peregrinos que han venido de Italia y de varios países; en particular, al coro "Harmonia Nova" de Molvena, a las Hijas de la Cruz, a los fieles de San Martino Buon Albergo y Caldogno, y a los jóvenes de la diócesis de Ivrea, que han llegado a Roma a pie por la Vía Francígena".

Como de costumbre, el papa Francisco concluyó su intervención diciendo:

"A todos les deseo un buen domingo. Y por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!"

(Texto traducido y transcrito del audio por ZENIT)


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Lunes, 07 de septiembre de 2015

¿Condenados al silencio? Por Mons. Enrique Díaz Díaz. San Cristóbal de las Casas,05 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

XXIII Domingo Ordinario

Isaías 35, 4-7: “Se iluminarán los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos se abrirán”
Salmo 145: “Alaba, alma mía, al Señor”
Santiago 2, 1-5: “Dios ha elegido a los pobres del mundo para hacerlos herederos del Reino”
San Marcos 7, 31-37: “Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”

“Humanamente hablando, la palabra, nuestra palabra humana, es casi una nada de la realidad, un suspiro. Apenas pronunciada, desaparece. Parece ser nada. Pero ya la palabra humana tiene un fuerza increíble. Son las palabras que luego crean la historia, son las palabras que dan forma a los pensamientos, los pensamientos de los cuales viene la palabra. Es la palabra que forma la historia, la realidad. Y si hablamos de la Palabra de Dios es el fundamento de todo, es la verdadera realidad”. Así iniciaba el Papa Benedicto su meditación en el Sínodo de la Palabra, recordándonos la fragilidad y grandeza de la palabra. Hemos vivido días de turbulencia donde la palabra pretende ser ahogada como si ahogando la palabra se destruyera la verdad: periodistas asesinados, condena de manifestaciones, hombres y mujeres obligados al silencio, mensajes comprados e historia inventada… pero la verdad va más allá de las manipulaciones. No podemos guardar silencio porque nos convertiríamos en cómplices. El pueblo tiene derecho a decir su palabra y a escuchar la verdad. ¡Con mucha mayor razón tiene derecho a escuchar la PALABRA y a pronunciar LA PALABRA!

Es una de las limitaciones que más presentan los hermanos en nuestras visitas a sus comunidades, la imposibilidad de comunicar sus necesidades, sus problemas y buscar canales para que sus solicitudes lleguen a su destino. “A los pobres no nos hacen caso”, es con frecuencia su queja y van buscando personas que den voz que pueda ser escuchada. Nos encontramos en un país de sordos y mudos. Los que tienen las graves necesidades y los muchos problemas, por más que se cansen de gritar, de pedir y de demostrar, no son escuchados. Quienes tienen la autoridad, el poder, el dinero y las posibilidades de solucionar problemas, se han vuelto incapaces de escuchar los gritos de angustia y de dolor del pueblo. En nuestro tiempo, se ha recrudecido este problema fundamental de la comunicación y el lenguaje. En lugar de hacer más fácil el entendernos, nos quedamos solos, nos aislamos o solamente nos relacionamos con nuestro grupito.

El Papa Francisco ha elevado su voz pidiéndonos que escuchemos un grito angustioso y ensordecedor de la hermana tierra que gime en dolores de agonía. Ha intentado quitar el velo que nos impide descubrir las necesidades y el hambre de hermanos cercanos a nuestras fronteras que mueren de hambre y sed. Estamos voluntariamente sordos para no escuchar el dolor; nos volvemos neciamente mudos para no pronunciar palabra frente a las injusticias. Dejamos que los hermanos se desgarren en su dolor y en su soledad sin pronunciar palabra. Les negamos el encuentro cálido, cordial y amable que esperarían de nosotros. Los vemos como extraños y alejados, más del corazón que en la distancia; no somos capaces de escucharlos, entenderlos y atenderlos como hermanos. Así, terminamos agobiados por nuestro propio aislamiento, vivimos en soledad y no nos sentimos comprendidos ni amados por nadie. Sería hoy muy importante examinar por qué me cierro frente a determinadas personas o grupos, mirar cuándo y dónde pongo oídos sordos, y buscar las razones por las que no me solidarizo, ni me comunico y quedo en soledad. Frecuentemente las causas de esta incomunicación, indiferencia y aislamiento, tienen su raíz en el egoísmo, la desconfianza y la falta de solidaridad. La imagen del sordomudo podría también representar a las personas incomunicadas no solamente con sus semejantes, sino también con Dios. No tenemos tiempo para escuchar su palabra, no queremos oír sus mensajes, no estamos dispuestos a dejarlo entrar en nuestro ámbito interior.

Me impresiona la forma en que Cristo cura al sordomudo: “El lo apartó a un lado de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva”, es todo un ritual de acercamiento y atención personalizada. Es lo que requiere la comunicación. No se trata a la persona como si fuera una ficha o un número, no se le aplican controles, sino se crea el momento oportuno, donde pueda escucharse, donde se pueda palpar cuáles son sus sentimientos. Se rompen los muros de los prejuicios, de la discriminación, de la separación y se puede entablar un verdadero diálogo. Sólo entonces se abren los oídos y se pronuncian las palabras que tienen sentido. Sólo entonces puede haber verdadera comunicación. Hoy vuelve a resonar el mandato de Jesús: “¡Effetá!”, y debemos abrir los oídos y el corazón. Es necesario escuchar a Dios en la historia, en el evangelio, en la vida, en las personas, descubriendo lo que Él nos dice, no lo que nosotros queremos escuchar. Hay que buscar los momentos apropiados para dejar que el eco de su voz resuene en nuestro interior, porque Él nos sigue hablando en todos los momentos de la vida. Necesitamos también abrir nuestra boca para anunciar buena nueva.

El apóstol Santiago, en la segunda lectura, nos pone frente a un ejemplo muy duro pero muy cierto: no todas las personas son escuchadas del mismo modo, hay algunas a las que no se les hace caso y se les ignora. Lo dice de las asambleas de su tiempo, pero lo mismo pasa en nuestras asambleas, a veces tiene más estimación un traje bonito que la dignidad de una persona. En nuestra sociedad hay muchos marginados que no tienen voz, ni derechos, ni presencia. No encuentran espacios en la educación, en la medicina, en los proyectos de vida, en la dignidad del trabajo, son como sombras que deambulan sin hacer ruido. O bien, hacen ruido, pero son silenciados por otros intereses. Necesitamos acabar con esta sociedad de sordos y mudos, y construir una nueva sociedad donde la voz y la palabra tengan su relevancia, no importando quién es el que la pronuncie, sino su contenido. Una sociedad donde sea más importante encontrarse con el hermano que todos los bienes materiales.

Más allá de todas las divagaciones, al final de esta reflexión me quedan en el corazón unas preguntas: ¿Dónde me está hablando Dios? ¿Qué obstáculos le pongo a su Palabra? ¿Callo y me convierto en cómplice de mentiras, de injusticia y de dolor? ¿Cómo me acerco a mis hermanos? ¿Soy sordo y mudo ante la realidad actual?

Señor Jesús, que te has hecho palabra y comunicación del Padre, abre nuestros oídos para escuchar tu mensaje, nuestro corazón para recibir a los hermanos y nuestra boca para anunciar tu evangelio. Amén


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El Santo Padre envía un vídeo mensaje a la Universidad Católica de Argentina con motivo de los 100 años de la Facultad de Teología. Ciudad del Vaticano,05 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

Me alegra poder comunicarme con ustedes en este acontecimiento tan importante para nuestra Iglesia en Argentina. Gracias por darme esta oportunidad de unirme en esta acción de gracias al celebrar los 100 años de la Facultad de Teología de la UCA vinculándolos con los 50 años del Concilio Vaticano II.

Ustedes estuvieron reunidos tres días haciendo de esta fiesta una oportunidad para hacer memoria, para recuperar la memoria del paso de Dios por nuestra vida eclesial y hacer de este paso un motivo de agradecimiento. La memoria nos permite recordar de dónde venimos y, de esta manera, nos unimos a tantos que fueron tejiendo esta historia, esta vida eclesial en sus múltiples avatares, y vaya que no han sido pocos. Memoria que nos mueve a descubrir, en medio del caminar, que el Pueblo fiel de Dios no ha estado solo. Este pueblo en camino, ha contado siempre con el Espíritu que lo guiaba, sostenía, impulsaba desde dentro de sí mismo y desde fuera. Esta memoria agradecida que hoy se vuelve reflexión, anima nuestro corazón. Vuelve a encender nuestra esperanza para provocar hoy la pregunta, que nuestros padres se hicieron ayer: ¿Iglesia que dices de ti misma?

No celebramos y reflexionamos dos acontecimientos menores, sino, estamos frente a dos momentos de fuerte conciencia eclesial. Los años de la Facultad de Teología es celebrar el proceso de maduración de una Iglesia particular. Es celebrar la vida, la historia, la fe del Pueblo de Dios que camina en esa tierra y que ha buscado "entenderse" y "decirse" desde las propias coordenadas. Es celebrar los 100 años de una fe que intenta reflexionar de cara a las peculiaridades del Pueblo de Dios que vive, cree, espera y ama en suelo argentino. Una fe que busca enraizarse, encarnarse, representarse, interpretarse de cara a la vida de su pueblo y no al margen.

Me parece de gran importancia y lúcida acentuación unir este acontecimiento con los 50 años de la Clausura del Vaticano II. No existe una Iglesia particular aislada, que pueda decirse sola, como pretendiendo ser dueña y única interprete de la realidad y de la acción del Espíritu. No existe una comunidad que tenga el monopolio de la interpretación o de la inculturación. Como por el contrario, no existe una Iglesia Universal que dé la espalda, ignore, se desentienda de la realidad local. La catolicidad exige, pide esa polaridad tensional entre lo particular y lo universal, entre lo uno y lo múltiple, entre lo simple y lo complejo. Aniquilar esta tensión va contra la vida del Espíritu. Todo intento, toda búsqueda de reducir la comunicación, de romper la relación entre la Tradición recibida y la realidad concreta, pone en riesgo la fe del Pueblo de Dios. Considerar insignificante una de las dos instancias es meternos en un laberinto que no será portador de vida para nuestra gente. Romper esta comunicación nos llevará fácilmente a hacer de nuestra mirada, de nuestra teología una ideología. Por lo que me alegra que celebrar los 100 años de la Facultad de Teología vaya de la mano de la celebración de los 50 años del Concilio. Lo local y lo universal se encuentran para nutrirse, para estimularse en el carácter profético de la cual es portadora toda Facultad de Teología. Recordemos las palabras del Papa Juan a un mes de comenzar el Concilio:

Por primera vez en la historia los padres del Concilio pertenecerán realmente a todos los pueblos y naciones, y cada uno de ellos aportará la contribución de su inteligencia y de su experiencia para curar y sanar las cicatrices de los dos grandes conflictos que han cambiado profundamente la faz de todas las naciones Y luego, subraya que uno de los principales aportes de los países en vías de desarrollo en este contexto universal seria la visión de Iglesia que ellos traen; y continúa así: "la Iglesia se presenta como es y cómo quiere ser, como Iglesia de todos, en particular como la Iglesia de los pobres" (Juan XIII, Discorsi-Messaggi-Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, AAS 54 (1962) 520-528).

Hay una imagen propuesta por Benedicto XVI que me gusta mucho. Refiriéndose a la Tradición de la Iglesia afirma que "no es una transmisión de cosas o de las palabras, una colección de cosas muertas (sino) es el río vivo que se remonta a los orígenes, el río en el que los orígenes están siempre presentes" (Benedetto XVI, Audiencia General 26.04.2006). Este río va regando diversas tierras, va alimentando diversas geografías, haciendo germinar lo mejor de esa tierra, lo mejor de esa cultura. De esta manera, el Evangelio se sigue encarnando en todos los rincones del mundo de manera siempre nueva (cfr. EG 115).

Y esto nos lleva a reflexionar que no se es cristiano de la misma manera en la Argentina de hoy que en la Argentina de hace 100 años. No se es cristiano de la misma manera en la India, en Canadá, que en Roma. Por lo que una de las principales tareas del teólogo es discernir, reflexionar: ¿qué significa ser cristiano hoy? "en el aquí y ahora"; ¿Cómo ese río de los orígenes logra regar hoy estas tierras y hacerse visible y vivible? ¿Cómo hacer viva la prieta expresión de San Vicente de Lerins, "ut annis consolidétur, dilatetur tempore, sublimétur aetate?" (San Vicente de Lerins, Commonitório primo, cap. XXIII)?

En esta Argentina, de cara a los múltiples desafíos y situaciones que nos presenta la multidiversidad existente, la interculturalidad y los efectos de una globalización uniformante que relativiza la dignidad de las personas volviéndola un bien de cambio. En esta Argentina, se nos pide repensar cómo el cristianismo se hace carne; cómo el río vivo del Evangelio continúa haciéndose presente para saciar la sed de nuestro pueblo.

Y para encarar este desafío, hemos de superar dos posibles tentaciones: condenarlo todo. Acuñando la ya conocida frase "todo pasado fue mejor" refugiándonos en conservadurismos o fundamentalismos; o por el contrario, consagrarlo todo, desautorizando todo lo que no tenga "sabor a novedad", relativizando toda la sabiduría acuñada por el rico patrimonio eclesial.

Para superar estas tentaciones, el camino es la reflexión, el discernimiento, tomar muy en serio la Tradición Eclesial y muy en serio la realidad, poniéndolas a dialogar.

En este contexto pienso que el estudio de la teología adquiere un valor de suma importancia. Un servicio insustituible en la vida eclesial.

No son pocas las veces que se genera una oposición entre teología y pastoral, como si fuesen dos realidades opuestas, separadas, que nada tuvieran que ver una con la otra. No son pocas las veces que identificamos lo doctrinal con conservador, retrogrado; y por el contrario, pensamos la pastoral desde la adaptación, reducción, acomodación. Como si nada tuviesen que ver entre sí. Se genera de este modo una falsa oposición entre los así llamados "pastoralistas" y "academicistas", los que están al lado del pueblo y los que están al lado de la doctrina. Se genera una falsa oposición entre la teología y la pastoral; entre la reflexión creyente y la vida creyente; la vida, entonces, no tiene espacio para la reflexión y la reflexión no encuentra espacio en la vida. Los grandes padres de la Iglesia: Ireneo, Agustín, Basilio, Ambrosio, por nombrar algunos, fueron grandes teólogos porque fueron grandes pastores.

Buscar superar este divorcio entre teología y pastoral, entre fe y vida, ha sido precisamente uno de los principales aportes del Concilio Vaticano II. Me animo a decir que ha revolucionado en cierta medida el estatuto de la teología, la manera de hacer y del pensar creyente.

No puedo olvidar la palabras de Juan XXIII en el discurso de apertura del Concilio cuando decía: Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del «depositum fidei», y otra la manera de formular su expresión.

Debemos tomarnos el trabajo, el arduo trabajo de distinguir, el mensaje de Vida de su forma de transmisión, de sus elementos culturales en los que en un tiempo fue codificado. Una teología, responde a los interrogantes de un tiempo y nunca lo hace de otra manera que en los mismos términos, ya que son los que viven y hablan los hombres de una sociedad (M. de Certeau, La debilidad del creer, 51).

No hacer este ejercicio de discernimiento lleva sí o sí a traicionar el contenido del mensaje. Hace que la Buena Nueva deje de ser nueva y especialmente buena, volviéndose una palabra estéril, vacía de toda su fuerza creadora, sanadora, resucitadora, poniendo así en peligro la fe de las personas de nuestro tiempo. La falta de este ejercicio teológico eclesial es una mutilación de la misión que estamos invitados a realizar. La doctrina, no es un sistema cerrado, privada de dinámicas capaces de generar interrogantes, dudas, cuestionamientos. Por el contrario, la doctrina cristiana tiene rostro, tiene cuerpo, tiene carne, se llama Jesucristo y es su Vida la que es ofrecida de generación en generación a todos los hombres y en todos los rincones. Custodiar la doctrina exige fidelidad a lo recibido y - a la vez - tener en cuenta al interlocutor, su destinatario, conocerlo y amarlo.

Este encuentro entre doctrina y pastoral no es opcional, es constitutivo de una teología que pretenda ser eclesial.

Las preguntas de nuestro pueblo, sus angustias, sus peleas, sus sueños, sus luchas, sus preocupaciones poseen valor hermenéutico que no podemos ignorar si queremos tomar en serio el principio de encarnación. Sus preguntas nos ayudan a preguntarnos, sus cuestionamientos nos cuestionan. Todo esto nos ayuda a profundizar en el misterio de la Palabra de Dios, Palabra que exige y pide dialogar, entrar en comunicación. De ahí que no podemos ignorar a nuestra gente a la hora de realizar teología. Nuestro Dios ha elegido este camino. Él se ha encarnado en este mundo, atravesado por conflictos, injusticias, violencias; atravesado por esperanzas y sueños. Por lo que, no nos queda otro lugar para buscarlo que este mundo concreto, esta Argentina concreta, en sus calles, en sus barrios, en su gente. Ahí Él ya está salvando.

Nuestras formulaciones de fe, han nacido en el diálogo, en el encuentro, en la confrontación, en el contacto con las diversas culturas, comunidades, naciones, situaciones que pedían una mayor reflexión de frente a lo no explicitado antes. De ahí que los acontecimientos pastorales tienen un valor relevante. Y nuestras formulaciones de fe son expresión de una vida vivida y reflexionada eclesialmente.

En cristiano algo se vuelve sospechoso cuando deja de admitir la necesidad de ser criticado por otros interlocutores. Las personas y sus distintas conflictividades, las periferias, no son opcionales, sino necesarias para una mayor comprensión de la fe. Por eso es importante preguntar, ¿para quién estamos pensando cuando hacemos teología? ¿A qué personas tenemos delante? Sin ese encuentro, con la familia, con el Pueblo de Dios, es cuando la teología corre el gran riesgo de volverse ideología. No nos olvidemos, el Espíritu Santo en el pueblo orante es el sujeto de la teología. Una teología que no nazca en su seno, tiene ese tufillo de una propuesta que puede ser bella, pero no real.

Esto nos revela lo desafiante de la vocación del teólogo. Lo estimulante que es el estudio de la teología y la gran responsabilidad que se tiene al hacerlo. Al respecto me permito explicitar tres rasgos de la identidad del teólogo:

1. El teólogo es en primera instancia un hijo de su pueblo. No puede y no quiere desentenderse de los suyos. Conoce su gente, su lengua, sus raíces, sus historias, su tradición. Es el hombre que aprende a valorar lo recibido, como signo de la presencia de Dios ya que sabe que la fe no le pertenece. La recibió gratuitamente de la Tradición de la Iglesia, gracias al testimonio, la catequesis y la generosidad de tantos. Esto lo lleva a reconocer que el Pueblo creyente en el que ha nacido, tiene un sentido teológico que no puede ignorar. Se sabe "injerto" en una conciencia eclesial y bucea en esas aguas.

2. El teólogo es un creyente. El teólogo es alguien que ha hecho experiencia de Jesucristo, y descubrió que sin Él ya no puede vivir. Sabe que Dios se hace presente, como palabra, como silencio, como herida, como sanación, como muerte y como resurrección. El teólogo es aquel que sabe que su vida está marcada por esa huella, esa marca, que ha dejado abierta su sed, su ansiedad, su curiosidad, su vivir. El teólogo es aquel que sabe que no puede vivir sin el objeto/sujeto de su amor y consagra su vida para poder compartirlo con sus hermanos. No es teólogo quien no pueda decir: "no puedo vivir sin Cristo" y por lo tanto, quien no quiera, intente desarrollar en sí mismo los mismos sentimientos del Hijo.

3. El teólogo es un profeta. Uno de los grandes desafíos planteados en el mundo contemporáneo no es solo la facilidad con que se puede prescindir de Dios. Sino que socialmente se ha dado un paso más. La crisis actual se centra en la incapacidad que tienen las personas de creer en cualquier cosa más allá de sí mismas. La conciencia individual se ha vuelto la medida de todas las cosas. Esto genera una fisura en las identidades personales y sociales. Esta nueva realidad provoca todo un proceso de alienación debido a la carencia de pasado y por lo tanto de futuro. Por eso el teólogo es el profeta, porque mantiene viva la conciencia de pasado y la invitación que viene del futuro. Es el hombre capaz de denunciar toda forma alienante porque intuye, reflexiona en el rio de la Tradición que ha recibido de la Iglesia, la esperanza a la que estamos llamados. Y desde esa mirada invita a despertar la conciencia adormecida. No es el hombre que se conforma, que se acostumbra. Por el contrario, es el hombre atento a todo aquello que puede dañar y destruir a los suyos.

Por eso, hay una sola forma de hacer teología: de rodillas. No es solamente un acto piadoso de oración para luego pensar la teología. Se trata de una realidad dinámica entre pensamiento y oración. Una teología de rodillas es animarse a pensar rezando y rezar pensando. Entraña un juego, entre el pasado y el presente, entre el presente y el futuro. Entre el ya y el todavía no. Es una reciprocidad entre la Pascua y tantas vidas no realizadas que se preguntan: ¿dónde está Dios?

Es santidad de pensamiento y lucidez orante. Es por, sobre todo, humildad que nos permite poner nuestro corazón, nuestra mente en sintonía con el "Deus semper maior". No tengamos miedo de ponernos de rodillas en el altar de la reflexión y hacerlo con "los gozos y las alegrías, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos" (GS 1) ante la mirada de Aquel que hace nueva todas las cosas (Ap. 21, 5)

Entonces nos insertaremos cada vez más en ese pueblo creyente que profetiza, pueblo creyente que anuncia la belleza del evangelio, pueblo creyente que "no maldice sino que es acogedor y sabe realizar la vida bendiciéndola. Así busca una correspondencia creadora con los problemas de nuestra época" (O. Clement, “Un ensayo de lectura ortodoxa de la Constitución”, 651).

(Texto difundido por la Sala de Prensa de la Santa Sede)

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S?bado, 05 de septiembre de 2015

Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo veintitrés del Tiempo Ordinario B. 

CURAR NUESTRA SORDERA

Los profetas de Israel usaban con frecuencia la «sordera» como una metáfora provocativa para hablar de la cerrazón y la resistencia del pueblo a su Dios. Israel «tiene oídos pero no oye» lo que Dios le está diciendo. Por eso, un profeta llama a todos a la conversión con estas palabras: «Sordos, escuchad y oíd».

En este marco, las curaciones de sordos, narradas por los evangelistas, pueden ser leídas como «relatos de conversión» que nos invitan a dejarnos curar por Jesús de sorderas y resistencias que nos impiden escuchar su llamada al seguimiento. En concreto, Marcos ofrece en su relato matices muy sugerentes para trabajar esta conversión en las comunidades cristianas.

El sordo vive ajeno a todos. No parece ser consciente de su estado. No hace nada por acercarse a quien lo puede curar. Por suerte para él, unos amigos se interesan por él y lo llevan hasta Jesús. Así ha de ser la comunidad cristiana: un grupo de hermanos y hermanas que se ayudan mutuamente para vivir en torno a Jesús dejándose curar por él.

La curación de la sordera no es fácil. Jesús toma consigo al enfermo, se retira a un lado y se concentra en él. Es necesario el recogimiento y la relación personal. Necesitamos en nuestros grupos cristianos un clima que permita un contacto más íntimo y vital de los creyentes con Jesús. La fe en Jesucristo nace y crece en esa relación con él.

Jesús trabaja intensamente los oídos y la lengua del enfermo, pero no basta. Es necesario que el sordo colabore. Por eso, Jesús, después de levantar los ojos al cielo, buscando que el Padre se asocie a su trabajo curador, le grita al enfermo la primera palabra que ha de escuchar quien vive sordo a Jesús y a su Evangelio: «Ábrete».

Es urgente que los cristianos escuchemos también hoy esta llamada de Jesús. No son momentos fáciles para su Iglesia. Se nos pide actuar con lucidez y responsabilidad. Sería funesto vivir hoy sordos a su llamada, desoír sus palabras de vida, no escuchar su Buena Noticia, no captar los signos de los tiempos, vivir encerrados en nuestra sordera. La fuerza sanadora de Jesús nos puede curar.

José Antonio Pagola

 23 Tiempo Ordinario – B (Marcos 7,31-37)


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Viernes, 04 de septiembre de 2015

Reflexión a las lecturas del domingo veintitrés del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 23º del T. Ordinario B

 

¡Ser sordo, ser mudo, ser ciego…, es algo terrible!

El Evangelio de hoy nos presenta la curación de un sordomudo: “un sordo que, además, apenas podía hablar”.

En la primera lectura el profeta anuncia los tiempos del Mesías diciendo: “Se despegarán los ojos del ciego, los oídos de los sordos se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará”. Y algo de eso es lo que contemplamos en el Evangelio de hoy. San Marcos se detiene a contarnos cómo cura el Señor a aquel sordomudo.

Era lógico que la gente, que estaba entusiasmada ante los signos del Señor, dijera: “¡Todo lo ha hecho bien: Hace oír a los sordos y hablar a los mudos!”.

Pero hay muchas clases de sordera. Ésta no es sólo física. Así le decimos a un chiquillo que no nos hace caso: “¡Anda, sordo. Haz lo que te dije!”

¡También hay una sordera espiritual! ¿No será ésta la peor de todas las sorderas?

Somos sordos o nos hacemos el sordo muchas veces a la hora de relacionarnos con Dios. Y si somos “sordos” para escuchar a Dios, seremos también “mudos” para hablar de Él.  A veces, una madre lleva a su niño al médico porque, a su tiempo,  no ha comenzado a hablar... El médico examina al niño y le dice a la madre: “El niño no es mudo, sino sordo. Al no poder oír, no puede aprender a hablar. Veremos  qué se puede hacer”.

Si ahora, que comienza el curso, vamos por las parroquias, nos daremos cuenta de la cantidad de “sordos” que hay. Se expone a la comunidad la necesidad que existe de voluntarios para la catequesis  y para las demás actividades parroquiales. Y, por lo menos, en algunos lugares, qué pocos se comprometen. ¡Y qué fácil es encontrar excusas!

   Si todos los cristianos, lo fuéramos de verdad, nos comprometeríamos voluntariamente, como hacen muchos, y ya no estaríamos necesitados de más. El Señor no nos da el Espíritu con medida (Jn 3,34), sino sobreabundantemente, y no permite que su Iglesia carezca de ningún don, pero, si no compartimos los dones recibidos…

Es por tanto, urgente hacernos “una audiometría” para ver qué tal están nuestros oídos en la vida espiritual, en nuestra relación con Dios y con los hermanos.

No podemos olvidar que el mismo Jesús que curó al sordomudo, nos puede curar también a nosotros.

Esta reflexión sobre la urgencia y la necesidad del compromiso cristiano, especialmente, al comienzo de curso, no puede oscurecer la realidad de tantas personas, jóvenes y mayores, que trabajan en nuestras comunidades en la triple misión de la Iglesia: evangelización, culto y caridad.  

Así, la organización eclesial de Cáritas se ha convertido en un referente en este tiempo de crisis.        

¡Demos gracias a Dios que a todos nos llama para trabajar en su viña!

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 16:57  | Espiritualidad
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DOMINGO 23º DEL TIEMPO ORDINARIO B  

MONICIONES

  

PRIMERA LECTURA

          El mensaje del profeta Isaías nos recuerda que Dios viene a salvar a los más débiles del mundo. Será en los tiempos del Mesías. Lo que aquí se anuncia, Jesús lo hará realidad, como contemplamos en el Evangelio de hoy. 

 

SEGUNDA LECTURA

          El texto del apóstol Santiago nos previene hoy de la “acepción de personas”, nuestra tendencia a las distinciones y preferencias hacia los más pudientes, humillando a los pobres. 

 

TERCERA LECTURA

          El Evangelio nos narra la curación de un sordomudo y la reacción que produce en la gente los milagros del Señor.

          Aclamémosle ahora con el canto del aleluya. 

COMUNIÓN

          En la Comunión recibimos al mismo Jesús que hemos contemplado en el Evangelio curando a un sordomudo. Pidámosle que nos libre de toda sordera en la vida espiritual, para que podamos comprometernos en la hermosa tarea de  proclamar  por todas partes sus maravillas. 

 

 


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Jueves, 03 de septiembre de 2015

Texto completo de la catequesis del Papa del 2 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este último tramo de nuestro camino de catequesis sobre la familia, abrimos la mirada sobre el modo en que ella vive la responsabilidad de comunicar la fe, de transmitir la fe, sea en su interior como al exterior.

En un primer momento, nos pueden venir a la mente algunas expresiones evangélicas que parecen contraponer los vínculos de la familia y el seguimiento de Jesús. Por ejemplo, aquellas palabras fuertes que todos conocemos y hemos escuchado: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”.

Naturalmente, ¡Jesús no quiere anular el cuarto mandamiento con esto! Se trata del primer gran mandamiento hacia las personas. Los tres primeros están en relación con Dios, este en relación con las personas… ¡es grande! Y ni siquiera podemos pensar que el Señor, después de haber realizado su primer milagro para los esposos de Caná, después de haber consagrado el vínculo conyugal entre el hombre y la mujer, después de haber restituido a los hijos y las hijas a la vida familiar, ¡nos pida ser insensibles a estos vínculos! Esa no es la explicación, ¡no! Al contrario, cuando Jesús afirma la primacía de la fe en Dios, no encuentra una comparación más significativa que la de los afectos familiares. Y, por otro lado, estos mismos vínculos familiares, dentro de la experiencia de fe y del amor de Dios, se transforman, son “llenados” de un sentido más grande y son capaces de trascender a sí mismos, para crear una paternidad y una maternidad más amplias, y para acoger como hermanos y hermanas también aquellos que están al margen de cualquier vínculo. Un día, a quien le dijo que afuera estaban su madre y sus hermanos que lo buscaban, Jesús respondió, indicando a sus discípulos: “¡Estos son mi madre y mis hermanos! Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

La sabiduría de los afectos que no se compran y no se venden es la mejor dote del genio familiar. Especialmente en la familia aprendemos a crecer en aquella atmósfera de la sabiduría de los afectos. Su “gramática” se aprende allí, de otra manera es muy difícil aprenderla. Y es precisamente este lenguaje a través del cual Dios se hace comprender por todos.

La invitación a poner los vínculos familiares en el ámbito de la obediencia de la fe y de la alianza con el Señor no los mortifica; al contrario, los protege, los desvincula del egoísmo, los protege de la degradación, los lleva a un lugar seguro para la vida que no muere. La fluidez de un estilo familiar en las relaciones humanas es una bendición para los pueblos: devuelve la esperanza a la tierra. Cuando los afectos familiares se dejan convertir al testimonio del Evangelio, son capaces de cosas impensables, que hacen tocar con la mano las obras que Dios realiza en la historia, como aquellas que Jesús ha hecho para los hombres, las mujeres, los niños que ha encontrado. Una sola sonrisa milagrosamente arrancada a la desesperación de un niño abandonado, que vuelve a vivir, nos explica el modo de actuar de Dios en el mundo más que mil tratados teológicos. Un solo hombre y una sola mujer, capaces de arriesgar y de sacrificarse por un hijo de otros, y no solo por el propio, nos explican cosas del amor que muchos científicos no comprenden más.

Donde están estos afectos familiares brotan estos gestos del corazón que nos hablan más fuerte que las palabras, el gesto del amor, esto hace pensar. La familia que responde a la llamada de Jesús devuelve la dirección del mundo a la alianza del hombre y de la mujer con Dios. Piensen en el desarrollo de este testimonio, hoy. Imaginemos que el timón de la historia (de la sociedad, de la economía, de la política) sea entregado --¡por fin!-- a la alianza del hombre y de la mujer, para que lo gobiernen con la mirada dirigida a la generación que viene. Los temas de la tierra y de la casa, de la economía y del trabajo, ¡tocarían una música muy diferente!

Si volvemos a dar protagonismo --a partir de la Iglesia-- a la familia que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica, nos transformaremos como el vino bueno de las bodas de Caná, ¡fermentaremos como la levadura de Dios!

En efecto, la alianza de la familia con Dios está llamada hoy a contrarrestar la desertificación comunitaria de la ciudad moderna. Pero nuestras ciudades se han desertificado por falta de amor, por falta de sonrisas. Muchas diversiones, muchas, muchas cosas para perder el tiempo, para hacer reír, pero falta el amor. Y es especialmente la familia, y es ¡especialmente la familia! aquel papá, aquella mamá que trabajan y con los niños… La sonrisa de una familia es capaz de vencer esta desertificación de nuestras ciudades y esta es la victoria del amor de la familia. Ninguna ingeniería económica y política es capaz de reemplazar esta aportación de las familias. El proyecto de Babel edifica rascacielos sin vida. El Espíritu de Dios, en cambio, hace florecer los desiertos. Debemos salir de las torres y de las cámaras blindadas de las élites, para frecuentar de nuevo las casas y los espacios abiertos a las multitudes. Abiertos al amor de la familia.

La comunión de los carismas --los donados al Sacramento del matrimonio y los concedidos a la consagración para el Reino de Dios-- está destinada a transformar la Iglesia en un lugar plenamente familiar para el encuentro con Dios. Vamos hacia adelante en este camino, no perdamos la esperanza, donde hay una familia con amor, esa familia es capaz de calentar el corazón de toda una ciudad, con su testimonio de amor.

Recen por mí, recemos los unos por los otros, para que seamos capaces de reconocer y de sostener las visitas de Dios. ¡El Espíritu traerá el alegre desorden en las familias cristianas, y la ciudad del hombre saldrá de la depresión! Gracias.

(Texto traducido y transcrito del audio por ZENIT)


Publicado por verdenaranja @ 17:52  | Habla el Papa
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Mi?rcoles, 02 de septiembre de 2015

Comentario a la liturgia dominical por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiae de são Paulo (Brasil). Madrid,01 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

Domingo 23 del Tiempo Ordinario - Ciclo B

Textos: Is 35, 4-7a; St 2, 1-5; Mc 7, 31-37

Idea principal: la humanidad hoy en cierto sentido es sordomuda. Necesita del toque de Cristo para sanar y el grito de Jesús: “Éffeta”.

Síntesis del mensaje: Dios, en Cristo, eligió a los pobres, se inclinó sobre quienes están afligidos por la enfermedad y sobre los de corazón triste, y ahora nos pide a nosotros, sus discípulos, que hagamos lo mismo, siendo canales del “Effeta” de Jesús.

 

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, Jesús se acerca a este sordomudo, como se acercó a los pobres, a los leprosos, al paralítico. Y acercándose los eleva, los cura, los hace volverse criaturas humanas, los enriquece de esperanza y de fe. Y se acerca y los toca, no sólo con su palabra sino con sus gestos humanos, con su humanidad. Tocó a este sordomudo, le humedeció la lengua. De siempre en el mundo antiguo tuvo la saliva tales efectos curativos. Jesús levantó los ojos al cielo como quien ora, respiró hondo como quien se apena ante la desgracia ajena o como quien coge impulso curativo, pronunció la palabra mágica: “Éffeta…ábrete” y el sordo tartaja oyó y habló como un hombre. Estas circunstancias destacan el papel de la humanidad de Cristo, instrumento de su poder divino. Resulta impresionante saber que Dios no se acerca a nosotros solamente con su Palabra espiritual sino que además nos toca. Dios llega a nosotros a través de las manos de Cristo, de su saliva. Y así cura nuestra alma y nuestro cuerpo, como lo hizo con el lisiado del evangelio. Los dedos del Señor, que se hundieron en las orejas del enfermo, no sólo abrieron sus oídos al sonido humano, sino también a la Palabra de Dios. Y la saliva divina, puesta sobre la lengua de ese tartamudo, no sólo la liberó de su traba natural, sino que le comunicó la agilidad necesaria para orar y para cantar la gloria de Dios.

En segundo lugar, este sordomudo es paradigma y prototipo de una humanidad cerrada a la voz de Dios e incapaz de alabar al Señor. Así lo entendió la Iglesia al escoger los gestos de Jesús para elaborar su ritual del Bautismo. Sin el bautismo éramos espiritualmente sordos, sólo capaces de escuchar la voz de “la carne y de la sangre”, pero no la voz de Dios. Sin el bautismo éramos espiritualmente tartamudos, indignos y privados del derecho de llamar a Dios “Padre nuestro”, incapaces de decir siguiera “Señor Jesús” ya que, como enseña san Pablo, nadie puede decir tal cosa “sin la ayuda del Espíritu Santo”. Muchos hombres de hoy están sordos como una tapia cuando les habla Dios desde la Biblia, desde los sacramentos, desde la voz de la Iglesia, desde el clamor de los pobres. No logran escuchar o no quieren escuchar el “Éffeta” de Jesús. ¿Por qué? Porque el mundo les ha roto los tímpanos del espíritu; y tanta carcajada mundana les ha atrofiado la boca del alma. Otros, gracias a Dios, entran en el templo y adoran, rezan, cantan, oyen, hablan…a Dios. Estos, en una sociedad descristianizada y neopagana, son una señal fluorescente de Dios, un milagro.

Finalmente, Cristo resucitado sigue curando hoy a la humanidad a través de la Iglesia. Durante dos mil años, la Iglesia se ha dedicado, no sólo a predicar la Palabra y perdonar los pecados, sino también a curar enfermos, atender a los pobres, ancianos y marginados, luchar contra todo tipo de opresión e injusticia, trabajar por la liberación integral de la persona. Basta ver la lista de los santos y santas fundadores, y obispos y sacerdotes, que incluso dieron la vida por esta causa del evangelio. Esta misión no sólo es de los ministros sagrados y consagrados y religiosas. Es de todo bautizado, cada uno en su campo de acción: familia, trabajo, amigos, parroquia, periferias. Pero tal vez, Jesús nos quiera curar también a nosotros hoy, porque tenemos los oídos y los labios cerrados.

Para reflexionar: ¿Soy capaz de ayudar a los ciegos que no ven o no quieren ver, para que sepan cuáles son los caminos de Dios? ¿Y a los sordos, para que se enteren del mensaje de salvación de Dios? ¿O a los mudos, para que se suelte su lengua y recobren el habla en los momentos oportunos?

Para rezar: Señor, quiero escuchar hoy también en mi vida el “Éffeta…ábrete”, para que mis oídos se abran a tu Palabra y mi boca la lleve por todo el mundo, comenzando por los más cercanos. Ora sobre tus oídos y pide: “Effeta”. Ábrete para la Palabra de Dios: yo quiero escuchar tu voz, Señor, quiero escuchar tus mociones. Abre mis oídos para las palabras buenas. Ora pidiendo para que tengas oídos de discípulo. Coloca tus manos sobre tus ojos y pide: “Éffeta”. Señor, quiero tener una mirada de misericordia sobre las situaciones, sobre las personas, no quiero tener ojos maliciosos. Quiero verte en las personas, Jesús. Quiero verte en las situaciones. Con las manos en tu boca grita: “Éffeta”. Quiero tener boca de discípulo. Que salgan de mi boca palabras que sanan, salvan, liberan y no palabras de desánimo. Abre mis labios para que yo sea un anunciador de tu Palabra. Y con las manos sobre tu corazón di: “Éffeta”. Quiero tener tu corazón, Jesús. Abre mi corazón para amar, para perdonar. Abre mi corazón para no guardar odio de nadie. Yo quiero, Señor, abre mi corazón.

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: arivero@legionaries.org


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Martes, 01 de septiembre de 2015

El papa Francisco envió una carta a monseñor Rino Fisichella, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, en la que detalla algunos particulares sobre el Jubileo de la Misericordia. Ciudad del Vaticano,01 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

 

Al venerado hermano
Monseñor Rino Fisichella Presidente del Consejo pontificio
para la promoción de la nueva evangelización

La cercanía del Jubileo extraordinario de la Misericordia me permite centrar la atención en algunos puntos sobre los que considero importante intervenir para facilitar que la celebración del Año Santo sea un auténtico momento de encuentro con la misericordia de Dios para todos los creyentes. Es mi deseo, en efecto, que el Jubileo sea experiencia viva de la cercanía del Padre, como si se quisiese tocar con la mano su ternura, para que se fortalezca la fe de cada creyente y, así, el testimonio sea cada vez más eficaz.

Mi pensamiento se dirige, en primer lugar, a todos los fieles que en cada diócesis, o como peregrinos en Roma, vivirán la gracia del Jubileo. Deseo que la indulgencia jubilar llegue a cada uno como genuina experiencia de la misericordia de Dios, la cual va al encuentro de todos con el rostro del Padre que acoge y perdona, olvidando completamente el pecado cometido.

Para vivir y obtener la indulgencia los fieles están llamados a realizar una breve peregrinación hacia la Puerta Santa, abierta en cada catedral o en las iglesias establecidas por el obispo diocesano y en las cuatro basílicas papales en Roma, como signo del deseo profundo de auténtica conversión. Igualmente dispongo que se pueda ganar la indulgencia en los santuarios donde se abra la Puerta de la Misericordia y en las iglesias que tradicionalmente se identifican como Jubilares.

Es importante que este momento esté unido, ante todo, al Sacramento de la Reconciliación y a la celebración de la santa Eucaristía con un reflexión sobre la misericordia. Será necesario acompañar estas celebraciones con la profesión de fe y con la oración por mí y por las intenciones que llevo en el corazón para el bien de la Iglesia y de todo el mundo.

Pienso, además, en quienes por diversos motivos se verán imposibilitados de llegar a la Puerta Santa, en primer lugar los enfermos y las personas ancianas y solas, a menudo en condiciones de no poder salir de casa. Para ellos será de gran ayuda vivir la enfermedad y el sufrimiento como experiencia de cercanía al Señor que en el misterio de su pasión, muerte y resurrección indica la vía maestra para dar sentido al dolor y a la soledad.

Vivir con fe y gozosa esperanza este momento de prueba, recibiendo la comunión o participando en la santa misa y en la oración comunitaria, también a través de los diversos medios de comunicación, será para ellos el modo de obtener la indulgencia jubilar.

Mi pensamiento se dirige también a los presos, que experimentan la limitación de su libertad. El Jubileo siempre ha sido la ocasión de una gran amnistía, destinada a hacer partícipes a muchas personas que, incluso mereciendo una pena, sin embargo han tomado conciencia de la injusticia cometida y desean sinceramente integrarse de nuevo en la sociedad dando su contribución honesta.

Que a todos ellos llegue realmente la misericordia del Padre que quiere estar cerca de quien más necesita de su perdón. En las capillas de las cárceles podrán ganar la indulgencia, y cada vez que atraviesen la puerta de su celda, dirigiendo su pensamiento y la oración al Padre, pueda este gesto ser para ellos el paso de la Puerta Santa, porque la misericordia de Dios, capaz de convertir los corazones, es también capaz de convertir las rejas en experiencia de libertad.

He pedido que la Iglesia redescubra en este tiempo jubilar la riqueza contenida en las obras de misericordia corporales y espirituales. La experiencia de la misericordia, en efecto, se hace visible en el testimonio de signos concretos como Jesús mismo nos enseñó. Cada vez que un fiel viva personalmente una o más de estas obras obtendrá ciertamente la indulgencia jubilar.

De aquí el compromiso a vivir de la misericordia para obtener la gracia del perdón completo y total por el poder del amor del Padre que no excluye a nadie. Será, por lo tanto, una indulgencia jubilar plena, fruto del acontecimiento mismo que se celebra y se vive con fe, esperanza y caridad.

La indulgencia jubilar, por último, se puede ganar también para los difuntos. A ellos estamos unidos por el testimonio de fe y caridad que nos dejaron. De igual modo que los recordamos en la celebración eucarística, también podemos, en el gran misterio de la comunión de los santos, rezar por ellos para que el rostro misericordioso del Padre los libere de todo residuo de culpa y pueda abrazarlos en la bienaventuranza que no tiene fin.

Uno de los graves problemas de nuestro tiempo es, ciertamente, la modificación de la relación con la vida. Una mentalidad muy generalizada que ya ha provocado una pérdida de la debida sensibilidad personal y social hacia la acogida de una nueva vida. Algunos viven el drama del aborto con una consciencia superficial, casi sin darse cuenta del gravísimo mal que comporta un acto de ese tipo.

Muchos otros, en cambio, incluso viviendo ese momento como una derrota, consideran no tener otro camino por donde ir. Pienso, de forma especial, en todas las mujeres que han recurrido al aborto. Conozco bien los condicionamientos que las condujeron a esa decisión. Sé que es un drama existencial y moral. He encontrado a muchas mujeres que llevaban en su corazón una cicatriz por esa elección sufrida y dolorosa. Lo sucedido es profundamente injusto; sin embargo, sólo el hecho de comprenderlo en su verdad puede consentir no perder la esperanza.

El perdón de Dios no se puede negar a todo el que se haya arrepentido, sobre todo cuando con corazón sincero se acerca al Sacramento de la Confesión para obtener la reconciliación con el Padre. También por este motivo he decidido conceder a todos los sacerdotes para el Año jubilar, no obstante cualquier cuestión contraria, la facultad de absolver del pecado del aborto a quienes lo han practicado y arrepentidos de corazón piden por ello perdón.

Los sacerdotes se deben preparar para esta gran tarea sabiendo conjugar palabras de genuina acogida con una reflexión que ayude a comprender el pecado cometido, e indicar un itinerario de conversión verdadera para llegar a acoger el auténtico y generoso perdón del Padre que todo lo renueva con su presencia.

Una última consideración se dirige a los fieles que por diversos motivos frecuentan las iglesias donde celebran los sacerdotes de la Fraternidad de San Pío X. Este Año jubilar de la Misericordia no excluye a nadie. Desde diversos lugares, algunos hermanos obispos me han hablado de su buena fe y práctica sacramental, unida, sin embargo, a la dificultad de vivir una condición pastoralmente difícil. Confío que en el futuro próximo se puedan encontrar soluciones para recuperar la plena comunión con los sacerdotes y los superiores de la Fraternidad. Al mismo tiempo, movido por la exigencia de corresponder al bien de estos fieles, por una disposición mía establezco que quienes durante el Año Santo de la Misericordia se acerquen a los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X para celebrar el Sacramento de la Reconciliación, recibirán válida y lícitamente la absolución de sus pecados.

Confiando en la intercesión de la Madre de la Misericordia, encomiendo a su protección la preparación de este Jubileo extraordinario.

Vaticano, 1 de septiembre de 2015.

FRANCISCUS 


Publicado por verdenaranja @ 23:38  | Habla el Papa
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Homilía de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el domingo XXII durante el año (30 de agosto de 2015) (AICA)
“La búsqueda de Dios”

El domingo anterior iniciamos una reflexión sobre uno de los desafíos que nos propone el documento elaborado por los Obispos argentinos: “Navega mar adentro”. Es clave que profundicemos en dicho desafío sobre evangelizar la búsqueda de Dios, sobre todo en nuestro contexto latinoamericano y misionero donde hay una búsqueda genuina en lo religioso, que convive con mucha superstición y predicación proselitista que manipula, negocia y confunde esta genuina búsqueda de Dios de nuestra gente.

Este domingo queremos seguir profundizando sobre el texto de “Navega mar adentro” que nos señala: “Además existen grupos seudo religiosos y programas televisivos que proponen una religión diluida, sin trascendencia, hecha a la medida de cada uno, fuertemente orientada a la búsqueda de bienestar y sin experimentar lo que significa adorar a Dios…” (31)

El desafío de evangelizar “la búsqueda de Dios”, exige que los cristianos nos comprometamos a realizar un camino de maduración en la Fe. En esto se ha insistido en Aparecida, así como en nuestro Sínodo Diocesano sobre la necesidad de realizar un camino de formación integral como discípulos y misioneros de Jesucristo, el Señor, considerando que este es un proceso de seguimiento a transitar durante toda la vida.

Hace algún tiempo una persona, profesional y docente, me decía que era cristiano, pero que creía en la reencarnación o sea en que su espíritu vivió en otras personas y épocas del pasado y se encaminaba a vivir nuevas vidas en el futuro, sin darse cuenta que la reencarnación no es compatible con la revelación cristiana. Los cristianos creemos en la Resurrección. La resurrección de Cristo y la nuestra la confesamos en el credo desde los primeros siglos y se diferencia absolutamente de posturas orientalistas que creen en la reencarnación.

Sobre las erróneas propuestas proselitistas y estos negocios mediáticos es importante advertir que manipulan la genuina búsqueda de Dios de nuestra gente presentándose como espíritus amplios y ecuménicos, y silenciando que son propuestas superficiales e inconsistentes que en corto tiempo dañan “la genuina búsqueda de Dios”, dejando a la gente en una profunda insatisfacción y con frustraciones personales y grupales, que después son difíciles de revertir.

Es importante señalar la centralidad que los cristianos le damos tanto al diálogo ecuménico como al diálogo interreligioso, y que no es lo mismo el uno que el otro. “El ecumenismo” hace referencia al camino de comunión que realizamos los cristianos que tenemos un mismo bautismo y que confesamos que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, y por lo tanto creemos en un Dios uno y trino. En este camino ecuménico se encuentran católicos, ortodoxos y hermanos de otras confesiones cristianas. Otra cosa que el ecumenismo es el diálogo con el judaísmo y con otros grupos religiosos no cristianos, sobre todo monoteístas.

Sobre el ecumenismo que no es la mezcla de todo, sino una búsqueda fundamental de comunión en nuestro tiempo nos dice Aparecida: “El ecumenismo no se justifica por una exigencia simplemente sociológica sino evangélica, trinitaria y bautismal: “expresa la comunión real, aunque imperfecta” que ya existe entre “los que fueron regenerados por el bautismo” y el testimonio concreto de fraternidad…” (228). De esta manera buscamos cumplir con el deseo de Cristo: “que todos sean uno, lo mismo que lo somos tú y yo, Padre y que también ellos vivan unidos a nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn. 17,21). En Aparecida también señala la relación con el judaísmo y el diálogo interreligioso: “Reconocemos con gratitud los lazos que nos relacionan con el pueblo judío, con el cual nos une la fe en el único Dios y su Palabra revelada en el Antiguo Testamento. Son nuestros “hermanos mayores” en la fe de Abraham, Isaac y Jacob… (235). “El diálogo interreligioso, en especial con religiones monoteístas, se fundamenta justamente en la misión que Cristo nos confió, solicitando la sabia articulación entre el anuncio y el diálogo como elementos constitutivos de la evangelización… (237).

El Evangelio de este domingo (Mc. 7,1-8. 14-15. 21-23) nos presenta al Señor enseñando sobre la recta búsqueda de Dios: “Y Jesús, llamando otra vez a la gente, le dijo “Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que hace impuro es aquello que sale del hombre…”. En la genuina búsqueda de Dios y la religiosidad de nuestra gente encontramos un aporte y servicio en valores a nuestra cultura.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

Publicado por verdenaranja @ 23:33  | Hablan los obispos
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