Lunes, 12 de octubre de 2015
Alocución de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz para el domingo 10 de octubre de 2015
La pobreza como ideal
Ciertamente la pobreza en un sentido inmediato y general no es un ideal, por el contrario, frente a esta pobreza debemos trabajar para erradicarla. Es un escándalo la pobreza que margina y no permite al hombre alcanzar un crecimiento integral de su persona y su familia. En esto es muy clara la Doctrina Social de la Iglesia cuando eleva su voz por aquellos que menos tienen y reclama una justa distribución de la riqueza. Esta pobreza que vemos esclaviza porque compromete la dignidad de la persona. Es distinta la pobreza de la que hoy nos habla el evangelio, ella es parte de un camino de perfección y entrega. En este sentido podemos decir que la pobreza evangélica supone y engendra libertad, como disponibilidad para el servicio de Dios y de nuestros hermanos. Esta pobreza es un consejo evangélico que no se puede imponer, sino que lo debemos descubrir en su belleza y riqueza.

Conocemos el encuentro del Señor con aquel joven rico que cumplía los mandamientos pero aspiraba a un camino de mayor perfección en su vida. Jesús, nos dice el texto: “lo miró con amor y le dijo: Sólo te falta una cosa, ve, vende lo que tienes y dado a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo”. Después, ven y sígueme. El, al oír estas palabras, concluye el texto, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes” (Mc. 10, 21-22). Esta pobreza supone una mirada de fe que ilumine y de sentido a la vida. La pobreza evangélica no es un ideal estoico o un estado de supresión de todo afecto y relaciones. Es, ante todo, un acto de fe, de amor y de esperanza. Solo en este contexto es posible comprender y seguir este camino de vender todo y darlo a los pobres. La renuncia o la venta de los bienes no es lo importante ni lo primero en el evangelio, sino viene después de haber encontrado ese “tesoro” que da un sentido nuevo a la vida y descubre el camino de seguir a Jesús. Estamos en el ámbito de la vocación, donde no cabe el voluntarismo sino un acto de profunda libertad.

La pobreza así entendida y vivida es un signo revelador del evangelio, y un anticipo en el tiempo de la verdad última del hombre que está llamado a una vida de comunión plena con Dios. Por ello les decía que solo desde la fe podemos comprender el significado de la pobreza como un ideal. Cuando la pobreza es una elección libre y generosa de seguir a Jesús ella es fuente de alegría y de paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de hoy de estos testimonios de pobreza, incluso para poder usar con desprendimiento los mismos bienes materiales! En este contexto deberíamos hablar de la supremacía moral y espiritual del ser sobre el tener. El valorar las vocaciones que asuman el consejo evangélico de la pobreza como un estilo de vida en el seguimiento de Jesús, es una riqueza y una necesidad para la sociedad.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

Publicado por verdenaranja @ 22:28  | Hablan los obispos
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