Jeremías 31, 7-9: “Vienen a mí llorando, pero yo los consolaré y los guiaré”.
Salmo 125: “Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor”.
Hebreos 5, 1-6: “Tú eres sacerdote eterno, como Melquisedec”.

Ahora que se acerca la celebración de los fieles difuntos llega a mi memoria una experiencia inolvidable en una de las comunidades de Comitán. Los catequistas luchan contra la imposición y manipulación que han convertido en Halloween o en noche de brujas lo que era una bella tradición llena de recuerdos, de oración y de convivencia. Organizan celebraciones y representaciones que sensibilicen a los pequeños para que entiendan y respeten el sentido cristiano de la muerte y la resurrección. Al final de una pequeña obra teatral presentada por los niños, la catequista llena de entusiasmo decía: “Queremos que todos vean y comprendan que Jesús es nuestra vida y que no necesitamos brujas y espantajos. Es tiempo de abrir los ojos y dejarnos llenar de luz”. Y lo decía llena de alegría y convicción queriendo entusiasmar y lo más sorprendente es que ella, que había preparado toda la escenificación, es “¡ciega!”. Hay personas que no tienen luz en sus ojos pero que proyectan una gran luz a su alrededor.

Quizás podríamos decir lo mismo de este ciego, Bartimeo, que nos presenta el Evangelio de este Domingo. Es el último milagro que nos narra San Marcos como una síntesis y culmen de todos los milagros anteriores y Bartimeo parece en muchos sentidos ser el ejemplo del verdadero discípulo que espera, ora, grita, se despoja, salta y sigue a Jesús. Apenas hace ocho días descubríamos a los discípulos luchando encarnizadamente por los primeros lugares, queriendo seguir a Jesús por caminos equivocados de egoísmo mesiánico y ahora se nos presenta este ciego como auténtico discípulo que “ha contemplado” a Jesús como Mesías de la misericordia y anhela “unos ojos que puedan verlo” externamente para seguirlo en su camino de la entrega.

Bartimeo no es un ciego más, sino un ciego sentado a la orilla de la senda de la peregrinación que lleva a la ciudad santa, Jerusalén, sin poder participar de ese camino de salvación. Representa a la humanidad entera condenada a la ceguera, abandonada y olvidada que nunca podrá participar de una vida plena. Es el Bartimeo de los descartados, de los desechos que una sociedad en su afán de poder y riquezas, tira y olvida a lo largo de todos los caminos. Es la población marginada a las orillas de las autopistas y ciudades que solamente mira pasar el progreso, ahogada en su pobreza e impotencia. Sí, Bartimeo es el hombre actual que prefiere vivir de las migajas de la limosna porque no se le permite participar y se considera inútil e inservible. Pero Bartimeo en su interior anhela la luz, siente la necesidad de darle sentido a la vida, quiere participar y está atento al paso de Jesús.

Desde lo profundo de su impotencia y de su necesidad brota ese grito angustioso: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”. Grito de búsqueda y esperanza que caracteriza a quien sinceramente desea encontrarse con Jesús. Suplicar y gritar desde nuestra ceguera es el inicio del encuentro con Jesús. Pero el camino no es fácil. Quienes dicen “mirar y saber” pretenden callarlo para que no moleste con sus atrevidos gritos, como si el dolor y el sufrimiento se aplacaran ignorándolos. Hoy también, nos dice el Papa Francisco, hay quienes pretenden con el engaño de las dádivas y migajas, o con presiones y amenazas, callar a quienes sufren a la orilla del camino. Pero la verdadera paz no se logra callando y ocultando el dolor. Bartimeo insiste a pesar de la oposición, la reprensión y la contrariedad. Y Jesús escucha su lamento. Jesús no pasa de largo y lo llama. Jesús tiene “misericordia” y pone su corazón junto al abandonado y olvidado. Como nos dice Hebreos: “Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que Él mismo está envuelto en debilidades”. Y Jesús lo llama.

Al escuchar el llamado, Bartimeo realiza movimientos que a primera vista parecen muy sencillos pero que implican toda una transformación: “tiró su manto, de un salto se puso en pie, y se acercó a Jesús”. Bien dice el refrán: más vale pájaro en mano que ciento volando. Y así nosotros estamos ahogados por mantos de egoísmo, de individualismo que nos dejan fuera del camino. Es poco lo que tenemos pero nos atamos a ello. Tirar el manto implica ese salto en la fe que nos despoja de todo. Dejar nuestras falsas seguridades, nuestras comodidades y nuestros acomodos, que nos atrapan, nos ciegan y nos atan. Saltar en el vacío para confiarse en las manos de la misericordia de Jesús. Acercarse a Él desde donde está cada quien, con confianza, con alegría. Sentir su amor y escuchar su palabra.

Al escuchar la pregunta de Jesús a Bartimeo inmediatamente viene a la memoria la pregunta que hace a sus discípulos en el pasaje anterior: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Los discípulos pedían poder, reconocimiento y prestigio, estar uno a la derecha y el otro a la izquierda. Bartimeo pide de todo corazón y con toda sencillez: “Maestro, que pueda ver”. Es lo más importante: mirar con los ojos de Jesús la situación en que nos encontramos. Iluminar nuestra realidad y nuestra vida con la luz de su verdad. Ya a sus discípulos les había hecho caer en la cuenta que no es el poder ni la tiranía el camino de la salvación, sino el servicio; ahora concede a este indigente la luz para el camino.

Bartimeo nos enseña el camino de Jesús: no es posible quedarnos instalados a la orilla del camino rumiando nuestra impotencia o nuestro conformismo. Siempre pasa Jesús a nuestro lado y siempre nos está cuestionando qué queremos. Una vida en la rutina y en la apatía no es vida. Jesús nos levanta, nos ilumina y nos lanza a la aventura de construir su reino. Bartimeo, el nuevo discípulo, descubre su lugar en la comunidad y se dispone a seguir en la fe a Jesús. Quizás nosotros pretendemos ser cristianos sin seguir a Jesús, sin descubrir su misericordia, sin comprometernos en su reino. Quizás estorbamos e impedimos el camino de los otros para acercarse a Jesús. Quizás dejamos a los hermanos tirados a la orilla del camino con nuestro egoísmo, con nuestra indiferencia o con nuestras ambiciones.

¿Qué estoy dispuesto a dejar para seguir a Jesús? ¿Quiero de verdad seguirlo? ¿Cómo me comprometo con los “tirados” a la orilla del camino?
Aumenta, Padre Bueno, en nosotros la fe y el amor, para que dejando nuestros miedos, mantos y ataduras, sigamos a Jesús por el camino del Reino. Amén.